Descartes, ¿empirista?

A Descartes y a Leibniz se les clasifica en la historia de la filosofía como racionalistas, frente a empiristas como Locke y Hume. Sin embargo, en contra del antiempirismo que muchos atribuyen a Descartes (y que él mismo parece sostener a veces), en la página 24 de Principios de la filosofía dice:

       “Ahora bien, para cumplir plenamente este proyecto, también debería explicar del mismo modo la naturaleza de cada uno de los cuerpos particulares que hay sobre  la tierra,  a saber, los minerales, las plantas, los animales y, principalmente, el hombre; y finalmente debería tratar rigurosamente la medicina, la moral y la mecánica”.

 Y continúa:

       “Esto es lo que yo debería hacer para dar a los hombres un cuerpo de filosofía completo; y aun no me siento tan viejo, ni desconfío tanto de mis fuerzas, ni me encuentro tan alejado del conocimiento que me falta para no  atreverme a intentar acabar ese proyecto, si tuviera oportunidad de hacer todas las experiencias que debería hacer para apoyar y justificar mis razonamientos” (la negrita es mía)

Aquí parece haber un cierto elogio de la experimentación, pero también un reconocimiento de que no tiene los medios. Esto coincidiría con la opinión de la profesora de Filosofía de la Naturaleza, Ana Rioja: Descartes no entra en la historia de la ciencia porque no se ocupó de medir, calcular, etcétera. Pero lo podía haber hecho perfectamente y, de haberlo hecho, sin duda habría ocupado un lugar tan importante en la historia de la ciencia como el que ocupa  en el mundo de la filosofía.

********


1999: Creo, como decía entonces, que si Descartes hubiese hecho esas experiencias, habría llegado a resultados importantes y ocuparía un lugar de primer orden en el mundo de la ciencia, con lo que ahora podría discutirse si su talento, inteligencia o lo que sea no le situaban entre los tres primeros genios de la humanidad, tal vez el primero: Newton, Einstein, Goethe, etc.

2012: Hay que aclarar que Descartes, por supuesto sí ha entrado en la historia de la ciencia, no sólo por las coordenadas cartesianas, sino por descubrimientos en óptica y otras disciplinas. Él mismo consideraba que lo más importante de su pensamiento era la Física. Pero es cierto que su contribución podría haber sido mucho mayor. Lo paradójico es que tal vez el Descartes científico fue perjudicado por el Descartes filósofo.

 [Los  principios de  la filosofía, de Descartes]

[jueves 11 de enero de 1990]

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Originally posted 1990-04-13 00:59:14.

Y finalmente… el efecto nocebo
Breve investigación acerca del pesimismo y el optimismo /4

noceboEn el capítulo anterior de esta breve investigación (El efecto placebo), he hablado del efecto placebo, un fenómeno en cierto modo asombroso que sin embargo al ciencia actual acepta como real, probando que la supuesta negativa de los científicos a aceptar lo que no coincide con sus paradigmas y prejuicios es una simpleza de quienes desconocen (muchos hoy en día) en qué consiste el pensamiento racional y razonable.

Pero, además del efecto placebo, existe otro igual de interesante, el nocebo

El nocebo es el efecto contrario al placebo: se produce cuando estamos tan absolutamente convencidos de la poca efectividad de una medicina que conseguimos disminuir sus virtudes. ES decir, el efecto nocebo se produce no por una reacción a la medicina en sí (no es uan reacción química, por ejemplo), sino por nuestras expectativas, por lo que este efecto puede producirse incluso cuando se administra un fármaco inerte, sin ningún tipo de efecto posible sobre el sujeto. Si ante una medicina en la que confiamos podemos generar dopamina, que es un potente analgésico (esa es una de las explicaciones del efecto placebo), ante un fármaco en el que no confiamos o al que tememos puede generarnos estrés, y el estrés a su vez puede debilitar el sistema inmunitario, favoreciendo la acción de virus y bacterias.

nocebo (2)

Peligro: este aviso puede potenciar los efectos
Este producto contiene ingredientes no activos, lo que puede ser potencialmente muy peligroso para la salud humana

Somos también víctimas del efecto nocebo (al menos en cierto modo) cuando tememos que una inyección nos va a hacer mucho daño… y efectivamente nos lo hace. No sólo por el efecto nocebo en sí, sino porque ponemos tenso el cuerpo, temblamos, nos movemos y hacemos que la aguja no penetre limpiamente, lo que nos causa dolor. Si el efecto placebo es el favorito de los optimistas, el nocebo sin duda lo es de los pesimistas.

La conclusión de todo esto es la que ya enunciaba el título de Un optimista es sólo un pesimista… bien informado: si uno está bien informado, será optimista. Pero, claro, el pesimista puede serlo tanto que, a pesar de toda esta útil información que le indica que debería ser optimista (que no imbécil ni ciego a la realidad) se sienta incapaz de cambiar: “Ese es mi problema; que no puedo cambiar”, lo que es sin duda una conclusión muy pesimista.

 Continuará…

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[Publicado por primera vez el 10 de octubre de 2005 en Mundo Flotante]

BREVE INVESTIGACIÓN ACERCA DEL PESIMISMO Y EL OPTIMISMO

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COMENTARIO A “LOS PRINCIPIOS DE LA FILOSOFÍA”, DE DESCARTES

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Originally posted 2013-09-13 18:01:10.

Los filoetimólogos

Platón por Giovanni Pisano

Con la expresión filoetimólogos me refiero a los filósofos que piensan que las cosas se pueden explicar conociendo el origen de la palabra que designa esa cosa. Aunque es cierto que en muchas ocasiones el origen de una palabra ayuda a comprender muchas conceptos, se trata de una de esas típicas verdades que se han convertido en errores porque han sido exageradas y llevadas al extremo, utilizaándose fuera de su campo de acción y queriendo explicarlo todo.

Que yo sepa, el primer filoetimólogo, la primera persona que usó la etimología para demostrar y explicar la realidad fue Platón, quien a menudo, dicen los expertos, se inventaba incluso la etimología de las palabras, para así demostrar mejor su tesis.

Entre los filoetimólogos posteriores, ha habido dos escuelas muy importantes: la que considera que el idioma que esconde el secreto de la realidad es el griego y quienes se inclinan por el alemán. Al parecer, algunos pensadores aseguran que en árabe no se puede decir nada falso por la misma esencia del lenguaje árabe, lo que resulta muy difícil de creer.

Naturalmente, los filoetimólogos más sofisticados son los estudiosos de la Cábala y los escritores talmúdicos, que encontraban en cada palabra, frase o letra uno o varios sentidos ocultos. Hace años escribí un cuento que trataba de esto: La Nueva Teología, que estaba incluido en mi libro Recuerdos de la era analógica, pero que finalmente se ha publicado en El camino de los mitos II.

En mi ensayo Elogio de la infidelidad, hablo de los filoetimólogos y pongo un ejemplo más o menos real de la etimología de la palabra religión. Lo copio aquí:

“Sin embargo, hay otra legión de filósofos del lenguaje que no son los filósofos del lenguaje propiamente dichos: son quienes buscan en el origen y la evolución de las palabras la solución de los problemas. Se les puede llamar filoetimólogos, porque confían en que la etimología proporcione las respuestas a problemas que parecían insolubles.
Por ejemplo, ¿qué es la religión? Los filoetimólogos responden:

“Religión es lo que une, porque religión viene de “religo/as” unir lo que estaba separado. ¿Y qué unión es esta? La que ha de existir entre el hombre y Dios, o entre el hombre y la naturaleza, o entre el hombre y la humanidad. Unión, en cualquier caso de algo separado, concepto amplio que nos permite abandonar la idea trivial de un Dios personal y aceptar que también el budismo es una religión, una religión sin Dios, como sostenía Helmunt von Glasenapp .”

Si esto se pronuncia con suficiente solemnidad, puede causar un gran efecto en la audiencia, que queda narcotizada momentáneamente.”

 

********

[Publicado el 24 de abril de 2004]

Empleo la palabra filoetimólogos en el juego de Fritz Mauthner “La doble etimología

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SIGNOS

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cibernia

JUEGOS CON EL LENGUAJE

 

Originally posted 2012-08-30 01:39:29.

Primeros principios falsos

Dice Descartes:

      “Así también, cuando partimos de principios falsos, cuanto mas los cultivemos y nos esforcemos en sacar de ellos diversas consecuencias, creyendo filosofar bien, más nos alejaremos  del conocimiento de la  verdad  y de la sabiduría”.

Este es uno de aquellos pasajes de Descartes en los que él mismo parece intuir el peligro al que se expone al basar todo su sistema filosófico en primeros principios. También será, sin duda, uno de los pasajes preferidos de quienes creen que los libros de Descartes se deben leer con una contraclave que refutaría muchas de las cosas que aparentemente demuestra, como si el propio Descartes hubiera escrito sub rosa (no en vano fue acusado de rosacruz).


 

1999
En cuanto a lo de las primeras causas o principios, también podría suceder una cosa: que no se pudiese acceder a las primeras causas.

Por ejemplo: tenemos un texto escrito por ordenador, digamos, un cuento.

Pues bien, está claro que el texto ha sido generado mediante el ordenador, pero si el ordenador es destruido, resulta una ingenuidad pensar que a partir del texto escrito se pudiese deducir el ordenador. Lo mismo podría suceder con todo el universo. Voy a desarrollar esta idea en Cronos 5.

2015
Dos aclaraciones: sub rosa (bajo la rosa) es una denominación para un escrito secreto, que oculta algo.

En cuanto al comentario de 1999, tiene que ver con la deducción inversa, un asunto del que hablo en No tan elemental: cómo ser Sherlock Holmes. Aunque la deducción inversa es capaz de grandes hazañas, como encontrar con qué máquina de escribir se ha escrito un texto en un papel, no parece que sea posible deducir el ordenador. La impresora quizá sí, no estoy seguro. La manera de deducir el ordenador sería si en al impresora puede quedar alguna marca de la conexión con un ordenador determinado, por ejemplo en el cable que conecta el ordenador con la impresora. Pero tendrían que darse una serie de improbables casualidades y siempre podríamos imaginar que el texto ha sido enviado por un ordenador a través de la red e impreso en una impresora no conectada al ordenador original. Incluso en tal caso, tal vez se podría rastrear hasta llegar al ordenador original, pero esa deducción no se haría a través del examen del papel impreso, sino a partir de una investigación más compleja. En cualquier caso, no sé si desarrollé el tema en Cronos 5 (Cronos es una especie de diario privado).


Acerca de la relación de Descartes con los rosacruces escribí un capítulo en La verdadera historia de las sociedades secretas.

 [Los  principios de  la filosofía, de Descartes]

[martes 9 de enero de 1990]

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Originally posted 1990-04-09 00:33:08.

La búsqueda de la felicidad
Breve investigación acerca del pesimismo y el optimismo /6

Lichtenberg fue quizá uno de los primeros ateos que expresó esa paradoja teológica hoy tan conocida: “Soy ateo gracias a Dios”. Él dijo exactamente:

 “Agradezco al buen Dios mil veces el que me haya hecho ateo.”

Lichtenberg

Sin embargo, como buen escéptico, LIchtenberg también se mantenía en una posición no dogmática: ni creer ni no creer; o al menos, ni afirmar que Dios existe ni afirmar que Dios no existe.

Yo también me considero ateo, pero aclaro para los que creen que ser ateo es tan dogmático como ser creyente, que soy ateo si se trata de creer en cualquiera de las religiones que han existido o que existen, pero agnóstico si lo que se discute es si existe algún tipo de Dios, dioses o eso que algunos llaman “lo divino” o “lo trascendente”.

Gerard de Nerval, ante la acusación de ateo exclamó: “¡Cómo voy a ser ateo yo, que al menos tengo diecisiete religiones!”. Menos original que Nerval, yo descreo de esas diecisiete y de todas las demás: no soy politeísta, sino poliateísta.

Las opiniones de Lichtenberg coinciden con las de Darwin, quien tampoco creía, ni quería creer, en la existencia de un Dios capaz de permitir tanta crueldad y dolor como observamos en el mundo.

Pero quiero señalar otra curiosa coincidencia entre estos dos extraordinarios pensadores, curiosa por oponerse a lo que habitualmente dicen las personas inteligentes o cultas, o las personas inteligentes y cultas, que también hay algunas, que suelen ser partidarias del pesimismo.

Lichtenberg:

“El dolor pretérito nos es agradable en el recuerdo, también lo es el placer pretérito, así como el placer futuro y el presente; por lo tanto, lo que nos atormenta es sólo el dolor futuro y el presente; notable sobrepeso del lado del placer, cuya conservación podemos prever en muchos casos con bastante seguridad. Por el contrario, rara vez podemos predecir el dolor futuro.”

Para quienes no se manejen bien en matemáticas, según Lichtenberg, hay cuatro posibilidades de sentir placer (placer en el recuerdo, dolor en el recuerdo, placer en el futuro imaginado, placer en el presente), frente a dos para el dolor (dolor presente, dolor futuro imaginado). Puede sorprender esa afirmación de que el dolor nos puede resultar agradable al recordarlo, pero creo que muy a menudo es cierto: recordamos aquellos días de trabajo infernal y nos gusta hablar de ello, o aquella enfermedad terrible que sin embargo hemos dejado atrás y que ahora pensamos que incluso nos sirvió de algo, o esos amores perdidos que nos causan un innegable placer melancólico, al que se añade el placer de haberlos vivido.

Darwin hacía un balance parecido al de Lichtenberg:

“Algunos  autores están tan impresionados por la cantidad de sufrimiento que hay en el mundo que no sabrían decir, considerando la totalidad de los seres sensibles, si hay más desgracia o felicidad, si el mundo en conjunto e bueno o malo. A mi juicio, la felicidad predomina decididamente, pero esto sería muy difícil de demostrar. Si se acepta como verdadera esta conclusión, concordaría bien con los efectos que podemos esperar de la selección natural. Si todos los individuos de una especie tuvieran que sufrir habitualmente en grado extremo, no se molestarían en propagar su linaje (…) Además, algunas otras consideraciones llevan a creer que todos  los seres sensibles han sido formados para gozar, como regla general, de la felicidad.”

Charles-Darwin-1880-631

Es muy interesante esta sugerencia de Darwin, expresada sólo como una opinión al vuelo y no como un dogma científico, que une el placer a la selección natural: las especies más optimistas tendrían más posibilidades de sobrevivir, aunque hay notables excepciones, como los lemmings, que se suicidan en masa y todavía existen. pero supongo que los lemmings no se suicidan por tristeza o desesperación, sino por torpeza, desorientación e imitación.

casanova

Las anteriores defensas del optimismo recuerdan otra, la de Giacomo Casanova, que se expresa incluso con más contundencia:

“Hay gente que dice que la vida no es más que un tejido de desgracias; lo cual viene a decir que la existencia es una desgracia; mas si la vida es una desgracia, la muerte es todo lo contrario: la felicidad, puesto que es lo opuesto a la vida. Esta consecuencia puede parecer indiscutible. Pero los que así hablan son sin duda pobres o enfermos, porque si gozaran de buena salud, si tuvieran el bolsillo bien repleto, alegría en el corazón, Cecilias, Marianas y la esperanza de algo mejor todavía, ¡oh!, seguro que cambiaban de parecer. Yo los considero una raza de pesimistas que no puede haber existido más que entre filósofos indigentes y teólogos mauleros o atrabiliarios.
Si existe el placer y sólo se puede gozar de él estando vivo, la vida es dicha. Existen desgracias, yo sé algo de eso; pero la existencia misma de esas desgracias prueba que la suma de la felicidad es mayor. Entonces, porque en medio de un montón de rosas se encuentren algunas espinas, ¿hay que ignorar la existencia de tan hermosas flores? No; es una calumnia contra la vida el negar que son un bien. Cuando estoy en una habitación oscura, me agrada infinitamente ver, a través de una ventana, un horizonte inmenso frente a mí.”

Es una  estupenda coincidencia está metáfora final de la ventana, después de haber hablado del “hombre en la ventana”, Lichtenberg, a quien sus vecinos llamaban así porque se pasaba el día mirando por la ventana, y supongo que escribiendo de vez en cuando otro de sus deliciosos aforismos.

No voy a ocultar que estoy de acuerdo con Darwin, Casanova y Lichtenberg, a los que, además, admiro y quiero (como se puede querer  alguien al que no has conocido). También opino, como ellos, que la vida está llena de felicidad, de una felicidad a veces difusa y a veces intensa, mientras que el dolor es sólo intenso.

De acuerdo, admito que existe también el dolor difuso, pero me parece que casi siempre depende más de nosotros mismos que del mundo. Y por tanto, casi siempre ese dolor difuso es evitable.

Iván, mi padre, me contó una vez algo que decía no me acuerdo quien, quizá él mismo: “El mundo es una mierda. La vida, cojonuda”. Estoy de acuerdo. Creo que se puede ser pesimista en lo que se refiere al mundo pero que se ha de vivir como un optimista, como dije en el capítulo anterior de este serial.

Quizá, en definitiva, yo parezco tan ingenuamente optimista porque pienso que lo único razonable es vivir como un optimista, aunque tengamos mil razones para el pesimismo. Pero no se trata de voluntarismo, de positivismo insulso o de ‘buenismo’ acrítico, no se trata de negarse a ver lo evidente, como la injusticia y la crueldad del mundo y los seres humanos, sino de sensatez, como dije al comienzo de esta breve investigación y como quizá tenga ocasión de explicar más adelante.

Continuará…

 

 

********

[Escrito el 21 de junio de 2004]

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COMENTARIO A “LOS PRINCIPIOS DE LA FILOSOFÍA”, DE DESCARTES

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Originally posted 2013-09-20 23:43:14.

La teoría hologramática del cerebro

La teoría hologramática del cerebro compara el cerebro o alguna de sus facultades, como la memoria, con un holograma. Imaginemos una fotografía de una mujer y un holograma de la misma mujer.

Si dividimos la fotografía en dos, en una parte tendremos el cuerpo de la señora y en la otra las piernas.

Sin embargo, si dividimos el holograma en dos, no sucede eso, sino que en cada parte del holograma tendremos entera la imagen de la mujer. Y si seguimos dividiendo el holograma, seguiremos teniendo la imagen completa en cada parte.

hologram-6

Esta asombrosa particularidad de los hologramas ha sido comparada con algunos descubrimientos hechos en pacientes que tenían dañadas áreas del cerebro vitales y a pesar de ello mantenían las facultades normales de cualquier persona.


 

[Escrito en 1999]

[Creo que leí por vez primera esta teoría hologramática del cerebro en el libro de Karl Pribram y J.Martín Ramírez Cerebro, mente y holograma, que leí en 1988].

 

Este texto es un comentario de 1999 a mi lectura de Los principios de la filosofía de Descartes.

  ********

 [Los  principios de  la filosofía, de Descartes]

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Originally posted 1999-11-11 16:45:54.

Conversación con los muertos

Estoy muy de acuerdo con Descartes cuando dice:

   “La lectura de libros que han sido escritos por personas capaces de darnos buenas enseñanzas es una especie de conversación que tenemos con los autores”.

 Es cierto y además, en mi caso, establezco con los autores, en esta ocasión con el propio Descartes, conversaciones tan interesantes como las que se pueden establecer con una persona que te habla.  ¡Lástima que no haya una replica! Sería estupendo un libro que te respondiera.


 [Los  principios de  la filosofía, de Descartes]

[viernes 5 de enero de 1990]

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Originally posted 1990-04-06 16:30:52.

El pesimista optimista
Breve investigación acerca del pesimismo y el optimismo /5

Frente a un equívoco frecuente, creo que hay que distinguir entre el optimismo y el pesimismo en cuanto actitudes ante la vida y, por otra parte, lo que es una valoración optimista o pesimista acerca de una situación determinada. El optimismo y el pesimismo como tales son actitudes ante la vida o estados de ánimo transitorios o permanentes, no descripciones ni valoraciones.

Si alguien examina la situación en África difícilmente podrá extraer una “conclusión optimista”, si entendemos optimista como sinónimo de “positiva”. Por fuerza su conclusión ha de ser negativa y pesimista. Pero esa manera de entender optimismo y pesimismo como sinónimos de valoración positiva o valoración negativa, creo que es correcta, pero tiene poco interés desde el punto de vista psicológico.

Otra cosa es que esa persona que obtuvo una conclusión “pesimista” (es decir, negativa) se proponga hacer algo para mejorar la situación en África. En este caso, su actitud ante su propia tentativa sólo puede ser optimista, a pesar de que pueda considerar que el proyecto tiene muchas posibilidades de fracasar, o aunque en el fondo considere que se tratará de una gota en el océano, que en ningún caso podrá solucionar el problema. Aunque piense eso, esa persona debe actuar como si creyera que va a servir para algo, porque de no ser así, parece absurdo siquiera que actúe.

Pasta-dentífrica-nihilista-2

Ahora bien, no es mi intención caer en el recurso fácil de decir que si alguien actúa entonces es optimista y si no lo hace es pesimista. A esa conclusión llegaron los pesimistas en su facción nihilista, para quienes su valoración acerca del mundo, muy pesimista o negativa, se correspondía con una acción o una no acción que diera coherencia a ese fatalismo. A pesar de ello, muchos nihilistas se convirtieron en terroristas, una de esa paradojas inexplicables tan frecuentes en la vida ideológica: “el mundo no tiene sentido, así que voy a contribuir a que mi acción en el mundo tenga aún menos sentido”, o bien: “No vale la pena hacer nada, así que haré lo peor”.

Admito, pues, que tanto un pesimista como un optimista pueden actuar en una situación determinada, aún sabiendo que lo que hacen no va a servir para nada, pero conscientes de que no se puede hacer otra cosa, ya sea porque les mueve el sentido del deber o porque realmente no hay posibilidad de hacer otra cosa.

Pero a lo que he querido apuntar en esta breve investigación acerca del pesimismo y el optimismo es a algo que se podría comparar con lo que sucede con la dicotomía también clásica entre los genes y el ambiente: que los genes influyen, y a menudo decisivamente, es obvio, pero sucede que con esos materiales, esos cientos de tiras elásticas que nos sostienen, como dice Dawkins, podemos hacer muchas cosas diferentes, a veces opuestas y contradictorias: convertirnos en un asesino o en un salvador de vidas, en alguien que desarrolla sus posibilidades o en alguien que se conforma con vivir una vida mediocre. Las tiras elásticas de la metáfora propuesta por Dawkins nos sujetan en cierto modo, pero también nos permiten una gran amplitud de movimientos. Porque, aunque en los genes estén codificadas muchas cosas, desde luego no está codificado el universo entero con el que tendremos que interactuar. En lo que se refiere al optimismo y el pesimismo, sea cual sea la situación en la que nos encontremos, nuestro estado de ánimo y nuestra actitud puede empeorarla o mejorarla, a veces levemente, otras de manera radical. Por eso es por lo que creo que vale la pena distinguir entre la valoración de una situación y la manera de hacerle frente.

Continuará...

 

 

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[Escrito en junio de 2004]

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El efecto placebo y algo más (o menos)
Breve investigación acerca del pesimismo y el optimismo /3

placebo.Vuelvo a tratar el tema del optimismo y el pesimismo, ahora para ver su relación indudable con el efecto placebo: nos dan un azucarillo diciéndonos que es una potente medicina y nos ponemos mejor.

Hasta hace poco el efecto placebo se consideraba un interesante fenómeno psicosomático que parecía consistir en que nuestro convencimiento de que estábamos tomando una buena medicina podía hacer que nos sintiéramos mejor (aunque no lo estuviéramos), o que al mejorar nuestro estado de ánimo nuestro organismo luchaba mejor contra la enfermedad. Sin embargo, hace poco se ha descubierto que el efecto placebo es literal: no es que no percibamos o no hagamos tanto caso al dolor que realmente sentimos, es que no lo sentimos.

“Encontramos que los placebos disminuyen la respuesta cerebral al dolor en áreas que parecen codificar la magnitud de la experiencia dolorosa. Esto sugiere que dicha experiencia se altera realmente”. ( Dr. Tor Wager, de la Universidad de Columbia en Nueva York, en Doyma)

El efecto placebo parece mostrar, pues, que el optimismo ante un tratamiento determinado puede contribuir a mejorar nuestra salud. Eso plantea ciertos problemas, algunos seguramente insolubles. Por ejemplo, la obligación de informar al enfermo de lo que le pasa y no ocultárselo deliberadamente. Es un derecho, establecido por ley más o menos explícita en muchos países, al que es difícil oponerse, debido a diversas razones. Pero eso no impide que si el asunto nos afecta personalmente, y si sabemos que un medicamento no tiene efectos positivos más allá del efecto placebo, dudemos si no será mejor decirle a alguien a quien queremos que el medicamento funciona.

placebobottles

Sin embargo, hay que tener en cuenta que recientes investigaciones parecen mostrar un resultado aún más asombroso del efecto placebo: en algunos casos funciona incluso si el paciente sabe que está tomando un placebo, es decir, incluso si sabe que es mentira que el medicamento sea efectivo. Eso debería hacernos sospechar que al menos parte del efecto placebo no se explica por el autoengaño del paciente, sino simple y sencillamente porque hay un porcentaje de pacientes que mejorará tome lo que tome. Es decir, dada una muestra de enfermos, un porcentaje de ellos, supongamos que entre un 10 y un 15 por ciento, mejorará, incluso aunque no tome nada, confíe o no confíe en sus medicinas y piense o no piense que se va a curar.

Es algo que saben muy bien quienes venden las llamadas medicinas alternativas, entre ellas los productos homeopáticos. Incluso en el peor de los casos (la nula efectividad del producto) siempre habrá pacientes que mejorarán por simple casualidad o por muy diversas causas no relacionadas con el producto curativo en cuestión.

Imaginemos a 100 personas que quieren adelgazar. Al cabo de tres meses, si volvemos a examinarlas, descubriremos, por ejemplo, que:

el 55 por ciento se mantienen en el mismo peso

el 25 por ciento han engordado

el 20 por ciento han adelgazado

Eso sucederá en cualquier circunstancia. No hay ningún misterio en ello. Los porcentajes pueden variar, pero es obvio que el 100 por cien de las personas no se mantendrán tal como estaban. Así, pues, si alguien hace un tratamiento a esas cien personas con cualquier cosa, al cabo de un tiempo podrá atribuir el 20 por ciento de mejoras a su intervención. Además, el 55 por ciento que se mantenga estable, quizá hasta repita el tratamiento, porque, al fin y al cabo, no ha empeorado y, además, tiene el testimonio de los que han mejorado. En cuanto a los que han empeorado, es fácil no tener en cuenta su testimonio con diversas tácticas: no han seguido bien el tratamiento, son precisamente un porcentaje “inevitable” en los que no funciona el producto, etcétera. Aunque el mejor truco, que se emplea a menudo es presentar los resultados de la siguiente forma:

“El 75% de las personas tratadas se ha mantenido estable o ha adelgazado”

Continúa en: Y ahora… el efecto nocebo

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BREVE INVESTIGACIÓN ACERCA DEL PESIMISMO Y EL OPTIMISMO

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[Publicado por primera vez el 10 de octubre de 2005 en Mundo Flotante]

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COMENTARIO A “LOS PRINCIPIOS DE LA FILOSOFÍA”, DE DESCARTES

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La maledicencia

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Aunque ahora apenas se usa la palabra maledicencia, su existencia parece probar que se creó porque aquello a lo que se refiere era bastante frecuente, tanto como para merecer una palabra propia. Maledicencia: hablar mal de los demás.

Sería agradable pensar que la palabra que describe el vicio de hablar mal ya no se emplea debido a que ha desaparecido el vicio, pero me temo que la verdadera razón de su poco uso es que “hablar de los demás” es casi equivalente a “hablar mal de los demás”. Del mismo modo que la crítica parece identificarse siempre con crítica negativa, sólo se habla de los otros para hacerlo mal. Conozco a algunas personas que incluso cuando elogian algo en realidad están criticando lo que no es como esa cosa que elogian.

Si fuese cierto aquello de que cuando hablan mal de ti se oye un zumbido, el mundo entero se hallaría hora tras hora y minuto tras minuto sumergido en un continuo zumbar, de tal modo que las orejas comenzarían a vibrar como alas de pájaro y con tanto movimiento acabarían desprendiéndose y cayendo al suelo.

Hablar mal de los que hablan mal de los demás, como hago yo aquí, supone tal vez una paradoja, puesto que estoy haciendo lo que repruebo. Cierto.

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Uno de los problemas de los maledicentes es que son en gran medida rehenes de aquellos a los que critican, pues sus vidas están demasiado pendientes de los errores ajenos, y sus mentes demasiado obsesionadas por buscar una nueva grieta en la que hundir la piqueta y pasarse unas cuantas horas demoliendo el terreno ajeno, en vez de edificar uno propio.

Y claro, eso mismo me sucede a mí al hablar de los maledicentes. Así que, para no ser rehén de ellos, para no ser vencido al vencer a mis enemigos, seré muy breve, pues ya se sabe que el veneno puede curar siempre y cuando se inocule sólo una dosis diminuta: una muestra del bacilo de la gripe te inmuniza contra la gripe, pero demasiado veneno te mata, o al menos te contagia.

Si hablo de los maledicentes es sólo como legítima defensa. Su manera de ser y de comportarse está tan extendida y es tan universalmente aceptada que quienes no gustamos de sus hábitos somos vistos como hipócritas.  Al parecer, sólo hay dos opciones:

1) Hablar mal de los demás

2) No hablar mal de los demás… y por tanto ser un hipócrita.

  Yo creo que existen más posibilidades, al menos una más: no hablar mal de los demás y no ser un hipócrita. Y tampoco un santo, ni un aspirante al paraíso de los bobos, al trono de los ingénuos o a la legión de los que no tienen sangre en las venas.

Por supuesto que yo también hablo a veces mal de los demás, pero la diferencia es que lo hago sólo a veces.  Cuando se es maledicente sin descanso, en realidad ya no se dice nada. Si uno está todo el día calificando a sus compañeros de trabajo, a los políticos o a los otros conductores de idiotas, estúpidos, descerebrados, hijos de puta, indeseables, tontos, inútiles, etcétera, entonces es como si ya no dijera nada. Mi opinión es que hay reservar los insultos para las grandes ocasiones.maledicencia

En definitiva, lo que yo pido es un cierto sentido de la proporción. Describir a alguien como hijodeputa no significa nada si aplicamos esa descripción a varias personas a lo largo del día. Se convierte en algo completamente plano y carente de significado.  Es una cuestión de grado, de medida, y, como le dije a un amigo hace un tiempo, hablar mal de los demás, insultar, denigrar y detestar a todo y a todos sin descanso expresa más cosas acerca de quien lo hace que acerca de aquellos a quienes se dirige el insulto.

Una mente que se ocupa tanto de los demás, de lo malo de los demás, está diciendo mucho acerca de sí misma, de su manera de moverse por el mundo, de su tolerancia y flexibilidad, de su soberbia y de su egocentrismo en el peor de los sentidos. De lo que busca y, por tanto, de lo que encuentra. Porque uno suele encontrar lo que busca.

En descargo de los maledicentes, hay que admitir que su actitud no siempre nace de su propio fondo moral, emocional o intelectual, sino que está fuertemente condicionada por un hábito que,  al menos en España, está tan extendido que es ya una moda, por no decir que es sencillamente una tradición.

Una moda o una tradición que ejerce una presión indudable sobre todos nosotros, puesto que en muchos lugares y situaciones parece exigirse hablar mal de los otros para socializar bien. En ocasiones, si no lo haces, incluso te miran mal: “No tienes opiniones, eres un hipócrita, no observas la realidad o quieres edulcorarla, te las das de santo, te falta carácter”, etcétera.

Al parecer, en otros países, al menos en el trato cotidiano, se da menos maledicencia y menos mala leche. No sé si es cierto o no. Y no sé si detrás de ello habrá hipocresía o no. Pero quizá sea necesario recordarles a los partidarios de la autenticidad que la hipocresía y el fingimiento son a menudo virtudes sociales tan importantes como la cortesía. Supongo que lo mejor es no ver la vida como un maledicente, pero, en caso de que suceda así, me parece recomendable un poquito de hipocresía, al menos para disminuir el estrés, la simpleza y la fatiga de oír siempre las mismas cosas y el mismo tono en tantas conversaciones.

Y de pronto me detengo. No estoy siendo breve. Debo terminar ya. ¿Me habré contagiado?

 

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Algo más sobre la maledicencia: El diablo y la maledicencia.

He hablado de la dependencia y el contagio al que se exponen los maledicentes en: El contagio por los adversarios

[Escrito el 9 de diciembre de 2003.
Publicado el 9 de diciembre de 2004 en Angkor Byt]

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