Mitos que salvan

En uno de los poemas del Edda Mayor, el Hávamál (Los dichos de Har o del Altísimo), que tiene un contenido ético bastante notable, se defiende a las personas con discapacidades:

“El cojo cabalga, el manco a pastor,
el sordo en la lucha sirve;
mejor estar ciego que estar quemado.
¡A nadie aprovecha un muerto!”

Es un ejemplo excelente de que la mitología y la religión, que demasiado a menudo fabrican mitos para justificar todo tipo de bárbaras costumbres, a veces también han creado historias, ritos, leyendas o mitos que, quizá a veces de manera accidental o a veces con esa intención explícita, han servido para lo contrario, para ayudar a los débiles, a los mancos, a los cojos, a los tuertos, a los sordos, a los niños que nacen con discapacidades o malformaciones, a los extranjeros, a los ancianos, a las mujeres…

Mi intención al escribir El tuerto es el rey, mitos que salvan fue recuperar algunos de esos mitos. Estas entradas son fragmentos o desviaciones y digresiones a partir de ese libro.

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Acerca del karma

 

Originally posted 2009-11-13 20:10:15.

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El viejo Badan y su hijo Badaneqe, o la utilidad de los mitos

Los mitos, los ritos, la tradición, sirven casi siempre para justificar todo tipo de crueldades, de arbitrariedades. Costumbres castradoras y represoras que se justifican porque un héroe fundador, un dios creador o una estirpe arquetípica hicieron algo in illo tempore (en aquel tiempo).

Narraciones etnográficas, documentales y películas nos han contado ese terrible momento en el que los ancianos son abandonados entre los inuit (antes llamados “esquimales”). Hemos aprendido que son los propios viejos los que se entregan gozosos a ese sacrificio, para así ayudar a sus semejantes, para dejar de ser una carga para ellos. Los expertos nos han explicado que esta macabra costumbre es parte del ciclo de la vida, de la lucha por la supervivencia. Con palabras que inevitablemente recuerdan a las teorías eugenistas nazis, nos han explicado que es un sacrificio necesario en una sociedad que tiene recursos limitados y en la que escasea la comida. La tribu debe sobrevivir aunque el individuo muera. Tal vez tengan razón esos expertos, o tal vez costumbres como esas son las responsables de que esas sociedades siguieran viviendo del mismo modo siglo tras siglo. ¿Quién sabe?

Pero la costumbre también existía entre los sardos de Cerdeña, que sacrificaban a aquellos que cumplían 60 años. Al parecer, todavía en el siglo XIX existían en Cerdeña personas que ayudaban a estos viejos a sacrificarse, los “Acabadores” (la palabra “accabadura” procedería del español “acabar”).

La costumbre de matar a personas de 60 años ahora nos puede resultar tan incomprensible como el sacrificio de las personas que cumplen 30 años en al novela y película de ciencia ficción La fuga de Logan.

Según el historiador Silio Itálico también tenían esta costumbre los antiguos cántabros y vascos:

“Este pueblo está apegado a una extraña costumbre: cuando la debilidad del cuerpo les llega con las canas, interrumpen, desde lo alto de una roca, el curso de sus años, en adelante impropios para la guerra…”

Dumézil recuerda entonces algunos testimonios latinos acerca de los alanos (emparentados con los actuales osetas), en los que existía esta costumbre:

“Estiman bienaventurado a quien pierde la vida en pleno combate. Los que se dejan envejecer (senescentes) o pierden la vida por una muerte accidental son objeto de crueles burlas, como degenerados y cobardes” (Amiano Macelino)

También Plinio y Pomponio Mela dicen que entre los alanos, antes que envejecer, los hombres se arrojaban al mar ceremonialmente desde lo alto de una roca.

Entre los osetas actuales, escitas de origen iranio como los alanos, existen tradiciones semejantes::

“El Narto Urzymaeg envejecía, su fuerza se iba perdiendo (…) Fue a la gran plaza donde estaban sentados los jóvenes Nartos y les dijo:
— Desde mi infancia hasta mi vejez, no he escatimado mi ánimo a vuestro servicio. Pero soy viejo, ya no os sirvo de nada y mi vieja cabeza no consigue aportaros más que fastidios. Mañana temprano, fabricad un cofre sólido, metedme dentro y tiradlo al mar; me niego a acabar en el cementerio de los Nartos.”

Aunque al principio dudan, los Nartos acaban cumpliendo el deseo de Urzymaeg, quien, sin embargo, sobrevive y realiza otra hazaña, “después de la cual desconocemos su destino”.

Acostumbrados a lo inevitable, a lo necesario, que tales tradiciones nos enseñan, y al uso del mito para justificar prácticas crueles, sorprende encontrar entre los kabardos cherkeses (también osetas) una variante interesante, que se opone a la tradición de la occisión (abandono o asesinato de los viejos), y que inaugura un nuevo motivo mítico, que Dumézil llama el tema mítico de “Por qué los hombres de tal o cual sociedad dejaron un día de matar a los viejos”.:

“Era entre los Nartos una vieja costumbre, cuando un hombre se debilitaba al grado de no poder ya sacar, con tres dedos, la espada de la vaina, ni subirse sólo a la silla de montar ni calzarse las botas, ni sostener el arco en la caza ni sostener el rastrillo o levantar un almiar de heno, ni aguantar el sueño al guardar un rebaño, meterlo en un canasto trenzado y llevarlo fuera del pueblo, hasta lo alto de la Montaña de la Vejez. Allí ataban al canasto grandes ruedas de piedra y lo hacían rodar por la cuesta empinada que conducía al precipicio.”

En esta historia kabarda, el viejo al que le espera ese destino se llama Badan y ya está decrépito. Su hijo Badaneqº’e, sin embargo, ama tanto a su padre que le apena la idea de arrojarlo desde el precipicio. Pero ocultando su pena, prepara el canasto y las piedras:

“– Padre, voy a hacer que mueras. No me aborrezcas: es la costumbre de los Nartos, perdóname.”

El pobre viejo no responde, lo que entristece aún más al hijo.

Badaneqº’e lleva el canasto a la Montaña de la Vejez y lo lanza hacia el precipicio, con su padre dentro. Pero el canasto se queda enganchado en un tocón, colgando sobre el abismo.

“El viento se puso a balancearlo y a agitar la barba blanca de Badan, al punto que el anciano se puso a reír.

–Padre, ¿de qué te ríes -preguntó Badaneqº’e. Sin dejar de reír, Badan contestó:
— Me decía que cuando estés decrépito y tu hijo te eche a rodar desde lo alto de la Montaña de la Vejez, a lo mejor tu canasto se engancha en el mismo tocón. ¿No es como para reírse?

La risa de su padre conmovió a Badaneqº’e, quien exclamó:

— ¡Que los Nartos hagan conmigo lo que quieran, pero no te enviaré por el camino de la muerte!

El padre le responde:

— Si quieres saber la verdad, hijo mío, no hallo gran gusto en arrastrarme sin hacer nada en este mundo: una vida inútil es ciertamente peor que la muerte. Pero ¿en verdad ya no estoy en condiciones de servir a los hombres? Si no puedo ya trabajar, puedo pensar.

El hijo sacó a su padre del canasto, lo llevó a una cueva y allí lo instaló sobre un lecho de hierbas. Y le dijo:

–Padre, vive aquí en secreto, sin que nadie sepa de ti. De otra suerte, los Nartos se irritarían por esta violación de la costumbre. Cada semana te traeré de comer.

Así pasaron tres años. Durante ese tiempo, diversas calamidades sucedieron a los Nartos, pero en cada ocasión Badaneqº’e acudía a pedir consejo a su padre, quien le daba útiles consejos. Admirados por la sabiduría de Badaneqº’e los Nartos le preguntaron cómo había llegado a pensar tan buenas soluciones.

“Badaneqº’e confesó su falta y los Nartos abolieron la regla que les mandaba matar a los viejos”

 

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[Publicado el 11 de febrero de 2008]

Notas y comentarios

Al parecer, no está del todo claro que entre los inuit se sacrificara a los viejos o estos se suicidaran voluntariamente. Se cree que tal costumbre se aplicaba sólo en épocas de gran hambruna.

 

Referencias

Georges Dumézil: “La occisión de los viejos” (en Escitas y osetas)

Originally posted 2012-04-08 23:50:13.

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Los herreros divinos y cojos

Es sabido que en muchas culturas, los herreros divinos son cojos. Es una extraña característica que comparte tanto el Hefesto griego como el Vulcano latino, dios que, al parecer, no procede del Hefesto griego continental sino del Velcano cretense.

En el mito tradicional griego se cuenta que cuando la diosa Hera vio a su hijo recién nacido, Hefesto, le pareció tan enclenque que lo arrojó desde la cima del Olimpo. No quería que nadie supiera que había dado a luz a un dios tan debilucho. Hefesto sobrevivió a esta terrible caída, y ni siquiera sufrió ningún daño, porque cayó en el mar y fue recogido y cuidado por las diosas Tetis y Eurinome. Agradecido, el muchacho construyó su primera fragua bajo el mar y empezó a fabricar joyas y herramientas para las amables diosas marinas. El mito no nos dice, según creo, cómo lograba Hefesto hacer arder el fuego de su fragua bajo las aguas, por lo que hay que suponer que los palacios marinos debían ser cómo las cúpulas cristalinas de la ciudad del capitán Nemo.

En cualquier caso, parece que la causa de su cojera no fue esa caída, que hubiera matado a otro cualquiera (caer sobre el mar desde una altura considerable no es muy diferente a caer sobre tierra). Cuando en el Olimpo se supo que Hefesto era un gran herrero, se le permitió regresar junto a los dioses.

Return of Hephaestus to Olympus, with Dionysus & Hera | Greek vase, Athenian red figure skyphos

Hefesto regresa al Olimpo

Tiempo después, Hefesto vio cómo su padre Zeus colgaba de las muñecas a su madre Hera como castigo por la rebelión Hera, que se las había apañado para dormir a su divino esposo, para así poder perseguir a Heracles, el hijo de Zeus con la mortal Alcmena.

Al ver a su madre colgada del cielo, Hefesto reprochó a Zeus su crueldad. Furioso, el padre de los dioses arrojó de nuevo a Hefesto desde el Olimpo . Esta vez la caída fue terrible, duró un día entero y acabó estrellándose en la isla de Lemnos. Se rompió las dos piernas, lo que justifica el epíteto con el que Homero suele referirse a el: “Hefesto, el ilustre cojo de ambos pies”

Gracias a la ayuda de los habitantes de Lemnos, Hefesto logró recuperarse, aunque se vio obligado a caminar con muletas de oro, que él mismo  fabricó. Finalmente, Zeus le perdonó y le nombró herrero divino.

Hefesto entrega a Tetis las armas para su hijo Aquiles

 

Otros herreros con discapacidades

Hefesto no es el único herrero de la mitología griega que tiene algún tipo de discapacidad física. Los cíclopes herreros, Brontes, Arges y Estéropes quizá no eran cojos, pero sí tenían un sólo ojo.

En opinión de mitógrafos como Robert Graves y Marcos Méndez Filesi, la lesión de los herreros divinos podría tener una explicación:

“Pueden haber sido lisiados deliberadamente para impedir que huyeran y se unieran a las tribus enemigas” (Graves, Los mitos griegos)

“En general, los personajes mitológicos vinculados con el mundo de los herreros suelen ser cojos, lo cual quizá esté relacionado con la costumbre de lisiarlos para que no se fueran a otro lugar” (Méndez Filesi, Dédalo y Völundr en El jardín de los dioses)

Es una explicación que resulta muy convincente a primera vista: los herreros fabrican armas y son indispensables para la defensa frente a los enemigos. Pero también son muy valiosos y pueden ser tentados por otros pueblos a cambio de grandes sumas de dinero, así que lo mejor es lesionarlos para que no puedan huir.

 

La perdiz coja

Otra explicación es que esta cojera podría tener que ver con la perdiz, que practica un extraño baile en el que se mueve de una lado a otro cojeando, al parecer para salvar a sus crías atrayendo hacia sí la atención de los depredadores, que ven más fácil capturar a una perdiz coja que a una cría inquieta. Cuando el depredador se acerca a la perdiz coja, ella levanta el vuelo, dejando con un palmo de narices a su cazador. Otra versión asegura que es la perdiz macho la que cojea cuando quiere seducir a una hembra: en realidad se sujeta un talón con el que golpeará a sus rivales.

¿Y por qué una perdiz, por coja que sea, tiene relación con Hefesto y en general con un mito?

Perdices y laberintos en Etruria

Esa es una larga historia relacionada con el laberinto de Creta, que no contaré aquí, pero sólo mencionaré algunos detalles : existe otro herrero en la mitología griega que es lanzado desde gran altura: Talos, discípulo y rival de Dédalo. Celoso de su joven ayudante, el futuro constructor del Laberinto lo arrojó desde la Acrópolis de Atenas. Talos no llegó a quedarse cojo, sino que murió, pero enseguida su alma remontó el vuelo en forma de perdiz, lo que es una sugerente casualidad.

A ello debemos añadir que Dédalo construyó un autómata de bronce llamado Talos, tal vez en recuerdo de su alumno. El autómata daba la vuelta cada día a la isla de Creta para protegerla. Sólo tenía un punto débil, en el talón. Sin duda tampoco esto es casual, sobre todo si tenemos en cuenta que, según dice Graves, uno de los nombres de Talos era Tántalo (“cojeando” o “tambaleando”).

 

El herrero Volundr

File:Völund.jpg

Por otra parte, Graves señala que mitos semejantes se encuentran en África Occidental o Escandinavia. Y es cierto, porque en los mitos germanos hay muchos personajes relacionados con la metalurgia que tienen algún tipo de minusvalía, incluso el propio Odín. Otro es Wyland o Völundr, un herrero que construyó una joya tan prodigiosa que despertó la codicia del rey de Suecia:

Cuando Nídud, el rey de Suecia, se enteró de que existía un collar tan espléndido mandó a sus hombres que se lo trajeran. Aprovechando que Völundr había salido de su casa, los soldados entraron y encontraron el collar. Sin embargo, no se atrevieron a robarlo y se limitaron a llevarse una anilla. Al regresar, Völundr se dio cuenta de que faltaba una anilla pero pensó que, ya de vuelta, se lo habría llevado la walkyria Álvit, con la que tiempo atrás había tenido amoríos. Mientras la esperaba, se quedó dormido y los soldados le aprisionaron.

Para impedir que huyera, Nídud ordenó que le cortaran los tendones y que lo abandonaran en un islote enfrente de la costa llamado Sevarstad («el enclave del mar»). Además, se quedó con su espada y dio el anillo de oro a su hija Bódvild.

(Marcos Méndez Filesi, Dédalo y Völundr en El jardín de los dioses)

En realidad no fue el rey, sino la reina quien impuso a Völundr el terrible castigo de dejarlo cojo, pero a partir de ese día el herrero tuvo que trabajar sólo para el rey Nídud y su corte, aunque acabó vengándose de todos ellos.

Otros herreros no son minusválidos, sino de pequeña estatura, como los nibelungos, pero no me ocuparé ahora de ellos, sino que les dedicaré una futura entrada.

 

La hipótesis de Mircea Eliade

Mircea Eliade dice que hay otros herreros cojos en culturas muy alejadas, como Japón, donde encontramos dioses herreros como Ame no ma-hitostt no kami “la divinidad tuerta del cielo”, que se caracterizan por tener un sólo ojo sano y una sola pierna. Pero Eliade no comparte la idea de que estos mitos de héroes cojos procedan de la costumbre de mutilar a los herreros para que no se escapen, sino que propone otra posible causa:

“Las invalideces de los personajes (tuerto, cojo, etc.) recuerdan probablemente mutilaciones relacionadas con la iniciación”.

Se trataría de un reflejo de las iniciaciones propias de las sociedades secretas de guerreros (mannerbunde).

 

La hipótesis de Toynbee

Pero frente a la hipótesis, que realmente resulta ingeniosa y elocuente, de que a los herreros se les lesionaba porque eran demasiado importantes como para permitir que pudieran unirse a los enemigos y fabricar armas para ellos; y frente a la teoría de Eliade acerca de las huellas de un rito iniciático, el historiador Alfred Toynbee, en su monumental Estudio de la historia, ofrece otra explicación. El mito de que los herreros tenían que ser cojos fue creado para que los minusvalidos no fueran eliminados o desterrados de la sociedad. Hay que recordar que en lugares como Esparta se abandonaba o arrojaba a un barranco a los niños con discapacidades físicas o gran debilidad.

El mito de los herreros tuertos y cojos podría pertenecer a la misma clase de mitos que el que traté en detalle en El viejo Badan y su hijo Badaneqe, al examinar un mito de los nartos osetas en el que se explicaba por qué se dejó de practicar la costumbre de arrojar a los ancianos por un barranco. Se trata de mitos en los que, en vez de justificar prácticas crueles, se propone una manera más humana y civilizada de tratar a las personas más débiles. Del mismo modo que existen algunos mitos que parecen haber sido inventados para proteger a los viejos, hay otros que tal vez tienen su origen en el deseo de proteger a personas con discapacidades físicas. Uno de estos ejemplos podría ser el de los herreros divinos.

Confieso que la teoría de que tras estos mitos o mitemas (motivos míticos) se esconde un intento de proteger a quienes estaban condenados a ser arrojados por un precipicio o abandonados me parece muy hermosa, además de éticamente superior, por supuesto, a la que sostiene que les cortaban los tendones o les rompían las piernas para que no se escapasen. Pero mis gustos personales no sirven como demostración, por supuesto.

 

Una última hipótesis

Sin embargo, es posible que la verdadera explicación sea incluso más sencilla que la de Toynbee o la de Graves, además de que explica las coincidencias de este mitema en culturas diversas y alejadas con mucha más facilidad. No la he encontrado en ningún autor, a pesar que parece de sentido común, pero tampoco he leído todos los libros que se han escrito sobre mitología.

Mi hipótesis es que se representa e imagina a los herreros tuertos, cojos o mancos porque el trabajo de herrero está expuesto a muchos accidentes. Es fácil que salte una chispa en un ojo, o cortarse o golpearse una mano o un pie. Es sabido, además, que los herreros solían taparse un ojo para protegerse de las lascas o chispas (se tapaban el que estaba en la trayectoria del golpe), con lo que era frecuente ver a herreros que parecían tuertos aunque no lo fueran.

Tal vez la teoría de Graves y Méndez Filesi, o la de Eliade, sean las correctas, o tal vez lo sean todas, incluida la de Toynbee y la mía, porque el desarrollo y evolución de cualquier pueblo o cultura es demasiado complejo para reducirlo a una explicación única más o menos ingeniosa y simplista.

 

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[Publicado por primera vez el 4 de junio de 2009]

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