Cuenco iluminado

No cabe duda de que con una buena cámara se pueden lograr buenas fotografías. También es cierto que las lentes permiten alcanzar resultados únicos, tanto al fotografiar un detalle con macro o lentes de aproximación como al emplear un gran angular o un teleobjetivo. También el tipo de encuadre y la posición de la cámara respecto a lo fotografiado es importante. Eso parece indiscutible, pero creo que todo eso no invalida que el elemento fundamental de la fotografía es la luz. Gracias a la luz, podemos transformar la realidad percibida de manera radical y hacer que un objeto en apariencia feo y sin interés, como un trozo de plástico, la esquina de una mesa o una superficie rugosa vulgar adquieran una insospechada belleza.

Cuenco verde (fotografía de Daniel Tubau). El cuenco es probablemente bonito en sí mismo, pero me gusta más en esta fotografía que cuando lo tengo delante. Lo compré porque se parecía un poco a mi cerámica favorita, el celadón. En la fotografía se parece más.

Este pequeño milagro de la luz me lleva a preguntarme varias cosas.

En primer lugar, cuando vemos ese hermoso objeto en la fotografía: ¿es un efecto de artificio porque la cámara, la lente y la luz han creado algo que no existía? Es decir,es un efecto ajeno a la realidad, que podríamos comparar a la visión de un artista en un dibujo, una pintura o una ilustración. ¿O más bien, el milagro fotográfico ha consistido en mostrarnos algo que estaba ahí pero que nosotros no habíamos sido capaces de ver?

Como es obvio, la realidad tal cual no existe para nosotros, sino tan solo la realidad percibida, la conjunción de lo que perciben nuestros sentidos y lo que interpreta nuestro cerebro con las cosas que están ahí fuera. Pero lo que registra una fotografía también lo podemos percibir nosotros, una vez que ya lo tenemos delante, fotografiado. No es algo inaccesible a nuestros sentidos, ni mucho menos. Podríamos entonces preguntarnos si lo que hace el arte fotográfico, más que mostrar la realidad, es ponerle filtros, del mismo modo que los pone nuestra percepción y nuestro cerebro.

Es sabido que esos filtros se pueden superponer a nuestra percepción también mediante drogas alucinógenas, como el ácido o la ayahuasca. La pregunta sería entonces: ¿esas drogas nos permiten ver la realidad tal cual es, como aseguran sus entusiastas, o más bien nos permiten aplicar filtros a la realidad?

Me inclino por esta segunda opción, por el momento. Lo que no significa que poner filtros mediante drogas o efectos fotográficos sea más o menos real que hacerlo mediante el funcionamiento cotidiano de nuestra percepción, producto de millones de años de evolución. Porque me da la impresión, pero puedo equivocarme, de que esos filtros, esa modificación de lo percibido, procede casi en exclusiva de nuestro cerebro que de los instrumentos de percepción. Depende más de cómo procesamos los estímulos que de una modificación del medio o de nuestros receptores sensoriales, como nuestra retina, por ejemplo (lo que tampoco es descartable, pero probablemente no es lo fundamental). Todo esto me lleva a sugerir, pero solo a modo de hipótesis provisional, que la modificación de la percepción que producen los alucinógenos se parece más a la manipulación digital de una fotografía que a los mecanismos que usamos al tomar esa fotografía, como lentes, encuadres o el manejo de la luz.

Dicho de otra manera: sea cual sea la respuesta a la pregunta de si la cámara percibe lo que siempre estuvo allí, o si más bien pone algo que no estaba allí, sabemos que una vez tomada una fotografía, se puede trasformar mediante manipulación digital al 100 por 100. De la manera más básica mediante filtros diversos, y de la manera más compleja pixel a pixel, de tal modo que aparecerán cosas que sin duda no estaban ahí, ni en la realidad percibida ni en la misma fotografía. Creo que el mecanismo de los alucinógenos puede ser semejante, pero que no funciona como una cámara de fotos, sino como una cámara de vídeo, lo que da paso a otras preguntas, a las que no intentaré responder en este momento.

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ÁLBUM DE FOTOS Y TEXTOS

Acerca de las descripciones

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Mi mesa y mis dioses

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Hojas en el vacío

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Cuenco lleno

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Cuenco iluminado

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Definición de prejuicio

Sobre este tema se ha escrito mucho. Ya veremos las opiniones de Bacon, Leibniz y Descartes, por ejemplo.

Pero adelantaré una definición intuitiva, o apresurada, si se prefiere:

“Prejuicio es aquello que se opina sin poder justificar por qué”.

Las dificultades de una definición como ésta saltan inmediatamente a la vista, pero la iré puliendo, analizando ejemplos concretos.

El primer ejemplo es el de una amigo que nos dice:

“No me gusta este autor, no he leído nada suyo, pero ni me interesa ni tengo intención de hacerlo”.

Supongamos que el autor en cuestión es, para citar a alguien conocido, Isaac Asimov, célebre en todo el mundo por sus libros de ciencia ficción y de divulgación científica.
Lo primero que observamos es el error lógico de tomar la parte por el todo: a nuestro amigo no le gusta Isaac Asimov y, sin embargo, no ha leído ningún libro suyo, incluso añade con malicia que ni siquiera tiene intención de hacerlo. ¿Cómo es esto posible?

Posiblemente porque lo que sucede es que no le gusta Isaac Asimov como persona, y por ello induce (o abduce) que tampoco le gustará cómo escritor.

Naturalmente, se trata de una inferencia muy arriesgada, pero todos hemos caído en ella alguna vez: por ejemplo cuando rechazamos leer a autores de conocida tendencia fascista o nazi. Así, por ejemplo, es evidente que las personas interesadas en el surgimiento del nazismo -aunque no sean especialistas en el tema- deberían leer Mein Kampf (Mi Vida) de Adolf Hitler. Pero pocas personas lo hacen (yo admito que no lo he leído, aunque sí tengo intención de leerlo).

Pero volvamos a Asimov. Ya he señalado uno de los primeros rasgos de los prejuicios: “tomar el todo por la parte” (metonimia). Ahora bien, en el caso de Asimov y nuestro amigo, nuestra amistad con este último nos permite intuir que la metonimia es doble. En realidad, la metonimia esencial no es la que une a ‘Isaac Asimov persona’ con ‘Isaac Asimov autor’, sino la que conecta al ‘Isaac Asimov autor’ con la imagen pública de Isaac Asimov, o si se prefiere la “Fama de Isaac Asimov”. Porque, en primer lugar, parece claro que creer que se sabe cómo es una persona conociendo tan sólo lo que se publica acerca de ella -incluídas las entrevistas- es muy arriesgado. De eso tal vez hablaré más adelante. Pero el problema es que en realidad nuestro amigo a lo mejor ni siquiera debe su prevención contra Asimov a la imagen pública de Asimov, sino que este prejuicio nace de la fama misma de que disfruta Asimov (de que disfrutaba, q.e.p.d.). Con ello, llegamos a uno de los motivos más comunes a tantos prejuicios: la fama.

La fama, como es sabido, produce dos movimientos contrarios en el espectador: admiración y desprecio. El desprecio está muy ligado a la envidia. Naturalmente, el envidioso no se reconoce jamás, o casi nunca, como tal envidioso, y su desprecio hacia muchos personajes famosos se justifica con razones que la mayor parte de las veces son correctas, porque tal vez nadie merece la fama de la que disfruta. ¿Estoy diciendo, entonces, que el envidioso tiene razón?

No exactamente, porque la envidia no es algo que dependa de una supuesta coherencia lógica, sino que es un sentimiento y, por ello, está más relacionado con la ética o la moral, o quizá con el carácter. Es una pasión generalmente mediocre, tanto como su opuesto, la admiración desmesurada.

Pero volvamos a la fama. En muchas personas, y de esto puedo hablar por propia experiencia, se produce un sentimiento de aversión hacia personas o cosas populares, precisamente porque son populares. Uno se cansa de que todo el mundo se deshaga en elogios hacia una película y acaba perdiendo las ganas de ir a verla. Tal vez en ello juega su papel la envidia, aunque es discutible que la envidia se dirija contra una película.

Es otro tipo de sentimiento que tiene más que ver con el espíritu de contradicción. Yo he cometido muchos errores llevado por esta ciega pasión. He despreciado a pintores, películas, actores, escritores, políticos, artistas, de los que no sabía nada.
Afortunadamente, he llegado a darme cuenta de lo injusto de esta actitud y he reconsiderado muchas de mis opiniones, alcanzando, si no un juicio más justo, sí un criterio más equilibrado, o al menos eso creo.

Y además, el problema es que en este sentimiento, como suele suceder en las pasiones de los seres humanos, se mezclan muchos factores: envidia y espíritu de contradicción ya han sido tratados, pero a ellos va asociada la ligereza y la soberbia del juzgar sin conocer.
El espíritu de contradicción, en efecto, te lleva a opinar de las cosas sin conocerlas, y acabas comportándote como esos analistas que dicen a su paciente que no le conviene leer tal libro, aunque ellos, los analistas, tampoco lo hayan leído.

Ahora bien, alguien pensará: ¿no nos estamos desviando del tema de los prejuicios?

No, porque la envidia, la ligereza, el juzgar sin conocer y el espíritu de contradicción siguen encajando en la definición de prejuicio: “Aquello que se opina sin poder justificar por qué”.

Ahora bien, antes de continuar hay que precisar que en esta definición se ha de entender ‘justificar’ en su pleno sentido, y no como sinónimo de ‘explicar’. Porque uno puede explicar sus prejuicios y sus manías: “le tengo manía a este hombre porque es gordo y fofo”, pero una explicación tal no parecerá justa y equilibrada a un testigo imparcial.
Naturalmente, ahora podríamos emplear diez o doce páginas en discutir qué es la imparcialidad y quien puede juzgar y con qué criterio. También podríamos divertirnos un rato con argumentos como: “¿es que acaso el que un tipo sea gordo y fofo no es un criterio tan válido como cualquier otro?”

Podría hacer todo eso, pero esto es una cosa que también acaba cansando y no sé cómo no se aburren los filósofos del lenguaje, los epistemólogos y los relativistas culturales, que se ven obligados a escribir cien páginas de auto-crítica y situacionismo para poder dar a la luz pública una idea que sólo ocupa tres páginas o tres frases. Antes podía ser más entretenido, porque el relativismo era un bicho raro, pero ahora que se ha convertido casi en una tradición unánime…

He intentado en el párrafo anterior atacar los prejuicios bordeando yo mismo la línea del prejuicio, no sé si el lector se habrá dado cuenta. Porque, parece que intento refutar el relativismo, la filosofía del lenguaje y la epistemología con argumentos similares al de “este tipo me cae mal porque es gordo y fofo”. Sin embargo he intentado evitar el prejuicio…


[Escrito antes de 1994]

[El texto no sé si acaba abruptamente. A pesar de dirigirme a un lector, es un apunte personal que escribí sin ninguna intención de que se hiciera público, a no ser que mi memoria me traicione y sea parte de algún proyecto que he olvidado, pero parece una investigación acerca de los prejuicios, en la que iba a examinar lo que opinaban diversos autores].


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La relatividad del relativismo

nube-palabra-abstracta-para-relativismo-con-etiquetas-y-terminos-relacionadosAlgunos pensadores tienen la curiosa costumbre de defender una idea con ardor hasta lograr que signifique lo contrario de lo que en su origen significó. Uno de los éxitos más recientes en este sentido el de esa corriente antropológica, luego filosófica, luego política y luego popular y cotidiana que se conoce como “relativismo”. Naturalmente, no me estoy refiriendo a la teoría de la relatividad de Einstein, ni siquiera al relativismo epistemológico sino tan sólo al relativismo cultural.

El relativismo cultural nació de la sana idea del respeto a otras personas y a otras culturas, la tolerancia, la amplitud de miras y el rechazo al dogmatismo y el etnocentrismo; pero esa idea sana y muy recomendable acabó enfermando hasta convertirse en lo que hoy es: una justificación del abuso, la crueldad, la discriminación y cualquier otra cosa… que haga una cultura ajena. Todo queda justificado y tolerado siempre que proceda de una cultura que no es la nuestra, porque cualquier barbaridad que alguien pueda cometer ya no puede ser juzgada si pertenece a otra cultura. De este modo, el relativismo cultural se ha convertido en el mejor ejemplo de aquello que decía Chesterton: “El error es una verdad que se ha vuelto loca”. Es una de esas verdades que eran válidas en ciertos contextos, en cierto campo de acción, pero que se vuelven locas al querer aplicarlas de manera absoluta e indiscriminada a todo lo existente.
Sigmund FreudEs obvio que Freud hizo muy bien al descubrir o redescubrir el gran papel que la sexualidad tiene en la infancia, lo que causó el mayor de los escándalos en su época, pero que hoy aceptamos con bastante naturalidad, aunque probablemente todavía no con toda la naturalidad deseable. Pero cuando Freud convierte su descubrimiento en una explicación para todo lo que existe, entonces esa verdad se vuelve loca y se convierte en un error. Lo mismo le sucedió a su discípulo heterodoxo Adler, al descubrir la importancia del ansia de poder y explicar entonces todo lo que antes Freud explicaba por el sexo ahora por el poder.

El relativismo tiene entre sus precursores a quienes se separaron ya hace varios siglos del etnocentrismo habitual en casi cualquier cultura, porque el etnocentrismo no es sólo eurocentrismo, sino también africanocentrismo, cristianocentrismo, incacentrismo, aymaracentrismo o sinocentrismo (no en vano los chinos llaman a su país Zhong Guo o País del Centro). En Europa, hace varios siglos, algunos pensadores se opusieron a esa obsesión y sometimiento a las normas de la propia cultura, entre ellos Montaigne, muchos de los ilustrados franceses o Goethe, y miraron más allá de sus fronteras nacionales o étnicas. No sólo sintieron una curiosidad enorme hacia otras culturas, sino que también intentaron escuchar lo que decían, aplicando lo que entonces se llamaba tolerancia, que hoy es una palabra que nos suena demasiado paternalista pero que sigue siendo válida, como intentaré demostrar más adelante.
MontaigneMontaigne, en su ensayo De los caníbales, que inspiró a Shakespeare La tempestad y su personaje de Caliban, se preguntó si no tendrían razón algunas de esas personas “primitivas” que los europeos se habían encontrado en América. Se aventuró a sugerir que algunas de sus prácticas serían beneficiosas y aplicables en Europa, incluso el canibalismo, y que muchas de las nuestras eran más bárbaras que las suyas, pero no por ello exculpó las prácticas crueles o sanguinarias. Diderot, en su Suplemento al viaje de Bouganville se hizo preguntas semejantes y se manifestó partidario de lo que se suponía que practicaban los habitantes de Tahití, una especie de amor libre en el que el concepto de fidelidad era considerado absurdo.

Emperador Ming-Muchos otros, como Leibniz o Voltaire admiraron algunas formas de organización del Imperio Chino, y no caían en un idealismo de lo chino tan exagerado como el que han supuesto algunos historiadores, puesto que la China de la que les llegaban noticias era la de la dinastía Ming, en ese momento probablemente más avanzada en muchos sentidos que Europa. Tras la caída de los Ming a manos de una dinastía extranjera, la de los manchúesQing, China perdió esa ventaja y todavía no la ha recuperado, aunque es posible que lo haga en las próximas décadas.

Goethe, Diván de Oriente y Occidente

Goethe, Diván de Oriente y Occidente

Por su parte, Goethe, se interesó por el Lejano Oriente, pero también por la gran cultura del Islam, y con su Diván de Oriente y Occidente buscó lo mejor de los dos mundos e incluso se consideró a sí mismo musulmán (entre otras muchas cosas que Goethe se consideraba, como panteísta).

Todos estos escritores y filósofos no es que fueran tolerantes de una manera paternalista, sino que estaban realmente interesados en aprender lo que otras culturas y  gentes educadas de distinta manera pudieran enseñarles. Su investigación y comparación con lo diferente les llevaba a proponer mejoras para su cultura, pero también para la ajena.

Por el contrario, los relativistas culturales, a pesar de proclamar ardientemente su respeto a las otras culturas, adoptan una actitud peor que cualquier paternalismo, porque son quienes más desprecian a las culturas ajenas, al no considerar ni siquiera posible discutir con ellas. Porque, en efecto, sucede que en una conversación franca y equilibrada uno debe estar dispuesto no sólo a cambiar de opinión sino también a intentar que el otro cambie de opinión dándole buenos argumentos, precisamente porque lo respeta y lo considera un interlocutor que también es capaz de escuchar y que acepta llegar a ser convencido. El buen relativista cultural está dispuesto a escuchar y entender el punto de vista ajeno, pero por alguna extraña razón, pero de la misma manera que un psicoanalista escucha pacientemente a su paciente o un cura a su pecador. Convierten cualquier diálogo en un monólogo casi en una única dirección; la diferencia es que el psicoanalista y el cura se reservan el veredicto final: como los antropólogos relativistas no quieren juzgar, han concluido que tampoco deben dialogar.

Por otra parte, los relativistas culturales, cuando dicen respetar a una cultura, en realidad tan sólo respetan a los poderosos de esa cultura, a aquellos que escudándose en tradiciones culturales abusan o manipulan a sus ciudadanos, que a la mayoría de las veces ni siquiera son ciudadanos, sino tan sólo súbditos.

Las culturas, sin embargo, no son entes homogéneos, sino una mezcolanza de tradiciones, costumbres, obras literarias y orales, discusiones y debates, que son llevadas a cabo por personas de carne y hueso, cada una con sus propias opiniones acerca de lo que esa cultura es o debe ser. También hay personas que aunque pertenecen a una cultura no se sienten identificadas con ella, y también, por supuesto, hay variedades culturales muy diversas en una misma cultura, con valores a veces opuestos. A todas esas personas, a todas esas posibilidades, los relativistas las olvidan y las subsumen en una construcción teórica llamada “Cultura”, en cuyo nombre todo es justificable.

Hace poco pudimos escuchar a uno de estos relativistas culturales decirlo claramente: “Su ideología fue el desencadenante de sus acciones, que deben ser consideradas desde el punto de vista de la cultura a la que pertenece”. Y no, por tanto, desde la nuestra.

¿Qué quería justificar este relativista cultural con esa apelación a una cultura diferente?

El asesinato de 77 personas en Noruega a manos de un tal Breivik. A continuación, ofrezco las palabras del abogado de Breivik, y espero que el lector esté de acuerdo en que no he manipulado su sentido al parafrasearlas hace un momento:

“La violencia no fue el factor desencadenante de sus acciones, sino su ideología política radical. Sus acciones deben ser consideradas desde el punto de vista de la cultura de la extrema derecha”.

MussoliniMucho tiempo antes, otras personas dijeron cosas semejantes, como Mussolini, cuando dijo que los sabios de Europa pensaban que no se podían discutir o juzgar culturas ajenas. Eso le hizo llegar a la conclusión de que, puesto que no se pue­den com­pa­rar de manera racio­nal ideas pro­ce­den­tes de diver­sas cul­tu­ras para intentar encontrar una verdad más o menos objetiva, lo único que queda es la fuerza:

 “Si el relativismo significa desprecio por las categorías fijas y por los hombres que aseguran poseer una verdad objetiva externa…, entonces no hay nada más relativista que las actitudes y la actividad fascistas” (Mussolini en 1923).

Este discurso de Mussolini, en el que una y otra vez se declara relativista, es una elocuente muestra de que el relativismo cultural es el camino más breve para justificar a lo que parece su opuesto: el etnocentrismo (o ideocentrismo o culturacentrismo, si se prefiere), la creencia que afirma que la propia cultura es superior a las demás, que es algo que han sostenido y sostienen casi todas las tradiciones culturales. El relativismo cultural, por lo tanto, no es sino la generalización teórica de la creencia en la superioridad de la propia cultura, que ahora se aplica, de un solo golpe, a todas las culturas posibles.

Por mi parte, frente a ese falso respeto de los relativistas culturales por “los otros”, prefiero a los antiguos defensores de la tolerancia y el diálogo, capaces de escuchar y también, por supuesto, de discutir y de cambiar de ideas, algo que no se puede hacer si uno ha renunciado a tener ideas.


 

[Publicado el 27 de junio de 2012]


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Las múltiples apariencias de lo que es

serpiente

Después de sostener que no hay diferencia real entre sueño y vigilia, Gaudapada intenta explicar el por qué de las apariencias y lo hace con una de esas brillantes comparaciones tan frecuentes en India:

“Lo mismo que en la oscuridad una soga cuya naturaleza no ha sido plenamente verificada, se imagina que es varias cosas diferentes, tales como una serpiente, un reguero de agua y demás; exactamente de la misma manera el Sí mismo es imaginado de varios modos diferentes”.

“Cuando se verifica que la soga es una soga, todas las ilusiones sobre ella cesan, y solo permanece la soga. La realización del Sí mismo es exactamente lo mismo”.

cuerda-serpienteHay una cierta semejanza con planteamientos idealistas como los de Berkeley y Malebranche, aunque la diferencia  es que nosotros no vemos todo eso en Dios o a través de Dios, puesto que nosotros mismos no existimos para Gaudapada y el advaita no dualista.

Pero más adelante hay otros pasajes de nuevo con aroma berkeleyano:

“La consciencia no tiene contacto con los objetos, y no tiene ningún contacto con las apariencias de los objetos. Los objetos son no-existentes y las apariencias de los objetos no-diferentes de la consciencia.

En ninguno de los tres tiempos (pasado, presente, futuro) la consciencia hace contacto con los objetos. Puesto que no hay objetos, ¿cómo puede haber una percepción engañada de ellos?

Ni la consciencia ni sus objetos vienen nunca a la existencia. ¡Aquellos que perciben un tal venir-a-ser, son como aquellos que pueden ver huellas en el cielo!”

Y otro pasaje que es parecidísimo a uno de los Tres diálogos entre Hilas y Philonus:

“Lo mismo que el elefante en un truco de magia es llamado un elefante en base a la percepción y al comportamiento apropiado, así también se dice que los objetos existen en base a la percepción y al comportamiento apropiado”.

Por cierto que Gaudapada enumera de manera interesante la manera en la que las diferentes filosofías ven esa soga (que parece una serpiente o un chorro de agua) en uan larga, sugerente y hermosa enumeración:

“Aquellos que conocen prana, Le identifican con Prana. Aquellos que conocen los elementos, Le identifican con los elementos. Aquellos que conocen las cualidades, Le identifican con las cualidades. Aquellos que conocen las categorías, Le identifican con las categorías.

 Aquellos que conocen los «pies», Le identifican con los «pies». Aquellos que conocen los objetos de los sentidos, Le identifican con los objetos de los sentidos. Aquellos que conocen los mundos, Le identifican con los mundos. Aquellos que conocen a los dioses, Le identifican con los dioses.

 Aquellos que conocen los Vedas, Le identifican con los Vedas. Aquellos que conocen los sacrificios, Le identifican con los sacrificios. Aquellos que conocen al gozador, Le identifican con el gozador. Aquellos que conocen el objeto del goce, Le identifican con el objeto del goce.

 Los conocedores de lo sutil, Le identifican con lo sutil. Aquellos que conocen la identidad grosera, Le identifican con lo grosero. Aquellos que conocen al dios con formas, Le identifican con una forma. Aquellos que conocen lo sin forma, Le identifican con el Vacío.

 Los estudiantes del tiempo, Le identifican con el tiempo. Aquellos que conocen el espacio, Le llaman espacio. Los debatidores, Le identifican con el debate. Los cosmólogos, Le identifican con los catorce mundos.

 Los conocedores del órgano de la mente, Le identifican con el órgano de la mente. Los conocedores de la inteligencia, Le identifican con la inteligencia. Los conocedores de la consciencia, Le identifican con la consciencia. Los conocedores de la rectitud o la inrrectitud, Le identifican con una u otra.

 Algunos dicen que la Realidad está constituida de veinticinco principios, otros dicen que de veintiséis. Algunos dicen que Ella consta de treinta y una categorías, ¡hay incluso algunos quienes creen que son infinitas!

 Aquellos que conocen los placeres humanos, Le identifican con esos placeres. Aquellos que conocen los estadios de la vida, Le identifican con ellos. ¡Los gramáticos, Le identifican con el macho, la hembra o lo neutro! —otros Le identifican con lo trascendente o lo no-trascendente.

 Los conocedores de la creación, Le identifican con la creación. Los conocedores de la disolución, Le identifican con la disolución. Los conocedores de la subsistencia, Le identifican con la subsistencia. ¡Pero todas estas concepciones son meramente imaginadas en el Sí mismo!”

Es algo que recuerda en cierto modo a lo que decía Deshimaru acerca de que a cada uno se le debe hablar en el idioma emocional que más le gusta. El propio Gaudapada llega en un momento dado a la conclusión de que no hay disputa real entre su pensamiento y el de las demás escuelas.

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Cuenco lleno

Cuenco

Se cuenta que un investigador europeo interesado en el budismo visitó en una ocasión a un maestro zen. El investigador contó al maestro lo que sabía del zen y demostró que conocía todas las distinciones y todas las escuelas budistas. El maestro entonces le ofreció tomar un té y empezó a verter el líquido sobre el cuenco.

Mientras continuaba hablando, el investigador se dio cuenta de que el cuenco de té ya estaba lleno, pero el maestro seguía sirviéndolo como si no pasara nada. Cuando el té inundó la mesa, el visitante dijo: “Perdone, maestro, pero hace rato que ya no cabe más té en el cuenco”. El maestro sonrió, dejó de servir el té y dijo: “Lo mismo le sucede a usted: ¿cómo pretende aprender algo nuevo si antes no vacía un poco su mente?”.

 

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