John Milton y la libertad de imprenta

“Matar un buen libro es casi matar a un hombre”.

Areopagítica es el alegato de Milton en favor de la libertad de imprenta. El libro está dirigido a los miembros del Parlamento, a los que pide que retiren la Orden de que los libros hayan de recibir licencia, y con ello examen previo, antes de poder ser editados. Ataca Milton en particular el intento de censura:

“Otra clausula, la relativa a la necesaria licencia para los libros, que se nos antojaba con sus hermanas cuaresmal y matrimonial fenecida al extinguirse los prelados…”

Esto demuestra que hay que tener cuidado cuando se habla de los puritanos, puesto que Milton, que era puritano, era también partidario de la libertad de prensa, del divorcio y de la república, como aquí expresa él mismo:

“El Parlamento de Inglaterra, asistido por gran número de gentes que a él se manifestaron y a él se adhirieron, fidelísimos en la defensa de la religión y de sus libertades civiles, juzgando por larga experiencia ser la realeza gobierno innecesario, agobiador y peligroso, la abolió justa y magnánimamente, convirtiendo la regia sumisión en república libre, con maravilla y terror de nuestros vecinos émulos”.

 

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Más sobre Areopagítica

Comparo la defensa de la utilidad del error por Milton con Stuart Mill en: Defensa del error por Milton y Selden, donde también hablo de John Selden y de otras defensas de la utilidad del error.

John Milton y los spartoi

Prensa, televisión y revolución

Del último párrafo citado, hablo en El imaginario revolucionario

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 [Publicado el 7 de diciembre de 2007]

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El imaginario revolucionario

“El Parlamento de Inglaterra, asistido por gran número de gentes que a él se manifestaron y a él se adhirieron, fidelísimos en la defensa de la religión y de sus libertades civiles, juzgando por larga experiencia ser la realeza gobierno innecesario, agobiador y peligroso, la abolió justa y magnánimamente, convirtiendo la regia sumisión en república libre, con maravilla y terror de nuestros vecinos émulos”.

Al leer textos como el anterior, escrito por John Milton en su Areopagítica,  podemos constatar de qué curiosa manera el futuro determina el pasado.

Solemos situar el comienzo de los gobiernos republicanos y de las ideas de igualdad, libertad y del fin de la monarquía absolutista en la revolución francesa de 1789, a pesar de que casi todo lo que en ese momento sucedió ya había sucedido en 1776 en Estados Unidos. Pero la primera gran revolución moderna fue la inglesa, en 1642. La revolución inglesa fue muy semejante a la francesa en todas sus etapas, incluso con la cabeza cortada de un rey y la dictadura republicana posterior, aunque a Cromwell lo podemos comparar al mismo tiempo con Robespierre, Danton y Napoleón, supongo.

También ambas revoluciones acabaron en la restitución monárquica. La única diferencia es que Francia, tras varias monarquías e imperios, acabó implantando el régimen republicano, hasta el momento de manera definitiva.

La temprana, y también en apariencia permanente, restauración monárquica inglesa es la causa de que en nuestro imaginario colectivo la revolución francesa ocupe un lugar que quizá merecería ocupar la inglesa. Además, por supuesto, de la presencia entre los precedentes de la revolución francesa, del movimiento ilustrado, que, como es obvio, no influyó en la inglesa, pero que muy probablemente fue influido de manera extrema por ella. Hay que recordar, entre otros muchos ejemplos, que una de las mayores influencias sobre los ilustrados fue el régimen parlamentario y las libertades británicas, como puede comprobarse en las Cartas inglesas que un admirado Voltaire publicó tras su visita a Inglaterra.

Lo que no resulta sencillo es entender por qué, al menos en Europa, no se tiene en cuenta que la revolución Americana o Guerra de independencia fue anterior a la Revolución Francesa y tenía casi todos su ingredientes, incluso al general Lafayette, que después se fue a Francia a participar en la siguiente revolución. Tal vez se deba a que los norteamericamos no pudieron cortar la cabeza del rey Jorge de Gran Bretaña porque estaba muy lejos.

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Defensa del error por Milton y Selden

Esto que Milton atribuye a Selden recuerda mucho a algunos de los mejores pasajes escritos siglos después por Stuart Mill en Sobre la libertad:

“Selden demuestra… que todos los pareceres, es más, todos los errores, conocidos, leídos y cotejados, son de capital servicio y valimiento para la ganancia de la verdad más cierta”. (Areopagítica)

John Selden,  considerado por Milton el más sabio de la época, es un personaje muy interesante, gran  experto en leyes y en religión comparada, hizo esa defensa del error en un libro dedicado a la ley natural y el derecho de gentes entre los hebreos: De jure naturali et gentium juxta disciplinam Ebraeorum, en 1640.

También el propio Milton recurre a los Padres de la Iglesia para defender el error, a veces de manera irónica:

“¿Quién no hallará que Ireneo, Epifanio, Jerónimo y otros descubren más herejías de las que aciertan a refutar cumplidamente, eso sin contar que más de una vez resulta la herejía opinión más verdadera?” .

“Ni cabe olvidar que el agudo y despejado Arminio fue pervertido mediante el solo examen de un discurso innominado, escrito en Delft, que al principio examinó a fondo para refutarlo.”

Se podría también recordar la más reciente y muy elocuente defensa del error por parte de Karl Popper.

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 [Publicado el 7 de diciembre de 2007]

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John Milton y los spartoi

He aquí una acertada comparación de John Milton entre los libros y el mito de Cadmo, quien arrojó dientes de dragón que se convirtieron en los spartoi, los primeros pobladores de Tebas:

“Los libros sé yo que son tan vivaces y vigorosamente medradores como aquellos dientes fabulosos del dragón; y desparramados acá y acullá pueden hacer brotar gentes armadas (25)”.

La comparación debió de ser recibida por los enemigos de Milton y de la libertad de prensa de una manera tan literal que les asustaría más, reforzando sus deseos de censurar y prohibir libros. Y lo cierto es que los libros estuvieron en el origen de hombres armados como los que hicieron la revolución de Cromwell y los que la imitaron en Francia siglos después.

Precisamente, la Areopagítica de Milton es una defensa de la libertad de imprenta y, por extensión de la libertad de prensa, que tantos cambios produjo en las estructuras heredadas de la Edad Media.

 

[Ver también: Prensa, televisión y revolución]

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[Publicado el 7 de diciembre de 2007]

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Prensa, televisión y revolución

John Milton decía en su Areopagítica:

“Los libros sé yo que son tan vivaces y vigorosamente medradores como aquellos dientes fabulosos del dragón; y desparramados acá y acullá pueden hacer brotar gentes armadas”.

Del mismo modo que la imprenta y los libros trajeron revoluciones y cambios a tantos lugares, McLuhan actualizó ingeniosamente esta idea al decir que la televisión es la mayor causa de revoluciones, pues muestra a quienes no tienen nada cómo viven otros a los que les sobra de todo, y provoca que se pregunten: “¿por qué esos tienen tanto y yo tan poco?” Les hace darse cuenta de que no está en la naturaleza de las cosas el ser pobre y miserable. Y a menudo les permite sospechar también que precisamente ese lujo y riqueza se sostiene en la explotación de sus propios recursos.

 

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[Publicado el 7 de diciembre de 2007]

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