¿Qué fue del marxismo?

Hace muchos años, quise hacer para mi amigo Marcos una investigación acerca de Marx, en la que mi postura sería muy crítica.

Al no haber hecho ese trabajo en su momento, cuando el marxismo todavía era un gigante que abatir, ahora (2003) ya resulta difícil ponerse a la tarea, pues el gigante ha caído. Tal vez se incorpore de nuevo, pero mi sensación ahora es como la de Swann en En busca del tiempo perdido, cuando quiere saber si Odette le era infiel o no y supone que lo sabrá cuando Odette ya sea definitivamente suya y el amor se haya diluido con los años, y también los celos. Pero ese deseo tan grande de saber si aquella noche ella, estaba sola o no, resulta que también se diluye llegado el momento:

“Este problema tan interesante, que iba a poner en claro en cuanto se le acabaran los celos, perdió precisamente toda suerte de interés en cuanto dejó de estar celoso (A la sombra de las muchachas en flor)

Incluso se le diluyó a Swan el deseo de vengase de Odette cuando ya no la amara:

“Con el amor se fue el deseo de demostrarle que ya no había amor” .

Es como lo que cuenta mi padre en Matar a Victor Hugo: cuando era joven, prometióvengarse de un jefe que le maltrató, pero, cuando tuvo la oportunidad de vengarse, ya no tenía ningún deseo de hacerlo. Al Iván adulto ahora le resultaban indiferentes las promesas de aquel joven Iván.

Quienes no creemos en la venganza ni en la saña con los caídos, no obtenemos placer cuando el monstruo está a merced de nuestros golpes, ahora que ya no tenemos tampoco necesidad de golpearle para salvar nuestra vida (al menos nuestra vida mental). Ahora que ha llegado el día (desde hace quizá más de quince años) en que el marxismo ya no nos domina, ni siquiera siento anhelos de señalar a todos aquellos que justificaron tantas atrocidades, pero sé que a veces se debe hacer, para no dar pie a malentendidos, y como solían decir entonces ellos: “para hacer justicia a las víctimas”. A sus víctimas.

( Escrito en 2003)

Recibí un comentario a esta entrada, creo que cuando la republiqué en otra página:

Ya que ya no odias al marxismo, sería una buena oportunidad para que lo investigaras y vieras que está lleno de verdades filosóficas. No te conozco, apenas estoy leyendo algunas cosas que has escrito. Por eso no sé qué grado de conocimiento tienes acerca del marxismo.
Así como hablas de no tener un pre juicio sobre las personas o las mujeres que conoces, así podrías intentar conocer el marxismo. Tal vez verías que no estaba tan equivocado en sus críticas al capitalismo.
Un abrazo

A lo que respondí:

Hola Gustavo

La verdad es que nunca, que yo recuerde, llegué a odiar el marxismo. Siempre me ha parecido una filosofía bastante razonable, con muchos aciertos, pero también con algunos errores (siempre desde mi punto de vista, inevitablemente subjetivo y personal).

Precisamente ayer hablaba con una amiga (todavía no había leído tu post) y le decía que, en mi opinión, los marxistas y comunistas tuvieron razón en sus denuncias de la injusticia y la explotación.

El problema no es el marxismo en sí, en tanto que teoría filosófica, sino lo que en el siglo XX se hizo amparándose y apoyándose en él. Como le dije a mi amiga, el problema es que los comunistas triunfantes no sólo cometieron las mismas injusticias que denunciaban, sino que incluso las superaron, algo que parecía imposible. Si eso no hubiera sucedido, ahora cualquier persona sensata y sensible se sentiría muy próxima al marxismo.

Así que comparto completamente tu opinión acerca de que el marxismo no estaba equivocado en sus críticas al capitalismo, como no estaban equivocados los anarquistas, ni los diversos socialistas, ni los liberales como John Stuart Mill, que se hallaba mucho más cerca del socialismo que de los liberales actuales.
Como no lo estaban tampoco los Ilustrados o los hermanos Graco, o cualquiera que haya denunciado las injusticias del mundo (ya sea feudal, imperial, capitalista… o comunista).

Creo conocer el marxismo medianamente, pues hace más de veinte años leí decenas de libros de Marx, Engels y todos los marxistas en sus diversas variantes (precisamente uno de los problemas es definir qué es el marxismo), pero tengo ganas e intención de releerlo.

Pero el problema fundamental del marxismo es que, aparte de su interés filosófico y moral (que es mucho), es que fue también una ideología organizada, de carácter extremadamente dogmático (y de ello Marx y Engels serían en gran parte responsables).

Durante años, los años de su dominio intelectual no se podía intercambiar ideas con los marxistas en una discusión razonable y libre, sino que simplemente había que acatar dogmas y proclamas, a menudo muy dudosas y frecuentemente construidas ad hoc para justificar lo injustificable. En esa línea iba el trabajo que quería hacer para mi amigo.

Precisamente con el marxismo no tuve prejuicios, a no ser prejuicios positivos, pues desde los 14 años empecé a leer sus textos con algo muy semejante al entusiasmo. Pero, afortunadamente, no me quedé ahí, como les sucedió a casi todos los que me rodeaban, sino que seguí investigando y observando la realidad sin que los prejuicios marxistas adquiridos me convirtieran en sordo o insensible a la injusticia. Eso me hizo combatir (intelectualmente) el marxismo (y sobre todo el marxismo- leninismo- estalinismo- pensamiento Mao Ze Dong), precisamente porque seguía pensando lo mismo, porque seguía estando en contra de la explotación y de la injusticia.
Pero es un tema complejo y quizá no me he explicado muy bien.
Te agradezco tu razonado y razonable comentario y te envío un afectuoso saludo.

 


Epílogo 2017: en los últimos años, parece que algo de aquello ha reverdecido, aunque por ahora no alcanza la intensidad de entonces. Pero no puedo negar que es triste que algunos se atrevan a defender de nuevo tantas cosas de las que se supone ya debíamos haber aprendido y justificar de manera vergonzosa lo injustificable. Es en especial triste verlo entre algunos jóvenes que dicen defender la justicia. Por supuesto, me estoy refieriendo no a Marx en particular, sino al uso de sus ideas en el siglo XX.


Karl Marx y el marxismo

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Originally posted 2003-03-17 11:54:38.

Los libros como virus

|| Mientras escribo , de Stephen King /7

Dice Stephen dice King que él se contagia de lo que lee. A mí también me sucede.

Sé que hay escritores que cuando escriben dejan de leer para no contagiarse, pero yo hago lo contrario: leo más. Una de las cosas que me gusta hacer es mezclar lecturas diferentes cuando escribo, porque así surgen estilos mixtos. Por ejemplo, los temas de Proust con el estilo de Poe, o a la inversa. O mezclar un clásico griego o latino con un libro científico, para escribir algo de tipo pseudocientífico o de ciencia ficción con un tono antiguo. Una de las últimas veces que empleé ese método escribí un cuento que me gusta bastante, el Manifiesto contra los mundos posibles, en el que el estilo se parece a Thomas Browne y el tono a una novela apocalíptica de ciencia ficción.

Thomas Browne

También me contagio con el cine, como me dijo el otro día mi hijo Bruno, y al salir de una película de terror me transformo en un vampiro o en un asesino, o en un espadachín si es Scaramouche, o en travesti transexual de Transilvania si es The Rocky Horror Picture Show . Recuerdo que cuando vi Rocky salí con ganas de pegarme con alguien, yo que tengo un temperamento tan pacífico.

Continuará


[Publicado el 28 de agosto de 2003]

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EL RESTO ES LITERATURA

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STEPHEN KING

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Cómo escribir (y cómo leer) más

|| Mientras escribo , de Stephen King /6

Stephen King continúa con el asunto de  la relación entre leer y escribir y dice:

“Yo nunca salgo sin un libro, y encuentro toda clase de oportunidades para enfrascarme en él. El truco es aprender a leer a tragos cortos, no sólo a largos. Es evidente que las salas de espera son puntos ideales, pero no despreciemos el foyer de un teatro antes de la función, las filas aburridas para pagar en caja, ni el clásico de los clásicos: el váter. Gracias a la revolución de los audiolibros, se puede leer hasta conduciendo…”

Después continúa con el tema:

“La gente bien considera de mala educación leer en la mesa, pero si aspiras a tener éxito como escritor, deberías poner los modales en el penúltimo escalón de las prioridades. El último debería ocuparlo la gente bien y sus expectativas. ¿Dónde más leer? En la cinta de correr…”

Pero la clave del asunto es probablemente otra:

“La verdad es que la tele es lo que menos falta le hace a un aspirante a escritor… Tienes que estar dispuesto a replegarte a conciencia en la imaginación y me parece que no es muy compatible con los presentadores de los talk-shows de moda; leer toma su tiempo y el pezón de cristal te roba demasiado. Una vez destetada del ansia efímera de la tele, la mayoría descubrirá que leer significa pasar un buen rato. He aquí una sugerencia: la desconexión de la caja-loro es una buena manera de mejorar la calidad de vida, no sólo la de la escritura”.

Me parecen muy buenos consejos. Cuando a mí me preguntan que de dónde saco tiempo para hacer las cosas lo primero que digo es que no veo la tele. No ver la tele significa dos horas libres como mínimo cada día, que suelen ser las horas mejores para hacer algo interesante. Además de no ver la tele: viajo en metro, tren y autobús, lugares perfectos para leer o tomar notas. Pero estoy sobre todo de acuerdo con lo que dice King acerca de mejorar la calidad de vida si no ves la tele, sobre todo la tele española, que está llena de gente insultándose unos a otros y contando cotilleos. Ver eso, quieras o no, afecta a su vida, no solo por la pérdida tempo para hacer otras cosas, porque somos lo que comemos, también intelectualmente. Por otra parte, creo que los más esclavos de la televisión suelen ser sus mayores detractores: parecen siempre irritados por lo mal que está el país, por lo estúpido que es todo el mundo y lo horrible que es la televisión, pero quizá deberían mirar hacia otro lado si quieren ver algo mejor, y no hacia la pantalla de la tele.

Comentario en 2017: todos estos consejos siguen siendo buenos y catorce años después la televisión sigue como antes, o peor, puesto que ahora los programas del corazón ya no son solo de famosos que lo son por salir en televisión, sino de política. En su momento, se me olvidó señalar que también hago lo que dice King de llevar siempre un libro encima. Durante años llevaba libros incluso a las discotecas, en especial Aurelia y Noches de octubre de Gerard de Nerval, y de vez en cuando leía allí mismo, buscando un lugar con algo de luz. También leía entonces por la calle, sin dejar de caminar, una costumbre que al parecer también tenía mi padre, lo que le hizo en alguna ocasión estar a punto de ser atropellado al cruzar la calle. Ahora escucho libros continuamente gracias al móvil, e incluso en la piscina con auriculares sumergibles. Y por supuesto,cuando voy a comer solo, suelo leer un libro, ahora también con el móvil (que no uso como teléfono apenas, pero sí como almacén de libros en texto y en audio), o tomar notas y apuntar ideas.

Continuará


[Publicado el 28 de agosto de 2003]

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Escribir

|| Mientras escribo , de Stephen King /5

Sigo contando algunas cosas interesantes de la biografía de King Mientras escribo. Ahora acerca del asunto de por qué escribir.

“Si quieres ser escritor, lo primero es hacer dos cosas: leer mucho y escribir mucho. No conozco ninguna manera de saltárselas. No he visto ningún atajo.

Si tuviera un centavo por cada persona que me ha dicho que quiere ser escritor, pero que “no tiene tiempo para leer” podría pagarme la comida en un restaurante bueno. ¿Me dejas que te sea franco? Si no tienes tiempo de leer es que 

tampoco tienes tiempo (ni herramientas) para escribir. Así de sencillo.”

Recuerdo que el prologuista de la colección de cuentos de King El umbral de la noche, que también era escritor, decía algo parecido a esto y contaba que a menudo en las fiestas se le acercaba alguien y le decía: “Ah usted escribe, ¡cómo me gustaría escribir!” Y él, cansado de escuchar siempre la misma cantinela respondía: “Y a mí me gustaría ser físico atómico”. Como si para escribir hiciesen falta muchas cosas. Coge uno un papel y un boli y escribe, como bien dice King.

Cuando yo empecé a escribir con regularidad hacia los trece o catorce años, ¿qué era? Sólo un adolescente. ¿Es qué sabía algo especial para poder escribir? Por supuesto que no. Simplemente me apetecía escribir y lo hacía, como lo hago ahora. No hace falta más. Si uno se quiere auto limitar a sí mismo pensando que hace falta algo más que las ganas, allá él. Quizá su problema es su vanidad no sus carencias: el mundo está lleno de personas que no sólo acumula problemas por lo que hacen, sino por lo que no hacen. Para escribir, basta con ser un niño de 13 años que quiere contar algo, sin preocuparse de si lo hará bien o mal. Si ese muchacho o muchacha puede hacerlo, ¿por qué no va a poder cualquier otra persona?

Continuará


[Publicado el 28 de agosto de 2003]

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El párrafo

|| Mientras escribo , de Stephen King /4

 

Dice Stephen King:

“Soy de la opinión de que los defectos de estilo suelen tener sus raíces en el miedo, un miedo que puede ser escaso si sólo se escribe para uno, pero que amenaza con intensificarse si aparece un plazo de entrega”.

Recomienda no preocuparse por los párrafos, por dónde empiezan y terminan, pues se forman casi solos: “Si después no te gusta el resultado, lo corriges y punto”.

Por último, añade:

“Yo soy de la opinión de que la unidad básica de la escritura es el párrafo, no la frase. Es donde arranca la coherencia, es donde las palabras tienen la oportunidad de ser algo más que palabras”.

Quizá por eso a mí me sucede, y supongo que a todo lector, que cuando estoy leyendo un libro, no me guste dejar párrafos a medias, y si estoy leyendo en particular a Proust pero me dispongo a dejar de leerlo, me aseguró de que el párrafo que inicio no sea de los que duran una página o más. Es algo que es imposible hacer con novelas como Sí o Los comebarato de Thomas Benhard, escritas en un único párrafo.

 


[Publicado el 27 de julio de 2003]

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Dijo King regiamente

|| Mientras escribo , de Stephen King /3


Es muy interesante lo que dice Stephen King acerca de los swifties, las aclaraciones en los diálogos del tipo:

-No seas tonto -dijo despectivamente Utterson.

King llama swifties a aclaraciones o descripciones como “despectivamente” en la frase anterior porque los usaba mucho un tal Victor Appleton II, que escribía novelas protagonizadas por el héroe Tom Swift, y que era aficionado a poner estos adverbios aclaratorios en los diálogos, casi siempre de manera innecesaria y redundante, como:

-Mi padre me ayudó con las ecuaciones -dijo modestamente Tom.

 

-¡Haced conmigo lo que queráis! -dijo valientemente Tom.

King reconoce que él mismo cometió ese error y por eso repite aquello de “Haced lo que digo, no lo que veis que hago, dijo el cura”. En su adolescencia, jugaba con sus compañeros al juego de los swifties. Se trataba de fabricar swifties ingeniosos o simplemente absurdos:

-Salgamos del camarote -dijo encubiertamente.

(Yo creo que es mejor con una pequeña variación: “Vayamos al camarote -dijo encubiertamente”.)

Una de las veces en que me di cuenta claramente de la banalidad de este tipo de aclaraciones o de las precisiones innecesarias fue leyendo el clásico budista Las preguntas de Milinda, donde siempre en los diálogos se escribe: “dijo”.

Me di cuenta de que eso era preferible a escribir continuamente verbos variados como respondió, susurró, musitó, inquirió, preguntó, interrogó, contestó, exclamó, y palabras cada vez más sofisticadas, como masculló, jadeó, gimió, adelantó, lanzó, escupió, masticó.

Me parece que, además de lo fatigosa que resulta tanta ingeniosidad, casi siempre es redundante: si la frase aparece  con signos de interrogación, es evidente que alguien preguntó. Pero hay otra razón para usar el dijo que explica muy bien King:

“El dijo en realidad no sirve para explicar que el personaje dice algo, pues eso ya lo sabemos por las comillas o los guiones. El dijo sirve para indicar simplemente quién está hablando. Se podría indicar como en el teatro, poniendo al inicio de cada parlamento el nombre del personaje o, simplemente indicándolo entre paréntesis:

– No te vayas (Tony)

– Es tarde (Ann)

Incluso se podría, como hacen en Playboy o The New York Review of books y otras revistas, poner en cursiva lo que dice uno y en negrita o letra normal (redonda la llaman los editores) lo que dice el otro. Pero, puesto que se trata de una convención muy arraigada, quedémonos con el dijo, y poco más.

Curiosamente, James Joyce en su Ulysses utiliza casi sin excepción “dijo” en sus diálogos.

“Alguien dirá: pero, ¿No es fatigoso estar leyendo todo el rato “dijo, dijo, dijo”. No, le respondo, porque el dijo al final se convierte en un signo casi tan inocuo como un punto o una coma, o un paréntesis: apenas se repara en él. Y siempre que se se sepa quien está hablando, cómete el dijo, muchacho.”

Esto del dijo me recuerda a aquellos escritores que cada vez que se refieren a un personaje utilizan una atribución distinta:

“Napoléon se acercó al prisionero. El marido de Josefina lo miró de arriba abajo y le preguntó si era ruso. El hombre, que apenas se mantenía en pie, no dijo nada al autor del Código Civil, pero el vencedor de Waxgram insistió, ante lo que el desdichado preso balbució: “Sí”. El infatigable corso no se esperaba esta respuesta pues había pensado que aquel despojo humano que habían capturado sus hombres era prusiano, pero el célebre General decidió entonces perdonar al fatigado cautivo. Suponía el autor de los Comentarios a la guerra de las Galias de Julio César que el hijo de las estepas ahora se sentiría agradecido… Casi siempre, no lo dudes ni un momento, es mejor decir sencillamente “Napoleón”. No te enviaré al sótano con las ratas si escribes de vez en cuando “el emperador” (cuando Napoleón sea ya emperador) o “el general (cuando Napoleón sea “general”).

Creo que tiene mucha razón King, aparte de que se puede añadir una consideración relacionada con sentido y referente e ideas de Frege y Russell. Y, puesto que se puede añadir, lo añado:

Hubo un tiempo en que no se sabía que ese punto brillante que se ve por las mañanas y ese otro punto brillante que se ve por las tardes (el lucero de la mañana y el lucero de la tarde) tenían el mismo origen: el planeta Venus. Existía un referente (Venus) y dos sentidos (lucero de la mañana y lucero de la tarde). Como en el caso de “Napoleón, el corso, el emperador…”, que tienen todos un mismo referente. Pero una vez que se supo que ambos luceros son Venus, resultó absurdo decir, el lucero de la mañana, sobre todo cuando era por la tarde, a pesar de que el lucero de la mañana es exactamente lo mismo que el lucero de la tarde.

King termina su defensa del dijo de esta manera:

“Por fácil que parezca un idioma, está sembrando de trampas. Sólo te pido que te esfuerces al máximo, y ten presente que escribir adverbios es humano, pero escribir dijo es divino”.


Continuará…


[Publicado el 27 de julio de 2003]elrestoesliteratura-cabecera

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|| Mientras escribo , de Stephen King /2

Stephen King cita un libro clásico acerca de escribir de un tal William Strunk, que he encontrado en Internet y leeré. El propio Strunk, que era muy rígido, admitía:

“Según consta desde antiguo, a veces los mejores escritores se saltan las reglas de la retórica”.

Pero añadía enseguida:

“A menos que esté seguro de actuar con acierto, probablemente haga bien en seguir las reglas”.

Entre las recomendaciones de Strunk, me parece muy buena esta: “No usar cuerpo de alumnos, sino alumnado” (yo diría que, siempre que sea posible, mejor todavía: “los alumnos”).

King también recomienda no caer en tics como “En aquel preciso instante” o “Al final del día”.

Pero King, sobre todo, recomienda no usar la voz pasiva, que él considera un recurso propio de escritores tímidos:

“Escribe el tímido: “La reunión ha sido programada para las siete”, es como si le dijera una vocecita: “Dilo así y la gente se creerá que sabes algo”. ¡Abajo con la vocecita traidora! ¡Levanta los hombros, yergue la cabeza y toma las riendas de la reunión! “La reunión es a las siete”. Y punto. ¡Ya está! ¿A que sienta mejor?”

Me parece que el problema de la voz pasiva y de ese tipo de construcciones un poco enrevesadas y pretenciosas es que las utilizamos tanto que, al final, resulta difícil encontrar un equivalente más sencillo, porque hemos complicado tanto las cosas que hemos perdido de vista la idea original, aunque se tratara de algo muy sencillo.

Naturalmente, King no niega utilidad a la voz pasiva, pero dice que hay que moderarse en su uso. Lo mismo que hay que hacer, creo, para casi todo, pues los extremistas del estilo empiezan a prohibir esto o aquello y al final uno descubre que no se puede usar nada: una de sus últimas victimas ha sido los gerundios, que al parecer hay que desterrar. Por el contrario, creo que casi todo tiene su utilidad y que el gerundio puede ser tan estupendo en ciertos contextos como cualquier otra palabra. Incluso resultan a veces útiles las palabras terminadas en -mente, aunque creo, como decía García Márquez, que casi siempre que escribes un -mente y buscas una manera de no emplearlo, la solución es mejor.

También recomienda King que cuando en una frase haya dos ideas, a menudo lo mejor es dividir la frase en dos frases, para así contar cada idea en una frase. Es algo que suele funcionar bien cuando, efectivamente, te encuentras delante de una frase confusa.

Continuará…


[Publicado el 27 de julio de 2003]

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Mientras escribo , de Stephen King, es en parte una autobiografía breve y en parte un libro acerca de escribir.

Su título, supongo, tiene que ver con el de William Faulkner Mientras agonizo, aunque King parece disfrutar bastante escribiendo. Creo que el título no se refiere a la agonía de escribir, sino a que escribió el libro mientras se recuperaba de un accidente casi mortal que le dejó muchas secuelas y casi paralítico. Al parecer, se ha recuperado. En aquellos momentos de crisis, como cuenta al final del libro, para él escribir significaba volver a vivir, pero, al mismo tiempo, al hacerlo tenía que aceptar sufrir terribles dolores, pues apenas se podía mantener sentado en la silla.

El libro se divide en tres o cuatro partes. La primera es una especie de biografía literaria, en la que cuenta cómo empezó a escribir, a publicar y a tener éxito. La segunda es acerca de qué es escribir. En la tercera, muy breve, cuenta su accidente.

Uno de los capítulos se llama Caja de herramientas. King recuerda una anécdota de un familiar que se dedicaba a la carpintería o algo parecido y que siempre llevaba consigo su caja de herramientas, por sencilla que fuera la reparación que tenía que hacer. King opina que:

“Para sacar partido a la escritura hay que fabricarse una caja de herramientas, y luego muscularse hasta poder llevarla. Quizá entonces, en lugar de dejar una faena a medias, se puede coger la herramienta adecuada y poner manos a la obra de manera inmediata.”

¿Y qué contiene esta caja de herramientas? Entre otras cosas, el vocabulario:

“Pon el vocabulario en la bandeja superior y no hagas ningún esfuerzo consciente para mejorarlo”.

Y aclara King que irás mejorando el vocabulario simplemente leyendo “otros libros o escuchando conversaciones”. Ese es un consejo con el que estoy de acuerdo. Tampoco soy partidario de buscar palabras nuevas en los diccionarios, salvo en casos excepcionales en los que se requiere mucha precisión. Pero, en general, opino como aquel escritor que decía: “Sólo puedo usar palabras que he vivido”. Me parece que casi siempre, como dice King, la mejor palabra es la primera que se te ocurre:

“Recuerda que la primera regla del vocabulario es usar la primera palabra que se te haya ocurrido, siempre y cuando sea adecuada y dé vida a la frase”.

En los casos en que consulto un diccionario para buscar una palabra, lo hago porque estoy seguro de que existe una palabra perfecta que tengo en la punta de la lengua, pero que no acude a mi mente. Los escritores atados al diccionario suelen resultar forzados. Por otra parte, no me suele interesar el perfeccionismo, sobre todo el de los diccionarios. Dice también King:

“Poner el vocabulario de tiros largos, buscando palabras complicadas por vergüenza de usar las normales, es de lo peor que se le puede hacer al estilo. Propongo desde ya una promesa solemne: no usar “retribución” en vez de “sueldo”, ni “John se tomó el tiempo de ejecutar un acto de excreción” queriendo decir “John se tomó el tiempo de cagar”.”

King propone, no obstante, algunas alternativas que se pueden usar si no te gusta ser tan explícito como él o como Rabelais.

Más adelante, dice:

“Los principios gramaticales de la lengua materna, o se absorben oyendo hablar y leyendo, o no se absorben. La asignatura de lengua hace (o pretende) poca cosas más que poner nombres a las partes”.

Eso creo también, y me alegraría que algún día acabe esa especie de tortura que es la asignatura de lengua, que se ha convertido por alguna extraña razón, en la asignatura más importante, incluso por encima de las matemáticas. Para mí supuso una verdadera tortura y no creo que me sirviera de mucho. Lo que aprendí, lo aprendí de esa manera que dice King: leyendo y escribiendo. Y aprendí acerca de muchos asuntos gramaticales después de los veinticinco años, porque me interesé, casi desde un punto de vista filosófico, por cuestiones relacionadas con la semántica y la sintaxis. Pero hay cosas absolutamente básicas de la gramática que no he conseguido memorizar nunca, a pesar de lo sencillas que son, como el asunto de los acentos. No me equivoco casi en ningún acento, pero me temo que eso no tiene nada que ver con que yo sepa si es una palabra llana, grave, aguda, terminada en n, s o vocal, etc. Creo, como King, que lo mejor es hacer un pequeño esfuerzo en la escuela y aprenderse estas reglas para quitarse los problemas, pero simplemente porque a veces no hay otro remedio (cosa que yo no fui capaz de llevar a cabo). Los profesores de lengua se convirtieron en algún momento en los amos de la educación básica e incluso hubo momentos, quizá ahora también, en que consiguieron que se suspendiese a alguien un examen de matemáticas por olvidar algún acento o por escribir una palabra mal.

Continuará…

2017

Toda la disquisición acerca del título del libro surge de un equívoco del que somos responsables el traductor del libro de King al español y yo mismo, puesto que el original se llama simplemente On Writing. A Memoir of the Craft, que, como es obvio, no tiene nada que ver con el título de la novela de Faulkner Mientras agonizo (As I Lay Dying). No sé si la intención del traductor era sugerir ese paralelismo y si mis hipótesis fantasiosas tienen algo que ver con esas intenciones. Es un buen ejemplo de cómo a partir de un error puede surgir algo interesante, porque no se puede negar que habría sido un ingenioso homenaje a Faulkner que King titulara su libro Mientras escribo, con ese doble sentido que yo me inventé.


[Publicado el 27 de julio de 2003]


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Un par de ojos azules, de Thomas Hardy

hardy-un par de ojos azulesAl leer un ensayo de David Lodge, supe que la novela favorita de Proust era Un par de ojos azules , de Thomas Hardy. Quiso algún dios generoso que se produjera la feliz coincidencia de que mi hermana tuviera ese libro. Así que lo he leído.

Es un libro hermoso, y no es extraño que le gustase a Proust.

Aunque desde hace mucho tiempo ya me atraía Thomas Hardy (no sé por qué razón o qué influencia), pensaba que si leía una novela suya sería Jude el oscuro. Ahora tengo más razones para leerla, pues Un par de ojos azules es su primera novela y Jude una de las últimas.

Thomas Hardy nació en 1840 y murió, si no me equivoco, hacia 1928. Escribió muchas novelas, como Lejos del mundanal ruido (Far from the Madding Crowd) o Tess de los Uberville , que es la historia en la que se basa la película Tess , con Nastassia Kinsky.

(c) The Thomas Hardye School; Supplied by The Public Catalogue Foundation

El prologuista de Un par de ojos azules (Damián Alou) dice que en The Well-beloved (1897), Hardy critica “esa tendencia tan masculina a tener modelos femeninos prefijados” y compara esa novela con El altar de los muertos y La bestia en la jungla , de Henry James. Todo esto hace que me interese mucho también por The well-beloved , sobre todo porque La bestia en la jungla es quizá la novela corta (o cuento largo) que más me gusta de James, y porque creo, como Hardy, que el error de muchos hombres (tal vez también el de muchas mujeres) es que en realidad no se relacionan con la mujer que tienen junto a ellos, sino con una especie de idea de “mujer”. El extremo de esa actitud es Don Juan, que sólo se relaciona con arquetipos o estereotipos y que seduce pero no ama. El otro extremo, el que a mí me gusta, es Casanova, que seduce porque ama (o al menos porque se siente atraído por alguien), no porque ame seducir. 

Al parecer, en Jude el oscuro, Hardy “critica el matrimonio y se muestra a favor de la libertad de los sentimientos”. En casi todas sus obras “defiende la libertad sexual y ataca las convenciones burguesas”. Más alicientes para leerlo.

En los últimos treinta y tres años de su vida, Hardy dejó de escribir novelas y sólo publicó poesía, al parecer muy buena. Influyó en los “poetas de la experiencia”, como Phillip Larkin: “poesía desnuda, esencial, que apela a la emoción sin caer en el sentimentalismo”.

Yo no sé mucho o no sé nada acerca de la poesía de la experiencia, pero sé que en España hay dos bandos enfrentados de poetas, unos son los de la experiencia y otros… no me acuerdo. La verdad es que me da igual, porque lo último que me gustaría hacer sería meterme en una de estas guerras literarias.

Aunque conozco, como es obvio, la existencia de grupos, tendencias y generaciones literarias, intento leer a cada escritor al margen de la facción en la que combate (o que le atribuyen sus admiradores). Por un lado, porque hay buenos poetas en las diferentes bandas, incluso en aquellas que nos parecen menos interesantes a primera vista; en segundo lugar, porque esas disputas tan enconadas sólo sirven para alimentar prejuicios y cegueras. Así que no opinaré si ser poeta de la experiencia es bueno o malo. Tan sólo intentaré leer a Hardy y a Larkin. Tal vez pueda decir entonces algo acerca de ellos. Por ejemplo: “Hay dos poetas que me gustan (o que no me gustan): Hardy y Larkin. Los expertos los consideran poetas de la experiencia”. Poco más.

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[Escrito el 31 de julio de 2003]

Todas las páginas de literatura aquí.

Y además….

EL RESTO ES LITERATURA

Coincidencias con Proust

Pu Song Li decía en uno de sus cuentos que no hay nada más delicioso que encontrar en un libro a un personaje o a un autor que opina lo que nosotros. Lo mismo dice Raymond Smullyan en Silencioso Tao.

Obtuve esta noche esa deliciosa sensación leyendo a Proust. El narrador de En busca del tiempo perdido desarrolla una idea que, de manera exacta y precisa, coincide con algo que me interesa muchísimo desde hace unos años. Me resultó asombrosa la coincidencia, no porque la idea en sí sea más o menos original, más o menos insólita: sin duda lo han pensado muchos otros además de Proust y yo. Pero la manera en la que Proust lo explica es casi exactamente la misma que he empleado yo, tanto por escrito como, más frecuentemente, de viva voz. Por ahora, copio aquí lo que dice Proust:

“Y ese miedo a un porvenir en que ya no nos sea dado ver y hablar a los seres queridos, cuyo trato constituye hoy nuestra más íntima alegría, aún se aumenta, en vez de disiparse, cuando pensamos que al dolor de tal privación, vendrá a añadirse otra cosa que actualmente nos parece más terrible todavía: y es que no la sentiremos como tal dolor, que nos dejará indiferentes, porque entonces nuestro yo habrá cambiado y echaremos de menos en nuestro contorno no sólo el encanto de nuestros padres, de nuestra amada, de nuestros amigos, sino también el afecto que les teníamos; y ese afecto, que hoy en día constituye parte importantísima de nuestro corazón, se desarraigará tan perfectamente que podremos recrearnos con una nueva vida que ahora sólo al imaginarla nos horroriza; será, pues, una verdadera muerte para nosotros mismos, muerte tras la que vendrá una resurrección, pero ya de un ser diferente y que no puede inspirar cariño a esas partes de mi antiguo yo condenadas a muerte. Y ellas -hasta las más ruines, como nuestro apego a las dimensiones y a la atmósfera de una habitación- son las que se asustan y respingan, con rebeldía que debe interpretarse como un modo secreto, parcial, tangible y seguro de la resistencia a la muerte, de la larga resistencia desesperada y cotidiana a la muerte fragmentaria y sucesiva, tal como se insinúa en todos los momentos de nuestra vida, arrancándonos jirones de nosotros mismos y haciendo que en la muerta carne se multipliquen las células nuevas”.

Me gustaría decir al menos tres cosas relacionadas con lo que dice Proust, pero no las diré aquí, para que cada uno pueda disfrutar y reflexionar sobre el asunto sin contaminar las ideas de Proust con las mías.


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