Alfonso Azpiri

El día 19 de agosto murió Alfonso Azpiri, el gran dibujante e ilustrador.

He seguido sus historietas desde sus comienzos en la revista Trinca, de la que llegué a tener todos los números, y también en Cimoc (“comic” al revés), en Delta y en tantas otras. Muchos lo recordarán por historietas como Zephyd, Lorna, y en especial por aquel encantador monstruo llamado Mot. Me parece recordar que en una ocasiíon legué a entrevistarlo, quizá en Salón del Comic de Barcelona, cuando yo era apenas un adolescente. También es recordado por sus extraordinarias ilustraciones para videojuegos.

Hace unos meses, Agustín Cordes me contó que se había puesto en contacto con Azpiri para tenerlo como ilustrador para el proyecto de editar una colección de libros que recordarán los tiempos de la mítica Biblioteca Universal de Misterio y Terror, en la que participé con varios cuentos. Poco despùés llegaron los primeros bocetos e ilustraciones del maestro Azpiri, y me llevé la alegría de ver ilustrado uno de mis cuentos por él. Se trataba, además, casi del primer cuento que escribi, a los catorce o quince años, “Monthy”, que había permanecido inédito y que pronto se publicará gracias a Agustín en Historias de Misterio y Terror.

La muerte de Azpiri nos ha sorprendido a todos cuando menos lo esperábamos y cuando más ilusionados estábamos por el comienzo de una aventura editorial junto a este gran creador.

Ilustración de Alfonso Azpiri para mi cuento Monthy


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El noveno arte

Seguramente ya empieza a ser innecesario decir que el cómic puede ser comparado con cualquiera de las artes consideradas mayores, la literatura, la música, la pintura, etcétera. Poco a poco, esta certeza va apoderándose de cualquier persona, cuando ve que los museos dedican exposiciones al cómic o que el Ministerio de Cultura español lo ha incluido en sus becas para la creación, junto al cine, la fotografía, la novela o el ensayo.

El cine, la fotografía y el cómic nacieron casi al mismo tiempo, en el siglo XIX, aunque todos ellos tienen precedentes en épocas más lejanas. Estas tres disciplinas asombraron al mundo en el siglo XX, pero les costó adquirir la categoría de arte. Ahora ya nadie se la discute al cine ni a la fotografía, pero quien consulte las hemerotecas y bibliotecas de inicios del siglo XX podrá leer todo tipo de juicios despreciativos, ahora olvidados o dirigidos, como mucho, al llamado “cine comercial”.

Parece que ahora le ha llegado el turno al cómic de convertirse en arte mayor, precisamente ahora que está en uno de sus mejores momentos, cuando se publican extraordinarios álbumes con regularidad, a pesar que las revistas de cómic están en crisis, exceptuando las de superhéroes.

Quien quiera conocer algo de la historia del comic, tiene ahora una estupenda oportunidad con el primer volumen de un nuevo libro: Del tebeo al manga, una historia de los comics.

Del tebeo al manga

Su autor, Guiral se las ha ingeniado para incluir en el título de su obra las tres palabras que más se utilizan para referirse al noveno arte: “cómic”, “tebeo” y “manga”

El libro es el primer tomo de una colección de nueve. Recuerda en su diseño a la última historia de los cómics publicada hace más de 20 años por Toutain, pero tiene un tono más personal en los textos, que a mí me gusta mucho.

Una cosa estupenda es que, aparte de las viñetas y planchas que es obligado reproducir si se quiere conocer realmente las obras maestras del cómic, a menudo se ofrecen imágenes curiosas, felicitaciones de navidad o invitaciones, viñetas con la marca para el recorte que algunos periódicos se veían obligados a hacer por cuestiones de formato y muchos otros ejemplos que hacen la lectura realmente interesante.

Un ejemplo es esta historieta de Windsor McCay, que incluiré en algún momento en mi página dedicada al metalenguaje en los comics:

Windsor McCay y el metalenguaje

En la edición de Del tebeo al manga, se reproduce esta página de McCay ladeada, lo que es, en mi opinión, un error, pues minimiza el efecto de ruptura de la norma que McCay propone. Yo la he enderezado para respetar la intención y la fuerza original

Puedes leer una entrevista con el autor de Del tebeo al manga con este enlace:

Entrevista con Antoni Guiral en El coleccionista de tebeos

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[Publicado en 2007]

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La guerra de Alan

La guerra de Alan, de Guibert

Gracias a mi amigo Jose C. (no le gusta encontrar su nombre en la red), descubrí este comic delicioso de Emmanuel Guibert.

Es una novela gráfica en dos volúmenes, que cuenta la guerra de Alan Ingram Cope, un ciudadano americano que fue destinado a Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando Alan tenía 69 años, le contó al dibujante y guionista Guibert, que entonces tenía 30, sus recuerdos de guerra. Charlaron durante días e hicieron muchas más cosas:

“Pasamos mucho tiempo juntos, intercambiamos centenares de cartas y llamadas telefónicas. Nos nutrimos de libros, de dibujos, de casetes. Practicamos la jardinería, cocinamos, montamos en bici. Tocamos el piano. Hicimos compras.”

La guerra de Alan

Alan Ingram Cope en la época que se cuenta en el libro

Alan no pudo llegar a leer el libro de Guibert, pues murió ocho meses antes de su publicación.

El comienzo del libro, en el que asistimos al viaje de los reclutas en tren hacia un mundo nuevo, recuerda inevitablemente a esa otra gran novela gráfica Viaje al corazón de la tormenta, de Will Eisner, que cuenta la experiencia del autor en la misma guerra. Después, como es lógico, la historia va por caminos diferentes, siguiendo de manera pausada y sencilla los días que Alan pasa en el campo de entrenamiento y su llegada a Francia. Los acontecimientos, a veces curiosos, otras cotidianos y triviales, contados en primera persona van haciendo más y más interesante la historia y a su protagonista.

La guerra de Alan

La guerra de Alan está lleno de detalles como los de esta página, donde se describe el contenido del pequeño paquete con las raciones de comida

 

Un pasaje que me gustó especialmente es cuando Alan y su división llegan a Praga. Para quien ha leído El poder cambia de manos, de Czeslaw Miloz, en el relato de Alan muchos detalles cobrarán sentido, aunque Miloz se refiere a Varsovia y Polonia, y Alan a Praga y Checoslovaquia. En ese final de guerra, en el que las potencias vencedoras ya estaban planificando su futura rivalidad, Alan cuenta algunos terribles episodios de los que fue testigo.

La guerra de Alan

Una curiosa anécdota que cuenta Alan Cope

 

El último capítulo del segundo tomo también es muy emocionante, pero desde otro punto de vista, no relacionado con la guerra.

Guibert dice en el prólogo que tras estos dos primeros volúmenes, publicará otro contando la infancia de Alan.

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[Publicado en 2007]

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Nazismo en Hungría

Hungría ha tenido la desgracia, como le sucedió a algunos otros países del este de Europa , de conocer el totalitarismo fascista y el comunista. Si la memoria no me falla, la cosa comenzó en los años 20 con el Terror Rojo, que después fue sustituido por el Terror Blanco, mucho más cruel y sanguinario. El Terror Blanco derivó hacia el fascismo de Horthy, que acabó uniéndose a la Alemania nazi. De este modo, Hungría luchó en la Segunda Guerra Mundial junto a Hitler.

nazisyruso

Las doctrinas totalitarias se basan en el relativismo cultural, como ya dijo explícitamente Mussolini en su día. Consideran que no puede existir un verdadero diálogo entre culturas diferentes y que, por ello, la única manera de decidir qué cultura es mejor es el uso de la fuerza. Los totalitarismos también aplican la doctrina extrema del darwinismo social, que inventó el sobrino de Darwin, Francis Galton: la supervivencia del más fuerte. El relativismo y el darwinismo social son nombres modernos para seguir aplicando el comportamiento salvaje e instintivo, aunque a veces la izquierda haya recurrido al relativismo convirtiéndolo incluso, erróneamente, en sinónimo de respeto y diálogo entre culturas diferentes.

Debido a estos fundamentos teóricos, los totalitarismos, ya se basen en ideas comunistas, fascistas o simplemente en la identificación con un líder (como Franco), no pueden cooperar y colaborar, excepto de manera transitoria. Si Mussolini predica que la raza superior es la latina y concretamente la italiana, Hitler asegura que lo es la germana, mientras que el húngaro Horthy cree que esa raza superior es la magiar. Difícilmente puede fraguarse una alianza duradera: tarde o temprano, cada uno querrá aplicar sus ideas hasta el final y chocará con sus antiguos aliados. Mussolini, el pionero de los totalitarismos “de derechas”, soñó durante un tiempo que la raza, la etnia, la cultura o la civilización latina iba a recuperar la gloria de la antigua Roma. Pero los fracasos de sus andanzas en Europa y África y el impresionante poder germano le obligaron a ceder el primer lugar a Hitler.

Si las potencias del Eje hubieran ganado la guerra, no habría pasado mucho tiempo hasta que estallaran los conflictos entre germanos y latinos, aunque, probablemente, las primeras víctimas habrían sido los eslavos. Tras ellos, quizás le llegaría el turno a los magiares, cultura única y aislada, y más teniendo en cuenta que Hitler había nacido en el antiguo imperio austrohúngaro, al que detestaba por su convivencia de culturas diversas.

Todo esto explica el que durante la guerra existieran tensiones entre los nazis alemanes y los fascistas húngaros. El régimen de Horthy persiguió a todas las minorías, incluida la alemana. Tras la Segunda Guerra Mundial, el régimen comunista impuesto por los rusos intentó no dar importancia a este dato, porque de ese modo podían acusar a la minoría alemana de la responsabilidad del pasado nazi de Hungría y así descargar la culpa de los propios magiares. Esa explicación contenía tan sólo un pequeño gramo de verdad, pero sirvió a los húngaros de la época comunista para mantener su conciencia tranquila.

Algo parecido sucedía en la República Democrática Alemana que, en un alarde de ficción histórica, siempre hizo como que el nazismo no tuviera nada que ver con ellos, sino sólo con los alemanes de la República Federal. Cuando estuve en Berlín Occidental en 1988 me asombró la memoria y el sentimiento de culpa de los alemanes, que incluso tenían un museo dedicado al holocausto en el antiguo Reichstag. Pero en el lado comunista apenas se hablaba del pasado nazi y se insistía en echar la culpa a los vecinos del otro lado de la ciudad y del otro país germano.

Lo mismo sucedía, según parece, en Hungría y quizás todavía sucede, porque en la Citadela hay un museo dedicado a la época nazi de Hungría en el que se condena aquella época, pero creo que no de la contundente manera que sería necesario. Es decir, no reconociendo la responsabilidad de gran parte de los húngaros en lo que sucedió.

 

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[Publicado el 3 de noviembre de 2003]

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