La relatividad del relativismo

nube-palabra-abstracta-para-relativismo-con-etiquetas-y-terminos-relacionadosAlgunos pensadores tienen la curiosa costumbre de defender una idea con ardor hasta lograr que signifique lo contrario de lo que en su origen significó. Uno de los éxitos más recientes en este sentido el de esa corriente antropológica, luego filosófica, luego política y luego popular y cotidiana que se conoce como “relativismo”. Naturalmente, no me estoy refiriendo a la teoría de la relatividad de Einstein, ni siquiera al relativismo epistemológico sino tan sólo al relativismo cultural.

El relativismo cultural nació de la sana idea del respeto a otras personas y a otras culturas, la tolerancia, la amplitud de miras y el rechazo al dogmatismo y el etnocentrismo; pero esa idea sana y muy recomendable acabó enfermando hasta convertirse en lo que hoy es: una justificación del abuso, la crueldad, la discriminación y cualquier otra cosa… que haga una cultura ajena. Todo queda justificado y tolerado siempre que proceda de una cultura que no es la nuestra, porque cualquier barbaridad que alguien pueda cometer ya no puede ser juzgada si pertenece a otra cultura. De este modo, el relativismo cultural se ha convertido en el mejor ejemplo de aquello que decía Chesterton: “El error es una verdad que se ha vuelto loca”. Es una de esas verdades que eran válidas en ciertos contextos, en cierto campo de acción, pero que se vuelven locas al querer aplicarlas de manera absoluta e indiscriminada a todo lo existente.
Sigmund FreudEs obvio que Freud hizo muy bien al descubrir o redescubrir el gran papel que la sexualidad tiene en la infancia, lo que causó el mayor de los escándalos en su época, pero que hoy aceptamos con bastante naturalidad, aunque probablemente todavía no con toda la naturalidad deseable. Pero cuando Freud convierte su descubrimiento en una explicación para todo lo que existe, entonces esa verdad se vuelve loca y se convierte en un error. Lo mismo le sucedió a su discípulo heterodoxo Adler, al descubrir la importancia del ansia de poder y explicar entonces todo lo que antes Freud explicaba por el sexo ahora por el poder.

El relativismo tiene entre sus precursores a quienes se separaron ya hace varios siglos del etnocentrismo habitual en casi cualquier cultura, porque el etnocentrismo no es sólo eurocentrismo, sino también africanocentrismo, cristianocentrismo, incacentrismo, aymaracentrismo o sinocentrismo (no en vano los chinos llaman a su país Zhong Guo o País del Centro). En Europa, hace varios siglos, algunos pensadores se opusieron a esa obsesión y sometimiento a las normas de la propia cultura, entre ellos Montaigne, muchos de los ilustrados franceses o Goethe, y miraron más allá de sus fronteras nacionales o étnicas. No sólo sintieron una curiosidad enorme hacia otras culturas, sino que también intentaron escuchar lo que decían, aplicando lo que entonces se llamaba tolerancia, que hoy es una palabra que nos suena demasiado paternalista pero que sigue siendo válida, como intentaré demostrar más adelante.
MontaigneMontaigne, en su ensayo De los caníbales, que inspiró a Shakespeare La tempestad y su personaje de Caliban, se preguntó si no tendrían razón algunas de esas personas “primitivas” que los europeos se habían encontrado en América. Se aventuró a sugerir que algunas de sus prácticas serían beneficiosas y aplicables en Europa, incluso el canibalismo, y que muchas de las nuestras eran más bárbaras que las suyas, pero no por ello exculpó las prácticas crueles o sanguinarias. Diderot, en su Suplemento al viaje de Bouganville se hizo preguntas semejantes y se manifestó partidario de lo que se suponía que practicaban los habitantes de Tahití, una especie de amor libre en el que el concepto de fidelidad era considerado absurdo.

Emperador Ming-Muchos otros, como Leibniz o Voltaire admiraron algunas formas de organización del Imperio Chino, y no caían en un idealismo de lo chino tan exagerado como el que han supuesto algunos historiadores, puesto que la China de la que les llegaban noticias era la de la dinastía Ming, en ese momento probablemente más avanzada en muchos sentidos que Europa. Tras la caída de los Ming a manos de una dinastía extranjera, la de los manchúesQing, China perdió esa ventaja y todavía no la ha recuperado, aunque es posible que lo haga en las próximas décadas.

Goethe, Diván de Oriente y Occidente

Goethe, Diván de Oriente y Occidente

Por su parte, Goethe, se interesó por el Lejano Oriente, pero también por la gran cultura del Islam, y con su Diván de Oriente y Occidente buscó lo mejor de los dos mundos e incluso se consideró a sí mismo musulmán (entre otras muchas cosas que Goethe se consideraba, como panteísta).

Todos estos escritores y filósofos no es que fueran tolerantes de una manera paternalista, sino que estaban realmente interesados en aprender lo que otras culturas y  gentes educadas de distinta manera pudieran enseñarles. Su investigación y comparación con lo diferente les llevaba a proponer mejoras para su cultura, pero también para la ajena.

Por el contrario, los relativistas culturales, a pesar de proclamar ardientemente su respeto a las otras culturas, adoptan una actitud peor que cualquier paternalismo, porque son quienes más desprecian a las culturas ajenas, al no considerar ni siquiera posible discutir con ellas. Porque, en efecto, sucede que en una conversación franca y equilibrada uno debe estar dispuesto no sólo a cambiar de opinión sino también a intentar que el otro cambie de opinión dándole buenos argumentos, precisamente porque lo respeta y lo considera un interlocutor que también es capaz de escuchar y que acepta llegar a ser convencido. El buen relativista cultural está dispuesto a escuchar y entender el punto de vista ajeno, pero por alguna extraña razón, pero de la misma manera que un psicoanalista escucha pacientemente a su paciente o un cura a su pecador. Convierten cualquier diálogo en un monólogo casi en una única dirección; la diferencia es que el psicoanalista y el cura se reservan el veredicto final: como los antropólogos relativistas no quieren juzgar, han concluido que tampoco deben dialogar.

Por otra parte, los relativistas culturales, cuando dicen respetar a una cultura, en realidad tan sólo respetan a los poderosos de esa cultura, a aquellos que escudándose en tradiciones culturales abusan o manipulan a sus ciudadanos, que a la mayoría de las veces ni siquiera son ciudadanos, sino tan sólo súbditos.

Las culturas, sin embargo, no son entes homogéneos, sino una mezcolanza de tradiciones, costumbres, obras literarias y orales, discusiones y debates, que son llevadas a cabo por personas de carne y hueso, cada una con sus propias opiniones acerca de lo que esa cultura es o debe ser. También hay personas que aunque pertenecen a una cultura no se sienten identificadas con ella, y también, por supuesto, hay variedades culturales muy diversas en una misma cultura, con valores a veces opuestos. A todas esas personas, a todas esas posibilidades, los relativistas las olvidan y las subsumen en una construcción teórica llamada “Cultura”, en cuyo nombre todo es justificable.

Hace poco pudimos escuchar a uno de estos relativistas culturales decirlo claramente: “Su ideología fue el desencadenante de sus acciones, que deben ser consideradas desde el punto de vista de la cultura a la que pertenece”. Y no, por tanto, desde la nuestra.

¿Qué quería justificar este relativista cultural con esa apelación a una cultura diferente?

El asesinato de 77 personas en Noruega a manos de un tal Breivik. A continuación, ofrezco las palabras del abogado de Breivik, y espero que el lector esté de acuerdo en que no he manipulado su sentido al parafrasearlas hace un momento:

“La violencia no fue el factor desencadenante de sus acciones, sino su ideología política radical. Sus acciones deben ser consideradas desde el punto de vista de la cultura de la extrema derecha”.

MussoliniMucho tiempo antes, otras personas dijeron cosas semejantes, como Mussolini, cuando dijo que los sabios de Europa pensaban que no se podían discutir o juzgar culturas ajenas. Eso le hizo llegar a la conclusión de que, puesto que no se pue­den com­pa­rar de manera racio­nal ideas pro­ce­den­tes de diver­sas cul­tu­ras para intentar encontrar una verdad más o menos objetiva, lo único que queda es la fuerza:

 “Si el relativismo significa desprecio por las categorías fijas y por los hombres que aseguran poseer una verdad objetiva externa…, entonces no hay nada más relativista que las actitudes y la actividad fascistas” (Mussolini en 1923).

Este discurso de Mussolini, en el que una y otra vez se declara relativista, es una elocuente muestra de que el relativismo cultural es el camino más breve para justificar a lo que parece su opuesto: el etnocentrismo (o ideocentrismo o culturacentrismo, si se prefiere), la creencia que afirma que la propia cultura es superior a las demás, que es algo que han sostenido y sostienen casi todas las tradiciones culturales. El relativismo cultural, por lo tanto, no es sino la generalización teórica de la creencia en la superioridad de la propia cultura, que ahora se aplica, de un solo golpe, a todas las culturas posibles.

Por mi parte, frente a ese falso respeto de los relativistas culturales por “los otros”, prefiero a los antiguos defensores de la tolerancia y el diálogo, capaces de escuchar y también, por supuesto, de discutir y de cambiar de ideas, algo que no se puede hacer si uno ha renunciado a tener ideas.


 

[Publicado el 27 de junio de 2012]


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Liberales y marxistas

Creo que muchos de los llamados liberales han hecho más por la humanidad que casi todos los teóricos de la izquierda más o menos marxista. Seguramente es más importante leer a John Stuart Mill para luchar por la libertad que a Marx, y creo que sus escritos políticos (no los económicos, que no he leído pero que según creo no son muy agudos) siguen siendo actuales, útiles y estimulantes para un pensamiento de izquierdas (de lo que yo considero izquierda, claro), mientras que muchos de los escritos de los marxistas aparecen ya como lo que realmente siempre fueron: palabrería seudocientífica de gentes que se creen en posesión de verdades reveladas.

Naturalmente que bajo esa palabrería hay un montón de buenas ideas y de estupendos propósitos, pero que a menudo ni siquiera les pertenecen.

He aprendido mucho de Marx y Engels, pues eran personas muy inteligentes pero, como suele suceder con los filósofos que construyen sistemas filosóficos, la mayoría de sus ideas dependen de ese sistema, con lo que una vez que cae el sistema cae con él su contenido. Lo mejor, ahora, sería renunciar, por fin, al cientifismo de Marx y editar sus mejores ideas en forma de breves fragmento o aforismos: Perlas marxistas.

Es muy posible que gran parte de su análisis de la sociedad sea correcto, pero ese análisis debe ser incluido, con menos ruido y furia, en las disciplinas de la economía, al política y la economía política, junto a otros teóricos como David Ricardo, Malthus, Keynes, etcétera, muchos de ellos liberales. Quitarle, en fin, el halo de Mesías o Profeta. Puede que también sea cierto que algunas de las ideas de Marx acerca de cómo llegar al socialismo sean válidas, puesto que el marxismo, como el cristianismo ya ha defendido casi todo: “esto y lo contrario”.

No en vano, el ultimo intento de salvar a Marx consistió en recuperar los llamados Manuscritos, textos de carácter más filosófico, precisamente porque en ellos aparecía un pensador menos dogmático y en teoría menos inhumano, que permitió mostrar aquello que se llamaba el lado humano o humanismo, que tanto despreciaba Sartre (El existencialismo no es un humanismo), y que lo hacía más compatible con el cristianismo y con los nuevos vientos de mayo del 68. Pero fue en vano.

Hace muchos años, yo diría que antes de la caída del Muro de Berlín (1989), cerca de la estación de metro de Bilbao o de Alonso Martínez, discutía con mi amigo Marcos. Acababa de escribir un trabajo polémico para él a partir de otra discusión anterior: él decía que Tucídides era progresista y yo decía que era conservador. Mi tesis, desarrollada en esa investigación, para la que leí muchos libros (además de a Tucídides completo) le convenció y no quiso escribir un trabajo para refutarme.
Entonces, en un tono similar al que inició el asunto de Tucídides, hablamos de Marx y de lo que quedaba de Marx. De lo que se podía aprovechar. Para Marcos todavía quedaba bastante, para mí, casi nada. ¿Entonces que hacemos con Marx?, me preguntó. “Tirarlo a la basura” le respondí.

Eran momentos más duros que estos en el tema del marxismo (ya averiguaré el año por el trabajo de Tucídides), que aunque iba perdiendo poder todavía era la filosofía dominante en el mundo intelectual. Felipe González, dirigente del PSOE español, era marxista o acaba de dejar de serlo. Mi respuesta fue una respuesta polémica a propósito, porque también en esa época era moderado en la expresión de mis odios y afectos (lo que no quiere decir que sea siempre moderado en mis odios y afectos, a veces no: una cosa es lo que se siente y otra cómo se dice).

Y fue polémica porque de pronto me sentí impulsado a ser radical, sin duda porque estaba molesto tras tantos años de agobio marxista con su ciencia política y su gregarismo, porque estaba harto de todas las instrucciones que nos daban acerca de lo que había que hacer y de lo que había que pensar, lo que había que gritar y lo que había que justificar (quizá ya no tan claramente a Stalin, pero si a Lenin, por ejemplo, cosa que todavía hace mucha gente).

Porque la verdad es que no creo que haya que tirar a nadie a la basura, y tampoco a un libro. Ni lo creo ahora, ni lo creía entonces. Si mi memoria no me traiciona, creo que enseguida dije que era sólo una manera de hablar (es muy posible que escribiera esa conversación ese mismo día, así que la buscaré).

Ante la insistencia de Marcos en que quedaban muchas cosas buenas de Marx, le dije que del mismo modo que en el caso de Tucídides, haría una investigación y un trabajo contra Marx, y que él hiciera otro a favor de Marx. Empecé a tomar notas y a leer y releer libros de Marx, Engels y los marxistas, pero lo dejé a medias, porque quería hacer algo demoledor pero absolutamente convincente, y eso requería mucho trabajo. Ahora me arrepiento de no haberlo llevado a cabo, porque, hay muy pocos escritos que se ocupen seriamente de refutar a Marx. Lo único que encuentras son panfletos de la derecha o de la izquierda (anarquistas y comunistas heterodoxos) que suelen consistir más en una serie de descalificaciones que en un estudio razonado.

Lo mejor acerca del tema es posiblemente la tercera parte de La Sociedad Abierta y sus enemigos. Este es un libro que está prohibido citar entre la izquierda, como en la época dorada de la Rusia Soviética estaba prohibido leer el 1984 de Orwell, El dios desnudo, de Howard Fast o Del cero al infinito de Arthur Koestler.

La sociedad abierta y sus enemigos es uno de los libros que mejor defiende la libertad y una sociedad más justa, atacando a Platón; Hegel y Marx. Pero resulta que Popper, otro peligroso liberal como Mill, era de derechas, al menos en sus últimos 30 o 40 años, y su nombre es anatema entre las filas de la izquierda, a pesar de que sus ideas son a veces la mejor arma contra la derecha, contra el conservadurismo y contra los propios liberales, y a favor de la libertad y una sociedad abierta, en la que, precisamente, una izquierda justa podría imponer pacíficamente sus ideas. Popper en ese delicioso libro es tan hermoso y útil como lo es John Stuart Mill en Sobre la libertad.

Sin embargo, al no haber hecho ese trabajo en su momento, cuando el marxismo todavía era un gigante que abatir, ahora ya resulta difícil ponerse a la tarea, pues el gigante ha caído. Tal vez se incorpore de nuevo, pero mi sensación ahora es como la de Swann en En busca del tiempo perdido, cuando quiere saber si Odette le era infiel o no y supone que lo sabrá cuando Odette ya sea definitivamente suya y el amor se haya diluido con los años y y también los celos, pero ese deseo tan grande de saber si aquella noche ella, estaba sola o no, resulta que también se diluye llegado el momento:

“Pero este problema tan interesante, que iba a poner en claro en cuanto se le acabaran los celos, perdió precisamente toda suerte de interés en cuanto dejó de estar celoso (A la sombra de las muchachas en flor)

Incluso se le diluyó a Swann el deseo de vengase de Odette cuando ya no la amara:

“Con el amor se fue el deseo de demostrarle que ya no había amor” .

Es como lo que cuenta mi padre, Iván Tubau, en Matar a Victor Hugo: cuando era joven, prometió vengarse años después de un jefe que le maltrató, pero, cuando tuvo la oportunidad de vengarse ya no tenía ningún deseo de hacerlo. Al Iván Tubau adulto  ahora le resultaban indiferentes las promesas de aquel joven Iván. Quienes no creemos en la venganza ni en la saña con los caídos, obtenemos mucho menos placer cuando el monstruo está a merced de nuestros golpes que cuando tenemos que golpearle para salvar nuestra vida (al menos nuestra vida mental). Ahora que ha llegado el día (desde hace años) en que el marxismo ya no nos domina, ni siquiera tengo anhelos de señalar a todos aquellos que justificaron tantas atrocidades, pero sé que a veces hay que hacerlo, para no dar pie a malentendidos, y como solían decir ellos: “para hacer justicia a las víctimas”. A sus víctimas.


El 12 de mayo de 2008 recibí un comentario a esta entrada de Gustavo:

“Te pierdes en tu propia “palabrería”, como dices tú.
Predicar la muerte del marxismo no lo matará.
Me temo que por más que lo intentaras no podrías “demoler” las ideas marxistas.
O tal vez sí, pero tendrías que partir desde las propias ideas marxistas, pienso yo…
Desde el liberalismo lo dudo mucho”.

A lo que respondí:

“Me temo que las cosas, por el momento, indican lo contrario: el marxismo, tal como lo hemos conocido, ya no existe, por lo que no es necesario demolerlo.
Muchas de sus ideas han sido incorporadas al conocimiento común y válido de la economía o la filosofía; otras se han considerado erróneas; algunas serán recuperadas, bastantes de ellas matizadas o corregidas.

Y sí, tienes razón, una parte de la crítica al marxismo se puede usar partiendo de las ideas marxistas, pues el propio Marx, como él mismo decía en una brillante e ingeniosa metáfora, era, sin saberlo, un engranaje de la maquinaria, es decir de la sociedad victoriana en la que vivía. Y, por supuesto, no podemos aceptar hoy el machismo de Marx ni su dogmatismo, ni su intolerancia, por mencionar dos aspectos que no comparte Stuart Mill.

En cuanto al liberalismo, tal vez hayas pensado que yo soy liberal o lo defiendo. En absoluto. No lo soy. Me gusta aquello que decía Chesterton: “Siempre he creído en el liberalismo, pero hace tiempo que perdí la ingenuidad infantil de creer en los liberales”.
Es algo que se podría aplicar al marxismo también.

La verdad es que no creo mucho en las categorías como “marxismo, liberalismo, capitalismo, comunismo”, etcétera, etcétera, y no menciono a Stuart Mill para defender al liberalismo (¿cuántos liberales de hoy en día defienden, como hacía él, la legalización de las drogas?), más bien considero, como él mismo declaró en una ocasión, que él era más bien socialista.

También creo que eso que hoy se llama “liberalismo” merece sin duda una crítica tan demoledora como la que en su día mereció el “marxismo”. No creas, por tanto, que si me di cuenta del exceso “marxista”, soy ciego y sordo al “liberal”.
En conclusión, creo que el marxismo y el liberalismo se pueden demoler o simplemente poner en cuestión desde muchos puntos de vista, pero el que a mí me gustaría en particular sería el de una verdadera izquierda.


[Publicado en 2003]

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Desmitificadores y relativistas

lem-vacioVacío perfecto es otro libro fascinante, que me reafirma en considerar a Lem como el Lauzier de la ciencia ficción, o de la narrativa en general. Lauzier (naturalmente, esta es una opinión estrictamente personal) es al comic lo que Tom Wolfe es al periodismo y Lem a la narrativa, aunque no sabría trazar la figura geométrica exacta que une a estos autores. Es evidente que los tres son lo que Carlo Frabetti denomina ‘desmitificadores de los desmitificadores’. O quizá Frabetti los llama ‘desmitificadores de la cultura’, pero yo no estoy de acuerdo con esa definición y prefiero la reseñada antes.

Naturalmente, hay que tener en cuenta que los desmitificadores profesionales son los mayores mitificadores que han existido: destruyen cien mitos por hora, pero crean doscientos nuevos.

En la nómina de los desmitificadores de los desmitificadores, se puede incluir a mucha más gente: Nabokov, Buttler, Swift, quizá Lubitsch, Chesterton, etc. También tienen afinidades con los cínicos griegos (el lugar de los desmitificadores lo ocuparían, quizá, los epicureos y los escépticos).

Pero, como sé que esta terminología es confusa, intentaré explicar de otra manera qué tienen en común Lem, Wolfe, Lauzier, Nabokov y Chesterton, por citar sólo a cinco.

Aunque parezca ingenuo  yo creo que lo que tienen en común es que piensan. Piensan mucho. Piensan en las pequeñas cosas y en las grandes cosas.
No se dejan cegar por los fuegos de artificio, se resisten a dejarse llevar por la corriente de las frases hechas y las ideas tópicas, y permanecen siempre alerta: “Quizá engañéis a otros -podrían decir- pero no me engañáis a mí” .

Wolfe reacciona frente a las teorías artísticas, Chesterton, entre otras cosas, contra la dialéctica de los poderosos; Nabokov, especialmente contra el psicoanálisis, y Lauzier frente a los tópicos de cierta izquierda simplista. En una entrevista, por ejemplo, Lauzier tiene el valor de enfrentarse al mito del 68. Para él, los resultados de aquel suceso han sido la creación de una cultura para menores de edad.

El campo de batalla de Lem es mucho más amplio.

Pero, como en casi todas las cosas, creo que lo mejor es poner ejemplos.

En Schtroumpf, Lauzier ataca despiadadamente, pero en mi opinión con justicia, a la llamada B.D. adulta:

Lauzier_Tetedanslesac_01

“Se dice que la B.D. (Comic) adulta nació en 1968, y yo no he visto aún una BD que contase lo del 68. Los autores se masturban el cerebro para encontrar ideas sin interés… Me da la impresión de que los creadores de comic escriben no importa qué. Es un delirio que ¿cuánto va a durar? Considero que la BD para adultos es una mierda. Los críticos de BD califican de genial cualquier pequeña mierda que aparece. En la BD, en el teatro, en el cine, Mayo del 68 ha significado una catástrofe. Es una regresión infantil; el propósito inicial era otro ciertamente, pero el resultado ha sido esto.”

En comic, en pintura, en el cine, en las diversas artes, en la literatura e incluso en la filosofía, asistimos a un torrente de productos de ínfima calidad que son calificados de geniales, de originales. Pero, en realidad, es muy difícil hallar una idea original, una verdadera creación, en parte alguna. Naturalmente, hay excepciones, pero pocas. Eso es lo que son Wolfe, Lem y Lauzier: excepciones.

Gente que no se deja llevar por la corriente de la autocomplacencia, del dorarse la píldora unos a otros, que no aceptan nada antes de reflexionar sobre ello. Pero, en general, no se puede calificar a estos autores de escépticos, pues el escepticismo militante y dogmático no es sino una perversión de la ingenuidad. Ellos combaten, entre otras cosas, el relativismo cultural que no se pronuncia sobre nada, no opina nada y no ofrece nada, excepto una colección de datos. Ese relativismo que confunde la tolerancia y la amplitud de miras con el carecer de opinión.

No obstante, yo no me atrevería a decir que la situación actual es una novedad: lo desmienten las observaciones de Chesterton sobre el siglo XIX y las de algunos escritores griegos acerca de una época distante en más de 2000 años. Supongo, pues, que es una característica común a todas las épocas.

Martin Gardner también podría ser incluido en este grupo; en uno de sus ensayos explica precisamente las dos clases de escepticismo: él colabora en una revista llamada Skeptikal Inquirer. Esta revista antes se llamaba Zetetic y la dirigía Marcello Truzzi:

“Después de los tres primeros números, se hizo evidente que había profundas diferencias filosóficas entre lo que Truzzi deseaba que fuese la revista y los deseos de los otros miembros de la comisión. Nosotros queríamos una revista de apoyo abierto, que adoptase una firme posición contra las formas más absurdas de la moderna pseudociencia. Truzzi pensaba que hasta los chiflados como Velikovsky debían ser tratados con respeto. Quería que la revista efectuase diálogos entre los escépticos y los verdaderos creyentes, para presentar ambas partes de las controversias actuales. En resumen, quería una revista con un tono objetivo neutral, en contraste con lo que calificaba de mero “desenmascaramiento . El resto de nosotros no consideramos que desenmascaramiento fuese una palabra tan negativa. Pensábamos que, cuando la seudociencia se sumerge en el ámbito del irracionalismo, es apropiado ejercer el humor contra ella, y hasta ridiculizarla.”

Creo que lo anterior deja bien claro cuáles son las dos clases de escépticos:

a) aquellos que no creen en nada ni se pronuncian sobre nada. El escéptico griego, por ejemplo: “considera todos los argumentos en pro y en contra de cada tesis y ve que se equilibran. Él no toma partido… Tanto valen unas soluciones como otras, pues ninguna vale nada”.

b) aquellos que desconfían, que examinan atentamente los argumentos en pro y en contra para intentar descubrir cuáles tienen más garantías de ser ciertos. Aquellos que creen en la razón como medio de decisión.

Obviamente, yo estoy de acuerdo con estos últimos.

Antes he asociado a los modernos relativistas con los escépticos griegos, y a sus oponentes (la segunda clase de escépticos antes señalada) con los cínicos. También dije que los epicúreos podrían ser incluidos en ese grupo de escépticos relativistas, ahora añadiría que al otro grupo podrían pertenecer algunos sofistas (tan injustamente despreciados)

 

*********

[4 de diciembre de 1987]

NOTA EN 2013: algunas asimilaciones y comparaciones hoy me parecen muy discutibles y varias definiciones son un poco imprecisas y quizá no muy exactas, pero en general estoy bastante de acuerdo con lo que decía aquí.

 *********

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