Los siete velos del conocimiento

En La cortina de Pitágoras hablé de la cortina acusmática, tras la que los discípulos menos apreciados por Pitágoras tenían que escuchar sus demostraciones geométricas, sin poder ver los trazos ni las figuras. También conté el moderno uso de esa cortina, cuando se empleó para impedir que los directores de orquesta vieran a los candidatos y de este modo evitaran ser dominados por sus prejuicios (casi siempre machistas). Era un buen ejemplo de cómo en ocasiones se juzga e incluso se percibe mejor algo al reducir la información: si no lo vemos todo, nuestra mente tiene menos oportunidades para poner en marcha su máquina de prejuicios.

En este sentido, hoy quiero examinar un caso en el que se nos ofrece más información y eso nos hace saber menos, a pesar de que tengamos la poderosa sensación de que cada vez sabemos más.

Me refiero a esas situaciones en las que un desconocido nos ofrece datos que, en principio, nos permiten empezar a conocerlo un poco mejor. Datos como su edad, su nacionalidad, la ciudad en la que ha nacido, su estado civil o su situación sentimental.


En apariencia cada uno de estos datos nos permite ir trazando un retrato cada vez más preciso de ese desconocido, pero eso está muy lejos de resultar tan evidente como parece a primera vista. En mi libro Nada es lo que es, me referí a esas secciones que a veces aparecen en periódicos y revistas en las que vemos la fotografía de un desconocido y al lado su opinión acerca de algo. Junto a la fotografía, se añaden dos o tres datos supuestamente informativos, como su nombre, su edad y su profesión.

¿Para qué sirven esos datos junto a la fotografía? Se supone que para que dispongamos de mejor información para valorar la opinión que se nos da a continuación: no es lo mismo que un diseñador de prestigio nos diga que detesta Las Meninas de Velázquez a que nos lo diga un albañil; no es lo mismo que un médico opine acerca de la última obra del arquitecto Rafael Moneo a que lo haga una peluquera. O eso es lo que nos parece a primera vista, porque lo cierto es que, en cuanto nos ofrecen dos o tres datos, lo que sucede es que nuestra máquina de prejuzgar se pone en marcha y ya resulta imparable:

“Vemos a un obrero y le aplicamos las características que creemos que tiene los obreros. Obsérvese que he dicho “creemos” y no “sabemos”, porque la mayoría de las veces tampoco sabemos realmente cómo es ese grupo observado, así que comparamos a un individuo desconocido con una construcción mental también basada en prejuicios”.
(
Nada es lo que es).

 

Aquel diseñador que nos dijo que detestaba Las Meninas, se convierte, en virtud de este único acto, en el representante de todos los diseñadores, y empezamos a dudar si no deberíamos también nosotros detestar el cuadro de Velázquez (al menos si lo que queremos estar a la última). Pero lo más proable es que ese diseñador pertenezca al pequeñísimo porcentaje de las personas que, además de ser diseñadores, detestan Las Meninas. Quizá el resto de diseñadores aman Las Meninas. Pero la selección de esa opinión concreta y el dato de la profesión de ese opinador nos hacen establecer nexos imaginarios acerca de la relevancia de una opinión. Si es un albañil el que dice que no le gustan Las Meninas, entonces  nuestro primer impulso es pensar: “Claro, el pobre no entiende el arte”, algo que no se nos ocurre pensar cuando se trata del diseñador.

Ahora bien, el problema de estos datos desinformadores no consiste sólo en que enseguida ponemos en marcha las ideas comunes acerca de diseñadores, albañiles, médicos y peluqueras, sino en que, además, muchos de esos prejuicios también son personales. Es decir, esos prejuicios no es que estén extendidos en la sociedad, sino que también están en el cerebro de cada uno de nosotros. Todos hemos alimentado durante años nuestra mente con ideas hechas que han nacido de la observación en ocasiones, que tienen su origen en ciertas experiencias y descubrimientos, pero que también se han convertido en respuestas automáticas de las que no somos conscientes o que, cuando lo somos, las llamamos intuiciones. Pero casi siempre son tan solo prejuicios.

De este modo, cuando alguien nos dice su edad, asociamos enseguida, querámoslo o no, ese dato a otros similares, lo que que nos permite, en apariencia, conocer mejor a esa persona. Pero esa es una sensación engañosa, porque aquello con lo que comparamos la información que nos han proporcionado no es una fiable base de datos que contiene toda la información relevante acerca de las personas de esa edad, sino que es tan sólo la modesta base de datos de nuestra experiencia personal. Comparamos a esa persona con otras que hemos conocido y que coinciden en edad, o en profesión, o en tipo de trabajo con la persona que tenemos delante. Lo más probable es que esa comparación ni siquiera se establezca con todas las personas que conocemos que comparten esos rasgos, sino tan sólo con dos o tres que, por alguna razón subjetiva, caprichosa o puramente azarosa, acude a nuestra mente.

Dos desconocidos de Magritte, conociéndose con menos prejuicios de los habituales

Por mi parte, en mi trato con desconocidos, prefiero no poner en marcha esa fabulosa máquina de prejuicios, y por ello evito en la medida de lo posible revelar los seis o siete datos que todo el mundo parece considerar como indispensables para trazar los rasgos de un retrato robot: edad, nacionalidad o ciudad de origen, preferencias sexuales, estado civil o sentimental, tendencia política. Seis o siete datos que nos permiten hacer una ficha rápida de la persona que tenemos delante. Siete datos que son como siete velos que, más que mostrarnos a un desconocido, lo que hacen es ocultarlo. Comunicar a otra persona la edad o las preferencias sexuales es un velo o una cortina que quizá no oculta, pero que sí tiñe de manera inevitable lo que vemos. Y lo tiñe o le pone un filtro con el color de nuestras experiencias pasadas y de nuestros prejuicios presentes. Creemos conocer, obtenemos la satisfacción de ver cómo nuestras intuiciones acaban por dar en el blanco, pero hemos recurrido al viejo truco de disparar primero la flecha y después pintar la diana, porque las futuras comprobaciones de nuestras primeras intuiciones estarán inevitablemente ligadas a esa primera impresión que fabricamos a través de aquellos datos de la ficha policial. Sin embargo, yo pienso que es mejor ver las cosas y las personas que tenemos delante en vez de intentar reducirlas a cómodas, confortables y tranquilizadoras fichas policiales. No sólo creo que es mejor: también me parece mucho más interesante.

 


[Una primera versión de esta entrada se publicó el 20 de septiembre de 2012 en Divertinajes. Revisado en 2018]

En Animales políticos he explicado un método parecido a la cortina para poner a raya a nuestros prejuicios políticos.


En No tan elemental: cómo ser Sherlock Holmes he hablado de la intuición y de otros asuntos relacionados con nuestra manera de pensar y nuestros prejuicios, de las ideas erróneas acerca del aprendizaje y de todo tipo de confusiones intelectuales, así como de la creatividad, un asunto que trato también  en mi libro El secreto de la invención, que pronto se publicará.


DUDA RAZONABLE

La intuición de Monty Hall

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Victor Trevor contra el joven Stamford

|| Fe de erratas (p37)

Ramón Edgardo Baide Gómez me escribió recientemente para preguntarme acerca del hermano más listo del hermano más listo de Sherlock Holmes, es decir Sherrinford Holmes, del que cuento una de sus increibles hazañas de deducción (o de aducción) en No tan elemental. Le extrañaba que esa misma anécdota se atribuyera al filósofo y semiólogo Charles Sanders Peirce. Le respondí en un comentario y allí quedó aclarado el asunto. Puedes leer el comentario de Ramón y mi respuesta aquí: No tan elemental.Cómo ser Sherlock Holmes.

Pero Ramón, que demuestra poseer las dotes de un verdadero detective holmesiano, ha encotrado otra errata en mi libro. Reproduzco aquí su comentario (que también puedes leer entero en el enlace ya citado):

Ahora que tengo certeza de que respondes y atiendes tu página, me siento en la necesidad de hacerte una pregunta que me tiene bastante inquieto y confundido. Debes saber que tengo un millón de interrogantes sobre Sherlock Holmes, pero no es mi intención abusar de este espacio que tan generosamente tu nos brindas a quienes leemos tu libro. Así las cosas, por ahora, me limito a plantearte el asunto:

En la página 32 de tu libro, haces una cita textual de Estudio en Escarlata, en la que -según tu libro- Victor Trevor le comenta a Watson ciertas peculiaridades de Sherlock Holmes. Me llama mucho la atención el hecho de que en el libro que yo he leído, no se menciona a Victor Trevor, sino al Joven Stamford. Cito lo que tengo en mi libro: “No había pasado un día de semejante decisión, cuando, hallándome en el Criterion Bar, alguien me puso la mano en el hombro, mano que al dar media vuelta reconocí como perteneciente al joven Stamford, el antiguo practicante a mis órdenes en el Barts. […] En los viejos tiempos no habíamos sido Stamford y yo lo que se dice uña y carne, pero ahora lo acogí con entusiasmo, y él, por su parte, pareció contento de verme.”

El joven Stamford es quien presenta a Watson y Holmes, quienes posteriormente se vuelven a encontrar para finiquitar el ausnto de compartir la vivienda en el 221B de Baker Street. No obstante, tu lo mencionas a ese mismo personaje con el nombre de Victor Trevor. 

¿A qué se debe esto? 

Mil gracias por tu ayuda”.

En este caso no se trata de un juego o broma por mi parte, sino que es un verdadero error: me equivoqué al mencionar a Victor Trevor. Como todo el mundo sabe (o al menos los holmesianos), no fue Trevor, sino Stamford quien presentó a Holmes y Watson. Me avergüenzo ante tan grave error, que habrá irritado a más de un lector holmesiano. En mi descargo solo puedo decir que también ellos habrán advertido fácilmente la causa del lapsus mental que me ha llevado a confundir los nombres: tanto Victor Trevor como el joven Stamford son amistades tempranas de Sherlock Holmes, dos personas que lo conocieron antes de que John Watson apareciera en su vida. Supongo que esa es la razón de mi error, propio de un exceso de conocimiento y de una confianza ciega en la intuición, pues mi memoria me ofreció ese nombre de manera inmediata y no apliqué la precaución que tanto recomiendo de poner a prueba la intuición, los instintos o los datos que la memoria nos ofrece. Y tampoco lo hice, en contra mi costumbre, en las sucesivas y continuas revisiones y relecturas del libro. Es una prueba de que los errores causados por el conocimiento son casi siempre más difíciles de detectar que los de la ignoracia: si hubiera escrito “Julio César” en vez de “Víctor Trevor” sin duda me habría dado cuenta del error.

Solo me queda agradecer desde aquí a Ramón su aviso y quedar a la espera de que su preciso escalpelo de lector atento siga encontrando aquí y allá errores y erratas (conozco algunos más, que pronto subiré a esta Fe de erratas en la que nos acompaña el querido Basil).

¡Saludos en Holmes!


Fe de erratas de No tan elemental

El sueño dogmático de Kant

Fe de erratas (p37)


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Victor Trevor contra el joven Stamford

|| Fe de erratas (p37)


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No tan elemental
Cómo ser Sherlock Holmes.
Daniel Tubau
A la venta en todo el mundo
Amazon, La FugitivaRafael Alberti,Laie…)



carlos-garcc3ada-gualCarlos García Gual ha dicho de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes:
Es una mis mejores lecturas  de ensayos literarios en mucho tiempo, tanto por su originalidad como por su estilo. Y sobre un tema  para mí fascinante ya que me trae recuerdos de lecturas juveniles… Me tiene admirado su manejo de todos esos registros tan bien usados en esta trama tan erudita y esa disección tan inteligente, de fina “filología” (en el buen sentido de la palabra)… Creo que el resultado final es espléndido y muy divertido”.


 Wyoming-No-tan-elemental


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No tan elemental
Cómo ser Sherlock Holmes.
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(y en: Amazon, La FugitivaRafael Alberti, Laie…)


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International: Not So Elementary

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No tan elemental, de Daniel Tubau

No tan elemental, de Daniel Tubau

 

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El psicoanálisis y la ciencia

En las fronteras de la ciencia /4

Karl Popper dice que lo que no es falsable, aquello que no es examinable o contrastable, no es ciencia. Pero que eso no significa, como parecen creer algunos, que aquello que no es ciencia sea despreciable, ni siquiera falso:

“Sí una teoría no es científica, sí es metafísica, esto no quiere decir, en modo alguno, que carezca de importancia, de valor, de ‘significado’ o que carezca de sentido.”

La ciencia no se ocupa de la verdad en sí, sino de la verdad contrastable, o si se prefiere (porque la palabra “verdad” es muy escurridiza), de aquellas afirmaciones o propuestas que se pueden poner a prueba. La validación que ofrece la ciencia es siempre provisional, pero es al mismo tiempo la más fiable que se puede obtener.

El conocimiento que se pretende científico pero que no ofrece métodos para ser puesto a prueba, no tiene más destino que convertirse en pura creencia. De este tipo, hay muchos conocimientos que han presumido de ser científicos, pero que nunca lo han sido.

Uno de los ejemplos más notables de una teoría que se pretendía científica, pero que  no podía serlo porque era irrefutable por definición, fue hasta hace pocos años el psicoanálisis. Una de las muestras del pseudocientifismo del psicoanálisis era la explicación que daba de la homosexualidad, una explicación, o diagnóstico como enfermedad mental que fue aceptada por los psicoanalistas  hasta 1973 o 1976 o incluso hasta el fin del siglo XX, a pesar de que Freud había dicho de manera explicita que la homosexualidad no era una enfermedad (aunque quiza sí era, en su opinión, algo así como una “inmadurez”).

Voy a intentar explicar en qué consistía la naturaleza acientífica del psicoanálisis de manera ligera, sin academicismos o citas eruditas, recurriendo incluso a expresiones discutibles como “muy macho” o “afeminado”, porque creo que el lector entenderá a qué me estoy refiriendo y el sentido en el que se empleaban hace años de manera mayoritaria este tipo de expresiones. Los lectores me perdonarán el simplimismo de esas expresiones, a cambio de la sencillez.

Una de las estratagemas explicativas de los psicoanalistas consistía en decir que la homosexualidad de un paciente se explicaba por rechazo al padre… cuando el padre era muy “macho”… Pero resulta que la homosexualidad también se explicaba como imitación del padre, cuando el padre era muy “afeminado”.

Naturalmente, siempre se podían encontrar ejemplos en los que una persona sentía rechazo hacia su padre porque lo veía “demasiado macho”, y que ello le empujara a buscar alicientes sexuales diferentes a los que le gustaban a  su padre, es decir, que en vez de buscar para el sexo a mujeres, buscara  hombres. Esos ejemplos reforzaban la primera interpretación y los psicoanalistas los empleaban siempre que querían defender su idea de “homosexualidad por rechazo”.

Y también se podrían encontrar casos en los que un hijo que admirase a su padre observase que éste era “afeminado” y que tal vez se sintiese por ello impulsado a desear más a los hombres que a las mujeres. Estos ejemplos servían a los psicoanalistas para sustentar su segunda interpretación: “homosexualdad por imitación”.

Siempre hay ejemplos para todo. Pero el que hecho de que existan esos ejemplos no convierte una opinión, aunque haya nacido de una observación concreta o incluso de muchas observaciones, en una teoría científica, y tampoco en una verdad razonable.

Otro de los trucos de los psicoanalistas en los diagnósticos mencionados consistía en convertir en relaciones de causa y efecto lo que solo eran correlaciones, cosas que coincidían en el tiempo o en el espacio (o en una misma familia). Es decir, a lo mejor tenían a un paciente homosexual y sabían que el padre de ese paciente también era homosexual. Con esos dos datos, establecían una férrea relación de causa-efecto: “El paciente es homosexual porque su padre es homosexual”, en vez de “El paciente es homosexual. El padre del paciente es homosexual”. El problema, como sabe todo buen científico, es que las correlaciones no siempre permiten establecer relaciones de causa-efecto.

“Puede cambiarse a los homosexuales” en: Homosexuals Today, por Isadore Rubin, New York: Health Publications, 1965. “La ilustración refleja la visión de un terapeuta de los años 1960 que aplicase los conceptos psicoanalíticos básicos, de faltas psiquicas y traumas para explicar la preferencia sesexual”.  (Psyche & Muse)

Fueran ciertas o no, aplicables  o no, esas explicaciones que tanto gustaban a los psicoanalistas, su contenido científico siempre fue muy discutible, porque no había manera de imaginar un caso en el que dicha teoría pudiera ser refutada.

Imaginemos un caso que contradijera la teoría: un hijo que siente un rechazo absoluto por un padre que es “afeminado”. Y, sin embargo, ese hijo resulta ser homosexual.

En este caso la situación se complica: el paciente siente rechazo por el padre pero lo imita.

Lo sorprendente es que incluso en tales casos los psicoanalistas hábiles tenían una explicación y decían, por ejemplo, que, aunque a primera vista pareciera  que el hijo rechazaba a su padre, inconscientemente deseaba imitarlo.

Y así empleaban todo tipo de razonamientos semejantes, recurriendo a explicaciones ad hoc, como ya hemos visto que hacía la homeopatía, o a ingeniosas pero disparatadas soluciones, como los que emplean los creacionistas para justificar el relato del Génesis bíblico: los fósiles que prueban que la tierra tenía más de 6000 años han sido puesto allí por Dios para poner a prueba nuestra fe.

Es decir, se multiplicaban más y más las explicaciones ad hoc, para tapar los mil y un huecos y agujeros de las deslumbrantes explicaciones psicoanalíticas, convertidas ya en un coladero teórico.

En definitiva, el psicoanálisis abundaba y abunda en teorías de este estilo (irrefutables) pero también la economía, la homeopatía y la religión.

Ello no quiere decir que lo que digan sea necesariamente falso, sino tan sólo, en opinión de Popper y de la gran mayoría de los científicos actuales, que no son científicas. Es decir, por decirlo de otro modo: resulta muy difícil saber si las propuestas de ese tipo son ciertas (o al menos si son refutables) recurriendo tan sólo a argumentos racionales y a un conocimiento que pueda ser compartido por cualquiera.

Continuará


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Holmes, el violinista

Las otras profesiones de Sherlock Holmes

Es muy conocida la afición al violín de Sherlock Holmes, pero muchos aficionados a las aventuras del detective tienen la impresión de que Holmes lo tocaba horriblemente. También está muy generalizada la idea de que Watson tenía una pésima opinión de las dotes musicales de su amigo. Sin embargo, no es eso lo que nos dice el buen Watson, quien considera que la habilidad de su compañero de piso era notable, aunque excéntrica:

“Sabía yo perfectamente que él era capaz de ejecutar piezas de música, piezas difíciles, porque había tocado, a petición mía, algunos de los lieder de Mendelssohn y otras obras de mucha categoría”. [1]Arthur Conan Doyle, Estudio en escarlata 

Jeremy Brett demostrando la habilidad de Holmes con el violín

La razón por la que tantas personas piensan que Holmes no era un buen violinista se debe a otros pasajes de las aventuras, donde Watson describe uno de los hábitos de su amigo:

“Era raro que, abandonado a su propia iniciativa, ejecutase verdadera música o tratase de tocar alguna melodía conocida. Recostado durante una velada entera en un sillón, solía cerrar los ojos y pasaba descuidadamente el arco por las cuerdas del violín, que mantenía cruzado sobre su rodilla. A veces las cuerdas vibraban sonoras y melancólicas. En ocasiones sonaban fantásticas y agradables. Era evidente que reflejaban los pensamientos de que se hallaba poseído.” [2]Arthur Conan Doyle, Estudio en escarlata 

Es obvio que esa manera de tocar el violín puede poner nervioso a cualquiera, así que, tras “aquellos solos irritantes”, el detective terminaba ejecutando para su compañero de piso “toda una serie de mis piezas favoritas, a modo de ligera compensación por haber puesto a prueba mi paciencia”.[3]Arthur Conan Doyle, Estudio en escarlata 

Por otra parte, en una de las aventuras de Holmes, “Los planos del Bruce-Partington”, Watson dice que en cuanto solucionó el caso (una de sus mayores contribuciones a la seguridad del Imperio Británico), el detective “regresó con fuerzas renovadas a su tratado sobre los motetes polifónicos de Lassus, que desde entonces ha sido impreso en edición privada, y dicen los expertos que es la última palabra sobre el tema” [4]Arthur Conan Doyle, “Los planos del Bruce-Partington”, en Su último saludo en el escenario.

Uno de los complejos motetes de Orlando de Lasso, “Temor y temblor”, la expresión de Pablo de Tarso que es también el origen de un ensayo extraordinario de Kierkegaard: «Así pues, queridos míos, de la misma manera que habéis obedecido siempre, no sólo cuando estaba presente sino mucho más ahora que estoy ausente, trabajad con temor y temblor por vuestra salvación, pues Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le parece”.

 

La música parece una de las pocas cosas que consigue relajar a Sherlock Holmes cuando no tiene un misterio que resolver a la vista, no solo rasgando las cuerdas del violín o interpretando alguna pieza para Holmes, sino también asistiendo a conciertos:

“Sarasate toca en St.James esta tarde. ¿Qué le parece, Watson? Podrían sus pacientes esperar durante unas pocas horas”. [5]Arthur Conan Doyle, “La liga de los pelirrojos”, en Las aventuras de Sherlock Holmes.

Pablo Sarasate

Una malagueña de Sarasate, aunque no interpretada por él, sino por Gil Shaham

Después, Watson describe el placer que Holmes obtuvo en ese concierto y asegura que Holmes también era un buen compositor:

“Mi amigo era un entusiasta de la música, no sólo un intérprete muy dotado, sino también un compositor de méritos fuera de lo común. Se pasó toda la velada sentado en su butaca, sumido en la más absoluta felicidad, marcando suavemente el ritmo de la música con sus largos y afilados dedos, con una sonrisa apacible y unos ojos lánguidos y soñadores que se parecían muy poco a los de Holmes el sabueso, Holmes el implacable, Holmes el astuto e infalible azote de criminales.” [6]Arthur Conan Doyle, “La liga de los pelirrojos”, en Las aventuras de Sherlock Holmes.

Sería demasiado extenso reseñar aquí la intensa afición de Holmes a la música, así que animo a los lectores a que acudan a las aventuras del detective, porque  seguro que pronto encuentran muchos más ejemplos.

Ilustración de Samuel Velasco para No tan elemental: cómo ser Sherlock Homes

Esta entrada es un pasaje que escribí para No tan elemental.Cómo ser Sherlock Holmes, que finalmente quedó fuera del libro. En las páginas de No tan elemental podrás encontrar muchas otras profesiones de Holmes y conocer las razones de su éxito como detective.

 


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No tan elemental
Cómo ser Sherlock Holmes.
Daniel Tubau
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carlos-garcc3ada-gualCarlos García Gual ha dicho de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes:
Es una mis mejores lecturas  de ensayos literarios en mucho tiempo, tanto por su originalidad como por su estilo. Y sobre un tema  para mí fascinante ya que me trae recuerdos de lecturas juveniles… Me tiene admirado su manejo de todos esos registros tan bien usados en esta trama tan erudita y esa disección tan inteligente, de fina “filología” (en el buen sentido de la palabra)… Creo que el resultado final es espléndido y muy divertido”.


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  Para saber más acerca del libro: No tan elemental, querido Holmes
Para saber más acerca de Daniel Tubau: Algunas pistas acerca del autor


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(y en: Amazon, La FugitivaRafael Alberti, Laie…)


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Con la mayoría de las nuevas creencias paracientíficas, especialmente las que pretenden dotarse de un barniz de respetabilidad científica, sucede lo mismo que con las religiones reveladas: sus hipótesis originales se reinterpretan una y otra vez hasta hacerlas tan difusas que no se sabe ya qué es lo que afirman y que es lo que niegan; o bien se confunde y mezcla la teoría con un montón de cosas diversas, como hace la homeopatía al unir a su tesis inicial otros métodos más o menos efectivos, como la ayuda psicológica, la terapia oral, el uso de masajes y productos tradicionales (desde infusiones a todo tipo de alimentos), o incluso recomendaciones tales como descansar, relajarse, caminar, respirar aire puro o cualquier otra cosa que el sentido común y la observación nos indica que puede contribuir al bienestar general.

Ilustración de Gillray que recuerda el descubrimiento de John Haygarth, quien describió ya en el siglo XVIII el efecto placebo, al probar que un tratamiento absurdo inventado alcanzaba la misma eficacia que el popular medicamento Perkins Tractors.

La última gran aportación ad hoc es la incorporación de los resultados positivos simplemente atribuibles al efecto placebo, es decir, el porcentaje de eficacia mínimo que tiene cualquier medicina, sea efectiva o no, debido a factores psicológicos más o menos elementales, al simple paso del tiempo y la autodefensa del cuerpo o a la llamada remisión espontánea de la enfermedad, un mecanismo todavía bajo estudio. Este efecto placebo se produce en un cierto porcentaje de pacientes (muy pequeño) se tomen o no mdicinas, homeopáticas o no. Lo curioso es que incluso se produce cuando el paciente sabe que está tomando un placebo. Así que, como se ve, la llamada medicina oficial va mucho más lejos que la homeopatía ya dmite sin despeinarse, pero tras rigurosas explicaciones, que una enfermedad se puede curar no mediante una dosis idetectable de producto activo (como la homeopatía), sino sin la más mínima dosis. Eso debería hacer reflexionar a quienes aluden a escabrosas conspiraciones y dicen que la ciencia se niega a admitir la homeopatía porque eso haría que no se consumieran medicinas en tan grades cantidades: hace años que la ciencia ha admitido el efecto de no tomar ninguna medicina. Y además, el efecto placebo es gratis, al contrario de la carísima homeopatía.

Sumergida entre todas esas explicaciones ad hoc y esos añadidos, la teoría homeopática como tal se diluye y, en consecuencia, se hace irrefutable, no porque sea cierta, sino porque acaba diciendo todo y no diciendo nada. Cuando alguien asegura que se ha curado un dolor de espalda gracias a un medicamento homeopático y después te enseña una pomada hecha con guindilla, cuyo efecto es un picor claramente perceptible en la piel (yo la he usado), es evidente que no se trata de una medicina homeopática, pues el paradigma homeopático consiste en la dilución del principio activo en una proporción que lo hace indetectable, y es obvio que esas guindillas siguen siendo extraordinariamente perceptibles. En definitiva, la homeopatía se atribuye los éxitos del efecto placebo, de la remisión espontánea de la enfermedad y de cualquier planta o medicamento que en ningún caso sigue el principio homeopático como tal. Es como si yo adquiriese medicinas fabricadas por los mejores laboratorios del mundo y las guardase en una caja que llamase “tubaupatia” y después cada vez que alguien se curase con una de las medicinas de mi caja lo atribuyese a la “tubaupatia”, puesto que el medicamento salió de mi caja.

Continuará

 


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