Los cortes de la navaja de Occam

Occam's Razor

La navaja de Occam es una de esas imágenes filosóficas que se usan una y otra vez para resolver disputas teóricas. Creo que casi siempre se emplea mal, y más desde que se ha convertido en un lugar común equivalente a un anatema que se lanzan unos a otros.

Antes de explicar por qué creo que se emplea mal, recordaré qué es la navaja de Occam.

Guillermo de Occam (William of Ockham) era un monje franciscano, célebre por su inteligencia, por lo que no es extraño que Umberto Eco lo tomara como modelo (junto a Sherlock Holmes) de su Guillermo de Baskerville en El nombre de la rosa. Se atribuye a este monje el artilugio lógico o filosófico llamado “la navaja de Occam” que es la sintesis de su frase “Entia non sunt multiplicanda sine necesitate”. Es decir, los entes no se deben multiplicar innecesariamente. La expresión se empleó en su origen en la disputa acerca de los conceptos universales, como “humanidad”, “Trinidad” o “belleza”, que enfrentó a los nominalistas y los realistas.

Los nominalistas creían que esos conceptos y todo lo que se refiere a géneros y especies, pero no a individuos concretos son tan sólo entes de razón, ideas o conceptos que no existen por sí mismos. Los realistas decían que esos conceptos universales tenían una existencia propia y real y que no eran tan sólo palabras. Tras la disputa se escondía tambien uan disputa teológica, porque si los nominalistas negaban la existencia real y efectiva de la Trinidad, toda la teología cristiana se venía abajo. La navaja de Occam, en consecuencia, permitía cortar la existencia de todos esos entes conceptuales, pero también la de los conceptos y artilugios teóricos que a menudo se empleaban en las discusiones, pero que no parecía que tuvieran una correspondencia en el mundo de lo observable y experimentable.

A menudo, primero en lógica y física, pero con el tiempo en biología o en cualquier otra ciencia o arte, desde la economía a la historia y desde la crítica literaria a a la antropología, se recurre a la navaja de Occam para afeitar las explicaciones enrevesadas, las que parecen demasiado complejas.

Occam-William-of-Ockham-Quotes-1

“Si todo lo demás es equivalente, la solución más simple suele ser la mejor”

Sin embargo, la navaja de Occam se emplea tanto que su filo empieza a estar mellado o bien corta lo que no debería cortar, en busca en ocasiones de una sencillez que acaba siendo simplismo.

Es posible que el uso realmente útil de la navaja de Occam (aparte de la disputa original entre los nominalistas y los realistas) se dé cuando se aplica a posteriori, pero no cuando se aplica a priori. Es decir, no debería utilizarse como una censura previa (excepto en casos que resultan tan evidentes que salta a la vista la exagerada multiplicación de los entes o explicaciones), sino que puede emplearse como una razón más para decantarnos por una explicación en lugar de por otra, siempre y cuando ambas explicaciones sean totalmente equivalentes.

No sirve para refutar una teoría con la excusa de que una teoría es demasiado compleja, sino para hacernos sospechar que si hay dos soluciones posibles y una es más sencilla, entonces es probable que la más compleja haga uso de supuestos innecesarios. Pero sólo indica esa probabilidad.

Sin embargo, también es perfectamente posible imaginar una explicación compleja que sea, sin embargo, la explicación correcta, a pesar de que también exista otra explicación más sencilla que también parezca capaz de dar cuenta de los fenómenos que se quieren explicar. Voy a intentar imaginar una situación de este tipo (que será una inversión de la disputa entre el sistema tolemaico y el copernicano). Cuando lo haya pensado, se lo comunicaré al lector en otro artículo.

 

La complejidad y la sencillez

Por mucho que nos gusten las soluciones simples, a menudo los problemas exigen soluciones complejas. Aunque un asunto se pueda explicar de manera simple, ello no implica necesariamente que deba explicarse así.

Esto no vale sólo para la biología y la evolución, sino que también se puede aplicar a la sociología y la psicología: a menudo tendemos a explicar el comportamiento de otra persona a partir de una sencilla ecuación estímulo-respuesta, pero casi siempre las verdaderas razones de un comportamiento son más complejas de lo que creemos.

En definitiva, la navaja de Occam ha de tomarse como un estímulo para seguir investigando y puliendo nuestras teorías, quitándoles lo innecesario, pero en otras ocasiones ha de ser aplicada como un factor de probabilidad (no de certeza) en el momento de elegir entre teorías rivales. Finalmente, en muchas ocasiones su mejor y más razonable uso es tan sólo semejante al un proverbio o una frase hecha que viene al caso y confirma algo: un comentariofinal una vez que una cuestión ya ha sido decidida gracias a una explicación sencilla.

Decimos, por ejemplo: “A quien madruga, Dios le ayuda”, si gracias a nuestro madrugón hemos conseguido llegar a tiempo a una cita importante, pero diremos: “No por mucho madrugar amanece más temprano” si hemos madrugado tanto que llegamos dormidos y agotados a esa cita tan importante. Los refranes no suelen expresar verdades, sino que existe uno para cada ocasión. Sirven como estímulo retórico o emotivo para hacer algo o como comentario posterior (positivo o negativo) a una acción ya realizada. En ese mismo sentido se puede emplear a veces la navaja de Occam: “Ya te decía yo, que aquí había que sacar la navaja de Occam: todo es más sencillo de lo que parecía”.

Pero nunca se debería emplear como un criterio de verdad o como un anatema o dogma de fe en contra de ideas o de teorías, que es algo que se hace bastante a menudo.

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[Escrito en 2004 en La Palma, como comentario a La estructura de la evolución, de Stephen Jay Gould los textos en naranja los he añadido en 2014 para hacer más comprensible el texto. En el texto original anoté que lo había escrito antes de leer la página 583 del libro, y añadí: “Quizá Gould diga más adelante algo semejante a lo que yo quiero decir aquí”. Supongo que adivinaba que Gould se iba a ocupar de la navaja de Occam y su uso en ciencia, algo que supongo, se verá en futuras entradas dedicadas al libro]

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LA ESTRUCTURA DE LA EVOLUCIÓN

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La realidad de los detectives

La vida secreta de Sherlock Holmes /6

Umberto Holmes, o quizá Sherlock Eco

Umberto Holmes, o quizá Sherlock Eco

Existe algo en los detectives que parece conferirles una sensación de realidad mayor que la de otras criaturas de ficción, algo que los hace más capaces de independizarse de sus creadores y ser considerados menos literarios y más reales. En No tan elemental: cómo ser Sherlock Holmes, he examinado a Sherlock Holmes no como un personaje de ficción, sino como un verdadero precursor de muchas ciencias y disciplinas, en pie de igualdad con Robert Hooke, Isaac Newton, Ferdinand de Saussure, Umberto Eco, François Bertillon y Charles Sanders Peirce, entre muchos otros. Es cierto que cuando quise construir una Enciclopedia Universal de Pensadores para mi propio uso privado, incluí entre esos pensadores a muchos personajes de ficción: el Hamlet, el Próspero, el Macbeth y la Viola de Shakespeare, el Don Quijote, el Sancho y el licenciado Vidriera de Cervantes, el Jacques de Diderot y el Cándido de Voltaire y que, cuando llevé a término ese proyecto lo reduje a esos personajes en mi Enciclopedia de pensadores imaginarios. Pero, a pesar de que podemos mirar a los personajes de ficción como seres reales, pocos son vistos en el imaginario social de manera tan intensamente llena de vida como que vemos a Sherlock Holmes y John Watson.

Por eso, sin duda no es casual que el Auguste Dupin creado por Edgar Allan Poe sea, como Sherlock Holmes, un detective, como también lo es Miss Marple o Poirot, de Agatha Christie; Philip Marlowe, de Raymond Chandler; Sam Spade, de Dashiel Hammet; Maigret, de Simenon y tantos otros personajes, a los que nos es fácil imaginar recorriendo las calles de Londres, Los Ángeles, París o Bruselas.

¿A qué se debe esta extraña cualidad real de los detectives? Lo ignoro, pero lo único seguro es que el Dupin de Poe y el Holmes de Conan Doyle pertenecen a un gremio de personajes de ficción que se caracterizan por lo fácil que les resulta alcanzar la celebridad pública, mientras que en la vida real los detectives raramente alcanzan notoriedad, tal vez porque ello les dificultaría realizar su trabajo. Como dice el propio Holmes en la serie Sherlock cuando es asediado por la prensa: «Lo último que desea un detective es publicidad».

La extraña pero persistente realidad de los detectives puede ser una de las razones por las que se atribuyen a Holmes los méritos que deberían atribuirse a Arthur Conan Doyle, pero existen otras razones que quizá explican mejor esta preferencia.

 

Continuará


[Esta entrada ha sido escrita a partir de fragmentos de No tan elemental: cómo ser Sherlock Holmes, que finalmente no incluí en el libro]


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carlos-garcc3ada-gualCarlos García Gual ha dicho de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes:
Es una mis mejores lecturas  de ensayos literarios en mucho tiempo, tanto por su originalidad como por su estilo. Y sobre un tema  para mí fascinante ya que me trae recuerdos de lecturas juveniles… Me tiene admirado su manejo de todos esos registros tan bien usados en esta trama tan erudita y esa disección tan inteligente, de fina “filología” (en el buen sentido de la palabra)… Creo que el resultado final es espléndido y muy divertido”.


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Holmes, el violinista

Las otras profesiones de Sherlock Holmes

Es muy conocida la afición al violín de Sherlock Holmes, pero muchos aficionados a las aventuras del detective tienen la impresión de que Holmes lo tocaba horriblemente. También está muy generalizada la idea de que Watson tenía una pésima opinión de las dotes musicales de su amigo. Sin embargo, no es eso lo que nos dice el buen Watson, quien considera que la habilidad de su compañero de piso era notable, aunque excéntrica:

“Sabía yo perfectamente que él era capaz de ejecutar piezas de música, piezas difíciles, porque había tocado, a petición mía, algunos de los lieder de Mendelssohn y otras obras de mucha categoría”. [1]

Jeremy Brett demostrando la habilidad de Holmes con el violín

La razón por la que tantas personas piensan que Holmes no era un buen violinista se debe a otros pasajes de las aventuras, donde Watson describe uno de los hábitos de su amigo:

“Era raro que, abandonado a su propia iniciativa, ejecutase verdadera música o tratase de tocar alguna melodía conocida. Recostado durante una velada entera en un sillón, solía cerrar los ojos y pasaba descuidadamente el arco por las cuerdas del violín, que mantenía cruzado sobre su rodilla. A veces las cuerdas vibraban sonoras y melancólicas. En ocasiones sonaban fantásticas y agradables. Era evidente que reflejaban los pensamientos de que se hallaba poseído.” [2]

Es obvio que esa manera de tocar el violín puede poner nervioso a cualquiera, así que, tras “aquellos solos irritantes”, el detective terminaba ejecutando para su compañero de piso “toda una serie de mis piezas favoritas, a modo de ligera compensación por haber puesto a prueba mi paciencia”.[3]

Por otra parte, en una de las aventuras de Holmes, “Los planos del Bruce-Partington”, Watson dice que en cuanto solucionó el caso (una de sus mayores contribuciones a la seguridad del Imperio Británico), el detective “regresó con fuerzas renovadas a su tratado sobre los motetes polifónicos de Lassus, que desde entonces ha sido impreso en edición privada, y dicen los expertos que es la última palabra sobre el tema” [4].

Uno de los complejos motetes de Orlando de Lasso, “Temor y temblor”, la expresión de Pablo de Tarso que es también el origen de un ensayo extraordinario de Kierkegaard: «Así pues, queridos míos, de la misma manera que habéis obedecido siempre, no sólo cuando estaba presente sino mucho más ahora que estoy ausente, trabajad con temor y temblor por vuestra salvación, pues Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le parece”.

 

La música parece una de las pocas cosas que consigue relajar a Sherlock Holmes cuando no tiene un misterio que resolver a la vista, no solo rasgando las cuerdas del violín o interpretando alguna pieza para Holmes, sino también asistiendo a conciertos:

“Sarasate toca en St.James esta tarde. ¿Qué le parece, Watson? Podrían sus pacientes esperar durante unas pocas horas”. [5]

Pablo Sarasate

Una malagueña de Sarasate, aunque no interpretada por él, sino por Gil Shaham

Después, Watson describe el placer que Holmes obtuvo en ese concierto y asegura que Holmes también era un buen compositor:

“Mi amigo era un entusiasta de la música, no sólo un intérprete muy dotado, sino también un compositor de méritos fuera de lo común. Se pasó toda la velada sentado en su butaca, sumido en la más absoluta felicidad, marcando suavemente el ritmo de la música con sus largos y afilados dedos, con una sonrisa apacible y unos ojos lánguidos y soñadores que se parecían muy poco a los de Holmes el sabueso, Holmes el implacable, Holmes el astuto e infalible azote de criminales.” [6]

Sería demasiado extenso reseñar aquí la intensa afición de Holmes a la música, así que animo a los lectores a que acudan a las aventuras del detective, porque  seguro que pronto encuentran muchos más ejemplos.

Ilustración de Samuel Velasco para No tan elemental: cómo ser Sherlock Homes

Esta entrada es un pasaje que escribí para No tan elemental.Cómo ser Sherlock Holmes, que finalmente quedó fuera del libro. En las páginas de No tan elemental podrás encontrar muchas otras profesiones de Holmes y conocer las razones de su éxito como detective.

 


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  Para saber más acerca del libro: No tan elemental, querido Holmes
Para saber más acerca de Daniel Tubau: Algunas pistas acerca del autor


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(con Sherlock Holmes)]


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  1. [1]Arthur Conan Doyle, Estudio en escarlata 
  2. [2]Arthur Conan Doyle, Estudio en escarlata 
  3. [3]Arthur Conan Doyle, Estudio en escarlata 
  4. [4]Arthur Conan Doyle, “Los planos del Bruce-Partington”, en Su último saludo en el escenario
  5. [5]Arthur Conan Doyle, “La liga de los pelirrojos”, en Las aventuras de Sherlock Holmes.
  6. [6]Arthur Conan Doyle, “La liga de los pelirrojos”, en Las aventuras de Sherlock Holmes.

Deducción, inducción… abducción

en “Las mañanas” de RNE


Alfredo-menendez

Alfredo Menéndez

javier-capitan-recurso

Javier Capitán

Entrevista en “Las mañanas” de Radio Nacional, con Alfredo Menéndez y Javier Capitán, en Prado del Rey, donde pasé muchos días de mi infancia con mi hermana Natalia, corriendo por los pasillos mientras esperábamos a mi madre, que trabajaba allí como montadora. Muy buenos recuerdos después de mucho tiempo sin pasar por allí.

Ha sido una muy buena conversación, entretenida y divertida, en la que he disfrutado mucho con las preguntas.

También ha sido una ocasión estupenda para reencontrarme con Javier Capitán, aunque fuera en las ondas (pues él hablaba desde Valencia), con quien tuve el placer de trabajar hace muchos años en El Informal.

Puedes escuchar la entrevista completa en este vídeo:

 rne-entrevista

 

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El Gran Wyoming acerca de No tan elemental:

«Daniel Tubau, en esta muestra de sabiduría universal concentrada, nos enseña a descubrir los signos ocultos, esas señales que nos rodean y que pocos son capaces de ver. En estas páginas se encuentran las coordenadas para que el lector se convierta, no en un imitador, sino en un auténtico Sherlock Holmes, el maestro que nos graduó la mente para hacer visible lo invisible».


 

No tan elemental, de Daniel Tubau

Si ya estás leyendo No tan elemental, cómo ser Sherlock Holmes, haz clic en esta imagen.

 


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Sherlock Holmes y la intuición

Reproduzco a continuación algunos fragmentos de la estupenda entrevista que me hizo Rocío Linares para La Razón y que se publicó el 12 de febrero de 2015.

Ver lo que otros no ven, anticiparse, saber qué piensan los demás … Todo lo que hace a Sherlock Holmes parecer un ser de otro mundo se puede aprender. El cómo lo propone Daniel Tubau en su libro «No tan elemental» (Ariel), que descubre la forma de pensar del célebre detective de Arthur Cenan Doyle. Su particular mirada sobre la realidad, explica Tubau, es lo que le fascinó, igual que a los millones de seguidores que tiene el detective en el mundo, que incluso obligaron a Doyle a resucitar al personaje tras escribir su caída mortal por las cataratas de Reichenbach. Tubau ha leído todos sus libros, visitó su casa en el 221 B de Baker Street en Londres y a los 16 años ya comenzó a anotar en una libreta qué podía aprender de Holmes. Ahora su libro, basado en un exhaustivo estudio de los relatos de Conan Doyle y los tratados de las diversas disciplinas que pone en práctica el detective, descifra las claves para pensar por delante de los demás.

– ¿Por qué es interesante que un libro explique cómo piensa Sherlock Holmes?
-Porque nos enseña que se puede pensar  mejor. Alejarnos de los planteamientos de Watson, que son los comunes, y aprender a ver el mundo con más claridad.

– ¿Cuál es la clave?
-Mirar con curiosidad y mirar atentamente. Es lo que caracteriza a Holmes y lo emparenta con los científicos y con la ciencia moderna, que precisamente recuperó la curiosidad, que durante la Edad Media estaba mal vista. Entonces se pensaba que no había que preguntar, sino que las cosas eran como eran, pero los científicos querían saber.

– ¿Por qué Holmes sigue fascinando y parece tan extraordinario?

-Es curioso, porque a nosotros nos parece inalcanzable, pero él siempre dice que su forma de pensar es «elemental» (no me refiero a la frase «elemental querido Watson» que eso apareció después, en las películas). Lo que intento mostrar en el libro es que sus deducciones, para nosotros asombrosas, se pueden aprender, con un trabajo previo y el uso de métodos adecuados.

-¿Qué es lo elemental para pensar a su modo?
– Lo primero, dejar atrás los prejuicios y no fiarnos de la intuición, que funciona en el 80% de los casos pero en las situaciones nuevas no. Ahí Sherlock nos sorprende, pero porque su intuición está entrenada.

-¿Y qué es la intuición?
-En gran parte es el depósito de conocimientos que hemos adquirido a lo largo de la vida y que nos ofrece respuestas ante una situación. Nuestro aprendizaje previo nos dicta cómo reaccionar. Vemos una sombra y nos cambiamos de acer porque nos sugiere peligro. Pero eseo se basa muchas veces en prejuicios, así que no tiene hgarantía. Es una respuesta automática, que puede funcionar o no.

-En su libro dice que el mundo está lleno de cosas obvias que hoy nadie observa”. ¿Es un error al que nos lleva la rutina de nuestros tiempos?
-Es un mal de todos los tiempos. Pero es que hoy además tenemos sobresaturación de información, que impide que nos sorprendamos y, además, nos obliga a tener que distinguir lo importante de lo accesorio, lo que es muy difícil.

Continuará

 


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Houdini y el otro mundo

La vida secreta de Sherlock Holmes /8

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En una ocasión el célebre mago y escapista Harry Houdini, que también era en su tiempo libre un perseguidor implacable de farsantes paranormales, realizó, durante una sesión privada con Ernst Bernard y Arthur Conan Doyle, una demostración impresionante de adivinación del pensamiento. Tras provocar el asombro de sus dos invitados, Houdini les dijo que se trataba de un simple truco y que no había nada paranormal en ello. Sin embargo, Doyle siguió insistiendo en que Houdini era un médium que tenía poderes paranormales… aunque ni él mismo lo supiera. Cuando Conan Doyle le dijo que si era un truco entonces se lo contara, Houdini se negó, pues el juramento de los magos en aquella época era mantener en secreto los trucos ante cualquiera que no fuera de al profesión:

«Una de las normas de la profesión de mago es no contar los trucos, y eso es válido tanto para los magos que suelen ser representados con un sombrero cónico, como el Merlín del rey Arturo o el Gandalf de El señor de los anillos, como para los que prefieren el sombrero de copaComo es obvio, la diferencia entre los dos tipos de magos es que los prestidigitadores reconocen que hacen trampa, aunque no revelen los trucos, mientras que los otros juran y perjuran que no hay truco alguno detrás de sus asombrosas demostraciones».

(No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes)

Hoy en día ese juramento se ha relajado un poco y muchos magos cuentan sus trucos e incluso existe una tendencia en la magia moderna que consiste en mostrar la explicación después del truco, para mostrar de este modo que es más asombroso descubrir cómo podemos ser engañados que el hecho mismo de ser engañados. Eso es, por otra parte, lo que hace el propio Sherlock Holmes, que siempre cuenta sus trucos, o su proceso de descubrimiento, a Watson, aunque a veces casi se arrepiente de hacerlo:

«Empiezo a pensar,Watson, que cometo un error al dar explicaciones. Omne ignotum pro magnifico [Todo lo desconocido parece magnífico], como usted sabe, y mi pobre reputación, en lo poco que vale, se vendrá abajo si sigo siendo tan ingenuo».[1]

¿Qué truco era aquel que Houdini no quiso contarle a Conan Doyle?

Continuará


[Esta entrada ha sido escrita a partir de fragmentos de No tan elemental: cómo ser Sherlock Holmes, que finalmente no incluí en el libro]


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  1. [1]Arthur Conan Doyle, «Las cinco semillas de naranja»

Sherlock Holmes, de entre los muertos

La vida secreta de Sherlock Holmes /12

Cuando los lectores se enteraron de la muerte de Holmes al caer junto a Moriarty por las cataratas de Reichenbach, tal como se contaba en El problema final , se negaron a aceptarlo. En la revista Strand, en la que se publicaban las aventuras de Holmes, llegaron miles de cartas de protesta, que también recibió el propio Conan Doyle. Algunos le suplicaban que devolviese la vida a su personaje, otros le reprochaban haberlo matado y no pocos lo insultaban. Más de un indignado lector lo llamó asesino.


Aunque Conan Doyle intentó resistir hasta el último momento, ocho años después tuvo que ceder y resucitó al detective en El sabueso de los Baskerville, una aventura que, según contaba Watson, había tenido lugar antes de la muerte de Holmes. Es decir, que a pesar de publicarse una nueva aventura de Sherlock Holmes, el detective seguía a muerto.

Sin embargo, tiempo después, en el relato «La casa vacía», Sherlock Holmes reaparecía de manera sorprendente y explicaba a un asombrado Watson, tras tres años de ausencia,  que tras caer por las cataratas de Reichenbach, había logrado salvarse gracias a sus conocimientos de un arte oriental llamado baritsu.

Durante los siguientes años, Conan Doyle continuó escribiendo las historias de su detective a regañadientes, asignándole cada vez más defectos. Una actitud que le valió el reproche del más prestigioso de los holmesianos, W.S.Baring Gould:

«De todos es sabido el escaso afecto que profesaba Sir Arthur Conan Doyle a su criatura, un sentimiento bastante desagradecido si consideramos que Sherlock Holmes le proporcionó fama, dinero y le salvó de verse obligado a ejercer la oftalmología[1]».

El noble arte del baritsu. En No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes, cuento la curiosa historia del baritsu o bartitsu, que no es invención ni de Conan Doyle ni de Holmes

 

Continuará


[Esta entrada ha sido escrita a partir de fragmentos de No tan elemental: cómo ser Sherlock Holmes, que no incluí en la versión definitiva del libro]


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carlos-garcc3ada-gualCarlos García Gual ha dicho de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes:
Es una mis mejores lecturas  de ensayos literarios en mucho tiempo, tanto por su originalidad como por su estilo. Y sobre un tema  para mí fascinante ya que me trae recuerdos de lecturas juveniles… Me tiene admirado su manejo de todos esos registros tan bien usados en esta trama tan erudita y esa disección tan inteligente, de fina “filología” (en el buen sentido de la palabra)… Creo que el resultado final es espléndido y muy divertido”.


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La vida secreta de Sherlock Holmes

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Entradas holmesianas no tan elementales

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Además…

Sobre el libro No tan elemental: cómo ser Sherlock Holmes


Cómo descifrar códigos y lenguajes

(con Sherlock Holmes)]


International: Not So Elementary

 


  1. [1] W.S.Baring Gould en Sherlock Holmes de Baker Street

Shakespeare entre showrunners

Aristóteles dijo que el arte debía imitar a la vida, pero en el siglo XIX Oscar Wilde llegó a la conclusión contraria: “Es la vida la que imita al arte… y en concreto a William Shakespeare”.

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Nucky Thompson en Boardwalk Empire (Terence Winten/Martin Scorssesse)

En opinión de Wilde, una opinión bastante plausible, toda la época romántica se debe a la imitación de una marioneta melancólica. La marioneta es Hamlet, por supuesto. Harold Bloom llevó la idea al extremo y tituló uno de sus ensayos Shakespeare o la invención de lo humano. La psicología moderna, es decir, todos nosotros, nos dicen Wilde y Bloom, somos una imitación de los personajes de Shakespeare, así que ya era hora de que también las series de televisión nos mostraran una buena galería de personajes shakesperianos: Al Swearengen en Deadwood, Tony Soprano en Los Soprano, Walter White en Breaking Bad, Frank Underwood en House of cards o Nucky Thompson en Boardwalk Empire.

Aunque no es imprescindible ser malvado para ser shakesperiano, todos los personajes que acabo de mencionar lo son, del mismo modo que lo son Macbeth, Shylock, Ricardo III e incluso Otelo y Hamlet. Son también personas temidas y respetadas en sus respectivos medios y a veces incluso ocupan la cúspide del poder, como Ricardo III, Macbeth, Frank Underwood, el presidente de los Estados Unidos, o Tony Soprano y Nucky Thompson, jefes de sus respectivas mafias. No tienen escrúpulos, están muy seguros de sí mismos, aunque tienen crisis que les llevan a ver puñales imaginarios, como Macbeth, o perseguir moscas de manera obsesiva, como Walter White; o desmayarse al ver una bandada de patos volando, como Tony Soprano. También son capaces de hacer cualquier cosa para conseguir sus objetivos, por supuesto, o de hablar con un cráneo, como Hamlet, aunque esté dentro de una caja, como hace Al Swearengen en Deadwood.

Por otra parte, en todas estas series, el personaje principal es el eje en torno al que gira todo, como explica David Simon, el creador de The Wire (que se confiesa griego en vez de shakesperiano):

“Los Soprano y Deadwood, dos series que por cierto admiro bastante, me recuerdan mucho a Macbeth, Ricardo III o Hamlet, en el sentido de que hacen un particular hincapié en la angustia y las maquinaciones de los personajes principales”.

Los paralelos entre los personajes de Shakespeare y los creados por los modernos showrunner o guionistas y creadores de las nuevas series de televisión son muchos, pero aquí quiero limitarme a una semejanza, la que existe entre Ricardo III y cualquiera de los personajes que he citado.

Tony Soprano en Los Soprano (David Chase)

Tony Soprano en Los Soprano (David Chase)

Cuando Ricardo, el contrahecho, el jorobado, “el enemigo de los espejos”, como él mismo se define, jura ante el cadáver de su hermano (al que él mismo ha asesinado) que se convertirá en rey de Inglaterra a pesar de que hay muchos antes que él en la línea de sucesión, el reto nos parece imposible. Sin embargo, escena tras escena, asistimos a su ascenso continuo, como lo hacemos al ver a Francis Underwood en la carrera hacia la presidencia o a Walter White, Tony Soprano y Al Swearengen en sus respectivos dominios criminales. Ese ascenso sólo puede sostenerse en el crimen, la brutalidad, el maquiavelismo permanente y el asesinato de todos sus rivales. Contemplamos cómo Ricardo se deshace de sus rivales uno tras otro, matando incluso a niños si es necesario. Finalmente alcanza el trono y proclama: “Caiga el telón y ruede la cabeza de Buckingham” y es entonces, como dice Harold Bloom, cuando, a causa de la simpatía que Shakespeare ha hecho que sintamos por Buckingham, despertamos de nuestro sueño criminal y nos damos cuenta de que hemos estado siguiendo la ascensión criminal de Ricardo con interés, incluso con agrado, deseando que lograra su objetivo. Ahora entendemos por fin que somos tan criminales como el propio Ricardo, al menos en espíritu: el telón cae también para nosotros. Del mismo modo, de tanto en tanto, también David Chase con Tony Soprano, David Milch con Al Swearengen o Vince Gilligan con Walter White nos muestran quiénes son esos personajes por los que hemos sentido tanta simpatía e incluso afinidad (omitiré las referencias exactas por aquello de no hacer spoilers). Es entonces, al menos por un momento, cuando despertamos de nuestro sueño empático y comprendemos que ese personaje por el que hemos sentido tanta empatía es un tipo repugnante, un asesino bestial, una muestra de lo peor que puede ser un ser humano.

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Al Swearengen en Deadwood

Walter White en Breaking Bad

Walter White en Breaking Bad

Y a pesar de ello, muchos espectadores, llevados por el poder de la ficción, no se dan cuenta o no quieren entender lo que les están mostrando. Vince Gilligan contaba que, a partir de la tercera temporada de Breaking Bad, él detestaba con toda su alma a Walter White y que incluso le costaba entender cómo había logrado que el público sintiera más simpatía hacia él que hacia su mujer, a la que algunos espectadores incluso llegaron a insultar en las redes sociales por interponerse en la carrera criminal de Walter White. Es el riesgo de imitar, y en ocasiones casi igualar, la grandeza y la complejidad de William Shakespeare.


WILLIAM SHAKESPEARE

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Defensa de Shakespeare y ataque

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El análisis retrospectivo
[SHERLOCK HOLMES-AJEDREZ]

Raymond Smullyan es un lógico estadounidense que ha escrito varios libros acerca de veraces y mendaces, vampiros, damas, tigres y aventuras de Alicia que Lewis Carroll sin duda habría amado. También es uno de los mayores expertos en ajedrez retrospectivo, al que ha dedicado al menos dos de sus libros.

Uno de ellos tiene como escenario el mundo fabuloso de las mil y una noches y de Harun al-Rashid (Ajedrez y misteriosos caballos de Arabia) , mientras que el otro es algo parecido a un relato apócrifo de Sherlock Holmes.
El análisis retrospectivo propone problemas de ajedrez dirigidos hacia el pasado en vez de hacia el futuro: se plantea determinada posición sobre el tablero y se tiene que averiguar cómo se llegó a ella, si algún peón ha sido promocionado, si es posible el enroque para las piezas negras, de qué color es una determinada pieza dudosa, etcétera.
Son como pequeños casos al estilo de Sherlock Holmes, que ilustran el famoso principio del detective de Conan Doyle: “Cuando se ha eliminado lo imposible, lo que queda, aunque improbable, debe ser la verdad”.
Dice Smullyan que un amigo de la escuela le incitó a crear su primer problema de ajedrez retrospectivo en el año 1925. Más tarde supo que un pequeño grupo de ajedrecistas ya había desarrollado el asunto “en Inglaterra y Europa”. Quien quiera saber la historia del ajedrez retrospectivo, o al menos en relación con Raymond Smullyan, puede leerla en Juegos de ajedrez y los misteriosos caballeros de Arabia. Ahora lo mejor será ver uno de estos problemas:

Suponga que le dijera que en el siguiente tablero
ningún peón llegó jamás a la octava casilla. ¿Me creería?

Quizá el problema más interesante es el que cierra la primera parte del libro: “Un problema sin resolver”. Es un problema cuya solución, como dice Holmes, se encuentra en “algún lugar en el límite entre el ajedrez, la lógica, la filosofía, la lingüística, la semántica y la ley”.

En primer lugar, Holmes explica a Watson la evolución de la regla de coronación de peones. La vieja regla decía que un peón que alcanza la octava casilla se convierte en cualquier pieza, con excepción de un peón o un rey. Lo que no especificaba la regla era que el peón debía promocionarse con una pieza de su mismo color.

Holmes explica a Watson que la regla hubo de ser modificada cuando en un torneo un jugador ganó a otro cambiando un peón blanco por un caballo negro. Imaginemos, dice Holmes, un problema planteado según la vieja regla, es decir, cuando un peón corona puede pedir la pieza que quiera y del color que prefiera.

He aquí el tablero:


El peón blanco corona en A8 y pide torre negra.

La pregunta es: ¿puede enrocar el rey negro?

Antes de continuar, Holmes recuerda la regla del enroque. El enroque está permitido siempre y cuando:

(1) Ni el rey ni la torre hayan movido

(2) el rey no esté en jaque

(3) el rey no pase por ninguna casilla en jaque.

Las condiciones (2) y (3) se cumplen claramente. El problema está en la condición (1). Se nos informa entonces de que el rey no se ha movido de su casilla en toda la partida. Así que el único problema está en la torre negra que pidió el peón blanco al coronar.

“Me atrevería a decir -asegura Holmes- que la torre coronada todavía no tuvo tiempo de mover, de ahí que el negro pueda enrocar”.

Watson responde:

“Yo me atrevería a asegurar lo contrario. Diría que la torre negra de dama fue sacada del tablero cuando fue comida, y devuelta al tablero cuando se la repuso por medio de la coronación. Así que diría que la torre sí movió”.

Pero, pregunta Holmes, ¿es en realidad la misma torre?

La pregunta queda en el aire y así acaba la primera parte.

En la segunda parte, durante un viaje en barco, Holmes y su compañero se encuentran con el lógico Fergusson, discípulo de Frege y tal vez alter ego de Smullyan. Fergusson dice:

“El problema va más allá de lo que parece a simple vista. El verdadero problema, tal como yo lo veo, es cómo definir exactamente la noción de pieza”.

Watson admite que él identifica la pieza con un objeto físico tangible: “¿que más podría ser una pieza de ajedrez si no es un objeto físico?”

Fergusson explica que Watson es nominalista; por el contrario, él y Holmes son platónicos.

Es decir, para Fergusson y para Holmes la “pieza” no es un objeto físico:

“El objeto físico que se maneja es sólo un símbolo de la pieza. La pieza en sí es una entidad matemática idealizada”.

Enseguida Fergusson plantea un problema al nominalista Watson: “Supongamos que durante una partida alguien quitara un peón blanco de su casilla y lo reemplazara por otro peón blanco del juego de ajedrez. ¿Usted diría que el peón movió?”
Watson admite que su respuesta sería “no”, pero se defiende diciendo que la torre negra del anterior problema ya ha sido comida y ha estado fuera del tablero por algún tiempo, para luego ser colocada nuevamente por medio de la coronación: “En esas circunstancias, la torre sí movió”. Pero entonces, Fergusson dice que podemos imaginar que el peón blanco del problema coronó comiendo a la torre negra pero que ni siquiera tocó la torre: simplemente se retiró el peón blanco del tablero.
Tras esto, Watson, Holmes y Fergusson dedican su atención a otros problemas de ajedrez retrospectivo.

Sin embargo, Fergusson tiene mucha razón cuando dice que el problema trasciende las propias reglas del ajedrez e invade los terrenos de la lógica, la filosofía, la lingüística y la semántica, pues, respecto a la última situación propuesta (que el peón haya coronado comiendo a la torre negra y pidiendo torre negra, sin necesidad siquiera de tocar la torre negra), se podría decir que tal acción es como la estructura superficial de un oración.
Del mismo modo que la expresión “!No!” en un contexto determinado es la estructura superficial de una oración cuya estructura profunda puede ser “No cojas ese cazo con las manos desnudas, pues está caliente”; del mismo modo, se podría decir que la acción de retirar el peón, dando a entender que se ha comido la torre y se ha pedido la torre es la estructura superficial del acto implícito que consiste en mover el peón en diagonal, retirar la torre, colocar el peón en a8, retirarlo del tablero, volver a coger la torre negra y colocarla de nuevo en a8. Recurriendo, pues, a la estructura profunda, quizá sea lícito decir que la torre negra sí ha movido.
Dicho de otra manera, cuando Fergusson pone el ejemplo de alguien que quita un peón del tablero y coloca otro igual en su lugar, habría que tener en cuenta que esa acción no puede considerarse parte integrante de la partida, matiz que creo importante.
Es decir: si transcribimos la partida para conservarla en los anales y poder reproducirla en el futuro, nunca pondremos que uno de los jugadores cambió uno de sus peones por otro.
Ahí, quizá se está tendiendo una pequeña trampa a Watson, al insinuar que se ha tratado de un acto perteneciente a la partida, cuando en realidad no se distingue de quitar una mota de polvo del tablero o centrar una pieza correctamente en su casilla.
Ahora bien, respecto al asunto del peón que corona en torre (y siguiendo la antigua regla de la promoción), ¿cómo se contaría eso en una transcripción de la partida?. Recordemos que se trata de anotar las jugadas para que cualquiera pueda reproducir lo que fue la partida. Pues bien, el hecho de que se hubiera retirado, tocado o no tocado la torre sería indiferente. Simplemente se escribiría: PxT,Tn.
¿Qué sacamos de todo esto? La verdad es que poca cosa. Posiblemente que el que se halla en una posición más débil es el nominalista Watson. Sin embargo, no parece tan claro que la posición de Holmes y Fergusson sea platónica o realista más que conceptualista, por ejemplo.
Pero, sea como sea, confieso que el asunto fundamental no acaba de quedar claro. Es decir: ¿Puede enrocar el rey negro?, ¿Ha movido la torre negra?. Mi opinión es que no puede enrocar, que la torre negra ha sido movida. Y un argumento en favor de esta idea sería que cuando un peón promociona no está pidiendo una torre de las que participan o han participado en la partida, sino una torre que se halla en una reserva exterior de piezas promocionables. ¿Por qué?
Porque si no fuese así, un peón no podría pedir una tercera torre cuando ya hubiera dos en el tablero, y tampoco una segunda reina. Y las reglas del ajedrez dicen que sí puede hacerlo.

 


[Publicado en 1994]

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Ciencia y religión

En las fronteras de la ciencia /2

El fracaso de la frenología nos enseña varias cosas.

En primer lugar, que la ciencia y los científicos se equivocan a menudo.

La verdad es que todo el mundo se equivoca alguna vez: los científicos, los religiosos, los políticos, las madres y los padres, los hijos, los médicos y los carpinteros, los conductores y los psicólogos, los malabaristas y los economistas.

Ahora bien, la diferencia entre una creencia y una hipótesis científica, lo que hace superior a la ciencia sobre las otras maneras de explicar el mundo, es que el método científico supone el reconocimiento e incluso la búsqueda de los errores.

Lo que hace que el pensamiento científico sea sin duda la mayor conquista intelectual en la historia de la humanidad no son sus éxitos, indudables e indiscutibles, como volar por el aire, comunicarse al instante de un lado a otro del planeta, enviar naves a la Luna o Marte, prolongar la vida humana de treinta a cien años, producir en los países más desarrollados alimentos para millones de personas empleando a sólo un 2% de la población en la agricultura… No, la gran virtud del pensamiento científico no son todos sus éxitos, sino el que sea capaz de aceptar sus errores.

En esto se diferencia el pensamiento científico, racional y razonable, de la creencia y la fe, porque una religión revelada no reconoce el error, ya que parte de la afirmación de que sus libros sagrados y sus dogmas han sido dictados por Dios mismo, por un Dios perfecto que nunca se equivoca. Nunca me canso de citar aquello que dijo el físico Richard Feynman: “La ciencia es la manera que hemos inventado para dejar dce engañarnos a nosotros mismos”. Supongo que la inversa es también cierta: “La religión es la manera que hemos inventado para seguir engañándonos pase lo que pase”.

El problema para los seguidores de la religión es que hay ciertos errores en los textos revelados tan indefendibles hoy en día,  tantos dictámenes morales tan absolutamente inmorales, que los creyentes han acabado por modificar sus creencias. Pero, en vez de reconocer abiertamente su error, como debe hacer cualquier científico o incluso cualquier persona razonable, lo que hacen es asegurar que el problema no está en las palabras reveladas por dios o los dioses y recogidas en la Biblia, el Corán o los Vedas, sino en nuestra interpretación de esas palabras: “Hay que leerlas de manera metafórica”, “Dios habla a cada profeta en el lenguaje de su época”, etcétera.

Es lo que se llama una explicación ad hoc, es decir forzada por las circunstancias, para poner un parche o ir tapando goteras en un razonamiento lleno de agujeros.

Continuará

 

 

 


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  CUADERNO DE CIENCIA

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