Hágase la ley y muera yo

Hace unos días volví a leer el Critón, ese diálogo triste y delicioso en el que Sócrates discute con su amigo Critón, cuando este le ofrece una manera de escapar de la prisión y salvar su vida. A pesar de que sabe que va a morir, condenado injustamente por los tribunales de Atenas, Sócrates se niega a escapar, porque cree que ante todo hay que cumplir la ley.

Critón cierra los ojos de Sócrates

Critón cierra los ojos de Sócrates

Es cierto que Sócrates dice que hay que obedecer a las leyes por encima de todo, aunque no opina que deba hacerse así porque las dicte el más fuerte (como dice Trasímaco en La República); ni siquiera porque siempre sean justas, sino más bien porque lo justo es obedecer las leyes, sean o no justas.

El señor de Shang

El señor de Shang

Es una concepción de la ley que me recuerda a los planteamientos del Señor de Shang (-390 a -338), que fue canciller del estado de Qin antes de que China se unificara; y también a las ideas del  posterior canciller de Qin, Li Si, y las de su condiscípulo Han Fei, que también fue sentenciado a muerte. Todos ellos defendían un absolutismo de la ley y de la llamada Razón de Estado, que condujo al señor de Shang a una muerte similar a la de Sócrates.

El señor de Shang aceptó huir cuando fue condenado, al contrario de lo que hizo Sócrates, quizá porque su condena no había sido dictada legalmente. Sin embargo, cuando quiso refugiarse en una posada de incógnito, el hospedero le dijo que la ley impedía acoger a personas que no se identificaran: era la ley que había establecido el propio señor de Shang. Poco tiempo después, el señor de Shang fue capturado, condenado a muerte y descuartizado. Su ley, aquella ley que él tanto amaba y que siempre aplicó con rigor, incluso a los poderosos, significó su propia muerte. Se dice que, a pesar del terrible desenlace y de ser condenado a ser descuartizado por cuatro caballos, que le arrancaron brazos y piernas, el Señor de Shang se sintió satisfecho porque, al fin y al cabo, su objetivo se había cumplido y por fin la Ley imperaba.

Este absolutismo de la ley lleva al exceso, a aquello de “Hágase la ley y muera el mundo” (Fiat iustitia, et pereat mundus), que es todavía peor en la infame formulación de Kant: “Reine la justicia, incluso si todos los sinvergüenzas deben perecer por ello”. Como es obvio, el filósofo alemán no consideraba que él mismo (como sí parece que hicieron el señor de Shang y Sócrates) estuviera incluido en la categoría de los ajusticiables, que quedaba reservada a los sinvergüenzas, sea eso lo que sea. Aunque quizá solo debemos tomar de forma metafórica ese “perecer”, y en tal caso, la formulación de Kant es perefectamente asumible.

En cualquier caso, hay que recordar que tras ese absurdo de una Ley por encima de todo y sorda a cualquier reclamo, el señor de Shang, Sócrates e incluso el propio Maquiavelo, también se oponían a algo casi siempre peor: el capricho ciego de los soberanos absolutos, de los tiranos y de los “fuertes” de Trasímaco.


Acerca de Trasímaco y la ley de los fuertes, escribí en 1987: Sócrates y la ley.

********

Entradas de filosofía en Toda la filosofía

Platón y Sócrates

Sócrates y la ley

Leer Más
Platón contra todos

Leer Más
1.4 Refutación de la idea platónica de “Bien”

Leer Más
Platón (-427/-347)

Leer Más
Platón: el mito de la caverna

Leer Más
Los filoetimólogos

Leer Más
Lo innecesario, Sócrates y Steve McQueen

Leer Más
Quién toca esta web me toca a mí

Etimología platónica de Il Saggiatore


Leer Más
Hágase la ley y muera yo

Leer Más

Share

Lo innecesario, Sócrates y Steve McQueen

En Actuación y sobreactuación y Mad Men me referí a aquello que Stendahl llamaba la “ilusión perfecta”, esos raros momentos en los que, al ver una obra de teatro, leer una novela o ver una película sentimos por un momento que lo que allí sucede es real, más real de lo que suele ser la ficción. A menudo esa sensación nos asalta cuando vemos algo superfluo, innecesario, un detalle que no era imprescindible para contar la historia, una acción que un guionista experimentado ni siquiera escribiría porque no cumple una función clara en la trama. Es precisamente esa percepción de lo innecesario lo que nos hace salir de la falsedad mecánica que toda ficción se ve casi siempre obligada a poner en marcha.

A mí me gusta recordar una escena de este tipo que se puede ver en Bullit. Es un momento en el que Steve McQueen, que interpreta al detective Bullit, está en su casa, en mangas de camisa, pero con la pistola en la sobaquera, y se está haciendo un huevo frito. La escena no sirve para nada, no sucede nada espectacular, como la célebre persecución de coches que todo el mundo recuerda de la película, pero por un momento te parece que Bullit existe, que no es un personaje, sino una persona.

Al revisar la película, no he encontrado esa escena, así que supongo que mi memoria la ha fabricado mezclando otras películas, o tal vez tiene lugar en El caso de Thomas Crown o en La huída, o tal vez no es una escena de McQueen, sino de otro actor. Sin embargo, en Bullit he encontrado otra escena que refleja a la perfección lo que estoy comentando:

Esta larga secuencia de Bullit conduciendo por la ciudad, aparcando su coche, robando un periódico en un dispensador automático, entrando en uan tienda, comprando un montón de paquetes de congelados, aparcando junto a su casa, entrando en la casa y metiendo los congelados en la nevera… ¿para qué sirve? En principio para nada importante. Sería rechazada en casi todas las películas de Hollywood actuales y en todas las series convencionales, porque, ¿dónde está el arco de la escena?, ¿dónde está el conflicto o problema del inicio, dónde el tira y afloja y dónde el nuevo conflicto planteado al final de la escena? No existen. La escena no es completamente inútil en la trama, es cierto. Podemos pensar que la intención del guionista y el director es mostrar un cambio en Bullit: en al escena anterior acaba de quebrantar la ley al ocultar una muerte, con la esperanza de descubrir al asesino, así que esta escena nos muestra al Bullit fuera de la ley, reforzándolo con un acto trivial pero simbólico como es robar un periódico. Sí, puede ser, pero ¿era necesaria esta escena? Ya he dicho que desde el punto de vista de la narración convencional no lo sería, pero esta escena nos revela a un Bullit que por un momento parece dejar de ser un personaje en una trama, un actor repitiendo frases que nos conducirán siempre a una nueva sorpresa o intriga. Por una vez nos parece ver a una persona.

Un ejemplo similar lo encontramos en el Critias de Platón. El diálogo, que está contado en primera persona por el propio Sócrates, comienza poco después de la batalla de Potidea, de la que regresa el filósofo, encontrándose de nuevo con sus viejos amigos. Uno de ellos es Critias, al que Sócrates pregunta qué cosas interesantes han sucedido en su ausencia:

“Cuando ya teníamos bastante de todo esto, le pregunté yo, a mi vez, por las cosas de aquí: qué tal le iba ahora a la filosofía, cómo andaba la juventud y si se distinguía alguno por su saber o su hermosura, o por ambas cosas.”

Es entonces, casi como en respuesta a la pregunta de Sócrates que se forma un gran revuelo porque se acerca el joven más hermoso de Atenas, rodeado de su nube de admiradores. Es Cármides, ante cuya visión Sócrates cuenta a su interlocutor (que no sabemos si es Platón o tal vez nosotros mismos, sus lectores):

“Por lo que a mí hace, amigo mío, soy mal punto de comparación en relación con bellos adolescentes, porque casi todos, en esta edad, me parecen hermosos. Ahora bien, realmente, éste me pareció maravilloso, por su estatura y su prestancia. Y tuve la impresión de que todos los otros estaban enamorados de él. Tan atónitos y confusos se hallaban cuando entró. Otros muchos admiradores le seguían. Estos sentimientos, entre hombres maduros como nosotros, eran menos extraños, y, sin embargo, entre los jóvenes me di cuenta de que ninguno de ellos, por muy pequeño que fuera, miraba a otra parte que a él, y como si fuera la imagen de un dios.”

Sócrates pregunta entonces a Critias si Cármides es listo además de hermoso, a lo que Critias responde que es kalòs kaì agathós, bello y sabio, hermoso por dentro y por fuera. Sócrates propone entonces en un juego de doble lenguaje.

“—¿Por qué, pues, no le desnudamos, de algún modo, por dentro y lo examinamos antes que a su figura? Porque, a su edad, seguro que le gustará dialogar.
—¡Claro que sí! —dijo Critias—, ya que es algo así como filósofo, y además, según opinión de otros y suya propia, sabe de poesía.”

Llaman al muchacho con una excusa improvisada sobre la marcha y Cármides se acerca. Es entonces cuando viene uno de esos momentos de ilusión perfecta, ese detalle innecesario que nos transmite inmediatez y realidad:

“Cármides se aproximó y fue motivo de regocijo, pues cada uno de nosotros, de los que estábamos sentados, cediendo el sitio, empujaba presuroso al vecino, para que él, Cármides, se sentase a su vera. Y al final, de los que estaban en los extremos, el uno tuvo que levantarse y al otro le hicimos caer de costado.”

Es casi una escena de cine mudo, de aquellas en las que uno se levanta de un tablón y hace caerse al suelo al que estaba en el otro lado, pero la ilusión continúa cuando Sócrates tiene al bello muchacho a su lado:

“Entretanto, él se vino a sentar entre Critias y yo. Entonces ocurrió, querido amigo, que me encontré como sin salida, tambaleándose mi antiguo aplomo; ese aplomo que, en otra ocasión, me habría llevado a hacerle hablar fácilmente. Pero después de que -habiendo dicho Critias que yo entendía de remedios- me miró con ojos que no sé qué querían decir y se lanzaba ya a preguntarme, y todos los que estaban en la palestra nos cerraban en círculo, entonces, noble amigo, intuí lo que había dentro del manto y me sentí arder y estaba como fuera de mí, y pensé que Fidias sabía mucho en cosas de amor, cuando, refiriéndose a un joven hermoso, aconseja a otro que «si un cervatillo llega frente a un león, ha de cuidar de no ser hecho pedazos». Como si fuera yo mismo el que estuvo en las garras de esa fiera, cuando me preguntó si sabía el remedio para la cabeza, a duras penas le pude responder que lo sabía.”

Así, con todos estos encantadores detalles mundanos comienza el diálogo acerca de qué es la sensatez o la sabiduría. Es difícil encontrar mejores ejemplos de lo que es o debería ser la filosofía: una búsqueda excitante, divertida, ingeniosa, sensual, tenaz y juguetona, que trascurre en paralelo a la vida misma. Y también es, sin duda, una muestra de esa ilusión perfecta de la que hablaba Stendhal.

 

 


 [Este texto fue publicado en la página Divertinajes, dentro de la serie titulada La ilusión imperfecta. Aquí he añadido algunos cambios]


 

El guión del siglo 21, el futuro de la narrativa en el mundo audiovisual

Alba editorial

407 páginas.

Amazon/Casa del Libro

Las parado­jas del guion­ista
Reglas y excep­ciones en la prác­tica del guión
390 pági­nas
Casa del Libro

Página de Las paradojas del guionista

 

LA ILUSIÓN IMPERFECTA

dragon-mecanico2

El arte y la visión mística

Leer Más
El héroe en el estiercol

Leer Más
Lo innecesario, Sócrates y Steve McQueen

Leer Más
David Chase contra la televisión convencional

Leer Más
Jerome Perceval, el crítico perfecto

Leer Más
El montaje transparente de Georges Simenon

Leer Más
El rey Lear en tres dimensiones

Leer Más
La lógica demente en El jovencito Frankenstein

Leer Más

 

Share

Rabelais, precursor de la Ilustración

Gargantúa y Pantagruel es una inagotable enciclopedia de los placeres. De todos los placeres, los de la comida, el sexo, la diversión y la juerga, pero también de los del intelecto y el aprendizaje.

No creo que hayan existido muchas personas más inteligentes que Rabelais a lo largo de la historia, aunque para muchos es sólo un escritor vulgar, procaz y mal hablado y su libro una colección de groserías nunca igualada. Al contrario que sus críticos e incluso que muchos de quienes lo elogian, creo que es cierto lo que Rabelais dice en el prólogo, que su libro es un tesoro escondido, como lo era Sócrates, quien tras su apariencia vulgar escondía al mayor sabio de Atenas:

“Sócrates, príncipe, sin discusión de los filósofos, entre otras cosas, dice que él se parecía a las «silenas». Las silenas eran en la antigüedad unas cajitas como las que al presente vemos en los establecimientos de los farmacéuticos, decoradas por fuera con figuras frívolas y alegres, tales como arpías, sátiros, ocas embridadas, liebres con cuernos, perros enjaezados, machos cabríos alados, cerdos coronados de rosas y otras pinturas de este género, contrahechas a placer para excitar la risa; de esta manera fue Sileno el maestro del buen Baco. Pero dentro de dichas cajas se guardaban las drogas más finas, tales como bálsamo, ámbar, almizcle, incienso, pedrerías finas y otras cosas preciosas. Así —decía—era Sócrates, porque viéndole y estimándole sólo por su exterior apariencia, no hubieseis dado por él una piel de cebolla; escuálido de cuerpo y ridículo de presencia, la nariz puntiaguda, la mirada de otro, la cara de loco, sencillo en sus costumbres, rústico en sus vestiduras, pobre de fortuna, desdichado con las mujeres, inepto para todos los oficios de la república, siempre riendo, siempre bebiendo en compañía de cualquiera, siempre burlándose y disimulando su divino saber. Pero al abrir esta caja, hubieseis encontrado dentro una celeste e inapreciable droga: entendimiento más que humano, virtudes maravillosas, valor invencible, sobriedad sin ejemplo, equilibrio, seguridad perfecta, desprecio increíble hacia todo aquello por lo que los humanos tan valerosamente vigilan, corren, trabajan, navegan y batallan.”

Del mismo modo, dice Rabelais, el lector no debe dejarse engañar por la vulgarísima apariencia de su Gargantúa:

“He aquí por qué es preciso abrir el libro y valorar cuidadosamente lo que contiene. Entonces comprenderéis que la droga guardada en su interior es muy diferente de lo que prometía la caja, es decir, que las materias tratadas no son locuras como anunciaba el título.”

El lector inteligente encontrará en los libros de Rabelais delicias sin límite, relacionadas con todo tipo de asuntos, desde la filosofía a la economía, la política, la religión, la imprenta, la difusión de la cultura y mil cosas más, y también, por supuesto los placeres de su lenguaje, más que desvergonzado soez, de la amistad y el vino, de la fiesta y la diversión sin límites, de todo aquello que, como mostró Bajtín en La cultura popular en la Edad Media, el magnífico libro que dedicó a Rabelais, se relaciona con el carnaval, la falta de límites y la inversión de los valores. Todo ello está en Rabelais y lo bueno es que además está mezclado, porque, como en Shakespeare, lo sublime y lo vulgar conviven y eso hace que lo sublime deje de ser ridículamente sublime y lo vulgar ásperamente vulgar. A mí, que no soy nada aficionado al género escatológico , me gustan muchísimo las groserías de Rabelais y sus disparatadas disquisiciones teológicas. Aquí, teniendo en cuenta que el propio Rabelais era monje franciscano, parece especialmente acertada la dualidad de sentido de la palabra escatología:

  • La parte de la fisiología que se refiere al estudio de los excrementos (del griego skatós, ‘excremento’)
  • Las creencias religiosas referentes a la vida después de la muerte y acerca del final del hombre y del universo (del griego ésjatos, ‘último’).

La última vez que leí, o más bien escuché, Gargantúa, me llamaron la atención varios pasajes de los capítulos dedicados a la educación de Gargantúa por el maestro Ponocrates. Son páginas llenas de ideas acerca de la educación que deberían leer los educadores y los aprendices y que se adelantan en muchos siglos a teorías que hoy aceptamos pero que todavía no se aplican más que raramente. Un ejemplo es cómo aprender aritmética no mediante una sucesión de formulas sino empleando los naipes:

“Luego traían las cartas, no para jugar, sino para aprender mil gentilezas y nuevas invenciones, que tenían todas por base la aritmética. Por este procedimiento le nació la afición a aquella ciencia numeral y todos los días, después de comer y de cenar, pasaba un rato agradable con los dados y la baraja, llegando a adquirir tal dominio de la teoría y de la práctica, que Tunstal, el inglés que de esto tan ampliamente había escrito, confesó que se sentía un niño de pecho comparado con él en estas cosas.”

Resulta difícil imaginar días de más placer que los que pasan el joven Gargantúa y su maestro tal como nos los describe Rabelais. Pero el pasaje que me llamó la atención es uno en el que se anticipa a Diderot, D’Alembert y los Ilustrados que crearon la Enciclopedia.

Dibujo de Rabelais o de Desprez (1537)

 

Otro increible dibujo de Rabelais o de Desprez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Como es sabido, una de las cosas que hicieron los Ilustrados fue bajar a los talleres, visitar a los ceramistas, a los molineros y a todos los que fabricaban cosas, y allí aprender cómo funcionaban las diversas máquinas y cuáles eran los métodos que empleaban. Esto, que puede parecernos ahora de sentido común, no lo era ni siquiera en 1700, donde persistía un fuerte desprecio hacia las labores manuales, hacia todo lo material y terrenal, y en las universidades, a pesar de la positiva influencia de Descartes en muchos aspectos, todavía se hablaba durante horas de abstracciones diversas relacionadas con Dios, las almas o los espíritus o se discutía acerca de fórmulas nacidas de la mente sin apoyo en lo empírico o en la observación. La propia filosofía cartesiana se había convertido en una construcción teórica no muy diferente del aristotelismo escolástico que Descartes había intentado echar abajo. Paolo Rossi habla de todo esto en un libro extraordinario, Los filósofos y las máquinas, en el que se puede observar cómo durante siglos los filósofos despreciaban las máquinas, las artes mecánicas y cualquier cosa que tuviera que ver con el esfuerzo manual o la observación de cómo funciona realmente la realidad.

Pues bien, en 1534, Rabelais cuenta que Gargantúa hacia todo tipo de ejercicios y prácticas en todas las artes, incluyendo la visita a los talleres, fundiciones y fabricantes de todo tipo de cosas:

“Otras veces iban a ver cómo fundían los metales o cómo se forjaba la artillería, o a ver trabajar a los lapidarios, a los orfebres, a los pulimentadores de pedrería, a los alquimistas, a los monederos, a los tejedores de seda y terciopelo, a los vidrieros, a los impresores, a los organistas, a los tintoreros y a otras clases de artesanos; obsequiaban a todos con vino y aprendían y consideraban las industrias, los oficios y las invenciones. (…) En lugar de herborizar visitaban las tiendas de los drogueros, herboristas y boticarios y examinaban cuidadosamente los frutos, las raíces, las hojas, las gomas, las semillas y las esencias volátiles, y a la vez aprendían cómo las mixtificaban. Iban a ver a los tamborileros, los escamoteadores y los juglares, y estudiaban sus gestos, sus ardides, sus destrezas y su facilidad de palabra”.

Otro monstruo de Rabelais o de Desprez

 

Además de en estos capítulos, en los que destaca la parte práctica pero no falta el estudio y la teoría, Gargantúa aprenderá mucho, como se ve en el Cuarto Libro y en el Quinto Libro gracias a los viajes, lo que Montaigne, otro hombre de inteligencia y buen sentido desmesurados, llamaría la pedagogía del roce.

Share

Sócrates y la ley

Trasímaco

Trasímaco

Cuando leí las palabras que Trasímaco dice en La República acerca de que  “en todas partes lo justo es lo que aprovecha al más fuerte”, confieso que las entendí como una denuncia y, por tanto, estuve más o menos de acuerdo con esa crítica. Pero resulta, según parece, que no son una denuncia, sino la definición de la justicia ideal. En eso, por supuesto, no puedo estar de acuerdo.

En efecto, Sócrates en el Critón, como era común en su época, parece no distinguir legalidad de justicia, apoyando aquella idea expuesta por Trasímaco: hay que obedecer las leyes de un Estado sea cual sea nuestra opinión sobre ellas, puesto que las leyes de un Estado siempre son justas.

Me niego a opinar tal cosa, y distingo legalidad de justicia, y pienso que las leyes se hacen para los ciudadanos, y no al contrario. Como ya he escrito sobre esto anteriormente, no me extenderé. Sólo señalaré que en cierto modo las ideas platónico-socráticas sobre este tema parecen coincidir con las del relativismo cultural extremo.

*********

[Escrito en 1987]

He comentado este texto en 2014: Hágase la ley y muera yo

Por cierto, a veces cuesta creer que Trasímaco no hablase de manera irónica, si recordamos frases suyas como: «La traición nunca prospera. ¿Por qué? Porque si prospera ya nadie la llamará traición».

En cuanto a la comparación entre el absolutismo de la ley y el relativismo, simplemente hay que sustituir ley por tradición: basta con que exista una tradición, sea la que sea, para que algo deba permitirse o aprobarse.

****************

Entradas de filosofía en Toda la filosofía

Platón y Sócrates

Hágase la ley y muera yo

Leer Más
Quién toca esta web me toca a mí

Etimología platónica de Il Saggiatore


Leer Más
Lo innecesario, Sócrates y Steve McQueen

Leer Más
Los filoetimólogos

Leer Más
Platón: el mito de la caverna

Leer Más
Platón (-427/-347)

Leer Más
1.4 Refutación de la idea platónica de “Bien”

Leer Más
Platón contra todos

Leer Más
Sócrates y la ley

Leer Más

Share