Los libros improbables de la biblioteca imposible

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En varios artículos de esta Biblioteca Imposible, nueva versión de la Biblioteca ideal que alojé en el sitio web Divertinajes, me referí a las múltiples lecturas que puede tener un libro. Es un asunto bastante obvio, en el que no sería necesario insistir, si no fuera porque casi siempre lo olvidan quienes se dedican a descifrar los libros, las películas y cualquier manifestación artística y aseguran, satisfechos, que han encontrado “su significado”.

Frente a la obsesión por el significado, que tiñe o contamina casi toda la crítica moderna, intenté en aquellos artículos llamar la atención no hacia el significado, sino hacia los significados, los múltiples significados que pueden encontrarse en cualquier obra que merezca la pena.

Macpherson, por G. Romney

En Los libros que escriben los lectores me detuve en la constatación sin duda trivial de que un mismo libro es diferente cada vez que lo leemos, no porque el libro cambie, sino porque cambiamos nosotros: cambia el río de Heráclito y cambiamos nosotros cuando nos bañamos de nuevo en ese río.

En Instantes de Jorge Luis Borges y en Ossian de James MacPherson hablé de cómo nuestra opinión acerca de un libro se modifica si creemos que lo ha escrito o no un autor determinado.

El poema Instantes, atribuido a Borges, en efecto, parece perder todo su valor cuando nos dicen que no lo escribió Borges. Lo que antes alguien interpretó como sutileza escondida en frases aparentemente sencillas, se convierte ahora en ejemplo de simplismo poético. En cuanto a los poemas de Ossian, si creemos que los escribió un bardo escoces de la época medieval nos parecen comparables o superiores a Homero, como llegó afirmar el propio Goethe, pero si se descubre que esos versos fueron escritos por James McPherson, erudito del siglo XVIII, pasan a ser considerados como la obra prescindible de un imitador.

En otro artículo, El Mahabharata y otras obras del tiempo, dije que las maneras de leer, entender y disfrutar de un libro son completamente diferentes según la fecha en que fue escrito. No encontramos tan interesante el larguísimo Mahabharata si creemos que fue escrito en el año -1400 en vez de en el -280. La diferencia es que en un caso es un asombros precursor de la Ilíada, mientras que en el otro es una copia. En un caso lo ha inventado todo, en el otro casi nada.

Volví a tratar el tema de los cambios en la percepción de un libro que suelen estar ligados no solo la reinterpretación sino también a los prejuicios, en otros artículos, como Los libros que queremos leer y el Cardenio de Shakespeare, o en El Shakespeare cervantino, donde lo que está en juego es la atribución de un libro a Shakespeare, con todo el efecto transformador que eso puede tener en la lectura del modesto Cardenio, esa obra de teatro que protagoniza un personaje secundario de El Quijote.

Como quizá revela la enumeración anterior, me interesa mucho el tema de cómo una misma cosa, un mismo libro, puede ser al mismo tiempo muchos libros. El ejemplo máximo nos lo dio probablemente Borges, cuando en Pierre Menard, autor del Quijote, nos muestra cómo un mismo párrafo cambia completamente de sentido si lo ha escrito Cervantes en el siglo XVI o Pierre Menard en el XIX. También dediqué un artículo a esa estimulante ocurrencia de Borges: Pierre Menard, autor de Ficciones.


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Aquiles y Áyax se la juegan en Troya
Homéricas /008

Aquiles-y-Ayax-juegan

 

En Tersites y Palamedes y las leyes del azar hablé de la sorprendente ausencia del estudio de las leyes del azar en la Grecia clásica. Mencioné allí una pintura de Polignoto, que menciona Pausanias en su Descripción de Grecia, en la que se veía jugar a los dados a dos personajes de la guerra de Troya, Palamedes y Tersites. Aunque esa pintura se ha perdido, sí se conservan otros dibujos en ánforas y jarras griegas, en los que quienes juegan a los dados son los guerreros más poderosos de Troya, Aquiles y Áyax, como se puede ver en el ánfora que  encabeza este artículo y en las que se reproducen a continuación.

Aquiles y Ayax juegan a lso dados-Exekias

Aquiles y Áyax juegan a los dados y quizá a un juego de tablero

 

La más célebre de estas escenas se conserva en un ánfora pintada por Exekias, en la que se ve a Aquiles vestido con su armadura, mientras que Áyax tiene sus armas cerca. Los dos están enfrentándose en un juego que algunos expertos han comparado con el backgamon y otros con las damas o el ajedrez. En cualquier caso, se trata de un juego en el que se empleaban dados, como veremos más adelante.

Esta curiosa escena no ha podido ser explicada por los mitógrafos, porque Homero no la describe ni en la Ilíada ni en la Odisea. Se considera, por tanto, un motivo creado posteriormente, que pretendería mostrar tan solo una escena cotidiana de los guerreros en sus momentos de descanso. También se ha buscado un simbolismo en el hecho de que los dos luchadores encontrasen un destino fatal en las llanuras de Troya: el azar de los dados y el determinismo de su destino.

ANDOKIDES PAINTER, AJAX AND ACHILLES PLAYING A GAME (ATTIC BILINGUAL AMPHORA), FROM ORVIETO, C. 525 - 520 B.C. BLACK-FIGURE SIDE (LEFT) AND RED-FIGURE SIDE (RIGHT). APPROX. 1'9" HIGH. COURTESY, MUSEUM OF FINE ARTS, BOSTON.

Aquiles y Áyax juegan o se la juega (pintor de Andodikes)

Mi opinión es que la escena esconde otra interpretación. Creo que Aquiles y Áyax no están jugando por simple placer, sino que están apostando algo importante. Esta posibilidad parece reforzarse si observamos otra de las representaciones, la que se atribuye al pintor de Efiletos, en la que entre los dos contendientes aparece la diosa Atenea, lo que parece significar que la diosa está ejerciendo de árbitro en una cuestión importante. ¿De qué asunto podría tratarse?

Me aventuro a pensar, pero no descarto otras interpretaciones, que lo que Áyax y Aquiles están decidiendo es quién se enfrentará al héroe troyano Héctor. Como es sabido, muchos guerreros griegos se disputaron el honor de luchar en combate mortal contra el mejor de los troyanos. Áyax pudo enfrentarse en dos ocasiones a Héctor, como se describe en la Ilíada, pero el combate quedó nulo. Tiempo después, Aquiles, furioso por la muerte de su amado Patroclo, regresó al combate y mató a Héctor. Ese es el tema principal de la Ilíada, la cólera de Aquiles.

Atenea entre Aquiles y Áyax, por el pintor de Efiletos

ANDOKIDES PAINTER, AJAX AND ACHILLES PLAYING A GAME (ATTIC BILINGUAL AMPHORA), FROM ORVIETO, C. 525 - 520 B.C. BLACK-FIGURE SIDE (LEFT) AND RED-FIGURE SIDE (RIGHT). APPROX. 1'9" HIGH. COURTESY, MUSEUM OF FINE ARTS, BOSTON.

Aquiles y Ayax por el pintor de Andodikes

 

La escena representada en el vaso podría referirse al sorteo por el primer combate contra Héctor, aunque un detalle de la pintura de Exekias parece contradecirlo, pues es Aquiles el que parece ganar la partida, ya que si miramos con atención el dibujo veremos que, como en los cómics modernos, los dos personajes dicen la tirada de sus dados: Aquiles dice: “Tessara” (cuatro), mientras que Áyax responde: “Tria” (“tres”). Eso parece indicar que es Aquiles quien ha ganado el juego de dados.

A no ser, claro, que se tratara de un juego de tablero en el que no se gana sacando la cifra más alta en una tirada, sino que un número u otro pueda servir para llegar a alguna casilla; o bien, pudiera ser que la suma de los dos números haga ganador a uno o otro jugador.

Ahora bien, al examinar los motivos, símbolos y representaciones relacionados con los poemas homéricos, tenemos que tener en cuenta una casi insuperable dificultad. Las pinturas que aquí estoy examinando, suelen estar fechadas hacia el año -550 o -400, mientras que los poemas homéricos se supone que fueron compuestos hacia el -800 o el -700. Lo que hace las cosas todavía más difíciles es que los acontecimientos que se narran en los poemas homéricos pudieron tener lugar en el año -1200 o incluso en el -1400. En consecuencia, estamos hablando de distancias temporales enormes entre los acontecimientos, los textos homéricos y las representaciones en jarras y ánforas, por lo que ante cualquier dificultad nos podemos preguntar: ¿qué griegos jugaban a los dados?, ¿los que participaron en la guerra de Troya?, ¿los que aparecen en los poemas trasmitidos por Homero y otros cantores (por ejemplo los del ciclo de poemas conocidos como las Ciprias y hoy perdidos)? ¿los de la época clásica que pintaron esas imágenes? Quizá los griegos que participaron en la guerra de Troya no conocían el juego de los dados y ese es un motivo creado por los griegos de -550. Además, quizá los griegos que participaron en la guerra de Troya… no eran griegos (o al menos no eran los griegos que cantaron los poemas de Homero o pintaron las jarras que se conservan). Tal vez los griegos llegaron a Grecia después de la guerra de Troya, tal vez los dados llegaron a Grecia en época clásica y no fueron conocidos durante la época de la guerra de Troya, quizá Homero tampoco conocía el juego de los dados. ¿Quién sabe? Hay muchas preguntas que responder.

Aquiles y Ayax juegan a los dados-Exekias-detalle

Aquí se puede apreciar que de la boca de Aquiles (Akyleos) sale la palabra “Tessada” (cuatro) y de la de Áyax (Ayantos) “Tri” o “Tria” (tres)

En cualquier caso, sí parece obvio que si se el hecho de que se representara a los dos grandes héroes jugando a los dados es porque había algún relato que hablaba de esa partida de dados, tal vez en alguna de las versiones de la Ilíada (cada ciudad griega tenía su propia versión de la Ilíada), o tal vez se contara en algún otro texto. Pero debió existir alguna anécdota relacionada con esa partida entre Áyax y Aquiles.
Aquiles y Ayax juegan a los dadosAhora bien, mi hipótesis es que el juego de dados tuvo un papel más importante en la guerra de Troya del que hoy conocemos, a pesar de que Homero no consideró necesario hablar de ello. Su presencia constante en ánforas y vasijas parece indicar un acontecimiento significativo, como ya he dicho, pero, además, existe un interesante indicio que podría ser muy revelador y que no ha sido mencionado por ningún estudioso (al menos que yo sepa). Ese indicio no se encuentra en Grecia ni en las llanuras de Troya, sino en la lejana India.

Por ahora sólo me gustaría señalar que en otras representaciones de esta escena parece adivinarse que, aunque se emplean dados, también parece haber piezas sobre un tablero, casi como si los héroes estuvieran jugando al juego de la conquista de Troya, del mismo modo que los japoneses usaron el juego del go para planear sus estrategias en la Segunda Guerra Mundial. Ese sería un bonito ejemplo de metalenguaje, de juego dentro del juego.

atenea entre jugadores

Sería casi una broma irónica ver cómo los héroes jugaban con sus piezas sobre el tablero, del mismo modo que los dioses juegan con los guerreros griegos y troyanos en las llanuras de Troya, incitándolos a un combate mortal para divertirse en sus mansiones del Olimpo.


 [Este texto fue publicado en la página Divertinajes el 19 de septiembre de 2013. Revisado en 2015]

Las 900 tesis homéricas es una investigación en la red. Todos los textos son provisionales y están en permanente revisión, por lo que no conviene tomárselos muy en serio. Como su nombre indica, la investigación está dedicada a Homero y a las obras que se le atribuyen, y en especial la Ilíada y la Odisea.

 

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Tersites y Palamedes, las leyes del azar
|| Homéricas /007

Los griegos se han ganado con toda justicia la fama de haber inventado artes, ciencias y conceptos que hoy en día todavía empleamos. Aunque muchos de sus conocimientos los tomaron de civilizaciones más antiguas o coetáneas, como la egipcia, las mesopotámicas y la persa, es cierto que, al menos hasta donde nos indican nuestros conocimientos actuales, fueron capaces de generalizar leyes y deducciones a partir de la acumulación de conocimientos, de una manera que pocas civilizaciones han logrado.

Los otros ‘milagros griegos’ de la historia humana, es decir una explosión de creatividad comparable, debemos buscarlos en China e India, o en el Islam y el cristianismo medieval, aunque los dos últimos construyeron en gran parte su saber a partir del de los griegos y latinos (en el caso del Islam, también copiando a persas e indios). Hay que esperar a la civilización moderna europea, hacia 1600, para encontrar una explosión de creatividad e inventiva comparable a la que se produjo en Grecia varios siglos antes de nuestra era.

Ahora bien, los griegos dejaron algunos terrenos sin explorar, o quizá suceda que no se han conservado sus investigaciones en ciertos asuntos, porque hay que tener en cuenta que, siendo optimistas en el cálculo, tan sólo conservamos un 10% de la cultura griega.

Dados romanos

Uno de los asuntos fundamentales que se les escapó a los griegos es el de la probabilidad y el estudio de las leyes del azar. Parece asombroso que no se conserve nada relevante relacionado con el cálculo probabilístico o la estadística en los filósofos y científicos griegos. Pero hay que tener en cuenta que no fueron los únicos que apenas prestaron atención a tales aspectos, porque hay que esperar hasta el siglo IX para encontrar los primeros estudios serios acerca de la estadística y las leyes del azar, empleadas en este caso para el desciframiento de mensajes, por parte de Al Kindi. No es hasta 1560 que se publica el primer estudio sobre la probabilidad relacionado con el juego de dados, por ese personaje fascinante que fue Gerolamo Cardano.

Sin embargo, los griegos eran muy aficionados al que es por definición el gran juego de azar, los dados. Se conservan muchas pinturas en las que los guerreros de Troya compiten a los dados, en especial Aquiles y Ájax el grande, es decir Áyax de Telamón, a pesar de que, al menos que yo recuerde, no hay ningún episodio de la Ilíada que hable de esta afición (espero referirme en próximos artículos de esta curiosa ausencia). Sin embargo, en su Viaje a Grecia, Pausanias describe una pintura de Polignoto, aquel pintor que se decía que era capaz de hacer copias perfectas de la realidad, en la que quienes juegan a los dados son Tersites y Palamedes. No es sin duda casual que se asocie a estos dos personajes con los dados. Las razones exactas quizá se nos escapan, pero podemos intuir algunas si estudiamos un poco mejor a los dos personajes.

Palamedes, según Canova

Por un lado, Tersites representa en la Ilíada al hombre común y vulgar, al plebeyo, al que no pertenece a la aristocracia, a los mejores o aristos.

Homero lo presenta como patizambo, cojo y con los hombros hundidos hacia el pecho. Es, además, el más feo de los griegos, vulgar, insolente y maleducado. Sin embargo, interviene en las reuniones de los generales aqueos, no se sabe muy bien en calidad de qué, pero es seguro que en ello se esconde un dato que podría ser interesantísimo si lo averiguáramos. ¿Tal vez era algo así como un representante de la tropa o de la plebe?, ¿quizá un bufón o un consejero sin rango?

Robert Graves considera que la exageración de los rasgos negativos de Tersites por parte de Homero es una argucia para poder deslizar sus críticas. En la Ilíada, en efecto, Tersites acusa al gran general Agamenón de codicioso y Ulises, para castigarlo, lo golpea sin piedad con su bastón. Shakespeare también lo hace aparecer en su Troilo y Crésida, y allí le hace calificar la mítica guerra de Troya como el absurdo conflicto provocado por “una puta y un cornudo”, refiriéndose a Helena y su marido Menelao. A menudo, cuando escuchamos a Tersites en la obra de Shakespeare, no podemos evitar pensar que es el más sensato de los que están allí.

tersites.aquiles

Aquiles a punto de matar a Tersites

El otro personaje que juega a los dados con Tersites en el cuadro de Polignoto también es muy interesante. Se trata de Palamedes. No es sorprendente su presencia, puesto que se le atribuye la invención misma de los dados, además de muchas otras cosas, algunas de ellas cercanas a la probabilidad y el pensamiento estadístico: la contabilidad, los pesos y medidas, los rangos militares, la moneda, bromas de todo tipo e incluso ciertos secretos relacionados con la fabricación de vino, y hasta once o dieciséis de las letras del alfabeto. Este hombre prodigioso fue el encargado de llevar a Ulises a la guerra de Troya, descubriendo que el ingenioso itacense se fingía loco para escapar al alistamiento, sembraba sus campos con sal y conducía salvajemente un carro, sin detenerse ante nada. Palamedes puso delante del carro a Telémaco, el hijo de Ulises, lo que hizo que el héroe se detuviera. En venganza por haber sido obligado a participar en la guerra, Ulises acabó acusando a Palamedes de traición, pues este gran inventor, al igual que Tersites, estaba en contra de la guerra, lo que hizo verosímil la farsa que se inventó Ulises: que el rey Príamo de Troya le había sobornado. El propio Ulises, con ayuda de Diómedes, mató a Palamedes a pedradas o ahogándolo.

Tersites, Ulises y Agamenón.

Palamedes obtuvo una venganza póstuma a través de su padre Nauplio, quien, furioso al no lograr la condena de los asesinos, viajó por toda Grecia convenciendo a las esposas de los héroes a tomar amantes, además de ocuparse él mismo de hundir parte de la flota aquea a su regreso de Troya, precipitándolos contra las rocas con falsas señales de faros en la costa.

Como suele suceder en la mitología griega, tras algunos mitos menores, como los de Tersites y Palamedes, es seguro que se esconden complejas historias.

Tal vez no sea casual que un inventor asesinado, hijo de un héroe o dios marino, esté relacionado con el desastroso regreso de los héroes griegos a su tierra. Yo creo ver en ello un eco de un hecho histórico, las invasiones de los misteriosos pueblos del mar, que acabaron con la cultura micénica, tal vez hacia el año -1200 o -1400. Pero también es probable que a esa destrucción contribuyera no ya la traición de esposas infieles, sino de ciudades enteras en las que se produjeron revoluciones aprovechando la ausencia de sus caudillos. Quizá debemos entender que la esposa de un general es una metáfora o un símbolo de la ciudad misma. Un detalle curioso parece avalar esta hipótesis y la causalidad de encontrar a Palamedes jugando a los dados con Tersites: el comentador homérico bizantino Eustacio, dice que los generales griegos se llevaron a Tersites a Troya precisamente para que en su ausencia no incitara a una revolución.

Si pensamos en la guerra de Troya como un acontecimiento histórico y en los personajes como un lejano eco de pueblos que participaron en esa guerra, podríamos pensar que Palamedes (y tal vez Tersites) pertenecían a un pueblo aliado con los griegos pero que entro en conflicto con ellos, quizá dudando de participar en la alianza o no suministrando grano o alimento. Podría ser un pueblo que tuviera como dios a Posidón, que será el dios que después castigará a los griegos, y en especial a Ulises, al regresar de Troya. El interés puede estar en Nauplio, el padre de Palamedes, hijo de Posidón y al que muchos tomaban en la antiguedad por egipcio. Pero esa es una investigación que todavía espera su momento.


 [Este texto fue publicado en la página Divertinajes el 12 de septiembre de 2013]

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El multiforme Ulises
Homéricas 006

ulises

En El tema de Ulises, un libro que sería injusto no considerar delicioso, W.B. Stanford  escribe:

“De los héroes homéricos, y, de hecho, de todos los héroes de la mitología griega y romana, Ulises fue de lejos el más complejo tanto por el carácter como por las hazañas… Su carácter era más variado y más ambiguo que el carácter de cualquier figura de la mitología griega o de la historia, al menos hasta Arquíloco”.

Ulises, en efecto, no es un héroe al que se pueda entender tan fácilmente como al iracundo y caprichoso Aquiles, al soberbio y maleducado Agamenón, al depresivo y fatuo Áyax, al vano y simplón Menelao o al valiente Diomedes. Aunque esos personajes no se deberían reducir a los epítetos que yo les he regalado de manera apresurada, no pueden tampoco compararse con la riqueza de matices que ofrece Odiseo, al que nos hemos acostumbrado a llamar Ulises, lo que es una muestra de su ya temprana universalidad, puesto que Ulises, en la mitología grecorromana no juega casi ningún papel, excepto cuando es mencionado en algunos episodios de la Eneída de Virgilio. Precisamente esas menciones latinas son las responsables de la mala fama de Odiseo en la posteridad, algo que Stanford analiza con verdadera precisión de cirujano en uno de los capítulos de su libro. Para los romanos, que presumían con cierta tosquedad de su rigor y seriedad, de su confiabilidad y sentido del deber, Ulises representaba a los griegos, mentirosos y astutos, en los que nunca se podía confiar.

“Ulises, desde su aparición en la Ilíada y la Odisea hasta su actualización en el Ulises de James Joyce y en Odisea de Kazantzakis ha hecho honor al homérico calificativo de varón de multiforme ingenio, polytropos, y ha sido considerado: un oportunista en el siglo –VI, un sofista o demagogo en el –V, un estoico en el siglo –IV; en la Edad Media se convertirá en un audaz varón, un empleado sagaz o un explorador precolombino; en el siglo XVI será un modelo para los ingleses protestantes, en los inicios del XVII un ejemplo de mala fe calvinista y luego un modelo para la Contrarreforma española; también en el siglo XVII fue visto como un príncipe o un político, en el siglo XVIII un filósofo o un Primer Hombre, en el siglo XIX un viajero byroniano o un esteta desilusionado, en el siglo XX un protofascista o un ciudadano humilde de una megalópolis moderna”.

Ulises y Polifemo, por Flaxman

Todos esos personajes, todos esos Ulises tan diversos, han convivido a través de los siglos en los versos de las dos obras homéricas, lo que no resulta extraño, pues el propio Homero parece dudar o no conocer del todo el verdadero carácter de su héroe, no sólo porque nos ofrece un retrato no del todo coincidente en la Ilíada y la Odisea, sino porque nos reserva también sorpresas inesperadas, como la matanza final de la Odisea o el momento en el que descubrimos, poco antes de aquella escena brutal, cuando su criada Euriclea le lava los pies y reconoce la cicatriz de su muslo, que el gran héroe es nieto de Autólicos. Ese dato, que quizá es clave para comprender la verdadera naturaleza de Ulises, lo esconde Homero cuidadosamente verso tras verso. De hecho, cuando Homero menciona en la Ilíada a Autólicos, en una escena protagonizada por Ulises, no llega a decir que ambos fueran parientes, lo que resulta bastante inexplicable. Es de suponer que a los primeros oyentes o lectores de la Odisea debía producirles un curioso efecto enterarse de repente de que Ulises era nieto de Autólicos. El lector se preguntará por qué es tan importante ese dato que Homero nos hurta hasta llegar al desenlace, pero esa es otra historia que quizá haya ocasión de contar en una futura homérica.

***********

 [El tema de Ulises, se publicó en 1954]


 [Este texto fue publicado en la página Divertinajes, dentro de la serie titulada La ilusión imperfecta, pero ahora he preferido clasificarlo en Homéricas]

Las 900 tesis homéricas es una investigación en la red. Todos los textos son provisionales y están en permanente revisión, por lo que no conviene tomárselos muy en serio. Como su nombre indica, la investigación está dedicada a Homero y a las obras que se le atribuyen, y en especial La Ilíada y La Odisea.

 

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El Madrid de las luces difusas de Manuel Valera y Valle Inclán
La cicatriz de Ulises /12

Hace casi un año, el 20 de diciembre de 2012 Manuel Valera y yo hicimos una doble presentación de libros en la Librería Lé. Manuel presentó Recuerdos de la era analógica y yo presenté La última maravilla de Alicia. Aunque escribí una presentación para su libro, una vez en la librería enseguida me desvié hacia asuntos no previstos, como debe suceder en una verdadera charla. Ahora he rescatado el texto preliminar y lo publico aquí, en La cicatriz de Ulises, porque tiene mucho que ver con los últimos episodios de este serial y con ese recorrer las ciudades como si fuesen novelas. He eliminado en esta versión las preguntas que tenía previstas ir haciéndole a Valera mientras avanzaba y también las partes que se desvían del tema. Como creo que conservo la grabación de aquella tarde, en algún momento la recuperaré y la iré subiendo, como es mi costumbre, en pequeños fragmentos. Aquí, pues, mantengo aquello que se relaciona bastante estrechamente con La cicatriz de Ulises, en espera de una futura revisión. Así que esto es casi una reseña de La última maravilla de Alicia y también es el capítulo 12 de La cicatriz de Ulises.

Valera-Tubau-Javi

Manuel Valera, Javier Baonza y Daniel Tubau (aunque en otra presentación)

 

Libreria Lé. 20 de diciembre de 2013

portada_alicia_evook-170x245Tengo que advertir que no voy a hacer aquí una reseña de La última maravilla de Alicia, por diversas razones. En primer lugar, porque es un arte que se me da muy mal. Hace tiempo escribí un cuento sobre un hombre que quería convertirse en el mejor crítico del mundo y, para lograrlo, pactaba con el diablo (“Jerome Perceval, el crítico voraz”). En cierto modo, yo me identificaba con ese hombre, pero no tuve la suerte o la desgracia de pactar con el diablo, así que me he quedado como lo que ya era entonces: un mal crítico. Para convertir mi carencia en virtud, rechazo el hacer reseñas con un gesto de dignidad ofendida y me limito a contar lo que los libros o las películas me sugieren, lo que me hacen descubrir, ciertos placeres que me proporcionan, ciertas ideas o estímulos que surgen durante su lectura, evitando los análisis coherentes y las conclusiones estupendas.

En este sentido, la lectura de La última maravilla de Alicia ha sido un estímulo constante, que me ha devuelto muchas cosas, que no estaban olvidadas, pero que sí permanecían en un segundo término. Intentaré traer aquí algunas de ellas.

En primer lugar, el libro de Valera me ha devuelto una ciudad entera: Madrid. Parece absurdo, ¿verdad? Madrid está aquí, a nuestro alrededor, o nosotros estamos en ella, y yo he vivido aquí durante las últimas décadas. Es cierto, pero el Madrid que he recuperado gracias a Valera es un Madrid literario que hacía mucho tiempo que no visitaba. Porque la novela transcurre en Madrid de principio a fin (aunque hay algunos jardines de cuento que quizá también están aquí al fin y al cabo). Es un Madrid de trenes y de metros, de bares, tabernas, calles y parques del Retiro que el protagonista, Isaías, recorre, casi siempre solo, a veces con un amigo y en ocasiones con Alicia (sí, la Alicia del país de las maravillas) o con el mismísimo Robert Louis Stevenson.

Las presencias anteriores nos revelan que la de Valera es la novela de un literato, o quizá deberíamos decir la novela de un lector. Porque, al igual que Borges, Valera parece sentirse tan o más orgulloso de lo que ha leído como de lo que ha escrito. Del mismo modo que en los cuentos y ensayos (y en los cuentoensayos) de Borges se mencionan una y otra vez libros y personajes, filósofos y teólogos, escritores y poetas, en este libro de Valera sucede lo mismo, pero no solo se mencionan de manera implícita o explícita todo tipo de autores, desde Stevenson a Cervantes, Dostoievsky, Proust o Valle Inclán, desde Quevedo y Baroja a Bukowski, Melville o Galdós, sino, que, como ya he dicho, alguno de ellos interviene en la acción, algo que Borges sólo se permitió en algún cuento, quizá en La memoria de Shakespeare y, por supuesto, en Borges y el otro, pero que sí han hecho otros autores; me viene ahora a la memoria Karel Capek y, por supuesto, el creador de este género, Luciano de Samosata, a no ser que ese título corresponda a Platón y ese delicioso Sócrates suyo que discute con todos los sofistas que pisaron Atenas y algunos que nunca pasaron por allí.

La presencia de esa Alicia del país de las maravillas, ya desde las primeras páginas, puede hacernos pensar que vamos a encontrarnos con una nueva aventura del personaje creado por Lewis Caroll, pero no sucede exactamente así, a no ser que pensemos en las aventuras de Alicia más como pesadillas que como sueños (tal vez haya razones para hacerlo), porque el libro de Valera se mueve entre el sueño y la pesadilla, o para ser más precisos, su protagonista, Isaías, sueña con escapar de la pesadilla. Una pesadilla que es el mundo cotidiano, o parte del mundo cotidiano, el del trabajo deshumanizado y las obligaciones alienantes. No voy a revelar aquí de qué manera le ayudan Stevenson y Alicia, ni a intentar dilucidar el tipo de existencia o estatus ontológico que tienen estos dos personajes o, ¿por qué no?, el propio Isaías. No haré todo eso, porque, si lo hiciera, esto empezará a parecerse a una reseña académica, y ya conocéis mis carencias en ese terreno.

El Viaducto de Madrid en 1942

El Viaducto de Madrid en 1942

Ahora quiero volver a lo personal, a lo que la lectura de La última maravilla de Alicia ha provocado en mí, que tal vez no sea lo mismo que provoque en otros lectores, pues los caminos de la lectura son inescrutables.

En primer lugar, cuando hablé de ese Madrid literario que me ha hecho recuperar el libro de Valera, quizá alguno de vosotros haya entrevisto otra parcela de mi ignorancia, porque Madrid, supongo, está presente en muchas novelas. Digo que lo supongo porque apenas leo literatura contemporánea en español, cosa que confieso más con vergüenza que con orgullo elitista. No conozco casi nada de lo que se escribe hoy en día en España, así que el Madrid literario que yo conozco no es el actual, sino uno muy lejano, el de Luces de bohemia.

madrid austrias

Después de muchos años, he vuelto a visitar ese Madrid tan lejano, a pesar de que La última maravilla de Alicia no sucede hace un siglo, sino en la época actual o  tal vez hace unos diez años, que es cuando, creo, fue escrita. Pero en sus páginas se percibe, o al menos eso me ha sucedido a mí, ese otro Madrid de Valle Inclán y de Ramón, quizá el único escritor conocido por su nombre de pila desde el final de la Edad Media: “Ramón de Madrid”, como Zenón de Elea o Demócrito de Abdera. Ramón Gómez de la Serna, por supuesto. No recuerdo si Ramón llega a ser mencionado, pero su presencia es constante, porque Isaías, el protagonista de la novela, al que también podríamos llamar Isaías de Córdoba, es un verdadero aficionado a las greguerías. El libro comienza con una muy hermosa: “Tren, bala de belleza disparada contra el paisaje”, tras la que se suceden, quizá, varias decenas a lo largo del libro.

En alguna ocasión he expresado mi admiración hacia las greguerías de Ramón, pero también he admitido que alguno de sus libros no se puede terminar, porque no se puede digerir tanto ingenio sin pausa. Hay que decir que el libro de Valera no cae en esa tentación de ser un collar de greguerías, porque tiene otros hilos narrativos que mantienen el interés del lector y que crean ciertas expectativas: ¿volveremos a ver a Alicia?, ¿logrará Isaías escapar de la pesadilla laboral o existencial en la que vive? No diré que son tramas a la manera clásica, pero sí son elementos que dan coherencia e intensidad al libro, más allá de su soberbio uso del lenguaje y de la greguería ocasional o frecuente (en ciertos pasajes).

gato_callejon_310112909Termino con lo de Madrid, el Madrid literario de las luces difusas de la bohemia de Valle, Ramón, Silverio Lanza, ilustre getafeño como Manuel Valera, o Alejandro Sawa, aquel escritor improbable pero real que está en el origen de Luces de bohemia, como muestra el título de una de las novelas del propio Sawa: Iluminaciones en las sombras. Y tantos otros personajes que, al menos a mí, se me hacen presentes una y otra vez en los lugares de la novela de Valera. Por ejemplo, en ese callejón del gato (de Álvarez Gato) con los espejos del esperpento que una noche los hinchas del Real Madrid nos destrozaron: todavía existen, pero ya no son los descascarillados que sobrevivieron durante décadas y definieron el esperpento, aquel género literario creado por Valle Inclán: “El esperpento es la vida reflejada en los espejos del Callejón del Gato”.

san gines chocolateriaMe gustaría insistir en lo que he dicho: volver a recorrer ese Madrid que ya casi había olvidado, visitarlo de nuevo al leer a Valera. Porque ese Madrid de Luces de bohemia es un Madrid que no solo he leído, sino que también he vivido. Porque con Luces de bohemía, o con las biografías de Valle y Silverio Lanza, descubrí en mi adolescencia que vivía en una ciudad literaria, que podía caminar por las calles de Madrid de la misma manera que me gustaba caminar por las calles del París imaginado o imaginario del Gérard de Nerval de Aurelia, Noches de octubre o Paseos y Recuerdos, que aquí no teníamos las colinas de Montmartre pero sí teníamos el Viaducto (presente también en

Luces de Bohemia en el pasadizo de San Ginés

Luces de Bohemia en el pasadizo de San Ginés

la Alicia de Valera), el Madrid de los Austrias, el pasaje de San Ginés y su chocolatería, en la que a altas horas de la madrugada o primeras horas de la mañana se juntaban travestís, putas, trabajadores madrugadores y noctámbulos insomnes, como en una réplica castiza de aquella canción de Dutronc: “Son las cinco de la mañana y París despierta”. Después de leer Luces de bohemia ya no volví a recorrer Madrid como antes, sino que caminé por unas calles en las que mis pasos resonaban de otra manera y en las que lo que me rodeaba tenía otra densidad y otro significado.

De algo parecido habla de manera muy hermosa Charlie Chaplin en otro libro delicioso editado por Evohe, Mis andanzas por Europa, cuando cuenta cómo recorre las calles de Londres junto al autor de la novela Limehouse Nights, y cómo él, Thomas Burke, le va revelando lo que se esconde en cada rincón, en cada casa sórdida, como un diablo cojuelo que levanta los tejados londinenses. Y Chaplin pasea por ese Londres virtual y superpuesto, que acaba teniendo una realidad tan intensa como el Londres real:

 “Burke se limita a alzar su bastón de vez en cuando y señalar. Su gesto no necesita comentarios. Localiza y hace notorio, sin lenguaje, el único objeto que quiere significar, y extrañamente es siempre algo de particular interés para mí. Es un hombre en extremo inusual. ¡Qué guía! No me enseña Main Street, ni lo obvio, ni siquiera los hitos tradicionales de los visitantes, pero con esta excursión me estoy apropiando del corazón, el alma, el sentimiento…Y por todo el recorrido tengo la sensación de que, tras las puertas cerradas, ocurren cosas triviales, portentosas, hermosas, sórdidas, rastreras, gloriosas, sencillas, memorables, odiosas, amables. Pueblo todas esas chabolas con chicas, chicos, asesinatos, aullidos, vida, belleza.”

Lo mismo me sucedió hace muchos años con ese Madrid superpuesto de mis lecturas, y lo mismo me ha sucedido ahora con la novela de Valera, que también parece haber recorrido ese Madrid y que, además, lo ha llevado a su novela. No sé si esa era su intención o si es un fenómeno nacido de mi pura subjetividad. Quizá lo averigüemos esta noche.

 

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