Ventanas que hablan

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De mis clases escolares de literatura recuerdo algo que se comentaba una y otra vez, no sé si por la afición de mis profesores al asunto o debido a que repetí el mismo curso varias veces: me refiero al motivo de cómo la naturaleza se conmueve con el poeta y se solidariza con sus penas y alegrías. Si la memoria no me engaña, casi siempre se aludía a poetas y escritores medievales o renacentistas, tal vez Gonzalo de Berceo, Garcilaso de la Vega y, por supuesto, los que llegaron con la época romántica. Creo que más de una vez he escuchado o leído que este conmoverse de la naturaleza era un motivo literario que no se encontraba en Grecia o Roma, donde la naturaleza, como mucho, lo que hacía era conmover al poeta pero no conmoverse con el poeta, limitándose a ser un escenario, un locus amoenus o “lugar agradable”, pero no una extensión del alma sufriente o alegre del poeta. Sin embargo, me parece que en las Tristes de Ovidio se podrían encontrar ejemplos de ese contagio de la emoción a la naturaleza misma. Y creo, casi sin ninguna duda, que también existen ejemplos semejantes en la antigua China.

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Lo que ignoro es hasta dónde (o hasta cuándo) debemos retroceder para encontrar no ya árboles que inclinan sus ramas para llorar con el paseante desdichado, o arroyos que se llevan sus lágrimas, sino ventanas que también se deciden a participar de esas emociones.

Es cierto que, a primera vista, las ventanas son algo bastante pasivo, pero en manos de un buen escritor pueden llegar a ser bastante expresivas, como demostró Shakespeare en la célebre escena del balcón de Romeo y Julieta, con aquella ventana  “que habla y no dice nada”. O, en Proust, aquella ventana de Odette que le dice a Swan:  «Aquí está ella, con el hombre al que esperaba».

Las ventanas no sólo nos hablan en ciertas ocasiones, al permanecer cerradas o entreabiertas, o al filtrarse una luz por una rendija, que nos revela que hay alguien despierto en la habitación, sino que también pueden mostrar lo que debería permanecer oculto, como exclama Dickens en Casa desolada:

«¡Ven, noche!,¡ven, oscuridad!; pues no podréis llegar demasiado pronto, ni permanecer demasiado tiempo en semejante lugar. ¡Acudid, luces rezagadas, a las ventanas de estas horribles casas; y vosotros que cometéis iniquidades en su interior, cometedlas al menos con la cortina echada ante esta escena espantosa! ¡Ven, luz de gas, a arder lúgubremente sobre la verja de hierro en la que el aire emponzoñado deposita ungüentos brujeriles de viscoso tacto!».

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Ilustración de Nuestro común amigo, de Charles Dickens

Las ventanas, además de las puertas, son la manera en la que una casa se comunica con el exterior, pero las puertas casi siempre permanecen cerradas a los extraños. Las ventanas pueden estar abiertas, entreabiertas, cubiertas por cortinas o persianas que sin embargo revelan sombras o dejan escapar la luz, y que pueden revelar más de la cuenta.

El cardenal Mazarino, que fue sin duda uno de los hombres más prudentes que han existido, tenía cada día  preparado sobre su mesa un papel en el que había escritas unas frases sin importancia, para ponerlo a la vista de quien entrara en su despacho, ocultando rápidamente aquellos documentos en los que estaba realmente trabajando. Pero, como sabía que también las ventanas podían hablar recomendaba en su Breviario:

«Es importante que las ventanas se abran hacia dentro y que el marco de las mismas esté pintado de negro, para que no se distinga si están abiertas o cerradas».

La razón de que estuvieran completamente pintadas de negro es fácil de entender, pero ¿por qué convenía que se abrieran hacia dentro? No estoy seguro, pero es probable que fuera porque es más difícil descubrir a un espía que se oculta tras unas ventanas que se abren hacia la calle.

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Cob Prefacio a Goethe

El Breviario de los políticos, atribuido al Cardenal Mazarino, ha sido publicado en español por la Editorial Acantilado

Las ventanas de Shakespeare: “McLuhan y Shakespeare en un balcón de Verona
Las ventanas de Proust: “Otras ventanas indiscretas“.

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Otras ventanas

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Originally posted 2014-09-26 19:12:26.

Otras ventanas indiscretas

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En McLuhan y Shakespeare en un balcón de Verona recordé aquel pasaje de Romeo y Julieta en en el que la ventana de Julieta parece decirle algo a Romeo, aquella ventana o aquella luz “que habla sin decir nada”. No es la única ventana parlanchina de la literatura. Nabokov recuerda en su Curso de literatura europea la ventana de Odette en Proust.

Sucede cuando Swan, tras ver a Odette una noche, es asaltado por los celos y empieza a sospechar que ella se ha desembarazado de él porque espera a otro amante. Toma entonces Swann un coche de alquiler y se detiene casi enfrente de la casa de ella:

«En medio de la oscuridad de todas las ventanas de la calle, con las luces apagadas hacía tiempo, vio una solamente, de la que brotaba por entre las contraventanas cerradas como una prensa de uvas que comprime la pulpa misteriosa y dorada, la luz que llenaba la habitación, y que durante tantas noches, en cuanto la veía de lejos al llegar a la calle, le llenaba de gozo con su mensaje: «Aquí está ella, esperándote», y que ahora le torturaba diciéndole: «Aquí está ella, con el hombre al que esperaba».»

Aquí tenemos una luz, que se escapa como el jugo de una fruta aplastada entre los quicios de las contraventanas (Proust utiliza “la metáfora de la fruta dorada”, nos dice Nabokov), una luz que habla con Swan pero que, siendo la misma, le dice cosas diferentes: «Aquí está ella, esperándote», decía antes,  «Aquí está ella, con el hombre al que esperaba», dice ahora. Swan continúa su diálogo con la ventana, acercándose a ella:

“Tenía que saber quién era; se deslizó a lo largo de la pared hasta la ventana, pero no consiguió ver nada entre las tablas oblicuas de las contraventanas; sólo oyó, en el silencio de la noche, el rumor de una conversación”.

Proust, en una interpretación del caracter de su personaje que nos ofrece tanta o más luz que esa ventana que deja filtrar la luz, nos presenta los sentimientos de Swan y el placer que encuentra a pesar del dolor que siente en ese instante, el placer de la verdad:

«La misma sed de saber con que en otro tiempo había estudiado historia. Y acciones que hasta ahora le habrían avergonzado, tales como espiar por una ventana, y quién sabe si sonsacar mañana, con hábiles preguntas, a algún testigo casual, sobornar a los criados, escuchar detrás de las puertas, no le parecían ahora sino métodos de investigación científica de auténtico valor intelectual, tan apropiados para la búsqueda de la verdad como descifrar manuscritos, cotejar testimonios, interpretar monumentos».

Nabokov compara este ansia de saber con “la misma verdad interior que Tolstoi buscaba por encima de la emoción”. Y ahora, Swann, obsesionado por todo lo que dice esa ventana, llega a interpretarla como quien descifra un texto antiguo:

“Sabía que se podía leer la verdad de las circunstancias, por cuya exacta reconstrucción habría dado la vida, detrás de aquella ventana iluminada, como bajo la dorada y luminosa encuadernación de uno de esos preciosos manuscritos, ante cuya riqueza artística el erudito que los consulta no puede permanecer insensible. Experimentaba una voluptuosidad en conocer la verdad que tanto le apasionaba en ese ejemplo único, efímero y precioso, en aquella página traslúcida, tan cálida y hermosa”.

Pero Swan no sólo ha encontrado ese placer de la verdad que la ventana le ha revelado, sino que, además, quiere que ellos, Odette y su amante, sepan que él lo sabe:

“La superioridad que sentía —y que con tanta desesperación deseaba sentir— con respecto a ellos, residía quizá menos en el saber que en demostrarles que sabía». 

Así que, decide revelarles su presencia y llama con los nudillos en la contraventana. La ventana se abre, pero no se asoma Odette, sino dos señoras:

«Como había adquirido la costumbre, cuando iba muy tarde a visitar a Odette, de identificar su ventana con la única iluminada entre tantas ventanas semejantes, se había equivocado y había llamado a la ventana contigua, que pertenecía a la casa de al lado.»

Magnífico desenlace, sin duda, que muestra con humor cuántas veces nuestras suposiciones acerca del mundo se alimentan de nuestras propias obsesiones y cómo, a partir de un pequeño atisbo, como la luz de una ventana, nos lanzamos a una fabulación cuya única piedra de toque es esa misma obsesión, ese detalle al que nosotros hemos dado sentido y significado. Si Swann, aquella noche, hubiese contemplado la ventana y después hubiera regresado sin querer revelarse a la infiel Odette, nunca habría descubierto la magnitud de su error y habría conservado aquel momento como una prueba, ya inevitablemente irrefutable, de la traición de Odette.

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La ventana de Odette (Méry Laurent)

De momentos semejantes está llena nuestra vida emocional, de tantas y tantas conversaciones con ventanas silenciosas que nos hablan con su luz o su oscuridad, teléfonos que nos gritan con su silencio, frases que nos atormentan, a pesar de que ya no recordamos que nunca fueron pronunciadas por nadie, escenas que de tanto imaginarlas se han incorporado a nuestros recuerdos o que, al menos, han modificado nuestros sentimientos, alejándonos de manera casi siempre irrecuperable de aquellos que las protagonizaron, casi siempre sin saberlo ellos mismos, pues muchas de sus acciones sólo han tenido lugar en el interior de nuestra propia cabeza.

Descifrar el mundo y sus signos, en definitiva, es fácil pero también necesariamente fatal cuando el mundo, las ventanas, las puertas, los teléfonos y las calles se convierten en una extensión de nuestra propia interioridad: siempre dicen lo que queremos o tememos escuchar.

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Otras ventanas

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Todas las entradas de literatura en: El resto es literatura

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Viaje al Oeste

Viaje al Oeste es una novela china muy célebre (en China) y larguísima. Más de 2000 páginas en la edición de letra un poco pequeña de Siruela.

Aunque a veces me he oído decir que no me gustan las novelas largas, si me observo con atención enseguida me doy cuenta de que esa es una de mis mentiras más llamativas acerca de mí mismo.

Mis libros de cabecera han sido durante años…

Memorias de Casanova, que ocupan entre 3000 y 5000 páginas (ahora lo estoy leyendo en su idioma original, francés)

…las Mil y Una Noches, que seguramente sobrepasan las 2000

…los Ensayos de Montaigne, que son una especie de novela mitad ensayística mitad autobiográfica que debe tener al menos 1500 páginas

…los Diálogos de Platón, que sin duda pasan de las 1000, y más si les añadimos las interminables e interesantísimas notas

…el Genji Monogatari, de Murasaki Sikibu, unas 2000 páginas

En busca del tiempo perdido, de Proust, digamos que 3000 páginas como poco

La Rama Dorada de Frazer (unas 850)

La Diosa Blanca, de Robert Graves (¿700?)

…las Historias de Herodoto, entre 1000 y 1500

…la Biblia (1500)

…el Heike Monogatari (850)

…la Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano, de Edward Gibbon (¿3000?)

El hombre sin atributos (¿2000?), de Robert Musil

Las variedades de la experiencia religiosa, de William James (700)

La estructura de la teoría de la evolución, de Stephen Jay Gould (1400)

…la Historia General de la Piratería, de Ángeles Masiá de Ros (700)

Enterrad mi corazón en Wounded Knee, de Dee Brown (600)

La educación sentimental, de Flaubert (¿600?)

…y otras que ahora no recuerdo, entre ellas largas historias o enciclopedias filosóficas, históricas y mitológicas.

El Viaje al Oeste es una más de estas lecturas que parecen interminables, y que a veces se prolongan durante años (como las Memorias de Casanova, con las que llevo más de diez años en sus dos versiones), proporcionando un placer continuo, tal vez semejante al de ver cómo crecen tus hijos o cómo tus amigos se hacen viejos. El libro probablemente no cambia a lo largo de esos añós, excepto porque el papel empieza a amarillear, pero el lector, es decir tú o yo, sí va cambiando. De esto se puede hablar mucho, pero lo dejo para otra ocasión.

Viaje al Oeste, conocido popularmente como “Las aventuras del rey mono”, es un libro de aventuras y no hace falta que te diga quién es su protagonista.

Wu Kung el rey mono

Es un mono, en efecto, pero también aparecen un cerdo y un caballo, y un monje budista, y muchos demonios, y el taoísta Lao Dan, autor de Dao De Qing [Tao Te King o Lao Zi], y Buda y un montón de dioses.

No sé si te has dado cuenta de que en algunas de mis páginas hay una pequeña mascota que se llama Wu kung.

 

Wu Kung es uno de los nombres del rey mono.

 

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[Publicado en Anacrónico en ]

Poseído por Dostoievsky (Kim Chun-Su)

Kim Chun-su es un poeta coreano que murió hace algunos años. Sus compatriotas consideran que es el poeta más importante del último siglo.

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A Chun-su le interesaban mucho la literatura y la filosofía europea, en especial la fenomenología de Husserl, pero también se sentía dividido entre Marx y Freud, entre el ser social y el ser individual. Este conflicto me resulta cercano, porque yo también me siento a menudo dividido entre esos dos impulsos, que yo asocio con el confucianismo (ser social) y con el taoísmo (ser individual), o con el gran camino (mahayana) y el pequeño camino (hinayana) budistas.

Muchas veces es más fácil identificarnos con lo distante que con lo cercano, posiblemente porque lo cercano está lleno de ruido mediático y es difícil llegar a escucharlo con atención: lo vemos a diario y nos llama la atención todo lo negativo y mediocre. Quizá por eso Chun-su buscaba en Europa y yo busco en Asia o en la antigüedad grecorromana. Goethe encontró en el persa Hafiz esa voz cercana que no encontraba en Alemania, excepto durante su breve pero intensa amistad con Schiller.

Chun-su también estaba poseído por Dostoievsky. En esto coincido con él, porque no puedo negar que la lectura de Dostoievsky ha supuesto varias veces para mí un verdadero golpe emocional. Al recordar las sensaciones que la lectura de Dostoievsky ha llegado a producirme, soy caoaz de elevarme sobre el ruido mediático que hoy en día rebaja cuanto puede a Dostoievsky, empezando por su compatriota Nabokov, quien le debe más de lo que quiere reconocer.

A Dostoievsky se le juzga por lo que representa en el canon cultural, por su figura literaria, más que por sus textos. Se le exige un realismo y una coherencia narrativa que olvida que el arte no está obligado a seguir la teoría aristotélica de la imitación o mímesis y que también puede crear sus propias reglas. Aceptar por un momento esas reglas, mientras leemos una novela, no tiene por qué implicar que también aceptamos los propósitos o teorías del autor. Aunque es un placer encontrar a personas que piensan como uno mismo, a veces los autores más estimulantes son los que menos se parecen a nosotros. A mí me gusta decir que albergo suficientes sensibilidades para apreciar todo tipo de cosas, al margen de lo que mi juicio crítico desencadenado pueda después dictaminar sobre ellas. Algo semejante a lo que decía Samuel Johnson acerca de su cerebro isabelino:

“Presumo yo más bien de poseer en una sola cabeza dos mentes: una mente isabelina, que se entrega a Shakespeare sin hacerse preguntas que no sean las qué él mismo me arroja, y otra que vive en el presente, en este siglo de plomo y academias, y que observa escondida, pero que no interviene hasta que ha llegado su momento.”

Ancho mar de los Sargazos, de Jean Rhys, precuela de Jane Eyre

Ancho mar de los Sargazos, de Jean Rhys, precuela de Jane Eyre

Poseído por Dostoievsky es un libro que podría parecer absurdo o banal a primera vista, pues se trata de poemas escritos por los personajes de Dostoievsky . Literatura sobre la literatura, mitomanía, poesía intelectualista, un camino muy arriesgado que suele acabar en el pastiche. Pero hay excepciones muy hermosas, como algunos poemas de Kavafis con personajes griegos o romanos, algunos cuentos de Karel Kapek en los que dialogan, en alguna especie de cielo literario, dioses o personajes clásicos; muchos de los deliciosos diálogos de los muertos de Luciano en los que aparecen dioses, gobernantes y filósofos; o la novela Ancho mar de los Sargazos, de Jean Rhys, donde se cuenta la historia del misterioso personaje de Jane Eyre, la novela de Charlotte Bronte, aquella Antoinette Cosway, la primera esposa de Rochester, que vive sumida en la locura, encerrada en la buhardilla de Thornfield Hall.

También me recuerda esta obra de Chun-su a la Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters, en la que todos los poemas son epitafios de los muertos de un cementerio. Tanto en la obra de Lee Masters como en esta de Chun-su el placer aumenta a medida que lees más poemas y tu mente, de manera casi inconsciente, va descubriendo nexos entre unos y otros. Junto a ello, una sensación de recorrer diversos lugares, como las estancias de una casa, semejante a la que se experimenta con la lectura de una novela, y que no es tan frecuente con la lectura de poemas.

 

Ofrezco aquí dos de los poemas del libro de Chun-su.

CON TODO MI RESPETO A MI MAESTRO STAVROGIN

Con una planchuela enrojecida al fuego
puebo achicharrarme el costado.
Con un cuchillo me levanto las uñas de la mano
y también las uñas de los pies.
¿Cuánto podré aguantar?,
mido la altura de mi imaginación.
Demasiadas palabras y demasiados problemas,
es la metafísica de la torre de babel
que yo sacudo.
Digo derrúmbate, derrúmbate
hasta que se derrumbe.
Sin embargo, como le sucedió a un poeta,
una espina verde de la primavera tardía
se me clava. Finalmente me mata.

Esta es la realidad.
Un corpezuelo físico compuesto de siete partes de agua,
¿qué haré con esta vergüenza,
maestro?

A punto de suicidarse,
su estúpido discípulo Kirilov.

 

A NATASHA

Natasha,
el crimen
es un escabeche
que se hace poniendo carne y sangre en sal.
El setenta por ciento es sal.

Petersburgo, como un poema de Baudelaire,
huele a sodio por todas partes.
Después de lanzarme a las ruedas de un coche de caballos,
yo también pude saberlo:
aún en el dolor de muelas hay placer.
¿Por qué Sonia, pese a que vendió su cuerpo,
se convirtió en un ángel?
Añorando la luz,
esperamos ahora la noche.

El príncipe Valkovski,
un holgazán que no hizo nada en esta vida.


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[Publicado por primera vez el 21 de junio de 2004]

NOTA EN 2013: Me ha sorprendido encontrar aquí la metáfora de un libro de poemas o una novela como una estancia que se recorre, porque no recordaba haber pensado en ello antes de leer el Prefacio a Platón de Eric Havlock (algo de lo que hablo muy extensamente en La cicatriz de Ulises)

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EL RESTO ES LITERATURA

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Kungzi según Gore Vidal

Kungzi (Confucio) por Ana Aranda vasserot

Antonio Penadés comparó en la presentación de Recuerdos de la era analógica algo que digo en el relato “Que nada se crea” con la novela histórica de Gore Vidal Creación.

Se trata de aquello de la coincidencia en un mismo momento histórico de figuras fundamentales de la cultura mundial: los presocráticos y Sócrates, Kung zi (Confucio), Lao zi, Buda, Zaratustra y Mahavira. No es un descubrimiento del que podamos presumir ni Gore Vidal ni yo, puesto que es una idea muy repetida, aunque quizá incorrecta, porque tal vez no fueron tan coetáneos muchos de estos personajes, aunque sí parecen moverse en un arco temporal de unos 300 años.

Yo no había leído el libro de Gore Vidal, que he escuchado hace unas semanas, y me ha gustado bastante. Está protagonizado por un embajador persa, nieto de Zaratustra, que viaja a la India y a China (que llama Cathay, para dejar claro que China como tal entonces no existía) y conoce a todos estos personajes. El que más le impresiona es Confucio (Kungzi), a quien considera el más inteligente de todos ellos. Es muy probable que sea un juicio acertado. Creo que Confucio, a pesar de mi tremenda admiración por Zhuangzi, era verdaderamente listo e inteligente, sensato y sabio, y sólo  se me ocurre una comparación posible con Demócrito (de quien quedan tan pocos fragmentos que resulta difícil saberlo).

Por cierto, Demócrito es casi coautor de Creación, pues es él quien toma al dictado las palabras del embajador persa. Es probable que Gore Vidal no lo eligiera por casualidad.

 

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[Puedes ver y escuchar el comentario acerca de Gore Vidal de Antonio Penadés aquí: Los griegos y Gore Vidal]

[Publicado por primera vez el 11 de mayo de 2010]

La teoría de la relatividad de Urashima

Lee mi versión del cuento en: El pescador Urashima

En el cuento clásico japonés El pescador Urashima, su protagonista salva a una tortuga, que le invita a visitar el mundo de la reina de los mares. Ambos se sumergen y llegan a un palacio submarino de madreperla.

Urashima a lomos de la tortuga

 

 La tortuga resulta ser una hermosa muchacha, con la que Urashima se queda a vivir. Sin embargo, cuando transcurren tres años, el joven echa tanto de menos a su anciana madre que pide a la reina de los mares que le deje regresar a su hogar. La reina de los mares accede y le da una cajita “que le puede dar la felicidad”, pero que “no debe abrir”.

Urashima regresa a la superficie a lomos de la tortuga. Al llegar a su pueblo, le parece estar en un lugar desconocido. No conoce a nadie y las casas son diferentes, excepto el Templo del Dragón Rojo. Llega a su casa, que descubre abandonada. Busca a su madre por todas las habitaciones, no la encuentra. Pregunta a un vecino, el hombre le dice que no conoce a esa anciana, pero que sí sabe que hace muchísimos años vivió en esa casa un pescador llamado Urashima, que murió ahogado.

Es entonces cuando Urashima se da cuenta de que han pasado más de cien años desde el día en que se sumergió en el mar. Conserva la cajita que le dio la reina de los mares, la abre, un humo espeso se expande en el aire y al instante el pescador envejece y el pelo se le pone blanco. Ha descubierto que el tiempo en el mundo de la reina de los mares trascurre más lento que en el de los seres humanos.

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Urashima descubre que todo ha cambiado

Aquí no sólo se trata de que junto a los dioses o los seres mágicos se pueda recuperar la juventud, como sucede en ese hermosísimo relato de Lampedusa llamado Ligea; tampoco se propone la paradoja de ser inmortal junto a los dioses, como el desgraciado Titonos, que vivió siglos junto a Eos, la aurora, pero que olvidó pedir la eterna juventud y se fue arrugando hasta convertirse en un bulto sin forma. No se trata tan sólo de eso, sino de la certeza de que el tiempo transcurre más lentamente en el mundo de los dioses.

Es algo que también sucede también en las aventuras del rey mono chino. Cuando Wu Kung, el rey mono, regresa junto a sus súbditos después de pasar un año en el mundo celeste, sus súbditos le dicen que ha tardado muchísimo. Él responde que sólo ha estado fuera un año, pero los revoltosos monos le corrigen: “Un año en el reino de los dioses es como cien años en el mundo de los mortales”.

Parece, en definitiva, que habitar entre los dioses es semejante a viajar en una nave espacial a una velocidad cercana a la de la luz: el tiempo transcurre allí más lentamente. Eso nos recuerda la célebre paradoja de los gemelos de la teoría de la relatividad: un hermano se queda en la tierra y el otro viaja en una nave espacial que casi alcanza la velocidad de la luz. Al regresar a la Tierra, treinta años después, el gemelo astronauta, descubre que en la Tierra han trascurrido trescientos años. La física nos dice que esto no es una fábula.

Hay otros cuentos en los que sucede lo mismo que le sucede a Urashima , por ejemplo, El gobernador del sur, de Li Gonzuo. También me parece que sucede algo semejante en un relato galés del Mabinogion, además de en un relato del ciclo de Ossian inventado por James McPherson: Oisin.

Creo que este tema del transcurso relativista del tiempo en los cuentos, y en general la manera de considerar el transcurso del tiempo en la ficción que suele llamarse popular o tradicional, es muy interesante, como he intentado mostrar en mi ensayo El transcurso del tiempo en la ficción universal.

Otro aspecto interesante del cuento, lo que podríamos llamar un motivo mitológico o mitema, es el del regalo de los dioses que los humanos no deben abrir. Me refiero a la cajita de Urashima, que él abre, con lo que se convierte en un anciano. El ejemplo más conocido es sin duda la caja de Pandora, que Prometeo regala  a los seres humanos y que Pandora abre llevada por la curiosidad, lo que hace que todos los males contenidos en la caja escapen y asolen desde entonces el mundo. Otro, aunque bajo la forma de un fruto en un árbol, se encuentra en el paraíso imaginado por los judíos, es la manzana que muerde Eva. Casi siempre se trata de un obsequio de los dioses que podríamos llamar “regalo envenenado”, una especie de prueba que se entrega con cierta mala intención, tal vez para descubrir si el humano es digno de lo que los dioses le han concedido. La lección de esos cuentos es que la curiosidad es peligrosa, pero también que debemos aceptar lo que los dioses nos den sin rechistar.

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