Maniquís

 


Esta es la foto que debía servir de inspiración en El Píxel de oro 2006


LOS MANIQUÍS

 

Hola… hola… ¿hay alguien ahí?

– Parece que el novicio ya se ha despertado.

– Sí, ya iba siendo hora.

¿Quién está hablando? ¿Quiénes sois vosotros?

– Vaya pregunta. Somos los que somos.

Pero es que no os veo, aquí sólo hay cuatro maniquís, no hay ninguna persona.

– Bueno, eso depende de cómo definas la palabra “persona”. Su etimología es “suena a través”, y no estoy seguro de que nosotros sonemos a través de nada

– No fatigues al novicio con tus etimologías. ¿No ves que acaba de llegar?

– Tienes razón… Nosotros somos estos cuatro maniquís.

– Sí claro, y yo me lo creo. Si vosotros sois los maniquís, ¿quién soy yo?

– Tú eres el quinto maniquí, por supuesto.

¿Qué?  No puede ser… Es cierto que hay un quinto maniquí. Ahora lo veo, ahora me veo… Esto debe ser un  sueño.

– Sí, algunos lo llaman el sueño eterno.

¿Queréis decir que estoy muerto?

– Bueno, así es como suelen llamar a tu estado actual los que pretenden estar vivos.

Pero, entonces, entonces… ¿he muerto? Sí, claro, ahora recuerdo el accidente… ¿Cómo quedó mi coche después del golpe?

– Mucho mejor que tú: podrán repararlo.

– De acuerdo, estoy muerto. Es posible,  porque la verdad es que después de un accidente como aquel…

– Me parece que el novicio comienza a aceptarlo….

Pero no entiendo qué hago aquí. No puede ser que la otra vida consista en convertirse en un maniquí.

– ¿Y qué tiene de malo? Se acabaron los dolores de estómago…

– …las jaquecas…

– …cualquier dolor, porque ya no tenemos carne que pueda sangrar, ni huesos que se puedan romper, ni nervios que se exciten, ni cerebro para experimentar el dolor…

– También se acabó ir corriendo de un lado a otro, porque aquí te llevan siempre a todas partes…

– …y  además consigues ropa gratis, aunque no siempre del mejor gusto.

– Por cierto, llevamos ya mucho tiempo desnudos en este escaparate.

– Pues sí, es que no se ponen de acuerdo en las tendencias de esta temporada.

Esperad, esperad un poco. ¡Os he pillado! Decís que somos maniquís, ¿verdad?

– Pues sí, es una forma de describirnos bastante adecuada, dadas las circunstancias.

Somos maniquís sin dolor de cabeza, de dientes, de estómago, porque ¿cómo vamos a tener dolor de estómago si no tenemos estómago?

– Eso es…

Y, claro, cómo vamos a tener dolor de dientes sin dientes…

– Ya lo ha entendido…

¿Y cómo vamos a hablar sin tener boca?, ¿eh, listos?

– Ya empezamos…

– No te enfades con él, a todos nos pasó lo mismo al principio.

– Es verdad, en fin, habrá que explicárselo todo.

– ¿Explicarme el qué?

– Vamos a ver. ¿Tú crees en Dios?

Pues, yo, la verdad es que tenía ciertas dudas. Yo creo, o creía, no sé, en “algo”. No en ese Dios con barba blanca…

– ¿En una especie de energía, ¿verdad?

Pues sí…

– En “algo que está ahí y que en cierto modo cuida de ti”.

¡Eso es!

– Pues estás de enhorabuena, chaval, porque eso es lo que hay.

¿De verdad?

– Si, una especie de energía que cuida de nosotros.

¡Vaya, qué bien! Pero lo que no entiendo es por qué esa especie de energía nos ha convertido en maniquís.

– ¡Y dale! ¡Qué manía con los maniquís! ¿Es que te gustaba más ser persona, lleno de enfermedades, cansancio y todo tipo de sufrimientos?

No, no es que me guste más, pero, no sé, la naturaleza se ha tomado el trabajo de hacernos evolucionar desde las bacterias hasta los primates. Y me parece terrible descender ahora a un trozo de cartón piedra inanimado.

– Vamos a ver. ¿No habíamos quedado en que existía esa “energía que nos cuida”, es decir, Dios?

Sí, pero…

– Pues entonces olvídate de la naturaleza, que ni falta que nos hace.

¡Eh, alto! eso no puede ser, incluso los creyentes creen que hemos evolucionado de alguna manera.

– Vamos a ver. Ahora que sabes que Dios existe (porque nosotros te lo hemos dicho), vas y decides que tenían razón los del diseño inteligente.

Claro. Si Dios existe, no creo que se quede al margen y no controle la evolución.

– ¿Y para qué querría Dios controlar la evolución?

Pues para que algún día surgieran sobre la Tierra seres pensantes como nosotros… La evolución resulta más razonable si tiene un objetivo al que llegar. Del mismo modo que un reloj es fabricado por un diseñador, también el mundo es supervisado por Dios.

– ¡Serás insensato! ¿Es que tú te crees que un Dios omnipotente tiene necesidad de tantos aparatejos?

¿Qué quieres decir?

– Un Dios omnipotente no necesita que haya una boca para que un alma hable. Por cierto, esa es la palabra que preferimos en vez de maniquíes: alma. O “espíritu”, si te resulta más cómodo.

– ¿Es que no te das cuenta de que si Dios quiere, puede poner un alma en una piedra, en una botella de vino… o en un maniquí?

– Puede ser, pero ¿por qué encerrarnos en estos cuerpos inanimados?

– En realidad las almas no estamos en estos maniquís ni en ningún lugar material, tan sólo los usamos porque nuestra vivencia en cuerpos nos ha hecho adquirir ciertas costumbres: como la creencia en la personalidad individual.

– Sí, eso facilita la comunicación entre nosotras. El vicio corporal es difícil de desterrar.

Ahora que lo decís, creo que tenéis razón. ¿Para qué iba a necesitar Dios pasarse milenios controlando la evolución, si puede insuflar un alma en cualquier cosa? Sin duda, Dios también podría hacer funcionar un reloj pintado en la pared, sin necesidad de ningún mecanismo.

– Claro, por algo es todopoderoso, ¿no te parece?

Pero, entonces, todos los creyentes que creen en el diseño inteligente…

– Están equivocados, por supuesto, como todos los que pretenden conocer a Dios. ¿Es que tú te crees que es fácil conocer los designios de “algo que es como una energía que nos cuida”?

Entonces, ¿para qué sirve la evolución?

– Ni idea. Supongo que es la manera en la que la materia se entretiene.

– A las almas nos tiene sin cuidado lo que haga la materia.

Sin embargo, las almas habitan en los seres humanos.

– ¿Tú crees? Eso no es seguro. A nosotras nos da la impresión de que la mayoría de los seres humanos son sólo mecanismos sin alma.

– Sí, un conjunto de válvulas y relés hechos de carne.

– Por alguna razón, a algunas almas les gusta meterse dentro de los seres humanos, pero los cuerpos pueden vivir sin nosotras.

– Sólo son materia organizada, pero nosotras somos parte de esa “energía que controla el universo”.

– Bueno, eso es una sospecha, tampoco estamos seguras. Pero sí está claro que Platón tenía razón cuando decía que cuando las almas se meten en los cuerpos olvidan que son almas.

– Nacer es morir.

– Y morir es en cierto modo nacer, porque al quedarte sin cuerpo no te queda más remedio que acordarte de que eres un alma.

Muy bien, supongamos que tenéis razón. Pero si somos parte de la energía que controla el universo, o sea, de Dios, ¿por qué no nos hemos unido a él y seguimos habitando un trozo de materia tan vulgar como estos maniquíes?

– Al parecer estamos en el limbo.

– ¿El limbo?

– Sí, aquí, en estos maniquís vamos percibiendo poco a poco lo que somos realmente, sin todas esas distracciones de los cuerpos humanos. Podemos dedicarnos a ser almas todo el tiempo.

– Hay que suponer que en algún momento ya no tendremos necesidad de  habitar en algún tipo de materia, como la de estos maniquís.

– De hecho, ahora mismo una de nosotras se ha ido, seguramente para siempre.

¿Qué queréis decir?

– Que ya no somos cinco almas en un escaparate: uno de los maniquís ahora es sólo materia vacía.

¿Y dónde se ha ido?

– Tal vez se ha unido a la energía que controla el universo. La verdad es que desde hace un tiempo estaba como ausente. Hoy ni siquiera se ha dignado a hablar contigo.

– Sí, últimamente estaba muy desacartonada.

¿Desacartonada?

– Descarnada.

– ¿Y nosotras cuando nos iremos?

– Probablemente cuando ya nada de lo material nos interese. Porque nosotras todavía estamos muy preocupadas por algunas cosas terrestres…

¿Cómo cuáles?

– Como las tendencias que se van a llevar la próxima primavera…

¿Creéis que volverán los tonos pastel?


III CONVOCATORIA (2005) Los maniquís

En el año 2003, Marcóticos, alias de Marcos Méndez Filesi, convocó un concurso de cuentos en la red llamado El píxel de oro. Año tras año me presenté al concurso y debo decir que año tras año lo gané.




Cuentos del siglo 20

La pistola

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El libro de los condenados

El píxel de oro

“El libro de los condenados” es el cuento que envié a la tercera convocatoria de El Píxel de oro, en 2006.

Tuve la inmensa fortuna de ganar el píxel de oro por tercera vez.

Esta es la fotografía a partir de la que había que escribir el cuentoEl libro de los condenados

Cuando llegue el Día el Juicio Final, todos los seres humanos se presentaran ante el trono de Dios. Los muertos saldrán de sus tumbas y se unirán a los vivos para ser escrutados por los ojos terribles del Altísimo. Entonces Él abrirá el libro de los condenados y leerá los nombres de aquellos que verán transcurrir la eternidad en el infierno.

Yo soy quien ayuda a Dios en su tarea. Yo escribo los nombres de los condenados en el libro del Señor, en este libro que nunca se acaba y en el que siempre puedes encontrar una página en blanco.

He escrito ya millones de nombres en mi tarea de siglos. He anotado los nombres de todos los que han pecado, de hecho, de palabra o de pensamiento, contra Dios o su Iglesia; contra quienes han blasfemado o negado su Grandeza, contra quienes han puesto en duda su bondad.

He anotado el nombre de una mujer que no se reunirá nunca en el Cielo con su amado porque perdió la virginidad antes de casarse por los lazos sagrados, el de los hijos que no verán nunca a su padre porque fueron concebidos en pecado, el de un sabio que vivió cristianamente pero no conoció la revelación de Cristo porque nació trescientos años antes de la Encarnación; el de un devoto que se unió a una secta herética por odio a la Inquisición, el de un campesino que maldijo a su amo, el de dos mujeres que se amaron con el amor más puro pero más prohibido.

Confieso que a menudo dudé cuando tuve que escribir algún nombre. Sí, así es, al redactar la lista de los condenados, he dudado de Su bondad. Y por eso he anotado mi nombre en el Libro de Dios, porque yo tampoco soy digno de Él.





Cuentos del siglo 20

La pistola

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Las vías del tren

II CONVOCATORIA (2004)

En el año 2003, Marcóticos, alias de Marcos Méndez Filesi, convocó un concurso de cuentos en la red llamado El píxel de oro. Año tras año me presenté al concurso y debo decir que año tras año lo gané. A continuación, reproduzco aquí las reglas del juego y el cuento que envié en 2004.


Las vías del tren

Nos conocimos en un viaje en barco. Yo te estuve mirando durante mucho rato. Aunque tú parecías disfrutar de esa atención que yo te prestaba, creo que también estabas nervioso. A todos nos gusta seducir a un desconocido, pero el problema es que tú no habías tenido todavía la oportunidad de mirarme y no sabías si yo te gustaría o no. Querías estar seguro antes de que nuestras miradas se cruzaran.

Me di cuenta de que eso te preocupaba y dejé de mirarte para que tú pudieras mirarme. Te debió gustar lo que viste, porque cuando me decidí a mirarte de nuevo, encontré tus ojos fijos en los míos.

Después de aquel viaje en barco, recorrimos juntos muchos lugares y visitamos muchas ciudades. Compartimos nuestra alegría y nuestras ganas de estar juntos en barcos, aviones, motos, bicicletas y automóviles. Pero nunca viajamos en tren. Una noche mientras navegábamos juntos en un cibercafé, vimos aquellas vías del tren tan sugerentes del concurso del píxel de oro. Decidimos que algún día viajaríamos juntos en tren pero que, antes, cada uno de nosotros escribiría un cuento para el concurso, en el que explicaríamos precisamente eso: por qué nunca habíamos viajado en tren juntos.

Me pregunto cómo sería ese relato que ya nunca escribirás, pero al menos yo he cumplido mi promesa. He escrito este cuento, este breve recuerdo de ti, sin dejar de mirar las vías del tren, de ese tren en el que ya nunca viajaremos juntos



Cuentos del siglo 20

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Historia del píxel de oro

UN CONCURSO HISTÓRICO

En el año 2003, Marcóticos, alias de Marcos Méndez Filesi, convocó un concurso de cuentos en la red llamado El píxel de oro. Año tras año me presenté al concurso y debo decir que año tras año lo gané. A continuación, reproduzco aquí las reglas del juego y el cuento que envié en 2003 a esa primera edición.


Historia del píxel de oro, por Tomás Deniel (Daniel Tubau)

A quien corresponda:

Yo, señores, aunque soy pobre, también soy un sinvergüenza. Si me oyera mi madre, me daría una colleja, porque ella, además de pobre, era honrada. ¡Cómo si no tuviera uno bastante con ser pobre para, además, no poder recurrir a cualquier método para dejar de serlo!

El caso es que he leído atentamente las reglas su concurso y he visto el premio y, claro, me han entrado ganas de participar. No por las reglas (que ya les he dicho que yo las reglas me las paso por salva sea la parte) sino por el premio. Verán, yo nunca he tenido dinero, y menos todavía oro, ni siquiera un maldito empaste, porque ¿cómo voy a tener empastes de oro si sólo tengo agujeros donde antes había dientes?

Como les decía, he visto el premio, ese famoso píxel de oro que ustedes mencionan, pero del que yo no había oído hablar en la vida, y se me despertado la avaricia que, a decir verdad, nunca se me duerme. ¡Quiero ese píxel! Quiero tener por una vez algo que sea de oro.

El problema es que yo no sé escribir cuentos, así que ya me dirán cómo conseguirlo (podrían haber hecho ustedes un concurso de cuentos para quienes no sabemos escribir cuentos). Sin embargo, pienso que hay algo que ustedes deberían saber antes de conceder el premio. Algo que quizás les haga cambiar las reglas de concurso y darme a mí el píxel de oro.

Yo, señores, conozco al muchacho de la foto.

Resulta que hace diez o quince años, yo tenía un gran amigo con el que compartía lo poco que tenía, es decir, mi tiempo. Se llamaba Sebas.

Ni siquiera recuerdo cómo le conocí, porque lo recuerdo siempre a mi lado, pegado como una lapa. Jugábamos en las vías del tren a ver quien aguantaba más sin moverse, perseguíamos a las chicas, que huían de nosotros, pegábamos a los más débiles y robábamos a los más tontos. Así, durante años. Todo cosas de poca monta.

Pero un día, estábamos yo y Sebas en las fiestas de carnavales, disfrazados para ver si así robábamos con más disimulo, y nos encontramos con un amigo de los dos, que se llamaba Pedro, como el bautista. Resulta que Pedro, que era pobre pero ahorrador, había comprado un anillo de oro para regalárselo a su novia.

Yo creo que ustedes son gente con imaginación, así que ya se habrán imaginado que, en cuanto vimos el anillo, Sebas y yo quisimos tenerlo (si menciono esta vez primero a Sebas es porque a él le entraron ganas de tener el anillo antes que a mí).

El problema era que, claro, no le íbamos a cortar a Pedro a la cabeza, como al bautista, pero sí el dedo, porque el muy imbécil en cuanto vio nuestras intenciones (mas que verlas las oyó) se puso el anillo en el dedo y no quiso quitárselo por más hostias que le dimos (y eso que no éramos curas).

Yo creo que debe ser cierto eso de que el oro vuelve a la gente majareta (o a lo mejor son los anillos) porque, en cuanto tuvimos el anillo y el dedo de Pedro no hubo manera de ponerse de acuerdo en el reparto.

Ya he dicho que soy un sinvergüenza, pero yo nunca había pegado a Sebas, y la verdad es que no me decidía. Al final, tengo que reconocerlo, me decidí, a lo mejor porque él, que siempre tuvo más carácter que yo, me acababa de arrear un guantazo de antología (de antología de guantazos, que también habrá). Le respondí con un puñetazo que le saltó dos dientes y le tumbó directo. Su cabeza se dio con el suelo y se quedó traspuesto.

Cogí el anillo, me lo guardé, y pensé qué hacer, porque de lo que estaba seguro era de que en cuanto el Sebas se despertara vendría a vengarse.
Así que, como estábamos al lado de las vías del tren, y todo el mundo sabía cómo nos gustaba jugar a “A ver quien se aparta primero”, le puse ahí y me fui: si Dios quería que se salvara, se despertaría antes de que pasara un tren.

Dios no quiso.

Esta es la historia de Sebas. En cuanto al anillo, resultó que no era de oro, sino de plomo forrado. ¡Perder así un amigo para nada!

Pues eso, esta es la historia del tipo que sale en la foto de su concurso, que no es el Sebas, porque el pobre se quedó cortado en tres, sino que soy yo mismo con la cara de pasmo con la que me quedé al descubrir que el puto anillo era de plomo.

¿No creen ustedes, señores, que, al menos para compensar lo del anillo, deberían darme a mí el píxel de oro?

Bueno, ¿qué les parece? Yo creo que mi cuento es tan bueno como el que más, y además me lo he inventado de cabo a rabo: ya les dije que yo era pobre pero sinvergüenza. De hecho, soy tan sinvergüenza que ni siquiera soy pobre.

Por cierto, aunque me muero por tener el célebre píxel de oro, confío en que no será tan pequeño como parece.

Espero sus noticias, y espero que sean buenas.



UN EXTRAÑO EPÍLOGO (2017): escribí este cuento en 2003, inspirándome en la foto que propuso Marcos. Dos años antes había muerto mi querido amigo Mané Guisado, que además de amigo trabajó como actor en Trilocos, un programa que dirigí, en más de 250 aventuras. Cuando escribí el cuento miré una y otra vez la foto, pero nunca me dí cuenta de que ese hombre en la tumba era Mané. Supongo que es su tumba, quizá en Alcalá de Guadaira o en Sevilla, pero al buscar la imagen no la he encontrado, lo que también es extraño y eso me hace dudar de si ha existido otro payaso como Mané, con tupé y botas de vaquero. ¿Soy yo quien imagina que es Mané? Sea como sea, a Mané le habría divertido verse retratado así en este homenaje involuntario.

En brazos de Mané en el rodaje de Trilocos



Ver también Las polémicas de El píxel de oro

 


Cuentos del siglo 20

La pistola

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Horas lentas en la ciudad del miedo

Tras un neón veo el rostro de ese hombre. Las sombras de luz que cubren su ventana me impiden distinguir sus rasgos. Creo adivinar una mirada cortante, fría, en esos ojos que no conozco. Quizá en sus labios hay una sonrisa, la sonrisa de aquél que se sabe observado.

La calle es estrecha y nuestras ventanas parecen tocarse cuando es de noche; a veces pienso que me bastaría alargar la mano para llegar hasta él, romper la distancia, unirme a ese hombre inmóvil. Pero hace mucho tiempo que no salgo de casa, la ciudad es extraña para mí, no tengo amigos y me gusta la soledad, sentarme en un rincón de la habitación y recordar mi pasado. De aquel hombre que yo era sólo me queda el sabor, ácido desde mi tristeza, de los instantes en que fui feliz. Entonces no existía esta casa, no estaba en mi mente, ignoraba los sucesos del presente y me asustaba la idea de los años venideros, sentirme indefenso, cambiar, transformarme en un hombre distinto del que yo era. Pero todo fue inútil: ya no soy feliz, huyo de toda compañía y no soy el mismo de antes. Mi juventud queda lejana, perdida para siempre en algún lugar oscuro donde todo permanece: en la sonrisa de mis padres, en las casas de otra ciudad y en el cuerpo cansado y vencido de todos mis amantes.

No conservo nada conmigo. Despierto de un sueño y vivo una vida demasiado tranquila, encerrado en esta habitación. De mis lecturas me queda el ansia de viajar y el recuerdo de ciudades que no conoceré. Quisiera olvidar todo lo superfluo, despertarme con el amanecer, eludir la caída de la tarde y no ver nunca más el cielo nocturno.

La casa es grande y yo estoy solo, hace años que nadie se acerca a mí, tal vez mi expresión severa los aleja. A veces pienso que todo es un sueño, que la casa no existe, que yo aún soy joven y que mis padres me esperan; pero los hierros negros del balcón, el destello intermitente del neón y el rostro de ese hombre me repiten que todo es verdad: la casa, la muerte de mis padres y el cruel transcurso de los años sobre mi cuerpo.

Las horas pasan lentamente y el hombre ladea su rostro, mostrándome su perfil secreto, difuminado por las luces del neón. Las horas pasan lentamente y llega la noche. Él sabe que le estoy mirando y le gusta ser actor de la vida de otro hombre. Me mira y no veo sus ojos, sonrío tristemente y él parece comprender quién soy y por qué vivo aquí. Puedo sentir el calor de mi sangre deslizándose por mi antebrazo, mis manos están frías y caen sin voluntad sobre mis muslos.

En ocasiones es él quien me mira y yo el actor de la vida de otro hombre, pero pronto renuncio a este juego y me entrego a ese hombre constante, convertido en espectro sin haber muerto todavía. Como tantas noches, desearía quebrar lo que nos aleja, descubrir su rostro, contemplarme en sus ojos y abandonar el silencio. Pero, como cada noche, su ventana permanece inmóvil, preservando la distancia que nos separa.

La ciudad ya no es la misma, la habitación en la que habito me resulta extraña y tengo miedo. Todas las noches me detengo junto a la ventana esperando ver de nuevo a aquel hombre, pero tal vez sé demasiado bien que él nunca volverá.

 

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Cuentos del siglo XX

El instante inevitable

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Horas lentas en la ciudad del miedo

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El hombre que no fue

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David Hume

David Hume (1711-1776)

Se suele creer que los filósofos británicos representan la sensatez. o al menos el pragmatismo y la moderación frente a la afición de sus colegas del Continente a construir castillos de palabras y elaborar alambicadas y sonoras teorías filosóficas. No es una opinión que podamos rechazar, porque los filósofos británicos han logrado construir filosofías capaces de convivir con los avances de la ciencia mejor que las de sus colegas, e incluso contribuyeron de manera decisiva a la construcción de esas ciencias: Newton, Faraday, Darwin, Crick y Watson, además del impulso contante de la Royal Society a favor de la ciencia y la investigación.

Sin embargo, no se puede olvidar que el empirismo y el pragmatismo anglosajón, al mismo tiempo que ha dado cuenta del mundo exterior, también ha cuestionado todas las certezas del sentido común. George Berkeley propuso que las cosas no existen si no son percibidas. David Hume invirtió el problema al poner en duda que el ente que percibe (por ejemplo, usted, atento lector) sea otra cosa que una colección de percepciones: “El yo es un haz de percepciones unidas por la imaginación”. ¿Debemos pensar, en consecuencia, que un ente o un individuso que no existe logra existir cuando experimenta percepciones que tampoco existen, pero a las que él mismo da existencia?

Ahora bien, si nos preguntamos por la relación lógica entre las percepciones y aquel ente que las percibe (el perceptor, percibidor o percipiente) y qué es lo que causa las percepciones o la apartiencia de alguien que las percibe, Hume enseguida nos responde que ese es un dilema inútil, pues él también niega la noción de causa, o al menos asegura que no es demostrable. No es extraño que el propio Hume se sintiera un poco perdido en ese mundo que él mismo había creado:

“Me siento asustado y confundido por la desamparada soledad en que me encuentro con mi filosofía; me figuro ser algún extraño monstruo salvaje que, incapaz de mezclarse con los demás y unirse a la sociedad, ha sido expulsado de todo contacto con los hombres, y dejado en absoluto abandono y desconsuelo.”

Como buen pragmático británico, el escocés David Hume, logró sin embargo combinar su escepticismo con la sociabilidad y el sentido común y se repitió a sí mismo: “Sé filósofo; pero, en medio de toda tu filosofía, sé hombre». Los antiguos escépticos griegos y romanos, como Sexto Empírico, ya habían llegado a conclusiones semejantes y siempre fueron capace de caminar con paso firme sobre un mundo inexistente.


David Hume en la Enciclopedia de filosofía de bolsillo Mosca y Caja

[Tienes que activar Flash en la página para ver la aventura]


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La realidad imita a la ficción

La sensación dominante de la noche que pasé en las Mansiones Chungking de Hong Kong fue la de estar viviendo en el interior de uno de mis cuentos. De alguno de los cuentos que escribí hace muchos años, durante un calurosísimo verano que pasé en Madrid, cuando vivía en la calle Covarrubias, cerca de la Glorieta de Bilbao.

Entonces vivía con Cathy, pero como su trabajo la obligaba a volar a países de Europa o América, a menudo me quedaba varios días solo en la casa. Durante cuatro o cinco de esos días de verano, solo en aquel quinto piso, desnudo a causa del calor sofocante,  con el cuerpo delgado húmedo por el sudor, escribí cinco o seis cuentos: Horas lentas en la ciudad del miedo, REM, Estación Término, Habitantes de un sueño, El instante inevitable, La muerte de Judas y Cruzaremos de nuevo el Rhin.

Una foto tomada aquellos años en la calle Covarrubias, cuando ensayaba para interpretar a Frank Sinatra cantando My Way (cantaba en playback, claro)

Escribí aquellos cuentos casi sin pensar, a partir de una palabra, una frase, una imagen o una idea, de principio a fin sin interrupción, como en un momento de fiebre, bajo aquel calor sofocante de Madrid en julio. Alguna noche escribí dos o tres cuentos.

Todos eran muy breves, en todos el protagonista estaba solo, un detalle que descubrí tiempo después, cuando los edité en un libro casero que llamé Estación Término y otros cuentos solitarios. Se trata, por supuesto, de un rasgo autobiográfico, pues entonces y siempre me he sentido solo, como todo el mundo, supongo, porque como decía alguien que no recuerdo: “en realidad, siempre estamos solos”. Pero es evidente que en aquellos años me sentía especialmente solo, aunque creo que eso no me causaba tristeza o pena, sino más bien todo lo contrario.

Otra característica común a los cuentos, espontánea y no buscada, pero después descubierta al releerlos, es que en casi todos ellos había algo oriental. El comienzo de uno de los cuentos, tal vez Habitantes de un sueño o quizá REM era: “El hombre de este cuento vivía en una ciudad poblada por orientales”. En aquellos cuentos imaginaba calles llenas de gente, sudorosas como yo lo estaba en aquel verano de Madrid, habitaciones con grandes ventiladores en habitaciones sofocantes, puestos de comida que llenaban la calle de humo y de olores especiados. Es decir, lo mismo que encontré anoche en Hong Kong y en aquella habitación de las Mansiones Chungking en la que pasé una noche medio dormido y medio despierto, bañado por el aire intenso de un gran ventilador que sonaba de manera estruendosa. Fue una sensación extraña, inquietante y subyugante, sentirme durante mi breve estancia en Hong Kong como uno de los personajes de esos cuentos que yo mismo escribí hace tanto tiempo.

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(Escrito en Hong Kong, 7 de junio de 2011)

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Amman, Jordania

Pasillo del avión de Royal Jordanian

Aeropuerto de Anman, 6 de junio de 2011 (4 de la madrugada)

El vuelo en la línea aérea Royal Jordanian ha sido muy agradable.

Ahora, en el aeropuerto de Amman, algunos pasajeros hemos pasado a la zona de transferencia, un lugar muy cuidado pero mortecino. Somos pocos  casi todo está cerrado,  excepto las tiendas libres de impuestos, que venden los productos típicos de una tienda libre de impuestos, entre ellos los productos típicos de cada país, que en España es el jamón serrano y paellas para hacer al instante. Aquí, en Amman, son unos pastelitos de apariencia deliciosa.

Pero como es muy tarde y somos pocos pasajeros, casi todos los bares están cerrados, excepto un puesto en el que se puede pedir café, y otro en el que, de nuevo, se ofrecen productos típicos. Tengo que esperar dos o tres horas hasta la conexión con mi vuelo a Hong Kong.

Aprovecho estas horas en vela para escribir algunas notas acerca del oficio de crítico literario y para apuntar algunas reflexiones acerca del movimiento iniciado el 15 de marzo en Madrid, que quizá está evolucionando de una manera que no me acaba de gustar. Hasta ahora he mantenido a raya mi juicio crítico movido y conmovido por el entusiasmo de mis amigos, pero ahora, ya lejos de la situación, empiezo a dudar, o mejor habría que decir, a estar más seguro de ciertas cosas.

Transcribo aquí el comienzo de ese texto, tal como lo escribí en la madrugada del día 6 de junio en el aeropuerto de Amman:

“He seguido con mucho interés los acontecimientos que han tenido lugar en la Puerta del Sol de Madrid. He pasado por allí casi todos los días y he observado cómo se iban desarrollando las cosas.

Me ha gustado mucho, he disfrutado y me he alegrado por lo que ha supuesto.

Pero no me gusta del todo la manera en la que está terminando.

El domingo, cuando se celebraron las elecciones, en una reunión con amigos, dije que seguramente lo mejor era que el movimiento se disolviera, aprovechando el buen sabor de boca. Mi amigo Uri  opinó que debía continuar y, tras dudar un momento, le di la razón.

Pero creo que me equivoqué, porque me dejé llevar por el entusiasmo.

El entusiasmo es un sentimiento muy estimulante, pero también muy peligroso. Siempre recuerdo las palabras de Primo Levi, quien había sido prisionero en un campo de exterminio nazi,  cuando le preguntarón si a veces no se dejaba llevar por la indignación al ver cosas relacionadas con el holocausto nazi. Levi respondió: “No, y si me sucede, intento controlarlo.”

Una cosa es indignarse y otra muy distinta guiarse por la indignación. El entusiasmo y las emociones más o menos institivas pueden activarnos, como nos activó el movimiento del 15 M en sus inicios, e incluso son necesarias para razonar, como muestra el neurólogo Damasio, pero sólo con las emociones no se puede razonar. Hace falta también pensar. Hessel, el autor de Indignaos parece arrepentirse de haber aceptado el título que le propusieron los editores. Si viviese en España, tendría más razones para querer cambiarlo, porque, como comenté a mi amigo Marcos hace unos días, el estado natural de los españoles es la queja y la indignación, así que pedirles que se indignen todavía más es como echar gasolina en un incendio. hay que pedirles que piensen, que reflexionen un poco más.”

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Fairuz entre Hong Kong y Madrid

En el vuelo de regreso desde Kumming a España disfruté muchísimo escuchando las canciones de Fairuz.

Fairuz es una cantante libanesa y la cantante árabe más conocida, admirada y escuchada durante décadas (junto a la egipcia Oum Kalsoum).

Escuché una y otra vez las hermosas canciones que ofrecía el archivo de audio del avión de Royal Jordania.

Fairuz con su madre en 1945 en Beirut

Una de ellas fue este Oumin, que pensé que tenía relación con la célebre sílaba sagrada india, pero que al parecer significa “Creo”.

Es una canción religiosa que Fairuz cantó en un disco navideño, si no me equivoco. Fairuz pertenecía a la religión cristiana ortodoxa.

[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=pYyQgUOt9WE]

Oumin

اومن أن خلف الحبات الوادعات

I believe that behind the gentle seeds

تزهو جنات

lies flowering Heavens

اومن أن خلف الليل العاتي الأمواج

  I believe that behind the violent waves
of the night

يعلو سراج

A lantern rises

اومن أن القلب الملقى في الأحزان

I believe that the heart that is suffering in grief

يلقى الحنان …

will find gentle love

كلي إيمان

I am full of faith

اومن أن خلف الريح الهوجاء شفاه

I believe that behind the reckless wind
there are lips

تتلو الصلاة

that say a prayer
اومن أن في صمت الكون المقفل
I believe that in the silence of the closed universe

  من يصغي لي

someone is listening to me

أني إذ ترنو عيناي للسماء

and when my eyes look at the sky ,

تصفو الأضواء

 the lights get clear

تعلو الألحان …

and the music rises
كلي إيمان
I am full of faith


(Viaje a Yunnan, 25 de junio de 2011)

LA CAJA DE MÚSICA

Edie, Moe y Nico

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Bola de nieve y la doble sinecdoque

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La caja de música

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Casanova y los vividores

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Junto a los ríos de Babilonia

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Dos versiones muy diferentes de una canción
Micah P. Hinson y Emmy the Great

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Impíos mexicanos

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Fairuz entre Hong Kong y Madrid

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Elvis herido

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Xu Wei y cada momento es nuevo

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Dutronc de nuevo

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Significado, intención y doble lectura en Cole Porter y Barbara

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Nick Cohn y “A wop bop A Loo Bop”

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Sweet Molly Malone

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LA DISCOTECA MORTAL

Súplica para ser enterrado en la playa de Sète, de Georges Brassens

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El señor de las sombras

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Vecchio frak, de Domenico Modugno

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Une petite cantate, de Barbara

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Albergo a ore y Les amants d’un jour

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Canción para mi muerte, de Sui Generis

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LA DISCOTECA INFIEL

Anche se, de Gino Paoli

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Una carezza in un pugno, de Adriano Celentano

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Pénélope (Brassens) por Barbara

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Champagne, de Peppino Di Capri

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La fiel Penélope

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Mosca y Caja conocen a David Hume en Amman

6 de junio en el aeropuerto de Amman, Jordania

Mientras espero el avión que me llevará a Hong kong, dibujo dos historietas de Mosca y Caja.

Una de ellas es un capítulo más de la Enciclopedia de bolsillo Mosca y Caja, dedicada a David Hume.

Puedes ver la historieta modificada en la Enciclopedia de Filosofía de Bolsillo Mosca y Caja: David Hume.

 

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