Tal como éramos

Unas imágenes de hace mucho tiempo…

De esta boda apenas recuerdo ni debo recordar nada, aparte de lo guapa que estaba mi madre, como se puede ver en el vídeo, también lo elegante que vestía Miquel Arias.

MI madre y yo (Victoria García y Daniel Tubau)

Mi madre (Victoria García) y yo

Miquel Arias y Carmen Rocha

Miquel Arias

Sólo hay algo que ha quedado fijado en mi memoria como uno de los acontecimientos de mi vida. Es un hecho trivial, sin demasiada importancia, pero con un fuerte ingrediente emocional y si se quiere simbólico.

El recuerdo al que me refiero es que en esa boda Santos Parrilla, amigo de mis padres, me llevó a cometer un pequeño acto delictivo.

Santos Parrilla y Daniel Tubau

Santos Parrilla me abraza
(no sé si antes o después del acto delictivo)

Juntos, creo que después de celebrada la boda, robamos el cepillo de la iglesia. Con el cepillo me refiero no a la escoba, sino a esa caja en la que los fieles dejan donaciones. No recuerdo si había mucho dinero, creo que no, o qué hicimos exactamente, tal vez sólo nos llevamos algunas monedas.

Cuando decía que se trata de un recuerdo simbólico me refería a que parece condensar en un único acto mi ateísmo, pero también podría señalar en mi descargo, que cuando entro en una iglesia me santiguo: no por superstición o porque quede un resto de duda en mí, sino porque esas son las reglas del juego y a mí me gusta jugar.

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  • Me sumes en la perplejidad. No por lo de santiguarte, que puede interpretarse como una ironía respecto a ti mismo, sino por la afirmación genérica “a mí me gusta jugar”. Al pronto pienso: a mí también. Pero a renglón seguido me detengo en ello: ¿realmente me gusta? Si me comparo con Àngels –por no ponerte a ti– pienso que no me gusta realmente jugar. A las cartas y todo eso, tan en serio como lo hacéis tú o ella, con pasión incluso. A mí es que casi me da igual perder que ganar en los juegos. Creo tener sentido del humor –fui incluso “profesional” del humor, de la caricatura, lo soy aún del sarcasmo–, pero jugar… diría casi que jugar es todo lo contrario. En fin.

  • La verdad es que sí, me gusta mucho jugar, a cualquier cosa, a todo tipo de juegos. Ahora quizá menos que antes, pero todavía mucho. Lo que no sé es por qué eso te llena de perplejidad: parece como si me gustará matar ardillas, aunque sospecho que te refieres a algo más vulgar. Creo que además el juego es bueno para relacionarse con los demás, entre otras cosas porque es una manera de que diferentes personas acepten unas reglas determinadas no por obligación, sino con el propósito de divertirse. Y creo que puede desarrollar muchísimo la capacidad empática. Incluso me parece que parte de las mejores cosas de la evolución social humana (no me atrevería a decir que también biológica) se deben al juego, a los diversos tipos de simulación, al “como si”, que dijera Vaiginher, pero ese es un tema largo, del que tengo intención de ocuparme en el futuro. Simplemente, en el caso de lo de la iglesia, puedes entender “jugar” en un sentido más inglés; “play”: jugar, tocar (un instrumento), interpretar, actuar, representar… Y ahí quizá te identifiques más porque sé que eso a ti te gusta mucho hacerlo, no sólo en teatro, cine o televisión (yo sólo lo practico en las iglesias, casi).