La cabra y la infidelidad

Ayer (20 de junio de 2004) vi una obra de teatro dirigida por mi profesor de Acting English, Skyler, e interpretada por tres personajes. Todo en inglés. La obra se titula The Goat (La Cabra) y trata de un matrimonio con un hijo que entra en una tremenda crisis cuando se descubre que el marido tiene una relación con una tal Silvia. “Who is Silvia?”, dicen varios personajes, en homenaje sin duda al hermosísimo poema de Shakespeare. La respuesta: “Silvia es una cabra”.

A partir de ese descubrimiento se inicia un terrible drama, puesto que la mujer se queda absolutamente trastornada al saber que su marido, al que ama sinceramente, está enamorado y ha hecho el amor con una cabra.

Al ver la obra, no pude evitar pensar que el conflicto no me preocupaba en absoluto. La obra estaba muy bien y resultaba muy entretenida, pero yo no veía qué problema había en que el marido amase a Silvia o se acostase con ella. En cualquier caso, si a la mujer no le gustaba la perspectiva de compartir a su marido con una cabra, la solución era separarse. Entiendo el dolor por tener que separarte de alguien a quien amas, pero el planteamiento del conflicto causado por la “aberración” del marido me resultaba completamente ajeno. No sé si es recomendable o no, correcto o incorrecto, pero así, a primera vista, no considero tan espantoso que hombres y mujeres tengan relaciones sexuales con animales. Ahora quizá nos resulte extraño, perverso, inconcebible, pero hace 20 o 30 años en muchas obras de teatro, cine o televisión se planteaban dramas tan o más desgarrados (porque La cabra es más o menos una comedia, creo) en torno a la homosexualidad de un personaje, cosa que ahora nos parece un asunto casi nulo desde el punto de vista del conflicto. No es que quiera comparar el bestialismo con la homosexualidad, sólo comparo dos cosas que la sociedad y las diferentes religiones e ideologías han considerado aberrantes durante siglos y que daban mucho juego para conflictos narrativos. pero también hace 50 0 60 años, un conflicto frecuente era descubrir que tu padre no es tu padre o tu hijo no es tu hijo, como en El padre de Strindberg.

En cualquier caso, desde hace un tiempo vengo pensando que un alto porcentaje de los argumentos de ficción tienen relación con  asuntos que no me resultan conflictivos. Muchísimas obras tienen que ver con los celos, los cuernos,  con la idea de que los hombres no entienden a las mujeres o las mujeres a los hombres… En todos estos casos, tengo que hacer un cierto esfuerzo de empatía para entender las razones de los personajes y sus terribles angustias. Decía Menéndez Pidal a propósito de El castigo sin venganza de Lope de Vega:

“Para apreciar y disfrutar un drama de honor es preciso contar con las premisas que al autor imponían las arcaicas leyes de la venganza, es preciso que nuestra imaginación acepte esas premisas como válidas.”

Quizá sea cierto, del mismo modo que al leer la Ilíada tenemos que hacer un esfuerzo para disfrutar de una matanza sin sentido y no pensar como el Tersites shakesperiano:

“¡Vaya marrulería, vaya trampa, vaya granujería! Todo el conflicto por una puta y un cornudo. Buen pleito para enfrentar a facciones envidiosas y morir desangrado. Que se pudra la cuestión, y la guerra y la lujuria los arrasen!”

Sin embargo, a las palabras de Menéndez Pidal, que tienen algo de cierto, responde Francisco Ruíz Ramón quizá con más sensatez y acierto, acerca de los dramas de honor (o de honra, como matiza mi editor Javier Baonza):

“A nosotros nos parece imposible que nuestra imaginación y nuestra sensibilidad acepten como válidas tales premisas, y en el caso de que tal hubiera que hacer, no tendríamos más remedio que reconocer honradamente que los dramas de honor pertenecen a ese inmenso territorio de teatro muerto de que está llena la historia del teatro universal.”

Y continúa diciendo Ruíz Ramón que eso no sucede con los dramas griegos ni con la mayoría de las obras de Shakespeare. Creo que tiene razón, pues si pensamos por ejemplo en la obra más célebre acerca de los celos, el Otelo de Shakespeare, enseguida nos damos cuenta de que el verdadero conflicto no son los celos sin más, sino el engaño al que Yago somete a Otelo. Desde este punto de vista es como contemplamos los actos de Otelo y como juzgamos a Desdémona: inocente porque sabemos que su supuesta infidelidad es mentira. Si el problema real fueran los celos, al menos en mi caso, empezaríamos a hacer funcionar nuestra mente de otra manera y nos negaríamos siquiera a aceptar que una Desdémona infiel mereciera la muerte. Pero no hace falta que pongamos en marcha ese mecanismo, puesto que sabemos que Desdémona ni siquiera es infiel a Otelo.

Pero en A secreto agravio, secreta venganza, El médico de su honra y El pintor de su deshonra, las tres de Calderón, se plantea un conflicto basado en el concepto del honor (mezclado también con celos) que hoy nos resulta caduco y casi ininteligible.

En los tres dramas los maridos matan a sus mujeres como si nada (incluso aunque sean inocentes como en El pintor de su deshonra) y se supone que el público lo aceptaba sin rechistar. A nosotros nos parece ahora una barbaridad con la que no podemos identificarnos.

Sospecho que llegará un momento en que los planteamientos de conflictos basados en celos e infidelidades nos resultaran tan pintorescos y ridículos como nos parecen ahora las obras de algunos autores antiguos centradas en el asunto del honor. A mí me lo parecen ya y también a Ana, que vio la obra conmigo, pero creo que las personas con las que hablamos no opinaban lo mismo.

 

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[Entrada publicada el 20 de junio de 2004]

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  • oscar

    Me parecio lamentable la obra La Cabra, no me transmitio ningun mensaje , absolutamente nada, me parece una pena que este gran actor Julio Chaves, se haya rebajado a hacer esta obra y encima ser el director.

  • Una pregunta…. ¿Como se juzga actualmente la infidelidad.?