Un intento filosófico
[CUADERMOS EGÓLATRAS]

AVISO
Tres años antes de matricularme en la facultad de Filosofía, hice un intento de explicar mis ideas filosóficas. Tenía veintidós años y no era la primera vez que lo intentaba. Quizá en otra ocasión ponga en esta sección ejemplos anteriores. Lo titulé Intento filosófico, sin duda pensando en imitar los Ensayos (intentos) de Montaigne, que no había leído todavía.

El intento quedó en eso, en un intento.

 

INTENTO FILOSÓFICO

Daniel Tubau -Infantas

Introducción y declaración de intenciones

Contando veintidós años el autor, comienza, como hiciera Descartes, a edificar su propio pensamiento filosófico, sin despreciar a los pensadores que le precedieron, pero sin dejarse encadenar por ellos; buscando la verdad allí donde se encuentre y venga de quien venga; reconociendo de antemano su ignorancia en casi todas las materias y deseando hacerse, si no más sabio, si más filósofo, porque (palabras de Platón) los sabios no necesitan buscar ni proclamar la verdad, siendo ambas cosas tareas de los filósofos, aquellos que, en un término medio, no son ni sabios ni ignorantes.

Ignoro el camino que seguirán estos escritos y no me fijo meta alguna excepto la de clarificar mi pensamiento a través de la reflexión. Siguiendo el ejemplo de los buenos físicos, partiré de algunas seguridades, algunas ideas que considero verdaderas, y, trazando un círculo no vicioso, no descarto que mis últimas conclusiones (que ahora ni siquiera puedo intuir) refuten esas primeras seguridades.
Esto es, por llamarlo de alguna manera, un viaje iniciático: la venda de la confusión y de la duda cubre mis ojos y mediante la reflexión y el raciocinio, pretendo apartarla de mí, deshacerme de ella.
Muchos errores, sin duda, se deslizarán en estos escritos que ahora inicio: mis conocimientos son escasos y dispersos, no he pasado por universidades y no he tenido maestros que me ayudaran a saltar obstáculos. Camino solo, sin ayuda, llevado por el único impulso de mi pasión y, por ello, frecuentemente me hundiré en cenagales que otros, aquellos que se han educado de una manera adecuada, sortearían con facilidad. Una ventaja, sin embargo, tengo sobre ellos: yo no tengo nada ‘superado’ (como suelen repetir tantos hoy en día); ni a los filósofos griegos ni a Descartes ni a Hegel (Martensen proponía pasar por encima de Descartes y Hegel, pues ya estaban ‘superados’). Sobre este tema existe un interesante comentario de Kierkegaard.

 

Un año después
Transcurrido un año desde la redacción de las lineas anteriores (que quedaron incompletas y que yo no soy quien para continuar), hallándome sin duda ahora en el peor momento de mi vida, al descubrir que la muerte no es sólo un fantasma que se pueda exorcizar diciendo que cuando estamos ella no está y cuando ella está nosotros no estamos, sino, antes al contrario, que es algo casi tangible, pesado y agobiante; hallándome, digo, en tal situación y viendo ante mí esta libreta en blanco, que a tan alto fin parecía destinada, lo único que puedo sentir es indiferencia.

Proponerse ser un segundo Descartes es lo mismo que querer ser reencarnación de Pico de la Mirandola (ambición que al parecer he compartido con Bioy Casares o, mejor dicho, con el joven que fue Bioy Casares), es pretender tener dos cuando no se ha tenido uno.
Bastante fatigosa es ya de por sí la tarea ineludible, pues nos viene impuesta, de ser, para desear, además, ser otro.

Una vez alcanzadas las conclusiones anteriores, ¿qué se puede hacer con esta libreta? Supongo que convertirla en un simple cuaderno de notas.

Una libreta usada, mancillada (pues para otro fin había sido destinada) no invita, sin embargo, a ser llenada de nuevas frases: siempre resulta más apetecible y menos comprometedor, estrenar otra libreta, para no verse en la obligación de tener que escribir pequeñeces en una libreta que a tanto aspiraba.

Pues pequeñeces son lo que yo deseo escribir, tal vez debido a que mi mente es incapaz de concebir ‘grandeces’. Quede, pues, esta libreta destinada a albergar todas mis ideas antaño diseminadas por libros, hojas, trozos de cartón, pequeños billetes y libretas; ideas que, piense lo que yo piense ahora, cuando fueron concebidas no me parecieron pequeñas, no las vi como molinos, sino como gigantes. Para ellas, esta libreta.

Jesús-Arauzo

Jesús Arauzo

NOTA 1996: Acababa de morir mi amigo Jesús Arauzo. Hoy, precisamente, antes siquiera de releer este texto y escribirlo en el ordenador, he estado pensando intensamente en Jesús. Una casualidad. Pensaba en su enfermedad y en la manera inesperada en que murió. Inesperada porque yo no pensaba que su vida estuviese en peligro. Mi macabro temperamento me ha llevado a comparar su caso con el mío.

[1999: Cuando escribí lo anterior, yo estaba muy enfermo, pero no estaba claro qué me pasaba, así que me pasó por la imaginación que me sorprendiese una muerte prematura.]

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 [El número 5 de Esklepsis fue publicado en 1999]

PÁGINAS DE ESKLEPSIS 5

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