Un paseo con Aristóteles por las librerías

A propósito de mi entrada Novelas vulgares comenta Iván Tubau Comamala (mi padre):

“¿Que Joyce es “más” o “mejor” que Simenon? ¿Que hay novela “vulgar” y novela “decalité”o “compleja” (‘?)? Me costaría mucho admitirlo. Es más: lo niego rotundamente.”

Mi respuesta es que no estoy de acuerdo conmigo y sí con Iván. Creo que tiene razón y que sería difícil dictaminar que Joyce es “más” o “mejor” que Simenon, y decidir qué una cosa es una novela decalité y qué otra cosa no lo es.

Simenon y Maigret

Sin embargo, la cuestión que planteé al intentar distinguir entre dos tipos de novelas todavía me interesa y creo que hay algo ahí en lo que vale la pena detenerse. Cuando escribí aquello, en unas notas apresuradas durante un viaje en avión, recuerdo que no lograba encontrar las palabras adecuadas para distinguir entre dos tipos de novelas que, a pesar de todo, creo que se pueden diferenciar con cierta facilidad. Empleé la expresión “vulgares” o “normales” frente a “complejas” o “ambiciosas” con muchas dudas, con la intención de referirme a dos tipos de literatura que, aunque sean difíciles de definir, estoy convencido de que sí existen, o al menos sí existen en la percepción de los lectores.
Intentaré ser más claro.

Platón y Aristóteles paseando con dos de sus libros

Olvidémonos, al menos por el momento, de la posibilidad de distinguir entre una novela vulgar y compleja mediante el análisis mismo de esas novelas. Es un asunto demasiado complejo. No resulta nada sencillo responder a la pregunta acerca de si ésta o aquélla novela contiene o no esto o lo otro, o si es de mayor o menor calidad. Esa es una tarea casi imposible porque no es sencillo separar una novela de su contexto, contexto en el que se incluye la propia mente del lector. Muchas novelas que no llamaron la atención de los críticos literarios en su momento son ahora motivo de continuo análisis y discusión entre los especialistas.
Entonces, ¿por qué distingo entre unas y otras novelas como si hubiera algo que las hiciera distintas?
Lo hago porque creo que, en efecto, existe algo que las hace diferentes, y ese algo son los lectores. Hay lectores a los que les gusta un tipo de novela y detestan otro tipo de novelas. Por muy difícil que sea definir en qué se diferencian esas novelas que son objeto de la simpatía o antipatía de los lectores, esas preferencias existen. Para comprobarlo, basta con que, como hacía Aristóteles al intentar definir la prudencia o la sabiduría, observemos a uno y otro tipo de lectores, o nos paseemos por las librerías.
Si vamos a la librería de un gran centro comercial, como El Corte inglés, veremos que en los expositores más visibles ya trayentes hay novelas como:

El prisionero del cielo, de Carlos Ruíz Zafón
Los pilares de la tierra, de Ken Follet
El código Da Vinci, de
Para qué sirve un cuñao y otras historias familiares, de Arturo Gonzalez Campos y Sergio Fernández
Que la muerte te acompañe, de Risto Meijide

Si ahora vamos a la librería Laie de Barcelona, no encontramos casi ninguno de los libros mencionados antes y sí encontramos títulos como:

Soy un gato, de Natsume Soseki
Cómo vivir o una vida con Montaigne, de Sarah bakewell
Ideas de orden, de Wallace Stevens
Viñetas para una crisis, de El Roto

Aunque , como bien señala Iván, sea difícil decidir que unos libros son decalité y otros no, o que unos son normales o vulgares y otros son complejos, cualquier lector puede distinguir entre unos y otros casi de un solo vistazo. Y lo que es más llamativo: a los que les gustan los primeros libros no suelen gustarles los segundos, y a la inversa. Ruego a los lectores que no entiendan todo esto como una valoración moral, estilística o crítica, puesto que estamos en medio de una investigación empírica a la manera de Aristóteles.
Tomemos ahora como ejemplo algunos libros que sé que le gustan a Iván, por ejemplo, los Discurso sobre la servidumbre voluntaria o Contra el uno, de Etienne de La Boétie, En busca del tiempo perdido, de Proust o La galaxia Gutemberg de Marshall McLuhan. Aunque estoy seguro de que muchos lectores de los bestsellers de Zafón han leído algunos de los libros que le gustan a Iván, no es demasiado arriesgado afirmar que la mayor parte de esos lectores no los ha leído y ni siquiera se han interesado por ellos. El lector modelo de Carlos Ruíz Zafón creo que no coincide con el lector medio de Marshall McLuhan.


Aunque puedo equivocarme, y aunque recurrir a la experiencia personal no es un criterio suficiente para una investigación rigurosa, cuando yo llevaba un libro de la segunda categoría (los de la librería Laie) a mi trabajo en una productora de televisión, recibía una y otra vez comentarios como “¡Qué cosas más raras lees!”. Sin embargo, sí llevaba un bestseller, aunque fuera un bestseller “decalité”, enseguida surgía una animada conversación acerca del libro, incluso con personas que no lo había leído. ¿Qué muestra todo esto?
No muestra, ni esa es mi intención, que haya libros que deben ser definidos como de calidad y otros como vulgares, porque no es mi intención refutar lo que dice Iván de una manera irónica o burlona, sino investigar sinceramente este asunto. Creo que tiene razón Iván, pero también creo que, a pesar de ello, hay algo que se nos escapa: la diferencia observable entre unos libros y otros o al menos entre unos lectores y otros.
Volviendo a lo que intenté decir en mi entrada, aunque fuera de un modo torpe y confuso: hay ciertos libros cuya lectura no es que no exija esfuerzo, no, no es eso, es que no facilita múltiples interpretaciones: se entiende claramente qué se quiere decir. Podríamos aclarar esto recurriendo a aquello de texto y subtexto, pero debería hacerse también con mucha prudencia, porque también es un tema complejo. Recurriré a mi propia experiencia como escritor y guionista. Hay ciertos textos y ciertos guiones que he escrito en los que mi empeño más tenaz es que todo se entienda a la primera, de manera nunca ambigua; que no se planteen, al menos no de manera explícita, diferentes interpretaciones. Hago eso, porque eso es lo que me piden que haga, no porque me guste hacerlo así. Tal vez esa es la razón por la que cada vez trabajo menos en televisión: no me gusta lo que me piden.
En las series convencionales de televisión, las que van dirigidas a esa cosa también difícil de definir (pero que tanto afecta a nuestro trabajo) “el espectador medio”,  suele indicarse de manera muy clara a los guionistas que no recurran a las posibilidades narrativas que ofrece el sonido y o la imagen, más allá de las evidentes, como el diálogo. Es decir, que se ajusten a aquella definición clásica que decía: “La televisión es radio con imágenes”.  Sin embargo en las nuevas series de la televisión de canales como HBO se alienta a los guionistas a que usen con más sutileza y vigor las posibilidades del medio audio-visual.
Una escena como la de A dos metros bajo tierra (Six feets under), en la que Nathan viaja en su furgoneta pensando en si vende su parte de la funeraria  y se encuentra con una manifestación en defensa de una zona verde y entonces la realidad exterior se modifica por un instante para meterse en su propio problema, no habría sido aceptada por los coordinadores de guión o los productores ejecutivos de una serie convencional, pues no es “radio con imágenes” y sería confusa para el “espectador medio”.

[vimeo]http://vimeo.com/35249145[/vimeo]

Me detengo aquí en esta pequeña investigación, en la que, insisto, no hay consideraciones morales, críticas y ni siquiera valorativas, acerca de dos tipos de novelas, de series, de narraciones, que tal  vez sea difícil definir, pero que son fáciles de distinguir.

Share