Viajes al Otro Mundo

Lectura del Zhuangzi /13

Palabras en el viento, por Rubén Monzón

Palabras en el viento, por Rubén Monzón

En Los soplos de la voz prometí una interpretación de las opiniones de Zhuangzi acerca del lenguaje que no he encontrado en ningún comentador, quizá porque la mayoría de los comentadores no se aventuran a discutir con nuestro querido amigo Zhuangzi, un respeto que, tal vez, es una de las formas del desprecio.

Tanto en esa entrada como en la anterior (Palabras en el viento) había ciertas dudas acerca de si el maestro Zhuang pretendía criticar el lenguaje al compararlo con el viento. Por un lado, dice que las “palabras no son como el viento”. Por otro lado, como nos señala Iñaki Preciado Ydoeta, quizá eso no es un elogio de las palabras, sino todo lo contrario. ¿Por qué? Porque para Zhuangzi el viento no sería lo que vulgarmente entendemos, esa brisa, aire o tempestad sin sentido ni significado.

En efecto, en los comienzos del libro segundo del Zhuangzi conocimos a Ziqi de Nanguo (ver La música del cielo), quien decía que el viento habla a través de las oquedades de la tierra. Ziqi parecía capaz de entrar en algo así como un trance, en abandonar su propio yo y entrar en comunión con la naturaleza. Cuando su amigo Yangcheng Ziyou le pregunta qué le ha sucedido en esos momentos en los que parecía “un tronco seco” sin conciencia, Ziqi le responde:

«¿Sabes? Hace un momento he perdido mi yo.
Aunque oigas la música de los hombres,
no oyes la música de la tierra.
Aunque oigas la música de la tierra,
no oyes la música del cielo».

Cuando su amigo le pregunta qué músicas son esas de la tierra y el cielo, Ziqi explica:

«Viento es lo que exhala la Tierra respirando
– dijo Ziqi -. Inmóvil hasta que se levanta
y braman con furia todas las oquedades.
Allí, en las montañas,
en los bosques profundos,
las hendiduras de los gigantescos troncos
son como narices, bocas, orejas,
muescas, tazas, morteros,
hoyos y hondonadas: todos ellos
susurran, silban, chillan,
sollozan, rugen, vociferan.
Unos llaman y otros son eco.
Unos son dulce brisa, otros
huracán desaforado.
Cuando el viento poderoso se detiene,
las oquedades se vacían de silencio.
¿No has visto tú la danza última
de las hojas, de las ramas
el último temblor?» 

Podemos entender este pasaje de muchas maneras, hay quien dice, y en ello coincide Liliana Chaves, que Zhuangzi, o mejor el personaje que nos está hablando en este pasaje, Ziqi de Nanguo, sostiene que la tierra es un ser vivo dotado de conciencia: “Creo entender que la tierra para el divino Zhuang es un ser viviente y por lo tanto es conciencia”. Carmelo Elorduy cita a un comentarista chino de la dinastía Tang, Cheng Xuanying que, en efecto, identifica a la Tierra (“la Gran Masa”) con el Creador, la naturaleza o el Universo. Elorduy señala además otro pasaje del Zhuangzi, en el capítulo 6, en el que se dice “La Gran Masa me ha cargado con mi cuerpo”, y compara esta concepción con la de algunos filósofos griegos, como Anaximandro o Anaxímenes, que hablaban de la respiración de la tierra, y otros que consideraban que la Tierra era un animal viviente, dotado de un Alma Universal”.

Sea como sea, y este es un asunto sobre el que volveremos una y otra vez, Ziqi habla de la música de los hombres, de la música de la Tierra y de la música del Cielo, como tres cosas diferenciadas, porque como hemos visto antes, dijo que puedes escuchar la música de los hombtres pero no la de la tierra, y la música de la tierra pero no la del cielo:

«La música del Cielo 
¿de dónde viene ese soplo múltiple y plural
que penetra en cada cosa
y que cada cosa inhala por sí misma?».

Aunque ahora no podamos resolver este asunto tan complejo y que ha sido interpretado de tan diversas formas, en parte según las preferencias de cada lector Cheng Xuanying (fl. 631-652) era budista o al menos estaba muy influido por el budismo que había llegado a China unos siglos antes, encontrando grandes semejanzas con el taoísmo y a veces fusionándose o cohabitando, en especial el budismo de la escuela dhyana, que dio origen al Chan chino y al posterior zen japonés. Por su parte, Carmelo Elorduy, extraordinario sinólogo pionero, era jesuita. Yo soy ateo y materialista, si es que esas palabras significan algo muy definido, más allá de la desconfianza en la existencia de dioses y espíritus. Cada uno queremos apropiarnos de las bellezas y la inteligencia del Zhuangzi y eso nos puede hacer ver lo que queremos ver y apenas mirar lo que no nos interesa o no nos gusta en los deliciosos pasajes de este libro incomparable. Pero, Zhuangzi, como Shakespeare se escapa a todas las redes que le lanzamos los interpretadores, y está bien que así suceda, porque los libros con un único significado son poca cosa. Aunque es mi intención en esta lectura del Zhuangzi intentar ver incluso lo que no quiero mirar y dejar hablar a Zhuang (y a otros posibles autores del libro), de vez en cuando ofrezco mi propia interpretación, sabiendo que es completamente personal y subjetiva, pero respetando, creo, unas reglas para leer textos filosóficos que me impuse a mí mismo hace muchos años, y que puedes leer aquí: Reglas para leer textos de filosofía.

Aclarado todo lo anterior, vuelvo al Zhuangzi y limito mi comentario a un objetivo modesto, el lenguaje y la música del cielo y de la tierra, dejando para más adelante las discusiones acerca de un Creador o una interpretación monista o panteísta de la naturaleza y el universo.

 

Words are wind, por Fiona Reeves

Words are wind, por Fiona Reeves

 

La música y el lenguaje del cielo y de la tierra

Recordemos cómo terminaba Ziqi su charla acerca de la música del cielo y de la tierra:

«Si la música de la Tierra
proviene de estas oquedades;
y si la música de los hombres
proviene de las flautas de bambú;
¿de dónde viene la música del Cielo?».

Aquí, como se ve, se establece una comparación explícita entre el lenguaje y la música de los seres humanos y esa otra música y ese otro lenguaje, incomprensible para nosotros, del viento, la tierra y el cielo.

Lo habitual, al interpretar este tipo de pasajes, es ponerse en el lugar del maestro Ziqi, un ejercicio muy arriesgado, en mi opinión, y dar por sentado que Zhuangzi nos está diciendo que nuestro lenguaje, nuestro pensar, nuestras palabras y nuestras distinciones no son otra cosa que inútiles y pretenciosos balbuceos, y que deberíamos quedarnos callados ante la magnificencia y verdad de la naturaleza, el Tao o como queramos llamarlo.

Nosotros y nuestro lenguaje, en definitiva, somos una vulgar copia de esa verdad inefable, así como lo son nuestras fatigosas distinciones y discusiones interminables acerca de lo que es y lo que no es. Existe, en definitiva, una verdad allá fuera donde todas las distinciones desaparecen y donde podemos, en algo semejante a un éxtasis místico como el de Ziqi de Nanguo, contemplar la verdad, que no está dividida ni es múltiple, como todo aquello que se nos aparece en nuestro mundo cotidiano.

Podríamos descubrir un paralelo entre este planteamiento y otros que se podrían encuadrar en eso que se ha llamado nostalgia del origen, del mundo indiviso, de la realidad Una y única. También con aquella filosofía perenne de la que hablaba Aldous Huxley.

Sin embargo, creo que se pierde de vista un asunto fundamental y en esto difiero del Zhuangzi o al menos de su interpretación dominante. Es una opinión personal, un debate con Zhuang, Ziqi o quienes sostienen esa distinción entre la pluralidad aparente y la esencial unidad.

 

El mundo del revés

No es que Zhuangzi o Ziqi hayan visto esa Verdad, esa Naturaleza, ese Tao indiviso y vengan aquí, a este mundo imperfecto, para contárnoslo y revelarnos que somos un pálido reflejo de lo Perfecto. Aunque Zhuangzi parece dudar hasta el último momento de su libro acerca de cuál es la respuesta a estas y a otras preguntas inquietantes, cieros intérpretes, que podríamos considerar “orientalistas” en el sentido empleado por Edward Said, parecen tenerlo muy claro y dar por sentado que debemos aceptar sin más la existencia de esas nociones trascendentes (Tao, Naturaleza, Verdad) y de las músicas y lenguajes de la tierra y el cielo, incluso de esas entidades con mayúscula, Cielo y Tierra y Viento, superiores a nosotros y de las que depende nuestra existencia y de las que son una imitación nuestras músicas y nuestros lenguajes.

Yo creo, sin embargo, que el proceso es más bien el contrario: es a partir de la observación de este mundo imperfecto como un filósofo, un místico o un pensador como Zhuangzi construye ese otro mundo.

Es a causa de la observación del lenguaje humano por lo que Zhuangzi se dedica a buscar en la naturaleza un lenguaje equivalente.

En realidad, Zhuang o Ziqui o los místicos y metafísicos que hablan de lo incognoscible, las esencias, la idealidad, el Tao con mayúsculas o “lo Otro”, están tan contaminados como cualquiera de nosotros y se dejan llevar, también como cualquiera de nosotros, por las cosas, las categorías y los esquemas que han observado en este mundo imperfecto. Y sólo después intentan trasladarlos a lo Otro, proporcionándole, de este modo, un lenguaje a Tierra, al Viento y al Cielo, o la Naturaleza, al Mundo y al Tao, pero no debido a que la Naturaleza, el Mundo o el Tao tengan tal lenguaje, sino porque somos nosotros quienes tenemos un lenguaje.

Dicho de otra manera: la metafísica como cosa de la que hablan los seres humanos se basa siempre en la física. Como se sabe, esto sucede ya desde el comienzo de la palabra “metafísica” gracias a un delicioso accidente: cuando Andrónico de Rodas quiso ordenar ciertos textos de difícil clasificación de Aristóteles, los situó detrás del volumen que contenía la Física, digamos que en el estante que está más allá del de la Física. Pero efectivamente, varios de esos textos se ocupan de lo que está “más allá de la física”, del fundamento último de lo que hace posible la física, la naturaleza, de la ontología, de la causa de todas las causas, etcétera.

Ahora bien, insisto en que todo lo que el maestro Zhuang encuentra allí, en el Cielo, en el Viento o en la Tierra, lo ha visto antes aquí: el lenguaje, la música y todo lo demás.

Ahora bien, algunos filósofos se han preguntado: ¿de dónde procede la idea de perfección si no existe la perfección en este mundo? ¿Y de dónde el concepto de Unidad si aquí lo que hay es multiplicidad?

Descartes, en un argumento indigno de su genio y  de su ingenio, dijo que la noción de perfección procedía de Dios: “Puesto que la perfección no existe en este mundo, esa idea tiene que haberla puesto un Dios en nuestra mente”.

Pero la verdad es que la idea de perfección o la idea de cualquier cosa que no podemos encontrar en este mundo imperfecto se puede imaginar fácilmente a partir de la observación de lo que sí vemos.

A partir de la observación de lo imperfecto se llega con tremenda sencillez a lo perfecto: veo en un objeto algo que no acaba de satisfacerme, así que puedo imaginar que ese objeto no tuviera ese defecto, y puedo imaginar, sin ningún esfuerzo especial, que no tuviera aquel otro defecto, que no tuviera ningún defecto.

Veo un trozo de madera que mide un metro: puedo imaginar que midiese dos metros, y que midiese cuatro, y que midiese siempre un poco más, puedo imaginar, en fin, que no llegase yo nunca a alcanzar su punta. De este modo llego a la idea de lo interminable y lo infinito, aunque no pueda contemplarlo en este mundo.

Este mundo cotidiano no es como es debido a la existencia de un Otro Mundo que nadie conoce, sino que cualquier otro mundo es imaginado a partir de este mundo. Zhuangzi se mueve a partir del lenguaje humano hacia el lenguaje de la Tierra y el Viento, y no al revés. Es el significado que descubre en ese aire sonoro que son nuestras palabras lo que le hace buscar también un significado en ulular del viento.

Los trascendentalistas, y no me refiero ahora a Zhuangzi, que es más complejo, ambiguo, divertido e interesante, suelen despreciar las distinciones de este mundo imperfecto nuestro y a los pobres filósofos que se pierden en discusiones interminables, pero su otro mundo trascendental no es ni más ni menos que una distinción más, una multiplicidad más que añadir a esas de las que tanto se burlan. Una hipótesis más, imaginada o inventada a partir de las observadas en este mundo vulgar que habitamos, y no al contrario. Aunque no soy marxista, creo que es muy cierto aquello que Marx aplicó a Hegel: hay que devolver al mundo lo que Hegel se llevó a los cielos, poner a Hegel del revés y convertir el espíritu hegeliano en materia.

Por otra parte, ese tipo de interpretaciones acerca de la Unidad, el Tao indiviso o la infinitud y perfección divinas son tan gratuitas como un brindis al sol, o al viento, si se prefiere. Porque también es muy fácil darse cuenta de que existe una  contradicción irresoluble entre vivir en ese Tao indiviso y, sin embargo, tomarse la molestia de escribir un libro lleno de paradojas y multiplicidades. Pronto veremos algunas más.

 Continuará…

 

 

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