Antología de Spoon River

Recuerdo haber visto este libro, en la sugerente edición de la editorial Barral, durante años en la biblioteca de mi madre. Es un objeto, una imagen, que ha logrado ocupar ese lugar especial de la memoria que alcanzan pocas imágenes de las que se aparecen ante nuestros sentidos a lo largo de la vida. Leí el libro en la adolescencia, pero durante años lo he conservado en mi recuerdo como ese objeto hermoso, y sin duda macabro, de la edición de Barral. De los poemas apenas recordaba nada, tan solo que eran algo así como los epitafios y los testimonios de los hombres y mujeres enterrados en el cementerio de Spoon River.

Hoy (en 1996) he vuelto a leerlo, tantos años después, y he descubierto muchas cosas. He descubierto que es un libro extraordinario y he descubierto su sombra o su influencia en algunos fragmentos de mi vida.

Hace años, por ejemplo, comencé a escribir un libro de canciones/poemas llamado La ciudad de los hombres perdidos*. Era un lugar en el que se reunían hombres y mujeres ya muertos, ya cada uno contaba su historia en un poema.

Siempre pensé que el asunto se me ocurrió a imitación de las canciones de Bertolt Bretch y Kurt Weill. Ahora descubro también el reflejo de los muertos de Spoon River.

Edgar Lee Masters nació en Garnett, Kansas, en 1869. En la introducción de Alberto Girri se cuenta que escribió su obra maestra, la Antología de Spoon Riveer, y después se sumergió de nuevo en la mediocridad, hasta su muerte en 1950. El libro pudo ser la consecuencia de un “estado de trance similar al que W.B.Yeats describe en sus autobiografías”.

La edición de Barral

No sé si es cierto.

Lee Masters tomó como fuente de inspiración la Antología griega, compilada hacia el siglo I antes de nuestra era. Los poemas están escritos en el estilo “que recomendaba Yeats a su paso por Chicago: un estilo “like speech, as simple as the simplest prose, like a cry of heart” (“Como el hablar, tan simple como la prosa más simple, como un lanto del corazón”). Verso libre que huye de la prisión métrica de los versos y la rima en la que yo ahora, gozoso, comparto cautiverio con Marcos**.

A continuación, uno de los poemas, de uno de los muertos del cementerio de Spoon River:

 

Hare Drummer

¿Van todavía los muchachos y las chicas a lo de Siever
a beber sidra,
después de la escuela, a fines de septiembre? 

 

¿O  a recoger avellanas entre las malezas en la hacienda
de Aaron Hatfield cuando empiezan las heladas?

 

Porque muchas veces riendo con las chicas y los muchachos
yo jugaba en el camino y en las colinas
cuando el sol descendía y el aire era fresco,
deteniéndome para aporrear los nogales que se erguían
sin hojas contra el ocaso en llamas.

 

Ahora, el olor del humo del otoño, y las bellotas que caen,
y los ecos de los valles, me traen sueños de vida.
Revolotean sobre mí.

 

Me preguntan: ¿Dónde están tus camaradas que reían?

¿Cuántos están contigo,
cuántos en los viejos huertos del camino hacia lo de Siever,
en los bosques que dominan las quietas aguas?


(1996)


* En próximos días rescataré para Diletante el libro de canciones La Ciudad de los Hombres Perdidos.

** La métrica prisión a la que me refiero es un duelo poético y ajedrecístico que mantuve con mi amigo Marcos Méndez Filesi. Puedes leerlo aquí: El doble duelo

2020: Años después se publicó la traducción en español una traducción completa de la Antología de Spoon River, en la editorial Cátedra. Corrí a leerla y descubrí a muchos más muertos de aquel pueblo y las conexiones entre unos y otros, pues el cementerio de Spoon River es una red de conexiones, como un relato hipertextual con enlaces que te descubren detalles de lo que fue la vida de quienes habitaron en Spoon River. Sin embargo, me quedé con al sensación, tal vez engañosa, tal vez errónea, de que era preferible la antología de la Antología que habían hecho en la editorial de Carlos Barral. Que era más hermoso el libro abreviado que íntegro.

La Antología griega que leyó Lee Masters es sin duda la Antología Palatina, un libro hermoso más allá de toda medida, que no sé si reseñé en esas Ocurrencias de un enfermo (que voy releyendo poco a poco).


[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2020 durante el coronavirus]

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