Apocalípticos e integrados ante el coronavirus

En 1965, Umberto Eco hizo célebre una dicotomía, la de los apocalípticos y los integrados… ante la cultura de masas. Los apocalípticos eran los que contemplaban con pesimismo y espanto la cultura de masas que llegaba a través de los nuevos medios: televisión, revistas, cómic, periódicos con grandes tiradas, o incluso el cine. Todo eso lo único que lograba, en opinión de los apocalípticos, era degradar la cultura. En el campo contrario estaban los integrados, que llevados por un optimismo sin límites, veían con entusiasmo el fenómeno y no solo consumían con voracidad lo que les ofrecían los nuevos medios, sino que adoraban cualquier novedad tecnológica o discurso mediático. Una y otra postura tenían sus razones, e incluso eran razonables en algunos aspectos.

Los integrados destacaban el aspecto democratizador que permitían las nuevas tecnologías y los medios de masas, poniendo al alcance de todos aquello a lo que antes solo podían acceder las élites y los privilegiados. Pero su deseo de que la cultura estuviera al alcance de todos les llevaba muchas veces a aceptar triturarla hasta convertirla en una papilla sin forma, digerible para cualquier paladar. Los apocalípticos, en consecuencia, denunciaban la degradación de la cultura, del juicio crítico, y un infantilismo que a menudo se convertía en bobería.

Pero, a pesar de lo razonable, las dos posturas también erraban debido al exceso y al dogmatismo.

Ante el coronavirus, podemos aplicar la distinción entre apocalípticos e integrados a varios asuntos.

Uno de ellos es ¿qué sucederá cuando acabe la pandemia, o al menos su fase actual extrema? Algunos imaginan un mundo maravilloso en el que todos, escarmentados por el azote de esta maldición universal, crearemos una nueva sociedad justa y equilibrada: «Bienvenidos a la utopía soñada». Otros imaginan un futuro tenebroso en el que se exacerbarán los odios nacionales y renacerán los totalitarismos y los estados policiales: «Bienvenidos a la distopía orwelliana». Este es un asunto interesante, del que hablare en otra ocasión. Pero ahora quiero referirme a un aspecto que me parece más urgente y mucho más importante que esos futuros utópicos y distópicos, que seguramente son más impredecible de lo que creen los futurólogos y los filósofos mediáticos.

Mi intención aquí es referirme a los apocalípticos y a los integrados en relación a lo que hacen los diferentes gobiernos del mundo ante la pandemia del coronavirus.

En este caso, la dicotomía tienen la virtud de carecer de cualquier complejidad y se reduce a aplicar la frase de Groucho Marx: «Sea lo que sea estoy en contra», o bien su contraria: «Sea lo que sea estoy a favor».

Es decir, si soy partidario de quienes gobiernan, entonces, hagan lo que hagan, no solo les apoyaré, sino que les aplaudiré con entusiasmo, me negaré a señalar cualquier pequeño error, justificaré cualquier decisión, negaré cualquier contradicción, dictaminaré que no había más remedio que hacer lo  que se hizo. Pero si soy contrario a quienes gobiernan, entonces, hagan lo que hagan, yo estaré en contra, incluso aunque hagan lo que yo pensaba hasta hace un instante que había que hacer.

Como es obvio, estas dos posturas no son universales. Dicho de otra manera, una misma persona puede ser apocalíptica en España, pero integrada en Estados Unidos. Y al contrario, porque lo único importante para esa persona es pensar de manera reactiva: su pensamiento se forja en función de lo que aquellos que amo u odio hagan, sea eso lo que sea.

Este sencillo radicalismo hace que se produzcan extrañas paradojas. Como he dicho, puede haber personas que comparten la misma ideología y que sin embargo son apocalípticas en España e integradas en Gran Bretaña. Si estuvieran en las islas británicas, esas personas estarían en el lado de los apocalípticos y dirían que fue un espantoso error no animar a la población a alejarse de actos públicos o de los pubs; pero si esa misma persona, con la misma ideología, estuviera en España, encontraría estupendas razones para justificar que sus dirigentes hubieran animado a participar a la población en todo tipo de actos públicos, deportivos o políticos, justo un día antes de decretar que se debían cerrar los colegios. La misma persona que criticaría las bromas de Trump, Bolsonaro o Johnson ante el coronavirus, si estuviera en México justificaría que su presidente hubiera animado una y otra vez a abrazarse efusivamente con conocidos y desconocidos. La globalización  y la facilidad de comunicarnos con otros países está dando lugar a conversaciones grotescas en las que dos amigos de la misma ideología lamentan en el minuto uno de su charla lo que ha hecho el gobernante de un país para en el minuto tres empezar a elogiar al gobernante del otro país… ¡que ha hecho exactamente lo mismo que acaban de criticar en el otro gobernante! Y lo asombroso es que los apocalípticos y los integrados ni siquiera se dan cuenta de la contradicción en la que caen una y otra vez.

Así que el calificativo de apocalípticos e integrados, en definitiva, no tiene absolutamente nada que ver con el pensamiento, sino más bien con su ausencia. Para ser un apocalíptico o un integrado simplemente hay que dejar de pensar, porque lo único que hay que hacer es reaccionar: reaccionar a favor o reaccionar en contra. Como decía Paul Watzlawick, estas personas son las que, enfrentadas a un dilema, antes de decidir qué es lo que opinan, en vez de examinar las razones a favor y en contra, lo que hacen es observar atentamente qué están diciendo los suyos y qué es lo que están diciendo los otros, los enemigos. No examinan qué se dice sino quién lo dice. Y tiemblan de miedo e indignación ante la posibilidad de compartir una opinión que mantienen esos que ellos tanto detestan.

Los apocalípticos y los integrados hoy piensan esto y mañana lo contrario, ayer tenían una extraordinaria colección de poderosos argumentos para explicar a los indocumentados que las mascarillas  no eran necesarias (¡y que incluso eran perjudiciales!), pero hoy repiten una y otra vez que habrá que usarlas y que hay que seguir el ejemplo de los japonés (prefieren no mencionar a los chinos, ni siquiera a los coreanos, porque ya se sabe que Japón es el país más prestigioso y cool de Asía Oriental). Lo que les ha hecho cambiar de opinión, insisto, no es que su pensamiento se haya movido, sino que los que se han movido han sido los suyos.

Pero sucede que los apocalípticos y los integrados son, curiosamente, víctimas de sus enemigos, un asunto al que me he referido a menudo y que he llamado «ser vencido por los enemigos al vencerlos». Dicho a la manera latina: «Graecia capta ferum victorem cepit» («La Grecia conquistada conquistó al fiero vencedor»). Pero, por desgracia, en este asunto no se trata de la difusión de la rica cultura griega en territorio romano, sino de la difusión de opiniones partidistas en medio de una pandemia. Es el fanatismo de los colores o de las banderas, el fanatismo del forofo futbolero aplicado a asuntos graves. Mucho más graves. Ser vencido por los enemigos al vencerlos es lo que sucede cuando para oponerte a los demagogos te conviertes tu mismo en un demagogo.

Porque estas actitudes demagógicas reactivas hacen que la verdad, la verdad necesaria que debemos extraer de esta tragedia del coronavirus, quede aplastada entre los activistas de uno y otro bando, porque unos y otros se realimentan y refuerzan y los únicos que pierden son los que rechazan este pensamiento descerebrado. Muchas de las buenas razones que tienen los apocalípticos quedan enterradas bajo sus insultos, sus descalificaciones soeces y la pérdida de toda sensatez argumentativa. Los aciertos indispensables y absolutamente necesarios de su crítica, de la crítica que se debe hacer a los errores cometidos, quedan oscurecidos por el odio, el rencor, la grosería, el tono faltón, el desprecio chulesco. Con esa manera de argumentar lo único que consiguen es favorecer a quienes pretenden criticar, porque les ofrecen en bandeja un estereotipo fácil de derribar, porque ellos mismos se fabrican su espantapájaros u hombre de paja.

Falacia del hombre de paja. Consiste en crear un enemigo dotado de todos los defectos y de ninguna virtud. Un ente imaginario hecho de algunas verdades, bastantes medias verdades y muchas mentiras. Es una caricatura no ya de los rivales, sino de las opiniones diferentes a las nuestras, que se personifican en un personaje tan ridículo que es muy fácil golpearlo, derribarlo y machacarlo; y de este modo reforzar nuestra propias posiciones de manera directa o subliminal: “Si esas opiniones las sostienen personajes tan grotescos, entonces los que opinan lo contrario tienen razón”. Se trata probablemente de la falacia más empleada por los demagogos y propagandistas. También se conoce con el nombre de monstruo o espantapájaros. El problema en la actualidad es que los hombres de paja ya no los crea quien quiere derribarlos, sino las personas que se autocaricaturizan a sí mismas, al combinar con argumentos razonables opiniones estrambóticas, vulgares y desmesuradas.

Una de las lecciones fundamentales que creo que deberíamos aprender es que en el diálogo social las formas importan. Importan mucho. Si queremos convencer a los no coonvencido, si realmente queremos cambiar las cosas y no tan solo recibir el aplauso bobalicón de los que ya piensan como nosotros, deberíamos ser más exigentes con nosotros mismos y también con aquellos a los que consideramos nuestros aliados. Recuperar en la discusión la elegancia, el humor, el ingenio e incluso la ironía y el sarcasmo, incluso el ardor, pero no la brutalidad argumentativa y la deformación propia del espejo de las ferias y la parodia simplona, que, como se sabe, es el género más bajo de la comedia.

Pero las cosas no están mejor en el terreno opuesto, el de los integrados: el optimismo irracional e infantil contra viento y marea, la negación de una realidad evidente que está ahí, el apoyo sin fisuras a todo lo que se diga o se haga desde el poder. Porque los integrados emplean los mismo métodos ya descritos para atacar cualquier cosa que digan sus rivales (chulería, desprecio, insulto, ataques ad hominen) y echan por la borda todo lo que pueda tener de razonable una apelación a la solidaridad, al esfuerzo común, al entendimiento, puesto que resulta obvio que esa apelación solo la hacen porque quienes gobiernan son los suyos, pero que se diluiría en un instante si los que gobernaran fueran los otros. Esa manipulación de los hechos, de los datos, de las situaciones resulta tan evidentemente interesada y tan impúdica que es la manera más inconveniente de defender a quienes pretenden defender. Ellos, igual que los apocalípticos, crean su propio estereotipo, el de una persona capaz de defender hoy esto y mañana lo contrario, del forofo acrítico al que lo único que le importa es que gane su equipo sea como sea y haciendo uso de  cualquier trampa o truco barato. Y en este asunto no estamos ante un vulgar partido de fútbol, sino ante la pérdida de vidas humanas o consecuencias sociales y económicas que afectan y afectarán a millones de personas.

De la falacia del hombre de paja o monstruo es también una de las entradas de mi último libro, que reproduzco aquí:

Si las cosas siguen así, el coronavirus me va a dar ocasión para citar todos lo métodos manipuladores de los polemistas más burdos (y no de los más selectos), de mi  Cómo triunfar en cualquier discusión. Diccionario para polemistas selectos

No quiero hacer más largo esto. Me entristece profundamente en este momento trascendental contemplar de nuevo este espectáculo tan repetido en España, y darme cuenta en los últimos días de cómo unos y otros ya están preparando las trincheras, pero no para la guerra (si es que esto es una guerra), sino para la posguerra. Ya están engrasando la maquinaria de la propaganda y situando las baterías que logren inutilizar los argumentos de una futura crítica absolutamente imprescindible si realmente queremos aprender de los errores. Y en el otro lado, ya están tomando posiciones los que quieren sacar un beneficio político de la situación a cualquier precio y sin importarles nada más. Entre unos y otros lo único que estamos perdiendo es la verdad, la sensatez, la rectificación y el aprendizaje que deberían ser las lecciones  de una situación como esta.

Termino con uno de los peores argumentos que he escuchado en los dos extremos, en los apocalípticos y en los integrados, según a qué gobierno o a qué políticos se refieran. Es el argumento que dice que las medidas que se han tomado (o que no se han tomado) eran inevitables, que la situación era imprevisible (lo que es completa y demostrablemente falso), que los políticos actuaron como lo hicieron porque se jugaban las elecciones, y que tomar una decisión drástica en su momento les podía costar votos… y ya se sabe que en la política eso es importante. A partir de esa constatación que por lo general debería llevarnos a una crítica, muchas personas se deslizan por una pendiente retórica y  concluyen que, al fin y al cabo, es inevitable que un político se comporte así. Este es un pensamiento especialmente aberrante. Y lo es más cuando se escucha en boca de quienes hace no mucho usaban esa descripción de la acción política para señalar al mal político, al político detestable… cuando gobernaban los otros.

Porque hay que recordar que poder explicar las causas de una acción o de una situación no significa en ningún caso que se deba justificar esa acción o esa situación. Entender un mecanismo no implica considerarlo inevitable. Entender no es justificar. Es como si un torturador dijera que, puesto que ha aprendido técnicas de tortura, entonces está obligado a aplicarlas y, lo que es peor, como si nosotros admitiéramos que es verdad lo que dice, pues ¿que qué otra cosa va a hacer si al fin y al cabo es un torturador? ¿Qué otra cosa va a hacer si es un asesino? ¿Qué otra cosa va a hacer si es un maltratador? ¿Qué otra cosa va a hacer si es un político? El hecho de que existan torturadores no justifica la tortura, ni el hecho de que muchos políticos politiqueen no justifica el politiqueo. En situaciones como esta, en situaciones de emergencia nacional y mundial, a un político se le debe exigir que ponga en juego su carrera política, que se arriesgue a perder votos, a ser impopular, si tiene ante sí la opción correcta y si esa elección puede ser decisiva para salvar miles de vidas. Justificar en momentos como este que un político haya escogido la opción incorrecta, puesto que se jugaba la popularidad o los votos, es despojar a la política y a la democracia de todo su fundamento. Los ciudadanos no podemos reprochar, como se hace tan a menudo, el cinismo de los políticos y al mismo tiempo caer en el cinismo de aceptar como legítimas esas actitudes y esa manera de tomar decisiones (cuando las toman los nuestros, claro). Los ciudadanos debemos negarnos a aceptar convertirnos en rehenes de las decisiones de los políticos y no justificar lo injustificable atribuyéndolo a los gajes del oficio de ser político. Aquí se podría recordar aquello que dijo Adolfo Suárez, quizá cuando pasó de 160 a 2 diputados: (lo cito de memoria y tal vez lo empeoro o mejoro): «Un político no debe hacer o decir lo que sus votantes quieren que haga o diga, sino aquello que considera correcto y justo. Y después los votantes decidirán si apoyan sus decisiones con su voto futuro».

Desde hace días observo que unos y otros, apocalípticos e integrados, ya han dejado la lucha contra el coronavirus a un lado y que ahora solo están pensando en si van a ganar o perder las próximas elecciones los suyos. Unos y otros han puesto en marcha la maquinaria de la propaganda y la desinformación, a favor y en contra. Yo también entiendo, no soy ingenuo, que eso lo hagan los políticos, que temen por su futuro, por su sueldo o que incluso lo hacen porque les mueve la convicción de que ellos gobernaran mejor que sus rivales; pero entender, como dije antes, no es justificar. Pasar de la ingenuidad de creer que a los políticos solo les mueve la vocación de servicio al cinismo de aceptar que lo importante es que saquen más o menos votos no es una gran conquista, sino todo lo contrario. Y, por otra parte, al margen de lo que hagan los políticos, los ciudadanos responsables no debemos contribuir a ese baile de manipulación, negando lo obvio o difundiendo ataques a los rivales (justos o injustos, eso es lo de menos en este caso) cuyo único objetivo es impedir que se vea lo que debería verse.

¿Cuál es la conclusión de todo esto? ¿Es quizá el famoso término medio?

Lo sería si se tratara de no convertirse de manera acrítica en un apocalíptico o en un integrado y evitar actuar de manera reactiva. Eso es muy recomendable, por supuesto. Pero creo que no debemos adoptar tampoco una equidistancia reactiva, en la que nuestro pensamiento se sitúa a igual distancia de lo que dicen los apocalípticos y de lo que dicen los integrados. En muchos asuntos los apocalípticos tienen razón y sus críticas son acertadas, una vez que se las despoje de ese tono bronco y faltón, de esas segundas intenciones que acaban por desdibujar la fuerza de sus argumentos, porque no se trata de insultar sino de razonar, de explicar, de denunciar y de solucionar, de aprender de los errores y de aprender cuanto antes, porque en casos como este los errores se han traducido y se traducirán en muertes.

Es fundamental distinguir entre la manera en la que se dicen las cosas y lo que se dice, para distinguir la realidad entre el ruido y la furia. Pero tampoco hay que caer en el extremo contrario, en una actitud bobalicona, que esconde los errores y los horrores con la excusa de que hay que sonreír a toda costa y decir que todo irá estupendamente. ¿Que saldremos de esta? Pues claro que saldremos, como es obvio. Pero lo importante es de qué manera saldremos y quiénes y cuántos no saldrán porque han muerto o van a morir. Entre la tormenta de una crítica salvaje que acaba perdiendo el foco y la calma chicha en la que nada se mueve y nada se aprende, hay muchos términos medios.

La sociedad necesita crítica, el poder tiene que ser controlado y cuestionado, y al mismo tiempo se puede y se debe contribuir al bien común y la solidaridad. No son términos contradictorios ni incompatibles. Y por encima de todo se deben examinar los hechos y no perderlos de vista. No alistarse en el bando de los detractores furibundos, de los del «sea lo que sea estoy en contra» ni en el de los aplaudidores profesionales del «sea lo que sea estoy a favor». Debemos estar a favor y en contra de esto o de aquello con razones, no con pasiones desaforadas. La sociedad, la democracia y la justicia necesitan de la crítica y del entendimiento. La democracia es debate y también es aceptar la pluralidad y la divergencia de ideas. El ardor en la defensa de las ideas no es incompatible con la lucidez y con la honestidad de admitir los errores y respetar a quienes no opinan como nosotros y los denuncian.

Y para quienes no quieren, no queremos, jugar a ese juego infame, se puede recordar lo que dijo Marco Aurelio: «La mejor manera de defenderte de ellos es no parecerte a ellos».

No parecerse ni a los apocalípticos ni a los integrados. Es decir, no parecerse a los que solo reaccionan pero no piensan, a quienes anteponen sus preferencias políticas o ideológicas al análisis de la realidad.

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