Balbina Pérez presenta a Daniel Tubau

Balbina Pérez y Daniel Tubau en el Club Faro de Vigo

En la presentación que hizo Balbina Pérez de Maldita Helena (en el Club Faro de Vigo), hablamos de cómo fui seducido por la mitología en la infancia.


Maldita Helena
Daniel Tubau

Editorial Ménades, 2019

En Librería Casa del Libro y en cualquier librería de España. También en ebook


 

 

 

 

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Maldita Helena en el Club Faro de Vigo

Una magnífica crónica de Ana Rodríguez cerca de la presentación de Maldita Helena en el Club Faro de Vigo. En la presentación estuve acompañado por Balbina Pérez.

 

 



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Intuición, emoción y Sherlock Holmes

[Hace un tiempo, Lucía Guerrero me pidió que respondiera a unas preguntas para un trabajo de investigación que estaba haciendo para Periodismo. La razón fue que Lucía había leído mi artículo “La primera impresión es la que cuenta”]

¿Cree que el usar el pensamiento intuitivo es una tendencia creciente acentuada por la era audiovisual en la que vivimos, que nos ha “obligado” a familiarizarnos cada vez más con mensajes visuales y emocionales? ¿O por el contrario, cree que por nuestra naturaleza emocional estamos y estaremos destinados a pensar intuitivamente siempre?

Quizá sea cierto que el fuerte contenido audiovisual al que estamos sometidos acentúe la tendencia a dejarnos llevar más fácilmente por el pensamiento intuitivo. En los años 60 el teórico de la comunicación Marshall McLuhan ya dijo que el regreso del mundo audiovisual frente al mundo de la escritura acentuaba ese tipo de comportamiento más impulsivo, poco reflexivo y muy emocional.

De todos modos, me da la impresión de que esta tendencia siempre ha existido y que quizá ha sido lo habitual, aunque hay momentos en las que parece acentuarse, por ejemplo en épocas propensas al pensamiento mágico. Curiosamente, parece que estamos en una de ellas, a pesar de ser una época también muy científica. Algo semejante sucedió en los comienzos de la ciencia moderna, hacia 1600, cuando convivían todo tipo de fantasías ocultistas, esotéricas, herméticas y mágicas con el comienzo del rigor científico y el fin del secreto (la exposición pública de los conocimientos).

Respondiendo a tu segunda pregunta, creo que el pensamiento intuitivo es una especie de equivalente del instinto de la especie, pero aplicado a la vida y a la experiencia de cada individuo. Es decir, la intuición nos ofrece respuestas rápidas basadas en nuestra experiencia pasada. La mayoría de las veces esas respuestas son útiles y acertadas, pero en las situaciones nuevas, o que requieren verdadera reflexión, ese pensamiento no funciona tan bien y puede llevarnos con facilidad por el camino del prejuicio. En consecuencia, sí creo que el pensamiento intuitivo es algo inherente a nuestra naturaleza, no solo emocional sino intelectual, un mecanismo que siempre se activará, pero con el que, a pesar de su gran utilidad, hay que tener mucho cuidado.

¿Cree que la forma de consumir información a través de internet ha fomentado el que tengamos mentes más dispersas y nos cueste más digerir informaciones densas para las que haya que usar el pensamiento analítico y racional?

Esto también es posible, aunque no del todo seguro. También McLuhan decía que la escritura facilitaba el pensamiento lógico y reflexivo, mientras que la cultura oral no lo hace. La escritura nos permite revisar lo que hemos hecho o lo que hemos dicho y corregir nuestros errores. Sin embargo, McLuhan no tuvo tiempo para ver la cultura digital, que es en gran parte oral y audiovisual, cierto, pero que también se puede conservar y revisar. Un dicho latino decía que lo escrito permanece mientras que lo hablado vuela o se pierde (scripta manent verba volant), pero en el mundo digital los bits audiovisuales vuelan, se transforman y son cambiantes, pero, al mismo tiempo, también permanecen y se pueden revisar.

Lo que permite la cultura digital es, por otra parte, asistir a diario a lo que antes eran charlas personales, conversaciones de café, discusiones privadas, y claro, eso nos hace pensar que somos más dispersos, porque vemos ese espectáculo trivial multiplicado. Sin embargo, al mismo tiempo, creo que quien sabe usar y buscar en internet encuentra muchas personas, y muchos de ellos jóvenes, capaces de concentrarse en asuntos complejos y que hacen propuestas de una gran densidad teórica. Son una minoría probablemente, pero antes también lo eran, simplemente sucede que ahora vemos todo lo que hacen nuestros vecinos (y no vecinos), y antes solo lo imaginábamos. Pero se podrían poner muchos ejemplos del simplismo de épocas predigitales. En cualquier caso, es cierto que quien se conforma con contenidos audiovisuales de fácil digestión tiene un acceso muy limitado a la realidad y seguramente se aburrirá o no será capaz de entender algo más complejo.

¿Considera que el tener una buena base matemática es de ayuda a la hora de desarrollar nuestro pensamiento racional y analítico?

Sin duda. La matemática y la lógica son excelentes herramientas que estimulan y favorecen el pensamiento racional y analítico. Muy recomendables. Al menos tener unas nociones básicas de lógica y matemáticas.

Los sistemas 1 y 2 de los que habla Khaneman, ¿se complementan o se contradicen? 

Supongo que las dos cosas. Por un lado se contradicen, porque muchas veces el sistema 1 (el pensamiento intuitivo e impulsivo) se niega a aceptar de plano algo que resulta evidente a la luz del sistema 2 (el pensamiento más reflexivo y meditado). Los aspectos emocionales, los sesgos de confirmación, los prejuicios de todo tipo hacen que las personas que se dejan guiar por la intuición y el sistema 1 a menudo sean incapaces de razonar con claridad, al menos en ciertos asuntos, en lo que podríamos llamar sus “puntos ciegos” (como dice Daniel Goleman). Pero, por otra parte, el sistema 1 y el sistema 2 se pueden complementar: es bueno escuchar lo que nos sugiere la intuición, porque a veces nos da una buena respuesta, pero, siempre que se pueda, es preferible revisar esas sugerencias mediante el sistema 2 antes que creer ciegamente en ellas.

Sherlock Holmes in The Adventure of the crooked man as drawn by Sidney Paget | eBay

Sherlock a Watson: “Usted mira, pero no ve”

Por otra parte, creo que la intuición se puede entrenar y mejorar. Cualquier experto o profesional suele tener una respuesta intuitiva en su campo de acción mejor que la de alguien que no domina el asunto. A mí me gusta la comparación que hace Maria Konnikova entre el sistema 1 y 2 de Kahneman y el pensamiento de Watson y el de Sherlock Holmes: aunque nos parece que Holmes piensa a velocidad de vértigo, en  realidad eso se debe a que su intuición en el terreno criminal ha sido muy entrenada a lo largo de años de estudio. Por otra parte, el propio Holmes dice: “Tengo la costumbre de no establecer teorías [es decir de no dejarse llevar por la intuición] antes de conocer los hechos”. En otra de sus aventuras asegura que tiene muchas hipótesis en la cabeza, pero que no confiará plenamente en ninguna de ellas hasta contrastarlas. Así es como deberíamos hacer que el sistema 1 y el sistema 2 se complementaran.

 


[Entrevista para Lucía Guerrero Bernard]
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Cómo ser Sherlock Holmes.
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A la venta en todo el mundo
(y en: Amazon, La FugitivaRafael Alberti, Laie…)


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Para no ahogarse en los mares de la dialéctica

En el Diario de Teruel, Carlos Gurpegui dice sobre mi nuevo libro Cómo triunfar en cualquier discusión:

“Y es que encontrar la sociedad soñada requiere de diálogo, y de mucha escucha. Los hay quienes centran el acento en el debate y, sobre todo, en llevarse el gato al agua, el convencer y vencer al otro en una contienda verbal. En esta línea, de la mano de Daniel Tubau acaba de salir el volumen Cómo triunfar en cualquier discusión. Diccionario para polemistas selectos (Editorial Ariel). Ofrece las mejores estrategias para triunfar en cualquier contienda intelectual y convencer a los demás “de que usted siempre sabe de lo que habla y de que sus rivales son unos indocumentados”.

Carlos Gurpegui

Pone en valor los recursos que todo polemista selecto debe conocer para moverse en el peligroso mundo cultural y no solo salir vivo, sino triunfante. Ordenado en forma de diccionario “para facilitar la consulta en casos de apuro”, la obra se une a otros manuales clásicos de la argumentación capciosa y la manipulación intelectual, como los Tópicos de Aristóteles, El príncipe de Maquiavelo o El arte de tener siempre razón de Schopenhauer.

Una vez más, Daniel Tubau nos acerca pensamiento y filosofía de manera limpia, hábil e inteligente, buscando la complicidad del lector, además ponerse siempre en su punto de vista, en sus terrenos de necesidad. En , Tubau nos obsequia con una mochila de argumentarios pero, sobre todo, con una arquitectura para tener siempre la razón en los mares de la dialéctica. Ejemplos, hechos históricos y, sobre todo, mucho sabio humor acompañan los términos de este original y vivo diccionario, mostrándose rejuvenecidos, renacidos, gracias a la ingeniosa varita didáctica de Tubau”.


CÓMO TRIUNFAR EN CUALQUIER DISCUSIÓN
Diccionario para polemistas selectos

Editorial Ariel, 2020

 

Este libro ofrece las mejores estrategias para triunfar en cualquier contienda intelectual y convencer a los demás de que usted siempre sabe de lo que habla y de que sus rivales son unos indocumentados. Se trata de los recursos que todo polemista selecto debe conocer para moverse en el peligroso mundo cultural  y no solo salir vivo, sino triunfante. Cómo triunfar en cualquier discusión

 

Para no ahogarse en los mares de la dialéctica

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La primera impresión es la que cuenta…

¿Por qué casi todo el mundo tiene una gran confianza en su intuición?

Para expresarlo con más precisión: ¿por qué a la casi todas las personas les resulta tan difícil darse cuenta de la poca fiabilidad de su intuición, a pesar de que una y otra vez obtienen testimonios que alertan de esa poca fiabilidad?

Daniel Kahneman

Algunos  psicólogos han estudiado este asunto  en las últimas décadas y han obtenido interesantes respuestas. Una de ellas es que la intuición, o lo que Daniel Kahneman llama “Sistema 1”, funciona muy bien en el 90% de las situaciones a las que nos enfrentamos.

El Sistema 1 es el que nos permite movernos por la vida con ligereza y confianza, sin necesidad de detenernos a reflexionar ante cada situación. Si cada vez que damos un paso tuviéramos que detenernos a reflexionar en cómo debemos darlo, entonces nos caeríamos al suelo, porque la complejidad de ese movimiento tan simple y la cantidad de factores que se deben poner en funcionamiento son casi improcesables para un cerebro en apenas unos segundos. van desde cómo enviar desde nuestra mente a nuestro pie la instrucción de levantarse, calibrar la distancia a recorrer, descargar el peso adecuado del cuerpo, mantener el equilibrio en el momento en el que nos sostenemos en un único pie o depositar el pie ni muy fuerte ni muy débilmente en el suelo. Julio Cortázar escribió un excelente cuento, o ensayo si se prefiere, en el que mostraba la insólita complejidad que encierra el aparentemente sencillo acto de subir uan escalera: “Instrucciones para subir uan escalera”, que puedes escuchar aquí narrado por él mismo.

Por su parte, Kahneman enumera algunas de las tareas a las que hace frente a diario el Sistema 1:

  • Percibe que un objeto está más lejos que otro.
  • Nos orienta hacia la fuente de un sonido repentino.
  • Completa la expresión: “A quien madruga…”
  • Nos hace poner “cara de desagrado” cuando vemos un cuadro horroroso.
  • Detecta hostilidad en una voz.
  • Responde a “2+2=?”
  • Lee las palabras de las vallas publicitarias.
  • Conduce un coche por una carretera vacía.
  • Entiende las frases sencillas.
  • Permite caminar de la manera habitual.

Siempre que se trata de situaciones o tareas como las anteriores, que son las que ocupan tal vez el 80 o el 90 por ciento de nuestras actividades habituales, no hay ningún problema en dejarnos llevar por el Sistema 1, que no se identifica por completo con eso que llamamos intuición, pero que está sin duda muy relacionado.

Intuición

El problema es que cuando las tareas se complican o cuando surge algún imprevisto , el Sistema 1 o la intuición dejan de funcionar tan bien. Porque en esas situaciones inesperadas o complejas se requiere más atención y reflexión.

Kahneman enumera algunas de las tareas que precisan del Sistema 2:
  • Estar atento al disparo de salida de una carrera.
  • Concentrar la atención en los payasos del circo.
  • Escuchar la voz de una persona concreta en un recinto atestado y ruidoso.
  • Buscar a una mujer con el pelo blanco.
  • Buscar en la memoria para identificar un ruido sorprendente.
  • Caminar a un paso más rápido de lo que es natural.
  • Observar un comportamiento adecuado en una situación social.
  • Contar las veces que aparece la letra a en una página de texto.
  • Dar a alguien el número de teléfono.
  • Comprobar la validez de un argumento lógico complejo.

Como se puede ver, algunas tareas del Sistema 1 y del Sistema 2 son muy parecidas, pero no son idénticas. No es lo mismo caminar de la manera habitual que hacerlo a un paso forzadamente rápido, lo que requiere más atención e intención. Hay que aclarar, por otra parte, que Kahneman no afirma que exista en nuestro cerebro una división tajante entre dos sistemas mentales, o dos módulos cerebrales claramente diferenciados: es sólo una manera de referirse a diferentes maneras de pensar, lo que él también llama “pensar rápido” frente a “pensar despacio”.

Pensar rápido, pensar despacio

Pues bien, sucede que cuando hablamos de la intuición no solemos referirnos tan solo a todas esas cosas que hacemos cuando sólo activamos el Sistema 1, sino que la aplicamos a las que hacemos cuando deberíamos emplear el Sistema 2. Pondré un ejemplo para que se entienda a qué me estoy refiriendo.

Cuando nos presentan a un desconocido, nuestra mente desea hacerse cuanto antes una opinión acerca de esa persona. Siglos de evolución animal nos han enseñado que hay que clasificar rápidamente a los extraños, distinguiendo entre los potencialmente peligrosos y los aparentemente beneficiosos, entre los enemigos y los aliados, así que la intuición nos ofrece criterios rápidos para que lo extraño o desconocido no nos resulte tan extraño o tan desconocido. Nuestra memoria nos ofrece rápidamente similitudes entre esa persona desconocida y otras personas que hemos conocido. A veces la semejanza es por completo accidental: quizá las dos personas (la de nuestro recuerdo y la que tenemos delante) tienen las orejas grandes; o tal vez las dos se llaman “Jorge”, o tal vez ambas son venezolanas. También nos fijamos en cualquier gesto de esa persona: en una mueca de desagrado, en una sonrisa nerviosa o sincera, en el color de su camisa. Cualquier detalle pone en movimiento nuestra base de datos mental acerca de los seres humanos y nos ofrece paralelos y similitudes. En apenas unos segundos nos formamos una opinión acerca de esa persona, a pesar de que muchos de los datos que nos han servido para construir nuestro retrato robot pueden ser absolutamente accidentales. Por ejemplo, el llamativo color de su camisa quizá no se deba a que sea un color que a esa persona le guste, sino a que ese día no tenía ninguna camisa limpia y le tuvo que pedir una a su compañero de piso.

El refrán que parece sostener todo este proceso cognitivo que se pone en marcha al conocer a un extraño mediante la activación del Sistema 1 es: “La primera impresión es lo que cuenta”. Un consejo que los padres y madres suelen dar a sus hijos cuando estos tienen que enfrentarse a una entrevista de trabajo. Es muy posible que este refrán y este consejo sean muy sensatos.

Ahora bien, hay que advertir que el refrán describe una situación real, pero no porque que la primera impresión dé en el blanco al juzgar a una persona por su apariencia, sino más bien porque la primera impresión es la que cuenta porque está llena de ideas preconcebidas, intuición no reflexiva y prejuicios. Por eso, a alguien que va a una entrevista de trabajo se le recomienda que intente dejar una buena primera impresión, ya que los seres humanos tendemos a dejarnos llevar por las primeras impresiones y a confiar en las apariencias inmediatas. Así que, si no se deja una primera buena impresión, es difícil que haya oportunidad para dejar una segunda impresión.

Por fortuna, existe otro refrán para señalar la intervención del Sistema 2 en la valoración de un extraño: “Nunca te fíes de las primeras impresiones”. De eso hablaré en otro lugar.


[El refrán “La primera impresión es la que cuenta” también se dice como “La primera impresión es lo que cuenta”. Las dos formas son válidas, pero aquí he preferido emplear la primera. No hace falta señalar la broma de ilustrar este artículo con la primera impresión de la imprenta de Gutenberg]
[Publicado por primera vez en Divertinajes el 27 de septiembre de 2012]
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Julien Offray De La Mettrie (1709-1751)

El enfermo ilustre

No porque muriese joven de una terrible enfermedad, ni porque fuese un enfermo crónico, sino porque la enfermedad significó para él una vía de conocimiento, como los sueños lo fueron para Descartes, de quien fue rival. Por eso está aquí.

Este hombre, que se definió como epicúreo, lucreciano, ateo y pirrónico, decía que el hombre es una máquina. ¿Acaso no decía Descartes que los animales eran meros autómatas? ¿Y por qué no pensar que también lo son los seres humanos?

Pero ser una máquina, para este determinista inconsecuente, no conlleva la deshumanización que muchos suponen:

“Ser máquina, sentir, pensar, saber distinguir entre el bien y el mal, así como entre el azul y el amarillo; en una palabra, haber nacido con inteligencia y un instinto seguro de la moral, y a la vez no ser más que un animal, no son, pues, cosas más contradictorias de lo que son ser un mono o un loro y saber darse placer a sí mismo”.

Pues bien, aunque no he encontrado en El hombre máquina la narración de esa experiencia de enfermo que lo convenció de su teoría definitivamente, o que quizá le dio el primer vislumbre de la misma, aquí hay un eco:

“Durante las enfermedades, en ocasiones el alma se apaga y no muestra ningún signo de ella misma; otras veces se diría que se refuerza de tanto que la pasión la transporta; en ocasiones la imbecilidad se disipa y la convalecencia hace de un tonto un hombre de espíritu. Otras veces, el genio más grande, convertido en estúpido ya no se reconoce a sí mismo. Adiós a todos esos bellos conocimientos adquiridos a tan alto precio y con tanto esfuerzo!”.

Más adelante dice:

“¿Qué hubiera sido necesario a Canus Julius, a Séneca, a Petronio, para cambiar su valentía en cobardía o en comodidad?? Una obstrucción en el bazo, un obstáculo en la vena cava. ¿Por qué? Porque la imaginación se tapona con las vísceras, y de ahí nacen todos estos fenómenos singulares de afección histérica e hipocondriaca”.

Y sigue contando más y más casos de personas cuyo carácter se modificó al ser atacados por esta o aquella enfermedad.

La Mettrie era médico de profesión. Según su breve biografía, en el sitio de Friburgo o en la Batalla de Fontenoy, fue atacado por “unas fiebres” y estudió en sí mismo los efectos de la enfermedad, y “la relación entre el estado general del organismo y la producción del pensamiento”.

Vivió exiliado en la corte de Federico II de Prusia y escribió un buen montón de libros de aspecto muy interesante, pero solo he leído El hombre Máquina.

Murió joven, con cuarenta y dos años, al parecer por una indigestión causada por un alimento en mal estado.

(1996)



[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2020 en pleno coronavirus]

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Novedades, hemorragias y lo psicosomático

Agrupo aquí tres breves notas que publiqué en mis Ocurrencias de un enfermo, el diario que escribí durante mi enfermedad en 1996.

12. Novedades de la enfermedad (junio de 1996)

Tras el ingreso de urgencia, pasé un fin de semana en el que me sentí extenuado. Hoy lunes fui al Hospital Clínico y, junto a JLRA, padre de Luis, fui a ver al neumólogo AS y decidí trasladarme al  Hospital Clínico. Fui con Iván a buscar mi historial en el Ramón y Cajal. Las cosas parecen ir mejor. Pero todavía no hay nada realmente nuevo que permita vislumbrar el fin de esto.

13.  El factor desencadenante

Se me ha ocurrido un factor desencadenante claro de la hemorragia gastrointestinal. No fueron los antibióticos, ni el alcohol, ni las aspirinas, ni la enfermedad que padezco: fue mi deseo de adelgazar sometiéndome  a tres días de ayuno.

[2020: Parece un poco absurdo, pero supongo que decidí tener en cuenta cualquier hipótesis. Tal vez fue la combinación de todo ello, especialmente del alcohol y las aspirinas. Posteriormente, llegue a tener hemorragias al tomar otra vez aspirina].

14. Respecto a “Lo psicosomático”

Es cierto que las preocupaciones producen dolor de cabeza. Pero también lo es que en la mayoría de los casos, la aspirina o el paracetamol acaba con el dolor. Estos son los pequeños detalles que nos devuelven a la prosaica materia, como cuando La Mettrie advirtió claramente la dependencia que tiene el alma respecto al cuerpo: al ponerse enfermo su cuerpo, se dio cuenta de lo mal que funcionaba su alma. Pero esto merece un poco más de extensión en la sección “El enfermo ilustre”.

[2020: no hace falta aclarar, supongo, que cuando hablo de las preocupaciones, es decir de acciones mentales, entiendo que eso también es material, por supuesto]

(1996)



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Susan Sontag, la enferma ilustre

Cuando Susan Sontag escribió La enfermedad y sus metáforas libro en el que denunciaba los mitos que rodeaban al cáncer y a la tuberculosis era una enferma de cáncer. Diez años después, Sontag lo cuenta en El SIDA y sus metáforas:

“Yo misma tuve cáncer hace doce años y lo que más me enfurecía y me distraía de mi propio terror y desesperación ante el sombrío pronóstico de mis médicos era ver hasta qué punto la propia reputación de la enfermedad aumentaba el sufrimiento de quiénes la padecían”.
Eso le hizo comparar la manera de encarar el cáncer con la manera en que se considero la tuberculosis:

“Aparecían igualmente ficciones sobre la responsabilidad y sobre la predisposición caracterológica a la enfermedad: se supone que el cáncer es una enfermedad a la que son especialmente propensos los derrotados psíquicos, los inexpresivos, los reprimidos (sobre todos los que han reprimido la ira o el sexo), tal como durante todo el siglo XIX y parte del XX (de hecho hasta que se encontró la manera de curarla) se consideraba la tuberculosis como una enfermedad típica de los hipersensibles, los talentosos, los apasionados”.

El propósito de Sontag al escribir su libro era ser útil, aunque no de la manera en que generalmente se cree ser útil en estos casos:

“No considere útil -y yo quería ser útil- contar por enésima vez en primera persona como un individuo se enteró de que tenía cáncer, como lloró, luchó, encontró consuelo, sufrió, cobró valor… aunque también ese hubiera sido mi caso. Una narración, me parecía, sería menos útil que una idea”

Y de este modo Sontag escribió este libro, que no solo maravilloso por destruir un buen montón de mitos, o cuando menos reducirlos a sus justos términos, sino también por la manera en que está escrito o su sabia erudición (en un tiempo en el que la erudición parece haberse convertido en sinónimo de fatiga), por la precisión de sus argumentos,  por esa capacidad tan difícil de poseer qué consiste en hallar la falla evidente de un lugar común hasta entonces aceptado sin discusión.

“Y así fue que escribí mi ensayo, muy rápidamente, acuciada tanto por un celo evangélico como por la angustia de pensar si me quedaba mucho tiempo por vivir o siquiera para escribir. Mi propósito era aliviar el sufrimiento innecesario”.

Susan Sontag se curó del cáncer, “poniendo en ridículo el pesimismo de mis médicos”, así, que por primera vez, esta historia de enfermos ilustres acaba bien.

(1996)


2020

Quizá sea necesario aclarar que Susan Sontag no aceptó el dictamen de los médicos pero que no acudió a algún tipo de medicina milagrera y acientífica, sino que consultó a otros médicos, informándose de los últimos tratamientos, aunque fueran dolorosos, porque su voluntad de vivir estaba por encima del sufrimiento que le podía traer un durísimo tratamiento. De este modo logró vivir treinta años más. Murió en 2004, de una leucemia tal vez provocada por la radioterapia a la que se había sometido. Hace no mucho escuché a un médico especializado en cierto tipo de tumores expresar esta terrible verdad: un tratamiento puede salvar la vida de un enfermo al que le quedan unos meses de vida, pero también puede causar su muerte muchos años después. ¿Eso significa que no debemos aplicarle el tratamiento? Por supuesto que no, tan solo significa que debemos informarle de las posibles consecuencias, para que el paciente decida qué hacer. Susan Sontag, según cuenta su hijo, intentó superar el nuevo cáncer hasta el último momento de su vida, y estaba dispuesta a someterse de nuevo a cualquier otro tratamiento, por doloroso que fuera, que le diera algunos años más de vida. Ese anhelo de vida le permitió disfrutar de tres décadas llenas de acción, pasión e inteligencia, lo que también redunda en el placer que nos ha proporcionado a quienes la admiramos.

 


[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2020 durante el coronavirus]

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Radicales y equidistantes

The Philosophical magazine; a journal of theoretical, experimental and applied physics (1798)

Lo radical siempre ha resultado muy atractivo entre quienes presumen de ser íntegros y honestos, entre quienes alardean de no callarse ante las injusticias, entre quienes proclaman a los cuatro vientos que combaten por nobles ideales… Es decir, entre los ingenuos y los fanáticos, que a menudo son los mismos, aunque los fanáticos suelen reservarse el papel de directores de la orquesta radical y los ingenuos se tienen que resignar a ejecutar la partitura, a veces en sentido literal.

A quienes en medio del fragor radical piden moderación se les llama «cómplices», «vendidos» o el más terrible insulto de los últimos años: «equidistantes». Los equidistantes, nos dicen, se sitúan en un terreno neutro en el que ninguna persona honesta puede permanecer. ¿Cómo puedes mantenerte equidistante mientras Fulano dice tal cosa? ¿Cómo puedes no arder de indignación cuando Mengano dice tal otra?

R24, por 11011110 (David Eppstein)

Por fortuna, no tenemos por qué responder a esas preguntas, ya que carecen de sentido. La equidistancia y la radicalidad no son objetos con los que podamos tropezarnos en el mundo real,  puesto que no existen. Son tan solo términos que establecen una relación entre otros términos definidos previamente. En los años 30 del siglo XX un comunista soviético podía mantenerse equidistante entre Stalin y Trotsky, pero parecería un radical desde el punto de vista de alguien que se mantuviera equidistante entre el comunismo y el fascismo. A finales del siglo XIX, las feministas que se manifestaban por el derecho de voto para la mujer eran presentadas como radicales, pero hoy en día nos parecerá radical cualquiera que cuestione ese derecho.

Las paradojas anteriores nos indican que conviene distinguir entre dos significados o usos de la palabra «radical».

El primer sentido es el de quienes, para bien o para mal, identifican la radicalidad con una posición política determinada. Para bien, cuando se califican a sí mismos de «radicales», queriendo dar a entender que son honestos, combativos y que nadie les hará callar. Para mal, cuando desprecian como «radicales» a quienes sostienen otra posición política. En efecto, «radical» sirve tanto para el elogio como para el insulto: su significado varía cuando nos lo aplicamos a nosotros mismos o cuando se lo aplicamos a nuestros rivales. En un mismo discurso podemos asistir a un elogio encendido de la necesidad de ser radical y, apenas unos minutos después, a la calificación como «peligrosos radicales» de quienes piensan de manera diferente.

En cualquier caso, el uso de la palabra radical como bandera o como arma arrojadiza apenas me interesa. Ya he dicho que es solo un término relacional, sin valor propio. Lo que me preocupa es un uso mucho más coherente de la palabra «radical»: el que se refiere no a lo que se dice, sino a la manera de decirlo. El comportamiento radical.

Es en este terreno en el que podemos comparar moderación y radicalismo. Y es en este terreno en el que necesitamos más moderación y menos radicalismo. Más diálogo, a pesar de las diferencias, y menos insultos.

Y lo necesitamos precisamente porque el gran triunfo de los radicales consiste en radicalizar a todos. Es tan solo en medio del caldo de cultivo radical, en la batalla campal, donde ellos pueden prosperar. Por esa razón, los «tibios», los «templados», los «moderados» o los «equidistantes» son sus peores enemigos. Mientras haya personas que no se dejen llevar por consignas incendiarias, que no desprecien de manera sistemática en el debate público a cualquier persona que piense de manera diferente, que sean capaces de mantener un diálogo con la intención de solucionar un problema y no solo con la de reafirmarse en su posición inamovible, mientras eso suceda, los radicales lo tienen difícil. Es decir, mientras existan personas moderadas. Insisto: no por lo que piensan, sino por cómo lo expresan.

Debido a lo anterior, la máxima ambición de los radicales consiste en crispar los ánimos de unos y otros. Incluso prefieren que alguien se pase al otro bando radical, siempre que al hacerlo abandone el territorio moderado. Por eso elevan el tono de su discurso y a menudo también el volumen: para que todo sea o blanco o negro y que no haya matices de gris, para que los dos campos queden bien delimitados y se sepa quiénes están conmigo y quiénes están contra mí. Para que parezca que si no estás de acuerdo con ellos entonces es que estás de acuerdo con «los otros».

Una vez que han silenciado a los moderados (que, hartos de tanto ruido, tanto insulto y tanta manipulación vulgar, se retiran a un discreto segundo plano), llega el momento en el que los radicales pueden, en un asombroso juego de prestidigitación, calificarse a sí mismos de moderados, en contraposición con la radicalidad del otro extremo. Y así asistimos a una reinvención de la realidad en la que cada bando radical se proclama sensato y moderado frente al insoportable radicalismo del otro bando. Porque esa es, en definitiva, la sociedad preferida de los radicales, aquella en la que cada vez quedan menos personas capaces de mantener un tono de diálogo y entendimiento. Lamentablemente, parece que ya estamos muy cerca de encontrarnos de nuevo en esa situación, si es que no estamos ya sumergidos en ella, de manera especial en las redes sociales.


 

 

Daniel Tubau, el raro

Ana Aranda Vasserot no sólo tradujo El arte de la guerra de Sunzi que se incluye en El arte del engaño, sino que además me presentó de esta simpática manera en el Institut Confuci de Barcelona. Espero hacer yo lo mismo en alguna presentación futura de El arte de la guerra, que se ha publicado de manera independiente en España y próximamente en México.

El arte del engaño incluye la traducción completa de los dos grandes clásicos de la estrategia, El arte de la guerra, de Sunzi, y Las 36 estratagemas chinas, por Ana Aranda Vasserot, con comentarios adjuntos que ayudarán al lector, incluso al menos versado, a comprenderlo en toda su profundidad, además de Las 100 reglas del engaño y la estrategia.

El arte del engaño
Daniel Tubau
Editorial Ariel
600 páginas


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