Julien Offray De La Mettrie (1709-1751)

El enfermo ilustre

No porque muriese joven de una terrible enfermedad, ni porque fuese un enfermo crónico, sino porque la enfermedad significó para él una vía de conocimiento, como los sueños lo fueron para Descartes, de quien fue rival. Por eso está aquí.

Este hombre, que se definió como epicúreo, lucreciano, ateo y pirrónico, decía que el hombre es una máquina. ¿Acaso no decía Descartes que los animales eran meros autómatas? ¿Y por qué no pensar que también lo son los seres humanos?

Pero ser una máquina, para este determinista inconsecuente, no conlleva la deshumanización que muchos suponen:

“Ser máquina, sentir, pensar, saber distinguir entre el bien y el mal, así como entre el azul y el amarillo; en una palabra, haber nacido con inteligencia y un instinto seguro de la moral, y a la vez no ser más que un animal, no son, pues, cosas más contradictorias de lo que son ser un mono o un loro y saber darse placer a sí mismo”.

Pues bien, aunque no he encontrado en El hombre máquina la narración de esa experiencia de enfermo que lo convenció de su teoría definitivamente, o que quizá le dio el primer vislumbre de la misma, aquí hay un eco:

“Durante las enfermedades, en ocasiones el alma se apaga y no muestra ningún signo de ella misma; otras veces se diría que se refuerza de tanto que la pasión la transporta; en ocasiones la imbecilidad se disipa y la convalecencia hace de un tonto un hombre de espíritu. Otras veces, el genio más grande, convertido en estúpido ya no se reconoce a sí mismo. Adiós a todos esos bellos conocimientos adquiridos a tan alto precio y con tanto esfuerzo!”.

Más adelante dice:

“¿Qué hubiera sido necesario a Canus Julius, a Séneca, a Petronio, para cambiar su valentía en cobardía o en comodidad?? Una obstrucción en el bazo, un obstáculo en la vena cava. ¿Por qué? Porque la imaginación se tapona con las vísceras, y de ahí nacen todos estos fenómenos singulares de afección histérica e hipocondriaca”.

Y sigue contando más y más casos de personas cuyo carácter se modificó al ser atacados por esta o aquella enfermedad.

La Mettrie era médico de profesión. Según su breve biografía, en el sitio de Friburgo o en la Batalla de Fontenoy, fue atacado por “unas fiebres” y estudió en sí mismo los efectos de la enfermedad, y “la relación entre el estado general del organismo y la producción del pensamiento”.

Vivió exiliado en la corte de Federico II de Prusia y escribió un buen montón de libros de aspecto muy interesante, pero solo he leído El hombre Máquina.

Murió joven, con cuarenta y dos años, al parecer por una indigestión causada por un alimento en mal estado.

(1996)



[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2020 en pleno coronavirus]

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12. Novedades de la enfermedad (junio de 1996)

Tras el ingreso de urgencia, pasé un fin de semana en el que me sentí extenuado. Hoy lunes fui al Hospital Clínico y, junto a JLRA, padre de Luis, fui a ver al neumólogo AS y decidí trasladarme al  Hospital Clínico. Fui con Iván a buscar mi historial en el Ramón y Cajal. Las cosas parecen ir mejor. Pero todavía no hay nada realmente nuevo que permita vislumbrar el fin de esto.

13.  El factor desencadenante

Se me ha ocurrido un factor desencadenante claro de la hemorragia gastrointestinal. No fueron los antibióticos, ni el alcohol, ni las aspirinas, ni la enfermedad que padezco: fue mi deseo de adelgazar sometiéndome  a tres días de ayuno.

[2020: Parece un poco absurdo, pero supongo que decidí tener en cuenta cualquier hipótesis. Tal vez fue la combinación de todo ello, especialmente del alcohol y las aspirinas. Posteriormente, llegue a tener hemorragias al tomar otra vez aspirina].

14. Respecto a “Lo psicosomático”

Es cierto que las preocupaciones producen dolor de cabeza. Pero también lo es que en la mayoría de los casos, la aspirina o el paracetamol acaba con el dolor. Estos son los pequeños detalles que nos devuelven a la prosaica materia, como cuando La Mettrie advirtió claramente la dependencia que tiene el alma respecto al cuerpo: al ponerse enfermo su cuerpo, se dio cuenta de lo mal que funcionaba su alma. Pero esto merece un poco más de extensión en la sección “El enfermo ilustre”.

[2020: no hace falta aclarar, supongo, que cuando hablo de las preocupaciones, es decir de acciones mentales, entiendo que eso también es material, por supuesto]

(1996)



[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2020 en pleno coronavirus]

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Susan Sontag, la enferma ilustre

Cuando Susan Sontag escribió La enfermedad y sus metáforas libro en el que denunciaba los mitos que rodeaban al cáncer y a la tuberculosis era una enferma de cáncer. Diez años después, Sontag lo cuenta en El SIDA y sus metáforas:

“Yo misma tuve cáncer hace doce años y lo que más me enfurecía y me distraía de mi propio terror y desesperación ante el sombrío pronóstico de mis médicos era ver hasta qué punto la propia reputación de la enfermedad aumentaba el sufrimiento de quiénes la padecían”.
Eso le hizo comparar la manera de encarar el cáncer con la manera en que se considero la tuberculosis:

“Aparecían igualmente ficciones sobre la responsabilidad y sobre la predisposición caracterológica a la enfermedad: se supone que el cáncer es una enfermedad a la que son especialmente propensos los derrotados psíquicos, los inexpresivos, los reprimidos (sobre todos los que han reprimido la ira o el sexo), tal como durante todo el siglo XIX y parte del XX (de hecho hasta que se encontró la manera de curarla) se consideraba la tuberculosis como una enfermedad típica de los hipersensibles, los talentosos, los apasionados”.

El propósito de Sontag al escribir su libro era ser útil, aunque no de la manera en que generalmente se cree ser útil en estos casos:

“No considere útil -y yo quería ser útil- contar por enésima vez en primera persona como un individuo se enteró de que tenía cáncer, como lloró, luchó, encontró consuelo, sufrió, cobró valor… aunque también ese hubiera sido mi caso. Una narración, me parecía, sería menos útil que una idea”

Y de este modo Sontag escribió este libro, que no solo maravilloso por destruir un buen montón de mitos, o cuando menos reducirlos a sus justos términos, sino también por la manera en que está escrito o su sabia erudición (en un tiempo en el que la erudición parece haberse convertido en sinónimo de fatiga), por la precisión de sus argumentos,  por esa capacidad tan difícil de poseer qué consiste en hallar la falla evidente de un lugar común hasta entonces aceptado sin discusión.

“Y así fue que escribí mi ensayo, muy rápidamente, acuciada tanto por un celo evangélico como por la angustia de pensar si me quedaba mucho tiempo por vivir o siquiera para escribir. Mi propósito era aliviar el sufrimiento innecesario”.

Susan Sontag se curó del cáncer, “poniendo en ridículo el pesimismo de mis médicos”, así, que por primera vez, esta historia de enfermos ilustres acaba bien.

(1996)


2020

Quizá sea necesario aclarar que Susan Sontag no aceptó el dictamen de los médicos pero que no acudió a algún tipo de medicina milagrera y acientífica, sino que consultó a otros médicos, informándose de los últimos tratamientos, aunque fueran dolorosos, porque su voluntad de vivir estaba por encima del sufrimiento que le podía traer un durísimo tratamiento. De este modo logró vivir treinta años más. Murió en 2004, de una leucemia tal vez provocada por la radioterapia a la que se había sometido. Hace no mucho escuché a un médico especializado en cierto tipo de tumores expresar esta terrible verdad: un tratamiento puede salvar la vida de un enfermo al que le quedan unos meses de vida, pero también puede causar su muerte muchos años después. ¿Eso significa que no debemos aplicarle el tratamiento? Por supuesto que no, tan solo significa que debemos informarle de las posibles consecuencias, para que el paciente decida qué hacer. Susan Sontag, según cuenta su hijo, intentó superar el nuevo cáncer hasta el último momento de su vida, y estaba dispuesta a someterse de nuevo a cualquier otro tratamiento, por doloroso que fuera, que le diera algunos años más de vida. Ese anhelo de vida le permitió disfrutar de tres décadas llenas de acción, pasión e inteligencia, lo que también redunda en el placer que nos ha proporcionado a quienes la admiramos.

 


[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2020 durante el coronavirus]

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Radicales y equidistantes

The Philosophical magazine; a journal of theoretical, experimental and applied physics (1798)

Lo radical siempre ha resultado muy atractivo entre quienes presumen de ser íntegros y honestos, entre quienes alardean de no callarse ante las injusticias, entre quienes proclaman a los cuatro vientos que combaten por nobles ideales… Es decir, entre los ingenuos y los fanáticos, que a menudo son los mismos, aunque los fanáticos suelen reservarse el papel de directores de la orquesta radical y los ingenuos se tienen que resignar a ejecutar la partitura, a veces en sentido literal.

A quienes en medio del fragor radical piden moderación se les llama «cómplices», «vendidos» o el más terrible insulto de los últimos años: «equidistantes». Los equidistantes, nos dicen, se sitúan en un terreno neutro en el que ninguna persona honesta puede permanecer. ¿Cómo puedes mantenerte equidistante mientras Fulano dice tal cosa? ¿Cómo puedes no arder de indignación cuando Mengano dice tal otra?

R24, por 11011110 (David Eppstein)

Por fortuna, no tenemos por qué responder a esas preguntas, ya que carecen de sentido. La equidistancia y la radicalidad no son objetos con los que podamos tropezarnos en el mundo real,  puesto que no existen. Son tan solo términos que establecen una relación entre otros términos definidos previamente. En los años 30 del siglo XX un comunista soviético podía mantenerse equidistante entre Stalin y Trotsky, pero parecería un radical desde el punto de vista de alguien que se mantuviera equidistante entre el comunismo y el fascismo. A finales del siglo XIX, las feministas que se manifestaban por el derecho de voto para la mujer eran presentadas como radicales, pero hoy en día nos parecerá radical cualquiera que cuestione ese derecho.

Las paradojas anteriores nos indican que conviene distinguir entre dos significados o usos de la palabra «radical».

El primer sentido es el de quienes, para bien o para mal, identifican la radicalidad con una posición política determinada. Para bien, cuando se califican a sí mismos de «radicales», queriendo dar a entender que son honestos, combativos y que nadie les hará callar. Para mal, cuando desprecian como «radicales» a quienes sostienen otra posición política. En efecto, «radical» sirve tanto para el elogio como para el insulto: su significado varía cuando nos lo aplicamos a nosotros mismos o cuando se lo aplicamos a nuestros rivales. En un mismo discurso podemos asistir a un elogio encendido de la necesidad de ser radical y, apenas unos minutos después, a la calificación como «peligrosos radicales» de quienes piensan de manera diferente.

En cualquier caso, el uso de la palabra radical como bandera o como arma arrojadiza apenas me interesa. Ya he dicho que es solo un término relacional, sin valor propio. Lo que me preocupa es un uso mucho más coherente de la palabra «radical»: el que se refiere no a lo que se dice, sino a la manera de decirlo. El comportamiento radical.

Es en este terreno en el que podemos comparar moderación y radicalismo. Y es en este terreno en el que necesitamos más moderación y menos radicalismo. Más diálogo, a pesar de las diferencias, y menos insultos.

Y lo necesitamos precisamente porque el gran triunfo de los radicales consiste en radicalizar a todos. Es tan solo en medio del caldo de cultivo radical, en la batalla campal, donde ellos pueden prosperar. Por esa razón, los «tibios», los «templados», los «moderados» o los «equidistantes» son sus peores enemigos. Mientras haya personas que no se dejen llevar por consignas incendiarias, que no desprecien de manera sistemática en el debate público a cualquier persona que piense de manera diferente, que sean capaces de mantener un diálogo con la intención de solucionar un problema y no solo con la de reafirmarse en su posición inamovible, mientras eso suceda, los radicales lo tienen difícil. Es decir, mientras existan personas moderadas. Insisto: no por lo que piensan, sino por cómo lo expresan.

Debido a lo anterior, la máxima ambición de los radicales consiste en crispar los ánimos de unos y otros. Incluso prefieren que alguien se pase al otro bando radical, siempre que al hacerlo abandone el territorio moderado. Por eso elevan el tono de su discurso y a menudo también el volumen: para que todo sea o blanco o negro y que no haya matices de gris, para que los dos campos queden bien delimitados y se sepa quiénes están conmigo y quiénes están contra mí. Para que parezca que si no estás de acuerdo con ellos entonces es que estás de acuerdo con «los otros».

Una vez que han silenciado a los moderados (que, hartos de tanto ruido, tanto insulto y tanta manipulación vulgar, se retiran a un discreto segundo plano), llega el momento en el que los radicales pueden, en un asombroso juego de prestidigitación, calificarse a sí mismos de moderados, en contraposición con la radicalidad del otro extremo. Y así asistimos a una reinvención de la realidad en la que cada bando radical se proclama sensato y moderado frente al insoportable radicalismo del otro bando. Porque esa es, en definitiva, la sociedad preferida de los radicales, aquella en la que cada vez quedan menos personas capaces de mantener un tono de diálogo y entendimiento. Lamentablemente, parece que ya estamos muy cerca de encontrarnos de nuevo en esa situación, si es que no estamos ya sumergidos en ella, de manera especial en las redes sociales.


 

 

Daniel Tubau, el raro

Ana Aranda Vasserot no sólo tradujo El arte de la guerra de Sunzi que se incluye en El arte del engaño, sino que además me presentó de esta simpática manera en el Institut Confuci de Barcelona. Espero hacer yo lo mismo en alguna presentación futura de El arte de la guerra, que se ha publicado de manera independiente en España y próximamente en México.

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Daniel Tubau
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La estrategia explicada por un poeta

Mario Benedetti, por Fernando Vicente

Los estrategas no siempre se ponen de acuerdo al intentar distinguir entre estrategia y táctica, pero el poeta uruguayo Mario Benedetti logró explicar la diferencia en un poema.

En la presentación de El arte del engaño en el Institut Confuci de Barcelona, Ana Aranda y yo lo contamos.

Este es el poema completo de Benedetti:

Táctica y estrategia

Mi táctica es
Mirarte
Aprender como sos
Quererte como sos

Mi táctica es
Hablarte
Y escucharte
Construir con palabras
Un puente indestructible

Mi táctica es
Quedarme en tu recuerdo
No sé cómo ni sé
Con qué pretexto
Pero quedarme en vos

Mi táctica es
Ser franco
Y saber que sos franca
Y que no nos vendamos
Simulacros
Para que entre los dos
No haya telón
Ni abismos

Mi estrategia es
En cambio
Más profunda y más
Simple

Mi estrategia es
Que un día cualquiera
No sé cómo ni sé
Con qué pretexto
Por fin me necesites


La presentación tuvo lugar en 2018.



El arte del engaño incluye la traducción completa de los dos grandes clásicos de la estrategia, El arte de la guerra, de Sunzi, y Las 36 estratagemas chinas, por Ana Aranda Vasserot, con comentarios adjuntos que ayudarán al lector, incluso al menos versado, a comprenderlo en toda su profundidad, además de Las 100 reglas del engaño y la estrategia.

El arte del engaño
Daniel Tubau
Editorial Ariel
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Susan Sontag y los enfermos culpables

Leí La enfermedad y sus metáforas hace probablemente más de 10 años, en casa de Iván, en Barcelona. También leí otro libro de Sontag: Contra la interpretación, del que guardo muy buen recuerdo.

Al leerlo en esta nueva edición, me siento mucho más aludido que entonces. Leerlo otra vez me ha reconfortado, especialmente en estos días (1996).

Andaba yo muy molesto porque me enteré por Iván (que quizá es un poco indiscreto) qué María (mi tía Mariona, psicoanalista) le había dicho que yo no tenía nada, o que mi problema era solo mental. También, según Iván, opinaba lo mismo Pelayo, aunque este último no se basaba en otro argumento que su propia experiencia.

Edición que leí en 1996, y que incluía también el nuevo ensayo El SIDA y sus metáforas

Sucede que desde el primer momento en que me puse enfermo, hace ya más de seis meses, se ha venido insinuando el origen mental de mi enfermedad.

Hacia el 6 de diciembre de 1995, cuando noté los primeros síntomas de lo que yo entonces consideraba un resfriado, Juanjo, naturalmente con la mejor de las intenciones, me dijo que lo que yo padecía era la fiebre prevacacional, que desaparecería en cuánto subiese al avión.

Subí al avión y la fiebre llegó, sin duda, a los 39 grados. Aterricé en México con un dolor de oídos tan doloroso como uno de muelas [de los de mi peor época, en la adolescencia o de cuando estuve en Nueva York y tuve que ir a un dentista de urgencia antes de regresar a España].

En fin, tras volver de México, y tras una primera falsa y breve impresión de que ya me había curado, me volvió la fiebre y persistió la tos. Las pocas veces en que me quejaba, creo que, si no con razón, sí con un motivo digno y veraz, nadie me hacía mucho caso.

La cosa se agravó y llegaron a molestarme algunos comentarios en los que se ponía en duda que tuviese fiebre. Una tarde llegue a enfadarme, algo insólito en mí, porque Margarita no quería creer que tenía fiebre. Me fui a casa y comprobé que, efectivamente, tenía fiebre.

En fin he intentado tomarme esta larga enfermedad con buen humor y en muchas ocasiones pasé los días sin que los demás supieran lo mal que me encontraba. Sin duda fui imprudente: trabajé demasiado y salí demasiadas veces a tomar copas estando completamente enfermo. Con fiebre, no con fiebrula. Cuando ya no podía más, porque tenía la cabeza embotada, me rendí a una enfermedad que venía asediándome demasiado tiempo (he aquí una metáfora militar para hablar de la enfermedad, de las que crítica Sontag).

Me interesa mucho el asunto de lo psicosomático, lo psicofísico, los mecanismos del estrés y todos esos temas, pero siempre he tenido bastante claro que mi enfermedad y casi todas las enfermedades tienen un origen bastante más trivial: un bacilo, un virus, una bacteria. Ni quise ponerme enfermo justo antes de las vacaciones, ni quise seguir enfermo para librarme de una responsabilidad de la que no me libré [dirigir un programa de televisión], ni quiero seguir enfermo por tiempo indefinido. Incluso en el caso de que yo, por algún curioso mecanismo psicofísico, hubiese causado mi enfermedad, he sido tan eficaz que he creado cuando menos dos agentes infecciosos,  una neumonía y un bloque de pus. Mi última hazaña ha sido crearme una hemorragia gastrointestinal que me ha hecho sufrir como pocas veces en mi vida. El problema es que, como no sé cómo lo he hecho, tampoco sé cómo curarme.

[2020. entiéndase la ironía del párrafo anterior, de la que advierto porque últimamente es frecuente que no se entiendan las ironías si no se subrayan, o si no se añade un emoticon].

Susan Sontag

Pero vuelvo al libro de Susan Sontag.

Sontag examina en su libro toda la mitología que ha rodeado a la tuberculosis y al cáncer y ciertas metáforas que han contribuido a comprender mal ambas enfermedades y a hacerlas más dolorosas para quienes las padecen. Más adelante hablaré de muchas cosas estupendas de este libro pero ahora quiero centrarme este asunto del enfermo culpable [o culpabilizado]:

Georg Groddeck (18661934), precursor de la psicosomática y autor de una curiosa novela: El buscador de almas.

“Con las enfermedades modernas (antes la tuberculosis, hoy con el cáncer) se empieza siempre por la idea romántica de que son expresión del carácter y se termina afirmando que el carácter es lo que las causa”. Así lo han hecho muchos psicólogos y analistas, que han descartado cualquier causa externa de las enfermedades”.

Cita Sontag a un tal Groddeck:

“Es el enfermo mismo quién crea la enfermedad, él es la causa de esa enfermedad, no hay por que buscar otro”.

Este Georg Grodek es, creo, de principios del siglo XX, pero a pesar de lo fácil que resultaría convencerlo, por ejemplo, inoculándole el bacilo de Koch, todavía hay quien opina como él.

Yo tengo un libro de un tal Luis Chiozza, Por qué enfermamos, en el que se dice, por ejemplo, que es necesario tener en cuenta que “la enfermedad es la solución que el enfermo ha encontrado” y que su desaparición por si sola “restablece [resuelve] el problema”.

También en la página 71 dice Chiozza:

“Un hombre se enferma porque se oculta a sí mismo una historia cuyo significado le es insoportable. Su enfermedad es, además, es una respuesta simbólica que procura, inconscientemente, alterar el significado de la historia, o lo que es lo mismo, su desenlace”.

Anoté al margen cuando lo leí (mucho antes de estar enfermo): “¿No creerá que siempre es ese el motivo?”. [Y sí, parece que lo cree].

[Por cierto, que resulta bastante asombroso  cómo los psicoanalistas y otras especies variadas de interpretadores superficiales no solo emplean símbolos para explicarlo todo, sino que invierten la relación lógica y hacen que las cosas sean dependientes de los símbolos, y no los símbolos de las cosas: podríamos decir que cosifican los símbolos y simbolarizan las cosas].

No niego que es posible que una persona logre enfermarse a sí misma, por ejemplo Pelayo [según él mismo presumía, esta era una de sus habilidades, lo que no era asombroso, dada su fragilísima constitución].

También el mal de amores puede matar a una persona de pura pena, como dice Oliva Sabuco [en Nueva Filosofía de la Naturaleza y del Hombre], y posiblemente muchas dolencias musculares y articulares tienen su origen en algo parecido a una represión, o al menos una tensión mental que causa una consecuente tensión física, como puede ser  el agarrotamiento de los músculos de los hombros, por ejemplo. Pero no nos volvamos locos y no situemos en la mente de los enfermos (y en sus manos) la causa y la solución de enfermedades que en ocasiones solo se podrán curar con la amputación de un miembro o el tratamiento de la parte infectada, y en otros casos con la administración de antibióticos capaces de afectar a los agentes infecciosos.

Opiniones tan descabelladas y peligrosas, dice Sontag, no solo descargan sobre el paciente la responsabilidad del mal que le aqueja, sino que, además de impedirle comprender la gama de tratamientos posibles, lo apartan implícitamente de todo tratamiento.

Y añade Sontag:

“Se da por sentado que la cura depende en primer término de la capacidad del amor propio del paciente, de hecho ya muy puesta a prueba o muy debilitada… Tanto el mito de la tuberculosis, antes, como hoy el del cáncer, sostienen que uno es responsable de su propia enfermedad”.

La miseria, de Cristobal Rojas (1886), con una enferma de tuberculosis. Hasta los años 50 del siglo pasado (cuando se empezó a aplicar la vacuna), la tuberculosis causaba cada año muchísimas muertes en Madrid.

Admito que yo mismo he opinado a veces que la manera en que uno encara un cáncer puede influir en el curso de la enfermedad, y que me ha tentado a veces la hipótesis de convertir a nuestra mente en un doctor interno que nos cure. Yo mismo he intentado contar con los servicios de este médico (un médico más “de cabeza” que “de cabecera”) para curarme. Pero debo decir que este doctor interno se ha demostrado significativamente más ineficaz que los externos, qué, por fortuna, la mayor parte de las veces son muy eficaces.

Porque dejando a un lado estas fantasías, lo que curó a los enfermos de tuberculosis fueron las vacunas, y a los de cáncer fundamentalmente la quimioterapia, la radioterapia y otros métodos. [Métodos que, obviamente, no están exentos de consecuencias en algunos casos, pero que en ocasiones han sido la única posibilidad de lograr la supervivencia del enfermo]. Siguiendo el libro de Sontag se verá todo esto claramente:

“En 1881, un año antes de que Robert Koch anunciara el descubrimiento del bacilo de la tuberculosis y que demostrara que esta era su causa primordial, un difundido manual de medicina daba las siguientes causas de esa enfermedad: la predisposición hereditaria, el clima desfavorable, la vida sedentaria de puertas adentro, la ventilación defectuosa, la falta de luz y las emociones deprimentes”.

Dice Sontag que en el siglo XVI y XVII se creía que al hombre feliz la peste no lo tocaba, y así con todas las enfermedades infecciosas

“En realidad todas las teorías que atribuyen las enfermedades a los estados de ánimo y su cura a la mera fuerza de la voluntad son síntoma de lo poco que se conoce en el terreno físico de la patología”.

[Tonterías semejantes a las que denuncia Sontag las hemos leído y escuchado a menudo durante el coronavirus, incluso de artistas tan estupendas como Ouka Lele, que dice que el mejor remedio es sin duda el amor].

Antes estuvo de moda, dice Sontag, lo de que los enfermos de tuberculosis eran seres apasionados y lo de cáncer reprimidos. También hace años se atribuyeron muchas enfermedades a la somatización y hoy en día al estrés.

[En la actualidad, en el caso de la tuberculosis, se calcula que se salvan casi 50 millones de vidas al año, gracias a la vacuna y los tratamientos, y es muy difícil morir de esta enfermedad si se sigue el tratamiento de manera adecuada]

Yo creo [y también los médicos desde Hans Seyle al menos] que el estrés es causa del agravamiento de algunas enfermedades y de la aparición de otras, debido al mal funcionamiento constante de los órganos sometidos al estrés, pero no creo que el estrés sea la causa de todas las enfermedades, ni siquiera de la mía. Y mucho menos creo que decir esas palabras mágicas [estrés, somatización…] cure al enfermo: es como si a alguien que se hubiese estado golpeando la rodilla con un martillo durante días se le dijese, con la intención de curarle, que lo que le sucede es que se ha estado golpeando la rodilla con un martillo durante días.

[Es decir, que incluso en los casos en los que el estrés causa desarreglos físicos, hay que arreglar esos desarreglos, al margen de que la persona pueda o no superar su estrés y posterior ansiedad. Como es sabido, Seyle llamó estrés a esta reacción fisiológica por su similitud con el stress o fatiga del material].

Dice también Sontag:

“Las teorías psicológicas de la enfermedad son maneras poderosísimas de culpabilizar al paciente. A quien se le explica que, sin quererlo, ha causado su propia enfermedad, se le está haciendo sentir también que bien merecido se lo tiene”.

Así, teorías psicológicas disparatadas pero muy extendidas atribuyen al pobre enfermo la doble responsabilidad de haber caído enfermo y también la de curarse.

En fin, seguiré hablando de Susan Sontag y de su libro, pero espero que con esto quede claro su postura y la mía, ambas coincidentes. Pero como no quiero hacer esta reflexión muy larga añadiré mucho sobre este tema en comentarios breves que iré intercalando a lo largo del libro [de mi cuaderno Ocurrencias de un enfermo].

(1996)

[2020: lo anterior son anotaciones de un enfermo, apresuradas y poco elaboradas, pero he preferido dejarlas tal como las escribí entonces. Todo lo que aparece entre corchetes lo he añadido en 2020].


[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2020 durante el coronavirus]

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Se supone que la calavera que encabeza esta entrada y el libro publicado por la editorial Visor es el retrato del editor original, Juan Varela.

[2020. Parece que en realidad se trata de un autorretrato del ilustrador Merian.

Hay que darle la vuelta al libro para descubrir a la muerte o a Merian.

Es muy ingenioso que la editorial Visor escribiera el título y el autor al derecho y al revés, llamando la atención sobre esta curiosidad del doble retrato].

La muerte

Autorretrato de Merian

2020: copio aquí los versos que inician el libro:

“Yo soy la Muerte cierta a todas criaturas

que son y serán en el mundo durante.

Demando y digo: oh hombre, ¿por qué curas

 

de vida tan breve al punto pasante?

Pues no hay tan fuerte ni recio gigante

que de este mi arco se pueda amparar,

conviene que mueras cuando yo lo tire

con esta mi flecha cruel traspasante. 

¿Qué locura es esta tan manifiesta

que piensas tú, hombre, que otro morirá

y tú quedarás, por ser bien compuesta

la tu complexión, y que durará? 

No estés seguro si al punto vendrá

sobre ti a deshora alguna corrupción

de liendre o carbunclo, o tal implisión

porque el tu vil cuerpo se desatará.

¿O piensas por ser mancebo valiente

o niño de días, que largo estaré

y hasta que llegues a viejo impotente

la mi venida me detardaré?

Avísate bien: que yo llegaré

a ti a deshora, y no tengo cuidado

que tú seas mancebo o viejo cansado,

y cual yo te hallare, tal te llevaré”.

Además de los versos, contiene excelentes grabados de Holbein y Merian, que sin duda aparecerán en las páginas de la Galería Mortal.

2020: la Galería Mortal es una sección de mi revista Esklepsis (editada en lso años 90) que también puedes encontrar (aunque no completa) en Diletante: Mortal.

 

(1996)


[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2020 durante el coronavirus]

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No se puede decir que la búsqueda de la identidad sea un fenómeno nuevo, porque la especie humana siente una indesmayable obsesión por establecer compartimentos estancos en los que habitar junto a los suyos, en aquella mítica cueva primordial en la que protegerse de las fieras del exterior. No cabe duda de que en tiempos lejanos refugiarse en una gruta o cueva podía ser beneficioso para mantenerse a salvo de las fieras, de los caníbales o de los enemigos, pero el problema es que con el tiempo hay que pagar el alquiler por el alojamiento. Los guardianes de las esencias identitarias no trabajan gratis.

Vivir en ese cómodo refugio que son las identidades de familia, grupo o nación supone siempre un pago, a veces en dinero contante y sonante, como descubrieron los emperadores romanos cuando la guardia pretoriana y el ejército les fueron aumentando el peaje por mantenerlos en sus privilegiadas posiciones.

Pero el pago más habitual no consiste en dinero, ni siquiera en obediencia, sino en la renuncia a una de las mejores cualidades de las personas: la de pensar por sí mismas. El individuo que busca su identidad en el espejo de los otros siempre pierde lo mejor que posee, aunque ni siquiera se da cuenta de que lo está perdiendo. Pierde su propia identidad como individuo. Y lo peor es que casi siempre lo hace de manera voluntaria.

A pesar de que hay quienes intentan explicar la transformación aludiendo a malignos monstruos identitarios que se apoderan de las almas desvalidas, más bien sucede que nosotros mismos somos los que buscamos de manera voluntaria la jaula que nos corresponde. A veces incluso la fabricamos con nuestras propias acciones. Debido a los vicios o instintos sociales o culturales de la educación o a las pulsiones de la genética, poseemos un instinto gregario. La necesidad de buscar un grupo al que pertenecer parece un impulso natural al que resulta difícil resistirse, y la única duda suele ser tan solo qué grupo elegir.

Del mismo modo que somos herederos de ciertos instintos de las bestias que hemos sido, que se han conservado en la estructura de nuestro cerebro primitivo o arqueocerebro, a pesar de los cambios evolutivos en la corteza cerebral, también somos herederos de una memoria que no es genética, sino cultural. Casi todos los mitos culturales fueron fabricados hace miles de años pero todavía perviven con inusitada fuerza. Son mitos que se refieren a la fidelidad, a la valentía, a la generosidad, a la solidaridad, a la pertenencia a un grupo. Pero muchas de estas fábulas, bajo su apariencia virtuosa, perpetúan una concepción de la realidad heredada de las sociedades jerárquicas. Y, bajo esa apariencia asociada a la bondad y la justicia, a menudo descubrimos, como en los pueblos inocentes, limpios y decentes que David Lynch imagina en Twin Peaks o en Terciopelo Azul, que debajo todo está podrido.

Continuará


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Breve historia de mi enfermedad

Llegado a la página 40 del cuaderno ni siquiera he contado nada de lo que ha dado precisamente origen a este cuaderno.

El día 6 o 7 de diciembre de 1996 noté los síntomas de un constipado, catarro, resfriado gripe o similar. Dos o tres días después iba a iniciar mi viaje hacia la Península de Yucatán: mala suerte irse enfermo a las vacaciones. Mi amigo Juanjo me dijo que mis temores eran infundados y que padecía el mal del viajero: me curaría en cuanto tomase el avión. Yo sabía que no iba a suceder tal cosa.

En el avión comenzó la fiebre. Supongo que llegué a los 39 grados.

Llegué a Cancún, primera etapa de un viaje en el que dejaba el resto de las etapas a la improvisación, bastante maltrecho. A la fiebre se añadía dolor de oídos y de cabeza.
No voy a ser prolijo: en México mis males se acentuaron. Diarreas, dolor de estómago dolor de las articulaciones (detrás de las rodillas), fiebre continua hasta empapar las sábanas, tos persistente hasta la congestión, presión en los laterales del cráneo, sobre todo al estornudar, molestias en los pulmones. Y lo que se me olvida. Y a eso se añadían circunstancias locales: decenas de picaduras de insectos y golpes de calor.

Pese a padecer tantas molestias,  cambiaba casi cada día de ciudad y las recorría todas de un lado a otro: Cancún, Isla Mujeres, Valladolid, Chichén Itzá, Mérida (donde decidí detenerme para no tentar más a la suerte), Uxmal y Progreso.

Una de las pocas fotos que conservo del viaje. En Chichén Itzá.

Alguien me dijo que me había picado un mosquito, creo que el anopheles, y en una farmacia me dieron amoxicilina, que fue el primer antibiótico con el que obsequié a mí desdichado cuerpo. Coincidiendo con el regreso a España noté cierta mejoría y dejé la amoxicilina.

Uno de los cuadros que modifiqué, creo recordar, en esas fechas. Debajo había un cuerpo de mujer, y también un autorretrato

Sin embargo la tos ya no me dejó, aunque a veces era moderada y otras extremosa. Algunos días también me volvía la fiebre. En enero y febrero fui al médico, que no sé que me recetó.

El trabajo me exigió cada vez mayores esfuerzos y la enfermedad se hizo notar cada vez más. Trabajé así, permanentemente enfermo, durante dos meses al menos, con graves recaídas (por ejemplo en Sevilla, y al regreso de Palma de Mallorca).

Un absurdo sentido de la responsabilidad, impropio de mi carácter, mi inteligencia y mis convicciones, me hizo aguantar a pie firme la enfermedad, ayudado por las fuerzas que proporciona el estrés, hasta que mi tarea quedó más o menos encauzada. En ese momento, no sé si por una coincidencia fortuita o porque rendí mis naves y los mecanismos estresantes (que son fatales si la crisis se prolonga) acabaron de actuar en ese momento… Por unas u otras razones, la enfermedad comenzó a hacerse patente en toda su virulencia.

A los síntomas habituales, pero recrudecidos, se añadió una tremenda fatiga y la sensación de tener escarchados los pulmones. La fiebre, en los 39 grados, ya era casi permanente. La tos, en especial al acostarme, empezaba a ser un suplicio.

Me di de baja en el trabajo y visité de nuevo al médico. Gracias a la ayuda de IE, me atendieron en Urgencias del Hospital Ramón y Cajal. Me hicieron radiografías, análisis de sangre, me auscultaron, me interrogaron acerca de todos y cada uno de los síntomas, me palparon todo el cuerpo y analizaron mis esputos.

Primero pensaron en la tuberculosis o en algún tipo de neumonía. La prueba de zhiel descartó, al parecer, la tuberculosis; el examen de las radiografías, la neumonía. Me recetaron un segundo antibiótico: Zinnat.

Lo tome durante diez días y no se produjo ninguna mejoría. Iba notando, a medida que pasaban los días, cada vez menos aire en los pulmones. Me recetaron un tercer antibiótico, Klacid. Ningún efecto.

La posibilidad de que la enfermedad fuese algún mal tropical contraído en México empezó a ganar terreno.

También creo que el neumólogo que me atendía, IF, debió de pensar más de una vez que yo no tenía ninguna enfermedad: si acaso un catarro mal curado o los engañosos síntomas del estrés.

Pasé al departamento de enfermedades infecciosas, Sección Tropicales.

Me atendió la deliciosa doctora Tatay. Tras un nuevo interrogatorio (qué debe de tener un nombre más agradable que yo no recuerdo), me extrajo sangre, para probar varias posibilidades: paludismo, malaria ( no sé si es lo mismo) y otras que no recuerdo o no supe.

También encargó una tercera radiografía (frontal y lateral) y el análisis de todos mis desechos orgánicos. Más extracciones de sangre, seis o siete tubos: fiebre Q, legionella, de nuevo la tuberculosis, el SIDA (yo ya me había hecho una prueba por mi cuenta, que me mantuvo, a la espera del resultado, insomne varios días). Se descartaron todas esas enfermedades.

La tercera radiografía, qué vi en compañía de la doctora Tatay y del estupendo y carismático doctor López Vélez, vino en ayuda de la veracidad de mis quejas: se observaba una neumonía.

Además, al compararla con las anteriores, quedó claro que la enfermedad había ido a peor. Poco después, los diversos análisis mostraron la presencia de agentes infecciosos (no sé si virus o bacterias). Se me recetó el cuarto y el quinto antibiótico.

Santiago Segura entrevista al Gran Wyoming para Dobles parejas

[2020: en aquellos días dirigía Dobles parejas, programa presentado por Santiago Segura y Kevina Kulvocas. Además de ser un programa absurdo, los diversos grupos de presión en Antena 3 y en la productora Globo Media convertían cada día en una colección de despropósitos y una fuente permanente de estrés. Lo más interesante, probablemente, fue el viaje que hicimos a Palma de Mallorca con Santiago y Kevina para grabar una promo del programa en un karaoke, que creo que quedó muy divertida (santiago imitaba a Julio Iglesias intentando seducir a Kevina). Lo malo es que seguramente no pude disfrutar mucho de la experiencia porque, como digo en el texto, al regreso tuve una fuerte recaída.]

Continúa la anotación del cuaderno…

21 de junio del 96

Pero, sobre todo, se recomendó que me hicieran un escáner de pulmón (TAC de alta resolución), para determinar la causa última de la enfermedad. También se me hicieron pruebas de capacidad pulmonar (obtuve un buen resultado) y un análisis de sudor para ver si podía tratarse de fibrosis quística, una enfermedad hereditaria que muy raramente afecta a los adultos.

En cualquier caso, lo más importante era el escáner, y en el Hospital Ramón y Cajal según me dijo López-Vélez (especialista en enfermedades tropicales), podía tardar seis meses en conseguir cita.

Hablé entonces con Iván, mi padre, que me convenció para que me fuera a Barcelona, donde él me ingresaría en urgencias y así me harían allí el TAC.

Me disponía a viajar a Barcelona, pero entonces Marcos me recordó que el padre de Luis trabajaba en el Hospital Clínico de Madrid, del que había sido director, así que fui a ver, junto a Luis, a su padre. El padre de Luis me dijo que, para no seguir “chapoteando” y haciendo chapuzas, lo mejor era no solo hacerme el TAC, sino (“no te asustes”) abrirme. Mirar el pulmón sin intermediarios y, supongo, tomar muestras para una biopsia. Quedamos en llamarnos el siguiente lunes, previsiblemente para ingresar el martes en el Clínico.

Sin embargo, la cita fue al final para el lunes siguiente. Esa misma semana, el miércoles, vino Iván, creyendo que ya estaría ingresado, pero encontró algo muy distinto.

La noche del martes habían venido Marcos y Luis a casa por la noche. Pasamos unas horas estupendas hablando de asuntos personales y bebí un poco, pero tampoco en exceso.

Al día siguiente me desperté con ganas de vomitar y lo atribuí al alcohol, sin darle mucha importancia. Pero comencé a vomitar esputos verdes en un líquido blanco y viscoso. También tenía diarrea y las primeras heces eran negras. Me caían por la cara gotas de sudor frío y pasé así cinco o siete horas, que fueron de las peores de mi vida. Poco antes de que llegará mi padre, había conseguido recuperarme un poco. Ignoraba entonces lo que todavía me esperaba.

Iván venía con la idea de ingresarme en urgencias para que me hicieran el TAC, en lo que se reafirmó al ver el mal aspecto que tenía. Quiso, pues, la casualidad que yo no tuviera que actuar o representar un papel de enfermo grave al ingresar, pues estaba verdaderamente mal.

Al describir mis síntomas, consideraron probable una hemorragia gastrointestinal y me hicieron un lavado de estómago que fue dolorosísimo en su inicio, porque el tubo no me entraba por la nariz. Tras varios intentos, buscaron un tubo menos grueso.

En fin, sacaron sangre de mi estómago y pasé la noche en el hospital. Al día siguiente me practicaron una endoscopia. No hallaron, afortunadamente, una úlcera, así que atribuyeron la hemorragia a cualquier otra causa no del todo convincente, aunque el desencadenante parece haber sido, como descubrió el doctor López Vélez, haber tomado una aspirina. Afortunadamente, no había tomado el cuarto y quinto antibiótico, a la espera del escáner.

Así pase la noche en urgencias, conectado a un tubo de suero (nueva experiencia) sin poder comer ni beber. Pero, en cualquier caso, de escáner nada. IF, que casualmente, estaba de guardia (como el doctor López Vélez), nos explicó (también vino Vicky, mi madre) que había dos métodos: el europeo, que va prueba prueba y paso a paso, y el americano, que comienza por abrirte. No sé si desde el principio, pero a estas alturas yo prefiero el método americano, sin ninguna duda. IF y el hospital Ramón y Cajal prefieren el método europeo. El problema es, que la administración indiscriminada de antibióticos me ha provocado, por el momento, una hemorragia gastrointestinal. IF me dijo que me podría conseguir un escáner en un mes. Yo, en cualquier caso, creo que lo mejor es cambiar de hospital y de médico. Quien sí me parece un buen médico es López Vélez, pero lamentablemente mi enfermedad no parece ser tropical.

Allí, tras el lavado de estómago y nuevas radiaciones, al recordar que mi hijo Bruno iba a participar en un espectáculo en su piscina, me sumergí, delante de Vicky e Iván, en un llanto incontenible, tal vez por la estimulación a la que me había sometido la introducción el primer tubo en la nariz. Al día siguiente, tras la endoscopia, pude ir a ver a Bruno, pero no quiso nadar.

Bueno el asunto continúa. El lunes iré a ver al especialista del Clínico.

 

(1996)


[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2020 durante el coronavirus]

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