Benjamin Constant y el espíritu de contradicción

EL ESPEJO

“Otras veces, harto yo mismo de mi silencio, me entregaba a ciertas bromas, y mi ingenio, al ponerse en movimiento, me arrastraba más allá de toda mesura. Revelaba en un día las ridiculeces que había observado durante un mes. Los confidentes de mis súbitas efusiones no me las agradecían en absoluto, y tenían razón, ya que era la necesidad de hablar lo que se apoderaba de mí, y no la confianza. En las conversaciones con la mujer que, la primera, había contribuido a desarrollar mis ideas, contraje una inflexible aversión hacia todas las máximas comunes y todas las fórmulas dogmáticas. Así pues, cuando yo oía cómo la mediocridad se complacía en disertar sobre unos principios muy establecidos, muy incontestables, sobre moral o religión, me sentía llevado a contradecirla, no porque yo hubiese adoptado opiniones opuestas, sino porque me impacientaba ante una convicción tan firme y tan pesada. No sé qué clase de instinto me advertía, además, para que no me fiase de esos axiomas generales tan exentos de toda restricción, tan puros de todo matiz. Los necios hacen de su moral una masa compacta, para que se mezcle lo menos posible en sus acciones y los deje libres en todos los detalles.”                                               (Benjamin Constant, Adolphe)

Este texto me gustó cuando lo leí hace ya muchos años y escribí un comentario mostrando mi coincidencia coin las ideas de Constant. Bastante tiempo después lo clasifiqué entre mis escritos con el siguiente encabezamiento: “Defensa de la forma contra el fondo/Contra los tópicos/Disentir en una conversación por aversión hacia el dogmatismo y los lugares comunes/En defensa de los matices”.

El comentario que escribí, supongo que antes de 1990, era el siguiente:

“En alguno de mis cuentos he intentado decir lo mismo que Benjamín Constant expresa con tan aguda sencillez. Creo que en El Hombre de Budapest, donde uno de los personajes dice:

“El que yo discuta tus argumentos no significa que esté en desacuerdo con ellos, no contradigo tus ideas, sino, más bien, el modo en que las defiendes”.

A menudo se me ha acusado de contradecir a los demás por el simple placer de la discusión; se me reprocha, asimismo el que si uno dice blanco yo digo negro, y si otro dice negro, yo digo blanco. Repito lo anterior: en esas ocasiones no discuto si algo es blanco o negro, tan sólo intento señalar la fragilidad, a veces la falsedad, del razonamiento que lleva a decir blanco o a decir negro. Cito otro de mis cuentos, El Duelo:

“Todos podemos estar de acuerdo en mejorar el mundo, pero lo que realmente importa es el método que propone cada cual”.

Creo que en mi actitud y en la de Constant pueden adivinarse las huellas de la erística.”

Hasta aquí aquel comentario. Sólo añadiré que en Grecia se llamaba eristikoi a los que practicaban el arte de la disputa (eris=discordia), y que mi espíritu de contradicción se ha atenuado con el paso de los años. Ahora suelo dirigirlo a personas ya muertas o distantes, es decir: a los autores de los libros que leo.

 [Publicado en 1994 en Esklepsis 1]

*********

NOTA EN 2008 Así que, en este comentario a un comentario de un comentario, me gustaría añadir que, como ya he dicho en alguna ocasión reciente, mi actual moderación viene de lejos. No soy desde hace ya bastante tiempo un disputador profesional. De todos modos, es cierto que hay algunas situaciones en las que mi ardor polémico regresa. Por ejemplo, cuando mis interlocutores justifican de algún modo la injusticia o la crueldad, o cuando la afición de criticar a los demás llega a hacerse, no ya aburrida, sino insoportable.  Pero desconfío mucho de la elocuencia y de los razonamientos deslumbrantes y arrebatadores, pues con ellos casi siempre se obtienen victorias pírricas. Una vez disipado el humo de nuestro artificio verbal, no hay nada debajo: los que hoy parecen convencidos por nuestros razonamientos, al poco tiempo vuelven a pensar lo que pensaban. Además, cuando uno quiere tener razón a toda costa, a menudo se ve obligado, en el calor de la discusión, a ir inventando sobre la marcha argumentos y pruebas en los que realmente no cree, y a opinar con firmeza cosas de las que ayer mismo dudaba. Agustín de Hipona decía:

“La discusión es la única batalla en la que el que pierde, gana”.

Sé que cito demasiado a menudo esta frase. En mi defensa sólo puedo decir que, además de citarla, creo que es cierta.


NOTA EN 2015 En los últimos años, el tipo de conversaciones a las que se refiere Benjamin Constant han saltado del ámbito privado o semiprivado al espacio público virtual que son las redes sociales tipo Facebook o Twiter, donde se ha hecho casi imposible participar en una conversación, no por lo que se dice, sino por cómo se dice. Como otras personas que conozco, ante ese espectáculo de la discusión virtual, yo, que ya no estoy dominado por el espíritu de la contradicción, me aparto discretamente a un lado.


 

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6 comentarios en “Benjamin Constant y el espíritu de contradicción

EL ESPEJO

  1. Hola Daniel,

    tu artículo me ha hecho pensar (y no sé bien si guarda mucha relación…) en un pasaje del Zhuang Zi, pero como lo tengo guardado en francés y es un poco largo para el espacio de los comentarios y que, además y sobretodo, nunca tendría la osadía de traducir lo traducido de una traducción de una traducción, te envío lo dicho a tu correo personal. Si decides usarlo (traducido por tí), no me erigiré en controversista ni siquiera en polemista (y eso que tú, estás aún bien vivito ;)
    Un abrazo

  2. Hola Sarah,

    sí, la verdad es que guarda cierta relación con lo de Constant el texto que me has enviado del Zhuangzi, que es muy interesante. Quizá la diferencia más importante es que yo no me considero un sabio (ni entonces ni ahora) excepto quizá en un aspecto, no muy relacionado con el arte de la discusión. El texto que me has enviado del Zhuangzi lo comentaré pronto en mi lectura del Zhuangzi, así que me reservo las fuerzas dialécticas para ese momento. Un abrazo

    Aquí el texto de Zhuang zi:
    Œuvre de Tchouang-tseu

    Chapitre 2. Harmonie universelle (aussi appelée “la réduction

    ontologique”)

    …« Il n’y a, en réalité, ni vérité ni erreur, ni oui ni non, ni autre

    distinction quelconque, tout étant un, jusqu’aux contraires. Il n’y

    a que des aspects divers, lesquels dépendent du point de vue.

    De mon point de vue, je vois ainsi ; d’un autre point de vue, je

    verrais autrement. Moi et autrui sont deux positions différentes,

    qui font juger et parler différemment de ce qui est un.

    Ainsi parle-t-on de vie et de mort, de possible et d’impossible,

    de licite et d’illicite. On discute, les uns disant oui, et les autres

    non. Erreurs d’appréhension subjectives, dues au point de vue.

    Le Sage, au contraire, commence par éclairer l’objet avec la

    lumière de sa raison. Il constate d’abord que ceci est cela, que

    cela est ceci, que tout est un. Il constate ensuite qu’il y a pourtant

    oui et non, opposition, contraste. Il conclut à la réalité de l’unité,

    à la non réalité de la diversité. Son point de vue à lui. c’est

    un point, d’où ceci et cela, oui et non, paraissent encore non

    distingués.

    Ce point est le pivot de la norme. C’est le centre immobile d’une

    circonférence, sur le contour de laquelle roulent toutes les

    contingences, les distinctions et les individualités ; d’où l’on ne

    voit qu’un infini, qui n’est ni ceci ni cela, ni oui ni non. Tout

    voir, dans l’unité primordiale non encore différenciée, ou d’une

    distance telle que tout se fond en un, voilà la vraie intelligence. “

  3. SARAH dice:
    Hola Daniel,

    tu artículo me ha hecho pen­sar (y no sé bien si guarda mucha relación…) en un pasaje del Zhuang Zi, pero como lo tengo guardado en francés y es un poco largo para el espa­cio de los comen­tar­ios y que, además y sobretodo, nunca ten­dría la osadía de tra­ducir lo tra­ducido de una tra­duc­ción de una tra­duc­ción, te envío lo dicho a tu correo per­sonal. Si decides usarlo (tra­ducido por tí), no me eri­giré en con­tro­ver­sista ni siquiera en polemista (y eso que tú, estás aún bien viv­ito ;).
    Un abrazo

    • Hola Sarah,

      sí, la ver­dad es que guarda cierta relación con lo de Con­stant el texto que me has envi­ado del Zhuangzi, que es muy intere­sante. Quizá la difer­en­cia más impor­tante es que yo no me con­sidero un sabio (ni entonces ni ahora) excepto quizá en un aspecto, no muy rela­cionado con el arte de la dis­cusión. El texto que me has envi­ado del Zhuangzi lo comen­taré pronto en mi lec­tura del Zhuangzi, así que me reservo las fuerzas dialéc­ti­cas para ese momento. Un abrazo

  4. AL TAIR COMENTÓ el 06/07/2008

    A más de 15 años desde su creación llego a leer este artículo impuesto por mis circunstancias personales. ¿Quién es capaz de contradecir al ser que habla con él? ¿Quién es dueño de la verdad?
    La verdad es algo tan subjetivo, por no decir relativista, que nadie puede ser tan arrogante en contradecir a otra persona, máxime tratándose de cuestiones estrictamente personales, que es cuando más subjetivismo tiene esa verdad. Así como no es necesario compartir las ideas de los demás, tampoco nadie debe imponersenos sus ideas o cuestionar las propias
    El límite del “espíritu de la contradicción” está en respetar las ideas de quienes nos rodean,en tanto y en cuanto no nos afecten a nosotros mismos.

    • DANIEL TUBAU COMENTÓ EL 26/10/2010

      Hola Altair

      mi espíritu de contradicción, aunque hoy en día casi dormido, me lleva a contradecirte.
      Creo que discutir lo que dice otra persona no tiene nada de malo y que tampoco significa que quien lo haga crea estar en posesión de la verdad. Precisamente, lo que antes más me llevaba a discutir con los demás era el ver que creían estar en posesión de la verdad.
      La discusión es buena, aunque conviene que, además, sea lo más agradable y menos virulenta posible. Sirve para que descubramos nuestros errores y los de los demás, para que abandonemos creencias erróneas y a menudo peligrosas.
      Pero, como tú dices, también hay que respetar las ideas de los demás, aunque rersulta difícil decidir cuándo no nos afectan: puede que algo no nos afecte personalmente, pero sí afecte a otras personas y que eso nos afecte a nosotros porque no queremos que se cometa, por ejemplo, una injusticia en un lugar lejano.
      En cuanto a que la verdad sea relativista, tampoco lo tengo claro, como mucho es relativa, relativa a las circunstancias concretas, porque el relativismo en sí, como sistema filosófico puesto de moda por los europeos en el siglo XX, suele convertirse en una manera de justificar la injusticia siempre y cuando suceda lejos. De hecho, la verdad en sí ni siquiera creo que exista, sino soluciones o respuestas a diversas situaciones, respuestas que pueden ser más o menos acertadas o más o menos discutibles. Algunas de ellas son en mi opinión universales, como los derechos humanos, no matar, no violar, no torturar, etcétera, sea cual sea la cultura. Otras, sí, dependen de la cultura y pueden ser respetadas (lo que no significa que no puedan ser discutidas) mientras no afecten a esos derechos humanos antes mencionados (o incluso a derechos animales, de los que ahora empezamos también a preocuparnos, con razón, creo).

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