Las ideas y el carácter

Es un lugar común decir que el carácter de una persona no se puede cambiar. Una persona podrá cambiar de hábitos, comportarse de otra manera en determinadas circunstancias, pero la esencia de su carácter no puede cambiar. Hay niños que ya desde pequeños tienen un carácter agresivo, mientras que otros son mansos. El carácter, en definitiva, parece ser un producto biológico inevitable, inserto en nuestros genes.

Siempre he sido escéptico ante este tipo de argumentos, pero no es descartable por completo que en los genes haya algo así como alelos que afecten o determinen de alguna manera los diferentes caracteres: curiosidad, agresividad, tozudez, etcétera. Sin embargo, eso no significaría necesariamente que no fuera posible cambiar el carácter.

En una ocasión discutí con mi padre acerca de si la función crea el órgano. Nos referíamos en concreto al asunto del chismorreo, la maledicencia y el hecho de criticar a los demás. Yo opiné que, en efecto, la función crea el órgano: si retienes y no haces públicas las críticas fáciles y despectivas que se te ocurren de manera espontánea al hablar de otra persona, al cabo de un tiempo ese tipo de cosas ya no se te ocurren espontáneamente. No es que pierdas la capacidad de crítica, que es muy saludable en ciertos casos, pero ese espíritu crítico ya no se convierte un impulso destructor y mezquino.

Es posible, en consecuencia, establecer una lucha entre dos conciencias, el pensamiento espontáneo, que a menudo es adquirido por desidia e imitación, frente al reflexivo, que te impulsa a mejorar.

Se podrá discutir, es cierto, si lo anterior significa que es realmente posible cambiar el carácter, pero en este terreno es aplicable aquello que decía Eysenck: «Desaparecido el síntoma, desaparecida la enfermedad».

Continuará


En 2020: algunas de las ideas que aquí expresé se parecen a las que Kahneman popularizo en los últimos años en libros como Pensar rápido, pensar despacio. Tal vez me refiera a ello en un epílogo cuando acabe de publicar este Acerca del karma.


[Escrito en 1992. Revisado en 2020]

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Una espontaneidad muy buscada

Muchas personas tienen hábitos mentales que parecen físicos. Ellos mismos aseguran que son físicos. Por ejemplo, el primer café de la mañana.

Las virtudes estimulantes de un café son difícilmente discutibles, pero pensar que uno es incapaz de librarse de la somnolencia hasta que no ha tomado el primer café, es sin duda exagerado. Lo que suele suceder en tales casos es que esa persona se despierta con el café porque durante años ha habituado a su cerebro a despertarse con el café. Su cerebro ha aprendido a la perfección la orden que asocia café y despertarse, como el recurrente perro de Pavlov, que ya ha aparecido antes por por aquí. He podido observar en varias personas habituadas a despertarse con un café que el efecto es exactamente el mismo con un buen café descafeinado (siempre y cuando no se den cuenta del truco).

Yo mismo, después de creer durante años que el café me resultaba indispensable para despertarme, me planteé la posibilidad de que no fuera así y envié a mi cerebro, de un modo totalmente consciente, otra orden: “tengo que despejarme en cuanto me despierte”. Ahora ya no necesito ninguna excusa: salvo en casos extremos, en cuanto me despierto estoy totalmente despejado. Es cierto que al principio tenía que hacer un esfuerzo para recordar a mi cerebro la nueva orden, pero ahora sucede de manera espontánea.

Este es un ejemplo de la acumulación kármica aplicada a las acciones mentales. Es decir: nuestro comportamiento presente incide sobre nuestro comportamiento futuro, pero con la particularidad de que al principio se trata de un comportamiento forzado y solo con el tiempo acaba convirtiéndose en espontáneo. Es decir, sucede cuando logramos convertir lo excepcional en habitual. Eso es algo que puede sonar paradójico (¿no se trataba de huir de los hábitos?) pero no lo es tanto: la negación o ausencia de un hábito como tomar café no es exactamente un hábito: se parece más bien a un cambio de personalidad. O quizá sea algo que también puede sonar paradójico: la conquista de una espontaneidad lograda mediante el control.

Y lo mismo que con ese café mañanero, sucede en terrenos mucho más abstractos: en el territorio de las puras ideas o en el del carácter.

Continua en Las ideas y el carácter…


[Escrito en 1992. Revisado en 2020]

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El peligro de los hábitos

Hasta ahora hemos hablado de los hábitos físicos y de lo perjudiciales que son, pero los hábitos mentales también pueden ser negativos.

Cuando nos dejamos llevar por hábitos, damos a nuestra mente unas instrucciones repetitivas. Eso hace que, por un lado, nuestra mente no se encuentre en buena situación para afrontar situaciones inesperadas o no habituales. Por otro lado, tampoco estamos ayudando a potenciar las inmensas capacidades de nuestro cerebro, porque le enseñamos lo que ya conoce o ya sabe hacer.

Los hábitos pueden ir desde tomar café siempre de la misma manera, hasta afiliarse a un partido o a una ideología determinada. Hábito es también creer que se tienen ideas definidas e inmutables acerca de cualquier asunto, o relacionarse con un círculo de personas de características muy similares. La soledad es el hábito de relacionarse con una sola persona. Casi todos los hábitos son malos, incluso el no tener ningún hábito por sistema.

Lo anterior no pretende ser una paradoja: si alguien decide no ver nunca dos veces a una misma persona, está cayendo en el hábito de la falta de familiaridad y de contacto profundo con los demás. Y está, en consecuencia, limitando sus capacidades, además de adoptando un comportamiento que puede convertirse en enfermizo. Pasear todas las mañanas por el bosque, cuando se tiene una casa en el bosque, es un hábito que puede ser muy saludable, pero hacerlo simplemente por cumplir una norma puede ser empobrecedor, sobre todo si en cada paseo se piensa siempre en cosas similares y no se deja nunca espacio a la improvisación.

Continua en Una espontaneidad muy buscada…


[Escrito en 1992. Revisado en 2020]

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La doctrina del karma

El rey grecoindio Milinda (Menandro) escucha al arhat budista Nagasena

En todo este revolotear acerca de la idea del karma, quedan algunas cuestiones pendientes, antes de encarar el asunto que me ha movido a escribir este artículo.

El indeterminismo de la doctrina kármica

Quizá es innecesaria cualquier explicación. La situación en la que se halla un individuo en el momento actual es consecuencia de los actos de su pasado, del karma que ha acumulado en vidas anteriores, pero su futuro no está determinado, pues en cualquier momento puede, mediante un acto de su voluntad, cambiar el sentido de su evolución y ascender, mejorar. Para conseguirlo, claro está, tendrá que pagar la deuda kármica contraída hasta ese momento, lo que puede llevarle mucho, muchísimo tiempo. Si alguien ha estado echando piedras a un pozo durante treinta años, tendrá que pasarse otros treinta años quitándolas, a no ser que haga un sobreesfuerzo físico. No puedo hablar aquí, por problemas de extensión, del sobre esfuerzo moral necesario que podría acelerar el pago de la deuda kármica.

En cualquier caso, la montaña de piedras acumulada sobre el pozo es consecuencia de treinta años de trabajo, pero el que esa montaña siga creciendo o empiece a menguar depende de la voluntad del que acumula las piedras.

 ¿Quién acumula las piedras?

Es decir: ¿quién es ese Yo que contrae y paga las deudas, y que no es los Yoes particulares?

Este es un tema demasiado complejo para abordarlo aquí. Daré sólo varias imágenes comparativas. A lo largo de nuestra vida, soñamos cada noche. Durante el sueño, vivimos mil aventuras, que a veces recordamos y a veces olvidamos. Todos esos “Yoes” que protagonizan nuestros sueños creen existir en tanto que dormimos, pero se disipan al despertarnos. Nosotros permanecemos, ellos se evaporan. También nuestro Yo de la vigilia podría ser un personaje soñado por nuestro verdadero Yo.

Otra imagen: encendemos una vela y, cuando se va a consumir, encendemos otra vela con ella, y así sucesivamente. La llama de la vela 525 es descendiente de llama de la primera vela, pero la primera vela y las 523 restantes ya no existen.

Este ejemplo aparece en Las preguntas de Milinda, un hermoso texto que cuenta el encuentro entre el rey Milinda y el sabio Nagasena. Milinda es otro nombre del rey Menandro, descendiente de los griegos que se establecieron en la India tras las conquistas del macedonio Alejandro.

Última imagen: tenemos, en vez de una vela, un sello de caucho. Lo imprimimos en un papel y, a partir de esa impresión, creamos un nuevo sello, y así sucesivamente. El sello irá variando con el tiempo, dependiendo su aspecto de la calidad del caucho, de la tinta y del papel. El sello 1273 será, sin embargo, deudor de los aciertos e imperfecciones de los 1272 sellos anteriores, pero todos los sellos tendrán su origen en aquel primer sello, pero sin por ello ser ese sello.


2020: supongo que es innecesario aclarar que la idea del durmiente que sueña, del fuego de las velas o de los sellos que se imprimen, son analogías, metáforas o comparaciones, pero que no tienen valor demostrativo: sería fácil encontrar metáforas igual de sugerentes para mostrar un planteamiento contrario al que he expuesto. Pero ese es el valor de las analogías: hacer que podamos concebir algo que a primera vista nos parece irrazonable.

Continua en Penúltima aproximación al karma


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Y por fin, llegamos a la aplicación al karma de la la tercera aproximación: el castigo que las generaciones futuras reciben por los actos de sus familiares, las deudas que los gobernantes, los Estados y los pueblos dejan a sus descendientes, ya se trate de dinero que tiene que devolver, de pobreza que tienen que afrontar o de un planeta cuyos recursos se han visto comprometidos por el despilfarro o la agresión humana.

Resulta casi innecesario decir que en la doctrina del karma se expresa esta idea, pero con la ya repetida y conocida variación: es uno mismo quien contrae las deudas y es uno mismo quien ha de hacerles frente, recibiendo por ello los castigos o los premios correspondientes. Llevado a los terrenos en los que he empleado las metáforas, sería algo así como sacar de la tumba al gobernante que dilapidó el dinero público, para que haga frente a la situación de caos heredada, o como si quienes contaminaron la atmósfera tuvieran que dedicarse ahora a limpiarla personalmente.

Un hombre es liberado de la prisión por deudas.

Con esto se cierra el círculo, o la espiral, que hemos recorrido para acercarnos al karma. Creo que ahora muchas cosas resultan fácilmente comprensibles y no tan extravagantes.

Y podré también regresar al asunto o los asuntos que me han llevado a escribir todo esto.

Continua en La doctrina del karma…


[Escrito en 1992. Revisado en 2020]

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Una existencia hecha de retales

En la segunda aproximación kármika hablé del ADN: una persona hereda los caracteres de su árbol familiar paterno y materno.

Como es sabido, existen algunas posibilidades de que un niño recupere una característica que había desaparecido en la familia durante siglos. Con ello quiero decir que el peso de todo lo que ha sido nuestro origen siempre está ahí, como una ayuda o como una amenaza, pero siempre como posible herencia. Quién sabe si hasta el más pequeño de los lunares de nuestro cuerpo no es la copia del lunar de uno de nuestros antepasados. Tal vez somos un puzzle hecho con piezas que pertenecieron a cuerpos de miles de hombres y mujeres que nos han precedido: quizá todos nuestros rasgos ya han existido en nuestros antepasados, pero tal vez no en la combinación que nos hace únicos. Esto haría todavía más temible el aserto pesimista que dice “Nada nuevo bajo el Sol”, es decir, todo ha sido ya inventado, o todo ha existido ya, incluidos nosotros.

En una ocasión pensé escribir un cuento en el que existía la herencia de los caracteres adquiridos, recuperando las ideas del evolucionismo lamarckiano: si alguien perdía una pierna y luego tenía un hijo, su hijo nacía sin esa pierna. Años más tarde imaginé otro argumento similar en el cuento La memoria de los siglos: los hijos heredaban la memoria de sus padres, de tal modo que padre e hijo compartían los recuerdos del padre hasta el momento de la concepción del hijo.

A lo mejor el lector, el inquieto lector que piensa en lo que lee, se pregunta a qué vienen estas dos breves digresiones acerca de herencias anómalas.

La razón es que la doctrina del karma reúne o suma, en cierto modo, todas estas hipotéticas herencias: es decir, según los actos que uno mismo realiza en su vida actual, determina cuál y cómo será su próximo cuerpo y qué deudas morales o espirituales tendrá que pagar o soportar.

Es por eso que dije páginas atrás que quizá sí que era posible tener otro padre y, sin embargo, seguir siendo la misma persona. Lo es desde el punto de vista del karma y la reencarnación. Sean quienes sean nuestro padre y nuestra madre, podemos ser el mismo individuo, un individuo que tiene la posibilidad de elegir (o que es llevado u obligado por las circunstancias o el destino fatal) a nacer aquí o allá, en este cuerpo o en aquel otro. La única diferencia entre la doctrina kármica y los evolucionismos anómalos, como el lamarquismo o la herencia de la memoria, es que uno se hereda a mismo. Del mismo modo que nos ponemos trajes o vestidos diferentes cada día de nuestra existencia terrena, también nos ponemos cuerpos diferentes a lo largo de los eones de nuestra existencia en la (casi) inacabable rueda de las encarnaciones y reencarnaciones.

En definitiva, la idea de karma dice que uno mismo debe pagar sus propias deudas. Y que nosotros somos los responsables de nuestra situación actual.

Resumo lo que he planteado hasta este momento: los seres dotados de conciencia realizan acciones morales y mentales, y esas acciones tienen consecuencias. Si estas acciones son buenas, el ser que las realiza asciende en la escala moral, en la rueda de las reencarnaciones que lleva a la salvación (nirvana o nibbana). Si sus acciones son malas, se degrada y desciende a formas moralmente o metafísicamente inferiores. En definitiva: uno es responsable de sus actos, en esta vida y en las demás vidas.

Esta idea de que está en la mano de cada ser su propio destino, su evolución o su degradación, recuerda mucho un célebre y hermoso texto de Pico de la Mirandola, en el que dice que el hombre puede, por el esfuerzo de su voluntad, ascender hacia los ángeles o descender hasta las bestias.

Esta sería la aplicación de la doctrina del karma a la segunda aproximación, la del determinismo biológico, que aquí se extiende al terreno de la moralidad: no solo heredamos rasgos genéticos sino también morales (pero no ajenos, sino propios).

Continua en Deudas intransferibles


[Escrito en 1992. Revisado en 2020]

2020: Si examinamos la doctrina del karma desde el punto de vista puramente material, que es algo que han hecho diversas doctrinas en la India (no solo en el budismo, el jainismo y el hinduismo), no cabe duda de que algunas de las interpretaciones se acercaron quizá más que cualquier otra concepción antigua a las ideas modernas de la evolución. Y en particular a los descubrimientos recientes de la epigenética. Pero creo que este curioso asunto no lo traté en ese ensayo, aunque sí en otros lugares.


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Causas y efectos: herencia, deuda y reencarnación

¿Se acuerda todavía el lector de las acciones físicas y mentales de las que hablé en las primeras páginas?

Si es así, le propongo que ahora combinemos aquella idea con la de la herencia, tal como la he propuesto en las tres aproximaciones kármicas: herencia genética, herencia cultural y herencia moral, o metafísica si se prefiere.

Tenemos de este modo dos ideas que casi pueden fundirse en una única sentencia:

“Toda acción produce un efecto y toda situación es deudora o heredera de situaciones anteriores”.

Los hijos pagan las deudas de sus padres; pagan por algo de lo que ellos no son responsables. Esto, como ya dije antes, parece muy injusto, tanto si se trata de deudas económicas como genéticas o metafísicas (morales, si se prefiere).

En la idea oriental del karma, sin embargo, se encuentra un matiz de justicia. Pero, antes de explicar por qué, quiero añadir un nuevo concepto, que mencioné al principio de este artículo: la reencarnación.

Si sumamos la reencarnación a las otras dos ideas, estaremos muy cerca de intuir el concepto de karma:

  1. Las acciones producen efectos (físicos o mentales).
  2. La herencia (o deuda).
  3. La reencarnación.

En la primera aproximación propuse la posibilidad de un mundo sin conciencia, en el que sólo había acciones físicas, y en el que toda situación era consecuencia de acciones físicas anteriores.

La doctrina del karma dice lo mismo, que toda acción causa una reacción, que todo efecto tiene una causa, pero lo aplica también a las acciones mentales o morales: toda situación mental, todo estado moral de un individuo, es consecuencia de las acciones mentales o morales que ha tomado a lo largo de su existencia.

Ahora bien, esta existencia se prolonga a lo largo de milenios, en diferentes cuerpos, desde piedras (si no recuerdo mal) y animales hasta hombres y dioses.

El determinismo físico sostiene que toda acción física tiene consecuencias, en una cadena de causas y efectos a lo largo de la incesante transformación de la naturaleza. Del mismo modo, la doctrina del karma dice que toda acción mental tiene consecuencias a lo largo de toda la rueda de renacimientos (samsara).

Esta es la gran similitud entre el determinismo fisicalista y la idea kármica: toda acción tiene consecuencias y toda situación es heredera de situaciones anteriores. La gran diferencia entre ambas ideas, y esto sorprenderá a muchas personas familiarizadas con los tópicos pseudo-orientalistas, es que la doctrina del karma no es necesariamente determinista. Más adelante volveré a tratar este asunto.

Continuará…


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Tercera aproximación kármica

En los textos hebreos del Antiguo Testamento se afirma que un hombre puede ser castigado hasta la séptima generación. Es decir, que sus hijos pagarán por los pecados cometidos por él, y los hijos de sus hijos, etc. Esta terrible condena hereditaria puede abatirse sobre los pecadores y sobre sus descendientes. En algunos casos, lo que es curiosísimo, el castigo puede ser heredado también por los ancestros: el pecado cometido por un hombre puede recaer sobre su tatarabuelo, aunque éste haya muerto antes de que su nieto pecase. Las deudas se pagan, pues, tanto en el futuro como en el pasado.

Pero olvidémonos de esa rareza y quedémonos con la idea, más común y popular, de que son los descendientes quienes pagan las culpas de sus ancestros pecadores, o que al menos satisfacen las deudas contraídas. Según los mitos hebreos, cristianos y musulmanes, todos nosotros estamos pagando todavía la deuda contraída por la pecadora Eva. Es una idea que también se puede encontrar en Grecia, como puede descubrirse en la leyenda de los Siete contra Tebas, donde los epígonos conquistan la ciudad que no pudieron conquistar sus padres. O en la historia de Helena de Troya, condenada a ser “mujer de muchos hombres” porque lo fue su abuela Gorgófone.

Así que, junto a la certeza de que las personas heredan los caracteres genéticos de sus padres, algunos opinan que también heredan sus culpas. Esto puede parecer injusto y cruel, y sin embargo, se ha aplicado y se sigue aplicando en las relaciones entre naciones: la deuda contraída por un dictador disoluto tiene que ser pagada por la democracia que depone al dictador.

Pero quizá sea más importante la deuda cultural: de lo que fueron e hicieron los españoles y los franceses hace quinientos, cien o cuarenta años depende mucho de lo que ahora son los españoles y los franceses. Toda nación, incluso las de más reciente creación, ha de soportar el peso de su origen y de su pasado, del que es muy difícil deshacerse. Yo soy yo y mi circunstancia, decía Ortega, y mi circunstancia es una deuda con el pasado. Es este un nuevo tipo de deuda, del que a veces es posible liberarse (ya se trate de una deuda económica o cultural), pero que muchas otras veces resulta imposible saldar. Y con esto termina la tercera y última, por el momento, aproximación.


[Escrito en 1992]


2020

Respecto a la herencia del futuro sobre el pasado, este es un ejemplo mencionado por Patai y Graves en Los mitos hebreos:

“Así, el rey Jeroboán erigió un becerro de oro en Dan, y este acto pecaminoso socavó la fuerza de Abraham cuando persiguió a sus enemigos en el mismo distrito mil años antes”


Acerca de las diferentes herencias, maldiciones y presagios en la vida de Helena de Troya, he escrito en Maldita Helena.


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El determinismo biológico

Segunda aproximación kármika

Yo soy hijo de un padre y de una madre. Con mi madre comparto algunos rasgos físicos y algunas características fisiológicas. Con mi padre, otras. Mi ADN, el código genético que me define desde un punto de vista biológico, es una combinación del de mi padre y el de mi madre. En ese ADN están inscritos muchos de mis caracteres físicos, y tal vez también algunos que suelen considerarse mentales.

Si yo hubiese tenido otros padres, mis características físicas serían tan distintos que, en realidad, sería absurdo decir que ese otro yo con distintos padres fuese yo. Las personas que se lamentan por no haber tenido otro padre (por ejemplo, un padre más alto) no se dan cuenta de que no se puede tener otro padre biológico sin dejar de ser quien se es. Elegir otro padre u otra madre es  autoeliminarse del mundo y dar entrada a otra persona, que a lo mejor será más alta y más feliz, pero que no será la misma que se lamenta ahora de su suerte.

Y, sin embargo, volveremos a hablar de este asunto.

Regresemos a la herencia. Yo soy heredero del ADN combinado de mis padres, pero también del de mis abuelos, bisabuelos o tatarabuelos. Llevo en mi cuerpo los genes de seres que existieron hace millones de años. Desciendo de personas que vivieron en tiempos del imperio romano, en la época de los sumerios y en las épocas prehistóricas. Y si la teoría de la evolución ortodoxa es correcta, también soy heredero de un pez que abandonó el mar y se estableció en tierra firme.

¿Hasta dónde puedo retroceder en busca de mi herencia?

Bueno, hubo un tiempo en que no había animales, ni siquiera plantas, así que mi origen se encuentra en combinaciones entre elementos químicos, que tuvieron lugar hace millones de años, antes incluso de que existieran la Tierra y el sistema solar. Todas estas acciones, esas combinaciones, fusiones y mezclas que se han sucedido desde hace millones de años han permitido que ahora exista yo. Una pequeña variación en cualquier instante de la historia del universo habría significado mi no existencia.

Debido a todo lo anterior, estoy en deuda con todos mis ancestros: hombres, animales, vegetales, minerales y elementos químicos. No soy el único: también han contraído esa deuda, tal vez involuntariamente, todas las personas que ahora existen, incluido el paciente lector que ha aguantado hasta el final de esta segunda aproximación a la noción de acumulación kármica.

 


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Un universo sin conciencia

Primera aproximación kármica

Imaginemos un universo en el que no interviene la conciencia,  es decir, la intencionalidad, el deseo o la voluntad. En ese universo todo se reducirá a una sucesión de acciones físicas absolutamente determinadas. Si admitimos, además, que en ese universo sin conciencia hay razones o causas para que sucedan las cosas, entonces un evento físico, como el calentamiento del agua, tendrá una consecuencia física: el hervor del agua.

Pero quizá tenemos que justificar por qué tiene que haber causas y efectos. 

El poeta y filósofo Lucrecio decía que nada surge de la nada, y lo argumentaba bien: si algo pudiese surgir de la nada, todo podría surgir de cualquier cosa. De una piedra podría nacer un caballo, y de la luna, un reloj. No creo necesario demostrar por qué esto es así.

Comprendo que, a primera vista, se puede pensar que la frase «nada surge de la nada» no implica necesariamente la conclusión «todo puede surgir de cualquier cosa». A mí tampoco me pareció tan evidente cuando lo leí por primera vez. Dejo al lector que recorra su propio camino si le hace falta. Mi opinión es que el argumento de Lucrecio se puede discutir, pero dando varios saltos de nivel que, a fin de cuentas, no acaban de ser legítimos si se trata de discutir verdaderamente con Lucrecio, que vivió en el siglo uno antes de nuestra era. Recomiendo, pues, no buscarle tres pies al gato antes de tiempo: para poder criticar un argumento a menudo es imprescindible no solo oírlo antes. También hay que escucharlo sin prejuicios o, mejor aún, suspendiendo transitoriamente el juicio, por mucho que nos molesten ciertas inexactitudes de detalle.

Nos encontramos, pues, ante un universo que hemos querido imaginar sin conciencia, donde sólo se dan acciones físicas, que sólo producen efectos físicos: una cadena ininterrumpida de causas físicas que provocan efectos físicos. Estos efectos, a su vez, son causas para otros efectos. En un universo como éste, todo tiene consecuencias: si un átomo se descompone, eso tendrá algún efecto sobre alguna parte del sistema total, y este o estos efectos seguirán actuando instante tras instante, produciendo más y más efectos. Esto significa que un efecto actual es heredero de un efecto o de muchos efectos que tuvieron lugar hace milenios. Esta es la primera aproximación a la noción de acumulación kármica.

Continúa en El determinismo biológico



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