La apuesta de Buda

(A modo de epílogo a Acerca del karma)

Es muy conocida la apuesta de Pascal.
Blaise Pascal era un matemático prodigioso que sufrió o disfrutó de una iluminación súbita y se transformó en un piadoso cristiano. Como todavía amaba las matemáticas, se planteó su ardiente fe como un problema de probabilidades.
El enunciado de su problema era el siguiente:

Podemos pensar que dios existe o que dios no existe.
Si no existe, es casi seguro qué debemos decir adiós a la inmortalidad o a la vida eterna.
Pero si dios existe, entonces lo más probable es que también exista la vida eterna.
Pues bien, supongamos a modo de hipótesis, que dios existe.
En ese caso, si durante nuestra vida hemos creído y adorado a dios, entonces después de morir seremos admitidos en el Reino de los Cielos.
Pero si no hemos creído en él, entonces seremos rechazados.

La conclusión es que si no creemos en dios perdemos en todos los casos el reino de los cielos, tanto si existe como si no. Pero si creemos en dios, entonces nos aseguramos de que al menos en uno de los casos seremos admitidos en el Reino de los Cielos.

Esa es la razón por la que debemos apostar a favor de la existencia de dios: podemos ganar la apuesta del Reino de los Cielos. Por el contrario, si no creemos y resulta que si existe dios, entonces perderemos la recompensa eterna.

No cabe duda, concluye Pascal, de que lo más sensato es creer.

Al fin y al cabo, si resulta que dios no existe nunca lo sabremos, tanto si creemos como si no.


Ahora bien, la apuesta de Pascal no debería llamarse así, o al menos el concepto o paradoja filosófica al que se refiere. Debería ser conocida universalmente como “la apuesta de Buda”, del mismo modo que el adjetivo maquiavélico debería ser sustituido por hanfeinesco (por Han Fei  zi) o shangnesco (por el Señor de Shang) o incluso kautiliesco (por Kautyla). Todos ellos se adelantaron en siglos o milenios a Nicolás Maquiavelo.

Pues bien, Buda también se adelantó a Pascal y propuso su apuesta más de dos mil años antes, aunque para él lo que estaba en juego no era la existencia de un dios o de un reino de los cielos, sino el samsara o rueda de los reencarnaciones.

La de Buda se conoce precisamente como “la apuesta (o garantía) segura”.

Así dice el propio Buda en el Majjhima Nikaya:

“En caso de que exista una vida futura quienes han realizado malas acciones, han errado dos veces el tiro”.

Esas personas no solo padecerán en este mundo, sino también el otro.

Los que han apostado por seguir los preceptos del Buda, por el contrario, estarán en mejor situación en la otra vida, pues no serán víctimas de sus propias malas acciones en las vidas futuras.

Pero Buda lleva un poco más allá la apuesta de Pascal: si realizan buenas acciones y no dañan a los demás, incluso si no hay una vida futura, las personas ya habrán obtenido cierta recompensa en esta.

Es decir que mientras que en la apuesta de Pascal el resultado era de 1 sobre 4, en el caso de Buda es de 2 sobre 4.

El filósofo K.N. Jayatikele lo expresa así:

p = el renacimiento basado en acciones morales es verdad

Si es cierto p…                 Si p no es cierto…

Apostamos p

Por lo tanto…

somos felices en la próxima vida y somos alabados por los sabios en esta.

 

Apostamos no p
Por lo tanto…

somos infelices en la próxima vida y somos condenados por los sabios en esta vida.

Esta singular apuesta se encuentra también en el Kalama Sutta.

Lamentablemente, tanto la apuesta de Buda como la de Pascal parten de un supuesto erróneo, o cuando menos discutible. Dan por seguro qué:

a) Existe el dios cristiano.
b) Es bueno no hacer daño.

Cientos o miles de religiones se oponen a la idea de que existe el dios cristiano.

¿Y si nos hemos equivocado de dios y por lo tanto, estamos siguiendo los preceptos equivocados? Eso puede suceder incluso si se trata del mismo dios, pero que es adorado por una religión diferente, cómo sucede con el cristianismo, el judaísmo y el Islam, que en principio adoran a un mismo dios pero que no creen que nuestras almas se salven de la misma manera.

En cuanto al precepto budista, “es bueno no hacer daño”, no opinan lo mismo los entusiastas del Bhagavad Gita hinduista, en el que se recomienda con entusiasmo la matanza inmisericorde para que el universo funcione de la manera adecuada. Heinrich Himmler, el filósofo al servicio de Hitler, adoraba el Bhagavad Gita y quería llevar a la práctica los consejos de Krishna al guerrero Arjuna, exterminando a judíos, gitanos, eslavos o cualesquiera otros seres humanos que no coincidieran con los ideales de su casta de guerreros.

Es decir, que si tiene razón el belicoso Krishna y no el pacífico Buda, podemos acabar por descubrir que nuestra apuesta segura ha fallado.

Creo que la verdadera fuerza del argumento de Buda no es la de ninguna apuesta segura, o que consiste en una apuesta más modesta pero más accesible:

“La ley del karma de que toda acción provoca una reacción debe limitarse a lo que conocemos”.

Es decir, a esta vida que vivimos día a día en este vulgar mundo terrenal que habitamos.

Las ideas budistas o cristianas empiezan a fallar cuando pretenden hacer creer a los demás que tenemos la certeza de que existen dioses (que cuidan de nosotros o que nos castigan) o que existe el renacimiento, samsara o rueda de las reencarnaciones, o la extinción y el nirvana, o que todo es uno y uno es todo. El error comienza cuando la ética necesita de la metafísica para sostenerse. Es entonces cuando se convierte en religión.

Hay buenas razones para sospechar que Buda nunca pretendió saber (o al menos afirmar de manera dogmática) que existan o no otros mundos más allá del mundo material que conocemos, y que los primeros budistas se preocuparon fundamentalmente del karma que se manifiesta, que se crea y que se paga en esta vida terrenal, y no en otras hipotéticas existencias.

En consecuencia, podemos recuperar ahora esa hipótesis que dejamos en suspenso al comienzo de este ensayo, la hipótesis acerca cómo aplicar el karma a las vidas futuras.  Y una vez recuperada, podemos dejarla para siempre en suspenso, o en espera de respuestas más confiables. Quien quiera reflexionar o fabular sobre ello puede hacerlo, por supuesto, pero como un entretenimiento más, y no para justificar nuestro comportamiento en esta vida presente, que es la única que conocemos. Eso es precisamente lo que parece decir Buddha en el Culamalunkya Sutta:

Tanto si se tiene la opinión de que “el mundo es eterno” como la de que “el mundo no es eterno”, existe el nacer, envejecer, morir, la pena, el lamento, el dolor, la aflicción y la tribulación, cuya aniquilación en este mismo mundo, es lo que sí enseño.

Si al comienzo de esta reflexión proponía aplicar el karma a esta vida, ahora propongo que se quede aquí y no siga girando en la rueda de samsaras imposibles de conocer. La recompensa de la acción virtuosa y los efectos del karma o ley de la causa y el efecto, son en primer lugar la acción misma. Pero si existiera, además, otra recompensa secundaria a nuestras acciones, deberíamos esperarla y obtenerla en esta vida.
En consecuencia, todo lo que se ha dicho en Acerca del karma puede leerse  ahora como lo que siempre ha sido: una invitación al aprendizaje en esta vida, más allá de cualquier metafísica o especulación ultraterrena.


[Escribí Acerca del karma en 1992. Lo he revisado en diversas ocasiones y de manera especial en 2020. Este epílogo (La apuesta de Buddha) lo he escrito en 2020 en Madrid, en junio, durante la pandemia]


Acerca del karma

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Los deseos

Desear algo que no se tiene (o desear seguir teniendo algo que ahora se tiene) puede ser muy poco saludable. Si una persona se pasa todos los días lamentándose, de pensamiento o de palabra, por las cosas que no tiene, está alimentando negativamente a su cerebro. Incluso aunque no se lamente de manera explicita y se limite a desear continuamente esto o aquello en la intimidad de su conciencia, por ejemplo, tener una casa o un coche o unos amigos mejores de los que tiene, se estará perjudicando mentalmente. Ningún acto mental pasa inadvertido, todos tienen su efecto en la mente. Estos deseos no cumplidos se acumulan, repetitivos, en el cerebro día tras día, y eso se convertirá en el futuro, de no cumplirse los deseos, en frustraciones e infelicidad. Incluso cuando se cumplen los deseos, desear de manera obsesiva algo que no se tiene produce efectos negativos. No se puede borrar de la noche a la mañana todo lo que hemos acumulado durante años, del mismo modo que una úlcera provocada por un mal hábito alimenticio se puede aliviar cambiando el régimen, pero no se puede cerrar de manera definitiva. Si volvemos a malcomer, reaparecerá la úlcera. 

(Desde que escribí lo anterior, se ha descubierto que la úlcera es provocada por una bacteria y que sí se puede curar. 2020: en realidad se había descubierto antes de 1992, a pesar de que el primer investigador que lo dijo fue duramente criticado, pero yo todavía no lo sabía o no pude acceder al tratamiento. En cuanto me enteré, yo mismo, con supervisión médica, me apliqué el tratamiento y me libré de las úlceras o al menos de las llagas y del dolor constante, porque el H.Pylory puede seguir en el estómago. Así que podemos sustituir la metáfora de las úlceras por cólicos nefríticos, piedras en el riñón (lo que recuerda a las piedras en el pozo de que las que ya hablé, aunque espero que pronto también cambiemos la metáfora, pues se empieza a decir que también esas piedras podrían deberse a una bacteria eliminable o al menos controlable: ojalá, porque también me gustaría librarme de esas piedras).

La conclusión es que podríamos decir, siguiendo con la imagen del karma, que otra acumulación de karma mental perniciosa se produce no por medio de conceptos, educación o ideas, sino por causa de los deseos.

No se puede dejar que un miembro gangrenado no sea curado de inmediato, o al menos lo antes posible: dejar crecer la infección es permitir que se desarrolle una gangrena que obligará a amputar el miembro. Esto se tiene en cuenta con las heridas físicas, pero no se advierte en relación con las heridas mentales. Estar dominado de manera constante por lo que en el budismo (pero también en el lenguaje común) se llaman malos pensamientos influirá en la mala salud mental de una persona, incluso aunque consiga algún día cambiar su carácter, del mismo modo que cuando se deja de fumar debe pasar bastante tiempo hasta que los pulmones recuperan su condición original: hay que sacar las piedras que se han ido acumulando en el pozo durante años.

Taisen Deshimaru

Los efectos perniciosos de los deseos es uno de los aspectos centrales del pensamiento budista, pero no puedo tratarlo aquí en detalle, pues, aunque quedan muchas cosas pendientes, es hora ya de terminar. Solo añadiré que si al lector le molesta llamar acumulación de karma a lo que aquí se describe, lo puede traducir a su lenguaje favorito.

Como dice Taisen Deshimaru: si tengo que explicarle una idea a alguien al que le gusta la filosofía, recurriré a Descartes, Platón o Aristóteles; pero si mi oyente tiene tendencias místicas, se lo explicaré en un lenguaje espiritualista; si se trata de un científico, hablaré de átomos o de campos de fuerza. Eso no significa que una misma cosa dicha en lenguajes diferentes sea correcta en todos ellos, y ni siquiera que sea correcta. Se trata, simplemente, de intentar comunicar algo a otra persona sin que los filtros de sus hábitos o de sus prejuicios le impidan escuchar con atención.

Continúa en La apuesta de buda (epílogo  Acerca del karma)


 


[Escrito en 1992. Revisado en 2020]

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Las ideas y el carácter

Es un lugar común decir que el carácter de una persona no se puede cambiar. Una persona podrá cambiar de hábitos, comportarse de otra manera en determinadas circunstancias, pero la esencia de su carácter no puede cambiar. Hay niños que ya desde pequeños tienen un carácter agresivo, mientras que otros son mansos. El carácter, en definitiva, parece ser un producto biológico inevitable, inserto en nuestros genes.

Siempre he sido escéptico ante este tipo de argumentos, pero no es descartable por completo que en los genes haya algo así como alelos que afecten o determinen de alguna manera los diferentes caracteres: curiosidad, agresividad, tozudez, etcétera. Sin embargo, eso no significaría necesariamente que no fuera posible cambiar el carácter.

En una ocasión discutí con mi padre acerca de si la función crea el órgano. Nos referíamos en concreto al asunto del chismorreo, la maledicencia y el hecho de criticar a los demás. Yo opiné que, en efecto, la función crea el órgano: si retienes y no haces públicas las críticas fáciles y despectivas que se te ocurren de manera espontánea al hablar de otra persona, al cabo de un tiempo ese tipo de cosas ya no se te ocurren espontáneamente. No es que pierdas la capacidad de crítica, que es muy saludable en ciertos casos, pero ese espíritu crítico ya no se convierte un impulso destructor y mezquino.

Es posible, en consecuencia, establecer una lucha entre dos conciencias, el pensamiento espontáneo, que a menudo es adquirido por desidia e imitación, frente al reflexivo, que te impulsa a mejorar.

Se podrá discutir, es cierto, si lo anterior significa que es realmente posible cambiar el carácter, pero en este terreno es aplicable aquello que decía Eysenck: «Desaparecido el síntoma, desaparecida la enfermedad».

Continua en Los deseos


En 2020: algunas de las ideas que aquí expresé se parecen a las que Kahneman popularizo en los últimos años en libros como Pensar rápido, pensar despacio. Tal vez me refiera a ello en un epílogo cuando acabe de publicar este Acerca del karma.


[Escrito en 1992. Revisado en 2020]

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Una espontaneidad muy buscada

Muchas personas tienen hábitos mentales que parecen físicos. Ellos mismos aseguran que son físicos. Por ejemplo, el primer café de la mañana.

Las virtudes estimulantes de un café son difícilmente discutibles, pero pensar que uno es incapaz de librarse de la somnolencia hasta que no ha tomado el primer café, es sin duda exagerado. Lo que suele suceder en tales casos es que esa persona se despierta con el café porque durante años ha habituado a su cerebro a despertarse con el café. Su cerebro ha aprendido a la perfección la orden que asocia café y despertarse, como el recurrente perro de Pavlov, que ya ha aparecido antes por por aquí. He podido observar en varias personas habituadas a despertarse con un café que el efecto es exactamente el mismo con un buen café descafeinado (siempre y cuando no se den cuenta del truco).

Yo mismo, después de creer durante años que el café me resultaba indispensable para despertarme, me planteé la posibilidad de que no fuera así y envié a mi cerebro, de un modo totalmente consciente, otra orden: “tengo que despejarme en cuanto me despierte”. Ahora ya no necesito ninguna excusa: salvo en casos extremos, en cuanto me despierto estoy totalmente despejado. Es cierto que al principio tenía que hacer un esfuerzo para recordar a mi cerebro la nueva orden, pero ahora sucede de manera espontánea.

Este es un ejemplo de la acumulación kármica aplicada a las acciones mentales. Es decir: nuestro comportamiento presente incide sobre nuestro comportamiento futuro, pero con la particularidad de que al principio se trata de un comportamiento forzado y solo con el tiempo acaba convirtiéndose en espontáneo. Es decir, sucede cuando logramos convertir lo excepcional en habitual. Eso es algo que puede sonar paradójico (¿no se trataba de huir de los hábitos?) pero no lo es tanto: la negación o ausencia de un hábito como tomar café no es exactamente un hábito: se parece más bien a un cambio de personalidad. O quizá sea algo que también puede sonar paradójico: la conquista de una espontaneidad lograda mediante el control.

Y lo mismo que con ese café mañanero, sucede en terrenos mucho más abstractos: en el territorio de las puras ideas o en el del carácter.

Continua en Las ideas y el carácter…


[Escrito en 1992. Revisado en 2020]

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El peligro de los hábitos

Hasta ahora hemos hablado de los hábitos físicos y de lo perjudiciales que son, pero los hábitos mentales también pueden ser negativos.

Cuando nos dejamos llevar por hábitos, damos a nuestra mente unas instrucciones repetitivas. Eso hace que, por un lado, nuestra mente no se encuentre en buena situación para afrontar situaciones inesperadas o no habituales. Por otro lado, tampoco estamos ayudando a potenciar las inmensas capacidades de nuestro cerebro, porque le enseñamos lo que ya conoce o ya sabe hacer.

Los hábitos pueden ir desde tomar café siempre de la misma manera, hasta afiliarse a un partido o a una ideología determinada. Hábito es también creer que se tienen ideas definidas e inmutables acerca de cualquier asunto, o relacionarse con un círculo de personas de características muy similares. La soledad es el hábito de relacionarse con una sola persona. Casi todos los hábitos son malos, incluso el no tener ningún hábito por sistema.

Lo anterior no pretende ser una paradoja: si alguien decide no ver nunca dos veces a una misma persona, está cayendo en el hábito de la falta de familiaridad y de contacto profundo con los demás. Y está, en consecuencia, limitando sus capacidades, además de adoptando un comportamiento que puede convertirse en enfermizo. Pasear todas las mañanas por el bosque, cuando se tiene una casa en el bosque, es un hábito que puede ser muy saludable, pero hacerlo simplemente por cumplir una norma puede ser empobrecedor, sobre todo si en cada paseo se piensa siempre en cosas similares y no se deja nunca espacio a la improvisación.

Continua en Una espontaneidad muy buscada…


[Escrito en 1992. Revisado en 2020]

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La doctrina del karma

El rey grecoindio Milinda (Menandro) escucha al arhat budista Nagasena

En todo este revolotear acerca de la idea del karma, quedan algunas cuestiones pendientes, antes de encarar el asunto que me ha movido a escribir este artículo.

El indeterminismo de la doctrina kármica

Quizá es innecesaria cualquier explicación. La situación en la que se halla un individuo en el momento actual es consecuencia de los actos de su pasado, del karma que ha acumulado en vidas anteriores, pero su futuro no está determinado, pues en cualquier momento puede, mediante un acto de su voluntad, cambiar el sentido de su evolución y ascender, mejorar. Para conseguirlo, claro está, tendrá que pagar la deuda kármica contraída hasta ese momento, lo que puede llevarle mucho, muchísimo tiempo. Si alguien ha estado echando piedras a un pozo durante treinta años, tendrá que pasarse otros treinta años quitándolas, a no ser que haga un sobreesfuerzo físico. No puedo hablar aquí, por problemas de extensión, del sobre esfuerzo moral necesario que podría acelerar el pago de la deuda kármica.

En cualquier caso, la montaña de piedras acumulada sobre el pozo es consecuencia de treinta años de trabajo, pero el que esa montaña siga creciendo o empiece a menguar depende de la voluntad del que acumula las piedras.

 ¿Quién acumula las piedras?

Es decir: ¿quién es ese Yo que contrae y paga las deudas, y que no es los Yoes particulares?

Este es un tema demasiado complejo para abordarlo aquí. Daré sólo varias imágenes comparativas. A lo largo de nuestra vida, soñamos cada noche. Durante el sueño, vivimos mil aventuras, que a veces recordamos y a veces olvidamos. Todos esos “Yoes” que protagonizan nuestros sueños creen existir en tanto que dormimos, pero se disipan al despertarnos. Nosotros permanecemos, ellos se evaporan. También nuestro Yo de la vigilia podría ser un personaje soñado por nuestro verdadero Yo.

Otra imagen: encendemos una vela y, cuando se va a consumir, encendemos otra vela con ella, y así sucesivamente. La llama de la vela 525 es descendiente de llama de la primera vela, pero la primera vela y las 523 restantes ya no existen.

Este ejemplo aparece en Las preguntas de Milinda, un hermoso texto que cuenta el encuentro entre el rey Milinda y el sabio Nagasena. Milinda es otro nombre del rey Menandro, descendiente de los griegos que se establecieron en la India tras las conquistas del macedonio Alejandro.

Última imagen: tenemos, en vez de una vela, un sello de caucho. Lo imprimimos en un papel y, a partir de esa impresión, creamos un nuevo sello, y así sucesivamente. El sello irá variando con el tiempo, dependiendo su aspecto de la calidad del caucho, de la tinta y del papel. El sello 1273 será, sin embargo, deudor de los aciertos e imperfecciones de los 1272 sellos anteriores, pero todos los sellos tendrán su origen en aquel primer sello, pero sin por ello ser ese sello.


2020: supongo que es innecesario aclarar que la idea del durmiente que sueña, del fuego de las velas o de los sellos que se imprimen, son analogías, metáforas o comparaciones, pero que no tienen valor demostrativo: sería fácil encontrar metáforas igual de sugerentes para mostrar un planteamiento contrario al que he expuesto. Pero ese es el valor de las analogías: hacer que podamos concebir algo que a primera vista nos parece irrazonable.

Continua en Penúltima aproximación al karma


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Deudas intransferibles

Y por fin, llegamos a la aplicación al karma de la la tercera aproximación: el castigo que las generaciones futuras reciben por los actos de sus familiares, las deudas que los gobernantes, los Estados y los pueblos dejan a sus descendientes, ya se trate de dinero que tiene que devolver, de pobreza que tienen que afrontar o de un planeta cuyos recursos se han visto comprometidos por el despilfarro o la agresión humana.

Resulta casi innecesario decir que en la doctrina del karma se expresa esta idea, pero con la ya repetida y conocida variación: es uno mismo quien contrae las deudas y es uno mismo quien ha de hacerles frente, recibiendo por ello los castigos o los premios correspondientes. Llevado a los terrenos en los que he empleado las metáforas, sería algo así como sacar de la tumba al gobernante que dilapidó el dinero público, para que haga frente a la situación de caos heredada, o como si quienes contaminaron la atmósfera tuvieran que dedicarse ahora a limpiarla personalmente.

Un hombre es liberado de la prisión por deudas.

Con esto se cierra el círculo, o la espiral, que hemos recorrido para acercarnos al karma. Creo que ahora muchas cosas resultan fácilmente comprensibles y no tan extravagantes.

Y podré también regresar al asunto o los asuntos que me han llevado a escribir todo esto.

Continua en La doctrina del karma…


[Escrito en 1992. Revisado en 2020]

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Una existencia hecha de retales

En la segunda aproximación kármika hablé del ADN: una persona hereda los caracteres de su árbol familiar paterno y materno.

Como es sabido, existen algunas posibilidades de que un niño recupere una característica que había desaparecido en la familia durante siglos. Con ello quiero decir que el peso de todo lo que ha sido nuestro origen siempre está ahí, como una ayuda o como una amenaza, pero siempre como posible herencia. Quién sabe si hasta el más pequeño de los lunares de nuestro cuerpo no es la copia del lunar de uno de nuestros antepasados. Tal vez somos un puzzle hecho con piezas que pertenecieron a cuerpos de miles de hombres y mujeres que nos han precedido: quizá todos nuestros rasgos ya han existido en nuestros antepasados, pero tal vez no en la combinación que nos hace únicos. Esto haría todavía más temible el aserto pesimista que dice “Nada nuevo bajo el Sol”, es decir, todo ha sido ya inventado, o todo ha existido ya, incluidos nosotros.

En una ocasión pensé escribir un cuento en el que existía la herencia de los caracteres adquiridos, recuperando las ideas del evolucionismo lamarckiano: si alguien perdía una pierna y luego tenía un hijo, su hijo nacía sin esa pierna. Años más tarde imaginé otro argumento similar en el cuento La memoria de los siglos: los hijos heredaban la memoria de sus padres, de tal modo que padre e hijo compartían los recuerdos del padre hasta el momento de la concepción del hijo.

A lo mejor el lector, el inquieto lector que piensa en lo que lee, se pregunta a qué vienen estas dos breves digresiones acerca de herencias anómalas.

La razón es que la doctrina del karma reúne o suma, en cierto modo, todas estas hipotéticas herencias: es decir, según los actos que uno mismo realiza en su vida actual, determina cuál y cómo será su próximo cuerpo y qué deudas morales o espirituales tendrá que pagar o soportar.

Es por eso que dije páginas atrás que quizá sí que era posible tener otro padre y, sin embargo, seguir siendo la misma persona. Lo es desde el punto de vista del karma y la reencarnación. Sean quienes sean nuestro padre y nuestra madre, podemos ser el mismo individuo, un individuo que tiene la posibilidad de elegir (o que es llevado u obligado por las circunstancias o el destino fatal) a nacer aquí o allá, en este cuerpo o en aquel otro. La única diferencia entre la doctrina kármica y los evolucionismos anómalos, como el lamarquismo o la herencia de la memoria, es que uno se hereda a mismo. Del mismo modo que nos ponemos trajes o vestidos diferentes cada día de nuestra existencia terrena, también nos ponemos cuerpos diferentes a lo largo de los eones de nuestra existencia en la (casi) inacabable rueda de las encarnaciones y reencarnaciones.

En definitiva, la idea de karma dice que uno mismo debe pagar sus propias deudas. Y que nosotros somos los responsables de nuestra situación actual.

Resumo lo que he planteado hasta este momento: los seres dotados de conciencia realizan acciones morales y mentales, y esas acciones tienen consecuencias. Si estas acciones son buenas, el ser que las realiza asciende en la escala moral, en la rueda de las reencarnaciones que lleva a la salvación (nirvana o nibbana). Si sus acciones son malas, se degrada y desciende a formas moralmente o metafísicamente inferiores. En definitiva: uno es responsable de sus actos, en esta vida y en las demás vidas.

Esta idea de que está en la mano de cada ser su propio destino, su evolución o su degradación, recuerda mucho un célebre y hermoso texto de Pico de la Mirandola, en el que dice que el hombre puede, por el esfuerzo de su voluntad, ascender hacia los ángeles o descender hasta las bestias.

Esta sería la aplicación de la doctrina del karma a la segunda aproximación, la del determinismo biológico, que aquí se extiende al terreno de la moralidad: no solo heredamos rasgos genéticos sino también morales (pero no ajenos, sino propios).

Continua en Deudas intransferibles


[Escrito en 1992. Revisado en 2020]

2020: Si examinamos la doctrina del karma desde el punto de vista puramente material, que es algo que han hecho diversas doctrinas en la India (no solo en el budismo, el jainismo y el hinduismo), no cabe duda de que algunas de las interpretaciones se acercaron quizá más que cualquier otra concepción antigua a las ideas modernas de la evolución. Y en particular a los descubrimientos recientes de la epigenética. Pero creo que este curioso asunto no lo traté en ese ensayo, aunque sí en otros lugares.


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Causas y efectos: herencia, deuda y reencarnación

¿Se acuerda todavía el lector de las acciones físicas y mentales de las que hablé en las primeras páginas?

Si es así, le propongo que ahora combinemos aquella idea con la de la herencia, tal como la he propuesto en las tres aproximaciones kármicas: herencia genética, herencia cultural y herencia moral, o metafísica si se prefiere.

Tenemos de este modo dos ideas que casi pueden fundirse en una única sentencia:

“Toda acción produce un efecto y toda situación es deudora o heredera de situaciones anteriores”.

Los hijos pagan las deudas de sus padres; pagan por algo de lo que ellos no son responsables. Esto, como ya dije antes, parece muy injusto, tanto si se trata de deudas económicas como genéticas o metafísicas (morales, si se prefiere).

En la idea oriental del karma, sin embargo, se encuentra un matiz de justicia. Pero, antes de explicar por qué, quiero añadir un nuevo concepto, que mencioné al principio de este artículo: la reencarnación.

Si sumamos la reencarnación a las otras dos ideas, estaremos muy cerca de intuir el concepto de karma:

  1. Las acciones producen efectos (físicos o mentales).
  2. La herencia (o deuda).
  3. La reencarnación.

En la primera aproximación propuse la posibilidad de un mundo sin conciencia, en el que sólo había acciones físicas, y en el que toda situación era consecuencia de acciones físicas anteriores.

La doctrina del karma dice lo mismo, que toda acción causa una reacción, que todo efecto tiene una causa, pero lo aplica también a las acciones mentales o morales: toda situación mental, todo estado moral de un individuo, es consecuencia de las acciones mentales o morales que ha tomado a lo largo de su existencia.

Ahora bien, esta existencia se prolonga a lo largo de milenios, en diferentes cuerpos, desde piedras (si no recuerdo mal) y animales hasta hombres y dioses.

El determinismo físico sostiene que toda acción física tiene consecuencias, en una cadena de causas y efectos a lo largo de la incesante transformación de la naturaleza. Del mismo modo, la doctrina del karma dice que toda acción mental tiene consecuencias a lo largo de toda la rueda de renacimientos (samsara).

Esta es la gran similitud entre el determinismo fisicalista y la idea kármica: toda acción tiene consecuencias y toda situación es heredera de situaciones anteriores. La gran diferencia entre ambas ideas, y esto sorprenderá a muchas personas familiarizadas con los tópicos pseudo-orientalistas, es que la doctrina del karma no es necesariamente determinista. Más adelante volveré a tratar este asunto.

Continuará…


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Tercera aproximación kármica

En los textos hebreos del Antiguo Testamento se afirma que un hombre puede ser castigado hasta la séptima generación. Es decir, que sus hijos pagarán por los pecados cometidos por él, y los hijos de sus hijos, etc. Esta terrible condena hereditaria puede abatirse sobre los pecadores y sobre sus descendientes. En algunos casos, lo que es curiosísimo, el castigo puede ser heredado también por los ancestros: el pecado cometido por un hombre puede recaer sobre su tatarabuelo, aunque éste haya muerto antes de que su nieto pecase. Las deudas se pagan, pues, tanto en el futuro como en el pasado.

Pero olvidémonos de esa rareza y quedémonos con la idea, más común y popular, de que son los descendientes quienes pagan las culpas de sus ancestros pecadores, o que al menos satisfacen las deudas contraídas. Según los mitos hebreos, cristianos y musulmanes, todos nosotros estamos pagando todavía la deuda contraída por la pecadora Eva. Es una idea que también se puede encontrar en Grecia, como puede descubrirse en la leyenda de los Siete contra Tebas, donde los epígonos conquistan la ciudad que no pudieron conquistar sus padres. O en la historia de Helena de Troya, condenada a ser “mujer de muchos hombres” porque lo fue su abuela Gorgófone.

Así que, junto a la certeza de que las personas heredan los caracteres genéticos de sus padres, algunos opinan que también heredan sus culpas. Esto puede parecer injusto y cruel, y sin embargo, se ha aplicado y se sigue aplicando en las relaciones entre naciones: la deuda contraída por un dictador disoluto tiene que ser pagada por la democracia que depone al dictador.

Pero quizá sea más importante la deuda cultural: de lo que fueron e hicieron los españoles y los franceses hace quinientos, cien o cuarenta años depende mucho de lo que ahora son los españoles y los franceses. Toda nación, incluso las de más reciente creación, ha de soportar el peso de su origen y de su pasado, del que es muy difícil deshacerse. Yo soy yo y mi circunstancia, decía Ortega, y mi circunstancia es una deuda con el pasado. Es este un nuevo tipo de deuda, del que a veces es posible liberarse (ya se trate de una deuda económica o cultural), pero que muchas otras veces resulta imposible saldar. Y con esto termina la tercera y última, por el momento, aproximación.


[Escrito en 1992]


2020

Respecto a la herencia del futuro sobre el pasado, este es un ejemplo mencionado por Patai y Graves en Los mitos hebreos:

“Así, el rey Jeroboán erigió un becerro de oro en Dan, y este acto pecaminoso socavó la fuerza de Abraham cuando persiguió a sus enemigos en el mismo distrito mil años antes”


Acerca de las diferentes herencias, maldiciones y presagios en la vida de Helena de Troya, he escrito en Maldita Helena.


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