Estrés, placer y supervivencia

||Perkins Gilman y lo humano /6

En El animal humano dije que es indudable que, debido al proceso evolutivo, poseemos ciertas características innatas, tal como señaló también Charlotte Perkins Gilman en su momento. Muchos de nuestros instintos en tanto que animales humanos nos permiten sobrevivir, como la succión del pecho materno. También podemos considerar que eso que llamamos intuición es en cierto modo uno más de nuestros instintos o características (no estoy aquí siendo preciso en la terminología desde un punto de vista biológico o científico). La intuición es un mecanismo que nos ofrece posibles soluciones o líneas de acción, basándose fundamentalmente en experiencias anteriores que hayamos tenido durante nuestra vida, así como en nuestra tendencia a establecer relaciones de causa-efecto, o si se prefiere, a comportarnos como animales narrativos. Ahora bien, muchos de los mecanismos con los que nos ha dotado la evolución, ya no se aplican de la misma manera ni a las mismas cosas que en su origen.

Un ejemplo es el mecanismo del estrés. Se supone que fue una herramienta muy útil para sobrevivir en situaciones de peligro, por ejemplo ante el acecho de una fiera salvaje. Es posible que los seres humanos en los que se activaba de una manera más eficaz o inmediata este mecanismo tuvieran más oportunidades para sobrevivir y reproducirse. Los individuos que permanecían sosegados, tranquilos e indiferentes ante una situación de amenaza quizá no tenían tiempo para reaccionar y salvarse, mientras que los que estaban en alerta permanente e intranquilos en todo momento, eran capaces de escapar del peligro, por ejemplo una cebra que huye de un león y otra que sigue comiendo sin inmutarse. Hoy en día el mecanismo del estrés existe, pero no suele activarse por la presencia de una fiera salvaje, sino por situaciones como una llamada de Hacienda, problemas en el trabajo, sobrecarga de responsabilidades, etcétera. Es decir, el mecanismo permanece, pero las causas que lo activan son totalmente diferentes. Es obvio que la evolución no primó el mecanismo del estrés para que algún día nos enfrentásemos a un inspector de Hacienda o a un examen en la universidad. Del mismo modo, la atracción, el deseo sexual y el placer que proporciona el sexo tuvieron sin duda un valor evolutivo, que favoreció la supervivencia. Es curioso que los curas y la Iglesia, tan reacios a aceptar los descubrimientos de la biología, y de la evolución en particular, dijeran exactamente lo mismo que dice la teoría de la selección natural: el sexo existe para procrear.

Santo Tomás de Aquino y las iglesias cristianas se anticiparon a los biólogos evolucionistas: “La reproducción asegura la continuación de la raza humana”. La diferencia es que los biólogos evolucionistas no opinan acerca de lo que los hombres y mujeres podemos hacer con nuestra sexualidad cuando no pretendemos reproducirnos, cosa que sí suelen hacer los curas y la Iglesia.

Por fortuna, cualquier persona sensata puede ir más allá de sus determinaciones biológicas y de los dogmas de esa iglesia tan poco partidaria de la creatividad humana y tan atada, paradójicamente a lo biológico, y a un materialismo demasiado burdo (los espiritualistas suelen ser groseramente materialistas en casi todo). En definitiva, fueran cuales fueran las causas que activaron en el pasado el mecanismo del estrés, del placer o cualquier otro, ahora esos efectos se pueden alcanzar a partir de otras causas o estímulos. Causas o estímulos que también nos podemos proporcionar nosotros mismos, al menos si queremos, por ejemplo, vivir el peligro, sometiéndonos voluntariamente a una carrera de Fórmula 1, o bien obtener placer, al masturbarnos sin ninguna intención reproductiva.

Continuará…


[Publicado en 2005. Revisado en 2017]

[pt_view id=”7b32bf09xy”]

El animal humano

|| Perkins Gilman y lo humano /5

En La naturaleza humana y las estadísticas me referí a las diferencias entre hombres y mujeres que pueden deberse a la biología. Otras posibles diferencias no se basan en la biología, sino en la educación, que sigue siendo sexista, muy sexista, así como en los estímulos diferentes que reciben hombres y mujeres. Sacar conclusiones acerca de características femeninas y masculinas inmutables cuando la situación de discriminación de la mujer apenas han empezado a cambiar de manera clara hace tan dos o tres décadas (y no en todo el mundo), es sencillamente absurdo.

Existe una obsesión por encontrar esas diferencias masculino/femenino que no es muy diferente de las consideraciones acerca de la inferioridad de los negros, que eran moneda corriente en casi todo el planeta en siglos pasados e incluso hasta la segunda guerra mundial, inferioridad que supuestamente probaban los test de inteligencia.

Estos son ejemplos en los que una estadística, aunque refleje un estado de cosas real en un momento concreto (cosa que también podría discutirse en ciertos casos), se convierte en una mentira cuando pasa de la descripción de lo que existe aquí y ahora a la prescripción de cómo deben ser las cosas o a la afirmación dogmática de que esa diferencia no pueda depender de otros factores. Los test de inteligencia, que su creador Alfred Binet no diseñó para discriminar sino para todo lo contrario, se convirtieron en causa de discriminación, justificándose a sí mismos, al favorecer una sociedad que mantenía las limitaciones educativas y que no favorecía que los negros recibieran una educación equivalente a la de los blancos.

Alfred Binet y un alumno (los dos que están sentados). La intención de Binet con sus test de inteligencia era detectar a los alumnos que necesitaban de un cuidado especial, no necesariamente porque pensaran peor o no tuvieran las capacidades intelctuales de sus compañeros. Aunque entonces el ministerio de educación francés considerara que la prueba servía para detectar a alumnos “retardados”, eso no tenía por qué ser cruelmente peyorativo, al menos en lo que se refiere a Binet, quien no creía en el determinismo biológico y pensaba que muchos alumnos que tenían retraso en la escuela podían llegar a recuperar el terreno perdido.

Ahora, bien, quizá debo insistir en este punto, para dejar bien claro un asunto que suele presentarse de manera confusa. No estoy diciendo que no haya diferencias biológicas entre hombres y mujeres y tampoco que no se deban estudiar e investigar. Podría suceder incluso que los hombres o las mujeres tuvieran estadísticamente mejor orientación espacial, habilidad lingüística o cualquier otra característica, a pesar de que un macro estudio de estudios constató no hace muchos años que ninguno de los supuestos resultados que constataban tales diferencias era fiable desde el punto de vista del rigor científico.

Pero lo que digo (y lo que dice Perkins Gilman) no es que no existan diferencias biológicas entre hombres y mujeres, sino que eso no es lo importante. Las diferencias biológicas entre hombres y mujeres no son lo fundamental, porque la cultura y la capacidad humana de aprender y transformarse puede cancelar casi cualquier limitación biológica, incluso las preferencias sexuales. Es posible que en el feto, durante la infancia o durante la adolescencia se produzca una especialización sexual, pero creo que el deseo sexual y el amor humano puden ir más allá de los simples impulsos sexuales animales. Existen esos deseos animales, por supuesto, pero son procesados por nuestro cerebro y transformados, siempre que estemos dispuestos a ello y no hayamos sido condicionados fuertemente por una sociedad que cree en esas diferencias insalvables. El ser humano, en definitiva puede educarse a sí mismo y darse nuevas maneras de contemplar la realidad. No solo dispone de la limitada y casi siempre pobre manera instintiva con la que nos ha dotado la biología o con las limitadas reacciones intuitivas que se forman a partir de nuestra experiencia.

Continuará


[Publicado en 2005. revisado en 2017]

Charlotte Perkins Gilman

[pt_view id=”7b32bf09xy”]

El dios de los tigres

Perkins Gilman y lo humano /2

¿Quien hizo al cordero fue quien te hizo?
                                                  William Blake

En Ovejas y tigres, me preguntaba junto a Charlotte Perkins Gilman: ¿hay algo que caracterice a los hombres y a las mujeres en tanto que humanos, del mismo modo que se puede decir que existe algo que caracteriza a las ovejas en tanto que ovejas, y no en tanto que ovejas machos y ovejas hembras?

No sé si se entiende bien la pregunta.

Como hemos visto, las ovejas no deciden por sí mismas (ya sean machos o hembras) a excepción de la que va delante del grupo. Esa es una característica “ovejil”: seguir al líder, o si se prefiere, a la oveja sabia. Sin embargo, en los tigres no observamos ese comportamiento, sino más bien el contrario: cada tigre suele ir solo y pocas veces o nunca forma grupos, como sí hacen, por ejemplo, no solo las ovejas, sino también los leones. Esa es una característica “tigril”.

Pero tanto las ovejas hembras como las tigras (¿o tigresas?) tienen instintos maternales. Esa parece ser una característica generalizada de los individuos femeninos, sea cual sea la especie a la que pertenecen. Una característica que comparten las ovejas y las tigras, a pesar de que difieren en otros aspectos (suponemos que la agresividad de la que carecen las ovejas no la comparten las tigras, que tengo entendido son tan agresivas como los machos).

Entre los seres humanos, parecen darse también esas características de agresividad masculina e instinto maternal femenino (obviamente por instinto “maternal” me refiero al cuidado de los hijos), pero, más allá de esa coincidencia (que luego también se discutirá), los humanos ¿nos parecemos más a las ovejas o a los tigres?.

Esa es una pregunta que me interesa mucho y he dado ya algunos ejemplos de ese interés en muchos de los cuadernos digitales de Diletante .

Hay quien sostiene que la agresividad e incluso la crueldad humana es necesaria porque es una consecuencia de nuestro libre albedrío (ese sería el punto de vista religioso) o para la supervivencia de la especie (ese sería un punto de vista biológico).

Tal vez sea cierto, pero entonces podemos preguntarnos si es necesaria tanta agresividad y si no podríamos tener libre albedrío o sobrevivir sin necesidad de parecernos tanto a los tigres y, al mismo tiempo, sin tener que comportarnos como ovejas obedientes y sumisas.

¿No podía Dios, o bien la naturaleza en su curso evolutivo, haber elegido un modelo intermedio entre las ovejas y los tigres? Por ejemplo, los elefantes, que comen hierba y que, según tengo entendido, no son especialmente agresivos, que colaboran entre ellos y con otras especies y que además parecen poseer una inteligencia bastante notable. O mejor todavía, podía habernos creado a semejanza de los extraordinarios delfines. Y sin embargo, somos como los tigres. Como ese tigre que describe William Blake:

¿En qué horno se forjó tu cerebro?
¿En qué yunque? ¿Qué osadas garras
ciñeron su terror mortal?
Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas,
Y bañaron los cielos con sus lágrimas,
¿Sonrió al contemplar su obra?
¿Quien hizo al cordero fue quien te hizo?

Es asombroso que una misma mano, la de Dios o la de la naturaleza, haya creado al cordero y al tigre y que también creara al ser humano a semejanza del tigre pero con un poder y una agresividad mucho mayores: los humanos somos tigres para los propios tigres.

Continuará…


[Publicado el 6 de febrero de 2004. Revisado en 2017 y 2018]

[El poema completo de Blake en El tigre de Blake]

Charlotte Perkins Gilman

[pt_view id=”7b32bf09xy”]


La naturaleza humana y las estadísticas

|| Perkins Gilman y lo humano /4

Quiero considerar aquí la similitud entre el plantemiento de Perkins Gilman en Our man-made word (Nuestro mundo hecho a la medida del hombre) acerca de la distinción entre lo masculino y lo femenino y la definición de lo humano con Aristóteles y Pico de la Mirandola

Aristóteles dijo que la naturaleza del ser humano consiste en no tener naturaleza. En definitiva, la característica principal de lo humano es que no tiene ninguna característica inmutable, fija o definitiva, y que el propio ser humano es capaz de crear su identidad, más allá de sus características en tanto que animal.

Y lo mismo decía Pico de la Mirandola, recurriendo a una fábula en la que Dios crea a los ángeles con una naturaleza bondadosa y pura y a los demonios con una naturaleza malvada. Al ser humano lo crea sin naturaleza y le dice: “De ti depende elevarte a los ángeles o descender a las bestias”.

Perkins Gilman, por Paula Plaza

Muchas personas todavía siguen hablando de lo masculino y lo femenino con gran tozudez y suelen poner un montón de ejemplos pintorescos para mostrar las supuestas diferencias, como que las mujeres son de Venus y los hombres de Marte porque unos leen mapas y otros no son capaces de hacer dos tareas a la vez.

Se trata de las típicas mentiras estadísticas a las que aludía Mark Twain: “Hay tres clases de mentiras: las mentiras, las mentiras a medias y las estadísticas”. Algunas de esas apreciaciones estadísticas evidentemente se basan en datos reales: los hombres difícilmente superarán a las mujeres, por ejemplo, en dar de mamar: ni siquiera serán capaces de sacar leche (ahora lo dudo y pienso que podrían lograr eso finalmente); en términos estadísticos la fuerza muscular de los hombres supera a la de las mujeres, lo que no impide que algunas mujeres superen en fuerza muscular a casi todos los hombres. Pero estamos hablando de datos estadísticos generales, que son muy útiles cuando se sabe cómo usarlos correctamente, pero que deben ser tomados con prudencia cuando descendemos a cada caso particular y cuando interpretamos que una instantánea estadística de una realidad concreta en un momento y lugar determinados deba convertirse en una prescipción para mantener la realidad tal cual o para definir cosas supuestamente inmutables como la naturaleza femenina y la naturaleza masculina.

Continuará…


[Publicado en 2005. revisado en 2017]

Charlotte Perkins Gilman

[pt_view id=”7b32bf09xy”]

Perkins Gilman y lo humano

Perkins Gilman y lo humano /0

Perkins Gilman habla en Un mundo hecho a la medida del hombre de las características femeninas y las masculinas, pero ya dije que no cae en ese pseudobiologismo hoy tan extendido que dice una y otra vez que hombres y mujeres son diferentes. Al contrario.

En primer lugar Perkins Gilman señala esa curiosidad que conocen los etólogos o estudiosos del comportamiento animal: que en muchas especies el macho tiene un comportamiento que se parece al de la hembra humana. Se refiere a la exhibición y los adornos, a los elementos de seducción, comportamiento del que el ejemplo animal más llamativo es el macho pavo real, con sus impresionantes plumas que parece que sólo tienen la utilidad de deslumbrar a la hembra. Las plumas dice Perkins Gilman son masculinas, no femeninas, lo que hoy en día tiene un doble sentido, insospechado en la época de Gilman, supongo.

Esta es una de esas paradojas que ponen en entredicho las simplistas calificaciones de masculino y femenino. Ahora bien, no se trata de descubrir qué es realmente femenino y qué es realmente masculino haciendo una estadística de todos los animales conocidos. Creo que a día de hoy ese tipo de ejercicios son inútiles, sean cuales sean los resultados.

André Gide intentó en Corydon demostrar que la homosexualidad era la conducta dominante entre los animales. Recuerdo que cuando leí el libro me pareció bastante convincente, como suelen resultar todos los libros de biología que intentan mostrar la ventaja adaptativa de este o aquél comportamiento (como El Gen egoísta de Dawkins). Porque lo cierto es que entre los animales se da prácticamente todo tipo de comportamiento, así que es fácil demostrar casi cualquier cosa.

Pero sea cual sea el resultado de esas estadísticas entre lo masculino y lo femenino, insisto en que no tiene importancia. Perkins Gilman lo sabía, como lo sabía Aristóteles o Pico de la Mirándola. Lo masculino y lo femenino como tales quedan cancelados por algo superior en nuestra especie: lo humano.

En esta investigación junto a Perkins Gilman intentaré encontrar algún tipo de definición o al menos de comprensión de lo humano, más allá de lo masculino y lo femenino.

Continuará…


[Publicado en 2005]

PERKINS GILMAN Y LO HUMANO

Dellas , la utopía de Charlotte Perkins Gilman

Leer Más
Lo masculino y lo femenino

Perkins Gilman y lo humano /3


Leer Más
Ovejas y tigres

Perkins Gilman y lo humano /1


Leer Más
El cerebro de hombres y mujeres

Perkins Gilman y lo humano /8


Leer Más
Metáforas del cerebro y gramáticas innatas

Perkins Gilman y lo humano /7


Leer Más
Charlotte Perkins Gilman

Leer Más
¿Qué no significa ser iguales?

Perkins Gilman y lo humano /9


Leer Más
Perkins Gilman y lo humano

Perkins Gilman y lo humano /0


Leer Más
La naturaleza humana y las estadísticas

|| Perkins Gilman y lo humano /4


Leer Más
El dios de los tigres

Perkins Gilman y lo humano /2


Leer Más
El animal humano

|| Perkins Gilman y lo humano /5


Leer Más
Estrés, placer y supervivencia

||Perkins Gilman y lo humano /6


Leer Más

¿Qué no significa ser iguales?

Perkins Gilman y lo humano /9

En El cerebro de hombres y mujeres dije:

“Ahora que la experiencia de las últimas décadas…  ha permitido constatar que las mujeres son capaces de realizar uno tras otro todos los trabajos y tareas que realizan los hombres, resulta asombroso, que se busquen diferencias insípidas y triviales entre los unos y las otras”.

Esto mismo ya lo pensaba Charlotte Perkins Gilman a finales del siglo XIX, cuando a las mujeres no se les permitía hacer muchas de las cosas que sí podían hacer los hombres. Ahora bien, ¿qué quiere decir Perkins Gilman y qué quiero decir yo cuando decimos que hombres y mujeres somos iguales?

Simone de Beauvoir

No queremos decir que hombres y mujeres seamos genética o biológicamente iguales.

Es obvio que somos muy distintos en el aspecto biológico. Aunque algunas activistas feministas, que se sitúan más cerca de la fe que de la ciencia, llegan a decir disparates como que la biología es una construcción social, basta con leer El segundo sexo, de Simone de Beauvoir, para darse cuenta de las enormes diferencias entre el cuerpo masculino y el femenino y advertir que, como dice Beauvoir, el cuerpo de la mujer puede llegar a ser casi un enemigo con el que hay que luchar constantemente, de una manera mucho más extrema que en el caso de los varones, como demuestra tras su meticuloso y fascinante examen de la condición biológica femenina en “Los datos de la biología”:

“De todas las hembras mamíferas, la humana es la más profundamente alienada y la que más violentamente rechaza esta alienación; en ninguna de ellas es más imperiosa ni más difícilmente aceptada la esclavización del organismo a la función reproductora: crisis de pubertad y de menopausia, «maldición» mensual, largo y a menudo difícil embarazo, parto doloroso y en ocasiones peligroso, enfermedades, accidentes, son características de la hembra humana: diríase que su destino se hace tanto más penoso cuanto más se rebela ella contra el mismo al afirmarse como individuo”.

La conclusión es evidente y probablemente imposible de refutar:

“Si se la compara con el macho, este aparece como un ser infinitamente privilegiado: su existencia genital no contraría su vida personal, que se desarrolla de manera continua, sin crisis, y, generalmente, sin accidentes. Por término medio, las mujeres viven más tiempo, pero están enfermas con mucha mayor frecuencia y hay numerosos períodos durante los cuales no disponen de sí mismas”.

En Profesar el feminismo, Patai y Koertge analizan, con un ingenio similar al que Andresky empleó en Las ciencias sociales como brujería, algunos disparates de cierto activismo (a)científico feminista muy extendido en las universidades de EEUU, como la ardorosa reivindicación de la mecánica de fluidos frente a la de sólidos, porque los físicos (varones) habrían desarrollado con más ahínco la física de sólidos que la de fluidos para potenciar lo masculino (el pene erecto, se supone) frente a lo femenino (la humedad y los flujos).

Que existen reacciones químicas, biológicas, hormonas, estrógenos, testosterona y todo tipo de dependencias físicas que afectan de distinta manera a hombres y mujeres es indiscutible, pero esas diferencias a veces asombrosas tampoco nos deben llevar a separar de manera estanca lo femenino y lo masculino, a la manera de tablas de opuestos metafísicos como el yin y el yang, o decir, como se decía en tiempos de Perkins Gilman, que la mujer es “una subespecie” del homo sapiens. Tampoco se resolverá el problema creando una biología fantástica en la que las características del cuerpo femenino puedan ser redefinidas a voluntad, despojándolas de los rasgos de la ciencia “heteropatriarcal”, como el dimorfismo sexual de la especie humana.

Perkins Gilman era muy consciente de las diferencias biológicas entre hombres y mujeres (entre machos y hembras) y distinguía de manera explícita entre “la esfera del hombre” y “la esfera de la mujer”, enumerando diversas características que definen, o que al menos predominan, en una o en otra esfera, como una mayor agresividad y tendencia a la violencia en los hombres (lo que parece indudable y confirman las estadísticas) y un instinto de protección y de cuidado hacia los hijos por parte de la mujer. Esas son tendencias  desde el punto de vista biológico (aunque no siempre sea fácil determinar el porcentaje biológico/cultural de ciertos comportamientos), pero, en opinión de Perkins Gilman, existe algo más importante que la esfera masculina y la femenina, que es la “esfera de la humanidad”. Es fundamental lo que somos en tanto que animales y en tanto que machos o hembras, y negarlo sería absurdo, pero es más importante lo que somos en tanto que seres humanos. Es en este sentido en el que tanto Perkins Gilman como yo decimos que hombres y mujeres somos iguales.

Se me dirá que somos esclavos de nuestra biología y que es una fatuidad o una ingenuidad olvidarlo. Bien, es discutible que no podamos escapar de las cadenas biológicas, porque en parte ya lo estamos haciendo, por ejemplo mediante las operaciones de cambio de sexo, tratamientos hormonales o mediante las futuras modificaciones genéticas que cada vez se ven más cercanas. Pero, incluso aunque así fuera, aunque tuviéramos que resignarnos al cuerpo que nos ha tocado en suerte, nuestro carácter de seres humanos puede cancelar o refutar a la biología. Quienes pretenden apelar a la biología, sea midiendo cráneos como en el siglo XIX o comparando estadísticas como en el siglo XXI, encontrarán sin duda muchas diferencias entre hombres y mujeres, entre blancos y negros o entre altos y bajos, e incluso algunas de ellas podrán ser estadísticamente significativas, pero ninguna de ellas puede refutar el hecho de que es imposible saber cuál es el verdadero potencial intelectual para un sujeto cualquiera, sea hombre, mujer, blanco, negro, alto o bajo. No el resultado que obtendrá en un test de inteligencia al uso, sino qué hará a lo largo de su vida, qué libros podrá o querrá leer o escribir, qué descubrimientos hará si se dedica a la ciencia y hasta dónde llegará, qué cosas le interesarán en la vida, a quienes será capaz de ayudar o perjudicar con sus consejos. El hecho de que existan diferencias no significa que debamos convertirlas en una guía para regular la sociedad, por ejemplo para situar en los puestos de gobierno a los que mejores resultados den en los test de inteligencia o para reservar a unos para ciertas tareas y a otros para otras. Porque los seres humanos somos, y a algo parecido creo que se refiere Perkins Gilman en el lenguaje de su época, “procesadores de información”, una característica que compartimos con los animales pero también con las máquinas (aunque de diferente manera). A partir de una cierta potencia de cálculo, memoria y manejo de datos, casi todo es posible desde el punto de vista intelectual. Tal vez existan diferencias estadísticas y tal vez incluso ciertas diferencias biológicas puedan explicar la discriminación y sometimiento de las mujeres a lo largo de milenios, pero la simple observación de lo sucedido durante todo ese tiempo demuestra también que los seres humanos, en este caso los varones, pueden llegar a convertir a una parte de su propia especie en seres intelectualmente inferiores, al negarles la educación y los derechos que se otorgan a sí mismos, no solo en lo que se refiere a los hombres y mujeres, sino también entre varones de diferentes culturas o etnias que han practicado el esclavismo y la servidumbre en sus diversas formas. Por el contrario, la observación de lo sucedido en los últimos cien años en todos los terrenos de la creatividad humana con la imparable incorporación de la mujer a todas las áreas que se suponían masculinas, muestran lo absurdo de las apelaciones a la biología, a lo eterno femenino (o masculino) o a las listas de opuestos sexualizados como el yin y el yang.

Continuará…


[Publicado en 2005. Revisado en 2018]

[pt_view id=”a2a6ee47y5″]

 

Charlotte Perkins Gilman

En su ensayo A manmade world, our androcentric culture (Un mundo hecho a la medida del hombre, nuestra cultura androcéntrica), escrito en 1911, Charlotte Perkins Gilman argumenta de manera muy poderosa en contra de la discriminación sexual y el sexismo. En Perkins Gilman y lo humano hablé de este ensayo, pero ahora sólo pretendo hacer una muy breve semblanza de Perkins Gilman.

Charlotte Perkins Gilman fue víctima esa cultura androcéntrica cuando, tras sufrir depresiones después del nacimiento de su hija Katherine, visitó a un médico que le recomendó no leer nada, no escribir nunca y permanecer el resto de su vida al cuidado de la casa y de su hija. El remedio fue peor que la enfermedad y Perkins Gilman acabó hundiéndose en una depresión tremenda, que trasladó a su novela El papel pintado amarillo, porque ese papel pintado era lo único que veía allí, encerrada en casa.

Tiempo después, Perkins Gilman se divorció de su marido y se casó con George Houghton Gilman, quien estaba a favor de la igualdad de la mujer y que siempre la ayudó en sus proyectos de escritora y activista. Comenzó a editar una revista mensual de 32 páginas llamada The Forerunner, en la que ella era la autora de todos los contenidos: artículos, novelas por entregas, información, y supongo que incluso las ilustraciones, pues también era dibujante y profesora de dibujo.

En 1932 le diagnosticaron un cáncer incurable y poco tiempo después se suicidó:

“Ninguna aflicción, dolor, desventura o «pena del corazón» puede excusar el poner fin a la propia vida cuando todavía nos queda alguna capacidad de servicio. Pero desaparecida ya toda posibilidad de ser útiles, y ante la certeza de una muerte inevitable e inminente, el más elemental de los derechos humanos es escoger una muerte rápida y fácil en vez de una lenta y horrible agonía… yo he optado por el cloroformo frente al cáncer”.


[Publi­cado el 2 de febrero de 2005  Monadolog]

En 2011 se hizo una adaptación de la novela      El papel pintado amarillo al cine.


Charlotte Perkins Gilman

[pt_view id=”7b32bf09xy”]

elrestoesliteratura-cabecera

EL RESTO ES LITERATURA

[pt_view id=”b63abe0a76″]

[

Metáforas del cerebro y gramáticas innatas

Perkins Gilman y lo humano /7

En el capítulo anterior (Estrés, placer y supervivencia) veíamos que ciertos mecanismos o instintos biológicos, adquirido a lo largo del proceso evolutivo ahora pueden activarse o responder ante estímulos muy diferentes, como el estrés ante un examen, que en su origen pudo tener más que ver con el ataque de un tigre o cualquier fiera salvaje. Fueran cuales fueran las causas que activaron esos mecanismos en el pasado, ahora esos efectos se pueden conseguir a partir de otras causas o estímulos; causas o estímulos que nos proporcionamos nosotros mismos, al menos si queremos.

El cerebro humano, en definitiva es capaz de manejar datos. No se sabe exactamente cómo lo hace y la equiparación con los ordenadores actuales no parece que sea del todo segura. El cerebro humano ha sido comparado con una tabla en la que puede escribirse (la tabula rasa de Aristóteles y Locke), con un molino, con el mecanismo de un reloj, con un telar o con una terminal de telefonía, metáforas que fueron recientemente sustituidas por la del ordenador, así que no podemos estar seguros de que si en el futuro encontraremos una metáfora mejor.

Ahora bien, sí se puede comparar el cerebro con un ordenador en un sentido: el ordenador tiene unas determinadas capacidades de proceso y de memoria, pero lo que haga con ellas depende del usuario, que puede usar los bytes para escuchar un disco, ver una película, jugar al ajedrez, escribir esta entrada o argumentar lo contrario de lo que yo defiendo aquí. El ordenador está hecho para procesar cantidades masivas de información, pero esa información puede ser de innumerables tipos. Aunque muchas personas creen que la hipótesis de Noam Chomsky que asegura que el cerebro humano posee una gramática innata está demostrada (el propio Chomsky lo cree: “la existencia de una Gramática Innata Universal es apenas discutible”), eso está lejos de ser cierto y existen explicaciones alternativas, como la que sostiene que nuestras capacidades de comunicación y lenguaje no se deben al hecho de que poseamos una gramática universal, supuestamente común a todos los seres humanos y a todas las culturas y lenguas, sino a la capacidad de almacenamiento y procesamiento increible de nuestro cerebro, y tal vez a algunos mecanismos adquiridos por selección natural, como la propensión a establecer relaciones de causa y efecto. Del mismo modo que cualquier computador puede adquirir un lenguaje aunque no se lo haya programado para ello previamente, lo mismo quizá hace un cerebro humano. En esta línea parecen ir los cada vez más frecuentes descubrimientos en animales como los cuervos, los delfines o los chimpaces de su capacidad para entender y usar lenguajes cada vez más elaborados, pues parece improbable que ellos también tengan esa gramática innata chomskyana.

Continuará…

[Acerca de la gramática innata ver mi ensayo: La gramática innata de Chomsky]


[Publicado en 2005. Revisado en 2017]

[pt_view id=”7b32bf09xy”]

El cerebro de hombres y mujeres

Perkins Gilman y lo humano /8

En Metáforas del cerebro y gramáticas innatas dije que un computador dotado de suficiente capacidad de cálculo y memoria puede realizar todo tipo de tareas. De hecho, según la definición de máquina de Turing, hasta el más sencillo ordenador es teóricamente capaz de realizar cualquier operación que se pueda convertir en un algoritmo. Un computador, en definitiva, puede mostrar una imagen, hacer cálculos matemáticos, reproducir o componer música y cualquier otra tarea computable,

Lo mismo sucede con el cerebro humano. Si el cerebro de un ser humano cualquiera se puede transformar en el cerebro de un nazi o en el de un sabio contemplativo y pacífico, y si ambas cosas están al alcance de hombres y mujeres, ¿cómo no van a estar a su alcance todas las demás cosas?

Por eso, volviendo al tema inicial de esta entrada y al ensayo de Perkins Gilman Un mundo hecho a la medida del hombre [entiéndase del varón], llama la atención que en el siglo XXI, cuando más muestras hemos tenido de lo absurdo que es pensar que hombres y mujeres son diferentes, ahora que la experiencia de las últimas décadas con la progresiva igualdad de hombres y mujeres ha permitido constatar que las mujeres son capaces de realizar uno tras otro todos los trabajos y tareas que realizan los hombres, resulta asombroso, decía, que se busquen diferencias tan insípidas y triviales como si unos u otras son capaces de hacer dos tareas a la vez o si los unos o las otras se orientan mejor o peor que los unos o las otras.

La buena noticia, por otra parte, es que aunque sea absurdo dedicar tanta energía a estos asuntos, ya no se considere ni siquiera tema de discusión la posibilidad de discriminar a las mujeres como antes, al menos en los países civilizados (que no son todos, por supuesto) o en aquellos que no están sometidos a religiones arcaicas o medievales.

Continuará…


[Publicado en 2005. Revisado en 2017 (en azul)]

[pt_view id=”a2a6ee47y5″]

LA MITAD OCULTA

 

Ovejas y tigres

Perkins Gilman y lo humano /1

He hablado en otro artículo de Charlotte Perkins Gilman y de su novela utópica Dellas (Herland). Dije entonces que aunque es lógico considerarla una escritora feminista,  ella tenía razones para no aceptar esa calificación. Esas razones no las ofrece en Dellas, sino en su ensayo A manmade world, our androcentric culture (Un mundo hecho a la medida del hombre, nuestra cultura androcéntrica).

El ensayo empieza de manera deslumbrante contándonos cosas acerca de las ovejas. No suele considerarse razonable, dice Gilman, que nos comportemos como ovejas, es decir que sigamos fielmente a nuestros líderes hasta el abism, pues, como decía Séneca: “El hombre sabio ha de ir a donde hay que ir no a dónde se va, como hacen las ovejas”. Pero Perkins Gilman nos explica que las ovejas no piensan por sí mismas porque han desarrollado un instinto gregario debido a ciertas circunstancias:

“Este instinto, se nos dice, fue desarrollado a lo largo de años de vida en laderas escarpadas, barrancos, estrechos balcones sobre precipicios, con inesperadas esquinas y obstáculos, de tal modo que sólo el líder [la oveja que iba delante] sabía dónde y cómo pisar. Si las que iban detrás hacían exactamente lo mismo, sobrevivían. Si se paraban a ejercitar su pensamiento independiente, caían y perecían, ellas y su pensamiento con ellas”. [1]

Después habla Perkins Gilman de otros animales, como los carneros, las cabras, los búfalos y los antílopes, y de los vocablos que se emplean en inglés para describirlos: curiosamente, cuando tienen cuernos es un sustantivo masculino. En castellano me parece que no se da una correspondencia tan exacta, o tal vez sí. Pero lo más interesante no es eso, sino que esos cuernos suelen ir unidos a instintos beligerantes, agresivos y violentos. No es que se trate de una relación de causa efecto ni de un chiste fácil acerca de los cuernos y la infidelidad, sino que da la impresión de que la agresividad se da más en los machos, mientras que en las hembras se observa casi siempre lo que se conoce como instinto maternal.

Hasta aquí Perkins Gilman parece encaminarse hacia las ideas sexistas basadas en la biología tan de moda hoy en día, o anticiparse a ellas, pues escribió su ensayo a principios del siglo XX. Sin embargo, enseguida aclara: “En nuestra especie todo esto cambia”. Se insiste tanto, dice, en las diferencias entre los hombres y las mujeres, que se piensa poco en qué consiste ser “humano”.

La pregunta entonces es: ¿hay algo que caracterice a los hombres y a las mujeres en tanto que seres humanos, del mismo modo que se puede decir que existe algo que caracteriza a las ovejas en tanto que ovejas, y no en tanto que ovejas machos y hembras?

Continuará…


[Publicado el 6 de febrero de 2004. Revisado en 2017]


Charlotte Perkins Gilman

[pt_view id=”7b32bf09xy”]

  1. [1]“This instinct, we are told, has been developed by ages of wild crowded racing on narrow ledges, along precipices, chasms, around sudden spurs and corners, only the leader seeing when, where and how to jump. If those behind jumped exactly as he did, they lived. If they stopped toexercise independent judgment, they were pushed off and perished; they and their judgment with them”.