Intuición, emoción y Sherlock Holmes

[Hace un tiempo, Lucía Guerrero me pidió que respondiera a unas preguntas para un trabajo de investigación que estaba haciendo para Periodismo. La razón fue que Lucía había leído mi artículo “La primera impresión es la que cuenta”]

¿Cree que el usar el pensamiento intuitivo es una tendencia creciente acentuada por la era audiovisual en la que vivimos, que nos ha “obligado” a familiarizarnos cada vez más con mensajes visuales y emocionales? ¿O por el contrario, cree que por nuestra naturaleza emocional estamos y estaremos destinados a pensar intuitivamente siempre?

Quizá sea cierto que el fuerte contenido audiovisual al que estamos sometidos acentúe la tendencia a dejarnos llevar más fácilmente por el pensamiento intuitivo. En los años 60 el teórico de la comunicación Marshall McLuhan ya dijo que el regreso del mundo audiovisual frente al mundo de la escritura acentuaba ese tipo de comportamiento más impulsivo, poco reflexivo y muy emocional.

De todos modos, me da la impresión de que esta tendencia siempre ha existido y que quizá ha sido lo habitual, aunque hay momentos en las que parece acentuarse, por ejemplo en épocas propensas al pensamiento mágico. Curiosamente, parece que estamos en una de ellas, a pesar de ser una época también muy científica. Algo semejante sucedió en los comienzos de la ciencia moderna, hacia 1600, cuando convivían todo tipo de fantasías ocultistas, esotéricas, herméticas y mágicas con el comienzo del rigor científico y el fin del secreto (la exposición pública de los conocimientos).

Respondiendo a tu segunda pregunta, creo que el pensamiento intuitivo es una especie de equivalente del instinto de la especie, pero aplicado a la vida y a la experiencia de cada individuo. Es decir, la intuición nos ofrece respuestas rápidas basadas en nuestra experiencia pasada. La mayoría de las veces esas respuestas son útiles y acertadas, pero en las situaciones nuevas, o que requieren verdadera reflexión, ese pensamiento no funciona tan bien y puede llevarnos con facilidad por el camino del prejuicio. En consecuencia, sí creo que el pensamiento intuitivo es algo inherente a nuestra naturaleza, no solo emocional sino intelectual, un mecanismo que siempre se activará, pero con el que, a pesar de su gran utilidad, hay que tener mucho cuidado.

¿Cree que la forma de consumir información a través de internet ha fomentado el que tengamos mentes más dispersas y nos cueste más digerir informaciones densas para las que haya que usar el pensamiento analítico y racional?

Esto también es posible, aunque no del todo seguro. También McLuhan decía que la escritura facilitaba el pensamiento lógico y reflexivo, mientras que la cultura oral no lo hace. La escritura nos permite revisar lo que hemos hecho o lo que hemos dicho y corregir nuestros errores. Sin embargo, McLuhan no tuvo tiempo para ver la cultura digital, que es en gran parte oral y audiovisual, cierto, pero que también se puede conservar y revisar. Un dicho latino decía que lo escrito permanece mientras que lo hablado vuela o se pierde (scripta manent verba volant), pero en el mundo digital los bits audiovisuales vuelan, se transforman y son cambiantes, pero, al mismo tiempo, también permanecen y se pueden revisar.

Lo que permite la cultura digital es, por otra parte, asistir a diario a lo que antes eran charlas personales, conversaciones de café, discusiones privadas, y claro, eso nos hace pensar que somos más dispersos, porque vemos ese espectáculo trivial multiplicado. Sin embargo, al mismo tiempo, creo que quien sabe usar y buscar en internet encuentra muchas personas, y muchos de ellos jóvenes, capaces de concentrarse en asuntos complejos y que hacen propuestas de una gran densidad teórica. Son una minoría probablemente, pero antes también lo eran, simplemente sucede que ahora vemos todo lo que hacen nuestros vecinos (y no vecinos), y antes solo lo imaginábamos. Pero se podrían poner muchos ejemplos del simplismo de épocas predigitales. En cualquier caso, es cierto que quien se conforma con contenidos audiovisuales de fácil digestión tiene un acceso muy limitado a la realidad y seguramente se aburrirá o no será capaz de entender algo más complejo.

¿Considera que el tener una buena base matemática es de ayuda a la hora de desarrollar nuestro pensamiento racional y analítico?

Sin duda. La matemática y la lógica son excelentes herramientas que estimulan y favorecen el pensamiento racional y analítico. Muy recomendables. Al menos tener unas nociones básicas de lógica y matemáticas.

Los sistemas 1 y 2 de los que habla Khaneman, ¿se complementan o se contradicen? 

Supongo que las dos cosas. Por un lado se contradicen, porque muchas veces el sistema 1 (el pensamiento intuitivo e impulsivo) se niega a aceptar de plano algo que resulta evidente a la luz del sistema 2 (el pensamiento más reflexivo y meditado). Los aspectos emocionales, los sesgos de confirmación, los prejuicios de todo tipo hacen que las personas que se dejan guiar por la intuición y el sistema 1 a menudo sean incapaces de razonar con claridad, al menos en ciertos asuntos, en lo que podríamos llamar sus “puntos ciegos” (como dice Daniel Goleman). Pero, por otra parte, el sistema 1 y el sistema 2 se pueden complementar: es bueno escuchar lo que nos sugiere la intuición, porque a veces nos da una buena respuesta, pero, siempre que se pueda, es preferible revisar esas sugerencias mediante el sistema 2 antes que creer ciegamente en ellas.

Sherlock Holmes in The Adventure of the crooked man as drawn by Sidney Paget | eBay

Sherlock a Watson: “Usted mira, pero no ve”

Por otra parte, creo que la intuición se puede entrenar y mejorar. Cualquier experto o profesional suele tener una respuesta intuitiva en su campo de acción mejor que la de alguien que no domina el asunto. A mí me gusta la comparación que hace Maria Konnikova entre el sistema 1 y 2 de Kahneman y el pensamiento de Watson y el de Sherlock Holmes: aunque nos parece que Holmes piensa a velocidad de vértigo, en  realidad eso se debe a que su intuición en el terreno criminal ha sido muy entrenada a lo largo de años de estudio. Por otra parte, el propio Holmes dice: “Tengo la costumbre de no establecer teorías [es decir de no dejarse llevar por la intuición] antes de conocer los hechos”. En otra de sus aventuras asegura que tiene muchas hipótesis en la cabeza, pero que no confiará plenamente en ninguna de ellas hasta contrastarlas. Así es como deberíamos hacer que el sistema 1 y el sistema 2 se complementaran.

 


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La primera impresión es la que cuenta…

¿Por qué casi todo el mundo tiene una gran confianza en su intuición?

Para expresarlo con más precisión: ¿por qué a la casi todas las personas les resulta tan difícil darse cuenta de la poca fiabilidad de su intuición, a pesar de que una y otra vez obtienen testimonios que alertan de esa poca fiabilidad?

Daniel Kahneman

Algunos  psicólogos han estudiado este asunto  en las últimas décadas y han obtenido interesantes respuestas. Una de ellas es que la intuición, o lo que Daniel Kahneman llama “Sistema 1”, funciona muy bien en el 90% de las situaciones a las que nos enfrentamos.

El Sistema 1 es el que nos permite movernos por la vida con ligereza y confianza, sin necesidad de detenernos a reflexionar ante cada situación. Si cada vez que damos un paso tuviéramos que detenernos a reflexionar en cómo debemos darlo, entonces nos caeríamos al suelo, porque la complejidad de ese movimiento tan simple y la cantidad de factores que se deben poner en funcionamiento son casi improcesables para un cerebro en apenas unos segundos. van desde cómo enviar desde nuestra mente a nuestro pie la instrucción de levantarse, calibrar la distancia a recorrer, descargar el peso adecuado del cuerpo, mantener el equilibrio en el momento en el que nos sostenemos en un único pie o depositar el pie ni muy fuerte ni muy débilmente en el suelo. Julio Cortázar escribió un excelente cuento, o ensayo si se prefiere, en el que mostraba la insólita complejidad que encierra el aparentemente sencillo acto de subir uan escalera: “Instrucciones para subir uan escalera”, que puedes escuchar aquí narrado por él mismo.

Por su parte, Kahneman enumera algunas de las tareas a las que hace frente a diario el Sistema 1:

  • Percibe que un objeto está más lejos que otro.
  • Nos orienta hacia la fuente de un sonido repentino.
  • Completa la expresión: “A quien madruga…”
  • Nos hace poner “cara de desagrado” cuando vemos un cuadro horroroso.
  • Detecta hostilidad en una voz.
  • Responde a “2+2=?”
  • Lee las palabras de las vallas publicitarias.
  • Conduce un coche por una carretera vacía.
  • Entiende las frases sencillas.
  • Permite caminar de la manera habitual.

Siempre que se trata de situaciones o tareas como las anteriores, que son las que ocupan tal vez el 80 o el 90 por ciento de nuestras actividades habituales, no hay ningún problema en dejarnos llevar por el Sistema 1, que no se identifica por completo con eso que llamamos intuición, pero que está sin duda muy relacionado.

Intuición

El problema es que cuando las tareas se complican o cuando surge algún imprevisto , el Sistema 1 o la intuición dejan de funcionar tan bien. Porque en esas situaciones inesperadas o complejas se requiere más atención y reflexión.

Kahneman enumera algunas de las tareas que precisan del Sistema 2:
  • Estar atento al disparo de salida de una carrera.
  • Concentrar la atención en los payasos del circo.
  • Escuchar la voz de una persona concreta en un recinto atestado y ruidoso.
  • Buscar a una mujer con el pelo blanco.
  • Buscar en la memoria para identificar un ruido sorprendente.
  • Caminar a un paso más rápido de lo que es natural.
  • Observar un comportamiento adecuado en una situación social.
  • Contar las veces que aparece la letra a en una página de texto.
  • Dar a alguien el número de teléfono.
  • Comprobar la validez de un argumento lógico complejo.

Como se puede ver, algunas tareas del Sistema 1 y del Sistema 2 son muy parecidas, pero no son idénticas. No es lo mismo caminar de la manera habitual que hacerlo a un paso forzadamente rápido, lo que requiere más atención e intención. Hay que aclarar, por otra parte, que Kahneman no afirma que exista en nuestro cerebro una división tajante entre dos sistemas mentales, o dos módulos cerebrales claramente diferenciados: es sólo una manera de referirse a diferentes maneras de pensar, lo que él también llama “pensar rápido” frente a “pensar despacio”.

Pensar rápido, pensar despacio

Pues bien, sucede que cuando hablamos de la intuición no solemos referirnos tan solo a todas esas cosas que hacemos cuando sólo activamos el Sistema 1, sino que la aplicamos a las que hacemos cuando deberíamos emplear el Sistema 2. Pondré un ejemplo para que se entienda a qué me estoy refiriendo.

Cuando nos presentan a un desconocido, nuestra mente desea hacerse cuanto antes una opinión acerca de esa persona. Siglos de evolución animal nos han enseñado que hay que clasificar rápidamente a los extraños, distinguiendo entre los potencialmente peligrosos y los aparentemente beneficiosos, entre los enemigos y los aliados, así que la intuición nos ofrece criterios rápidos para que lo extraño o desconocido no nos resulte tan extraño o tan desconocido. Nuestra memoria nos ofrece rápidamente similitudes entre esa persona desconocida y otras personas que hemos conocido. A veces la semejanza es por completo accidental: quizá las dos personas (la de nuestro recuerdo y la que tenemos delante) tienen las orejas grandes; o tal vez las dos se llaman “Jorge”, o tal vez ambas son venezolanas. También nos fijamos en cualquier gesto de esa persona: en una mueca de desagrado, en una sonrisa nerviosa o sincera, en el color de su camisa. Cualquier detalle pone en movimiento nuestra base de datos mental acerca de los seres humanos y nos ofrece paralelos y similitudes. En apenas unos segundos nos formamos una opinión acerca de esa persona, a pesar de que muchos de los datos que nos han servido para construir nuestro retrato robot pueden ser absolutamente accidentales. Por ejemplo, el llamativo color de su camisa quizá no se deba a que sea un color que a esa persona le guste, sino a que ese día no tenía ninguna camisa limpia y le tuvo que pedir una a su compañero de piso.

El refrán que parece sostener todo este proceso cognitivo que se pone en marcha al conocer a un extraño mediante la activación del Sistema 1 es: “La primera impresión es lo que cuenta”. Un consejo que los padres y madres suelen dar a sus hijos cuando estos tienen que enfrentarse a una entrevista de trabajo. Es muy posible que este refrán y este consejo sean muy sensatos.

Ahora bien, hay que advertir que el refrán describe una situación real, pero no porque que la primera impresión dé en el blanco al juzgar a una persona por su apariencia, sino más bien porque la primera impresión es la que cuenta porque está llena de ideas preconcebidas, intuición no reflexiva y prejuicios. Por eso, a alguien que va a una entrevista de trabajo se le recomienda que intente dejar una buena primera impresión, ya que los seres humanos tendemos a dejarnos llevar por las primeras impresiones y a confiar en las apariencias inmediatas. Así que, si no se deja una primera buena impresión, es difícil que haya oportunidad para dejar una segunda impresión.

Por fortuna, existe otro refrán para señalar la intervención del Sistema 2 en la valoración de un extraño: “Nunca te fíes de las primeras impresiones”. De eso hablaré en otro lugar.


[El refrán “La primera impresión es la que cuenta” también se dice como “La primera impresión es lo que cuenta”. Las dos formas son válidas, pero aquí he preferido emplear la primera. No hace falta señalar la broma de ilustrar este artículo con la primera impresión de la imprenta de Gutenberg]
[Publicado por primera vez en Divertinajes el 27 de septiembre de 2012]
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La navaja de Occam bien afilada

Decía Guillermo de Occam: “Los entes no se deben multiplicar innecesariamente”. Es una herramienta filosófica que quizá no sea tan útil como muchos creen, pero  que sí cobra pleno sentido cuando se expresa de la siguiente manera: “Los entes innecesarios no deben multiplicarse”.

Por ejemplo, los círculos, ecuantes, epiciclos y otros artilugios teóricos para explicar el movimiento de los planetas según la interpretación tolemaica (pero también según la copernicana), que se convierten en innecesarios tras el elegante uso de las elipses que hace Kepler; o los dioses o un Dios que crea todo de la nada para explicar un universo que ya resulta inexplicable sin ellos, pero que con ellos se convierte, además de absurdo, en innecesario.

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Los cortes de la navaja de Occam

Occam's Razor

La navaja de Occam es una de esas imágenes filosóficas que se usan una y otra vez para resolver disputas teóricas. Creo que casi siempre se emplea mal, y más desde que se ha convertido en un lugar común equivalente a un anatema que se lanzan unos a otros.

Antes de explicar por qué creo que se emplea mal, recordaré qué es la navaja de Occam.

Guillermo de Occam (William of Ockham) era un monje franciscano, célebre por su inteligencia, por lo que no es extraño que Umberto Eco lo tomara como modelo (junto a Sherlock Holmes) de su Guillermo de Baskerville en El nombre de la rosa. Se atribuye a este monje el artilugio lógico o filosófico llamado “la navaja de Occam” que es la sintesis de su frase “Entia non sunt multiplicanda sine necesitate”. Es decir, los entes no se deben multiplicar innecesariamente. La expresión se empleó en su origen en la disputa acerca de los conceptos universales, como “humanidad”, “Trinidad” o “belleza”, que enfrentó a los nominalistas y los realistas.

Los nominalistas creían que esos conceptos y todo lo que se refiere a géneros y especies, pero no a individuos concretos son tan sólo entes de razón, ideas o conceptos que no existen por sí mismos. Los realistas decían que esos conceptos universales tenían una existencia propia y real y que no eran tan sólo palabras. Tras la disputa se escondía tambien uan disputa teológica, porque si los nominalistas negaban la existencia real y efectiva de la Trinidad, toda la teología cristiana se venía abajo. La navaja de Occam, en consecuencia, permitía cortar la existencia de todos esos entes conceptuales, pero también la de los conceptos y artilugios teóricos que a menudo se empleaban en las discusiones, pero que no parecía que tuvieran una correspondencia en el mundo de lo observable y experimentable.

A menudo, primero en lógica y física, pero con el tiempo en biología o en cualquier otra ciencia o arte, desde la economía a la historia y desde la crítica literaria a a la antropología, se recurre a la navaja de Occam para afeitar las explicaciones enrevesadas, las que parecen demasiado complejas.

Occam-William-of-Ockham-Quotes-1

“Si todo lo demás es equivalente, la solución más simple suele ser la mejor”

Sin embargo, la navaja de Occam se emplea tanto que su filo empieza a estar mellado o bien corta lo que no debería cortar, en busca en ocasiones de una sencillez que acaba siendo simplismo.

Es posible que el uso realmente útil de la navaja de Occam (aparte de la disputa original entre los nominalistas y los realistas) se dé cuando se aplica a posteriori, pero no cuando se aplica a priori. Es decir, no debería utilizarse como una censura previa (excepto en casos que resultan tan evidentes que salta a la vista la exagerada multiplicación de los entes o explicaciones), sino que puede emplearse como una razón más para decantarnos por una explicación en lugar de por otra, siempre y cuando ambas explicaciones sean totalmente equivalentes.

No sirve para refutar una teoría con la excusa de que una teoría es demasiado compleja, sino para hacernos sospechar que si hay dos soluciones posibles y una es más sencilla, entonces es probable que la más compleja haga uso de supuestos innecesarios. Pero sólo indica esa probabilidad.

Sin embargo, también es perfectamente posible imaginar una explicación compleja que sea, sin embargo, la explicación correcta, a pesar de que también exista otra explicación más sencilla que también parezca capaz de dar cuenta de los fenómenos que se quieren explicar. Voy a intentar imaginar una situación de este tipo (que será una inversión de la disputa entre el sistema tolemaico y el copernicano). Cuando lo haya pensado, se lo comunicaré al lector en otro artículo.

 

La complejidad y la sencillez

Por mucho que nos gusten las soluciones simples, a menudo los problemas exigen soluciones complejas. Aunque un asunto se pueda explicar de manera simple, ello no implica necesariamente que deba explicarse así.

Esto no vale sólo para la biología y la evolución, sino que también se puede aplicar a la sociología y la psicología: a menudo tendemos a explicar el comportamiento de otra persona a partir de una sencilla ecuación estímulo-respuesta, pero casi siempre las verdaderas razones de un comportamiento son más complejas de lo que creemos.

En definitiva, la navaja de Occam ha de tomarse como un estímulo para seguir investigando y puliendo nuestras teorías, quitándoles lo innecesario, pero en otras ocasiones ha de ser aplicada como un factor de probabilidad (no de certeza) en el momento de elegir entre teorías rivales. Finalmente, en muchas ocasiones su mejor y más razonable uso es tan sólo semejante al un proverbio o una frase hecha que viene al caso y confirma algo: un comentariofinal una vez que una cuestión ya ha sido decidida gracias a una explicación sencilla.

Decimos, por ejemplo: “A quien madruga, Dios le ayuda”, si gracias a nuestro madrugón hemos conseguido llegar a tiempo a una cita importante, pero diremos: “No por mucho madrugar amanece más temprano” si hemos madrugado tanto que llegamos dormidos y agotados a esa cita tan importante. Los refranes no suelen expresar verdades, sino que existe uno para cada ocasión. Sirven como estímulo retórico o emotivo para hacer algo o como comentario posterior (positivo o negativo) a una acción ya realizada. En ese mismo sentido se puede emplear a veces la navaja de Occam: “Ya te decía yo, que aquí había que sacar la navaja de Occam: todo es más sencillo de lo que parecía”.

Pero nunca se debería emplear como un criterio de verdad o como un anatema o dogma de fe en contra de ideas o de teorías, que es algo que se hace bastante a menudo.

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[Escrito en 2004 en La Palma, como comentario a La estructura de la evolución, de Stephen Jay Gould los textos en naranja los he añadido en 2014 para hacer más comprensible el texto. En el texto original anoté que lo había escrito antes de leer la página 583 del libro, y añadí: “Quizá Gould diga más adelante algo semejante a lo que yo quiero decir aquí”. Supongo que adivinaba que Gould se iba a ocupar de la navaja de Occam y su uso en ciencia, algo que supongo, se verá en futuras entradas dedicadas al libro]

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LA ESTRUCTURA DE LA EVOLUCIÓN

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El futuro en el presente: retroproyección futura

 Hace muchos años empecé a aplicar un método (al que todavía recurro alguna vez) que es muy semejante a la prognóstica aplicada, la ciencia que se ocupa de la predicción del futuro. Mi método tiene similitudes también con el análisis premortem y con los obituarios del marketing, como el de Coca-Cola.

Es algo que podríamos llamar “retroproyección futura” y que se podría definir de la siguiente manera: “Recordar el futuro desde el presente”.

El método consiste en situarse en un hipotético futuro e imaginar cómo será recordado el presente que estamos viviendo, qué pensaremos entonces acerca de las acciones que estamos realizando ahora, que nos parecerán las decisiones que estamos tomando en este momento.

En definitiva, cuando me encuentro en una situación en la que me resulta difícil encontrar soluciones, hago un ejercicio de prognóstica o proyección futura y me digo a mí mismo: “Cuando transcurran unos cuantos años y recuerde este momento y en estos problemas, ¿a qué conclusiones llegaré?”. En definitiva, me dedico a imaginar a mi yo del futuro reflexionando acerca de los errores de mi yo del presente. A continuación, intento expresar las conclusiones de ese yo futuro. Un ejemplo de lo que podría pensar mi yo futuro: “Entonces no me daba cuenta de que no era tan difícil dejar el trabajo y cambiar de profesión”. O cualquier otro planteamiento semejante.

En la película “Looper” se emplea un método semejante a la retroproyección futura

La razón de que aplicase este curioso método es que había observado que tenemos las cosas bastante claras cuando examinamos desde el presente el pasado, no solo por la razón obvia de que ahora disponemos de más información que entonces y sabemos cómo acabó todo, sino también porque podemos juzgar desde cierta distancia, con otra perspectiva, y sobre todo con menos implicación emocional. Eso nos permite examinar con serenidad y mayor objetividad una situación pasada. La conclusión a la que solemos llegar, cuando pensamos en esos problemas de nuestro pasado que tanto nos inquietaban, suele ser que casi existían otras posibilidades o líneas de acción que no supimos, que no quisimos o que no pudimos ver entonces.

Probablemente también llegué a este método aplicando un razonamiento inductivo que me ha servido en muchas ocasiones para quitar dramatismo a ciertas situaciones:

“Ahora que estás desesperado, deprimido o angustiado recuerda todas las veces que has estado en una estado anímico semejante, o en situaciones igual de preocupantes… y pregúntate: ¿Cuántas de esas situaciones tuvieron consecuencias irreparables?”.

La respuesta a esta pregunta suele ser: “Pocas o ninguna”. Casi nunca pasa nada terrible o irreparable. Es cierto que a veces hemos tomado decisiones que son irreversibles, como una ruptura amorosa definitiva, pero con el paso del tiempo, incluso en estos casos llegamos a considerar que lo que sucedió era inevitable, o al menos que pudimos seguir viviendo a pesar de ello.

Es verdad que en algunas ocasiones no nos hemos recuperado del todo y que el dolor todavía nos afecta en ciertos momentos, pero, si somos sinceros, esos casos son muy pocos, tal vez dos o tres, quizá cinco o siete. Sin embargo, lo más probable es que hayamos estado deprimidos decenas o cientos de veces. El porcentaje de consecuencias verdaderamente dramáticas suele ser mucho más pequeño de lo que creemos de manera intuitiva.

Este método inductivo, semejante al que consiste en pensar que si algo sucede a menudo lo más probable es que siga sucediendo (por ejemplo, que el sol saldrá mañana como ha salido durante miles de días de nuestra vida), nos hace concluir que los problemas que ahora nos angustian se acabarán resolviendo de alguna manera y que existe una muy pequeña probabilidad de que no se resuelvan: el sol seguirá saliendo durante miles de día, Aunque es cierto que algún día no saldrá, al menos para nosotros y para quienes habiten en el planeta Tierra cuando el Sol colapse, o cuando no estemos allí para contemplar el amanecer Pero, al fin y al cabo, el método inductivo no es demostrativo.


[Publicado por primera vez en el 13 de octubre de 2019]
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Cómo leer a los filósofos

Koninck, Filósofo meditando en su lectura

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1. Leer a los filósofos directamente, en sus obras originales.

2. No anteponer prejuicios de ningún tipo, ya se refieran al aspecto físico del filósofo, a la utilización de su filosofía por uno u otro grupo, a la raza o a la nacionalidad o las preferencias sexuales, a su pertenecia a una u otra escuela o a su enfrentamiento con ésta o aquélla otra, a que esté de moda o no lo esté, a quienes le defiendan o a quienes le ataquen actualmente.

3. Una vez comenzada la lectura, no es correcto descalificar al filósofo a partir de un pequeño detalle erróneo que encontremos en sus obras. Incluso los filósofos más rigurosos no han podido evitar ciertos errores de bulto: machismo, nacionalismo y racismo. Sólo mediante una lectura serena y a fondo será posible decidir si ese o esos pequeños detalles son parte importante o fundamental de las concepciones filosóficas del filósofo estudiado. Es decir: si ese pequeño detalle se deduce necesariamente de la filosofía elaborada por nuetsro pensador, haciendo imposible tal filosofía sin dichos detalles.

4. No dejarse tampoco deslumbrar por aciertos ocasionales para proclamar nuestra adhesión total al filósofo. Muchos filósofos han escrito páginas magistrales y, sin embrago, sus intenciones han sido deleznables (su concepción política y religiosa, etcétera).

Aunque hay gente -sobre todo hegelianos- que dicen que si tomas una opinión de un filósofo determinado, entonces has de tomar todo su sistema (pues si no actuarías frívolamente), mi opinión personal es que es perfectamente lícito tomar o citar argumentos de un filósofo al que no se acepta de forma general, e incluso utilizar tales argumentos para defender ideas opuestas, siempre y cuando no se pretenda que aquel filósofo defendía tales ideas.

Esto puede parecer una aberración a algunos, pero, para que se vea que no se trata de tal cosa, pondré un ejemplo en el que se verá claramente…

[El texto se interrumpe bruscamente y no sé a qué ejemplo me refería]]


[Escrito en 1989, con la intención de proporcionarme a mí mismo unas reglas en mis estudios de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Uno o dos años después, amplié este texto en Reglas para leer textos de filosofía]


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Juegos de suma cero

En su libro El gen egoista, Richard Dawkins explica la diferencia entre un juego de suma cero y un juego de suma no cero:

Juego de suma cero es aquel en que la ganancia de un jugador es la pérdida del otro. Los juegos de suma no cero, como el Dilema del Prisionero, son juegos donde hay una banca que paga “y los dos jugadores pueden cogerse del brazo y reírse de la banca”.

Presentarse a una oposición es un juego de suma cero: si tú la ganas, le quitas el puesto a otro.

La selectividad o el examen para mayores de 25 años es un juego de suma no cero. Aunque te clasifiques no le quitas el puesto a nadie que también se haya clasificado.

Es por eso que no me molestó ver las irregularidades cometidas cuando me presenté a Selectividad, y lo cierto es que no comprendo a quienes se ponen furiosos cuando en un juego de suma no cero alguien hace trampa: a ellos no les afecta.

Sólo lo entiendo cuando las consecuencias del juego puedan ser desagradables debido a esa irregularidad: por ejemplo, si un médico obtiene el título sin estar bien preparado. Pero que lo consiga un filósofo, ¿qué más dá? Creo que a menudo los que protestan por las trampas en un juego de suma no cero están movidos por la envidia y por una especie de orgullo herido, antes que por el deseo de que se haga justicia.


 

Contra la razón

Gente que jamás ha leído una linea de los partidarios del relativismo cultural -y mucho menos de sus detractores-, se lanza con pasión al ruedo y en cualquier conversación proclaman: “Todo es relativo”, impidiéndo o pretendiendo impedir que razones de una manera mínimamente sensata sobre cualquier cuestión. La opinión de esta gente es que, puesto que todo es relativo, tiene tanta razón el que corta cabezas como el que sacrifica niños a los dioses.

Ya he escrito y escribiré sobre el relativismo cultural, pero ahora me interesa descubrir por qué la gente tiene tanta facilidad para quedarse con todas aquellas ideas que, ya sea en su origen, ya un poco pervertidas por sus exégetas, atacan al pensar razonado.
¿Por qué la gente goza con los fracasos (la mayoría de las veces sólo supuestos) de filósofos o científicos? Parecen considerar una equivocación científica como un triunfo de la humanidad y son expertos en mil artes diversas, especialmente en la astrología y la quiromancia.

Hasta aquel que jamás ha leído un libro de psicología o filosofía es capaz de definirse a sí mismo o a cualquier otra persona con un único dato: el signo de su nacimiento.

Recuerdo que en una ocasión C… y yo leímos las predicciones astrológicas de una revista. Sorprendentemente parecían señalar hechos y situaciones bastante acertadas. Lo más divertido vino cuando la semana siguiente vimos en esa revista una Fe de Erratas: “los signos y la predicción de cada uno de ellos no se correspondían la semana pasada, la predicción del primer signo debía ir bajo el segundo signo, etcétera”.


[Escrito en 1987. Son anotaciones de un diario, no un artículo]

El contagio por los adversarios

adversarios

Hace tiempo yo llamaba “ser vencido por los adversarios” a un fenómeno curioso que no consiste exactamente en que una persona sea vencida literalmente por sus adversarios, sino  a que su personalidad quede vencida, y en cierto modo trasformada, a causa del enfrentamiento en sí.

En las disputas ideológicas enconadas, las dos partes comienzan perdiendo el sentido común y acaban perdiendo casi todo. Ya no se opina intentando ajustarse a las cuestiones debatidas, sino sólo en función de lo que opina el otro. Se adoptan opiniones que uno nunca habría aceptado si no fuese porque su adversario adopta las opiniones contrarias. Antes que la realidad se examina qué es lo que opina el adversario…. para opinar entonces lo contrario. Da igual perder o vencer, porque el mismo hecho de actuar de esa manera es ya la peor derrota. Por eso, siempre he intentado mantenerme alejado de las querellas dogmáticas, de las luchas de partido, de las disputas llenas de insultos o descalificaciones, de las guerras de bandas intelectuales, para no acabar venciéndome a mí mismo, aunque pudiera vencer (o no) a mi adversario.

Creo que es a algo parecido a lo que se refiere Canetti con la expresión “contagio por los adversarios:

“El ‘contagio’ por los adversarios, uno de los fenómenos políticos más eficaces, muy poco investigado.”

Darwin y la ceguera

Al revisar unas notas que escribí en el siglo pasado (que bien suena eso… espero poder decir algún día: “Unas notas que escribí hace dos siglos), hacia 1999 y 2000, acerca de tres libros de Darwin, Humphrey y Gazzaniga, he encontrado una cita muy interesante de Darwin, que copio aquí junto al comentario que añadí en 2000:

“Durante años he seguido también una regla de oro, a saber, que siempre que me topaba con un dato publicado, una nueva observación o idea que fuera opuesta a mis resultados generales, la anotaba sin falta y enseguida, pues me había dado cuenta por experiencia de que tales datos e ideas eran más propensos a escapárseme rápidamente de la memoria que los favorables.”
(Darwin, Autobiografía)

A menudo, es cierto, sólo encontramos aquello que buscamos. Nuestros prejuicios y expectativas condicionan nuestra observación y solemos ser ciegos a todo aquello que va en contra de nuestras hipótesis.

Tengo la sensación desde hace un tiempo de que este problema, que es semejante al punto ciego del que habla Goleman, se ha acentuado con el cambio de siglo y que se está extendiendo cada vez más una manera de ver el mundo que sólo es capaz de contemplar la parte iluminada. La que ilumina la propia linterna del que mira, dejando en la oscuridad todo lo demás.


(Publicado el 22 de abril de 2004 en Love at First Byte)


Cómo pensar mejor

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