Apocalípticos e integrados ante el coronavirus

En 1965, Umberto Eco hizo célebre una dicotomía, la de los apocalípticos y los integrados… ante la cultura de masas. Los apocalípticos eran los que contemplaban con pesimismo y espanto la cultura de masas que llegaba a través de los nuevos medios: televisión, revistas, cómic, periódicos con grandes tiradas, o incluso el cine. Todo eso lo único que lograba, en opinión de los apocalípticos, era degradar la cultura. En el campo contrario estaban los integrados, que llevados por un optimismo sin límites, veían con entusiasmo el fenómeno y no solo consumían con voracidad lo que les ofrecían los nuevos medios, sino que adoraban cualquier novedad tecnológica o discurso mediático. Una y otra postura tenían sus razones, e incluso eran razonables en algunos aspectos.

Los integrados destacaban el aspecto democratizador que permitían las nuevas tecnologías y los medios de masas, poniendo al alcance de todos aquello a lo que antes solo podían acceder las élites y los privilegiados. Pero su deseo de que la cultura estuviera al alcance de todos les llevaba muchas veces a aceptar triturarla hasta convertirla en una papilla sin forma, digerible para cualquier paladar. Los apocalípticos, en consecuencia, denunciaban la degradación de la cultura, del juicio crítico, y un infantilismo que a menudo se convertía en bobería.

Pero, a pesar de lo razonable, las dos posturas también erraban debido al exceso y al dogmatismo.

Ante el coronavirus, podemos aplicar la distinción entre apocalípticos e integrados a varios asuntos.

Uno de ellos es ¿qué sucederá cuando acabe la pandemia, o al menos su fase actual extrema? Algunos imaginan un mundo maravilloso en el que todos, escarmentados por el azote de esta maldición universal, crearemos una nueva sociedad justa y equilibrada: «Bienvenidos a la utopía soñada». Otros imaginan un futuro tenebroso en el que se exacerbarán los odios nacionales y renacerán los totalitarismos y los estados policiales: «Bienvenidos a la distopía orwelliana». Este es un asunto interesante, del que hablare en otra ocasión. Pero ahora quiero referirme a un aspecto que me parece más urgente y mucho más importante que esos futuros utópicos y distópicos, que seguramente son más impredecible de lo que creen los futurólogos y los filósofos mediáticos.

Mi intención aquí es referirme a los apocalípticos y a los integrados en relación a lo que hacen los diferentes gobiernos del mundo ante la pandemia del coronavirus.

En este caso, la dicotomía tienen la virtud de carecer de cualquier complejidad y se reduce a aplicar la frase de Groucho Marx: «Sea lo que sea estoy en contra», o bien su contraria: «Sea lo que sea estoy a favor».

Es decir, si soy partidario de quienes gobiernan, entonces, hagan lo que hagan, no solo les apoyaré, sino que les aplaudiré con entusiasmo, me negaré a señalar cualquier pequeño error, justificaré cualquier decisión, negaré cualquier contradicción, dictaminaré que no había más remedio que hacer lo  que se hizo. Pero si soy contrario a quienes gobiernan, entonces, hagan lo que hagan, yo estaré en contra, incluso aunque hagan lo que yo pensaba hasta hace un instante que había que hacer.

Como es obvio, estas dos posturas no son universales. Dicho de otra manera, una misma persona puede ser apocalíptica en España, pero integrada en Estados Unidos. Y al contrario, porque lo único importante para esa persona es pensar de manera reactiva: su pensamiento se forja en función de lo que aquellos que amo u odio hagan, sea eso lo que sea.

Este sencillo radicalismo hace que se produzcan extrañas paradojas. Como he dicho, puede haber personas que comparten la misma ideología y que sin embargo son apocalípticas en España e integradas en Gran Bretaña. Si estuvieran en las islas británicas, esas personas estarían en el lado de los apocalípticos y dirían que fue un espantoso error no animar a la población a alejarse de actos públicos o de los pubs; pero si esa misma persona, con la misma ideología, estuviera en España, encontraría estupendas razones para justificar que sus dirigentes hubieran animado a participar a la población en todo tipo de actos públicos, deportivos o políticos, justo un día antes de decretar que se debían cerrar los colegios. La misma persona que criticaría las bromas de Trump, Bolsonaro o Johnson ante el coronavirus, si estuviera en México justificaría que su presidente hubiera animado una y otra vez a abrazarse efusivamente con conocidos y desconocidos. La globalización  y la facilidad de comunicarnos con otros países está dando lugar a conversaciones grotescas en las que dos amigos de la misma ideología lamentan en el minuto uno de su charla lo que ha hecho el gobernante de un país para en el minuto tres empezar a elogiar al gobernante del otro país… ¡que ha hecho exactamente lo mismo que acaban de criticar en el otro gobernante! Y lo asombroso es que los apocalípticos y los integrados ni siquiera se dan cuenta de la contradicción en la que caen una y otra vez.

Así que el calificativo de apocalípticos e integrados, en definitiva, no tiene absolutamente nada que ver con el pensamiento, sino más bien con su ausencia. Para ser un apocalíptico o un integrado simplemente hay que dejar de pensar, porque lo único que hay que hacer es reaccionar: reaccionar a favor o reaccionar en contra. Como decía Paul Watzlawick, estas personas son las que, enfrentadas a un dilema, antes de decidir qué es lo que opinan, en vez de examinar las razones a favor y en contra, lo que hacen es observar atentamente qué están diciendo los suyos y qué es lo que están diciendo los otros, los enemigos. No examinan qué se dice sino quién lo dice. Y tiemblan de miedo e indignación ante la posibilidad de compartir una opinión que mantienen esos que ellos tanto detestan.

Los apocalípticos y los integrados hoy piensan esto y mañana lo contrario, ayer tenían una extraordinaria colección de poderosos argumentos para explicar a los indocumentados que las mascarillas  no eran necesarias (¡y que incluso eran perjudiciales!), pero hoy repiten una y otra vez que habrá que usarlas y que hay que seguir el ejemplo de los japonés (prefieren no mencionar a los chinos, ni siquiera a los coreanos, porque ya se sabe que Japón es el país más prestigioso y cool de Asía Oriental). Lo que les ha hecho cambiar de opinión, insisto, no es que su pensamiento se haya movido, sino que los que se han movido han sido los suyos.

Pero sucede que los apocalípticos y los integrados son, curiosamente, víctimas de sus enemigos, un asunto al que me he referido a menudo y que he llamado «ser vencido por los enemigos al vencerlos». Dicho a la manera latina: «Graecia capta ferum victorem cepit» («La Grecia conquistada conquistó al fiero vencedor»). Pero, por desgracia, en este asunto no se trata de la difusión de la rica cultura griega en territorio romano, sino de la difusión de opiniones partidistas en medio de una pandemia. Es el fanatismo de los colores o de las banderas, el fanatismo del forofo futbolero aplicado a asuntos graves. Mucho más graves. Ser vencido por los enemigos al vencerlos es lo que sucede cuando para oponerte a los demagogos te conviertes tu mismo en un demagogo.

Porque estas actitudes demagógicas reactivas hacen que la verdad, la verdad necesaria que debemos extraer de esta tragedia del coronavirus, quede aplastada entre los activistas de uno y otro bando, porque unos y otros se realimentan y refuerzan y los únicos que pierden son los que rechazan este pensamiento descerebrado. Muchas de las buenas razones que tienen los apocalípticos quedan enterradas bajo sus insultos, sus descalificaciones soeces y la pérdida de toda sensatez argumentativa. Los aciertos indispensables y absolutamente necesarios de su crítica, de la crítica que se debe hacer a los errores cometidos, quedan oscurecidos por el odio, el rencor, la grosería, el tono faltón, el desprecio chulesco. Con esa manera de argumentar lo único que consiguen es favorecer a quienes pretenden criticar, porque les ofrecen en bandeja un estereotipo fácil de derribar, porque ellos mismos se fabrican su espantapájaros u hombre de paja.

Falacia del hombre de paja. Consiste en crear un enemigo dotado de todos los defectos y de ninguna virtud. Un ente imaginario hecho de algunas verdades, bastantes medias verdades y muchas mentiras. Es una caricatura no ya de los rivales, sino de las opiniones diferentes a las nuestras, que se personifican en un personaje tan ridículo que es muy fácil golpearlo, derribarlo y machacarlo; y de este modo reforzar nuestra propias posiciones de manera directa o subliminal: “Si esas opiniones las sostienen personajes tan grotescos, entonces los que opinan lo contrario tienen razón”. Se trata probablemente de la falacia más empleada por los demagogos y propagandistas. También se conoce con el nombre de monstruo o espantapájaros. El problema en la actualidad es que los hombres de paja ya no los crea quien quiere derribarlos, sino las personas que se autocaricaturizan a sí mismas, al combinar con argumentos razonables opiniones estrambóticas, vulgares y desmesuradas.

Una de las lecciones fundamentales que creo que deberíamos aprender es que en el diálogo social las formas importan. Importan mucho. Si queremos convencer a los no coonvencido, si realmente queremos cambiar las cosas y no tan solo recibir el aplauso bobalicón de los que ya piensan como nosotros, deberíamos ser más exigentes con nosotros mismos y también con aquellos a los que consideramos nuestros aliados. Recuperar en la discusión la elegancia, el humor, el ingenio e incluso la ironía y el sarcasmo, incluso el ardor, pero no la brutalidad argumentativa y la deformación propia del espejo de las ferias y la parodia simplona, que, como se sabe, es el género más bajo de la comedia.

Pero las cosas no están mejor en el terreno opuesto, el de los integrados: el optimismo irracional e infantil contra viento y marea, la negación de una realidad evidente que está ahí, el apoyo sin fisuras a todo lo que se diga o se haga desde el poder. Porque los integrados emplean los mismo métodos ya descritos para atacar cualquier cosa que digan sus rivales (chulería, desprecio, insulto, ataques ad hominen) y echan por la borda todo lo que pueda tener de razonable una apelación a la solidaridad, al esfuerzo común, al entendimiento, puesto que resulta obvio que esa apelación solo la hacen porque quienes gobiernan son los suyos, pero que se diluiría en un instante si los que gobernaran fueran los otros. Esa manipulación de los hechos, de los datos, de las situaciones resulta tan evidentemente interesada y tan impúdica que es la manera más inconveniente de defender a quienes pretenden defender. Ellos, igual que los apocalípticos, crean su propio estereotipo, el de una persona capaz de defender hoy esto y mañana lo contrario, del forofo acrítico al que lo único que le importa es que gane su equipo sea como sea y haciendo uso de  cualquier trampa o truco barato. Y en este asunto no estamos ante un vulgar partido de fútbol, sino ante la pérdida de vidas humanas o consecuencias sociales y económicas que afectan y afectarán a millones de personas.

De la falacia del hombre de paja o monstruo es también una de las entradas de mi último libro, que reproduzco aquí:

Si las cosas siguen así, el coronavirus me va a dar ocasión para citar todos lo métodos manipuladores de los polemistas más burdos (y no de los más selectos), de mi  Cómo triunfar en cualquier discusión. Diccionario para polemistas selectos

No quiero hacer más largo esto. Me entristece profundamente en este momento trascendental contemplar de nuevo este espectáculo tan repetido en España, y darme cuenta en los últimos días de cómo unos y otros ya están preparando las trincheras, pero no para la guerra (si es que esto es una guerra), sino para la posguerra. Ya están engrasando la maquinaria de la propaganda y situando las baterías que logren inutilizar los argumentos de una futura crítica absolutamente imprescindible si realmente queremos aprender de los errores. Y en el otro lado, ya están tomando posiciones los que quieren sacar un beneficio político de la situación a cualquier precio y sin importarles nada más. Entre unos y otros lo único que estamos perdiendo es la verdad, la sensatez, la rectificación y el aprendizaje que deberían ser las lecciones  de una situación como esta.

Termino con uno de los peores argumentos que he escuchado en los dos extremos, en los apocalípticos y en los integrados, según a qué gobierno o a qué políticos se refieran. Es el argumento que dice que las medidas que se han tomado (o que no se han tomado) eran inevitables, que la situación era imprevisible (lo que es completa y demostrablemente falso), que los políticos actuaron como lo hicieron porque se jugaban las elecciones, y que tomar una decisión drástica en su momento les podía costar votos… y ya se sabe que en la política eso es importante. A partir de esa constatación que por lo general debería llevarnos a una crítica, muchas personas se deslizan por una pendiente retórica y  concluyen que, al fin y al cabo, es inevitable que un político se comporte así. Este es un pensamiento especialmente aberrante. Y lo es más cuando se escucha en boca de quienes hace no mucho usaban esa descripción de la acción política para señalar al mal político, al político detestable… cuando gobernaban los otros.

Porque hay que recordar que poder explicar las causas de una acción o de una situación no significa en ningún caso que se deba justificar esa acción o esa situación. Entender un mecanismo no implica considerarlo inevitable. Entender no es justificar. Es como si un torturador dijera que, puesto que ha aprendido técnicas de tortura, entonces está obligado a aplicarlas y, lo que es peor, como si nosotros admitiéramos que es verdad lo que dice, pues ¿que qué otra cosa va a hacer si al fin y al cabo es un torturador? ¿Qué otra cosa va a hacer si es un asesino? ¿Qué otra cosa va a hacer si es un maltratador? ¿Qué otra cosa va a hacer si es un político? El hecho de que existan torturadores no justifica la tortura, ni el hecho de que muchos políticos politiqueen no justifica el politiqueo. En situaciones como esta, en situaciones de emergencia nacional y mundial, a un político se le debe exigir que ponga en juego su carrera política, que se arriesgue a perder votos, a ser impopular, si tiene ante sí la opción correcta y si esa elección puede ser decisiva para salvar miles de vidas. Justificar en momentos como este que un político haya escogido la opción incorrecta, puesto que se jugaba la popularidad o los votos, es despojar a la política y a la democracia de todo su fundamento. Los ciudadanos no podemos reprochar, como se hace tan a menudo, el cinismo de los políticos y al mismo tiempo caer en el cinismo de aceptar como legítimas esas actitudes y esa manera de tomar decisiones (cuando las toman los nuestros, claro). Los ciudadanos debemos negarnos a aceptar convertirnos en rehenes de las decisiones de los políticos y no justificar lo injustificable atribuyéndolo a los gajes del oficio de ser político. Aquí se podría recordar aquello que dijo Adolfo Suárez, quizá cuando pasó de 160 a 2 diputados: (lo cito de memoria y tal vez lo empeoro o mejoro): «Un político no debe hacer o decir lo que sus votantes quieren que haga o diga, sino aquello que considera correcto y justo. Y después los votantes decidirán si apoyan sus decisiones con su voto futuro».

Desde hace días observo que unos y otros, apocalípticos e integrados, ya han dejado la lucha contra el coronavirus a un lado y que ahora solo están pensando en si van a ganar o perder las próximas elecciones los suyos. Unos y otros han puesto en marcha la maquinaria de la propaganda y la desinformación, a favor y en contra. Yo también entiendo, no soy ingenuo, que eso lo hagan los políticos, que temen por su futuro, por su sueldo o que incluso lo hacen porque les mueve la convicción de que ellos gobernaran mejor que sus rivales; pero entender, como dije antes, no es justificar. Pasar de la ingenuidad de creer que a los políticos solo les mueve la vocación de servicio al cinismo de aceptar que lo importante es que saquen más o menos votos no es una gran conquista, sino todo lo contrario. Y, por otra parte, al margen de lo que hagan los políticos, los ciudadanos responsables no debemos contribuir a ese baile de manipulación, negando lo obvio o difundiendo ataques a los rivales (justos o injustos, eso es lo de menos en este caso) cuyo único objetivo es impedir que se vea lo que debería verse.

¿Cuál es la conclusión de todo esto? ¿Es quizá el famoso término medio?

Lo sería si se tratara de no convertirse de manera acrítica en un apocalíptico o en un integrado y evitar actuar de manera reactiva. Eso es muy recomendable, por supuesto. Pero creo que no debemos adoptar tampoco una equidistancia reactiva, en la que nuestro pensamiento se sitúa a igual distancia de lo que dicen los apocalípticos y de lo que dicen los integrados. En muchos asuntos los apocalípticos tienen razón y sus críticas son acertadas, una vez que se las despoje de ese tono bronco y faltón, de esas segundas intenciones que acaban por desdibujar la fuerza de sus argumentos, porque no se trata de insultar sino de razonar, de explicar, de denunciar y de solucionar, de aprender de los errores y de aprender cuanto antes, porque en casos como este los errores se han traducido y se traducirán en muertes.

Es fundamental distinguir entre la manera en la que se dicen las cosas y lo que se dice, para distinguir la realidad entre el ruido y la furia. Pero tampoco hay que caer en el extremo contrario, en una actitud bobalicona, que esconde los errores y los horrores con la excusa de que hay que sonreír a toda costa y decir que todo irá estupendamente. ¿Que saldremos de esta? Pues claro que saldremos, como es obvio. Pero lo importante es de qué manera saldremos y quiénes y cuántos no saldrán porque han muerto o van a morir. Entre la tormenta de una crítica salvaje que acaba perdiendo el foco y la calma chicha en la que nada se mueve y nada se aprende, hay muchos términos medios.

La sociedad necesita crítica, el poder tiene que ser controlado y cuestionado, y al mismo tiempo se puede y se debe contribuir al bien común y la solidaridad. No son términos contradictorios ni incompatibles. Y por encima de todo se deben examinar los hechos y no perderlos de vista. No alistarse en el bando de los detractores furibundos, de los del «sea lo que sea estoy en contra» ni en el de los aplaudidores profesionales del «sea lo que sea estoy a favor». Debemos estar a favor y en contra de esto o de aquello con razones, no con pasiones desaforadas. La sociedad, la democracia y la justicia necesitan de la crítica y del entendimiento. La democracia es debate y también es aceptar la pluralidad y la divergencia de ideas. El ardor en la defensa de las ideas no es incompatible con la lucidez y con la honestidad de admitir los errores y respetar a quienes no opinan como nosotros y los denuncian.

Y para quienes no quieren, no queremos, jugar a ese juego infame, se puede recordar lo que dijo Marco Aurelio: «La mejor manera de defenderte de ellos es no parecerte a ellos».

No parecerse ni a los apocalípticos ni a los integrados. Es decir, no parecerse a los que solo reaccionan pero no piensan, a quienes anteponen sus preferencias políticas o ideológicas al análisis de la realidad.

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Asomarse al interior (de nuevo)

Hace unos días publiqué una antigua viñeta dibujada por mi padre: Asomarse al interior. Iván la dibujó en 1970. Se me ocurrió entonces (es decir, ahora en 2020) una variación, que ofrezco aquí.

La viñeta de mi padre tenía ciertos significados obvios relacionados con la época franquista, pero también parecía una curiosa alusión avant la lettre a esta época del coronavirus que estamos viviendo.

La variación que se me ocurrió también parece aludir al coronavirus, pero yo le encuentro dos o tres interpretaciones más, que no están estrictamente relacionadas con el coronavirus. Por ejemplo con el psicoanálisis, o con lo que se revela de nosotros en tiempos de tensión o de crisis. Como decía Agustín de Hipona: “El oro se prueba en la fragua y al hombre en el poder”. Y también se lo prueba ante el miedo, en las crisis o incluso en el amor. Etcétera. Dejo a los lectores cualquier otra interpretación.

Asomarse al interior

Esta es una antigua viñeta de mi padre (Iván Tubau), firmada como Pastecca, que era su nombre artístico. La fecha es de 1973 y se refiere, claro, a la España de Franco, que estaba en sus últimos años. Pero parece tener alguna reverberación en estos tiempos de coronavirus e los que todos estamos inevitablemente aislados en el interior de nuestras casas o en los que los países, regiones o ciudades cierran sus fronteras. No sabría interpretar ese sentido, pero me ha parecido curioso y por eso lo traigo aquí.


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Los sesgos cognitivos y el coronavirus

Contra el coronavirus

Ilustración de Data Science Central. Traducción no literal: «Todo lo que buscas y lo que observas puedes usarlo para demostrar lo que ya creías».

ADVERTENCIA IMPORTANTE: no tomes nada de lo que se dice aquí como un ataque a tu ideología o a tus tendencias políticas. Intento evitar en estos días del coronavirus toda lucha partidista o ideológica, como explico aquí.

El 27 de marzo Javier Salas publicó en El País de España un artículo muy interesante acerca de los sesgos que nos impiden tomar buenas decisiones. Los sesgos cognitivos se conocen desde los orígenes de la humanidad o al menos desde que los humanos empezaron a pensar acerca de cómo pensaban. Francis Bacon los llamaba ídolos de la tribu y Aristóteles se ocupó de muchos de los argumentos probables, pero no seguros, en sus Tópicos, es decir «lugares comunes», y de los falaces o tramposos en sus Refutaciones sofísticas. Muchos de lo que hoy llamamos sesgos cognitivos son causados por prejuicios, ideas hechas (lugares comunes) y por una confianza exagerada en nuestra intuición y en nuestra capacidad de razonar.

 

 

 

 

Pero, a pesar de estos y otros muchos precursores, el estudio metódico de los sesgos cognitivos (cognitive bias en inglés) que impiden que pensemos de manera sensata y razonable, empezó a convertirse en una disciplina académica y en materia de estudios psicológicos y sociológicos hace unas cuantas décadas, gracias a las investigaciones de Daniel Kahneman (el psicólogo que ganó el Premio Nobel de Economía) y su colega Amos Tversy, que crearon la definición de sesgo cognitivo en 1972. Economistas como Richard Thaler (también Premio Nobel) han contribuido al estudio de los sesgos en la economía, creando la disciplina de la economía conductual, que muestra que los sujetos económicos no actúan racionalmente (que es lo que suponía la economía clásica).

¿Y qué tienen que ver los sesgos cognitivos con el coronavirus?

Mucho. Porque la respuesta ante esta pandemia a menudo está cayendo en errores fácilmente evitables (como es obvio, los errores no evitables o los difícilmente evitables son más escurridizos). Errores evitables que están causados no siempre por mala intención, sino muchas veces por autoengaños de quienes tienen que tomar decisiones. Y en esto del coronavirus, quienes tienen que tomar decisiones somos todos, incluidos los ciudadanos anónimos.

Por eso, examinar, como hace Javier Salas, los sesgos cognitivos es muy interesante, aunque aquí también quiero mencionar uno o dos sesgos que no menciona Salas.

Primero recordaré los que menciona, pero puedes leer su artículo completo con este enlace: Los sesgos que engañan al cerebro durante la pandemia.

El sesgo de disponibilidad: lo que nos acude más fácilmente a la mente nos parece más probable o razonable. Puesto que en España no habíamos padecido grandes pandemias, pensamos que eso era cosa «de los chinos» primero y «de los italianos» después.

Efecto de anclaje: la comparación del coronavirus con una gripe nos hace razonar alrededor de esa referencia. De este modo, añado yo a lo que dice Salas, se produjo esa espantosa aceptación de que los ancianos y los enfermos crónicos estaban destinados a morir, pues «al fin y al cabo muchos de ellos (600.000) mueren cada año en el mundo por la gripe». El peor ejemplo de esta especie de aceptación de un argumento como el de La fuga de Logan (película en la que una vez cumplidos 25 años las personas son liquidadas) han sido las declaraciones de un epidemiólogo holandés que ha dicho que el problema de España e Italia es que atendemos en los hospitales a personas demasiado mayores: es decir, a esas personas habría que dejarlas morir, sin más: «En Italia, la capacidad de las UCI se gestiona de manera muy distinta (a Holanda). Ellos admiten a personas que nosotros no incluiríamos porque son demasiado viejas. Los ancianos tienen una posición muy diferente en la cultura italiana» (Clarín).

El carrusel de la renovación en LOGAN’S RUN, 1976

 

Efecto de storytelling o relato: Javier Salas y Susana Martínez Conde no lo llaman así en el artículo, pero creo que esa es la manera más adecuada de describir la incapacidad que tenemos la mayoría de las personas para razonar de manera lógica, para separar los datos de las creencias y las explicaciones de las opiniones. Las historias y las imágenes nos influyen más que cualquier estadística o razonamiento coherente.

La ilusión de control: creemos que tenemos control sobre una situación que en realidad es incontrolable. O bien, añado yo, una situación no absolutamente incontrolable pero que podría ser controlada si actuáramos con más modestia, si escucháramos a quienes no piensan como nosotros, con más decisión, sensatez y verdadera anticipación de los problemas que puedan surgir, es decir de lo que se llama imaginar posibles escenarios. Y uno de los escenarios más fáciles de prever en cualquier país desde que sucedió lo de Wuhan, y después lo de Italia y después lo de España, era y es: colapso del sistema sanitario y de las UCIs (Unidades de Cuidados Intensivos), necesidad de decenas de miles de respiradores, necesidad de millones de mascarillas y necesidad de millones de test de coronavirus. También influye que como el coronavirus es algo así como un enemigo invisible, nos parece que lo tenemos bajo control con medidas que en realidad son insuficientes.

Siempre, por cierto hay que pensar en un principio que no recuerdo ahora si es de Hofstadter o de Parkinson o de otro, que suele aplicarse a proyectos y planificación de trabajos, pero que es especialmente útil en situaciones de emergencia como esta:

Principio del doble de lo peor: tienes que ponerte no en el mejor, sino en el peor de los escenarios posibles, y entonces doblar el resultado. Es decir, que si piensas que en escribir una escena puedes tardar como poco 1 hora y como mucho 3 horas, entonces calcula que lo más probable es que tardarás 6 horas.

Sesgo de optimismo: que ha llevado a muchas personas a pensar que ellas no contraerían la enfermedad. Salas recomienda este artículo: Using social and behavioural science to support COVID 19 pandemic response. A esto hay que añadir lo que he dicho antes de que quienes no eran ancianos o enfermos crónicos se creían o creen a salvo: para ellos, esta historia de una adolescente francesa sin patologías muerta recientemente por coronavirus: La muerte de una adolescente de 16 años ilumina la irresponsabilidad de los jóvenes franceses.

Sesgo de suma cero: el concepto procede de la teoría de juegos. Un juego de suma cero es aquel en el que las ganancias de un jugador se compensan por las pérdidas del otro. Es decir que si yo te gano dos euros en una apuesta y tú, por lo tanto, pierdes 2 euros, entonces 2-2= 0.  Si en un examen al que te presentas solo se va a dar una plaza, entonces si tú ganas la plaza, se la quitas a otro. Sin embargo, un juego de suma no cero sería un examen en el que todo el que obtenga más de 5 puntos sobre 10 aprueba. El hecho de que tú apruebes no implica que otro no pueda también aprobar. Salas y los expertos que menciona en el artículo advierten de que el coronavirus no es un juego de suma cero: todos perdemos, todos nos infectamos y todos podemos infectar a los demás. El que tú dispongas de medidas de protección y otros no dispongan de ellas, no significa necesariamente que tú te salves y ellos no: todos podemos perder (y todos podemos ganar si colaboramos).

Sesgo de grupo propio: que yo llamaría sesgo identitario. Todo aquello que implica la preferencia por el grupo propio, como quienes dicen que esta o aquella «raza» (¡raza!, dicen algunos, como si hubiera varias razas humanas) es o será más resistente al coronavirus. Como bien señala Salas, este sesgo es el que lleva directamente al racismo. Prefiero, en cualquier caso, no mencionar casos concretos.

¿Y por qué no quiero mencionar casos concretos? Porque una de las peores cosas para enfrentarse al coronavirus es la polémica partidista, el insulto o descalificación faltona y brutal contra los oponentes. Ya habrá tiempo para recordar los muchos errores que se han cometido, pero  ahora ese es un comportamiento no solo casi infame sino que contribuye de manera decisiva a que la lucha contra el coronavirus funcione literalmente peor e incluso contribuya a causar más muertes. Se explica muy bien en este artículo de The Washington Post: In a pandemic, political polarization could kill people. Seámos responsables también en eso. La crítica, el control de los gobernantes y la información no se deben dejar nunca de lado, pero el ensañamiento y la cizaña son muy peligroso para todos nosotros.

Finalmente, existe un último sesgo.

Prejuicio de la retrospectiva: también conocido, dice Salas como «se veía venir», «a toro pasado lo explicamos todo». Ya hablaré de esto en otra entrada en detalle, pero es el conocido lema latino post hoc, ergo propter hoc. En traducción no literal: «Una vez que algo ha sucedido se encuentran fácilmente las causas», o en un refrán que no conocía y que menciona Inocencio Perales en un comentario al artículo de Salas: «A cojón visto, macho seguro». También circula por las redes un vídeo del Capitán Aposteriori, de la serie South Park, en el que un superhéroe en vez de solucionar los problemas dice cómo se deberían haber evitado.

Este prejuicio hace que muchas personas digan que había que haber hecho esto o lo otro, pero, claro, lo dicen ahora que ya saben lo que ha sucedido. El reproche implícito es: ¿y por qué no lo dijiste entonces?

Pues bien, esto es cierto, abundan esas personas que minimizaron incluso en su momento los riesgos del coronavirus y que ahora reprochan que no se tomaran medidas. Sin embargo, e observado que se recurre a ese sesgo para autojustificarse y negar que sí hubo muchas personas, muchos expertos y mucho sentido común desperdiciado que en su momento señalaron la situación que muy probablemente tendríamos que afrontar. Y en vez de reconocer el error cometido y la ceguera ante lo obvio, se recurre al prejuicio de la retrospectiva al «a toro pasado» y al Capitán Aposteriori para justificar errores graves que cometió este o aquel gobierno o este o aquel opinador.

Es mucho más decente y sensato, como han hecho algunos periodistas en España, como Iñaki Gabilondo (Ya no se admiten más fallos) o Fernando Vallespín (No es país para viejos) o Almudena Grandes (aunque pide un Perdón autojustificatorio y acusador y cae en un sesgo que trataré más abajo), reconocer que se equivocaron y que no debieron decir entonces lo que dijeron, es decir que fueron víctimas de diversos sesgos, el más evidente  el de la ideologización de la realidad y la polarización, sesgos de los que he hablado en Contra el coronavirus, deja de lado tus prejuicios ideológicos.

Este sesgo de recurrir al Capitán Aposteriori  o sesgo retrospectivo, lo bautizaré aquí con este nombre:

El sesgo de los sesgos: consiste en recurrir a los sesgos cognitivos para justificarnos y para desactivar las críticas sensatas y quitarnos la responsabilidad por los errores que hemos cometido. Por favor, lectora o lector, no cometas ese error. Aprende de los errores, no los justifiques, aprende a pensar mejor, al menos para la próxima vez. Recuerda esa frase de San Agustín que cito constantemente: «La discusión es la única batalla en la que el que pierde, gana».

Y añado, como propina, dos sesgos muy importantes. Al primero lo podríamos llamar:

Sesgo de la ucronía: consiste en decir que si hubieran sido otros los que hubieran gobernado, lo habrían hecho igual o peor. La ucronía es una utopía que imagina un pasado diferente del que fue, por ejemplo, El hombre del castillo, en el que Philip K.Dick imaginó que la Alemania nazi y el Japón fascista habían ganado la Segunda Guerra Mundial y se habían repartido el territorio de los Estados Unidos. Puedes leer el libro, siempre delicioso como todo lo de Dick o ver la adaptación en serie en Amazon.

Ese sesgo es precisamente la primera de las fórmulas lógico-mágicas del Kit de supervivencia para casos extremos, que aparece en mi próximo libro Cómo triunfar en cualquier discusión (que estaba a punto de publicarse pero que, a causa del coronavirus) se retrasará, no sabemos hasta cuándo.

Pues bien, lo siento, pero si no pretendes ser un polemista tendencioso, debes recordar que en política no se puede juzgar lo que alguien «habría hecho si hubiese estado allí» sino tan solo lo que ha hecho aquel que sí que estaba allí. El What if o Qué hubiera pasado sí… es terreno para fabuladores como Philip K.Dick, no para el mundo de la responsabilidad y la exigencia política. Sólo podemos juzgar lo que ha hecho y como mucho lo que «podría haber hecho» quien tenía la posibilidad de hacerlo. Porque recurrir a lo que habría hecho otro si hubiese estado allí (eso es lo que hace Almudena Grandes en su Perdón) no es un argumento válido cuando se trata de dilucidar responsabilidades políticas.

Imaginar lo que habría hecho otro (nuestro enemigo ideológico) es otro sesgo que también puedes encontrar en la letra Q de mi diccionario para polemistas:

Sesgo de Quién lo dice:

Así que, insisto, no tomes todo lo anterior como un reproche o una polémica partidista, sino que intenta observarte a ti mismo y la situación con más objetividad, sensatez y rigor. Y con menos sesgos cognitivos.


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Contra el coronavirus, deja de lado tus prejuicios ideológicos

Un mensaje dirigido en especial a quienes me lean en América. Se acercan tiempos difíciles, y situaciones que casi con total certeza serán, dentro de días o semanas, muy semejantes a la que sufrimos ahora en España. No cometáis los mismos errores, no subestiméis la pandemia. Tened en cuenta que el problema fundamental ahora no es la letalidad de la enfermedad y su comparación con la gripe, sino su concentración en pocos días y el colapso casi inevitable de cualquier sistema de salud. Por eso hay que pensar con serenidad, actuar con decisión y no dejarse llevar por los sesgos ideológicos.

La lucha contra el coronavirus no es una cuestión de ideologías. En algunos países hay ahora gobiernos considerados de derechas, en otros hay gobiernos considerados de izquierdas. En algunos hay gobiernos populistas, en otros hay gobiernos casi dictatoriales. En algunos se persigue a la prensa o a la oposición y en otros existen ciertas garantías legales. Pero sea cual sea el gobierno, nosotros, los ciudadanos, no debemos reaccionar ante el coronavirus de manera ideológica.

Es decir, no debemos decir “Sí, señor” a todo lo que diga nuestro gobierno simplemente porque coincidimos ideológicamente con ese gobierno. Ni debemos rechazar las recomendaciones sensatas porque procedan de un gobierno con el que no coincidimos ideológicamente. Sea cual sea el gobierno que nos ha tocado en suerte, lo haga bien o lo haga mal, debemos extremar las medidas de precaución, aislamiento y distancia social. No debemos reaccionar como monos de laboratorio por simpatías o aversiones hacia nuestros dirigentes (ver Contra el coronavirus es bueno exagerar)

Está claro que no debemos contribuir a la crispación, ni extender el pánico o la polémica innecesaria e insultante, pero eso no quiere decir en ningún caso que debamos bajar nuestra exigencia crítica, y mucho menos que los periodistas o políticos dejen de lado su labor de vigilancia de todo lo que hagan los gobiernos. Ahora bien, los ciudadanos solemos echar la culpa a los políticos (siempre a los del otro bando, claro), a la prensa (a la que no dice lo que nos gusta escuchar), pero no solemos observarnos a nosotros mismos: nosotros somos los responsables de estar informados.

Debemos mantenernos informados. Y para mantenernos informados la fuente más fiable siguen siendo los periódicos. Las grandes cabeceras de los periódicos nacionales e internacionales. Twitter no es una fuente fiable, los mensajes de Whatsapp no son una fuente fiable, las discusiones y polémicas de Facebook no son una fuente fiable, Russia Today y las noticias procedentes de Rusia no son una fuente fiable, y tampoco lo son las procedentes de China.

También tenemos que tener criterio para distinguir la información de la opinión. Hay medios que se inclinan en su línea ideológica hacia la izquierda o hacia la derecha pero que son fiables en lo que se refiere a la información. Por ejemplo, The Wall Street Journal frente a The New York Times o The Washington Post. Los tres son informativamente fiables. En España podemos mencionar ejemplos similares, como El País y ABC, La Vanguardia, El periódico y El Español. Se podrían decir muchas cosas negativas de la línea editorial de todos ellos, pero ofrecen el mínimo de fiabilidad informativa exigible. Cada uno tiene sus sesgos ideológicos, pero son en un alto porcentaje fiables en lo que se refiere a la información.

Lo anterior no quiere decir que no haya fuentes confiables en nuevos medios o redes sociales, sino que es más difícil de identificarlas (quien sepa de nuevas fuentes fiables, puede indicármelo en un comentario)

Y por supuesto, lo más conveniente, no solo en estos momentos del coronavirus, sino en cualquier momento, es leer dos o más medios confiables de diferente espectro político, para corregir los sesgos que la tendencia de uno y otro puedan ejercer no ya sobre la información, sino sobre la selección de noticias. Si tan solo lees un periódico de la tendencia política que a ti te gusta, no te enterarás de muchas noticias importantes. Así que, al menos durante estos meses, aparca tu ideología e  infórmate de verdad, sin anteponer tus odios o tus tendencias ideológicas. Porque los mayores responsables de nuestra desinformación no son los medios, sino nosotros mismos.

Como dije en una entrada anterior, si usas internet o las redes sociales para buscar la información que ya sabías que querías obtener, no te estás informando, sino tan solo reafirmando tus prejuicios.

Informativamente fiables no quiere decir que nunca se equivoquen. Por supuesto que lo hacen, y se podrían hacer críticas durísimas a errores que todos esos medios cometieron en el pasado, pero tienen mecanismos de control que no tienen las noticias anónimas ni las que proceden de países en los que no existen libertades públicas o prensa libre y libertad de información e investigación. No se trata de seleccionar lo ideal o perfecto (algo que no existe ni nunca ha existido), sino simplemente de lo más confiable frente a lo nada confiable.

Solo puedo mencionar lo que conozco un poco mejor, en cuanto a periódicos y medios de comunicación medianamente fiables: en Italia, La Repubblica, en Gran Bretaña The Guardian, la BBC; en Francia Le Monde, Le Figaro, Liberation. En España los que mencioné más arriba, cada uno con sus sesgos ideológicos, pero en la línea de lo informativamente fiable (si me equivoco en alguno de ellos y me das buenos argumentos, corregiré mi error). Pero, insisto, no los elijas por ideología: te recomiendo que tomes como referencia un medio conservador y otro progresista (uno de izquierdas y uno de derechas, o como tú prefieras denominar esa tópica dualidad). Y aprende a distinguir entre información y opinión, entre descripción e interpretación: aunque no estés de acuerdo con la interpretación de una noticia, no por ello desestimes la noticia. Aunque no te guste la línea editorial o los colaboradores de opinión, lee con atención los datos. No te engañes a ti mismo o a ti misma.

Este es un cuadro muy interesante en el que se ve el sesgo ideológico pero también, y eso es lo importante ahora, la confiabilidad de los medios. Los que están en el círculo gris son los medios más confiables. Los que están en la parte de arriba y en el recuadro verde son los más confiables, mientras que los que están en la parte de abajo son los más tendenciosos y, sobre todo, menos fiables.

Lamentablemente, el cuadro se refiere solo a medios de Estados Unidos, pero estoy buscando un documento que vi hace tiempo con una lista de medios de muchos países. Espero encontrarlo pronto y subirlo.

[Por Vanessa Otero]

Seguramente (si vives en Estados Unidos o consultas estos medios, no estarás de acuerdo en cómo se han clasificado a algunos de tus favoritos, pero, aunque los criterios de Vanessa Otero sean discutibles aquí o allá (ella misma introduce poco a poco modificaciones), la razón de que no te guste cómo han clasificado a tus medios favoritos será, casi sin ninguna duda, tu propio sesgo ideológico. Intenta dejar de lado tus prejuicios ideológicos e infórmate a través de medios confiables que no sean solo los de tu ideología. Y no desinformes con noticias no contrastadas. Puedes ayudar a los demás no solo tomando precauciones ante el coronavirus, sino también no contribuyendo a la irresponsabilidad y  la desinformación.


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Contra el coronavirus es bueno exagerar

En estos momentos [23 de marzo de 2020] en los que se multiplican las recomendaciones y se propagan todo tipo de versiones acerca de cómo reaccionar ante el coronavirus, creo que la más básica es: en lo que se refiere a las medidas de protección, exagere. Exagere todo lo que pueda.

La exageración no suele ser lo más sensato en la mayoría de las situaciones, pero es uno de los mejores mecanismos del humor y es también lo más aconsejable ante una pandemia como esta.

Desde el principio de la propagación del coronavirus, la mayoría de la gente estuvo en contra de la exageración. Yo mismo fui motivo de burla por quienes decían que exageraba y que no era para tanto. Ahora todos o casi todos pensamos que sí que era para tanto. Pero todavía quedan muchos a los que les gusta presumir de sensatez, “de no dejarse llevar por la histeria”, y que desestiman medidas de protección bajo el argumento de que “no hay que exagerar”. Pero sí. Sí que hay que exagerar.

Hay que exagerar, insisto, en las medidas de protección, en la responsabilidad social, pero no hay que exagerar en el pánico, en los mensajes alarmistas ni en los ataques personales o políticos, porque estos son tiempos de solidaridad y de fraternidad, de colaboración y de ayuda mutua, como decía el anarquista Kropotkin, de demostrar que somos, no ya soldados (nunca me gustaron las metáforas bélicas) sino ciudadanos. Ciudadanos responsables.

Intentaré recordar algunas de las cosas que se repiten bajo el lema «No hay que exagerar».

Las mascarillas

Le dirán, por ejemplo, que las mascarillas no sirven para nada.

No es verdad. Sirven. Y sirven mucho. Es obvio que las buenas sirven más, pero también sirven las malas. El virus se trasmite de muchas maneras y una de ellas es el aire. Es cierto que las mascarillas son de utilidad más en espacios cerrados que al aire libre (por eso las llevan los médicos). También es cierto que las mascarillas no garantizan que no vayamos a ser contagiados si las llevamos. Por supuesto, pero no cometa la falacia lógica de pensar que porque no haya garantía total entonces son inútiles. Tampoco hay garantía total de que no contraigas la gripe si te vacunas (como hago yo todos los años en tanto que enfermo crónico del pulmón), pero las probabilidades de contraer la gripe se reducen en un porcentaje que varía según los años, pero que es muy significativo. Cuando tengamos vacuna contra el coronavirus, ponérsela no será garantía absoluta, pero sí reducirá de manera significativa el peligro de contagiarse.

Contágiate  de salud, pero no de la gripe (Comunidad de Madrid, 2019-2020)

¿El aire?

Ah, es verdad, que le han dicho que el virus no permanece en el aire.

Tampoco es verdad. Sí permanece. Según algunas investigaciones 30 minutos, según otras hasta tres horas. Tres horas en el aire y tres días en ciertas superficies.

Fuente:  https://elpais.com/sociedad/2020/03/13/actualidad/1584102347_992993.html

El virus, en consecuencia, se trasmite de muchas maneras, entre ellas por el aire (por las gotículas, no por el aire en sí), aunque no a grandes distancias.

Y como puede ver en la ilustración anterior, usted puede infectarse por coronavirus al tocar un envase, una bolsa de plástico en la que ha llevado sus alimentos comprados en el supermercado, en un billete que le han dado de cambio, etcétera.

Sigamos con las mascarillas

Por otra parte, la saliva procedente de alguien que habla con usted puede entrar por la nariz, por la boca o incluso por los ojos, así que si se puede poner gafas, mejor todavía. No hace falta que le escupan para que entre la saliva: aunque usted no lo note, cuando hablamos con alguien que está cerca recibimos microgotas invisibles procedentes de su saliva o de su aliento.

Le dirán que no es necesario mantenerse tan alejado de los demás

No es cierto. La distancia establecida de seguridad es un metro o metro y medio. En gran parte por las razones señaladas antes en lo referente a la transmisión. Pero científicos chinos consideran que esa distancia debería ser de cuatro metros y medio. ¿Tienen razón, no tienen razón? Lo sabremos más adelante, pero, por el momento, usted exagere todo lo que pueda.

En definitiva, si usted piensa que no hace daño a nadie paseando en solitario por la calle, se equivoca. Si no está contagiado, puede contagiarse: por el aire, por la barandilla de la escalera, por el pomo de la puerta del portal, incluso aunque sea una posibilidad ínfima, por los zapatos (recuerde que se los tendrá que quitar con las manos, y después quizá se las lleve a la nariz sin darse cuenta). Y en caso de que sí esté usted contagiado (a lo mejor lo está y no lo sabe todavía), puede trasmitirlo de las mismas maneras. Más sobre esto más adelante.

De nuevo las mascarillas

Volviendo a las mascarillas, hay que decir que otra forma en la que nos protegen es porque es una de las mejores maneras de evitar tocarse la cara: la boca y la nariz (si lleva gafas también los ojos). Y por cierto, el coronavirus también puede entrar por las orejas. Se me dirá: ¡qué exageración! ¡Si yo apenas me toco las orejas! Pero piense usted en los celulares o móviles y en cuántas veces los toca y cuántas veces se lo lleva a la oreja.

Ministerio de Salud de Colombia

Y no es necesario (o quizá sí lo sea) hablar de otros orificios corporales. Lea la última frase de esta imagen.

No piense que ya se conocen todas las vías y maneras de transmisión: no se conocen con total seguridad, aunque sí se sabe mucho. Se sabe en principio que no lo trasmiten los mosquitos (¡menos mal!), pero como puede ver por la ilustración anterior, se pensaba al principio que no se transmitía por las heces pero después se descubrió que sí. Sigamos exagerando, por si acaso.

Sobre todo, siga estas recomendaciones básicas e incluso exagérelas un poco, porque desde que se publicaron la evidencia científica así lo aconseja.

Recomendaciones básicas para prevenir el contagio. Fuente:  https://elpais.com/sociedad/2020/03/13/actualidad/1584102347_992993.html

 

Le dirán que no son necesarios los test de coronavirus.

Toda o casi toda la evidencia señala en otra dirección: más bien parece que son absolutamente fundamentales, y que lo fueron en Corea del Sur y Taiwan, por ejemplo, para contener con éxito la epidemia. Recuerde que los asintomáticos son la causa del 80% de los contagios. Al no saber que tienen ya el virus, descuidan ellos y quienes les rodean las medidas de seguridad.

Fuente: La Vanguardia

Lea este artículo muy interesante de Javier Sampedro: Geometría de una pandemia.

Le dirán que la gripe mata más que el coronavirus

Este fue uno de los argumentos favoritos durante la expansión del coronavirus, en los primeros días en que desembarcó en Europa: «¿Qué exageración, si la gripe mata cien veces mas!». También lo dijo Trump. Pues sí, la gripe mata más. Ahora bien:

  • La gripe mata más por ahora: unas 600.000 personas al año, mientras que el Covid-19 lleva 16.000 hasta el momento, en unos tres o cuatro meses. No sabemos cuántas muertes podría causar el coronavirus si no se contiene. Podría ser la gran pandemia que estamos esperando desde la última de 1918. Puede que incluso con las radicales medidas que se están tomando las cifras acaben siendo espantosas. Si quiere saber más acerca de las pandemias, lea esta interesante serie que publicó El País (España), no ahora, ¡sino hace dos años!

Fuente: El País

  • Aunque la gripe mate a más personas a lo largo del año, no las mata a todas al mismo tiempo. Las UCI (Unidades de Cuidados Intensivos) no pueden atender a los afectados. En Italia (y quizá en España) los médicos han tenido que elegir a quiénes salvan y a quienes no pueden salvar. Personas con otras enfermedades no pueden ser atendidas. En fin, el colapso del sistema sanitario es completo, incluso en España, que tiene uno de los mejores sistemas sanitarios públicos (y privados) del mundo (el mejor, según algunos organismos).

Le dirán que todas estas cosas son posibilidades ínfimas

Tenga en cuenta que las posibilidades ínfimas de contagio se convierten en significativas cuando son millones de personas las que hacen varias veces al día esas cosas. Es una cuestión de números, de grandes números. Es muy improbable que usted obtenga un 12 al tirar dos dados, pero si lanza dos dados durante varias horas le aseguro que obtendrá el 12 muchas veces, incluso obtendrá de tanto en tanto 30 lanzando cinco dados. Ahora imagine a millones de personas lanzando los dados. Aunque la metáfora de la mariposa que agita sus alas en Malasia y provoca una reacción en cadena que acaba en un terremoto en San Francisco es quizá una exageración para ilustrar la teoría del caos, en el caso del coronavirus el aleteo de una mariposa, es decir, de una microgota descuidada en cualquier superficie, sí puede causar una reacción en cadena mortal. El profesor Hugh Montgomery explica en este vídeo de manera deslumbrarte cómo podemos ser responsables sin siquiera saberlo de 59.000 contagios.

[No he encontrado la versión con subtítulos en español, pero si entras en youtube los puedes activar: Hugh Montgomery]

No sea usted, no seas tú, uno más de esos irresponsables que creen que un paseo en solitario o irse a tomar un café no le hace daño a nadie.

¿Debe seguir las recomendaciones de las autoridades?

Sí, pero yo le recomiendo exagerar. Si su presidente le dice que no pasa nada por salir a la calle, no le haga caso: no salga o hágalo con la mayor de las precauciones. Si le dice que no pasa nada por hacer actos públicos, presentaciones, manifestaciones, mítines, o ir a los pubs, no le haga caso y rehuya esas reuniones con más gente. Si le dice que las mascarillas o los test del coronavirus no son necesarios, no le haga caso, lo más probable es que lo diga porque no dispone de mascarillas o test. Exagere en la seguridad, es decir, siga las evidencias que los científicos e investigadores del coronavirus nos están mostrando, y que puede encontrar en cualquiera de los medios nacionales o internacionales de toda la vida o en páginas web verdaderamente contrastadas.

No busque la información que usted quiere oír o leer, porque es seguro que la va a encontrar en la inmensa red que es internet, donde siempre podemos encontrar lo que deseamos encontrar.

Siga la información proporcionada por los medios tradicionales o por fuentes de internet absolutamente fiables. No busque alocadamente en medios que propagan teorías conspirativas. Y menos las difunda.

Conclusión

Exagere en las medidas de protección y seguridad. Exagere también en la ayuda a los demás, y exagere también en alejarse de la confrontación bronca, de los insultos personales, de la propagación de noticias alarmistas salidas de no se sabe dónde (no las difunda), de los reproches, de las peleas ideológicas, cuide a los ancianos y a las personas de riesgo, y recuerde que a veces una de la mejores maneras de protegerlas es mantenerse alejado de ellas y proporcionarles un medio seguro.

Si en su momento se hubiera exagerado, muchas personas hoy seguirían vivas. Si ahora exageramos, evitaremos que otras muchas mueran (muramos) en las próximas semanas.


Epílogo

Es obvio, que siguiendo estas recomendaciones, en muchas cosas exageraremos y que con el tiempo se demostrará que esto o aquello no era necesario. Pero no podemos saber en qué asuntos la exageración es inútil y en cuáles puede salvar vidas. Por eso, esto no es un elogio de la exageración, sino de la prudencia. Entiéndase de este modo: no se trata de tener razón, sino de prevenir lo imprevisible.


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