Un poco más sobre el respeto en Darwin

En Las teorías superadas he hablado del respeto que muestra Gould hacia las teorías de sus antecesores y contemporáneos. Respeto que se extiende incluso a las ideas que Richard Dawkins expresa en El gen egoísta,  a pesar de que la relación entre ambos científicos y divulgadores al parecer no era muy cordial.

Stephen Jay Gould y Richard Dawkins contemplan a Darwin

Este respeto no es frecuente y es un placer encontrar a personas inteligentes que además respetan a los demás. Allí cite algo que decía Samuel Johnson en su Prólogo a Shakespeare, y que es un ejemplo de esa tolerancia y respeto que tan poco se ve. Lo vuelvo a citar aquí:

“Puedo afirmar con absoluta franqueza de todos mis predecesores lo que espero que se diga de mí en el futuro: que ninguno ha dejado de mejorar a Shakespeare y que no hay ninguno con cuya ayuda o información no esté en deuda… a todos los he tratado con la consideración que unos a otros no han tenido la prudencia de dispensarse”.

Hace unos días, al leer un libro dedicado a Darwin, he leído esto que dice su hijo de él:

“Su consideración para con otros autores era una característica tan notable como su tono hacia el lector. Trata a todos los autores como a personas dignas de respeto. En los casos en que consideraba despectivamente al autor, como sucedía en los experimentos de un colega sobre la Drosera, se refiere a él de modo que nadie pueda sospechar aquel sentimiento. En otros casos, trata los escritos confusos de personas ignorantes como si se imputara la falta a sí mismo por no apreciarlos o comprenderlos. Aparte este tono general de respeto, tenía una agradable forma de expresar su opinión sobre el valor de alguna obra citada o su agradecimiento por alguna información privada.”

Conviene, creo, insistir, en que este respeto no tiene por qué confundirse con la hipocresía: podemos incluso sentir en un momento determinado una aversión profunda hacia alguien, por ejemplo hacia un político determinado, pero una cosa es sentir esa aversión y otra muy distinta la manera de expresarla. Del mismo modo, también podemos sentir un apetito desmesurado, pero no por ello nos echamos encima de la comida como lobos (al menos en público), o podemos sentirnos atraídos poderosamente hacia una persona, pero no por eso nos abalanzamos sobre ella con violencia.

La manera de expresar la aversión no es sólo una muestra de respeto hacia la persona odiada, sino también hacia nuestros interlocutores, que se merecen algo mejor que una sucesión de exabruptos y una mayor prueba de sensibilidad e inteligencia que el insulto gratuito y la descalificación maniquea. Y creo también que es una muestra de respeto hacia nosotros mismos, pero eso me llevaría más tiempo argumentarlo.

Francis Darwin (a la izquierda) junto a Francis Galton

El hijo de Darwin explica otra ventaja del respeto mostrado por Darwin:

“Su sentimiento de respeto no sólo era admirable, sino también, creo, de utilidad práctica para él, pues le hacía propenso a considerar las ideas y observaciones de todo tipo de personas. Solía excusarse, casi, por esto y decía que en principio se inclinaba a valorarlo todo demasiado.”

Yo también tiendo a sobrestimar a los demás, pero prefiero equivocarme antes que seguir el lema “Piensa mal y acertarás”. Triste acierto el no dar un margen de confianza a los demás.

Otra cosa es que uno sepa que puede sobrevenir la decepción. Como decían los estoicos:

“Si vas a una fiesta, piensa que alguien puede pisarte, otro empujarte, el de más allá derramarte una copa de vino encima. Ese tipo de cosas suceden en las fiestas, así que, si sabes que pueden suceder, cuando sucedan no reaccionarás con cólera y violencia”.

Esta benevolencia, que yo creo indispensable, no significa falta de juicio crítico. Sobre esto dice Francis Darwin (el hijo de Charles Darwin):

“Era un gran mérito por su parte el que, a pesar de tener tan gran respeto hacia lo que leía, contara con el más perspicaz de los instintos en cuanto a determinar si una persona era o no digna de confianza. Parecía formarse una opinión muy definida sobre la precisión del autor de cada libro que leía, y aplicaba este juicio para elegir los datos a emplear en demostraciones o como ejemplos. Me daba la impresión de que él consideraba muy valiosa esta capacidad para decidir sobre la fiabilidad de una persona.”

 

 


(Publicado en Tsuresureguza el 10 de octubre de 2004)

Las teorías superadas

Stephen Jay Gould trata a menudo un asunto que me interesa mucho: la continua injusticia hacia los teóricos del pasado, a los que se elimina del debate intelectual sin tan siquiera conocer qué pensaban realmente. Se repiten las descalificaciones maliciosas, las burdas parodias de sus ideas, que nos los presentan como si se tratara de verdaderos estúpidos.

Especialmente llamativos son los casos de Goldschmidt y Cuvier, que menciona Gould (ver La estructura de la evolución, 511ss).

Muchas veces he lamentado la fácil descalificación y la manera tramposa en la que se exponen las ideas de los “derrotados” en el debate intelectual. Me alegro de que Gould no lo haga y que respete y exponga con justicia incluso las ideas que él mismo rechaza.

Gould llama “modelo de cartulina” a lo que en Elogio de la infidelidad  llamé  “crear un monstruo” y que otros llaman “crear un espantapájaros”, es decir, crear un enemigo  ridículo e incapaz de responder a nuestros golpes dialécticos. Usé en cierta medida ese método en un capítulo del Elogio, pero advirtiendo al lector de mi truco. A decir verdad, no creé un monstruo o modelo de papel, sino que tan sólo elegí un defensor de la fidelidad que me permitía mostrar los extremos a los que puede llegar la defensa de la fidelidad. Me acusé, por lo tanto, en falso, pero lo hice para no dar una importancia desmesurada al ejemplo elegido (el samurai autor de Hagakure). Por otro lado, si encuentro a alguien que defienda con vigor y buenos argumentos la fidelidad, lo añadiré a mi ensayo o en la página de Internet dedicada al libro, porque a mí, como creo que a Gould (y sin duda también a Darwin), me gusta mucho más convencer que vencer. Y convencer a un enemigo poderoso mucho más que a un muñeco de cartón piedra.


NOTA. 29 de septiembre de 2004:

Samuel Johnson dice algo muy parecido a lo de Gould acerca del respeto a los antecesores. Puedes leerlo en Samuel Johnson: Prólogo a Shakespeare, pero también lo reproduzco aquí:

“Puedo afirmar con absoluta franqueza de todos mis predecesores lo que espero que se diga de mí en el futuro: que ninguno ha dejado de mejorar a Shakespeare y que no hay ninguno con cuya ayuda o información no esté en deuda… a todos los he tratado con la consideración que unos a otros no han tenido la prudencia de dispensarse”.

 


(La Palma, septiembre 2004)

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Mi teoría de la evolución

Antes de empezar a leer, en el verano de 2004, las más de 1400 páginas de La estructura de la evolución, de Stephen Jay Gould, decidí escribir lo que opinaba de la teoría evolutiva. Ahora hago públicas esas notas, aunque soy consciente de que mis opiniones acerca de este asunto poco pueden interesar a cualquier otra persona.

En primer lugar, debo admitir que me gusta hacer este tipo de experimentos. Por ejemplo, antes de hacer la carrera de filosofía cogí un libro de texto típico de historia de filosofía y escribí lo que opinaba de cada teoría y filósofo, para luego poder comprobar si mis ideas cambiaban o no tras la carrera.

Este tipo de pruebas o exámenes previos al estudio me interesan porque siempre decimos: “Yo pienso eso desde hace 10 años”, o “desde toda la vida”, pero a menudo eso es mentira. Ni siquiera nosotros sabemos que estamos mintiendo. La memoria nos engaña, por muy claras que veamos las cosas en nuestro recuerdo. Así que si uno escribe algo y lo fecha, después puede comprobar si su memoria es buena o mala y demostrar, si hace falta o le interesa, que pensaba esto o lo otro. Yo escribo desde los 13 o 14 años montones de cosas porque padezco logofagia, una enfermedad que si recuerdo bien la mención de Ortega y Gasset, padecía Scheler, entre otros muchos (yo mencionaría a Leibniz entre los más ilustres). La manía de escribir me permite constatar que he pensado muchas cosas que ahora me causan asombro, para lo bueno y para lo malo.
La ventaja de hacer públicas las ideas en una página web (por cierto habría que encontrar un sinónimo a esto de página web que es un término un poco absurdo) es que no puedes hacer trampa con la fecha: hay maneras de comprobar en qué fecha se publicó algo, incluso aunque luego le cambies la fecha..

A partir de este punto, lector, puedes dejar de leer esta entrada, que te resultará un poco aburrida, pero si continuas leyendo, conviene que sepas que estas son las opiniones de un diletante y un aficionado, no las de un científico.

Apunto aquí, a vuelapluma lo que recuerdo que opino, muy sintetizado, acerca de la teoría de la evolución y de la evolución en general.

MI VISIÓN DE LA TEORÍA DE LA EVOLUCIÓN

1. Creo que los organismos evolucionan y no fueron creados tal como son ahora por Dios o lo dioses, sino que proceden unos de otros.

2. Creo que la evolución actúa por medio de la selección natural
Explicado de manera sencilla: los entes que mejor se adaptan al medio tienen más posibilidades de reproducirse. De este modo actúa la selección natural sobre los organismos.

3. La selección natural actúa sobre todo
Antes he dicho entes u organismos para no decir: genes, individuos, grupos o especies.
Una de las discusiones acerca de la selección natural es si la selección opera sobre genes, grupos, familias, individuos, especies, etcétera.
Es difícil tener una opinión definida al respecto, pero me da la impresión de que mi opinión se podría expresar más o menos así:

a) No creo que la selección natural opere sólo sobre uno de estos entes.

b) No creo ni siquiera que sea muy correcto decir que la selección”opera” o “actúa”. Simplemente, las cosas suceden:
–los genes se reproducen, unos mejor que otros
–los individuos se reproducen, unos mejor que otros
–las especies o los grupos se reproducen o mantienen, unos mejor que otros.
Etcétera.

Creo que en cada nivel (genes, individuos, grupos…) los organismos se reproducen y que unos lo hacen mejor y otros peor. Pero me da la impresión de que no hay un sujeto concreto y único de la evolución.
A veces un cambio evolutivo se produce debido a una característica muy específica de los genes, en otras ocasiones debido a una característica muy específica de los individuos, etcétera.

Ejemplo tonto número 1:
Aunque un individuo posea genes potencialmente mejor adaptados al medio, de nada le valdrán y no logrará reproducirse si otro individuo con genes peores tiene un cuchillo y lo asesina. Sería absurdo pensar que lo genes del tipo del cuchillo eran más aptos que los del otro. ¿Por qué? Porque incluso podemos suponer que el tipo del cuchillo, después de matar al otro no siquiera se reprodujo y el beneficiado fue un tercero que no tuvo arte ni parte.

4. Dicho lo anterior, en general me inclino a pensar que es más determinante en el proceso selectivo el individuo que el gen, la especie o el grupo. Naturalmente, se pueden encontrar ejemplos de selección de grupo que se impone fuertemente a la selección individual: el holocausto de millones de judíos por los nazis echa por tierra la aptitud o no aptitud de los judíos para reproducirse.

Al poner el ejemplo anterior, era consciente de que el holocausto no es un mecanismo biológico, pero sí es algo que sucedió y que explica que una población determinada, los judíos de Europa, se redujera de manera drástica, algo de lo que no se ha recuperado. Había países, como Polonia en los que, si recuerdo bien, llegaba al 25% de la población. (comentario en 2011)

Paradojas de este tipo se pueden encontrar a montones: una especie que ha triunfado durante siglos, como los conejos australianos, es aniquilada por gatos traídos de Europa. El pájaro dodó de la isla Mauricio es exterminado por los europeos, no a causa de la competencia por un nicho ecológico ni para servir de alimento, sino por ser “feo”.

Según parece, un alto porcentaje de personas no son hijos de sus padres (quizá entre un 5 y un 10 por ciento, pero creo que más). Eso significa que la familia García, por ejemplo, está manteniendo y ayudando a reproducirse a unos genes que no son los suyos.

Este ejemplo puede servir para apoyar la teoría del gen egoísta (los genes son el sujeto de la selección) pero es fácil darle la vuelta al argumento si nos ponemos en el lugar de la familia García, que mantiene su apellido aunque sea con genes ajenos.

Del mismo modo se podría interpretar la adopción: desde el punto de vista del adoptado se apoya la teoría del gen egoísta (quizá) pero desde el punto de vista de los adoptantes todo lo contrario.

En cualquier caso, desde el punto de vista biológico, que es el que aquí nos interesa, lo que se refuerza es la teoría de los genes (comentario en 2011).

5. Pienso que, en general, el sistema que engloba a otro determina más el proceso selectivo que el englobado o comprendido por él. En este sentido me parece más importante el individuo. Sin embargo, el grupo o la especie, no me parece que estén por encima del individuo (lo que quizá sea contradictorio por mi parte). Me parece que más allá del individuo no se puede hablar con absoluta propiedad de organismos sometidos al proceso evolutivo.

6. Creo, de todos modos, que este no es un simple problema de perspectiva: no creo que la tarea de la ciencia sea salvar los fenómenos a la manera de lo que decía Ossiander en el prólogo al De Revolutionibus de Copernico.

Creo que la ciencia se refiere a un mundo exterior y que, aunque sería perfectamente posible hacer hoy en día una astronomía tolemaica y geocéntrica con montones de epiciclos y ecuantes que se ajustase a los fenómenos observados, ello no impediría seguir pensando que es más verdadera la explicación heliocéntrica del sistema solar con los planetas trazando elipses alrededor del Sol.
En una ocasión le dije a un amigo que el reduccionismo de Dawkins al considerar al gen el sujeto evolutivo se podría extender a los átomos o a los fotones: son ellos quienes compiten. No le gustó la idea entonces, pero ahora mantiene que las explicaciones basadas en el gen o en el individuo o en lo que sea son equivalentes y que es sólo un punto de vista que se puede elegir. Yo no estoy de acuerdo porque empleé lo de los fotones como argumento de reducción al absurdo, no para probar que cualquier explicación es válida. No creo que sea un problema de perspectiva o punto de vista. Parece claro que casi todo lo que se explique con individuos se puede explicar con los genes, pero hay que recordar lo de la astronomía tolemaica y la copernicana. La ciencia no puede afirmar la verdad absoluta, creo, pero tampoco decir que todo depende, al menos no siempre, del punto de vista.

7. Creo que el cerebro es un producto de la evolución y que algunas de sus características son también un producto más o menos directo de la selección natural. Pero no todas.
Es decir, creo que los sistemas complejos pueden, gracias a su complejidad, hacer cosas para las que no parecían destinados (que no fueron favorecidas específicamente por la selección).

La última aclaración entre paréntesis tiene como objetivo disipar cualquier tentación teleologista, es decir el sostener que un cambio evolutivo tiene un propósito que descubriremos en el futuro (la causa final aristotélica) [comentario en 2011]

En particular, considero que aunque puede haber diferencias biológicas entre hombres y mujeres tal vez debidas al proceso evolutivo, dada la complejidad del cerebro humano (masculino y femenino) esas diferencias pueden ser y son borradas casi de un plumazo por la educación y la cultura. Creo que esto es tan evidente por simple observación de la realidad que me asombra que todavía se dude de ello.

8. Creo que los genes influyen en el comportamiento pero que esa influencia puede ser corregida y casi anulada por la cultura y la educación.

9. Creo que no todas las características de los seres vivos tienen su causa en la selección natural. Considero que algunos cambios favorecidos por la selección natural han traído consigo otros que no fueron provocados directamente por ella.

10. Creo que los factores que más influyen en la selección natural son la mejor o peor adaptación al medio, las mutaciones o transcripciones erróneas del código genético y el azar.

11. También creo que en el proceso evolutivo influyen grandes catástrofes biológicas.

12. No considero adecuado emplear términos o ideas psicologistas para referirse al proceso evolutivo. Ni siquiera me parece adecuado lo de “supervivencia del más apto” (que es una idea que hace casi imposible escapar de la tautología).

13. Tampoco creo que se deban emplear ideas teleológicas (finalistas, con una meta u objetivo) que dan a entender que el proceso evolutivo se dirige de manera más o menos consciente a algo: no cambian, mutan o se reproducen los entes para llegar a algo, sino simplemente a causa de algo: se han adaptado al medio, les favorece el azar, se ha producido una mutación y los individuos mutados se reproducen mejor en ese medio concreto.

14. Tampoco creo en el lamarquismo, que es la manera en la que el 90% de los no expertos en biología ven el proceso selectivo. No es raro, puesto que el propio Darwin fue un poco lamarquiano (lo que es comprensible, pues no conocía el gen). Por cierto, que me encantaría que fuese cierto el lamarquismo.

La razón por la que me encantaría es que ello permitiría heredar la memoria y ser, en cierto modo, inmortales. Se cuenta algo parecido en mi cuento “La memoria de los siglos”, de Recuerdos de la era analógica. [comentario en 2011]

15. Pienso que es posible que exista verdadero altruismo, el apoyo mutuo entre individuos, grupos o especies. En particular entre los seres humanos. Sé que esta es posiblemente mi opinión más heterodoxa. Soy consciente de ello y de su poca contrastación científica, pero no puedo evitar pensarlo. Ahora bien, no creo que el altruismo sea el factor selectivo determinante ni mucho menos, aunque creo que sí es más importante en la especie humana que en otras especies.

16. Todas esas cosas no son propiamente una cuestión de creencia a la manera de fe o deseo. No es que yo prefiera el individuo por razones éticas frente al gen o la especie (que lo prefiero): es que creo que está más fundamentado hoy por hoy. Pero cambiaré de opinión con mejores razones y argumentos (no con deseos o dogmas).

17. En este asunto, como en casi todo, desconfío mucho de las explicaciones que lo explican todo y en particular de los reduccionismos (que reducen todo a único factor), como la teoría del gen egoísta. El ingenio explicativo es en biología quizá el más asombroso de todos los que conozco, exceptuando las ideologías: cualquier cosa se puede explicar y justificar.

18. Acerca de los memes, me remito a mi ensayo Memes, mundos e Ideas platónicas, donde queda bastante claro qué es lo que opino.

Como todavía no me he comenzado a leer el libro de Stephen Jay Gould, quizá escriba alguna cosa más sobre la evolución si me acuerdo de algo más.

 


(Publicado el 22 de julio de 2004 en Seingalt, diario secreto)

LA ESTRUCTURA DE LA EVOLUCIÓN

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CUADERNO DE BIOLOGÍA

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BREVÍSIMA INTRODUCCIÓN A LA EVOLUCIÓN MOSCA Y CAJA

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Autobiografía de Charles Darwin

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Escribí esta recensión del libro de Darwin en 1997 en el número 3 de mi revista Esklepsis. Años después fui añadiendo comentarios, que indico en esta entrada. En cualqueir caso, no se trata de un artículo, sino de una serie de notas apresuradas de lectura.

 


 

Charles Darwin - Autobiografía

Charles Darwin Autobiografía Alianza Cien, Madrid.1993

Autobiografía de Darwin, escrita para sus hijos. El autor se muestra contenido y ecuánime en sus opiniones acerca de los demás y de sí mismo, y parece revelar una integridad que otras veces he visto en los científicos, al opinar acerca de su obra y sus méritos.

Dice que influyó en su vocación científica la lectura de dos obras: Personal Narrative (Relato íntimo) de Humboldt e Introduction to the study of natural philosophy de sir J.Herschel:

“Durante mi último año, leí con atención y profundo interés Personal Narrative (Relato íntimo) de Humboldt. Esta obra y la Introduction to the study of natural philosophy de sir J.Herschel suscitaron en mí un ardiente deseo de aportar aunque fuera la más humilde contribución a la noble estructura de la ciencia natural” .

Recomienda mucho Principios de Geología, de Lyell (43 y), quien parece un tipo interesante:

“Tenía muy buen corazón y era enteramente liberal en sus creencias; aún así era firmemente teísta. Su candidez era muy notable. La pone de manifiesto el hecho de que aceptara la teoría de la evolución, siendo así que se había hecho famoso por su oposición a las opiniones de Lamarck; y eso, cuando ya era anciano”. Me recordó que hacía muchos años, cuando discutíamos sobre la oposición de la vieja escuela de geólogos a sus nuevos criterios, yo le había dicho: “qué bueno si todos los científicos murieran a los sesenta años, ya que después es seguro que rechazarían toda nueva doctrina” .

 

“Yo me había pronunciado en favor de la acción del mar (en una rada) porque de acuerdo con el nivel de nuestros conocimientos en aquellos tiempos, no era posible ninguna otra explicación; y mi error fue una buena lección que me enseñó a no confiar jamás en el principio de exclusión en el terreno científico” (51) (la teoría correcta sería la de los lagos glaciares de Agassiz).

Darwin desarrolló trabajos puramente teóricos y deductivos, como el de los arrecifes coralinos, que fue concebido “antes de haber visto un verdadero arrecife de coral” (52), pero también en el más puro espíritu baconiano:

“trabajé sobre verdaderos principios baconianos y, sin ninguna teoría, empecé a recoger datos en grandes cantidades, especialmente en relación con productos domesticados, a través de estudios publicados, de conversaciones con expertos ganaderos y jardineros y de abundantes lecturas” (66).

Su resumen del asunto de la prioridad con Wallace es muy sincero, admitiendo que el ensayo de aquél contenía “una teoría exactamente igual a la mía” (68).

Como libros favoritos y de viaje tenía La excursión, de Coleridge, y El Paraíso perdido de Milton. Le parece maravillosa la obra de C.K.Sprengel El secreto de la naturaleza descubierto, y admirable una obra de G.Bell sobre las expresiones.

Cuenta también sus disputas con Fitz-Roy en el Beagle, una de ellas a propósito de la esclavitud “que él defendió y alabó, cosa que yo abominaba”, insiste en el asunto al criticar duramente a Carlyle, cuyas opiniones sobre la esclavitud “eran repugnantes”.

Hay una opinión acerca del avance de la ciencia que suele atribuirse a Einstein y también a Kuhn, pero que Darwin formuló antes:

Me recordó [Lyell] que hacía muchos años, cuando discutíamos sobre la oposición de la vieja escuela de geólogos a sus nuevos criterios, yo le había dicho: “qué bueno si todos los científicos murieran a los sesenta años, ya que después es seguro que rechazarían toda nueva doctrina.

Ello significa que para que un nuevo paradigma, en terminología kuhniana, llegue a imponerse plenamente, se tienen que morir de viejos los defensores del antiguo paradigma. Pero no siempre es así, espero.

Es beneficioso demorar la publicación de un libro pues “tras un largo intervalo, una persona puede criticar su propia obra casi tan bien como si fuera de otro” (80).

Dos consejos muy buenos:

Durante muchos años he seguido también una regla de oro, a saber, que siempre que me topaba con un dato publicado, una nueva observación o idea que fuera opuesta a mis resultados generales, la anotaba sin falta y enseguida, pues me había dado cuenta por experiencia de que tales datos e ideas eran más propensos a escapárseme rápidamente de la memoria que los favorables.

En 2000 añadí este comentario a la primera cita, la de la regla de oro:

A menudo, es cierto, sólo encontramos aquello que buscamos. Nuestros prejuicios y expectativas condicionan nuestra observación y solemos ser ciegos a todo aquello que va en contra de nuestras hipótesis.

Y en 2004, en el blog Love at first byte, comenté el comentario anterior:

Tengo la sensación desde hace un tiempo de que este problema, que es semejante al punto ciego del que habla Goleman, se ha acentuado con el cambio de siglo y que se está extendiendo cada vez más una manera de ver el mundo que sólo es capaz de contemplar la parte iluminada. Iluminada por la propia linterna del que mira.

Sobre su manera de escribir, dice:

Parece que hay una especie de fatalidad en mi mente, que me induce a empezar expresando de forma equivocada o torpe mis afirmaciones o proposiciones. En otro tiempo solía pensar las frases antes de escribirlas, pero desde hace varios años he descubierto que ahorro tiempo garabateando páginas enteras con la mayor rapidez posible y con malísima letra, abreviando la mitad de las palabras, y corrigiéndola luego pausadamente. A menudo las frases escritas aprisa de este modo son mejores de las que pudiera haber escrito tras larga meditación.” Y continúa diciendo sobre su método de trabajo: “primero hago un grosero esquema de dos o tres páginas y luego uno más extenso en algunas más, en el que pocas palabras o una sola representan toda una disquisición o una serie completa de datos. A su vez, cada uno de estos títulos es ampliado y a menudo cambiado de lugar antes de empezar a escribir in extenso.

Este es también mi método de trabajo habitual. Por cierto, que en lo del estilo, creo, como Darwin, que es importante no querer hacer literatura, sino buscar la mejor manera de contar algo de manera comprensible. Ya sé que esta es una afirmación demasiado general, pero se verá claramente lo que quiero decir si examinamos precisamente un escrito autobiográfico como el de Darwin, escrito para sus hijos y sin cuidar el estilo. Naturalmente, la idea de que puede ser leído por otras personas siempre está presente, pero el estilo es directo, sin artificios ni trucos literarios, lo que no impide que resulte muy ameno y bien escrito. Todo esto no quiere decir tampoco que no me gusten los escritos con fuerte carga estilística (por ejemplo, algunos de Alejo Carpentier), pero, salvo contadas excepciones, prefiero los otros, insistiendo, sin embargo, en que esta búsqueda de cómo contar algo claramente no está ni mucho menos reñida con la brillantez literaria.

Se lamenta Darwin de su pérdida de sensibilidad estética:

Esta curiosa y lamentable pérdida de los más elevados gustos estéticos es de lo más extraño, pues los libros de historia, biografías, viajes (independientemente de los datos científicos que puedan contener) y los ensayos sobre todo tipo de materias me siguen interesando igual que antes. Mi mente parece haberse convertido en una máquina que elabora leyes generales a partir de enormes cantidades de datos; pero lo que no puedo concebir es por qué esto ha ocasionado únicamente la atrofia de aquellas partes del cerebro de la que dependen las aficiones más elevadas. Supongo que una persona de mente mejor organizada o constituida que la mía no habría padecido esto, y si tuviera que vivir de nuevo mi vida, me impondría la obligación de leer algo de poesía y escuchar algo de música por lo menos una vez a la semana, pues tal vez de este modo se mantendría activa por el uso de la parte de mi cerebro ahora atrofiada. La pérdida de estas aficiones supone una merma de felicidad y puede ser perjudicial para el intelecto, y más probablemente para el carácter moral, pues debilita el lado emotivo de nuestra naturaleza.

Yo tengo desde hace unos años bien presente este peligro, y por eso me impongo lo que Darwin se impondría de vivir de nuevo: leer literatura, poesía, historia, escuchar música, etcétera. Leer sólo libros científicos llega a limitar grandemente la capacidad de percepción emotiva y la sensibilidad, produciendo una vida intelectual poderosa pero seca.

Mi memoria  también se asemeja a la de Darwin:

Mi memoria es amplia pero poco clara: sólo basta para alertarme, advirtiéndome vagamente cuando observo o leo algo que se opone a la conclusión a la que estoy llegando, o, por el contrario, algo que la favorece, y generalmente después de cierto tiempo puedo recordar dónde he de buscar mi fuente. En un determinado aspecto mi memoria es tan mala que nunca he sido capaz de retener una sola fecha o un verso durante más de unos pocos días.

A mí me sucede que a menudo sé más de lo que puedo recordar. Es decir: sé que sé algo, pero no recuerdo los detalles que demuestran ese conocimiento. Así que o me callo, o muestro mi disconformidad pero sin poder apartar pruebas. Y normalmente, la seguridad con la que muchas personas dicen las cosas, me hace no plantear cuestiones de las que tengo una gran seguridad, puesto que me parece de mal gusto oponerse vehementemente a una idea sin aportar argumentos de ningún tipo. Así que actúo como el del chiste: “Pues no será”. A las pocas horas o días, suelo recordar esos datos o saber dónde debo buscarlos y casi siempre confirman mi opinión.

Continuamente me he esforzado por mantener libre mi mente a fin de renunciar a cualquier hipótesis, por querida que fuera, en cuanto que se demostrara que los hechos se oponían a ella (y no puedo evitar formarme una respecto de cada tema)… Por otra parte, no soy muy escéptico -condición intelectual que creo perjudicial para el progreso de la ciencia. Es aconsejable un cierto escepticismo en un científico para evitar mucha pérdida de tiempo, pero me he encontrado con no pocas personas a las que estoy seguro que este escepticismo ha impedido llevar a cabo experimentos u observaciones que hubieran resultado directa o indirectamente útiles.

 


(Publicado en Esklepsis 3 en 1997. Escrito entre 1993 y 1995)

Comentarios recibidos en Caracteres

Este mes se publicará La autobiografía de Darwin, sin censurar, para conmemorar el bicentenario de su nacimiento.
http://lamazarcuta.blogspot.com/2009/01/la-autobiografa-de-darwin-sin-censurar.html
Una obra que nos acerca a las facetas más personales del célebre naturalista.

estuvo muy bueno y entrete me parecio super bueno eso es todo

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Esta página, que ya tiene el honor de albergar la Enciclopedia de Filosofía de Bolsillo Mosca y caja, se complace ahora en presentar, el e

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SOBRE LA ESTRUCTURA DE LA EVOLUCIÓN, de Stephen Jay Gould

CUADERNO DE CIENCIA

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Dawkins: genes, memes y determinismo

Richard Dawkins ha publicado un nuevo libro que parece muy interesante: El relato del ancestro. He leído algunas entrevistas que le hacen con motivo de la aparición del libro y parece que Dawkins está abandonando progresivamente su determinismo genético (que defendiera en El gen egoísta), tal vez porque la reciente lectura del ADN ha sido un duro golpe para quienes confiaban en los genes para explicarlo todo. En su nuevo libro da mucha importancia al sexo como factor evolutivo y parece considerar seriamente la posibilidad de que ciertas características que poseemos sean casi accidentales o al menos un efecto colateral de ciertos cambios en la especie. En definitiva parece considerar diversas causas y mecanismos en el proceso evolutivo.

También, creo, ha moderado su entusiasmo por los memes y ahora dice lo que decía al principio: que sólo se trata de una metáfora para ilustrar la idea de que no todo proceso selectivo tiene por qué ser necesariamente biológico. Su actual moderación le hace acercarse a muchas de las ideas de su rival Stephen Jay Gould. Todavía no sé cuál es o será la reacción de los seguidores de Dawkins que adoran los memes (en la red los memes son todavía la moda del momento).

 

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[Publicado el 2 de diciembre de 2004]

 El azar y la necesidad

De las fascinantes paradojas y contradicciones alrededor del azar, la necesidad y el destino quise hablar en 2014 en la página Divertinajes, o quizá no lo quise, sino que me fue impuesto por una necesidad metafísica o por el golpear causal o casual en el interior de mi cerebro. Aquí he añadido otros textos relacionados con el azar y la necesidad, es decir, el determinismo y el indeterminismo.

Dawkins: genes, memes y determinismo

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Aquiles y Áyax se la juegan en Troya
Homéricas /008

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Cómo ganar a los dados a un tonto

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Lo que sí está en los genes

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Casualidades

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El azar y la necesidad

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Casualidades causales

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Pi y la Biblioteca

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Cicerón, el estadístico

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La columna de fuego

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Tersites y Palamedes, las leyes del azar
|| Homéricas /007

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Análisis retrospectivo y física cuántica en el problema del determinismo y el indeterminismo

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La narrativa y las casualidades significativas

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El rey indio que se apostó a sí mismo

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El azar y la necesidad

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CUADERNO DE BIOLOGÍA: Charles Darwin

Es obvio que no soy muy original en mi admiración hacia Darwin, lo que resulta muy razonable, puesto que es posiblemente el científico más importante que ha existido nunca. Su teoría de la evolución quizá no tenga la sofisticación teórica de las leyes de Newton, o de la relatividad de Einstein, pero posiblemente ha sido la teoría que más ha influido en la sociedad. Acabó casi por si sola con la religión revelada, aunque algunos (entre ellos quizá mil millones de musulmanes) todavía no se han enterado de la noticia.

Además de ser un gran científico, un escritor delicioso y ocurrente, sensato, prudente y arriesgado, valiente y moderado, modesto y respetuoso, fue, creo, una gran persona. En el sentido en el que lo decía Antonio Machado: “Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”.

Siento hacia Darwin algo más que admiración, se trata más bien de una  especie de amor y de respeto que quizá me haga menos receptivo a sus errores, como me sucede con otros pensadores a quienes amo. La verdad es que no recuerdo ahora nada que me disguste en Darwin, excepto el uso que algunos han hecho de su teoría (lo que no es culpa suya, creo) y los errores que pudo cometer aquí y allá, como nos sucede a todos. Me gusta de manera especial la manera en la que él mismo consideraba las implicaciones de su teoría. Aquí hay un ejemplo en una carta a su hijo:

“Una palabra más sobre las “leyes diseñadas” y los “resultados no intencionados”. Veo un ave que quiero comerme, cojo mi escopeta y la mato. Esto lo hago intencionadamente. Un hombre bueno e inocente está de pie bajo un árbol y un rayo lo mata. ¿Tú crees (y de verdad me gustaría oírlo) que Dios mató intencionadamente a ese hombre? Muchas personas, tal vez la mayoría, lo creen; yo no puedo creerlo y no lo creo. Si tú crees eso, ¿crees que cuando una golondrina atrapa a un mosquito, Dios planeó que esa golondrina atrapara a ese mosquito concreto en ese instante concreto? Yo creo que el hombre y el mosquito están en la misma situación. Si ni la muerte del hombre ni la del mosquito estaban planeadas, no veo ninguna razón para creer que su nacimiento o formación original estuviera necesariamente planeado”.

Es curioso que uno de los errores de Darwin parece ser que fue un poco lamarckiano. Resulta curioso que quien refutó el lamarquismo llegase a considerarlo como posible. Pero no es tan extraño si tenemos en cuenta que una abrumadora proporción de las personas no especializadas en biología interpretan hoy en día la evolución desde un punto de vista lamarquiano, cometiendo una y otra vez el error de creer en la transmisión de los caracteres adquiridos. Yo creo que en el caso de Darwin su leve lamarquismo era una prueba de su amplitud de miras y su falta de dogmatismo, pues en su época ni siquiera se conocían los trabajos de Mendel ni por supuesto la teoría del gen. De hecho, tiempo después de la muerte de Darwin, el darwinismo llegó a considerarse erróneo durante 10 o 15 años. Ya hablaré de todo esto.

2017
Por otra parte, en años recientes se ha introducido en la teoría evolutiva un cierto tipo de lamarquismo curioso pero razonable, que creo, además, va en la línea de las cosas que decía Darwin. Me refiero a los rasgos epigenéticos, que pueden trasmitirse a la descendencia. No es lamarquismo en el sentido de caracteres adquiridos mediante el esfuerzo del individuo pero si pueden ser considerados características heredables adquiridas por la acción de un individuo que se trasmiten a su descendencia, por ejemplo, la no activación de un gen debido a una mala alimentación.


[Publicado en 2004]


 

CHARLES DARWIN

El método de trabajo de Darwin y el mío

“Parece que hay una especie de fatalidad en mi mente, que me induce a empezar expresando de forma equivocada o torpe mis afirmaciones o proposiciones. En otro tiempo solía pensar las frases antes de escribirlas, pero desde hace varios años … Sigue leyendo

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Pues bien, ¿cómo sabe que ahora esas leyes sí están relacionadas con el mundo real? De todos modos, aunque creo que las teorías de Lorenz son más o menos correctas, cada vez cobra más fuerza en mí la idea de que el mundo real no existe. !Ojo! No estoy hablando de solipsismo. Solamente digo que nosotros vemos unos aspectos del mundo y otras especies pueden ver otros. Eso no quiere decir que nosotros o esas especies veamos algo falso. Es imposible ‘ver’ , por ejemplo, a un hombre desde el punto de vista holista (es decir, como un único organismo) y, al mismo tiempo, ’verlo’ átomo a átomo.

Eso no significa que el hombre compuesto de átomos sea falso, y tampoco que lo sea el individuo contemplado como tal. Así, supongamos que nuestros ojos tuvieran la potencia de microscopios poderosísimos y, en vez de ver personas, viésemos agrupaciones de átomos o de moléculas. ¿Estarían las leyes de nuestro aparato cognoscitivo relacionadas con el mundo real? La respuesta, seguramente sería “Sí”, para Lorenz. Pero, ¿y sí nuestros hipotéticos sentidos captasen la ‘realidad’ de una manera que ahora no podemos intuir, pero que quizá descubriremos dentro dos mil años? En fin.


[Textos 079. ¿1986?]

Biología

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