Craven y Cuervo


Craven y Cuervo son dos personajes que aparecen aquí y allá en mis páginas. Suelen viajar conmigo por el mundo y se presentan cuando menos se les espera. Algunas veces, a últimos de diciembre, son los que felicitan el año nuevo. Han participado en dos juegos con los lectores: Craven interactivo y Craven visto por…

Aquí puedes ver todas las páginas en las que hay una historieta de Craven, o apenas un dibujo en un mantel, una servilleta o una dedicatoria en un libro.


CRAVEN

Comienzo de Craven

Acerca de


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Craven preocupado

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El haiku de Cuervo

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¡Mira a tu alrededor!

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Craven y Liliana

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Otra vida

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Craven, ¿eres tú?

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¿Por qué estamos aquí?

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Accidentes eróticos

Craven y Cuervo visitan la Escuela


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¿A quién le importa?

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En busca de la identidad

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CRAVEN: FELICITACIONES Y RAREZAS

Viñetas alternativas de ¡Mira a tu alrededor!

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Felicitación a Bruno en 2005

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Siniestro

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Craven en Venecia

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Quién toca esta web me toca a mí

Etimología platónica de Il Saggiatore


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El azar y la necesidad

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Craven y Cuervo

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CRAVEN INTERACTIVO/CRAVEN VISTO POR…

CRAVEN VISTO POR…. Claudio Méndez

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Craven visto por…. Nuria Tesón

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Una historieta de Craven interactiva

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Daniel Tubau ha muerto
Craven interactivo: OGRO

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Craven visto por…. Rosi Legido

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Craven visto por…. Aitor Méndez

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Craven visto por…. Marcos Méndez

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Craven visto por…. Bruno Tubau

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Craven visto por…. Rafael Aguilar

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Sacro y profano

CUADERNO DE VENECIA

Hace unos días (en 2005) paseaba con mi querida Ana por Venecia, buscando un lugar en el que cenar. A los dos nos gusta mucho caminar, recorrer calles, descubrir rincones más o menos ocultos, explorar las ciudades durante horas y horas.

Venecia es una de las pocas ciudades del mundo en la que no hay coches, así que el paseante puede moverse feliz y despreocupado, evitando, tan sólo, caer a los canales.

Una calle de venecia

Al pasar junto a una esquina, vimos un pequeño local y miramos la carta. Había un ingrediente que no sabíamos traducir y dio la casualidad de que allí estaba, en la puerta, el dueño del local, quien nos lo tradujo amablemente al inglés. Siempre nos toman por ingleses, o al menos por personas procedentes de algún lugar en el que se habla inglés. El hombre nos dijo que aquello estaba muy bueno y que podíamos entrar a cenar si nos apetecía. Sin embargo, yo preferí seguir inspeccionando un poco la zona.

Tras dar unas cuantas vueltas decidimos que aquel lugar era el más apetecible y regresamos. También porque nos había caído muy bien el hombre, ya que, aunque nos invitó a pasar como lo podría haber hecho cualquier dueño de restaurante, lo hizo de una manera simpática.

sacroeprofano

Todavía quedaba una pequeña mesa junto a la barra. Fue una suerte, porque, una vez que entramos, nos quedamos al instante enamorados del local. Un sitio pequeñito con apenas cinco mesas, una gran barra por detrás de la cual se llegaba a una cocina que no se veía, pero que debía ser pequeña, y las paredes llenas de cuadros y objetos de todo tipo. Los restauradores italianos, me parece, tienen una habilidad semejante a la de los franceses para conseguir que en un espacio mínimo uno se sienta a gusto e incluso acepte con humor tener que moverse de tanto en tanto para que el camarero pueda pasar. Es lo que los chinos llaman feng shui, pero aplicado a la convivencia. Las contraventanas, las mesas, la barra, eran de madera, lo que contribuía a darle calidez al lugar.

Cenamos unas sardinas deliciosas preparadas de manera semejante a los boquerones en vinagre, un plato de berenjenas y queso y unos espaguettis con pulpitos (pero en vez de pulpitos me los sirvieron con gambas, aunque no me quejé). De vez en cuando hablábamos con el camarero y dueño del local, que anunciaba los pedidos a alguien que estaba en la cocina, y él mismo servía los platos. Al parecer sólo trabajan allí dos personas.

Desde el primer momento, y no sé por qué, le caímos bien al dueño. Un señor flaco , muy flaco, pequeño, risueño, con gafas y bigote. Le hicimos muchas preguntas acerca del menú y él nos iba diciendo en inglés lo que era cada cosa. Pero se partía de risa. Y nosotros con él.

Sonaba música italiana en un aparato de cd portatil y barato. Música ligera, como Mala femmena o Roberta, de Pepino di Capri.

Roberta, de Pepino di Capri

Salió por fin el cocinero, un hombre gordo, con barba, a fumarse “una cigaretta” fuera del local. Ahora está prohibido en Italia fumar dentro de los locales, lo que es un verdadero descanso y placer para los ojos y los pulmones, así que a menudo se ve gente en la calle, que no es que esté tomando el aire bajo las gélidas temperaturas, sino disfrutando de otro placer, o vicio, según como se mire.

Profesores fumando a la puerta del colegio

El cocinero regresó. La cosa se fue animando a medida que pasaban los minutos. El camarero charlaba con los americanos y con nosotros. De pronto vuelve a salir el cocinero y exclama en medio del restaurante que aquello es un escándalo, que vaya música, que estamos en Venecia y lo único que suena es este “laralalá laralá”, que se supone que lo que hay que escuchar en Venecia es a Albinoni. Así que quitó el disco y puso a Albinoni. El hombre era tan gracioso que nos reíamos a carcajadas. El camarero enrojecía de la risa.

El flaco decía del gordo que era enorme, salió a la calle y regresó con la figura de un angelote y dijo que su socio tenía la panza como ese angelote y que cómo iba a presumir de veneciano si tenía la cara morena de un siciliano. El cocinero explicó que el restaurante se llamaba Sacro é Profano porque él era el profano y su socio el sacro.

El disco de Albinoni estaba rayado, así que el que el camarero lo reiniciaba de tanto en tanto, lo que era motivo de risas también. Oímos tres o cuatro veces el principio del adagio. Profano nos contó un chiste relacionado con los toros:

__Los toros no gustan a todos en España.

__Claro que sí.

__Yo conozco a uno que no le gustan.

__¿A quién?

__Al toro.

Al ver que me había comido los supuestos spaguetis con pulpitos y creer que yo sabía italiano (porque conocía casi todas las canciones) me aclaró que no quedaban pulpitos y que me había puesto gambas. Seguramente había pensado que el cliente no se daría siquiera cuenta de la diferencia.

Profano nos contó que había sido fotógrafo de artistas como Mina y Celentano. Hablamos de la muerte de Luigi Tenco. Tenco se suicidó en el Festival de San Remo, por causas nunca aclaradas; el cocinero dijo que por gelosia (celos por su novia Dalidá), otros dicen que porque su canción Ciao amore no entró entre las finalistas. Aquel suicidio terrible hizo que su amigo Gianni Paoli dejara de cantar durante varios años.

Luigi Tenco, siempre recordado

Así que también escuchamos la deliciosa canción más conocida de Gino Paoli, aunque quizá no llega a ser la más hermosa, de su maravilloso repertorio.

Gino Paoli, Sapore di sale

Nos sirvieron grappa, nos dieron a probar quesos deliciosos, bebimos y brindamos de mesa a mesa con los tres americanos (dos chicos y una chica) y con los dos franceses (chico y chica). Algunos empezamos a cantar, sobre todo los dos socios y yo, aunque Ana también tarareaba algunas conocidas. El camarero hizo la broma de echarme una moneda como si yo fuera “una jukebox”, porque me las sabía todas.

Profano se situó en el puesto de DJ (ya estaban servidas todas las comidas) y puso música americana y francesa de Serge Reggiani. Por fin pudimos cantar absolutamente todos con el Je ne regrette rien, de Edith Piaf.

Edith Piaf, Je ne regrette rien

 El flaco y sacro, que se llamaba Marino, nos contó que había estado en China, y la chica francesa también nos mostró su recorrido en un mapa. Marino había llegado de Asia hacia ocho años y fue en ese momento cuando Profano abrió el restaurante y le convenció para que fuera su socio.

Estuvimos allí hablando de pie y cantando durante mucho rato, apurando el último limoncello, fumando ya con las puertas cerradas, Sacro y Profano, Ana e incluso yo, que no suelo fumar. Sería imposible que yo ahora pudiera recordar todo lo que pasó en esa maravillosa noche. Nos despedimos tras darnos los correos electrónicos con Sacro y Profano, y salimos con los dos franceses, de los que nos despedimos en el puente del Rialto.


[Publicado por primera vez en diciembre de 2005]

CUADERNO DE VENECIA

Cuadernosdeviaje-grande

Dejemos que Venecia se hunda

Un poema de mi amiga Marina Pino

Llueve con furia sobre la augusta ciudad de Venecia

lo que significa que llueve dos veces

sobre esta ciudad podrida y condenada,

edificada sobre la nada de las aguas

que hoy empujan con violencia el vaporetto

contra los topes neumáticos de la parada

en medio de los gritos del pasaje asustado y ciego.

En San Marco, donde un viejo ofrece

impermeables de plástico por pocas liras,

el agua llega ya hasta las rodillas

y es un sálvese quien pueda

cuando me refugio en una trattoria

en el momento mismo en que algo se desploma

en algún sitio

y varios pasquines con la leyenda “Venecia se hunde:

salvémosla”

navegan calle abajo como un scherzo despiadado.

“Ay, señor -comenta el dueño del café-,

los venecianos nacemos a bagno

y morimos a bagno come il baccalà

Dicen que somo raros. Y yo me digo:

¿Como no ser raros en una ciudad rara”.

                                                              Marina Pino

Venecia y las coincidencias

CASANOVA

Pensaba hace unos días en escribir algo acerca de las coincidencias y enumerar algunas de las que he encontrado al leer la segunda parte de las memorias de Elias Canetti. Por otra parte, después de regresar de Venecia, me apetecía escribir acerca del veneciano Casanova. Cuando me disponía a hacerlo, he encontrado en mi camino una coincidencia. Así que escribiré, al mismo, tiempo acerca de las coincidencias y acerca de Casanova.

Si visitas de vez en cuando esta página, ya sabrás que me gustan mucho las coincidencias (Coincidencias significativas, Coincidencias con Proust). Es cierto, pero me gustan en particular dos tipos de coincidencias y, por el contrario, me interesan muy poco las de un tercer tipo.

El primer tipo de coincidencias que me gusta es el de las coincidencias puras:

Vas caminando por una calle, enfrascado en la lectura de un libro, y te tropiezas con alguien que también va enfrascado en la lectura de un libro. Descubres entonces que estáis leyendo el mismo libro y que vais por la misma página. Por si esto fuera poco, resulta que en el libro (en los dos libros coincidentes de cada uno de vosotros) se habla de dos que chocaron leyendo el mismo libro.

Esta es sin duda una hermosa coincidencia, aunque las coincidencias puras suelen ser más sencillas.

El segundo tipo de coincidencias es el de las coincidencias explicables, aquellas que, cuando se examinan de cerca, pierden parte de su carácter casual y resultan ser fenómenos bastante razonables:

Vas a una conferencia acerca del filósofo Franz Brentano y camino del lugar piensas en un amigo de la universidad al que hace años que no ves. Llegas a la conferencia y encuentras a ese amigo entre el público: “¡Menuda coincidencia, estaba pensando en ti hace cinco minutos!”

Sin embargo, enseguida te das cuenta de por qué estabas pensando en ese amigo: a los dos os gustaba Brentano cuando ibais a la universidad. Es perfectamente razonable que, viviendo en la misma ciudad y teniendo esa misma afición, los dos hayáis acudido a una conferencia acerca de Brentano. En realidad, una conferencia acerca de Brentano es una de las ocasiones más probables que tenías de volver a encontrarte a ese amigo alguna vez.

Muchas de las casualidades que nos asombran son de este tipo, incluso las que parecen más asombrosas, como soñar con alguien y verlo día siguiente. Parece extraordinario a primera vista, pero probablemente cada noche pasan por nuestros sueños decenas o centenares de personas, así que es lógico que, de vez en cuando, veamos a una de ellas al día siguiente. Lo verdaderamente extraño es que no nos suceda casi cada día.

También es fácil que cuando suene un teléfono pasen por nuestra mente diez o doce posibilidades acerca de quién está al otro lado. Cuando descolgamos, descubrimos que habíamos pensado en esa persona, pero olvidamos (porque ni siquiera fuimos conscientes de ello) que habíamos pensado también en otras nueve personas.

Otro fenómeno que han detectado los investigadores es la inserción de un recuerdo posterior al hecho: aunque creemos recordar algo, nuestro cerebro lo ha creado y nos lo ofrece como si ya existiera desde hace un rato.

Pero, aunque explicadas, estas coincidencias siguen siendo hermosas. Muy hermosas, porque, como decía Demócrito: “Es preferible encontrar una ley causal [es decir, no casual] que convertirse en rey de los persas”.

En cuanto al tercer tipo de coincidencias, las que no me gustan, son las llamadas coincidencias significativas: aquellas que se interpretan como causadas por la influencia de los astros o de un destino escrito no se sabe dónde ni cómo, y por no se sabe quién.

Este tipo de coincidencias, o de explicación de las coincidencias, me parece una muestra lamentable de pensamiento perezoso que, por otra parte, priva a las coincidencias de todo su interés. A mí me gusta el azar más o menos inexplicable o bien la necesidad más o menos férrea a partir de causas y efectos bservables o deducibles. Esos son los dos polos entre los que se mueven, con diversas variantes y en muy diversas formas y mezclas, las coincidencias que me gustan.

Uno de los filósofos presocráticos al que más cercano me siento y al que ya he citado un poco más arriba, Demócrito, decía: “Todo es fruto del azar y la necesidad”. Con la inspiración de esa frase, el biólogo francés Jacques Monod escribió su hermoso libro El azar y la necesidad. Lo que dicen Demócrito y Monod es más o menos lo que pienso yo. Por eso me resisto a la vulgarización de las coincidencias significativas, cuando las coincidencias son interpretadas como señales de algún tipo de Dios o Destino que, por alguna extraña razón, decide no mostrarse a plena luz.

Las peores explicaciones de las coincidencias, de todos modos, son aquellas que ni siquiera recurren a un Dios que juega al escondite, sino que se atribuyen a los astros: “Esto ha sucedido porque yo soy sagitario y tú cáncer”; o las que alientan supersticiones tan simplonas como no pasarse un salero o pensar que ver un gato negro trae mala suerte, como si hubiese una sincronía cósmica que conecta las líneas que parten de nuestra mirada y el cuerpo del gato… Podemos preguntarnos: ¿y da mala suerte si estamos de espaldas al gato?

Tres brujas con su gato. de Augustin Théodule Ribot (1823-1891)

Pues bien, pasando al segundo asunto, al leer la biografía de Elias Canetti he encontrado semejanzas o coincidencias asombrosas.  Algunas de esas coincidencias son simples coincidencias puras; otras son razonables puntos de encuentro causados por influencias comunes; muchas, finalmente, una mezcla entre ambos extremos. Pero espero y confío en que ninguna de ellas se deba a la conjunción de los astros. Una de ellas es que para los dos nuestro libro favorito sea La epopeya de Gilgamesh.

Por otra parte, como dije al principio, quiero mencionar una pequeña pero curiosa coincidencia que he descubierto al hojear mis libros del veneciano Giacomo Casanova, porque aquí quería escribir no sólo de las coincidencias, sino también de Venecia.

Aparte de las Memorias de Casanova, de las que tengo once tomos en español y francés en tres ediciones diferentes, también tengo bastantes libros acerca de él, entre ellos la biografía escrita por Stefan Zweig; Casanova último acto, de Schnitzler; Casanova o la pasión de fornicar, de mi amiga Marina Pino; Casanova un voyage libertin, de Chantal Thomas, o A propósito de Casanova, de Szentkuthy.

Pues bien, al hojear el libro de Szentkuthy, he descubierto en sus primeras páginas una foto en la que aparece él con una mujer y un hombre.

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Al leer el pie de foto he descubierto que el otro hombre era Antal Szerb. Cuando leí a Szentkuthy, Szerb era para mí un nombre sin significado, pero después, cuando viajé a Hungría, leí su libro El viajero a la luz de la luna. Me gustó tanto que llamé a uno de mis blogs La vorágine, siguiendo una idea que Szerb describe en ese libro.

De este modo, a través de este veneciano llamado Casanova he llegado por un tortuoso o al menos inesperado camino de nuevo a Venecia, siguiendo a un húngaro (Szentkuthy) que me ha llevado a otro húngaro, porque Szerb, curiosamente, inicia su novela en Venecia: “Todo empezó en Venecia, en los callejones”:

“Las calles eran muy estrechas, y desembocaban en otras calles todavía más estrechas, y según avanzaba, aquellas calles se volvían cada vez más estrechas y más oscuras” (Antal Szerb)

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Callejones de Venecia (foto de Daniel Tubau)

Y todo esto me ha hecho pensar que si Szentkuthy y Szerb eran amigos, como parece por la foto, es muy probable que el raro Szentzkuthy sea uno de los raros personajes que aparecen en El viajero a la luz de la luna, de Szerb.


[Publicado por primera vez en diciembre de 2005]

BIBLIOGRAFÍA

Miklos Szentkuthy, A propósito de Casanova (Siruela)

Antal Szerb, El viajero bajo el resplandor de la luna (Del Bronce)

Las memorias de Casanova (Historia de mi vida) están editadas más o menos completas en cinco tomos, de casi mil páginas cada uno, por Aguilar. En la colección Les Bouquins de Robert Laffont están editadas en cinco tomos en su versión original (Casanova las escribió en francés) y no expurgadas. La historia de la publicación de las Memorias de Casanova es en sí misma una aventura interesantísima.

En cuanto a los otros libros mencionados, los de Schnitzler y Zweig los tengo en viejas ediciones, pero es posible que se hayan reeditado, aprovechando el interés actual por estos dos escritores austríacos. Casanova, un voyage libertin, de Chantal Thomas, está editado en Folio.


CUADERNO DE VENECIA

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Toda la literatura en: El resto es literatura


GIACOMO CASANOVA

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Craven en Venecia

En un viaje que hice a Venecia hace unos años, tuve la suerte de presenciar junto a Ana Aranda  el encuentro del león de Venecia con Craven y Cuervo  sobre el mantel de un restaurante.

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Craven en un mantel veneciano

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El león de Venecia es desde hace muchos siglos el símbolo de la ciudad y representa a San Marcos en la alegoría clásica de los cuatro evangelistas. Esta curiosa historia la explica Marcos, no el evangelista, sino Marcos Méndez Filesi en una entrada magnífica: Un enigma de San Orso.

El leon de Venecia sobre el reino de Candia, por Boschini.

El león de Venecia sobre el reino de Candia (Creta), por Boschini.

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[Publicado por primera vez en diciembre de 2005]

Cuaderno de Venecia

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Craven y Cuervo