El pescador Urashima

Había una vez un joven pescador llamado Urashima que se paseaba junto al mar. Se disponía a regresar a su casa, para comer junto a su anciana madre cuando oyó los gritos de unos chiquillos.

__ Venga, corre, súbete tú también.

__¡Dale fuerte! –gritaba el otro-, pero no le golpees en el caparazón que esta muy duro y no se entera.

Temiendo que sucediera algo grave, Urashima corrió al lugar del que provenían las voces y vio junto a la playa a dos muchachos que estaban sentados encima de una tortuga gigante y la golpeaban con estacas para que caminase más deprisa.

__Dejad a esa pobre tortuga -dijo Urashima- no veis cómo sufre?

__Le haremos lo que nos dé la gana -replicó el más atrevido de los muchachos- ¿Es que acaso es tuya la tortuga?

__No, pero me da pena que peguéis a un animal inofensivo.

__¿Y a mí que me importa? -volvió a decir el muchacho-. La hemos encontrado nosotros.

__ Os daré dos monedas de bronce a cambio de la tortuga, ¿qué os parece?

Los dos muchachos se miraron y enseguida estuvieron de acuerdo en aceptar las monedas. Bajaron de la tortuga y se fueron corriendo a comprarse golosinas.

Urashima ayudó a la tortuga a volver al mar, empujando su pesado cuerpo, y el gran animal se sumergió en el agua. Antes de alejarse, se giró hacia Urashima y le miró agradecida.

__Parece que eres una tortuga muy lista -dijo Urashima-, pero la próxima vez ten más cuidado, porque no sé si yo estaré cerca para salvarte.

Al día siguiente Urashima estaba pescando mar adentro en su barca, cuando le pareció que alguien le llamaba: “Urashima, Urashima…”

“Debo estar soñando”, pensó el joven pescador y se dispuso a lanzar de nuevo la caña. Pero entonces volvió a escuchar aquella dulce voz: “Buenos días Urashima”.

Al girarse, Urashima vio que la tortuga se acercaba a la barca.

__Te debo la vida, amable Urashima –dijo la tortuga-. Se lo he contado a la reina de los mares y quiere conocerte, así que monta sobre mi lomo y te llevaré hasta ella.

Urashima se subió sobre la tortuga, un poco asustado pero preguntándose cómo acabaría la aventura. Y entonces la tortuga se sumergió en el mar.

Aunque creía que iba a morir, el pescador descubrió asombrado que podía respirar bajo el agua. A lomos de la tortuga, contempló paisajes extraordinarios de nácar y coral, peces de colas plateadas, doradas y azules, pulpos y tiburones que pasaban a su lado sin atacarle y, allí, en el fondo del mar, distinguió un hermoso palacio de madreperla rosada.

__Ya hemos llegado a la mansión de la reina de los mares -dijo la tortuga.

Urashima descendió junto  a las escaleras del palacio. La reina de los mares le estaba esperando en persona y decenas de muchachas miraban a Urashima y reían felices.

__Has salvado a uno de mis súbditos -dijo la bella reina de los mares-, y quiero agradecértelo. Puedes quedarte en mi reino todo el tiempo que desees.

__Gracias majestad -respondió Urashima, que estaba tan asombrado que no sabía que decir.

En los siguientes días, el joven pescador disfrutó de los más deliciosos manjares y de todo tipo de espectáculos, como las danzas de las sirenas.

Aunque era muy feliz en el palacio de la reina de los mares, Urashima también echaba de menos a su anciana madre y la sombra de los cerezos de su jardín.

__Majestad -le dijo un día a la reina de los mares- me habéis tratado muy bien, pero deseo regresar junto a mi madre para cuidar de ella.

__Eres libre para regresar cuando quieras -dijo la reina de los mares.

Intentando disimular la tristeza por ver a Urashima marcharse, la reina llamó a la dama tortuga.

__Lleva de nuevo a Urashima a su hogar.

Urashima montó en la tortuga, pero antes de despedirse, la reina se acercó a él y le dijo:

__Urashima, nunca olvidaré lo generoso que fuiste. Quiero darte un recuerdo de mi mundo.

Y la reina le entregó una cajita de laca marina, en la que se podía ver un paisaje de olas que cambiaban de color bajo un cielo azul.

__Con esta cajita podrás ser siempre feliz -le dijo la reina de los mares- pero acuérdate de que nunca debes abrirla, por mucha curiosidad que tengas.

Urashima le dio las gracias  a la reina y a lomos de la tortuga fue ascendiendo por el océano, entre corales de color rojo sangre y peces que le saludaban y decían:

__Ese es el generoso Urashima, que salvó a la dama tortuga de la reina de los mares.

Cuando llegaron a la superficie, la tortuga nadó hasta la playa y se despidió del pescador:

__Que tengas mucha suerte Urashima, y recuerda lo que te ha dicho la reina de los mares: nunca abras la caja de laca marina.

Urashima se despidió de la tortuga y corrió hacia su casa, deseando abrazar a su anciana madre. Pero al atravesar la aldea se quedó sorprendido por lo cambiado que estaba todo.

__Es como si éste no fuera mi pueblo -pensó Urashima.

Miraba a toda la gente y no conseguía reconocer a nadie. Además todos le miraban a como si fuera un extranjero. Al ver la plaza de los cerezos y el templo del dragón, se tranquilizó, aunque le sorprendió lo grandes que estaban los árboles. Urashima empezó a correr  y llegó a la casa de su anciana madre. Cuando llegó vio que la verja estaba cerrada y que el sauce había crecido muchísimo. Preocupado entró en el jardín, que encontró completamente descuidado y lleno de matorrales y malas hierbas. Los senderos, que su madre siempre limpiaba con esmero, estaban llenos de maleza y por todos lados correteaban ratones.

Entró en la casa, que parecía abandonada desde hacía mucho tiempo y buscó a su madre por todas las habitaciones, pero no la encontró. Angustiado, Urashima fue a preguntar a los vecinos y descubrió que no le conocían ni a él ni a su madre.

__Me parece recordar -dijo uno de ellos- que en esta casa vivía una anciana. Hace mucho mucho tiempo también vivía su hijo, un pescador llamado Urashima, pero creo que se ahogó.

Urashima no podía entender qué pasaba. Sólo había pasado tres años en el mundo de la reina de los mares, pero parecía que hubiera trascurrido un siglo. la gente vestía de manera diferente, incluso usaban algunas palabras que él nunca había escuchado. Aunque buscó a sus amigos por todo el pueblo, no encontró a ninguno.

__¿Qué es lo que ha sucedido? -se preguntaba con lágrimas en los ojos.

Recordó entonces la cajita de laca que le había dado la reina de los mares.

__Tengo que abrirla porque a lo mejor aquí está el secreto de lo que ha sucedido.

Se acercó pensativo a la playa con la cajita en la mano sin saber qué hacer, porque también recordaba que la reina de los mares le había dicho que no abriera nunca la caja. Sentado en una roca, mientras anochecía y el sol se ocultaba en el mar, decidió abrir aquel regalo.

En cuanto levantó la tapa de nácar, un humo espeso salió de la cajita y envolvió a Urashima, que al instante quedó convertido en un viejo de cien años. Sus manos se arrugaron, el pelo se le puso blanco y se sintió más débil que nunca. Entonces comprendió que para los seres del mar el tiempo pasa más lento que para los que viven en la tierra y que tres años en el palacio de la reina de los mares eran como cien años en el mundo de los seres humanos.

Urashima se dio cuenta de lo que había sucedido y quiso cerrar la caja antes de que todo el humo se evaporase, pero no pudo impedirlo, y lo único que oyó fue una voz que salía del interior: “Urashima, Urashima, no tenías que haber abierto la cajita de nácar, porque en ella estaban guardados tus años”.


Sobre este cuento he escrito unas reflexiones relacionadas con el trascurso del tiempo: La teoría de la relatividad de Urashima

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El Gobernador del sur es un ejemplo del tipo de narraciones que he analizado en mi ensayo El trascurso del tiempo en la ficción universal, pues en este caso, como sucede también en el cuento del pescador Urashima o en El cuento de Akinosuke, los personajes viven en el mundo paralelo, a veces soñado, otras imaginado, en ocasiones real pero de alguna extraña manera, en el que los años se comprimen en apenas minutos. El muchacho de este cuento chino se duerme junto a la acacia y sueña, y en su sueño trascurren años, pero cuando despierta descubre que sólo han trascurrido unos minutos, quizá una hora. En El pescador Urashima, sin embargo, sucede lo contrario, pues Urashima vive en un mundo submarino y cree que ha estado allí un tiempo más o menos breve, digamos unos meses, pero al regresar al mundo exterior descubre que han transcurrido muchos años mientras él estaba en el fondo del mar.

A muchos lectores los ejemplos anteriores sin duda les habrán recordado la célebre paradoja de los hermanos gemelos. Uno de ellos viaja en una nave espacial y el otro se queda en la Tierra. El hermano viajero pasa dos o tres meses en la nave, que viaja a una velocidad cercana a la de la luz. Cuando regresa a la Tierra y baja de la nave descubre que su hermano ha envejecido treinta o cuarenta años. Es la paradoja, propuesta por la teoría de la relatividad einsteniana, que fue utilizada en El planeta de los simios.

Ahora bien, al menos en el cuento El gobernador del sur, podemos observar que hay una correspondencia entre el tiempo del mundo paralelo, el de las hormigas, y el tiempo del mundo cotidiano, el de los humanos. Cuando él muchacho despierta y pasa varios días preocupado, el tiempo (aunque él no lo sepa) sigue trascurriendo aceleradamente en el hormiguero. Este es un detalle que quizá no se pueda apreciar plenamente en mi versión, pero sí en el original. Cuando Fen ve el hormiguero también descubre las huellas de guerra que ha tenido lugar con los sandalopitas (hormigas habitantes de un sándalo un poco alejado de la gran acacia en la que él ha vivido). Pero, junto a esta idea, está otra que quizá sea más interesante, por su carga de ironía dramática: queriendo salvar al Reino de la Gran Acacia, Fen descubre las raíces del árbol y  expone al reino a la inundación que viene con las lluvias.

Fen dice en una de las versiones del cuento: “Cada instante de los sueños parece alargarse y durar  lo que dura toda una vida”. Pero,a pesar de ello, tanto en esta fábula como en otras semejantes existe una coherencia en el transcurrir del tiempo. Es decir, podríamos elaborar una fórmula matemática para poner en correspondencia los minutos nuestros con las horas, días o años del hormiguero.

Quizá sea innecesario señalar que, al menos en este aspecto, estos cuentos coinciden con las verdaderas consecuencias de la teoría de la relatividad de Einstein, que no es esa que todo el mundo repite: “Todo es relativo”, como sinónimo de no hay nada que podamos comparar con otra cosa porque cada cosa tiene sus propias leyes. Al contrario, la teoría de la relatividad, que Einstein pensó llamar “teoría de las invariantes”, nos dice que todo es relativo, sí, pero relativo al sistema de referencia espaciotemporal (tres dimensiones espaciales y uan temporal) al que pertenece. Es decir, Einstein afirma que porque es posible poner en correspondencia el transcurso del tiempo en los diferentes sistemas. Para decirlo de manera un poco apresurada y torpe:

“Si me dices que en tu sistema inercial han trascurrido dos minutos y yo veo que en el mío han trascurrido dos años, entonces si ahora veo que en mi sistema han trascurrido cuatro años, sé también que en el tuyo han trascurrido cuatro minutos”.

Otra de las cosas nada relativas de la teoría de Einstein es precisamente que afirma que existe algo que no es relativo: la velocidad de la luz. Quizá valga la pena citar lo que escribía Bertrand Russell en El ABC de la teoría de la relatividad para deshacer esa opinión tan popular y tan errónea del “todo es relativo” como sinónimo de “nada es comparable”:

“Cierto tipo de hombre superior se siente orgulloso de afirmar que “todo es relativo”. Esto, naturalmente, es absurdo, ya que si todo fuera relativo, no habría nada relativo a ese todo. No obstante, sin caer en absurdos metafísicos, es posible sostener que todo en el  mundo físico es relativo a un observador. Esta idea, verdadera o no, no ha sido adoptada por la “teoría de la relatividad”. Quizás el nombre no sea lo más afortunado. Porque lo cierto es que ha llevado a confusión tanto a filósofos como a personas poco instruidas. Creen que la nueva teoría prueba que todo en el mundo físico es relativo, cuando la verdad es todo lo contrario. Intenta excluir lo relativo y llegar a una formulación de las leyes físicas que no dependan en ningún sentido de las circunstancias del observador.”

El aspecto interesante en el que podemos hablar de relatividad es, precisamente, el que se resume en un breve poema que cierra el cuento de Li Gongzuo:

“Cuanta más fama y poder tienen
más ciudades, más aldeas destruirán.
Pero un sabio pensaría al verlos:
son hormigas pululando sin parar”.

Una idea, la de que según nuestro punto de vista vemos la realidad de una u otra manera, que también se puede encontrar en el comienzo del libro Zhuangzi, como he explicado en El pájaro Peng.

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El gobernador del sur, además del trascurso del tiempo en un mundo paralelo, o si se prefiere en los sueños, contiene otro motivo literario clásico, el del propio sueño como explicación de lo que ha sucedido. Este es un recurso que ha sido muy utilizado y que a menudo es mal empleado, porque se limita a servir como deus ex machina final para solucionar algo inexplicable, pero cuando se emplea bien, como sucede en este caso o en el que tal vez sea uno de los primeros ejemplos, el delicioso El brujo postergado, del Infante Don Juan Manuel, es muy efectivo.

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He tratado también el tema del trascurso del tiempo en la teoría de la relatividad en mi comentario al libro Zhuangzi, (Chuang Tzu): El pájaro Peng.

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__Hijo mío -le dijo su padre-, como veo que no puedo convencerte de que te quedes en casa, te doy permiso para irte, pero llévate estas trescientas monedas, que quizá te harán falta para no pasar hambre.

El joven se puso en camino muy contento. Apenas había salido de su pueblo cuando vio a varios hombres que estaban golpeando a un perro.

__¡Esperad! -gritó el joven- no le hagáis daño. Os compró el perro por cien monedas.

Los hombres aceptaron el dinero, y el muchacho continuó caminando con el perro a su lado. Enseguida vieron a un campesino que le estaba tirando piedras a un gato.

__¡Espera! -gritó el joven- si dejas a ese gato en paz te daré cien monedas.

El campesino estuvo de acuerdo y el joven, después de darle las cien monedas, siguió caminando junto al gato y el perro. Esa misma noche vieron a dos soldados que estaban a punto de matar a una serpiente.

__¡Esperen! -grito el joven. Les daré cien monedas si no matan a la serpiente.

Los soldados cogieron las cien monedas y el joven siguió caminando con el perro, el gato y la serpiente. Ahora no tenía dinero y muchas veces le resultaba difícil conseguir comida. Un día, al verle muy preocupado, la serpiente le dijo:

__Yo soy la hija del rey de las serpientes. Como tú me has salvado, estoy segura de que mi padre te recompensaría si lo supiera.

__¿Dónde vive tu padre? -preguntó el joven-. Me gustaría conocerlo

__Si quieres acompañarme, yo te llevaré hasta su reino. Para llegar tenemos que lanzarnos a un pozo que está muy cerca de aquí.

El joven fue al pozo con la serpiente, se despidió del gato y el perro, prometiendo que regresaría pronto, y se lanzó con su amiga dentro del pozo.

__Escúchame bien -le dijo la serpiente mientras caían-, cuando mi padre te pregunte qué deseas como recompensa, respóndele que quieres el anillo mágico y el tazón y la cuchara encantada. Con el anillo podrás conseguir una casa con todos sus muebles, y con el tazón y la cuchara toda la comida y bebida que desees.

Cuando llegaron al fondo del pozo, Kamsa vio que había muchos pasadizos llenos de serpientes y que una de ellas llevaba una corona: era el rey de la serpientes.

__Jovencito -dijo el rey de las serpientes- sé que has salvado a mi hija, así que pídeme lo que quieras.

__Sólo quiero el anillo mágico y el tazón y la cuchara encantados.

El rey le dio el anillo, el tazón y la cuchara y el joven se despidió de la serpiente. Comenzó a trepar por el pozo y al salir encontró al gato y el perro, que se pusieron muy contentos.

__Ahora veremos si es verdad lo que me dijo nuestra amiga la serpiente -explicó el muchacho, y mirando el anillo pidió:- Quiero una hermosa casa.

Al instante apareció una casa impresionante, llena de jardines y balcones dorados. En la casa vivía una princesa más bella que la luna. Nada más verla, Kamsa quedó enamorado. Desde ese día, los dos jóvenes vivieron muy felices en la casa, pues nunca les faltaba comida y bebida gracias al tazón y la cuchara mágica. La joven, que tenía unos cabellos rojos como el fuego, se peinaba todas la mañanas y guardaba algunos cabellos en una cajita. Cuando la cajita estuvo llena, la tiró al río. Pero resultó que un príncipe que vivía río abajo encontró la cajita y, al ver los cabellos rojos, se enamoró al instante de la muchacha. Y eso que ni siquiera la había visto. Desde ese día, no podía comer ni dormir, pensando en ella a todas horas. Su padre estaba tan preocupado que llamó a una hechicera para averiguar qué le pasaba a su hijo. La hechicera descubrió enseguida cuál era la causa de la tristeza del príncipe, así que se disfrazó y fue a la casa de Kamsa. Le abrió la puerta la muchacha.

__Hola sobrina -mintió la hechicera- soy tu querida tía que he venido a verte.

La muchacha creyó que la hechicera era su tía, porque no la había visto desde que era una niña pequeña, y la invitó a quedarse unos días en la casa. El gato y el perro no estaban nada contentos, porque sospechaban algo, pero no dijeron nada. Un día, aprovechando que se había quedado sola en la casa, la hechicera buscó el anillo y, transformándose en una abeja, se lo llevó enseguida al príncipe.

__Con este anillo mágico -le explicó- podrás conseguir que la mujer que amas aparezca aquí al instante.

El príncipe cogió el anillo y dijo:

__Deseo que venga ahora mismo la mujer que más amo.

Y al instante la casa descendió, con la muchacha en ella. El príncipe se arrodilló delante de la hermosa joven y le pidió que se casara con él. Como la muchacha sospechaba que si se negaba la obligarían, dijo:

__Está bien, pero dame un mes para preparar mis vestidos de boda.

Mientras tanto, Kamsa se pasaba llorando todos los días, sin entender cómo había desaparecido su casa y su hermosa mujer.

__Querido amo -le dijo el gato-, no te preocupes. Tú nos ayudaste una vez y ahora nosotros te ayudaremos a ti.

__Claro que sí -dijo el perro- ya verás cómo lo conseguimos.

Y los dos salieron corriendo. Gracias al olfato del perro, pudieron saber hacia dónde dirigirse. Al cabo de tres días llegaron al palacio del príncipe  y vieron que la casa de su amo también estaba allí.

__Tú espérame aquí -dijo el gato- , porque yo soy más pequeño que tú y podré colarme sin que me vean.

Y rápidamente saltó la verja y buscó a la muchacha por los jardines del palacio. Cuando la encontró, ella le abrazó llorando.

__¿Cómo podré escapar de aquí? -le preguntó ella-

__Es muy sencillo -respondió el gato- sólo tenemos que recuperar el anillo que os robó la hechicera.

__El problema es que se lo ha tragado y lo guarda en el estómago.

__¡Vaya! -exclamó el gato un poco contrariado-. Pero no te preocupes, que yo lo recuperaré.

Daba la casualidad de que aquella noche se celebraba la boda del rey de los ratones con la reina de las ratitas. El gato vio salir a los novios y a los invitados por un agujero en la pared, saltó sobre el rey de los ratones y lo agarró con fuerza.

__Por favor, suéltame -grito el ratón- ¿No ves que hoy me caso?

__Sí, señor gato -dijeron todos los invitados-, suéltale.

__Si queréis que le suelte -dijo el gato-,  tenéis que hacerme un favor.

__¡Lo que sea! -exclamaron todos los ratones, y sobre todo la novia, que no quería quedarse sin noche de bodas.

__Quiero el anillo mágico que la hechicera guarda en su estómago.

__Yo te lo traeré -aseguró la novia- pues sé dónde duerme la hechicera.

Y sin pensárselo dos veces, la pequeña ratita corrió a la habitación de la hechicera, se coló por un agujero y saltó a la cama. Comenzó a hacer cosquillas a la malvada mujer en la nariz con su pequeña cola y la hechicera estornudó tan fuerte que el anillo salió de su estómago. La ratita cogió el anillo y corrió hasta llegar al lugar donde la esperaba el gato, que cumplió su promesa y liberó al rey de los ratones, deseando mucha suerte a los novios.  Luego, el gato corrió al jardín, saltó la verja y se reunió con su amigo el perro.

__¡Bravo! -exclamó el perro-. Ahora súbete en mi lomo, porque yo corro más que tú y así llegaremos enseguida junto a nuestro amo.

Y durante tres días seguidos el perro corrió río arriba. Nada más llegar a la casa, se dejó caer, cansadísimo, a los pies del muchacho. El gato estiró una de sus patas y le mostró a Kamsa el anillo.

__Deseo recuperar mi casa y mi amada -dijo el joven mirando el anillo.

Y al instante la casa y la muchacha aparecieron allí. Desde entonces,  los dos jóvenes, el perro y el gato viven muy felices en su hermosa casa. Y también, una vez al año, va a visitarles su buena amiga la serpiente, que ahora lleva una corona de diamantes, porque es la reina de todas las serpientes.

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Había una vez en un lugar de la lejana China, un soldado que se llamaba Fen. Aunque había luchado en muchas batallas, apenas tenía dinero.

— ¡Y yo que creía que me haría rico gracias a lo buen espadachín que soy! -se lamentaba el pobre Fen.

Un día, Fen salió a dar un paseo por el jardín de su casa y se sentó junto a una acacia que daba una fresca sombra. Era una acacia enorme. Pero entonces oyó una trompeta y vio venir hacia él a dos heraldos que vestían con túnicas rojas y armaduras brillantes.

— Su majestad, el emperador del Reino de la Gran Acacia -dijeron los dos heraldos a la vez- nos ha ordenado que te llevemos a su presencia.

Fen se incorporó al instante y acompañó a los dos hombres hasta un carruaje de color verde tirado por cuatro caballos blancos. Muy sorprendido, subió al carruaje y enseguida el cochero se dirigió hacia la acacia.

— ¡Adentro! -dijo el cochero, y guió los caballos hacia el árbol.

–¡Ay, ay ay! -gritó Fen, cerrando los ojos.

En cuanto volvió a abrir los ojos, Fen vio que entraban por un agujero y  recorrían un paisaje maravilloso. A lo lejos pudo ver una ciudad, y en la ciudad un castillo. Después, llegaron a las murallas del castillo, en las que estaba escrito en letras de oro: “Bienvenido al Pacífico País de la Gran Acacia”. Entraron en el castillo y, tras recorrer varias calles llenas de gente, se detuvieron junto a un palacio con una cúpula que brillaba como el sol. Nada más bajar del carruaje, Fen vio que se le acercaba un anciano de barba blanca que llevaba una corona de diamantes y rubíes.

–Este debe ser el emperador -pensó Fen, e hizo una reverencia muy cortés .

–He oído hablar de tu valor como soldado -dijo el emperador- y  quiero que te cases con mi hija menor. Espero que no te parezca demasiado poco mi pequeño reino.

“Será un honor, majestad”, respondió Fen, que pensaba: “¿Cómo es posible que un simple soldado como yo pueda convertirse en príncipe?”

Pero no dijo nada, no fuese a ser que el emperador se arrepintiese. Durante los siguientes días, Fen vivió rodeado de lujo y comodidades y conoció a muchos habitantes de aquel reino. Todos tenían nombres muy raros, como Mujer del Charco Trasparente, General del Monte Arenoso o Ministro del Foso de Maíz. Finalmente, le presentaron a la que iba a ser su esposa, la princesa de la Rama Dorada.

–Es la mujer más hermosa que he visto nunca -pensó Fen-. Esto sí que es suerte.

Y como estaba un poco preocupado porque no sabía cómo se portan los grandes señores, decidió estudiar todos los días durante varias horas. Leyó muchos libros, aprendió a cocinar, a bailar, a comer sin coger la carne con las manos y a discutir sin gritar. Cuando llegó el día de su boda con la princesa de la Rama Dorada, nadie habría sido capaz de descubrir que lo único que había tenido Fen en su vida anterior era una casita con un jardín.

— Querido hijo -dijo el emperador a Fen después de la boda-. Ahora eres un príncipe, así que puedes vivir conmigo en el Palacio de la Tortuga.

Y allí se fueron a vivir el príncipe Fen y la princesa de la Rama Dorada. El palacio tenía una cúpula gigantesca y estaba lleno de salones y habitaciones lujosas. Aunque Fen era muy feliz, seguía bastante preocupado por si algún día se le acabaría la suerte, así que, cuando el emperador le hizo llamar, se temió lo peor.

–Majestad -dijo Fen intentando disimular sus nervios-, ¿qué deseáis de mí?

— Te he hecho llamar -dijo el emperador- porque quiero que seas el gobernador de la Provincia de las Raíces, que es  la que está más al sur de mi reino.

Fen, naturalmente, no podía decir que no, así que hizo una profunda reverencia y se puso en camino junto a su esposa hacia la Provincia de las Raíces. Como había estudiado mucho, puso en práctica lo que había aprendido. Mandó construir graneros para que nunca faltara comida, ni siquiera en los años de sequía. Y hospitales para los pobres, y colegios para que todos los niños pudiesen estudiar. En poco tiempo, solucionó todos los problemas de la Provincia de las Raíces. Un día le llegó un mensaje urgente del emperador: “Querido Fen. Has sido un gran gobernador de la Provincia de las Raíces, pero necesito que me ayudes a luchar contra el País del Melocotón, que acaba de invadir mi reino”.

Sin dudarlo ni un instante, Fen se puso al mando de su ejército y se dirigió a la capital del reino. Llegó justo a tiempo para salvar al emperador y liberar el palacio  de la Tortuga.

— Gracias a ti -le dijo el emperador- se ha salvado mi reino. Así que he decidido que seas mi heredero.

Fen se puso muy contento, aunque no sabía si sería capaz de gobernar un reino con tantos habitantes. Pero un día, el emperador hizo llamar a Fen.

— Mi querido Fen, tengo malas noticias que darte. Escucha lo que dicen los  adivinos del reino: “El cielo y las estrellas muestran que un gran peligro amenaza el reino. Habrá grandes inundaciones y tendremos que abandonar la capital por culpa del hombre que vino de fuera”.

–Majestad -dijo Fen-, ¿No pensaréis que yo puedo ser ese peligro del que hablan los adivinos?

–No lo sé, pero tú eres el único hombre que ha venido de fuera.

–Pues entonces me iré -aseguró Fen-. Así no podré hacer ningún daño a vuestro reino.

Y la verdad es que Fen sentía tanto amor por el reino de la Gran Acacia, que no quería que le pasase nada por su culpa. Muy triste, se despidió de la princesa de la Rama Dorada y pidió que le condujeran de vuelta a su casa en el carruaje verde. Los dos heraldos de las túnicas rojas le llevaron por los mismos caminos por los que había venido años antes, y salieron de un brinco por un agujero. Fen se dio cuenta de que estaba otra vez en su jardín, pero lo que más le sorprendió fue verse a sí mismo dormido junto al árbol.

–¡Fen, Fen, despierta! -dijeron los dos heraldos a la vez.

–¿Qué sucede? -preguntó Fen, pero al abrir los ojos vio que quien le hablaba era un amigo suyo y que allí no había ni heraldos ni carro, ni caballos.

— ¿Dónde se han ido todos? -preguntó Fen.

— Si aquí sólo estamos tú y yo -le contestó el amigo-. Me parece que has estado soñando durante un buen rato.

¡Todo había sido un sueño! Eso decían todos, pero Fen no quería creer que el País de la Gran Acacia no existía y se pasaba los días sin comer ni dormir, recordando al emperador y a la princesa  y buscando el agujero en el árbol. Sus amigos estaban tan preocupados por él, que decidieron que lo mejor sería cortar la acacia, a pesar de las protestas de Fen.

Al cortar el tronco, descubrieron el agujero del que había hablado Fen. Removieron la tierra y vieron un gran hormiguero lleno de galerías. En cada galería había diminutas construcciones y, en una galería muy ancha, vieron un caparazón de tortuga boca abajo, y cientos de hormigas que intentaban escapar. Un poco más allá descubrieron otra galería que atravesaba las raíces de un árbol y todavía más lejos descubrieron un hormiguero al pie de un melocotonero.

— ¿Lo véis? -dijo Fen-. Es todo como yo os lo conté. El palacio de la Tortuga, el País de las raíces, el reino de la gran acacia y el país del melocotón.

— Es verdad -respondieron los amigos, que seguían sin creerle-. ¿Pero ya ves que no se ha cumplido lo que dijeron los adivinos. Todo eso de las inundaciones.

Y nada más decir eso, empezó a caer una tormenta tremenda. Fen quería quedarse para ayudar al emperador de las hormigas, pero sus amigos le obligaron a entrar en casa. Cuando acabó la tormenta, Fen salió al jardín. El agujero estaba completamente inundado, y ya no quedaba nada del Reino de la  Gran Acacia.

Desde entonces, Fen, ya no sabía si es que había soñado todo aquello o si había sucedido de verdad. Pero, por si acaso, nunca más volvió a dormirse junto a un árbol.

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Este cuento fue escrito por Li Gongzuo durante la dinastía Tang (618-907). Es uno de mis cuentos preferidos, aunque mi versión carece del encanto meticuloso del original, ya que tuve que prescindir de casi todos los detalles para ajustarme a la longitud requerida por la colección. El lector puede leer un comentario sobre el cuento en El tiempo de la fábula en “El gobernador del sur.


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Puedes leer este cuento y otros cuatro relatos chinos en Espíritu de pez y otros cuentos chinos.

Los otros cuentos son: Mulan, El paisaje de la dambu,, El rey mono y el robo de los melocotones,  y Espíritu de pez.

Todos ellos adaptados por Daniel Tubau.

 

 

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Urashima a lomos de la tortuga

 

 La tortuga resulta ser una hermosa muchacha, con la que Urashima se queda a vivir. Sin embargo, cuando transcurren tres años, el joven echa tanto de menos a su anciana madre que pide a la reina de los mares que le deje regresar a su hogar. La reina de los mares accede y le da una cajita “que le puede dar la felicidad”, pero que “no debe abrir”.

Urashima regresa a la superficie a lomos de la tortuga. Al llegar a su pueblo, le parece estar en un lugar desconocido. No conoce a nadie y las casas son diferentes, excepto el Templo del Dragón Rojo. Llega a su casa, que descubre abandonada. Busca a su madre por todas las habitaciones, no la encuentra. Pregunta a un vecino, el hombre le dice que no conoce a esa anciana, pero que sí sabe que hace muchísimos años vivió en esa casa un pescador llamado Urashima, que murió ahogado.

Es entonces cuando Urashima se da cuenta de que han pasado más de cien años desde el día en que se sumergió en el mar. Conserva la cajita que le dio la reina de los mares, la abre, un humo espeso se expande en el aire y al instante el pescador envejece y el pelo se le pone blanco. Ha descubierto que el tiempo en el mundo de la reina de los mares trascurre más lento que en el de los seres humanos.

urashima

Urashima descubre que todo ha cambiado

Aquí no sólo se trata de que junto a los dioses o los seres mágicos se pueda recuperar la juventud, como sucede en ese hermosísimo relato de Lampedusa llamado Ligea; tampoco se propone la paradoja de ser inmortal junto a los dioses, como el desgraciado Titonos, que vivió siglos junto a Eos, la aurora, pero que olvidó pedir la eterna juventud y se fue arrugando hasta convertirse en un bulto sin forma. No se trata tan sólo de eso, sino de la certeza de que el tiempo transcurre más lentamente en el mundo de los dioses.

Es algo que también sucede también en las aventuras del rey mono chino. Cuando Wu Kung, el rey mono, regresa junto a sus súbditos después de pasar un año en el mundo celeste, sus súbditos le dicen que ha tardado muchísimo. Él responde que sólo ha estado fuera un año, pero los revoltosos monos le corrigen: “Un año en el reino de los dioses es como cien años en el mundo de los mortales”.

Parece, en definitiva, que habitar entre los dioses es semejante a viajar en una nave espacial a una velocidad cercana a la de la luz: el tiempo transcurre allí más lentamente. Eso nos recuerda la célebre paradoja de los gemelos de la teoría de la relatividad: un hermano se queda en la tierra y el otro viaja en una nave espacial que casi alcanza la velocidad de la luz. Al regresar a la Tierra, treinta años después, el gemelo astronauta, descubre que en la Tierra han trascurrido trescientos años. La física nos dice que esto no es una fábula.

Hay otros cuentos en los que sucede lo mismo que le sucede a Urashima , por ejemplo, El gobernador del sur, de Li Gonzuo. También me parece que sucede algo semejante en un relato galés del Mabinogion, además de en un relato del ciclo de Ossian inventado por James McPherson: Oisin.

Creo que este tema del transcurso relativista del tiempo en los cuentos, y en general la manera de considerar el transcurso del tiempo en la ficción que suele llamarse popular o tradicional, es muy interesante, como he intentado mostrar en mi ensayo El transcurso del tiempo en la ficción universal.

Otro aspecto interesante del cuento, lo que podríamos llamar un motivo mitológico o mitema, es el del regalo de los dioses que los humanos no deben abrir. Me refiero a la cajita de Urashima, que él abre, con lo que se convierte en un anciano. El ejemplo más conocido es sin duda la caja de Pandora, que Prometeo regala  a los seres humanos y que Pandora abre llevada por la curiosidad, lo que hace que todos los males contenidos en la caja escapen y asolen desde entonces el mundo. Otro, aunque bajo la forma de un fruto en un árbol, se encuentra en el paraíso imaginado por los judíos, es la manzana que muerde Eva. Casi siempre se trata de un obsequio de los dioses que podríamos llamar “regalo envenenado”, una especie de prueba que se entrega con cierta mala intención, tal vez para descubrir si el humano es digno de lo que los dioses le han concedido. La lección de esos cuentos es que la curiosidad es peligrosa, pero también que debemos aceptar lo que los dioses nos den sin rechistar.

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