El pescador Urashima

Había una vez un joven pescador llamado Urashima que se paseaba junto al mar. Se disponía a regresar a su casa, para comer junto a su anciana madre cuando oyó los gritos de unos chiquillos.

__ Venga, corre, súbete tú también.

__¡Dale fuerte! –gritaba el otro-, pero no le golpees en el caparazón que esta muy duro y no se entera.

Temiendo que sucediera algo grave, Urashima corrió al lugar del que provenían las voces y vio junto a la playa a dos muchachos que estaban sentados encima de una tortuga gigante y la golpeaban con estacas para que caminase más deprisa.

__Dejad a esa pobre tortuga -dijo Urashima- no veis cómo sufre?

__Le haremos lo que nos dé la gana -replicó el más atrevido de los muchachos- ¿Es que acaso es tuya la tortuga?

__No, pero me da pena que peguéis a un animal inofensivo.

__¿Y a mí que me importa? -volvió a decir el muchacho-. La hemos encontrado nosotros.

__ Os daré dos monedas de bronce a cambio de la tortuga, ¿qué os parece?

Los dos muchachos se miraron y enseguida estuvieron de acuerdo en aceptar las monedas. Bajaron de la tortuga y se fueron corriendo a comprarse golosinas.

Urashima ayudó a la tortuga a volver al mar, empujando su pesado cuerpo, y el gran animal se sumergió en el agua. Antes de alejarse, se giró hacia Urashima y le miró agradecida.

__Parece que eres una tortuga muy lista -dijo Urashima-, pero la próxima vez ten más cuidado, porque no sé si yo estaré cerca para salvarte.

Al día siguiente Urashima estaba pescando mar adentro en su barca, cuando le pareció que alguien le llamaba: “Urashima, Urashima…”

“Debo estar soñando”, pensó el joven pescador y se dispuso a lanzar de nuevo la caña. Pero entonces volvió a escuchar aquella dulce voz: “Buenos días Urashima”.

Al girarse, Urashima vio que la tortuga se acercaba a la barca.

__Te debo la vida, amable Urashima –dijo la tortuga-. Se lo he contado a la reina de los mares y quiere conocerte, así que monta sobre mi lomo y te llevaré hasta ella.

Urashima se subió sobre la tortuga, un poco asustado pero preguntándose cómo acabaría la aventura. Y entonces la tortuga se sumergió en el mar.

Aunque creía que iba a morir, el pescador descubrió asombrado que podía respirar bajo el agua. A lomos de la tortuga, contempló paisajes extraordinarios de nácar y coral, peces de colas plateadas, doradas y azules, pulpos y tiburones que pasaban a su lado sin atacarle y, allí, en el fondo del mar, distinguió un hermoso palacio de madreperla rosada.

__Ya hemos llegado a la mansión de la reina de los mares -dijo la tortuga.

Urashima descendió junto  a las escaleras del palacio. La reina de los mares le estaba esperando en persona y decenas de muchachas miraban a Urashima y reían felices.

__Has salvado a uno de mis súbditos -dijo la bella reina de los mares-, y quiero agradecértelo. Puedes quedarte en mi reino todo el tiempo que desees.

__Gracias majestad -respondió Urashima, que estaba tan asombrado que no sabía que decir.

En los siguientes días, el joven pescador disfrutó de los más deliciosos manjares y de todo tipo de espectáculos, como las danzas de las sirenas.

Aunque era muy feliz en el palacio de la reina de los mares, Urashima también echaba de menos a su anciana madre y la sombra de los cerezos de su jardín.

__Majestad -le dijo un día a la reina de los mares- me habéis tratado muy bien, pero deseo regresar junto a mi madre para cuidar de ella.

__Eres libre para regresar cuando quieras -dijo la reina de los mares.

Intentando disimular la tristeza por ver a Urashima marcharse, la reina llamó a la dama tortuga.

__Lleva de nuevo a Urashima a su hogar.

Urashima montó en la tortuga, pero antes de despedirse, la reina se acercó a él y le dijo:

__Urashima, nunca olvidaré lo generoso que fuiste. Quiero darte un recuerdo de mi mundo.

Y la reina le entregó una cajita de laca marina, en la que se podía ver un paisaje de olas que cambiaban de color bajo un cielo azul.

__Con esta cajita podrás ser siempre feliz -le dijo la reina de los mares- pero acuérdate de que nunca debes abrirla, por mucha curiosidad que tengas.

Urashima le dio las gracias  a la reina y a lomos de la tortuga fue ascendiendo por el océano, entre corales de color rojo sangre y peces que le saludaban y decían:

__Ese es el generoso Urashima, que salvó a la dama tortuga de la reina de los mares.

Cuando llegaron a la superficie, la tortuga nadó hasta la playa y se despidió del pescador:

__Que tengas mucha suerte Urashima, y recuerda lo que te ha dicho la reina de los mares: nunca abras la caja de laca marina.

Urashima se despidió de la tortuga y corrió hacia su casa, deseando abrazar a su anciana madre. Pero al atravesar la aldea se quedó sorprendido por lo cambiado que estaba todo.

__Es como si éste no fuera mi pueblo -pensó Urashima.

Miraba a toda la gente y no conseguía reconocer a nadie. Además todos le miraban a como si fuera un extranjero. Al ver la plaza de los cerezos y el templo del dragón, se tranquilizó, aunque le sorprendió lo grandes que estaban los árboles. Urashima empezó a correr  y llegó a la casa de su anciana madre. Cuando llegó vio que la verja estaba cerrada y que el sauce había crecido muchísimo. Preocupado entró en el jardín, que encontró completamente descuidado y lleno de matorrales y malas hierbas. Los senderos, que su madre siempre limpiaba con esmero, estaban llenos de maleza y por todos lados correteaban ratones.

Entró en la casa, que parecía abandonada desde hacía mucho tiempo y buscó a su madre por todas las habitaciones, pero no la encontró. Angustiado, Urashima fue a preguntar a los vecinos y descubrió que no le conocían ni a él ni a su madre.

__Me parece recordar -dijo uno de ellos- que en esta casa vivía una anciana. Hace mucho mucho tiempo también vivía su hijo, un pescador llamado Urashima, pero creo que se ahogó.

Urashima no podía entender qué pasaba. Sólo había pasado tres años en el mundo de la reina de los mares, pero parecía que hubiera trascurrido un siglo. la gente vestía de manera diferente, incluso usaban algunas palabras que él nunca había escuchado. Aunque buscó a sus amigos por todo el pueblo, no encontró a ninguno.

__¿Qué es lo que ha sucedido? -se preguntaba con lágrimas en los ojos.

Recordó entonces la cajita de laca que le había dado la reina de los mares.

__Tengo que abrirla porque a lo mejor aquí está el secreto de lo que ha sucedido.

Se acercó pensativo a la playa con la cajita en la mano sin saber qué hacer, porque también recordaba que la reina de los mares le había dicho que no abriera nunca la caja. Sentado en una roca, mientras anochecía y el sol se ocultaba en el mar, decidió abrir aquel regalo.

En cuanto levantó la tapa de nácar, un humo espeso salió de la cajita y envolvió a Urashima, que al instante quedó convertido en un viejo de cien años. Sus manos se arrugaron, el pelo se le puso blanco y se sintió más débil que nunca. Entonces comprendió que para los seres del mar el tiempo pasa más lento que para los que viven en la tierra y que tres años en el palacio de la reina de los mares eran como cien años en el mundo de los seres humanos.

Urashima se dio cuenta de lo que había sucedido y quiso cerrar la caja antes de que todo el humo se evaporase, pero no pudo impedirlo, y lo único que oyó fue una voz que salía del interior: “Urashima, Urashima, no tenías que haber abierto la cajita de nácar, porque en ella estaban guardados tus años”.


Sobre este cuento he escrito unas reflexiones relacionadas con el trascurso del tiempo: La teoría de la relatividad de Urashima

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En el cuento clásico japonés El pescador Urashima, su protagonista salva a una tortuga, que le invita a visitar el mundo de la reina de los mares. Ambos se sumergen y llegan a un palacio submarino de madreperla.

Urashima a lomos de la tortuga

 

 La tortuga resulta ser una hermosa muchacha, con la que Urashima se queda a vivir. Sin embargo, cuando transcurren tres años, el joven echa tanto de menos a su anciana madre que pide a la reina de los mares que le deje regresar a su hogar. La reina de los mares accede y le da una cajita “que le puede dar la felicidad”, pero que “no debe abrir”.

Urashima regresa a la superficie a lomos de la tortuga. Al llegar a su pueblo, le parece estar en un lugar desconocido. No conoce a nadie y las casas son diferentes, excepto el Templo del Dragón Rojo. Llega a su casa, que descubre abandonada. Busca a su madre por todas las habitaciones, no la encuentra. Pregunta a un vecino, el hombre le dice que no conoce a esa anciana, pero que sí sabe que hace muchísimos años vivió en esa casa un pescador llamado Urashima, que murió ahogado.

Es entonces cuando Urashima se da cuenta de que han pasado más de cien años desde el día en que se sumergió en el mar. Conserva la cajita que le dio la reina de los mares, la abre, un humo espeso se expande en el aire y al instante el pescador envejece y el pelo se le pone blanco. Ha descubierto que el tiempo en el mundo de la reina de los mares trascurre más lento que en el de los seres humanos.

urashima

Urashima descubre que todo ha cambiado

Aquí no sólo se trata de que junto a los dioses o los seres mágicos se pueda recuperar la juventud, como sucede en ese hermosísimo relato de Lampedusa llamado Ligea; tampoco se propone la paradoja de ser inmortal junto a los dioses, como el desgraciado Titonos, que vivió siglos junto a Eos, la aurora, pero que olvidó pedir la eterna juventud y se fue arrugando hasta convertirse en un bulto sin forma. No se trata tan sólo de eso, sino de la certeza de que el tiempo transcurre más lentamente en el mundo de los dioses.

Es algo que también sucede también en las aventuras del rey mono chino. Cuando Wu Kung, el rey mono, regresa junto a sus súbditos después de pasar un año en el mundo celeste, sus súbditos le dicen que ha tardado muchísimo. Él responde que sólo ha estado fuera un año, pero los revoltosos monos le corrigen: “Un año en el reino de los dioses es como cien años en el mundo de los mortales”.

Parece, en definitiva, que habitar entre los dioses es semejante a viajar en una nave espacial a una velocidad cercana a la de la luz: el tiempo transcurre allí más lentamente. Eso nos recuerda la célebre paradoja de los gemelos de la teoría de la relatividad: un hermano se queda en la tierra y el otro viaja en una nave espacial que casi alcanza la velocidad de la luz. Al regresar a la Tierra, treinta años después, el gemelo astronauta, descubre que en la Tierra han trascurrido trescientos años. La física nos dice que esto no es una fábula.

Hay otros cuentos en los que sucede lo mismo que le sucede a Urashima , por ejemplo, El gobernador del sur, de Li Gonzuo. También me parece que sucede algo semejante en un relato galés del Mabinogion, además de en un relato del ciclo de Ossian inventado por James McPherson: Oisin.

Creo que este tema del transcurso relativista del tiempo en los cuentos, y en general la manera de considerar el transcurso del tiempo en la ficción que suele llamarse popular o tradicional, es muy interesante, como he intentado mostrar en mi ensayo El transcurso del tiempo en la ficción universal.

Otro aspecto interesante del cuento, lo que podríamos llamar un motivo mitológico o mitema, es el del regalo de los dioses que los humanos no deben abrir. Me refiero a la cajita de Urashima, que él abre, con lo que se convierte en un anciano. El ejemplo más conocido es sin duda la caja de Pandora, que Prometeo regala  a los seres humanos y que Pandora abre llevada por la curiosidad, lo que hace que todos los males contenidos en la caja escapen y asolen desde entonces el mundo. Otro, aunque bajo la forma de un fruto en un árbol, se encuentra en el paraíso imaginado por los judíos, es la manzana que muerde Eva. Casi siempre se trata de un obsequio de los dioses que podríamos llamar “regalo envenenado”, una especie de prueba que se entrega con cierta mala intención, tal vez para descubrir si el humano es digno de lo que los dioses le han concedido. La lección de esos cuentos es que la curiosidad es peligrosa, pero también que debemos aceptar lo que los dioses nos den sin rechistar.

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