Nueva visita a la gruta primigenia

La realidad etiquetada

No se puede decir que la búsqueda de la identidad sea un fenómeno nuevo, porque la especie humana siente una indesmayable obsesión por establecer compartimentos estancos en los que habitar junto a los suyos, en aquella mítica cueva primordial en la que protegerse de las fieras del exterior. No cabe duda de que en tiempos lejanos refugiarse en una gruta o cueva podía ser beneficioso para mantenerse a salvo de las fieras, de los caníbales o de los enemigos, pero el problema es que con el tiempo hay que pagar el alquiler por el alojamiento. Los guardianes de las esencias identitarias no trabajan gratis.

Vivir en ese cómodo refugio que son las identidades de familia, grupo o nación supone siempre un pago, a veces en dinero contante y sonante, como descubrieron los emperadores romanos cuando la guardia pretoriana y el ejército les fueron aumentando el peaje por mantenerlos en sus privilegiadas posiciones.

Pero el pago más habitual no consiste en dinero, ni siquiera en obediencia, sino en la renuncia a una de las mejores cualidades de las personas: la de pensar por sí mismas. El individuo que busca su identidad en el espejo de los otros siempre pierde lo mejor que posee, aunque ni siquiera se da cuenta de que lo está perdiendo. Pierde su propia identidad como individuo. Y lo peor es que casi siempre lo hace de manera voluntaria.

A pesar de que hay quienes intentan explicar la transformación aludiendo a malignos monstruos identitarios que se apoderan de las almas desvalidas, más bien sucede que nosotros mismos somos los que buscamos de manera voluntaria la jaula que nos corresponde. A veces incluso la fabricamos con nuestras propias acciones. Debido a los vicios o instintos sociales o culturales de la educación o a las pulsiones de la genética, poseemos un instinto gregario. La necesidad de buscar un grupo al que pertenecer parece un impulso natural al que resulta difícil resistirse, y la única duda suele ser tan solo qué grupo elegir.

Del mismo modo que somos herederos de ciertos instintos de las bestias que hemos sido, que se han conservado en la estructura de nuestro cerebro primitivo o arqueocerebro, a pesar de los cambios evolutivos en la corteza cerebral, también somos herederos de una memoria que no es genética, sino cultural. Casi todos los mitos culturales fueron fabricados hace miles de años pero todavía perviven con inusitada fuerza. Son mitos que se refieren a la fidelidad, a la valentía, a la generosidad, a la solidaridad, a la pertenencia a un grupo. Pero muchas de estas fábulas, bajo su apariencia virtuosa, perpetúan una concepción de la realidad heredada de las sociedades jerárquicas. Y, bajo esa apariencia asociada a la bondad y la justicia, a menudo descubrimos, como en los pueblos inocentes, limpios y decentes que David Lynch imagina en Twin Peaks o en Terciopelo Azul, que debajo todo está podrido.

Continuará


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En casi todas las culturas se ha dado siempre mucha importancia a la diferencia entre lo masculino y lo femenino. En las definiciones de los principios chinos del yin y del yang, una de ellas es que el yin representa lo femenino y el yang lo masculino.

línea femenina

línea masculina

En el también chino oráculo del Yijing (I Ching) las líneas cortadas son femeninas y las continuas masculinas, probablemente por una fácil identificación entre los órganos genitales del macho y los de la hembra. Los chinos de la época zhou (y quizá también los de la época shang anterior) se anticiparon en tres o cuatro mil años a Sigmund Freud, que estaba obsesionado por encontrar falos o vaginas en todas partes:

“La fusta, el bastón, la pica y otros muchos objetos de este género son corrientes símbolos fálicos”.

“En los sueños de los hombres encontramos muchas veces la corbata como símbolo del pene, no sólo por colgar por delante y ser prenda característica del hombre, sino porqu e puede ser elegida a capricho, cosa que la naturaleza no nos permite hacer con respecto al miembro simbolizado”.

“símbolos de los genitales femeninos… huecos (estuches, cajas, cajones, etc.)”

Freud, que siempre llevaba un puro en la mano, tuvo que luchar contra sus propios discípulos interpretadores y en una ocasión, cuando le llamaron la atención acerca del símbolo fálico que sostenía en la mano, respondió enfurecido: “A veces un puro es sólo un puro”.

También en la cultura judeo-cristiana-islámica encontramos la férrea distinción entre la mujer y el hombre, que ya en el Paraíso muestran sus cualidades, siendo la de la mujer la de la curiosidad inmoderada, que lleva a la perdición a la especie humana y que nos condena por culpa del pecado de nuestra primera madre. Algo semejante ocurre cuando la también curiosa Pandora abre la caja de los bienes y los deja escapar (según otras versiones, la caja contenía los males).

La unanimidad que encontramos en casi todas las culturas acerca de los dos principios opuestos de lo femenino y lo masculino, es obvio que nos está indicando algo, y que sería un error pasar por alto tanta insistencia. Podemos atribuir la distinción al dominio de los varones y al sometimiento de las mujeres, o podemos considerar que ese dominio nace a partir de la diferencia biológica entre los dos sexos, o en la observación de ciertas particularidades, como que sólo uno de los dos sexos tiene la capacidad de albergar una nueva vida.

Es cierto que la unanimidad de las culturas al enfrentarse a una situación psicológica, social o biológica nos dice algo, aunque el problema es que no nos lo dice con toda la claridad deseable. Y por otra parte, y quizá más importante, incluso aunque aceptáramos que existen diferencias biológicas o naturales entre hombres y mujeres, eso no implica de ninguna manera que esas diferencias se deban mantener, potenciar o estimular en el seno de una sociedad que intenta ir más allá de los impulsos y las limitaciones que la biología parece indicarnos. Hay que recordar que también es un asunto unánime en casi todas las culturas la guerra, el conflicto violento y la agresión, pero no por ello nos resignamos a aceptar tales cosas como inevitables, y mucho menos como deseables o recomendables.

De lo que no cabe duda es de que esa unanimidad en la distinción férrea entre lo masculino y lo femenino ha llevado de manera casi universal a la discriminación de la mujer, al desprecio de lo femenino, a la consideración de la mujer como un ente de categoría inferior al varón, y a que se prohibiera o no se estimulara a las mujeres, para que se desarrollaran como individuos y alcanzara un pleno desarrollo personal, social e intelectual. Así ha sucedido en China, en la India y en las civilizaciones cristianas, musulmanas y judías, pero también, por lo que sabemos, en casi todas las culturas antiguas o modernas, primitivas o desarrolladas. El cambio más significativo y casi inédito e inaudito en toda la historia de la humanidad (aunque algunos y algunas parezcan empeñados en negarlo) se ha producido en los últimos cuarenta o cincuenta años, aunque su origen se remonta a la segunda mitad del siglo XIX.

Es cierto que hay quienes dicen que existió un matriarcado primitivo, pero lo cierto es que no tenemos por el momento ninguna prueba decisiva de que haya sido así, más allá de ciertas comunidades muy concretas y muy limitadas. Por otra parte, la existencia del matriarcado no implica que la distinción obsesiva entre lo masculino y lo femenino no existiera (más bien parecería confirmar esa obsesión dualista), y tampoco que se tratara de una sociedad más justa, tanto para los varones como para las mujeres.

El contrato sexual, de Carole Pateman

Otros avispados intérpretes nos recuerdan que en el símbolo del yin y el yang los opuestos no lo son de manera absoluta, puesto que en el yin hay un poco de yang y en el yang hay un poco de yin, como se puede observar con claridad en la bandera coreana. De acuerdo, es una bonita interpretación, pero si examinamos la historia de China y de las otras culturas que han usado este símbolo, descubriremos que esa contaminación de los opuestos no se ha traducido en ninguna mejora en el respeto a las mujeres, que como bien señala Carole Pateman en El contrato sexual, ha sido muy semejante y a menudo idéntica a la de un esclavo (una esclava, en este caso). Ya lo dijeron John Stuart Mill y Harriet Taylor en su libro, de elocuente título, The subjection of Women, que puede traducirse por La sujeción/la esclavitud/el sometimiento de las mujeres).

John Stuart Mill apartando a los varones para que dejen pasar a las sufragistas

El sometimiento de las mujeres

Pues bien, cuando parecía que por fin nos íbamos a librar de esas dos férreas identidades que eran lo masculino y lo femenino, impuestas durante siglos por las sociedades represoras que trasladaban de manera simplista lo biológico al terreno de la vida social y psicológica, descubrimos que las identidades no se han disuelto, sino que se han multiplicado.

Nos encontramos ahora ante una nueva pesadilla multiplicadora, que no es la del espejo o la del agua del lago que devuelve su imagen a Narciso, sino que se trata más bien de una inmensa galería de espejos en los que se multiplica nuestra imagen, algo así como aquella galería de espejos de feria  que Orson Welles mostró en el desenlace de La Dama de Shanghai, cuando los personajes se ven una y otra repetidos decenas de veces y ya no saben a qué imagen deben disparar.

Ya no nos miramos de manera obsesiva en un espejo buscando nuestra identidad, o en un símbolo del yin-yang que nos recuerda opuestos simples como lo negro y lo blanco, lo femenino y lo masculino, la fuerza y la debilidad, sino que nos miramos en decenas de espejos. Cada vez son más quienes dedican sus mejores esfuerzos no a disolver o atenuar el peso de las identidades que nos han definido y encerrado durante siglos en compartimentos definidos, sino a multiplicarlas, a re-definirnos de esta o de aquella manera, inventando mil y una identidades, para que cada uno y cada una sepa a qué celda exacta pertenece. Todo esto nos lleva no a rebajar la obsesión por las clasificaciones sino a reforzarla.

Chesterton decía que en el siglo XX se había dejado de creer en Dios, pero no para no creer en nada, sino para creer en todo. Lo mismo sucede en el siglo XXI con la identidad: se ha dejado de creer en las identidades tradicionales (o eso parece a primera vista) pero a cambio se ha empezado a creer en decenas de identidades.

El verbo fundamental aquí es «creer». Hay que creer en algo. Y si los grandes proyectos universales nos fatigan o nos parecen antiguos (modernos en vez de posmodernos), ¿por qué no creer en una pequeña comunidad de élite a la que no puede pertenecer todo el mundo, en la que compartimos una misma identidad ajena a las otras?

Con verdadero entusiasmo, los rastreadores de la identidad se han puesto a cartografiar el mundo, como en el siglo XIX lo hicieron los ingleses para hacerse con el dominio de Asia Central, y buscan identidades definidas en cualquier asunto imaginable : en el sexo, en el género y en los gustos sexuales (hetero, lesbiana, gay, bisexual, asexual, trans, detrans, no binario), en las naciones con o sin estado (húngaro, polaco, catalán, vasco), en las aficiones más inocentes (nerd, friki, hipster), en el año en el que uno ha nacido (milenials, centenials, babyboomer o boomers), en la etnia o cultura (negro, mulato, latino, inca, mexica, catalán, polaco, magiar). Algunas de estas etiquetas caen desde el cielo de las ideas sobre las cabezas de sus desdichados propietarios, que de pronto descubren que les han encasillado en una cosa u otra y que, por ejemplo, les persiguen hasta el exterminio por culpa de un etiqueta, como a los rohingas de Myanmar, pero otras muchas etiquetas son adoptadas con entusiasmo por personas que parecen tener en sus manos la máquina etiquetadora de los supermercados: ellos mismos se colocan la etiqueta que les sitúa en el estante que les corresponde en el gran supermercado de la vida social.

Continuará


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En cada una de las leyendas griegas encontramos variantes que la niegan. Según algunos mitos, Helena de Esparta se fue a Troya con el bello Paris o Alejandro por su propia voluntad, pero otros piensan que fue raptada mediante la fuerza, o por decisión invencible de los dioses o, como nos dice el sofista Gorgias, por el logos, es decir por los discursos seductores del príncipe troyano. Según otras versiones, como la del poeta Estesícoro, ni siquiera estuvo en Troya, sino que su lugar fue ocupado por un fantasma mientras ella permanecía en Egipto.

Otro de estos mitos cambiantes es el del primer hombre que vivió la presencia de su doble no como una pesadilla sino como un nirvana: Narciso.

Como es sabido, la leyenda cuenta que Narciso se miraba en las aguas quietas de un lago porque estaba enamorado de sí mismo, y sobre esa idea cayó Freud con todo su arsenal psicoanalítico siglos después. Pero  existe una variante del mito que nos ofrece una interpretación sorprendente y nos revea que Narciso no era narcisista, sino más bien incestuoso. En efecto, Narciso en realidad estaba enamorado de su hermana y se miraba en el lago no por amor a sí mismo, sino porque le parecía estar viendo a su hermana gemela, que se había ahogado en aquel lago: el rostro que buscaba no era su reflejo, sino el del cadáver de su hermana, que le miraba bajo las aguas. Hay que suponer que cuando el cadáver se descompuso o quedó cubierto por el limo, Narciso todavía podía adivinar en su propio rostro reflejado el de aquella hermana tan amada.

Pero aceptemos el mito en su versión más conocida y pensemos en Narciso como ese hombre que se enamora de su propio reflejo, que siente que no hay nada más interesante en el mundo que contemplar sus propios rasgos, encontrar a alguien como él, que comparta su identidad, aunque a fin de cuentas se trate de un reflejo en las aguas. Aquí la pesadilla del muchacho chino Baoyu se convierte en el sueño de felicidad. Las quietas aguas del lago le devuelven su propio rostro al Narciso narcisista. Ese placer es el anticipo y quizá también el símbolo del que muchos otros sienten al reconocerse no ya en un espejo, sino en otra persona. En alguien que siendo otro es también uno mismo, alguien que siendo diferente comparte los rasgos esenciales de la identidad. Ya no hace falta mirarse en el lago o llevar un espejo a cuestas, sino que nuestra identidad  se duplica o multiplica en aquellos que son como yo, quizá no en su figura y apariencia, pero sí en las características esenciales con las que he decidido definirme a mí mismo.

No cabe duda de que este deseo de reconocimiento ha sido una constante en la historia de la humanidad y que tal vez incluso está inscrito en nuestra biología, si Richard Dawkins tuvo razón cuando en El gen egoísta, explicó que los genes son los primeros que quieren duplicarse, multiplicarse y perpetuarse. Ahora bien, el sentido de pertenencia a un grupo parece requerir de estructuras más complejas que las de los genes, estructuras que podemos observar en casi todas las especies animales, en los bancos de peces, en las manadas de lobos, en las piaras de cerdos. Ese sentimiento de pertenencia llega a su máxima expresión en el ser humano, que siempre se ha reunido en grupos, familias, clanes, comunidades o naciones, afición que no tiene nada malo en sí misma, pero que sí lo tiene cuando esa identidad de grupo se alimenta y se sostiene en la no identidad de los otros, de quienes no pertenecen al grupo, es decir de la oposición explícita entre ellos y nosotros.

En estos años de la etiqueta que estamos viviendo, que parecen la continuación enloquecida de los años de la identidad, la pasión humana por la pertenencia ha llegado a su extremo. Ahora buscamos la identidad grupal de manera obsesiva, de manera mucho más obsesiva que en años anteriores, y al mismo tiempo, aunque a primera vista parezca paradójico, se multiplican las identidades.

Continuará…


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La primera cosa que advertimos, si examinamos con algo de atención la moderna obsesión por la identidad, es que el ansia por adquirir una identidad compartida no significa ni mucho menos que se busque la comunión con la humanidad, y tampoco que se busque reivindicar rasgos personales o individuales. La obsesión identitaria, como ya hemos visto, se sitúa muy lejos del individualismo y el universalismo, pero no a una equilibrada distancia y en un moderado término medio, sino igual de infinitamente distante de ambas posibilidades.

No se busca la realización personal mediante el elogio de lo individual, pero tampoco se persigue la universalidad, sino que lo que se pretende es delimitar un territorio de fronteras bien definidas, en el que convivir con los iguales. Para los amantes de la etiqueta, lo único que cuenta es la comunidad o el grupo compuesto por quienes comparten la misma identidad y que lucen la misma etiqueta, aquellos que opinan lo mismo en todo lo fundamental y que rechazan cualquier opinión discordante.

A los que elogian lo individual, los etiquetadores les dicen que son demasiado individualistas, y por tanto egoístas e insolidarios, mientras que a los que defienden el universalismo les acusan de haber roto los lazos con su comunidad y su grupo, o les reprochan que hablen desde una posición de privilegio que les hace olvidar a todos los que no gozan de esas ventajas. Los y las policías del pensamiento, que empiezan a proliferar por todas partes, pueden perseguir con el mismo ardor a la cantante Rosalia por apropiarse de la que se supone que no es su cultura, como a la política francesa Rachida Dati, por no encarnar de manera conveniente a la cultura que supuestamente debe representar (su padre es marroquí, su madre argelina). A Dati siempre le están recordando sus orígenes y regañándola por no cumplir con las expectativas a las que debe ajustarse una mujer de origen magrebí. En una ocasión, una periodista le preguntó: «Cuando a usted le reprochan que se vista demasiado bien, ¿no están reprochándole traicionar su condición?». Dati le preguntó a la periodista cuál iba a ser la próxima pregunta: «¿Tal vez si iba demasiado limpia y aseada por proceder de la clase social de la que procedía?».

Con la identidad del siglo XXI se hace realidad aquella célebre frase que afirmaba que todos somos iguales… pero unos más iguales que otros. Más que invitar a sumergirse en el océano universal o a nadar en un lago de aguas tranquilas, la búsqueda de la identidad actual se puede comparar con construir una embarcación, ni muy grande ni muy pequeña, en la que navegar a gusto con los que son como tú. Un barco diferente y separado de los otros barcos que navegan por ese mar universal, en el que nadie quiere zambullirse, no vaya a ser que se disuelva en él la identidad tan duramente ganada.

Continuará…


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Tras la marea identitaria de la década de los años 10, cualquiera habría pensado que ya habíamos tenido bastante, pero los años que estamos viviendo parecen anunciar que la búsqueda obsesiva de la identidad va a agravar en los años 20, que tal vez la década de los 20 acabe mereciendo la denominación de “los años de la etiqueta”. Mejor dicho: “de las etiquetas”.

Porque ahora ya no es suficiente con tener una identidad, sino que empieza a convertirse en obligatorio lucir la etiqueta que proclama esa identidad, y en un lugar bien visible. La etiqueta nos permite re—conocernos, es decir, conocer con toda certeza lo que somos, pero también nos ayuda a reconocer a los que no son como nosotros.

Como ya he señalado, la tendencia individualista o comunal de los años sesenta sin duda tenía rasgos gregarios, puesto todo movimiento, ideología o activismo acaba por adoptar de algún modo lo lo que se ha llamado “sentido de pertenencia de grupo”, pero también estaba cercana al egocentrismo (o al egotismo, que diría Stendhal) y buscaba la autorrealización personal y la vida en una comunidad de personas afines. En ese sentido se opondría a la búsqueda identitaria actual, que lo que pretende es disolver el yo en una esfera habitada por réplicas de mi yo, de mi yo más definitorio, de mi identidad. Ahora parecería como si todos quisieran encontrar a ese doble que aterrorizaba a Baoyu y fundirse con él. La presencia del otro Yo se ha transformado de pesadilla en nirvana. Se quiere encontrar al que es como yo, al menos en los rasgos esenciales, pero no porque ese encuentro con el doble nos conduzca a algún tipo de revelación o aprendizaje, sino por la pura y simple identificación gregaria.

Y en cuanto a la otra gran corriente de los años 60 y 70, la que buscaba la liberación del individuo a través de la liberación de la humanidad, tampoco tiene nada que ver con el ansia identitaria actual, que ya no pretende ser universal, sino solo local, que no aspira a la unidad del género humano, sino más bien a la dispersión en mil y un géneros, ya sean sexuales, políticos, étnicos o incluso generacionales. Se trata de crear identidades, muchas identidades, cuantas más mejor.

A esa tarea de entomólogo se dedican ahora intelectuales y activistas, cada uno en su pequeña área de acción, pero también a menudo alentados por los gobiernos o las instituciones, que quizá consideran preferible disgregar a los individuos en vez de unirlos, aunque, para ser sinceros, desconfío bastate de las teorías que explican los sinsentidos sociales recurriendo a la confabulación de poderes en la sombra. Más bien supongo que la explicación es que unos y otros se realimentan, como en un mecanismo homeostático o cibernético: la búsqueda de identidad hace que las instituciones reparen en esa obsesión y, a su vez, esa atención de las instituciones refuerza la búsqueda identitaria.

Continuará…


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Aunque a primera vista puede parecer que la década del Yo es lo mismo que la década de la identidad, en realidad significa todo lo contrario.

En los años sesenta y setenta (las «décadas púrpura», según Wolfe) existían dos tendencias dominantes. La primera era universalista, que buscaba la unión de toda la humanidad y que promovía su salvación mediante una lucha política en la que todos los seres humanos compartían una identidad común. La segunda era individualista, y sostenía que no se podía salvar a la humanidad a través de la lucha política, sino que la salvación debía comenzar por el individuo y por pequeñas comunidades de personas iluminadas, o al menos capaces de escapar de los prejuicios y represiones de la sociedad; incluidos los prejuicios de quienes preferían la lucha social, que solían tener un pensamiento más conservador de lo que ellos mismos presumían, por ejemplo en asuntos como el sexo.

La caricatura de estas dos tendencias se resumía en dos palabras: los progres y los hippies.

¿Cómo vas a cambiar el mundo si antes no eres capaz de cambiarte a ti mismo?, decían John Lennon, Paul McCartney, Ringo Starr y, especialmente, George Harrison y su gurú, el maharishi. Era una advertencia bastante atinada.

En el bando contrario, los comprometidos con la lucha social respondían: ¿Cómo vas a cambiarte a ti mismo si el mundo no te deja intentarlo? Por ejemplo si has nacido en una familia y en un ambiente que no te permite el acceso a las fuentes de información y de crecimiento personal, a las que sí podían acceder la mayoría de los hippies. Lo que también es bastante cierto.

Esta diferencia entre las dos mentalidades es más o menos la que siempre se ha dado en todas las culturas, civilizaciones y religiones entre los animales sociales y los esteparios, entre lo común y las comunas, entre los confucianistas y los taoístas, entre los aristotélicos y los cínicos, entre los budistas del mahayana o Gran Camino y los del hinayana o pequeño camino, entre los monjes eremitas y la Iglesia establecida. Ahora bien, a pesar de su diferencia esencial, casi todos ellos, y también las dos tendencias de los años 60 y 70, compartían un rasgo común: pensaban que cualquier persona podía participar en ese tarea de salvación individual, comunal o social, sin distinción de sexo, etnia, territorio, características o preferencias de cualquier tipo. Todo ello es muy diferente de la tendencia actual, que busca identidades y etiquetas con las que sentirse a salvo.

Continuará…


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«El espejo y la cópula son instrumentos horribles porque multiplican el número de los hombres».
(Un teólogo recordado por Borges)

En la novela china El sueño del pabellón rojo un joven llamado Baoyu sueña que está en un jardín en todo idéntico al suyo y que tres muchachas lo ven y se acercan. Ríen y juegan, felices de verlo, y él se siente en la gloria, pero cuando él habla, las muchachas retroceden: «¡Pero si no es Baoyu!», exclama una de ellas, y otra dice:

«¿Cómo tú, maloliente advenedizo llegado de quién sabe dónde, te atreves a utilizar su nombre? ¡Mejor será que te andes con cuidado o te apalearemos hasta convertirte en pulpa, sucio patán!».

El joven se queda muy sorprendido y abatido ante la inesperada reacción:

«¿Por qué me habrán insultado de esta manera? Nunca me habían tratado tan mal. ¿Será verdad que hay otro Baoyu?».

Intrigado, el joven decide seguir a las muchachas y llega a un lugar que también conoce muy bien: «¡Pero si es otro patio Rojo y Alegre!». Baoyu sube unas escaleras y llega a un lugar en el que ve a un joven recostado en un diván, rodeado por las muchachas. El joven, que acaba de despertarse,  cuenta a las muchachas un sueño inquietante:

«Hace un instante soñé que estaba en un gran jardín de a capital donde encontraba a unas muchachas idénticas a vosotras… las seguí y encontré unos aposentos en los que había otro Baoyu dormido, pero sólo vi su forma vacía; su verdadero ser había partido, quién sabe dónde».

Al oír este relato, el primer Baoyu se presenta:

«__He venido buscando a Baoyu. ¡Así que eres tú!

__Entonces tú eres Baoyu -dice el otro- O sea, que esto no es un sueño.

__Claro que no. Es absolutamente real».

Los dos jóvenes se abrazan, pero entonces alguien anuncia que viene el señor Zheng, el padre de Baoyu:

«En los dos se desató un enorme pánico. Uno echó a andar mientras el otro lo llamaba: «¡Vuelve, Baoyu! ¡Vuelve!».

Es entonces cuando nuestro primer Baoyu se despierta y se da cuenta de que una muchacha le zarandea y le dice que ha tenido una pesadilla. Baoyu se lamenta porque el otro Baoyu se ha ido y señala una puerta. La muchacha le dice que eso no es una puerta, sino un espejo, y que el otro Baoyu es solo su reflejo. La muchacha explica lo que ha sucedido:

«Con razón la Anciana Dama siempre nos dice que no debe haber demasiados espejos en los cuartos de los niños. El espíritu de una persona joven es débil, y si se mira demasiado en el espejo puede asustarse en sueños y tener pesadillas. A pesar de la advertencia, nosotras hemos puesto su diván frente a este inmenso espejo. No pasaba nada cuando lo cubríamos con la cortina, pero ahora, con el calor, la somnolencia nos hace olvidar bajarla. Hoy, por ejemplo, lo hemos vuelto a olvidar. Seguramente ha estado contemplando su propio reflejo y apenas cerró los ojos empezó a tener sueños tontos. De otro modo no hubiera pronunciado su propio nombre a gritos».

La de Baoyu es una pesadilla clásica, que encontramos en casi todas las culturas y que los alemanes bautizaron como el tema del doppëlganger, el doble. En la versión china, se combinan varios de los elementos que encontramos en otros relatos y tradiciones, pues el doppëlganger no solo aparece en sueños, sino que también tiene suele tener relación con el reflejo en un espejo y con un usurpador que ocupa nuestro lugar.

En la película de Joseph Losey El otro señor Klein, el señor Klein regresa a su casa y es recibido por otro señor Klein, idéntico en todo a él, que ha ocupado su lugar y que poco a poco le desaloja no solo de la casa, sino de su propia vida, robándole la identidad.

Sucede algo semejante en el cuento de Edgar Alan Poe William Wilson y en su adaptación al cine en El estudiante de Praga, donde se cuenta la historia de un hombre que a lo largo de su vida se va encontrando a otro señor Wilson, hasta el encuentro final, en el que morirá a manos de ese doble usurpador.

El estudiante de Praga (1913), dirigida por Paul Wegener y Stellan Rye. Basada en el cuento de Edgar Allan Poe William Wilson y en el poema de Alfred de Musset Noche de diciembre. El guión lo escribió el gran Hans Heinz Ewers, el autor de Mandrágora

Todas estas historias nos proponen la inquietante posibilidad de que alguien se apodere de lo que más amamos, de nuestra identidad. Que exista alguien que es como nosotros, un duplicado perfecto, un doble, un sosia, un impostor que pretende lo imposible. En definitiva, que, en vez de ser uno, seamos dos.

Pero lo que para Baoyu y para tantos otros era una pesadilla, en los últimos años se ha convertido en el sueño de dicha para muchos, que fantasean despiertos con encontrar un duplicado de sí mismos. Ahora bien, no es necesario que ese doble o sosia sea una réplica perfecta, incluso puede suceder que su apariencia no sea la nuestra, porque lo que importa es que coincida con nosotros en algunos rasgos esenciales, basta con que comparta nuestra identidad. ¿Toda nuestra identidad? Tal vez no, tan solo lo que consideramos más definitorio, aquello que en cierto modo da sentido a nuestra vida.

Continuará


[La ilustración inicial es: Two Scenes from the Novel ‘Dream in the Red Chamber, en China, City of Yanlyutsin, Late 19th – early 20th century. Parece la escena en la que Baoyu descubre a su doble que acaba de despertarse, pero no lo sé con seguridad]

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