Más infidelidad en la red

He descubierto navegando por la red otra página dedicada enteramente a la infidelidad. Se llama INFIELES cc (“cc” supongo que porque los contenidos están sujetos a licencias de derechos de Creative Commons). Es una especie de antología de textos y críticas de películas, algo que yo también tengo previsto hacer en la Filmoteca infiel y que ya hago con canciones en mi Discoteca infiel.

La página, creada por Laia Ordóñez y editada por Joan Carlos Martorell es muy interesante. La selección de películas y las críticas son estupendas y van más allá de los lugares comunes. Todo el proyecto parece basarse en el libro de Helen Fisher Anatomía del amor, en el que la autora, bióloga, dice que las mujeres son o pueden ser tan infieles como los hombres, pero que lo son o lo han sido generalmente por otras razones que los hombres. Como todas las explicaciones biologistas, las de Fisher son ingeniosas y parecen encajar con las observaciones, pero muchos de sus rivales pueden presumir de lo mismo. Como he dicho en alguna ocasión, hay que tomarse con mucho cuidado, cum grano salis (como un grano de sal), las interpretaciones del comportamiento humano a partir de la biología, que siempre están contaminadas por lo que queremos pensar. De las teorías biológicas a favor y en contra de la monogamia hablaré en una entrada que llevo prometiendo hace meses , dedicada a un nuevo libro en el que se sostiene, en contra de la tendencia más extendida entre los biólogos, que lo más “biológico” es la poligamia.

Henri Pierre Roché

Voy a recomendar ahora dos de las entradas de Infieles cc, aunque vale la pena leerlas todas, la dedicada a Jules et Jim, la hermosa película de François Truffaut, basada en el no menos o quizá más delicioso libro de Henri Pierre Roche, de quien también recomiendo sus Diarios. En la recensión de la película, como es obvio, se muestra la perspectiva elegida por Truffaut, que no es enteramente coincidente con la de Roché, que era más avanzado, tanto para su tiempo como para el del propio Truffaut; los dos tuvieron ocasión de conocerse, pero Roché murió pocos años antes del estreno de Jules et Jim. Parece como si una maldición persiguiera a Truffaut: tampoco su maestro André Bazin pudo ver Los 400 golpes.De todo esto y otras cosas hablaré en la entrada que dedicaré a Jules en Jim en La Filmoteca infiel.

La otra entrada también tiene que ver con algo que amo, se trata de una selección de fragmentos pertenecientes al libro de Goethe Las afinidades electivas , uno de los libros que más me ha gustado. A ese libro dediqué en 2005 uno de mis blogs, del que he rescatado esta animación inicial, a la espera de rescatar el blog entero.

Para activar la animación, haz clic con el botón derecho del ratón sobre ella y elige “Reproducir”

Elogio de la infidelidad
Editorial Ningún mañana, 2019
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Un ensayo que defiende la libertad y la razón y que niega que la fidelidad sea una virtud.
Entretenido, divertido y convincente, a pesar de refutar muchas ideas preconcebidas.
“Chispeante y demoledor” (Pilar González, arqueóloga e historiadora)

ELOGIO DE LA INFIDELIDAD

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Como es obvio en una entrevista en la radio, y si a ello se une mi timidez, es difícil exponer un asunto con precisión y quizá algunas de mis respuestas son precipitadas o confusas, pero la cosa quedó más o menos simpática, espero. En cuanto a asunto de la biología, me reafirmo en lo que dije en la entrevista y en mi libro, que los seres humanos no tenemos por qué someternos a los instintos biológicos, aunque, es cierto, pueden ser muy fuertes. Sin embargo, parece que las interpretaciones a favor de la fidelidad basadas en la biología son bastante insostenibles y más bien parece lo contrario, en lo que se refiere a la especie humana. Del asunto hablaré en futuras entradas, con motivo del interesante libro Sex at Dawn.

 

Segumnda parte de la entrevista en: Helena, Penélope y la infiel Afrodita

Roser Amills

 

William James y lo nuevo viejo

Compré hace unos días (febrero de 2006) en Montevideo un librito de William James editado en 1904 por una editorial de Barcelona en la que leí por primera vez Aurelia, de Nerval. Era una editorial sencilla, de libritos encuadernados con una tapa de cartoncillo amarillo y, por eso, cuando salía a bailar por la noche llevaba encima mi ejemplar de Aurelia, y así podía leer algunas páginas en el metro, en las calles cuando regresaba a casa o incluso en las discotecas. Hasta hace unos años tenía esa costumbre: llevar siempre encima Aurelia, aunque no siempre ese ejemplar que he mencionado, porque acabó tan destrozado que comenzó a  deshacerse. En una ocasión  regalé un ejemplar de Aurelia de una edición en francés a una chica que conocí en la discoteca Why not? de Madrid.

Aurelia, editado en Calpe en 1923 (en esta imagen, se trata de un ejemplar nuevo que adquirí hace poco, al tener ya destrozado el anterior)

Supe años después que mi obsesión por esa novelita deliciosa de Nerval, y también por una edición conjunta de otros dos textos suyos, Noches de octubre y Paseos y recuerdos, era casi compartida por Umberto Eco, que parece que siempre ha sentido una atracción semejante hacia otra de las hijas del fuego de Nerval: Silvia.

Durante la adolescencia, intenté imitar el estilo de esos libritos de Nerval en unas ediciones caseras que hice de poemas y textos, pero le gustaron tanto a mi amigo Jesús Arauzo que le tuve que regalar uno o dos de mis libritos auto encuadernados, que su familia quemó cuando él murió. Supongo que se han perdido para siempre, pues creo que lo único que conservo es algunos borradores previos a la edición e impresión manual. Recuerdo que en ellos hablaba de Kierkegaard, de la ética y la estética y de los viajes en tren junto a misteriosas desconocidas.

Pero este ejemplar de un libro de William James que he comprado en Montevideo no tiene esas tapas amarillas (en las que figuraba el nombre de la editorial), porque fue soberbiamente encuadernado en cuero, probablemente en 1914 y en Montevideo, según leo en el ex libris de un tal Juan Fernández Más. Ahora, en 2011, he descubierto que no se trata de la misma editorial que editaba Aurelia, pues la de Nerval era Calpe de Madrid, mientras que la de James es la Biblioteca Sociológica Internacional de Barcelona. Pero la semejanza en la edición hace sospechar que existe alguna relación entre las dos editoriales.

Pues bien, el libro que compré en mi librería favorita de Montevideo es Los ideales de la vida y reúne “discursos dados a los jóvenes sobre psicología”.

Han pasado más de cien años desde que James dio esas conferencias, pero me parece que mucho de lo que dice sigue siendo interesante y sensato. Esto me confirma que muchas de las mejores ideas se obtienen leyendo libros antiguos y descatalogados, ya se trate de autores olvidados o de clásicos que todos comentan y elogian, pero que pocos leen.

William James es un autor olvidado para el público en general, al contrario que su hermano Henry. Es curioso porque en vida de ambos sucedía al contrario. En las historias de la filosofía, a pesar de todo, William James sigue siendo un clásico, ocupando junto a Charles Sanders Peirce la vitrina central del pragmatismo estadounidense. Sin embargo, Peirce, ese hombre fascinante, ha renacido gracias a que los semiólogos, entre ellos Umberto Eco, han descubierto en él al verdadero padre de su disciplina, con permiso de Ferdinand de Saussure. Pero a William James hoy en día apenas lo lee algún filósofo o algún psicólogo. Como suele suceder, la trivialidad de las definiciones y resúmenes que de él se ofrecen en las enciclopedias no tiene nada que ver con el William James real, un filósofo lleno de matices y fascinado por el mundo espiritual y emocional, a pesar de ser también un científico riguroso y un filósofo razonador.

William James

A Peirce, como he dicho, Umberto Eco o Thomas Sebeok ya lo han rescatado  de las líneas apretadas de los diccionarios de filosofía y se lo han mostrado a un público más amplio, pero James todavía aguarda un rescate.

He visto que el gran neurólogo portugués Antonio Damasio lo elogia varias veces en El error de Descartes. Por su manera de elogiarlo, sé que Damasio es alguien que de verdad lee a los autores, y que los lee deseando aprender, algo que no es frecuente, pues muchos lectores lo único que desean es estar informados o tan sólo no parecer desinformados, un propósito que es muy elogiable por su modestia. Damasio critica algunas ideas de James, pero son críticas de un lector atento, inteligente y ecuánime; lo que no implica necesariamente que sean acertadas: ni el mejor lector puede percibirlo todo en todo momento y ser justo en cada uno de sus juicios.

Este librito de James, librito por comparación con su voluminoso y delicioso clásico Las variedades de la experiencia religiosa, depara muchas sorpresas a quienes creen que todo se inventó antesdeayer. Una de ellas es la que señala Damasio: la importancia de la emoción en el pensamiento, la denuncia de esa errónea dicotomía entre reflexión y sentimiento.

Una divertida observación es cuando James dice:

“El antiguo método pedagógico de aprender las cosas de memoria y de recitarlas como un papagayo en la escuela”

¡Vaya! Se suponía que ese “antiguo método” se practicaba todavía hace 20 o 30 años y que nosotros éramos muy modernos por haberlo abandonado. ¿O tal vez ya se practicaba en los años 50 del siglo XX y fueron los locos años 60 los que lo dejaron a un lado? ¿O tal vez era el método de los años 40, o el de los 30?

Ahora resulta que ya era antiguo en 1904. Y no me cabe duda de que, si retrocedemos más en el tiempo, descubriremos en los textos de los ilustrados que ya era antiguo en 1700, y tal vez en 1300… pero, ¡calla!, ¿no lo decía ya un escritor latino, tal vez Séneca o Plutarco?

En realidad, el método de memorizar como papagayos o loros siempre ha sido antiguo y siempre se ha dicho que era antiguo. Y también siempre se ha dicho lo que James dice a continuación, pero no siempre tan bien dicho:

“[Ese antiguo método] se fundaba sobre un principio verdadero: el de que una cosa simplemente vista u oída y nunca reproducida verbalmente contrae adhesiones demasiado tenues en nuestra mente”.

Sucede en la educación lo mismo que en otros lugares, situaciones o disciplinas, como la política: continuamente se buscan fórmulas nuevas, pero esas fórmulas nuevas cometen el error de excluir radicalmente las antiguas fórmulas y caen en el extremo contrario. En política cada cierto tiempo vuelve a inventarse el asambleísmo y el voto a mano alzada, hasta que acaba descubriéndose  que el voto secreto garantiza mejor la verdadera libertad de pensamiento y permite que los más tímidos, los menos decididos, los que no quieren gritar o los que temen la discusión puedan expresar su verdadera opinión sin temor a las imposiciones de los demagogos o el miedo a ser señalados por aquellos que gustan de señalar y acusar a los demás.

Del mismo modo el gusto por la memorización llevado a su extremo, y nada más que la memorización, acaba en fracaso y entonces se adopta el método contrario, consistente en rehuir cualquier memorización, que obtiene algún buen resultado por aquello de la novedad. Es el llamado efecto Hawthorne: todos los métodos funcionan cuando quien los emplea siente que está haciendo algo especial. Sin embargo esos nuevos métodos acaban también convirtiéndose en una receta repetida y de nuevo fracasada. Y es entonces cuando todos miran ansiosos a “lo que se hacía antes” y se vuelve a rescatar la memorización a machamartillo. Es como si los pasajeros de un barco, al advertir que son demasiados y que el barco se desnivela porque están todos en la popa, corrieran todos a la proa, para después, al desnivelarse el barco de nuevo, regresar apresurados a la popa.

Lo mismo que con la memorización sucede con la tolerancia y la disciplina. Ahora se supone que hay tolerancia, por lo que muchos proponen la receta fácil de regresar a una disciplina férrea, cuyos resultados son (y fueron) también muy discutibles. Por eso es tan útil leer a gentes sensatas del pasado como William James, a quien, por cierto, cito en mi Elogio de la infidelidad, con una opinión increíblemente moderna  acerca de la fidelidad y el amor libre, tan moderna que hoy en día casi nadie la comparte:

 “Si decís que es absurdo que podamos amar a varios al mismo tiempo, os haré observar que es un hecho cierto que ciertas personas poseen una infinita capacidad de amorosidad y de interés por la vida de los otros, gracias a la cual conocen una porción mayor de verdad que si su corazón fuese menos grande. El defecto del amor recíproco entre dos personas no es su intensidad, sino su exclusivismo y sus celos. Dejad estos a un lado y veréis que el ideal que os estoy anunciando, aún cuando no sea posible practicarlo en la actualidad, no contiene nada intrínsecamente absurdo.”

William James, Los ideales de la vida


Elogio de la infidelidad
Editorial Ningún mañana, 2019
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Un ensayo que defiende la libertad y la razón y que niega que la fidelidad sea una virtud.
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[Publicado en Pasajero el sábado 18 de febrero de 2006, en Uruguay]

[Todas las entradas de filosofía en TODA LA FILOSOFÍA]

La infiel Helena

 

En la mitología griega encontramos a una mujer que es el ejemplo opuesto a Penélope.

Es interesante imaginar si Helena y Penélope llegaron a conocerse alguna vez, pero sí se sabe que ella conoció al marido de Penélope, a Ulises. Estoy hablando, por supuesto, de la bella Helena, paradigma de la mujer casquivana e infiel.

Helena de Esparta era esposa del rey Menelao, hasta que un día llegó a la corte espartana el bello troyano Paris y se la llevó con él, con lo que se convirtió en “Helena de Troya”. Aunque fue raptada, casi todos los autores aseguran que se fue con Paris por su propia voluntad y todos ellos la señalaron, en consecuencia, como ejemplo supremo de mujer infiel.

La joven Helena raptada por Teseo

También se contaba que cuando era adolescente ya había sido raptada por otro héroe, Teseo de Atenas, que acabó liberándola tras tenerla cautiva varios años. Tiempo después, su belleza atrajo a todos los caudillos griegos, que estuvieron a punto de matarse unos a otros con tal de poseerla. Fue entonces cuando la conoció Ulises (Odiseo en griego), porque fue uno de los que quiso casarse con ella. Y fue precisamente el astuto Ulises quien propuso que todos los pretendientes se juramentasen para acudir siempre en ayuda del hombre que se casara con Helena. Tal vez Ulises urdió ese pacto pensando que sería él a quien Helena preferiría, pero el elegido fue el rubio Menelao.

Se cuenta que, ya en Troya, Helena tuvo amores con el hermano de su raptor, el valeroso Héctor, y que se casó, poco después de morir Paris, con otro de sus hermanos: Deífobo. Después, cuando los griegos conquistaron la ciudad, regresó con su marido Menelao, quien decidió no matarla, a pesar de que eso era lo que se solía hacer con las esposas adúlteras, y lo que reclamaban sus compañeros de armas.

A la vista de sus diversos amores, podemos preguntarnos con cuál de aquellos hombres viviría Helena en el otro mundo. La respuesta que dieron los mitólogos y los poetas fue que con ninguno de ellos, pues en la Isla de los Bienaventurados la esperaba el valeroso Aquiles, con quien, se supone, sigue viviendo desde entonces, aunque todo nos hace sospechar que no le será completamente fiel. Afortunadamente.

Helena de Troya por Dante Grabriel Rossetti

Los autores grecolatinos atacaron a menudo a Helena, comparándola, para mal, con la fiel Penélope. Algunos, sin embargo, intentaron defenderla, como Estesícoro, que inventó una historia ingeniosa: en realidad, Helena nunca había ido a Troya, sino que, en una escala que hizo el barco de su raptor, se había quedado en Egipto, en la corte del rey Proteo, mientras una copia suya hecha de nubes viajaba con Paris. Al regresar de la guerra, Menelao se detuvo en Egipto con la falsa Helena y descubrió que allí estaba su verdadera esposa. La infiel Helena hecha de nubes se disolvió entonces para siempre.

Otros autores se opusieron al pensamiento dominante y defendieron a Helena sin usar artificios como los de Estesícoro. Por ejemplo, el sofista Gorgias, que en su Encomio de Helena planteaba cuatro posibilidades: que Helena fue raptada, que fue obligada por mandato de los dioses, que fue seducida por un discurso engañoso de Paris o que se fue con él por amor. En todos los casos, Helena no tenía la culpa, pues se trataba de fuerzas a las que es difícil o imposible resistir: «Si la visión de Helena al gozar del cuerpo de Alejandro (Paris) provocó en su alma un deseo y un impulso de amor» y «si el amor es un dios», ¿cómo será capaz, quien es más débil de resistirse a él?

Ahora bien, no sé si el lector se ha detenido a contar los hombres de esta infiel Helena: Teseo (tal vez), Menelao, Paris, Deífobo, Héctor. Y Aquiles en la isla de los bienaventurados. Seis hombres, seis amantes. ¿Cuántas amantes tuvo Ulises, aparte de Circe, Calipso, las hijas del rey de los feacios, las esclavas griegas y troyanas y Penélope? No lo sabemos con exactitud, porque nadie se preocupaba de contar con cuantas mujeres se acostaba un hombre. Eso ya nos muestra algo que hasta tiempos recientes era habitual (y todavía lo es en muchos lugares y situaciones): no es lo mismo la fidelidad para un hombre que para una mujer. Esa diferencia, además, parece tener una molesta relación con otro fenómeno: el del sometimiento y obediencia de una persona a otra, en este caso, de las mujeres a los hombres.

En los lugares donde no se permitía la poligamia, como en la Europa cristiana, los dignos maridos accedían a otras mujeres gracias a la prostitución, pero las fieles esposas ni siquiera podían imaginar algo parecido. Podían tener amantes, pero a riesgo de ser asesinadas si eran descubiertas, como se puede ver en el teatro español del siglo de oro, en el Otelo de Shakespeare o incluso en las películas italianas de los años sesenta del siglo pasado: lo asombroso es que el asesino, el marido cornudo, solía quedar en libertad: había vengado su honor.

Una excepción notable a esta hipocresía es la defensa de Helena que hizo Estesícoro o el Elogio de Helena del sofista Gorgias, y también el hermoso poema de John Donne, Amor confinado, en el que uan mujer infiel se defiende de las acusaciones:

Al sol, la luna, las estrellas ¿les prohíben
sonreír donde ellos quiera, o irradiar allí su luz?
¿se divorcian las aves, se les riñe
si a su pareja abandonan o de noche duermen fuera?

Ninguna asignación pierden las bestias
aunque a otros amantes escojan.
Peor que a todos ellos se nos trata a nosotras.

Quizá sea innecesario señalar que en los tiempos actuales las cosas están cambiando, aunque a veces más lentamente de lo que parece a primera vista: las mujeres de la ficción, al menos aquellas que se ofrecen como modelo a imitar en las narraciones convencionales, siguen pareciéndose más a la tozuda Penélope que a la inquieta Helena.

********

En Nada es lo que es, el problema de la identidad, me ocupo de otro aspecto interesante relacionado con Helena de Troya, Helena de Esparta o Helena de Egipto, aquella que se quedó en la corte del rey Proteo. Ver: Helena de Troya y su doble.

El contrapunto de Helena es, por supuesto, La fiel Penélope.



Elogio de la infidelidad
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ELOGIO DE LA INFIDELIDAD

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LA DISCOTECA INFIEL

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Entrevista en Gleeden

El día 10 de agosto de 2011 se publicó en Gleeden, un  sitio web dedicado a facilitar encuentros entre personas casadas, una entrevista a propósito de mi libro Elogio de la infidelidad. Como suele ser mi costumbre en estos casos, duplico aquí la entrevista pasado un tiempo y pronto añadiré algunos comentarios, vídeos o imágenes que tengan relación con lo que se cuenta en ella.

Gleeden, quiso saber que opinaba un experto en infidelidad. Daniel Tubau, autor de ”Elogio de la Infidelidad”

1. ¿Piensa usted que la infidelidad tiene varios niveles?

Para ser infiel hay que creer en la fidelidad, así que supongo que la primera diferencia se da entre quienes no defienden la fidelidad y quienes sí lo hacen: sólo los segundos son propiamente infieles. Quizá una diferencia importante se da entre quienes han sido infieles de manera muy ocasional y aquellos que lo son muchas veces. Digamos, entre la infidelidad casi por accidente y la buscada a conciencia.

2. ¿Qué es para usted ser infiel?

Puede ser muchas cosas. A menudo el infiel es más sincero de lo que quien reprime y esconde sus deseos o quien exige a los demás que lo hagan. No creo que la fidelidad sea una virtud y tampoco que lo sea la infidelidad, aunque en muchos casos la infidelidad es un paso necesario para descubrir lo que sentimos, para no reprimir nuestros deseos y disfrutar de una vida más plena.

3. ¿Cuáles son para usted las principales causas de la infidelidad?

Se suele decir que son el aburrimiento y la monotonía, y es posible que esos factores tengan cierta influencia, pero creo que la causa más importante es el deseo, que es una pulsión básica en el ser humano, tanto desde el punto de vista biológico como del intelectual. Lo que hace que ese deseo se convierta finalmente en realidad puede ser, en efecto, el aburrimiento y la monotonía que pueden ayudar a enfrentarse al miedo y la autorrepresión. También la vanidad y el deseo de ser amado y deseado están en el origen de muchas infidelidades.

4. Según su opinión, quiénes son los más infieles, ¿los hombres o las mujeres?

Hasta hace no mucho es evidente que lo eran más los hombres, porque podían serlo sin que ello tuviera terribles consecuencias. En los países en los que las mujeres gozan de igualdad, supongo que las cosas están igualadas, aunque si consideramos el uso de la prostitución como infidelidad (y seguramente deberíamos hacerlo), entonces está claro que los hombres son más infieles, porque la prostitución masculina no está tan extendida. De todos modos, es difícil saberlo, porque las mujeres son mucho más discretas que los hombres, no sólo con sus mejores amigas, sino incluso en encuestas anónimas, un dato que han revelado estudios recientes.

5. ¿Todos podemos ser infieles?

Sí, y probablemente todos deberían serlo más de una vez. En mi libro sostengo que la fidelidad no esconde ningún valor positivo y que es sólo una falsa virtud, inventada para reprimir y someter a los demás y a uno mismo, no sólo en el terreno sexual, sino en el de la amistad, la política o la sociedad.

6. ¿Se puede estar enamorado de varias personas a la vez?

El enamoramiento es muy difícil de definir y no es lo mismo que el amor (que también es complejo y cambiante). Ortega y Gasset decía que era “un estado de estupidez transitorio”. En dicho estado, sí, creo que se puede estar enamorado de varias personas a la vez, aunque nos cuesta reconocerlo porque nos han enseñado que ese sentimiento debe dirigirse a una única persona. En cuanto a amar, también se puede amar a varias personas a la vez, aunque creo que para muchas personas el problema es aprender a amar. El amor, como decía el filósofo chino Mo Di, debería tender a ser universal, no particular o familiar (como decía su rival Confucio).

7. Los sitios de reencuentros virtuales entre personas casadas están proliferando en todo el mundo, ¿Cree que la sociedad española es hipócrita en lo que la infidelidad se refiere?

La sociedad española, y supongo que cualquier otra, es terriblemente hipócrita en el asunto de la infidelidad. Basta con observar a todos nuestros amigos que defienden la fidelidad en público y que en privado practican la infidelidad. Pero, claro, para muchas personas, el picante de la infidelidad lo pone precisamente el que sea algo prohibido, oculto. Eso añade interés y excitación a situaciones y relaciones que quizá serían más insípidas de suceder de manera abierta. No desprecio el placer de lo prohibido, pero en mi caso no lo practico con la infidelidad, porque ni soy fiel ni exijo fidelidad.

8. ¿Cree que los sitios como Gleeden son necesarios en la sociedad?

La posibilidad de conocer con cierta facilidad y sin falsos pudores a personas con las que quieres mantener relaciones sexuales de manera discreta es probablemente necesaria para muchas personas y sin duda muy recomendable.

9. ¿Qué piensa sobre Gleeden.com?

Me parece una iniciativa interesante para lograr que sucedan cosas que de otra manera serían más difíciles. Es una de las grandes virtudes de Internet: nos permite descubrir que hay otras personas que piensan o desean lo mismo que nosotros y hace posible que las conozcamos.

10. ¿Qué le llamó la atención del tema de la infidelidad?

Siempre me llamó la atención la hipocresía de los fieles y el aspecto represivo de la fidelidad. Sin embargo, he tenido la suerte de no ser educado en la represión y no recuerdo haber creído nunca en la fidelidad, aunque la he practicado en alguna ocasión, cosa de la que me arrepiento.

11. ¿Encontró muchos problemas a la hora de editar “Elogio de la infidelidad”?

Es un libro que escribí hace ya bastantes años y es cierto que ha pasado por varias editoriales que han mostrado su interés por él, aunque finalmente ha habido que esperar hasta 2011 para ser editado por Evohé. Pero no creo que haya sido por problemas de censura, sino por diversas circunstancias.

12. ¿Qué le llevó a escribir sobre la infidelidad?

A los 16 años escribí un breve ensayo llamado Sobre el sexo y su relación con la infidelidad en el que ya me pronuncié claramente a favor de la infidelidad. Es un tema que siempre me ha interesado, porque me inquieta todo lo relacionado con los prejuicios, tabúes y represiones, y cómo luchar contra ello.

13. En el caso de que haya tenido que suprimir alguna frase del ensayo ¿Cuál es la frase o párrafo que más le ha dolido suprimir?

No recuerdo haber tenido que suprimir ninguna frase, a no ser las motivadas por correcciones de estilo. Pero si tenía muchos argumentos bastante convincentes de los que prescindí por cortesía y para evitar que el lector se pudiera sentir ofendido y eso le impidiera reflexionar sobre lo que digo en el ensayo.

14. ¿Tiene algo de biográfico esta obra?

Hasta los ensayos más abstractos tienen algo de biográfico, sin duda. Este libro tiene bastante de mí mismo, puesto que siempre he estado en contra de la fidelidad, aunque personalmente no soy infiel puesto que no creo en la fidelidad. Es por otra parte, un libro sincero y ninguno de los argumentos choca con mis propias convicciones, sino todo lo contrario.

15. ¿Cree que su libro sirve de autoayuda a los lectores?

Todo libro sirve de ayuda a quien lo lee. En el caso de los libros de autoayuda, muchos de ellos, más que ayudar al lector, le dicen lo que quiere escuchar y a menudo le hacen persistir en sus prejuicios, más que ayudarle a disolverlos. Yo he intentado más que convencer o satisfacer al lector, darle buenas razones para pensar y para dejar atrás muchos prejuicios inútiles. He intentado huir de recetas fáciles y argumentos falaces y respetar la inteligencia del lector. Por eso lo he iniciado con una frase de San Agustín “La discusión es la única batalla en al que el que pierde gana”. Espero que algunos lectores sientan, al terminar el libro, que han perdido prejuicios y han ganado en sensatez y libertad.

La entrevista en la página original, que además puedes aprovecha para visitar si quieres poner en práctica la infidelidad:

Gleeden: entrevista a Daniel Tubau


Elogio de la infidelidad
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Fidelidad e infidelidad en la China caballeresca

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Uno de los aspectos más llamativos de la época china que se inicia con el derrumbe del orden establecido por los Zhou, pero que también se da en el Japón de la era Meiji que acabó con el poder de los samurais, es que con la nueva movilidad social y la caída de la aristocracia tradicional, se empezaron a cuestionar valores considerados “caballerescos” como el honor, la honra, la lealtad o la fidelidad, algo que nos recuerda poderosamente a la arete o virtud máxima de los aristos (los mejores) o  aristócratas aqueos.

Burton Watson

Es una lástima que no recordase un interesante pasaje  de Watson en mis últimas revisiones de Elogio de la infidelidad, pues podría haber añadido algunas consideraciones interesantes relacionadas con los capítulos dedicados al concepto de fidelidad en el Japón de los samuráis y en la España de los caballeros obsesionados por la honra.

Dice Watson en relación con los caballeros de la época Zhou (-1050/-256), período que, como he dicho, es anterior a la creación de China como tal:

“Las cualidades que distinguen a los hombres de esta clase en muchos aspectos se asemejan a los ideales de los códigos de caballería de la Europa feudal y Japón: la fidelidad a su señor, la honestidad en la palabra, el sentido del honor, y una preocupación por los problemas y angustias de los demás. En los primeros días gloriosos de la antigua cultura china Zhou el caballero puede haberse conformado con estos objetivos de una moral alta, aunque aquí, como siempre debemos tener cuidado con la tendencia a idealizar el pasado distante.”

Aquellos eran los valores de la aristocracia Zhou, aunque, como con mucho acierto señala Watson, tenemos que andarnos con cuidado cuando idealizamos esa época y nos creemos las historias que se cuentan de ella. En primer lugar porque una característica común de estas  épocas caballerescas es que casi todos los testimonios proceden de quienes recuerdan con nostalgia esos tiempos que no han conocido, y que son a menudo  puramente imaginarios, o bien son la versión de los que eran los voceros de los poderosos, cuya misión fundamental era darle brillo a sus estatuas. En los pocos casos en los que se ha podido acceder a testiimonios de personas alejadas de esos grandes señores y por tanto no interesadas en su glorificación, la imagen resultante deja en muy mal lugar a los caballeros andantes, desde los de la Europa cristiana a los samurais japoneses.

Entre esos testimonios disconformes con el resplandor caballeresco se pueden mencionar muchos poemas chinos conservados en el Libro de las canciones confuciano y, por supuesto, varias obras maestras de la picaresca española. Bajo la brillante armadura de un caballero andante casi siempre lo único que hay es polvo, sudor y aire corrompido:

 “Las referencias a la caballería mística suelen limitarse en su versión más inocente a una serie de lamentos por los buenos tiempos en los que los caballeros andantes recorrían el mundo, “desfaciendo entuertos”, ayudando a los débiles, a las damas o a los reyes en apuros. Puede llevar a un tipo de locura semejante a la de Don Quijote tras leer tantas novelas de caballerías: una pérdida del sentido de la realidad no demasiado peligrosa. Pero la caballería mística, ya se refiera a los templarios, a la Orden Teutónica o a otras organizaciones militares medievales, o a los legendarios caballeros de la Tabla Redonda, demasiado a menudo esconde una tentación no sólo elitista, sino reaccionario, cuando no es un síntoma directo o indirecto de sintonía con el fascismo o el nazismo”.
                    (La verdadera historia de las sociedades secretas)

He hablado de la caballería mística  y de lo que llamo “nostalgia del brillo” en La verdadera historia de las sociedades secretas  y también en: Nostalgia, ¿de qué?

Vuelvo a Burton Watson y China.

Con la pérdida progresiva del poder imperial de los Zhou, la sociedad cambió y empezaron a cuestionarse los valores tradicionales:

“En el duro mundo de los últimos tiempos Zhou, valores como la lealtad ciega, la devoción a la causa perdida cuando se sabe que se va a perder, estos ideales que la caballería japonesa y europea acariciaron con tanto cariño son para los chinos de este período, las marcas de la estupidez”.

Aquí se da una diferencia interesante entre China y otras culturas, como la japonesa o la España medieval, quizá porque en China no se ha tenido la costrumbre de glorificar lo militar. Así, Watson señala:

“En los nuevos “caballeros” chinos aparece un individualismo y un cinismo que está ausente, o al menos encubierto, en su equivalente europeo o japonés. El caballero chino no está obligado por ningún juramento de fidelidad o la presión de la sociedad feudal a servir a un señor de la muerte. El primer deber del caballero es conservar la vida y alcanzar la fama, teniendo en cuenta sus propios intereses y aprovechando sus propias oportunidades”.

Watson se deteine en un curioso ejemplo:

“Li Ssu, un representante de la clase particular conocido como “estrategas itinerantes” (yu-shui), destaca en sus discursos que el hombre que confía en salir adelante debe estar siempre alerta a los cambios de los tiempos para que se vuelvan en su propio provecho. Esto significaba abandonar lealtades que no parecían convenientes, dejando el lado que estaba perdiendo y uniéndose al ganador. Si un erudito o un caballero descubría que su talento no estaba siendo reconocidos y utilizado, que no lograba salir adelante como él había esperado, era para él el momento de buscar un nuevo empleador. La fidelidad, la honestidad, el sacrificio no se debían a cualquier señor, sino sólo al señor que podía tener éxito, el señor que apreciaba bien a sus hombres”.

Es decir: no se debía aplicar la fidelidad ciega e irracional. Sin embargo, se supone que también en China los grandes señores intentaron, como en España o en Japón, seguir gozando de esa servidumbre ciega, apelando a la noción de fidelidad. A ese concepto, como intentpo mostrar en Elogio de la infidelidad, inventado para mantener presos, gracias a abstracciones y grandes palabras huecas, a quienes no podemos mantener a nuestro lado gracias a la razón o el amor. Pero parece que en China el truco no funcionó tan bien. En contraste con la admiración hacia los militares que tanto se ha dado en España o Japón, en China existe un refrán que dice: “Con los malos clavos se hacen soldados”. Dice Watson del período que siguió al dominio de los Zhou:

“Este período de la historia china abunda en historias de hombres que murieron por sus señores y sus amigos. Pero no dieron sus vidas por causa de cualquier rígido código de obligación feudal, sino por razones mucho más personales de amistad y gratitud a un semejante. Este ideal de la amistad es de particular importancia en la literatura china y el pensamiento. La alegría de la amistad, de encontrar un hombre que puede reconocer y apreciar las buenas cualidades propias, y la profunda deuda de gratitud que se debe a un amigo, son temas constantes de las historias de esta época”.

Es el cambio entre una noción de fidelidad fabricada para tener esclavos y siervos a una relación, si no por completo justa, sí al menos más sincera y bastante menos servil.

Elogio de la infidelidad
Editorial Ningún mañana, 2019
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Un ensayo que defiende la libertad y la razón y que niega que la fidelidad sea una virtud.
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Ayer (20 de junio de 2004) vi una obra de teatro dirigida por mi profesor de Acting English, Skyler, e interpretada por tres personajes. Todo en inglés. La obra se titula The Goat (La Cabra) y trata de un matrimonio con un hijo que entra en una tremenda crisis cuando se descubre que el marido tiene una relación con una tal Silvia. “Who is Silvia?”, dicen varios personajes, en homenaje sin duda al hermosísimo poema de Shakespeare. La respuesta: “Silvia es una cabra”.

A partir de ese descubrimiento se inicia un terrible drama, puesto que la mujer se queda absolutamente trastornada al saber que su marido, al que ama sinceramente, está enamorado y ha hecho el amor con una cabra.

Al ver la obra, no pude evitar pensar que el conflicto no me preocupaba en absoluto. La obra estaba muy bien y resultaba muy entretenida, pero yo no veía qué problema había en que el marido amase a Silvia o se acostase con ella. En cualquier caso, si a la mujer no le gustaba la perspectiva de compartir a su marido con una cabra, la solución era separarse. Entiendo el dolor por tener que separarte de alguien a quien amas, pero el planteamiento del conflicto causado por la “aberración” del marido me resultaba completamente ajeno. No sé si es recomendable o no, correcto o incorrecto, pero así, a primera vista, no considero tan espantoso que hombres y mujeres tengan relaciones sexuales con animales. Ahora quizá nos resulte extraño, perverso, inconcebible, pero hace 20 o 30 años en muchas obras de teatro, cine o televisión se planteaban dramas tan o más desgarrados (porque La cabra es más o menos una comedia, creo) en torno a la homosexualidad de un personaje, cosa que ahora nos parece un asunto casi nulo desde el punto de vista del conflicto. No es que quiera comparar el bestialismo con la homosexualidad, sólo comparo dos cosas que la sociedad y las diferentes religiones e ideologías han considerado aberrantes durante siglos y que daban mucho juego para conflictos narrativos. pero también hace 50 0 60 años, un conflicto frecuente era descubrir que tu padre no es tu padre o tu hijo no es tu hijo, como en El padre de Strindberg.

En cualquier caso, desde hace un tiempo vengo pensando que un alto porcentaje de los argumentos de ficción tienen relación con  asuntos que no me resultan conflictivos. Muchísimas obras tienen que ver con los celos, los cuernos,  con la idea de que los hombres no entienden a las mujeres o las mujeres a los hombres… En todos estos casos, tengo que hacer un cierto esfuerzo de empatía para entender las razones de los personajes y sus terribles angustias. Decía Menéndez Pidal a propósito de El castigo sin venganza de Lope de Vega:

“Para apreciar y disfrutar un drama de honor es preciso contar con las premisas que al autor imponían las arcaicas leyes de la venganza, es preciso que nuestra imaginación acepte esas premisas como válidas.”

Quizá sea cierto, del mismo modo que al leer la Ilíada tenemos que hacer un esfuerzo para disfrutar de una matanza sin sentido y no pensar como el Tersites shakesperiano:

“¡Vaya marrulería, vaya trampa, vaya granujería! Todo el conflicto por una puta y un cornudo. Buen pleito para enfrentar a facciones envidiosas y morir desangrado. Que se pudra la cuestión, y la guerra y la lujuria los arrasen!”

Sin embargo, a las palabras de Menéndez Pidal, que tienen algo de cierto, responde Francisco Ruíz Ramón quizá con más sensatez y acierto, acerca de los dramas de honor (o de honra, como matiza mi editor Javier Baonza):

“A nosotros nos parece imposible que nuestra imaginación y nuestra sensibilidad acepten como válidas tales premisas, y en el caso de que tal hubiera que hacer, no tendríamos más remedio que reconocer honradamente que los dramas de honor pertenecen a ese inmenso territorio de teatro muerto de que está llena la historia del teatro universal.”

Y continúa diciendo Ruíz Ramón que eso no sucede con los dramas griegos ni con la mayoría de las obras de Shakespeare. Creo que tiene razón, pues si pensamos por ejemplo en la obra más célebre acerca de los celos, el Otelo de Shakespeare, enseguida nos damos cuenta de que el verdadero conflicto no son los celos sin más, sino el engaño al que Yago somete a Otelo. Desde este punto de vista es como contemplamos los actos de Otelo y como juzgamos a Desdémona: inocente porque sabemos que su supuesta infidelidad es mentira. Si el problema real fueran los celos, al menos en mi caso, empezaríamos a hacer funcionar nuestra mente de otra manera y nos negaríamos siquiera a aceptar que una Desdémona infiel mereciera la muerte. Pero no hace falta que pongamos en marcha ese mecanismo, puesto que sabemos que Desdémona ni siquiera es infiel a Otelo.

Pero en A secreto agravio, secreta venganza, El médico de su honra y El pintor de su deshonra, las tres de Calderón, se plantea un conflicto basado en el concepto del honor (mezclado también con celos) que hoy nos resulta caduco y casi ininteligible.

En los tres dramas los maridos matan a sus mujeres como si nada (incluso aunque sean inocentes como en El pintor de su deshonra) y se supone que el público lo aceptaba sin rechistar. A nosotros nos parece ahora una barbaridad con la que no podemos identificarnos.

Sospecho que llegará un momento en que los planteamientos de conflictos basados en celos e infidelidades nos resultaran tan pintorescos y ridículos como nos parecen ahora las obras de algunos autores antiguos centradas en el asunto del honor. A mí me lo parecen ya y también a Ana, que vio la obra conmigo, pero creo que las personas con las que hablamos no opinaban lo mismo.

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[Entrada publicada el 20 de junio de 2004]

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(La Palma, septiembre 2004)

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