Benjamin Constant y el espíritu de contradicción

EL ESPEJO

“Otras veces, harto yo mismo de mi silencio, me entregaba a ciertas bromas, y mi ingenio, al ponerse en movimiento, me arrastraba más allá de toda mesura. Revelaba en un día las ridiculeces que había observado durante un mes. Los confidentes de mis súbitas efusiones no me las agradecían en absoluto, y tenían razón, ya que era la necesidad de hablar lo que se apoderaba de mí, y no la confianza. En las conversaciones con la mujer que, la primera, había contribuido a desarrollar mis ideas, contraje una inflexible aversión hacia todas las máximas comunes y todas las fórmulas dogmáticas. Así pues, cuando yo oía cómo la mediocridad se complacía en disertar sobre unos principios muy establecidos, muy incontestables, sobre moral o religión, me sentía llevado a contradecirla, no porque yo hubiese adoptado opiniones opuestas, sino porque me impacientaba ante una convicción tan firme y tan pesada. No sé qué clase de instinto me advertía, además, para que no me fiase de esos axiomas generales tan exentos de toda restricción, tan puros de todo matiz. Los necios hacen de su moral una masa compacta, para que se mezcle lo menos posible en sus acciones y los deje libres en todos los detalles.”                                               (Benjamin Constant, Adolphe)

Este texto me gustó cuando lo leí hace ya muchos años y escribí un comentario mostrando mi coincidencia coin las ideas de Constant. Bastante tiempo después lo clasifiqué entre mis escritos con el siguiente encabezamiento: “Defensa de la forma contra el fondo/Contra los tópicos/Disentir en una conversación por aversión hacia el dogmatismo y los lugares comunes/En defensa de los matices”.

El comentario que escribí, supongo que antes de 1990, era el siguiente:

“En alguno de mis cuentos he intentado decir lo mismo que Benjamín Constant expresa con tan aguda sencillez. Creo que en El Hombre de Budapest, donde uno de los personajes dice:

“El que yo discuta tus argumentos no significa que esté en desacuerdo con ellos, no contradigo tus ideas, sino, más bien, el modo en que las defiendes”.

A menudo se me ha acusado de contradecir a los demás por el simple placer de la discusión; se me reprocha, asimismo el que si uno dice blanco yo digo negro, y si otro dice negro, yo digo blanco. Repito lo anterior: en esas ocasiones no discuto si algo es blanco o negro, tan sólo intento señalar la fragilidad, a veces la falsedad, del razonamiento que lleva a decir blanco o a decir negro. Cito otro de mis cuentos, El Duelo:

“Todos podemos estar de acuerdo en mejorar el mundo, pero lo que realmente importa es el método que propone cada cual”.

Creo que en mi actitud y en la de Constant pueden adivinarse las huellas de la erística.”

Hasta aquí aquel comentario. Sólo añadiré que en Grecia se llamaba eristikoi a los que practicaban el arte de la disputa (eris=discordia), y que mi espíritu de contradicción se ha atenuado con el paso de los años. Ahora suelo dirigirlo a personas ya muertas o distantes, es decir: a los autores de los libros que leo.

 [Publicado en 1994 en Esklepsis 1]

*********

NOTA EN 2008 Así que, en este comentario a un comentario de un comentario, me gustaría añadir que, como ya he dicho en alguna ocasión reciente, mi actual moderación viene de lejos. No soy desde hace ya bastante tiempo un disputador profesional. De todos modos, es cierto que hay algunas situaciones en las que mi ardor polémico regresa. Por ejemplo, cuando mis interlocutores justifican de algún modo la injusticia o la crueldad, o cuando la afición de criticar a los demás llega a hacerse, no ya aburrida, sino insoportable.  Pero desconfío mucho de la elocuencia y de los razonamientos deslumbrantes y arrebatadores, pues con ellos casi siempre se obtienen victorias pírricas. Una vez disipado el humo de nuestro artificio verbal, no hay nada debajo: los que hoy parecen convencidos por nuestros razonamientos, al poco tiempo vuelven a pensar lo que pensaban. Además, cuando uno quiere tener razón a toda costa, a menudo se ve obligado, en el calor de la discusión, a ir inventando sobre la marcha argumentos y pruebas en los que realmente no cree, y a opinar con firmeza cosas de las que ayer mismo dudaba. Agustín de Hipona decía:

“La discusión es la única batalla en la que el que pierde, gana”.

Sé que cito demasiado a menudo esta frase. En mi defensa sólo puedo decir que, además de citarla, creo que es cierta.


NOTA EN 2015 En los últimos años, el tipo de conversaciones a las que se refiere Benjamin Constant han saltado del ámbito privado o semiprivado al espacio público virtual que son las redes sociales tipo Facebook o Twiter, donde se ha hecho casi imposible participar en una conversación, no por lo que se dice, sino por cómo se dice. Como otras personas que conozco, ante ese espectáculo de la discusión virtual, yo, que ya no estoy dominado por el espíritu de la contradicción, me aparto discretamente a un lado.


 

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El análisis retrospectivo
[SHERLOCK HOLMES-AJEDREZ]

Raymond Smullyan es un lógico estadounidense que ha escrito varios libros acerca de veraces y mendaces, vampiros, damas, tigres y aventuras de Alicia que Lewis Carroll sin duda habría amado. También es uno de los mayores expertos en ajedrez retrospectivo, al que ha dedicado al menos dos de sus libros.

Uno de ellos tiene como escenario el mundo fabuloso de las mil y una noches y de Harun al-Rashid (Ajedrez y misteriosos caballos de Arabia) , mientras que el otro es algo parecido a un relato apócrifo de Sherlock Holmes.
El análisis retrospectivo propone problemas de ajedrez dirigidos hacia el pasado en vez de hacia el futuro: se plantea determinada posición sobre el tablero y se tiene que averiguar cómo se llegó a ella, si algún peón ha sido promocionado, si es posible el enroque para las piezas negras, de qué color es una determinada pieza dudosa, etcétera.
Son como pequeños casos al estilo de Sherlock Holmes, que ilustran el famoso principio del detective de Conan Doyle: “Cuando se ha eliminado lo imposible, lo que queda, aunque improbable, debe ser la verdad”.
Dice Smullyan que un amigo de la escuela le incitó a crear su primer problema de ajedrez retrospectivo en el año 1925. Más tarde supo que un pequeño grupo de ajedrecistas ya había desarrollado el asunto “en Inglaterra y Europa”. Quien quiera saber la historia del ajedrez retrospectivo, o al menos en relación con Raymond Smullyan, puede leerla en Juegos de ajedrez y los misteriosos caballeros de Arabia. Ahora lo mejor será ver uno de estos problemas:

Suponga que le dijera que en el siguiente tablero
ningún peón llegó jamás a la octava casilla. ¿Me creería?

Quizá el problema más interesante es el que cierra la primera parte del libro: “Un problema sin resolver”. Es un problema cuya solución, como dice Holmes, se encuentra en “algún lugar en el límite entre el ajedrez, la lógica, la filosofía, la lingüística, la semántica y la ley”.

En primer lugar, Holmes explica a Watson la evolución de la regla de coronación de peones. La vieja regla decía que un peón que alcanza la octava casilla se convierte en cualquier pieza, con excepción de un peón o un rey. Lo que no especificaba la regla era que el peón debía promocionarse con una pieza de su mismo color.

Holmes explica a Watson que la regla hubo de ser modificada cuando en un torneo un jugador ganó a otro cambiando un peón blanco por un caballo negro. Imaginemos, dice Holmes, un problema planteado según la vieja regla, es decir, cuando un peón corona puede pedir la pieza que quiera y del color que prefiera.

He aquí el tablero:


El peón blanco corona en A8 y pide torre negra.

La pregunta es: ¿puede enrocar el rey negro?

Antes de continuar, Holmes recuerda la regla del enroque. El enroque está permitido siempre y cuando:

(1) Ni el rey ni la torre hayan movido

(2) el rey no esté en jaque

(3) el rey no pase por ninguna casilla en jaque.

Las condiciones (2) y (3) se cumplen claramente. El problema está en la condición (1). Se nos informa entonces de que el rey no se ha movido de su casilla en toda la partida. Así que el único problema está en la torre negra que pidió el peón blanco al coronar.

“Me atrevería a decir -asegura Holmes- que la torre coronada todavía no tuvo tiempo de mover, de ahí que el negro pueda enrocar”.

Watson responde:

“Yo me atrevería a asegurar lo contrario. Diría que la torre negra de dama fue sacada del tablero cuando fue comida, y devuelta al tablero cuando se la repuso por medio de la coronación. Así que diría que la torre sí movió”.

Pero, pregunta Holmes, ¿es en realidad la misma torre?

La pregunta queda en el aire y así acaba la primera parte.

En la segunda parte, durante un viaje en barco, Holmes y su compañero se encuentran con el lógico Fergusson, discípulo de Frege y tal vez alter ego de Smullyan. Fergusson dice:

“El problema va más allá de lo que parece a simple vista. El verdadero problema, tal como yo lo veo, es cómo definir exactamente la noción de pieza”.

Watson admite que él identifica la pieza con un objeto físico tangible: “¿que más podría ser una pieza de ajedrez si no es un objeto físico?”

Fergusson explica que Watson es nominalista; por el contrario, él y Holmes son platónicos.

Es decir, para Fergusson y para Holmes la “pieza” no es un objeto físico:

“El objeto físico que se maneja es sólo un símbolo de la pieza. La pieza en sí es una entidad matemática idealizada”.

Enseguida Fergusson plantea un problema al nominalista Watson: “Supongamos que durante una partida alguien quitara un peón blanco de su casilla y lo reemplazara por otro peón blanco del juego de ajedrez. ¿Usted diría que el peón movió?”
Watson admite que su respuesta sería “no”, pero se defiende diciendo que la torre negra del anterior problema ya ha sido comida y ha estado fuera del tablero por algún tiempo, para luego ser colocada nuevamente por medio de la coronación: “En esas circunstancias, la torre sí movió”. Pero entonces, Fergusson dice que podemos imaginar que el peón blanco del problema coronó comiendo a la torre negra pero que ni siquiera tocó la torre: simplemente se retiró el peón blanco del tablero.
Tras esto, Watson, Holmes y Fergusson dedican su atención a otros problemas de ajedrez retrospectivo.

Sin embargo, Fergusson tiene mucha razón cuando dice que el problema trasciende las propias reglas del ajedrez e invade los terrenos de la lógica, la filosofía, la lingüística y la semántica, pues, respecto a la última situación propuesta (que el peón haya coronado comiendo a la torre negra y pidiendo torre negra, sin necesidad siquiera de tocar la torre negra), se podría decir que tal acción es como la estructura superficial de un oración.
Del mismo modo que la expresión “!No!” en un contexto determinado es la estructura superficial de una oración cuya estructura profunda puede ser “No cojas ese cazo con las manos desnudas, pues está caliente”; del mismo modo, se podría decir que la acción de retirar el peón, dando a entender que se ha comido la torre y se ha pedido la torre es la estructura superficial del acto implícito que consiste en mover el peón en diagonal, retirar la torre, colocar el peón en a8, retirarlo del tablero, volver a coger la torre negra y colocarla de nuevo en a8. Recurriendo, pues, a la estructura profunda, quizá sea lícito decir que la torre negra sí ha movido.
Dicho de otra manera, cuando Fergusson pone el ejemplo de alguien que quita un peón del tablero y coloca otro igual en su lugar, habría que tener en cuenta que esa acción no puede considerarse parte integrante de la partida, matiz que creo importante.
Es decir: si transcribimos la partida para conservarla en los anales y poder reproducirla en el futuro, nunca pondremos que uno de los jugadores cambió uno de sus peones por otro.
Ahí, quizá se está tendiendo una pequeña trampa a Watson, al insinuar que se ha tratado de un acto perteneciente a la partida, cuando en realidad no se distingue de quitar una mota de polvo del tablero o centrar una pieza correctamente en su casilla.
Ahora bien, respecto al asunto del peón que corona en torre (y siguiendo la antigua regla de la promoción), ¿cómo se contaría eso en una transcripción de la partida?. Recordemos que se trata de anotar las jugadas para que cualquiera pueda reproducir lo que fue la partida. Pues bien, el hecho de que se hubiera retirado, tocado o no tocado la torre sería indiferente. Simplemente se escribiría: PxT,Tn.
¿Qué sacamos de todo esto? La verdad es que poca cosa. Posiblemente que el que se halla en una posición más débil es el nominalista Watson. Sin embargo, no parece tan claro que la posición de Holmes y Fergusson sea platónica o realista más que conceptualista, por ejemplo.
Pero, sea como sea, confieso que el asunto fundamental no acaba de quedar claro. Es decir: ¿Puede enrocar el rey negro?, ¿Ha movido la torre negra?. Mi opinión es que no puede enrocar, que la torre negra ha sido movida. Y un argumento en favor de esta idea sería que cuando un peón promociona no está pidiendo una torre de las que participan o han participado en la partida, sino una torre que se halla en una reserva exterior de piezas promocionables. ¿Por qué?
Porque si no fuese así, un peón no podría pedir una tercera torre cuando ya hubiera dos en el tablero, y tampoco una segunda reina. Y las reglas del ajedrez dicen que sí puede hacerlo.

 


[Publicado en 1994]

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¿Ha habido de hecho Renacimiento en España? (FIRMA INVITADA)

NOTA DE LA DIRECCIÓN DE ESKLEPSIS

La Dirección de esta revista se ha visto obligada, bien que siendo consciente de que ello supone un atentado al buen sentido y a la autoría intelectual y moral del autor de este artículo, sin duda brillante y definitivo, a acortarlo y condensarlo, reduciendo su extensión a una tercera parte de la original. El autor por otra parte, no sólo ha comprendido que la extensión de su artículo excedía los límites que esta Revista impone a sus colaboradores, sino que, en un gesto que le honra, ha colaborado en la tarea de reducir el continente de su obra de tal manera que ello no conllevase una pareja merma del contenido. Somos perfectamente conscientes de que esta medida, absolutamente inevitable, ha traído consigo el que queden muchas preguntas sin responder; tampoco sorprenderá al lector, por otra parte, el saber que en las dos terceras partes sacrificadas a la tijera, el autor planteaba otras preguntas no menos fundamentales. Basten, como ilustración y prueba fehaciente de la altura intelectual del autor de este artículo, las siguientes: ¿Podemos siquiera preguntar si ha habido o no Renacimiento en España? ¿Existe un carácter español? En caso de que exista un carácter español, ¿se puede decir que tal carácter es diferente al de otras naciones? ¿Es posible responder en un breve artículo a preguntas como las que aquí se plantean? ¿Es la pregunta en sí un instrumento legítimo para el conocimiento?
La Dirección de esta Revista, por último, quiere agradecer desde aquí al autor de este artículo su comprensión espontánea de las dificultades que se imponían a esta Dirección al hallarse en la obligación de acortar una obra que no admite en sí corte alguno. Al mismo tiempo, aprovecha la ocasión para alentar al autor de a persistir en su lúcido empeño, deseando, por último, poder iluminar de nuevo estas humildes páginas con el brillo de su pluma elocuente en algún futuro lejano.
LA DIRECCIÓN

FIRMA INVITADA

Javier Bernal

¿Ha habido de hecho Renacimiento en España?

Al encarar la cuestión de si ha habido Renacimiento en España, nos damos cuenta de que las respuestas son pocas, pero las preguntas muchas. Porque, podemos empezar por preguntarnos lo que da título a éste artículo: ¿Ha habido Renacimiento en España?

¿Es esta una pregunta adecuada o inútil? ¿No podríamos también preguntarnos simplemente: “¿Ha habido Renacimiento en alguna parte”? ¿Y no sería una pregunta más urgente la que plantea si existe o ha existido alguna vez España? Porque, si llegáramos a determinar que no ha habido renacimiento en parte alguna, o que no ha existido nunca España, ¿qué sentido tendría plantearnos si ha existido Renacimiento en España?

Ahora bien, llegados a este punto (y espero que el lector no haya perdido el hilo de nuestro argumento, que sólo acaba de iniciarse), llegados a este punto, cabe preguntarse también: ¿qué significa la palabra Renacimiento? Esta es, tal vez, la pregunta clave, la columna sobre la que se asienta todo el edificio de nuestras dudas. Si conseguimos responder a esta pregunta, el camino quedará allanado para recorrerlo. ¿Qué significa, qué queremos significar, cuando decimos Renacimiento? ¿Podemos ponernos de acuerdo acerca de cuál es el referente de este término? Y lo que es quizá, más vital: ¿qué tipo de acuerdo buscamos? Es decir, ¿hemos de buscar una definición que sea aceptada por unanimidad? Supongamos que sí. Ahora bien, esta suposición, el aceptar este hecho, nos lleva de nuevo a una disyuntiva. En primer lugar: ¿quiénes se tienen que poner de acuerdo?; en segundo lugar: ¿es la unanimidad un método científico válido? O, lo que es lo mismo: ¿es la ciencia una disciplina democrática?

Quiero aventurar aquí una respuesta tal vez apresurada: si respondemos a la primera pregunta (“¿Quienes se tienen que poner de acuerdo?”), habremos respondido también a la segunda (“¿Es la ciencia una disciplina democrática?”) Intentaremos, pues buscar una primera respuesta.

Nos hallamos enfrentados a una pregunta de considerable amplitud y, al mismo tiempo, intensidad: ¿quiénes se tienen que poner de acuerdo? Recuérdese que esta pregunta es el pórtico que nos permitirá penetrar en los enigmas planteados al comienzo de este artículo (“¿Ha existido Renacimiento en España”, “¿Existe España?”, “¿Ha existido Renacimiento en alguna parte?”).

¿Quiénes, pues, tienen que responder a esos enigmas?

Los historiadores, se pensará de inmediato, pues, ¿no es acaso el Renacimiento un fenómeno histórico, como lo es (si es que existe o ha existido) España? Y, sin embargo, una reflexión más pausada nos llevará a pensar en los filósofos, pues, ¿no es el Renacimiento un fenómeno esencialmente filosófico, o cuando menos digno de ser estudiado por la filosofía? Y después pensaremos que también habrá que contar con la opinión de los sociólogos y de los expertos en ciencia política. ¿Habrá que consultar también a los psicólogos?

!No!

Esa sería la respuesta intuitiva e inmediata, pero ¿no supone el Renacimiento, antes que nada, un cambio de mentalidad? Se nos dirá, con razón, que no podemos asegurar tal cosa, puesto que todavía no hemos decidido si ha existido siquiera el Renacimiento. De acuerdo, pero, ¿no tendrán entonces los psicólogos que ocuparse de aquellos que piensan que ha existido el Renacimiento, cuando, de hecho, no ha existido? He aquí que hemos dado de nuevo con un punto clave, hemos tocado hueso, hemos, en definitiva, puesto el dedo en la llaga. Porque a lo que tenemos que responder no es a la pregunta de si hay razones para afirmar que ha habido o no ha habido Renacimiento en España. A lo que de verdad tenemos que responder es a si ha habido, de hecho, Renacimiento en España. De nada servirá argumentar que no hay razones para afirmar que haya habido Renacimiento en España, de nada servirá tal conclusión si por otro camino queda establecido que, de hecho, sí ha habido Renacimiento en España.

Pero intentemos no fatigar al lector con disquisiciones académicas fuera de tono. Se trataba de decidir qué significa la palabra Renacimiento. Es decir: ¿qué condiciones se tendrían que cumplir para que pudiésemos decir: “Sí, efectivamente, ha habido Renacimiento y, además, lo ha habido en España”.

Renacimiento, ¿implica una pérdida de poder por parte de la iglesia, una secularización de las sociedad? Si es así, parece que no se puede decir que haya habido Renacimiento en España.

Renacimiento, ¿implica una apertura a los nuevos valores del Estado moderno? Si es así, tendríamos que admitir que no ha habido Renacimiento en España.

Renacimiento, ¿implica el surgimiento de una clase comerciante y burguesa perfectamente vertebrada? Si la respuesta es afirmativa, habrá que concluir que no ha habido Renacimiento en España.

Hemos alcanzado, según parece, un veredicto negativo y, sin embargo, persiste cierta insatisfacción, nos damos cuenta de que no hemos logrado responder de un modo definitivo, de que nuestra flecha ha errado el blanco. Porque, en definitiva, podemos convertirnos en fiscales de nuestro propio criterio y preguntar: en el caso de que no hubiera habido una pérdida de poder eclesiástico, ¿sería eso suficiente para decir que no ha habido Renacimiento en España? Y también: en el caso de que no se hubiese dado una apertura a los nuevos valores del estado moderno, ¿sería eso suficiente para decir que no ha habido Renacimiento en España? O, lo que es lo mismo: en el caso de que no se hubiese producido el fin del feudalismo y la pérdida del control intelectual por parte del clero y la nobleza, ¿sería eso suficiente para decir que no ha habido Renacimiento en España? Y por último: ¿en el caso de que no hubiese surgido una clase comerciante y burguesa perfectamente vertebrada, ¿sería eso suficiente para decir que no ha habido renacimiento en España?

Las anteriores preguntas exigen respuesta. Pero no una respuesta apresurada, desconsiderada, sino meditada y nacida de un examen riguroso. Porque, en definitiva, y con ello doy término a este artículo por fuerza inconcluso (como lo es cualquier obra humana), lo que podemos preguntarnos, aquello que legítimamente podemos y debemos inquirir, no es otra cosa que: ¿En el caso de que no hubiera habido Renacimiento en España, es eso suficiente para decir que no ha habido Renacimiento en España?

*********

[Publicado en 1994]

Elogio del diletantismo, por Fritz Mauthner
[PÓRTICO]

Nota en 2019

Esta es la primera introducción que escribí para mi revista Esklepsis, publicadaen el número 1, en 1994. El elogio del diletantismo que hace aquí Fritz Mauthner es también con toda probabilidad el origen de mi afición al término “diletante”, con el que siempre me he identificado y que ahora da nombre a mis cuadernos eléctricos, es decir a esa colección de escritos más o menos apresurados que otros prefieren llamar “blogs”.

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“Únicamente a dos notas de censura quiero yo contestar aquí… Las dos notas son: que yo no soy un profesional y que yo no ofrezco un positivo y teórico sistema del conocimiento, sino sólo negación y escepticismo nihilista… He oído precisamente también esta observación, de que no soy profesional, de unos jueces profesionales que encuentran mi conocimiento como precioso, útil e impulsivo, agregando casi ingenuamente: “!Pero es lástima que no sea un profesional!”. En el concepto de tales señores no soy verdaderamente un profesional. No tengo empleo académico alguno. No tendré por mi trabajo título de nombramiento… no tengo yo curriculum vitae en regla tras mí, ni carrera ante mí… No conozco las locales condiciones de cada una de las Universidades… ni de sus facultades… No he estudiado nada de esto, no tuve tiempo para ello. Yo no soy un profesional. Más aún. De muchos eruditos, de los cuales sobre el valor de sus trabajos tuve que probar, no sé verdaderamente yo, pobre autodidacta, en qué Universidad viven, no sé de éste o del otro si es que viven todavía o si es aún digno de consideración. El signo marcadísimo del diletantismo. Pues diletante es aquel que hace su trabajo por amor, por amor al trabajo, al trabajo, precisamente, que él hace.

Subo un poco más, me torno más serio y continúo. Sin duda no soy profesional en muchas ciencias que, para fundamento y ejemplificación de mi pensamiento, debí atraerme. No soy profesional en las ramas de la lógica, matemáticas, mecánica, acústica, óptica, astronomía, biología de las plantas, fisiología animal, historia, psicología, gramática, ciencia lingüística india, románica, germánica, eslava, etc…, etc. Hace mucho años hice un cálculo. Yo necesito para mi trabajo conocimientos de 50 hasta 60 disciplinas, en las cuales hay actualmente diluidos conocimientos del mundo. Para cada una de estas disciplinas precisa una cabeza acondicionada lo menos cinco años para asimilarse solamente los fundamentos de un saber profesional. Yo necesitaría, pues, unos trescientos años de incesante trabajo antes de poder comenzar a escribir mis propios pensamientos; pues mis pensamientos tienen la incomodidad de no observar la posibilidad del conocimiento del mundo por el microscopio de una sola disciplina. No soy tímido ante el trabajo. Yo hubiera ocupado de ello gustoso los trescientos años, no introduciendo en juego, como se acostumbra, ante un problema de tal magnitud,la medida de la vida humana. Pero yo me decía: suerte de las disciplinas científicas, excluidas algunas pocas, es que sus leyes no duren trescientos años; que yo, pues, tras los trescientos años de trabajo hubiera sido siempre y únicamente profesional en la última y estudiada disciplina, un diletante en las disciplinas cuyos estudios quedarán unos diez o veinte años atrás y un ignorante en las demás. Así, pues, tuve que renunciar al profesionalismo en todas aquellas ciencias cooperativas de mi trabajo; tuve humildemente que circunscribirme a apropiarme de todas estas ciencias-ayudas, tantos conocimientos, en tres veces nueve difíciles años, como creí precisos para la consecución de mi problema…. No tan seguro me encuentro en la refutación de la segunda nota: que yo no ofrezco un sistema positivo y esférico y que yo presento sin sistema. Pues mi insuperable y doloroso sentimiento me dice que, al menos, la segunda parte de esta observación no es injusta. Esto tiene, sin duda conexión con las verdades citadas hace poco. Una mejor cabeza, cuyo saber no fuera parcial, que hubiera hecho el trabajo de estudio sin envejecer ni morir… una tal cabeza no se hubiera contradicho, ni hubiera hecho jamás un rodeo; hubiera distribuido fina y ordenadamente todo documento en su obra paragráfica. Aquí soy un poco irónico solamente. Conozco las flaquezas de mi obra, que, probablemente, son las flaquezas de mi arte de trabajo.”

AL LECTOR

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He elegido este texto como primer Pórtico de Esklepsis porque en él se exponen algunas ideas que coinciden con la línea editorial de esta revista. El lector podrá ir descubriendo poco a poco esas afinidades. El texto pertenece a un excelente prólogo de Mauthner a su no menos excelente Contribuciones a una crítica del lenguaje.

Aquí he querido seleccionar tan sólo su defensa del diletantismo, que ilustra, pero como imagen invertida, aquella frase clásica que afirmaba: “Más vale saber todo de un poco que un poco de todo”.

Lo ideal, por supuesto, sería saber todo, o todo lo posible, de todo, pero, puesto que ello no se halla al alcance del ser humano -lo que es una suerte-, prefiero, con Mauthner, saber de todo un poco y, tal vez, mucho de alguna cosa en particular. Eso significa moverse en un terreno peligroso y quizá convertirse en un frívolo diletante, pero no es fácil dejar de interesarse por todas las cosas que a uno le interesan. Como decía otra frase justamente célebre: Homo sum et nihil homini alienum me est (Hombre soy y nada humano me es ajeno).

ESKLEPSIS es una revista aperiódica y espero ir mejorándola número a número, lo que por ahora no es difícil. Habrá secciones más o menos fijas, y otras aparecerán y reaparecerán. Por ejemplo: Ajedrez, Sherlok Holmes, Mujeres, Libros, Poesía, El espejo, Símbolos, Utopías, Ciencia, etcétera. Además en este número se inicia una historia del budismo y la primera entrega de la entrevista a David Laborda.

Al principio pensé hacer tres revistas en una: ESKLEPSIS, APOYO MUTUO y CUADERNOS EGÓLATRAS.

Apoyo Mutuo serviría para desarrollar temas sólo esbozados en ESKLEPSIS. Por ahora este proyecto ha sido desechado.

En cuanto a Cuadernos Ególatras, su primer número se ofrece como regalo junto a esta revista, en cuadernillo cosido aparte, fácilmente separable.

Las fotografías y dibujos han sido obtenidos mediante fotocopias. En el futuro, utilizaré un scanner. Se me ocurrió hacer esta revista en diciembre de 1992 y éste primer número sale en septiembre de 1994. Espero que el segundo no tenga que esperar tanto, si es que hay segundo número.

En el próximo número el Pórtico será un texto de Montaigne que explicará por qué existe ESKLEPSIS.

Por último, ningún ente individual concreto se identifica, que yo sepa, con todas las opiniones expresadas en la revista. Desconozco, asimismo, si existe en algún lugar un escléptico, pero sí sé que sería un error considerar que el esclepticismo es algún tipo de sistema filosófico. También sé que será muy difícil convencer de esto último a los seguidores de sistemas dogmáticos.

*********

[Este primer número de Esklepsis fue publicado en 1994]

Para saber qué era  Esklepsis y ver el contenido de los cinco números: ¿Qué es Esklepsis?

CONTENIDO DE ESKLEPSIS 1

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El realismo cristiano

TAN CERCA Y TAN LEJOS \2

Me acerca al cristianismo el que ambos somos realistas.

Durante la Edad Media tuvo lugar en el mundo cristiano una dura controversia entre realistas y nominalistas acerca de los ‘universales’, las palabras que designan géneros y especies en vez de individuos, por ejemplo:

  • “ser humano” o “mamífero” como géneros a los que pertenece un ser humano particular, como Socrates, o un animal determinado, comoe se león que ahora tenemos delante en el parque natural del Serengeti. ,
  •  “verde” referido al color verde y no a una cosa particular de color verde.

Los realistas decían que los géneros y las especies existen de manera semejante a como existen los individuos. Los nominalistas opinaban que esos géneros y especies o “universales” no son sino sonidos o palabras, sin más existencia posible.

Guillermo de Ockam

En la polémica medieval que enfrenta a realistas y nominalistas, he estado generalmente más próximo a los nominalistas, aunque mi actual posición es casi equidistante de ambas facciones y más próxima a una tercera vía: el conceptualismo. Pero no voy a desarrollar aquí mi postura en este asunto (que también añade algunos matices al conceptualismo), puesto que el realismo que me une al cristianismo no es el de los universales, sino el de las cosas.

En efecto, no se trata del realismo que se opone al nominalismo, sino del que se enfrenta al idealismo. Los realistas, en este segundo sentido, piensan que existe un mundo exterior que no es producto de nuestra mente, mientras que los idealistas opinan que ese mundo exterior no tiene existencia propia, sino que depende de los seres pensantes, o del pensamiento sin más. Que no existe nada ahí fuera y que todo es producto de nuestra mente.

Es decir, se puede explicar la realidad a partir de las cosas o a partir de nuestro pensamiento ( incluso aunque ese pensamiento sea acerca de cosas).

A menudo se dice que los realistas medievales no sabían que eran realistas, porque ni siquiera se planteaban que el mundo exterior pudiera no ser real. Lo daban por supuesto y no creían necesario justificar ni fundamentar la creencia en tal mundo exterior. Lo que se discutía entonces no era si las cosas tenían una existencia propia, sino si también se podía atribuir existencia a los conceptos (que es la polémica realismo/nominalismo mencionada antes). Sólo cuando los idealistas afirmaron que el mundo exterior no tenía existencia propia (con matices muy diversos, desde Berkeley a Hegel), los realistas se vieron obligados a plantearse las razones de su fe en ese mundo de cosas que existen fuera de la mente.

La anterior es una bonita explicación, pero es bastante inexacta, porque es falso que los problemas planteados por el idealismo y el racionalismo no se conocieran anteriormente. En realidad, los argumentos idealistas son deudores directos de los argumentos escépticos, que ya se conocían en Grecia y Roma. La única innovación sustancial del idealismo respecto al escepticismo es que el primero, tras utilizar los argumentos escépticos como crítica al mundo externo, crea un sistema dogmático basado sólo en la mente. Ana Gracián trata de este asunto en su artículo Crítica del metafenomenalismo, que se incluye en este mismo número de ESKLEPSIS.

Siguiendo los ejemplos de Kant y de Descartes, los realistas modernos han intentado fundamentar sus ideas sobre proposiciones a priori, es decir, no nacidas de la experiencia, y hay toda una corriente que corre tras la bandera del realismo crítico: un realismo bien fundado desde el punto de vista de la epistemología o la teoría del conocimiento (“cómo conocemos y qué podemos conocer”). Sus intentos han sido tan exitosos como los de sus rivales, los idealistas críticos: lo han explicado todo.

Todo excepto el hecho de que unos y otros no se dejan convencer por sus respectivas y estupendas demostraciones.

El realismo metódico – Etienne Gilson

Una segunda vía realista, tercera si contamos al realismo ingenuo (aquél que ni siquiera se plantea su propia existencia), es el realismo crítico o metódico de Etienne Gilson, que no busca una fundamentación basada en complicados principios a priori, sino que plantea un único prejuicio o a priori: “El mundo exterior existe”. A partir de aquí, la tarea del filósofo se hace muy sencilla.

A mí me gusta bastante la postura del realismo crítico, aunque quizá no es exactamente el camino que seguiría, porque tal vez rechazaría, antes que nada, seguir un método apriorístico y seguiría más bien el método analítico que proponía Condillac.

Bien, se me dirá, si sigues ese método, ya estás aceptando dos prejuicios: primero, que el mundo exterior existe, puesto que lo vas a analizar y a observar, con lo que incluyes lo que se quiere demostrar en la demostración; segundo, que el método analítico es un buen método para conocer la realidad.

Cierto. Además, incluyo otra premisa: que se puede explicar no sólo que el mundo exterior exista, sino que exista algo, y que se puede explicar en su pleno sentido, es decir, mediante argumentos. Ahora bien, yo cometo estos tres pecados de lesa filosofía, es cierto, pero estos tres argumentos, cambiando sólo algunas palabras (el mundo existe, por la mente existe, el método analítico por el método sintético) también los suponen mis rivales idealistas. Por otra parte, hay algunas cosas en las que estoy casi de acuerdo con algunos argumentos idealistas, pero de eso hablaré en otro momento.

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[Publicado en 1994]

 

COMENTARIO 2012

En Cosas que he aprendido de... dediqué un artículo a Jesucristo y los cristianos

Comentarios 2013

Al revisar el artículo, he decidido dividirlo en dos partes, por un lado Tan cerca y tan lejos: el cristianismo“, y por otra: Tan cerca y tan lejos: el realismo cristiano.

El texto en color marrón son modificaciones que he añadido ahora para hacerlo más comprensible.

 

CONTENIDO DE ESKLEPSIS 1

El nacionalismo (CASA DE CITAS)

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Una infancia atea
[Entrevista a David Laborda]

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Entre escepticismo y dogmatismo
Pierre Bayle

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Viaje a Ixtlan, de Carlos Castaneda
[LIBROS]

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El cristianismo
(TAN CERCA Y TAN LEJOS \1)

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El realismo cristiano

TAN CERCA Y TAN LEJOS \2


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Elogio del diletantismo, por Fritz Mauthner
[PÓRTICO]

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¿Ha habido de hecho Renacimiento en España? (FIRMA INVITADA)

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El análisis retrospectivo
[SHERLOCK HOLMES-AJEDREZ]

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Benjamin Constant y el espíritu de contradicción

EL ESPEJO


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El cristianismo
(TAN CERCA Y TAN LEJOS \1)

Uno de los aspectos que me acercan al cristianismo se refiere a una cuestión hipotética: en el caso de que yo fuese creyente, creyente en el sentido de seguidor de una religión, creo que me resultaría más apetecible el monoteísmo dualista cristiano (un solo Dios, pero distinto del mundo), que el monismo (“Todo es Dios”).

Esto es, evidentemente, aceptar una inconsecuencia desde el principio, pues si yo fuese creyente, no me plantearía qué religión me resulta más apetecible, si es que creer es un sentimiento que no atiende a razones. Los seguidores de la Meditación Trascendental podrían decirme que me equivoco, que la religión se puede elegir: lo mejor es hacer treinta minutos de meditación y después adherirse a la religión a la que uno se sienta más próximo. En cualquier caso, podría decirse también que uno puede llegar al monoteísmo o al panteísmo, e incluso al animismo, mediante demostraciones y argumentos, como el argumento de San Anselmo.

Pero yo me estoy refiriendo a una religión sentida y vivida. En este sentido, me parece más interesante el cristianismo, pues propone un Dios personal con el que puedes hablar, comentar tus problemas, un Ente al que puedes amar con la ardiente pasión de Juan de la Cruz y Teresa de Ávila, o con el intenso amor dolorido de Francisco de Asís.

Por contra, el monismo propone una Divinidad que lo es todo, impersonal, con la que no es posible la comunicación, una Divinidad que es ajena, como conciencia misma, a los problemas del creyente. Si para Nietzsche el cristianismo era monotonoteísmo, ¿que se podría decir del universo monista?

Por otra parte, ya sé que el Dios del cristianismo les parece a los monistas una creencia infantil, que refleja la niñez del creyente. Creo que tienen razón, pero eso no le resta atractivo. El atractivo se lo resta su escasa plausibilidad, su gran improbabilidad.

Ahora bien, existe un tercer camino: el panteísmo. Los panteístas parecen compartir los presupuestos teóricos de los monistas, pero la pasión de los monoteístas. Parecen amarlo todo con una intensidad comparable a la de Francisco de Asís, excluyendo tan sólo a ese Ser Supremo que era el centro de todos los desvelos del poverello. Así que a lo mejor es más importante el sentimiento mismo del creyente, que, según la época o el gusto personal, se dirige a una divinidad personal o a la naturaleza en su totalidad.

Por otra parte, es cierto que si existiese un Dios como el que proponen los cristianos, resultaría muy difícil sentir amor hacia él después de observar el dolor, la crueldad y los sufrimientos que existen en el mundo que ha creado. Por ello, si hubiese de elegir un Dios en el que creer, casi preferiría un sistema dualista, en el sentido de potencia del bien enfrentada a una potencia demoníaca, o el Dios de los socinianos como Newton, que no es omnipotente y, por tanto, no ha podido crear un mundo perfecto.

Las anteriores son algunas de las cosas que me unen al cristianismo. Hay muchas más, por supuesto, por ejemplo, el pragmatismo de Jesucristo expresado en la frase “Por sus obras los conoceréis”; la recomendación de amar al prójimo; el “no matarás”, la belleza de tanta música y tanto arte que tienen como motivo de aliento e inspiración la religión cristiana, la idea de que todos los hombres son iguales. Supongo que podría añadir bastantes cosas, pero no debo olvidar lo mucho que me separa del cristianismo.

Me separa el hecho de que es una religión, y yo no soy religioso. Me separa el que utiliza a Dios como justificación de esa igualdad humana, por lo que el comportamiento ético tiene un fundamento extrahumano y ajeno a la propia ética; de ahí que yo crea que la frase “Si no existe Dios, todo vale” ha de ser invertida: “Si existe Dios, todo vale”, porque todo depende de su voluntad, no de que sea razonable o justo.

Me separa del cristianismo la moral de premios y castigos, la creencia en un infierno y en un castigo eterno a los pecadores, la imposibilidad de hacer coherente la bondad infinita de Dios y el dolor que existe en el mundo. Pero lo que sin duda más me aleja del cristianismo es su terrible historia. Alguna vez he dicho o escrito que el cristianismo ha sido la doctrina en cuyo nombre se han cometido más crueldades, incluyendo a Hitler, Stalin y los asirios. No sé si es cierto o no, posiblemente sí, aunque tal vez, a la hora de juzgar al cristianismo nos dejamos llevar por la impresión de la oscura época que se inicia con la Inquisición.

Me separa del cristianismo, para terminar, que, como sucede en cualquier religión revelada, sus preceptos y sus enseñanzas se basan en argumentos de autoridad (“lo dijo Jesús”, “lo dijo San Pedro”) y no en razones.

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[Publicado en 1994]

 

Comentario en 2013:

En el artículo original publicado en 2013, también hablaba de mi cercanía y lejanía con el realismo cristianos, entendido de dos maneras casi opuestas: como enfrentado a idealismo y como rival de nominalismo. Ahora esa parte del artículo está aquí: El realismo cristiano.

COMENTARIOS Y ENLACES 2012

En Cosas que he aprendido de... dediqué un artículo a Jesucristo y los cristianos

CONTENIDO DE ESKLEPSIS 1

El nacionalismo (CASA DE CITAS)

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Una infancia atea
[Entrevista a David Laborda]

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Entre escepticismo y dogmatismo
Pierre Bayle

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Viaje a Ixtlan, de Carlos Castaneda
[LIBROS]

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El cristianismo
(TAN CERCA Y TAN LEJOS \1)

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El realismo cristiano

TAN CERCA Y TAN LEJOS \2


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Elogio del diletantismo, por Fritz Mauthner
[PÓRTICO]

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¿Ha habido de hecho Renacimiento en España? (FIRMA INVITADA)

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El análisis retrospectivo
[SHERLOCK HOLMES-AJEDREZ]

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Benjamin Constant y el espíritu de contradicción

EL ESPEJO


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Viaje a Ixtlan, de Carlos Castaneda
[LIBROS]

Aunque no es el primer libro de la serie de Don Juan, en él se cuenta el primer encuentro de Carlos Castaneda con el brujo yaqui, antes de las experiencias alucinógenas. Lo más interesante es posiblemente lo de soñar, y algunos consejos prácticos, que he intentado aplicar, aunque todavía sin mucha intensidad.

Yo estoy de acuerdo en la idea general de Don Juan: que el mundo que vemos es sólo una manera de ver el mundo, una manera que nos ha sido enseñada, y que hay otras maneras de ver el mundo también más o menos coherentes, entre ellas la de Don Juan. Pero difiero en muchos pequeños y grandes detalles. Por ejemplo, en lo del punto de encaje y una supuesta infancia no condicionada que es como una especie de paraíso del conocimiento real. En las proposiciones de tipo metafísico, casi idénticas a las de cualquier mística, también difiero. Y creo que al libro de Castaneda se le puede aplicar el juicio que diera Samuel Johnson acerca de cierto libro: “La obra es original e interesante. Pero la parte interesante no es original y la parte original no es interesante”.

Carlos Castaneda en 1949

 

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[Publicado en 1994]

Entre escepticismo y dogmatismo
Pierre Bayle

“Yo sé demasiado para ser pirrónico y demasiado poco para ser dogmático. ”

Pierre Bayle

 

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NOTA 2012

“Pirrónico” en este contexto de entenderse como escéptico radical, aquel que afirma que nada se puede conocer o que no se puede establecer ningún tipo de principios que sean verdaderos con toda seguridad.

Pierre Bayle fue el creador del Diccionario Histórico-Crítico, gran obra precursora de la Ilustración y de la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert.

[Publicado en 1994]

Una infancia atea
[Entrevista a David Laborda]

 

Daniel Tubau:
Hablemos de su infancia. Tengo entendido que en su niñez usted era mucho más radical en las cuestiones religiosas que ahora.

David Laborda:
Sí, creo que sí. Pero me parece que esta es una cuestión temporal, y no me refiero a la edad, sino al mero transcurso del tiempo: uno acaba cansándose de sus propios argumentos y de sus pasiones, se vuelve uno incrédulo hacia sí mismo a causa de haberse oído decir tantas veces las mismas cosas. Además, hay que tener en cuenta el contexto: cuando yo era niño, Franco todavía vivía, y ser ateo era algo verdaderamente llamativo, al menos en el colegio.

DT: Entonces, usted era ateo por afán de llamar la atención.

DL: No, yo era ateo porque había nacido en un ambiente familiar ateo y porque no había encontrado ninguna razón que me impulsase a creer en Dios. Supongo que esa es la explicación. Además, me gustaba epatar, provocar el escándalo, vicio que he tardado mucho en abandonar. Pero no es que fuera ateo para epatar. Utilizaba mi ateísmo para llamar la atención, como después utilicé mis ideas acerca del sexo, que también eran llamativas, pero no insinceras.

DT: ¿Qué tipo de cosas le gustaba hacer para llamar la atención con su ateísmo?

DL: Bueno, tonterías, cosas de niños. Recuerdo que en Barcelona, cuando repetí cuarto de EGB, tenía dos amigos. Uno era andorrano, Ricard Mas, y el otro finlandés, Oli Petteri Silver. Los dos eran también ateos, o al menos lo era Oli Petteri (al que llamábamos Petteri), y nos gustaba llamar la atención de los demás diciendo cosas como: “Si existe Dios, que me ponga una peseta en la mano…está bien, una moneda de diez céntimos. Si me da los diez céntimos, creeré en Dios…, etcétera”. Disfrutábamos mucho con este tipo de entretenimientos, sobre todo viendo las caras de nuestros compañeros.

DT: ¿Y cuando dejó de jugar a este juego?

DL: Cuando dejó de llamar la atención, aunque, como yo siempre tenía fama de ateo y, por otra parte, me gustaba sacar la contraria, cuando me cansé de hacer de ateo, empecé a hacer de creyente.

DT: ¿Y esta postura era sincera también?

DL: No, nunca he creído en Dios. Lamentablemente, nunca he tenido ni la más mínima experiencia religiosa, entendiendo este termino como intuición de un ser supremo, no en su sentido ético o estético.

DT: ¿Y por qué le parece lamentable no haber pasado por ese tipo de experiencias? ¿Le gustaría creer en Dios?

DL: Me parece lamentable porque me gusta conocerlo todo. Es una experiencia que podría ser muy interesante, tal vez. Mi única experiencia más o menos mística la tuve cuando cortaba en pedazos un conejo para guisarlo. Empecé a ver la carne como el cadáver de un animal y sentí náuseas, comencé a ver mal y tuve que dejarlo para no desmayarme. No es muy espectacular.

DT: No me ha respondido si le gustaría creer en Dios.

DL: No, no me gustaría creer en Dios. Eso sería un poco absurdo, ¿no cree? Una cosa es querer que Dios exista, y otra, bastante ridícula, “querer creer que Dios existe”. En cualquier caso, lo único que me puede impulsar a querer que Dios exista es el egoísmo unamuniano: si Dios existe, yo puedo seguir viviendo después de la muerte. Alguna vez, sin embargo, la idea de que Dios exista se me ha presentado como apetecible porque me permitiría volver a ver a personas que ya no viven y a las que echo mucho de menos.

DT: Sin embargo, el que Dios exista no asegura que nosotros sigamos viviendo.

DL: No, por supuesto, pero también, por contra, podemos ser inmortales sin que Dios exista. La hipótesis de la reencarnación no obliga a la existencia de Dios. Según el sabio Nagasena, la reencarnación ni siquiera implica transmigración de las almas.

DT: ¿Cómo es eso posible? Yo creía que ambos términos eran prácticamente sinónimos.

DL: Bueno me parece que lo mejor será que anote este asunto en su ya sobrecargada libreta de temas pendientes, porque nos están llamando desde el jardín. Me parece que ya está lista la comida.

(David Laborda niño)

 

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[Publicado en 1994]

El nacionalismo (CASA DE CITAS)

El juego consiste en escribir un artículo en el que todo lo que se dice ya ha sido dicho por otros. Se trata de no ser original, o de serlo de manera consecuente, si fuera cierto que “ser original consiste en decir lo que han dicho otras personas, pero haciendo creer a los demás que se le ha ocurrido a uno”. El juego es también la ejemplificación de varios dichos célebres: “Nada nuevo bajo el sol” y “Todo ha sido ya inventado”. O en el terreno de la filosofía, aquello que decía Aristóteles: “No hay ninguna opinión, por absurda que sea, que no haya sido sostenida por algún filósofo”.

En cierto modo, se trata de aplicar de una manera lúdica lo que parece ser una exigencia de las actuales tesis doctorales: que toda opinión o argumento haya sido sostenido por cualquier autor, excepto por el que firma la tesis.

Norman O.Brown, El cuerpo del amor

Pero en este juego las reglas son estrictas: hay que saltar de una cita a otra, sin más transición que la que permite unirlas en un discurso coherente. Y la coherencia de este juego se demuestra por el mismo hecho de que el juego mismo ni siquiera es original: ya lo practicó Norman E.Brown en El cuerpo del amor, y, en cierto modo, Marshall McLuhan en El medio es el masaje, donde todo lo que no es cita de autores pasados es cita para autores futuros.

Repito cuáles son las reglas: un collar de citas unido por un delgado hilo argumentativo, cuya única misión es dar coherencia a la sucesión de textos. La citas han de ocupar por lo menos el setenta y cinco por ciento del total. He decidido comenzar con el tema del nacionalismo, consultando, en diversos libros de citas, palabras como PATRIA, PATRIOTISMO, NACIÓN Y NACIONALISMO.

El juego comienza ya .

LA CASA DE CITAS

EL NACIONALISMO

Le jour du quatorze juillet

je reste dans mon lit douillet (1)

( Georges Brassens)

Son pocos quienes opinan que en todo momento un patriota es un loco (2). Aunque algunos piensan que allí donde se está bien, esa es la patria(3), y otros responden cosmopolita cuando se les pregunta de dónde son(4), puesto que toda tierra es accesible para el hombre sabio, dado que la patria del alma buena es todo el universo (5), la mayoría opina que el que no ama a su patria, no puede amar nada (6).

Sin embargo, muchos están de acuerdo en que bueno es saber algo de las costumbres de otros pueblos para juzgar las del propio con mejor acierto (7). Y no creer que todo lo que sea contrario a nuestros modos es ridículo y opuesto a la razón, como suelen hacer los que nada han visto. Pues no es sino algo mezquino y una estupidez acabada aceptar la obligación de vivir en un rincón de tierra marcada con rojo o azul sobre el mapa y detestar por ello todos los rincones que aparecen de color verde o negro (8).

Sin embargo, es perfectamente posible pensar que el nacionalismo es una estupidez y considerar, al mismo tiempo, que la represión de las ansias nacionalistas no sólo es una estupidez mayor, sino también una muestra más de nacionalismo. En efecto, si bien es cierto que el patriotismo es una de las perversiones más estúpidas de la humanidad (10), más lo es la violencia (9).

Lo malo es que ambas perversiones suelen ir juntas, puesto que cualquier medio es lícito para salvar a la patria (11). Y aunque algunos opinan que hay que confiar en hallar que mi patria tiene razón, pero la tenga o esté equivocada, yo la defenderé (12), al fin y al cabo, con la patria se está con razón y sin razón, en todas las ocasiones y en todos los momentos de la vida (13).

Por último, los más originales combinan el nacionalismo con el cosmopolitismo: “Basta con que ponga un pie en suelo extranjero para sentirme conmovido por su destino y para -en cierto modo restringido, se entiende- preferirlo a todos los demás. No hay bandera que, cuando el viento la hincha, la hace estallar, la levanta y la extiende majestuosamente, no me haga estremecer hasta la médula. No existe nación que yo deteste; hay muchas a las que quiero; por todas siento simpatía. Si quiero a mi madre, comprenderé mejor que usted ame a la suya, y proyectaré sobre ella parte de mi amor por la mía, al igual que usted proyectará sobre la mía un poco de su afecto por la suya” (14).

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Origen de las citas

1. “El día 14 de julio, me quedo en mi blanda cama”. (El 14 de julio es la fiesta nacional de Francia).

2. Alexander Pope

3. Pacobio”,”Ubi bene, ibi patria”]

4. Diógenes el cínico]

5. Demócrito. También decía Marco Aurelio: “Mi patria y mi ciudad, en cuanto Antonino, es Roma; pero en cuanto hombre es el mundo”.

6. Lord Byron.

7. Descartes.

8. Flaubert.

9. Daniel Tubau, en un artículo publicado en El Independiente.

10. Iván Tubau.

11. Quintiliano.

12. Criltenden.

13. Cánovas.

14. Vladimir Volkoff.

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[Publicado en 1994]