Noticias de Francia

||Moral y normas de conducta

||| El Duelo

[Leer capítulo: uno, dos]

—¿Qué nuevas traéis de Francia, barón? -preguntó el Abad de Velfenhauss.

—El rey espera la sentencia de la Convención; su intento de fuga ha complicado extraordinariamente la situación. Queda una esperanza en la actitud de los girondinos, no olvidemos que Vergniaud evitó que el rey fuera depuesto en la Asamblea.

—Los girondinos desean la monarquía -dijo el Abad, con un gesto de profundo convencimiento-, ¿no fueron ellos quienes nombraron un preceptor para el Delfín?

El barón bajó la cabeza en señal de asentimiento.

Pierre Victurnien Vergniaud

Sí, pero las últimas elecciones no les han sido favorables y su fuerza en la Convención ha decrecido ante el empuje de los jacobinos, que en París han arrasado.

Tras decir lo anterior, el barón guardó silencio, como sopesando sus palabras, y continuó:

—De todos modos, ya no confiaría en los girondinos. Desean extender la Revolución, persiguen la República Universal.

—¿Quién se alzará en defensa de la monarquía? -suspiró el Abad-; la Iglesia ha sido desposeída de sus ancestrales propiedades, que le han sido arrebatadas por el vulgo. Es vergonzoso que Europa no acuda en defensa de Francia.

—Tal vez sería peor el remedio que la enfermedad -objetó el barón-; el ejército invencible de Brunswick huyó en desbandada ante Dumaríez y…

—A ustedes no les fue mejor en Jenappes -dijo una mujer con marcado acento prusiano-; el arrogante ejército austríaco vencido por los despreciables sans-culottes.

—No tan despreciables -corrigió el barón-; esos hombres parecen guiados por una fe casi religiosa en su revolución -el barón observó un gesto de desagrado en el Abad ante sus palabras y añadió:- Bien, digamos que les anima el diablo; pero, sea como fuere, hemos perdido Bélgica, las gentes de Niza y Saboya han pedido ser anexionadas a Francia… La guerra, créanme, les refuerza en sus convicciones, les hace más poderosos.

—Les ciega el afán de destrucción -dijo el Abad.

—No -respondió el barón-, luchan y mueren por sus ideales, es absurdo negarlo. Nuestra intervención les hace olvidar sus dudas y sus rencillas, dejan a un lado sus problemas internos para unirse en contra del enemigo común: Austria y Prusia.

Batalla de Jemappes, 6 de noviembre de 1792, en la que las tropas revolucionarias de Charles François Dumoriez vencieron a los austriacos

—¿Proponéis entonces -preguntó la mujer-, que si abandonamos a los franceses a su suerte ellos se ocuparán de hacer regresar las aguas a su cauce y morirá el nocivo germen de las ideas revolucionarias?

—Tal vez no, pero estoy convencido de que Austria y Prusia están favoreciendo, naturalmente sin quererlo, la creación de una dictadura revolucionaria cuyo cabecilla sería Robespierre.

—!Que Dios nos guarde de ese demonio! -exclamó el Abad-; pero él, tras sus discursos en favor de la República, no puede erigirse en dictador.

—Ser dictador y profesar ideas republicanas no es tan difícil como parece -dijo el barón sonriendo-. En Roma este caso se dio a menudo, y también el inverso, partidarios del Imperio que rigieron la República. No me sorprendería que Robespierre se hiciera coronar: no dudo que su fértil imaginación le proveerá de mil excusas para hacerlo.

El barón guardó silencio al observar que sus oyentes miraban hacia la puerta de entrada. Un grupo de nobles se reunía en torno a un hombre que acababa de entrar; todos le escuchaban atentamente. Por el efecto que sus palabras causaba entre los reunidos, traía malas noticias. El barón se acercó al grupo que rodeaba al emisario.

—¿Qué sucede? -preguntó.

—!Luís XVI ha muerto en la guillotina!

 

Continuará…


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El narrador de El Duelo

|| Sobre El Duelo

Comentarios en la edición (privada) de 1998.

Escribí El Duelo hace catorce años, pero, al editarlo ahora, no he cambiado casi nada. Quizá alguna palabra o frase, siempre por razones de comprensión. He visto defectos mayores en la forma y, por supuesto, en el contenido, pero he preferido conservarlos, aunque no exactamente por espíritu de fidelidad. No hace falta decir que El duelo, sea lo que sea, está incompleto. Calculo que su extensión, de haberlo terminado, sería cuatro o cinco veces más.

El duelo no es una novela, puesto que es todo diálogo excepto alguna breve descripción que sitúa la acción como lo hace una acotación de teatro. En cierto modo se asemeja mucho a una obra de teatro, puesto que todo es diálogo, pero también de vez en cuando aparece un narrador que nos dice lo que piensan los personajes, por ejemplo, después de la segunda entrevista del barón con Eugenia. Así que es un híbrido que podría ser convertido más fácilmente en teatro que en novela.

En estos días me interesa mucho este asunto de las novelas psicológicas, de si el narrador debe decir o no al lector lo que piensan los personajes. En cierto modo, ahora parece bastante extendida una forma, que debe mucho a Jacques el fatalista de Diderot y al Tristan Shandy de Sterne. Se trata de que los personajes son algo así como marionetas del autor, marionetas que representan distintos arquetipos: el inseguro pero valiente, la mujer que es incapaz de comprometerse aunque es lo que más desea, etcétera. El autor deja hablar a los personajes, nos cuenta lo que dicen y también lo que piensan y además, de tanto en tanto, se aparece para recordarnos que esos personajes no existen, que son seres inventados por él. Así que se trata de una narrador omnisciente en el más pleno sentido de la palabra. Es un autor todopoderoso: el crea el universo y no sólo lo observa y lo describe como alguien que mira un cuadro o un paisaje: también se mete dentro de las cabezas de sus seres ficticios y nos cuenta lo que pasa por ellas.

A mí me gusta mucho lo de hablar al lector, y recuerdo que hace quizá quince años o quizá veinte jugaba continuamente con la idea de escribir algo así, pero entonces comencé a leer Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino, y al ver que él hacía eso que yo pensaba hacer, me desanimé y abandoné el proyecto, además de no continuar con la lectura del libro de Calvino. Creo que fue años después cuando leí el maravilloso Jacques, y años más tarde, finalmente, el Tristam Shandy, con lo que recorrí el camino inverso al histórico, pues Diderot imitó a propósito a Sterne, y Calvino sin duda a ambos. Sé, sin embargo que hay muchos más ejemplos de esto, y creo que algunos se hallan en Grecia o Roma. Podría escribir un ensayo sobre el asunto.

Naturalmente, uno de los precedentes más claros se halla en el teatro, en esos bufones que hablan al público, revelando la intención secreta de los personajes, o en el coro griego, o sencillamente en esos personajes que recitan una introducción o entretienen al público con alguna reflexión entre acto y acto. Sé que hay ejemplos en el teatro francés, me parece recordar que en Marivaux y quizá en Moliere. Posiblemente también en Goldoni.

Pues bien me gusta eso de jugar al metanivel: saltar por encima y descubrir que esa novela es un juego de marionetas.

No siento, sin embargo tanta simpatía por el narrador omnisciente que nos revela los pensamientos de sus personajes. Me gusta cuando se narra en primera persona y, por tanto, sólo se conoce el pensamiento del narrador principal, aunque hay novelas en las que el autor se descuida y nos dice lo que piensan los demás personajes. Sí, claro, en realidad se trata de lo que el narrador en primera persona piensa que piensan los demás personajes, pero aún así, a menudo da la sensación de que no se debe ni puede dudar de que eso es realmente lo que piensan los otros personajes, de que realmente ese narrador en primera persona lo sabe. ¿Cómo puede saberlo?

No voy a seguir desarrollando este tema porque, precisamente, va a ser uno de los motivos y razones de algo que quiero escribir. Sólo añadiré algunas cosas, aun a costa de repetirlas allí dentro de unos meses.

Continuará….


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Sobre El Duelo

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En passant

||| El Duelo /12

[Leer capítulo: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce]

13. En passant

__Creo que no os conozco –dijo Eugenia, mirando atentamente al pirata que le había ofrecido su brazo.

__Podéis llamarme Misson –dijo Frederick- y si me acompañáis os revelaré por qué yo sí os conozco a vos.

__¿De veras? No hubiera creído que fuera tan fácil reconocer a una monja portuguesa.

__Debéis perdonarme –dijo bastante confuso el joven-, me refería a vuestra verdadera identidad.

__Si conocéis mi verdadera identidad, no puedo hacer otra cosa que felicitaros y pediros que me reveléis ese secreto cuanto antes, pues yo llevo toda mi breve existencia intentando averiguarlo.

__Me temo que no podré cumplir ese deseo vuestro.

__¿Y si podréis cumplir otros deseos? –preguntó Eugenia con una sonrisa que Frederick no supo descifrar.

__La pregunta suena extraña en boca de una monja.

__Pero vos sabéis que no soy una monja.

__Por supuesto, sé que sois la sobrina de Vivienne.

__Así es. ¿Y quién sois vos?

__Como pirata, podéis llamarme Misson. Mi otra identidad no os la puedo revelar.

__Os gusta parecer misterioso.

__Al contrario, pero me veo obligado a ello.

  

Continuará


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Sobre El Duelo

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Juego oculto

||Moral y normas de conducta

||| El Duelo

[Leer capítulo: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis,]

 

7. Juego oculto

—Ha desaparecido el peligro, pero os ruego que permanezcáis en vuestras habitaciones -recomendó el barón.

—Decídme -pidió Frederick-, ¿qué impresión os ha causado la sobrina de Vivienne?

—La mejor que podía esperarse. Es una joven hermosa y, al parecer, no carece de ingenio, aunque tal vez peca de timidez o modestia. Sus rasgos recuerdan la antigua belleza de su madre, pero en sus ojos se percibe un brillo misterioso, sin duda heredado de su padre. No ignoráis el trágico fin de aquel hombre admirable, que fue mi más apreciado compañero de juventud.

—Tengo por cierto que se suicidó -dijo Frederick-. ¿Es verdad?

—Sí -confirmó el barón con un deje de tristeza-. sus enemigos aseguran que la demencia se había apoderado de él, y no les falta razón. Su temperamento le llevaba en ocasiones a la violencia. La vacía vanidad y la ilustrada ignorancia de cuantos le rodeaban llegó a enfermarle. Los últimos años de su vida permaneció aislado del mundo, conteniendo sus deseos de destrucción que, finalmente, se volvieron contra él. He observado en su hija algunas señales alarmantes, casi imperceptibles, escondidas pero tangibles para alguien que conoció tan bien como yo a su padre. Es mi deber evitar que la funesta semilla crezca en su interior. La terrible suerte de su padre es un pesado lastre para esta muchacha, y una de las razones que alejan a los pretendientes.

—¿No habíais dicho que su matrimonio ya estaba concertado?

—Nada hay seguro -respondió el barón-, podría decirse que ésta es su última oportunidad.

—¿Podré verla? -preguntó Frederick.

—No es aconsejable, esperad unos días, hasta la celebración del baile. Entonces, escondido tras vuestra máscara, podréis caminar sin temor entre los invitados.

—Proporcionadme dos sirvientes que me ayuden en la confección de mi disfraz.

—Los tendréis -prometió el barón.

 

Continuará


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Sobre El Duelo

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La diagonal del alfil

||| El Duelo /12

[Leer capítulo: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once]

12.La diagonal del alfil

—¿Ahora tenéis tratos con piratas? -preguntó con socarronería el abad.

—Siempre los ha tenido -dijo Frederick, con idéntica socarronería.

—Es un buen pirata -dijo el barón y enseguida, intentando desviar la conversación, preguntó:- ¿cómo han ido vuestros asuntos en Francia?

Nuestros asuntos -corrigió el abad- no van muy bien, pero tal vez mejoren en fechas próximas, las fuerzas coaligadas europeas están siendo derrotadas por los ejércitos franceses, pero en París las divisiones entre los dirigentes de la Convención aumentan de día en día, el terror se impone, han sido guillotinados Hebert y algunos de sus seguidores y, en el otro extremo, Danton, acusado de traición.

—!Es él caos! -exclamó el barón con exagerada indignación-. ¿No opináis vos lo mismo? -preguntó, dirigiéndose a Frederick.

Frederick guardó silencio durante unas segundos, el abad le miraba fijamente, esperando su respuesta. Cuando se disponía a hablar, el barón decidió que el juego había ido demasiado lejos.

—Olvidemos la revolución; ahí está Eugenia- dijo, y señaló con un gesto las escaleras que daban al salón principal, por las que descendían tres mujeres.

Vivienne, su sobrina Eugenia y la marquesa de Cicnos, esperaron junto a las escaleras la llegada del barón y el abad, mientras Frederick permanecía discretamente alejado, ante el temor de que Vivienne le reconociera.

—Voy a hablar con ese apuesto pirata -dijo Vivienne, mirando a Frederick.

—Quizá sería mejor que os presentara a alguien que desea vivamente conoceros -dijo el barón, intentando alejar a Vivienne de Frederick.

—Si tanto lo desea, podrá esperar a que yo hable con mis amigos -dijo Vivianne con una sonrisa cómplice-. No temáis, podéis confiar en mi discreción. Él y yo estamos en bandos enemigos y mortalmente enfrentados, pero mientras me sea posible intentaré seguir viviendo en el mundo amable en que fui educada y que ahora está desmoronándose.

  

Continuará


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Sobre El Duelo

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La mayor influencia

|| Sobre El Duelo

Johann Wolfgang Goethe

 

Aunque se pueden encontrar muchas influencias en El Duelo, algunas conscientes y otras inconscientes, la más clara es Las afinidades electivas, de Johann Wolfgang Goethe. La influencia se detecta no sólo en el tono de la obra, sino en pequeños detalles, como que el personaje principal sea en ambos casos un barón o en las conversaciones acerca de jardines (mucho menos elaboradas en El Duelo que en Las Afinidades). Además, me parece recordar que mi intención era proponer en el problema amoroso que se iba a producir entre el barón, Frederick y Eugenia una tesis opuesta a la de Goethe en su obra.

Parece, sin embargo, que existe una influencia más fuerte de los ilustrados franceses, pero me da la impresión de que cuando escribí El Duelo, apenas había leído a ninguno de ellos, o si acaso tan sólo a Voltaire (sus cuentos Micromegas). La información acerca de Rousseau y su vida privada no recuerdo ahora de dónde la obtuve, pues apenas he leído nada de Rousseau, aunque lo he intentado alguna vez. En cuanto a Diderot, creo que no había leído nada suyo, por muy sorprendente que pueda parecer. Algunos pasajes sí parecen indicar que había leído a Descartes, probablemente su Discurso del Método. Pero también es evidente que entonces no sentía hacia Descartes el afecto y el respeto que ahora le tengo, a pesar de tantas cosas en las que no estoy de acuerdo con él.

[Escrito en 1998 en la primer edición privada de El Duelo]


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Sobre El Duelo

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Libertalia

||| El Duelo /11

[Leer capítulo: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez]

11.Libertalia

 

—Os confieso que vuestra historia acerca de las andanzas del pirata Misson ha excitado mí imaginación -dijo Frederick cuando, horas después de su última conversación, ambos se hallaban en la concurrida fiesta-. Había oído hablar de piratas que fundaron reinos, como John Avery, rey de Madagascar, pero nunca de repúblicas creadas por los espumadores del mar.

—Es sin duda un caso único -confirmó el barón-. Entre esas gentes abundan los temperamentos crueles y sanguinarios, que son precisamente los menos peligrosos y que a menudo regresan a su patria y obtienen un título de nobleza. Aquel hombre que habla con la duquesa de Sax -dijo señalando un lugar de la estancia donde conversaban un caballero y una dama-, aquel hombre parece haber olvidado su disfraz, pues viste como nosotros en un día normal, pero no os dejéis engañar por las apariencias. Su disfraz es perfecto: en sus buenos tiempos fue un pirata inglés de bastante renombre que, tras sus correrías en las Antillas, obtuvo el perdón real a cambio de ayudar a la erradicación de sus antiguos camaradas. Misson fue, no lo dudéis, un caso excepcional.

—Me permito rogaros que me conteis su trágica historia sin olvidar detalle alguno -pidió Frederick.

—Comenzaré por deciros que no estaba solo. Le acompañaba un antiguo dominico llamado Caraccioli, verdadero artífice de la creación de Libertalia.

—¿Pretendéis dar un sentido religioso a la gesta de Misson? -preguntó Frederick.

—Sólo pretendo respetar los hechos -respondió, un poco molesto, el barón-. El Misson que vos admiráis no habría existido sin Caraccioli. Misson había nacido en el seno de una noble familia provenzal venida a menos, pero fue educado convenientemente y se le preparó para convertirse en mosquetero. Siempre he pensado -prosiguió el barón- que los viajes abren la mente de los hombres. Así le sucedió a Misson, aunque él ya iba predispuesto a ello cuando se embarcó rumbo a Italia en la nave Victoria.

—¿A qué obedeció este viaje?

—Sentía una admiración extraordinaria hacia las obras de la antigüedad. En Roma conoció al dominico Caraccioli, un hombre que no se guiaba mas que por sus propias normas que, evidentemente, eran contrarias a las propugnadas por la Iglesia. Observo que ahora os agrada la conducta de este hombre, lo que revela cierta hipocresía en vos, pues en nuestro primer encuentro defendisteis la necesidad de obedecer un método y alabasteis al cristiano que obedece fielmente la norma cristiana.

—Alabé al que cree en ella y la cumple -protestó Frederick-. Resulta evidente que ese no era el caso de Caraccioli. Pero no reanudemos una antigua disputa y continuad vuestro relato.

—De acuerdo -concedió, el barón-. Misson y Caraccioli emprendieron viaje rumbo a las Antillas para combatir a los ingleses. Fue entonces cuando el ex-dominico explicó sus ideas a Misson. Caraccioli calificaba de contrarias a la naturaleza la monarquía, la desigualdad, la opresión, el gobierno de los poderosos y la pena de muerte. Misson quedó subyugado por las palabras de su amigo, al igual que vos por los hechos de la revolución. Nada habría sucedido -prosiguió el barón-, y toda hubiese quedado en una simple conversación, de no ser porque el destino favoreció a aquellos dos idealistas.

—¿De qué modo pudo intervenir el azar? -preguntó Frederick.

—La nave Victoria entabló combate con un buque inglés y toda la oficialidad pereció en el combate. Caraccioli vio en este hecho fortuito la oportunidad de llevar a la práctica sus sueños. Él y Misson convencieron a la tripulación, halagándola con palabras de libertad, y fueron nombrados capitanes del barco, título que ellos aceptaron, aunque aseguraron que sólo harían uso del mando para garantizar el bien común.

La conversación fue interrumpida por uno de los invitados, el almirante de C… Cuando, tras una correcta, pero breve, presentación, el almirante se alejó, el barón continuó su relato.

—Del mismo modo que a este hombre podríais unirle a cualquier causa hablándole de gloria y reconocimiento público, Caraccioli se ganó el apoyo de su inculta tripulación prometiéndoles libertad y aventura. El mismo decidió adoptar como enseña una bandera blanca con la estampa de la libertad y las palabras “A Dea Libertate”, rechazando la opinión de algunos de sus compañeros, más favorables a la bandera negra de los piratas. Pronto capturaron un barco inglés, del que se llevaron el ron, pero perdonaron a la tripulación. Sus andanzas continuaron a buen ritmo,:asaltaron dos barcos de esclavistas y liberaron a los negros, que se unieron a la tripulación del Victoria con los mismos derechos que los blancos.

—Al parecer, les sonreía la fortuna -comentó Frederick.

—En efecto, con una tripulación compuesta de individuos de todas las nacionalidades, llegaron a las Comores, desembarcando en la isla de Anjuan.

—Perdonad que interrumpa vuestra increíble narración pidió Frederick-. ¿Qué hacían con aquellos que se negaban a unirse a la empresa?

—Los desembarcaban.

—¿Así de sencillo? -preguntó incrédulo Frederick.

—Así de sencillo -repitió el barón-, al menos al decir de Johnson, un biógrafo bastante severo y riguroso por lo general.

—¿Fundaron, entonces, Libertalia en la isla de Anjuan?

—No -respondió el barón-. Allí gobernaba una reina que mantenía una guerra inmemorial con el caudillo de Mohali, una isla cercana. Misson y Caraccioli ayudaron a la reina de Anjuan y permanecieron en su isla durante un tiempo. Desesperados por no poder pacificar a los enemistados indígenas, abandonaron finalmente Anjuan y siguieron la costa de Mozambique. En un combate contra una nave portuguesa, Caraccioli perdió una pierna, pero eso no detuvo la soñada expedición hacia Utopía, donde fundarían el país de Libertalia. Decidieron establecerse en una bahía al norte de Madagascar y comenzaron a construir una ciudad. Mantenían buenas relaciones con los nativos y de vez en cuando se hacían a la mar para capturar barcos mercantes. Pero, me temo que la conversación se alarga en exceso, no puedo descuidar a mis invitados, incluso aunque ente ellos haya piratas arrepentidos -dijo el barón, ante la desolación de Frederick, pero añadió al ver el gesto de su amigo:- En fin, intentaré ser breve. La existencia de la colonia se desarrollaba en paz y tranquilidad, En una ocasión encontraron al famoso pirata Tom Tew, que se unió a la empresa. Asimismo, para solucionar las disputas entre los ciudadanos, Caraccioli propuso convocar elecciones. También se adoptó un idioma oficial, resultante de las mil lenguas que allí convivían: francés, holandés, inglés, malgache, portugués y un buen número de dialectos africanos.

—Nada   hace   presagiar   el   trágico   fin   que me anunciasteis para Libertalia -observó Frederick-, ¿Fue acaso un destino fatal?

—Tal vez -dijo el barón-, pero me inclino a pensar que fue más bien la excesiva bondad de Misson, su extraordinaria ingenuidad. Poco antes de encontrar a Tom Tew, había atacado a un navío portugués, a cuya tripulación, siguiendo su costumbre, perdonó bajo el juramento de que los liberados nunca buscaran la venganza. Su error fue considerar que los demás estaban hechos de la misma pasta que él. Años después, varios navíos de guerra portugueses entraron en la Bahía Libertalia. Los portugueses fueran vencidos, pero tres de sus naves escaparon. Quizá entonces cometió Caraccioli un error simbólico: condenó a la horca a dos delatores que habían capturado sus hombres.

—¿Fue esa la causa de la desaparición de Libertalia? preguntó Frederick.

—No directamente. Probablemente no tuvo nada que ver en ella, pero, desde aquel momento, los acontecimientos siguieron un ritmo ascendente hacia la destrucción. Fue un símbolo premonitorio, la primera señal. Dios o el destino castigaron la contradicción que significaba aplicar la pena de muerte que el propio Caraccioli combatía con ardor. El final de esta historia os resultará fabuloso, fantástico, más parece la descripción alocada de un escritor imaginativo que la simple enumeración de hechos reales.

—Continuad con vuestro relato, os la ruego.

—Bien. Tras su victoria ante la escuadra portuguesa, los piratas de Misson se consideraran invencibles. Tom Tew fue enviado a buscar adhesiones y alianzas entre otros compañeros de profesión, Sin embargo, las ideas de Tew no convencieron a sus antiguos camaradas y emprendió regreso hacia Libertalia. Durante el viaje, su nave naufragó y, aunque él salvó la vida, hubo dé esperar pacientemente a que Misson se extrañara de su larga ausencia y fuese a buscarle. Y así sucedió, pero Misson traía muy malas noticias: los indígenas habían atacado Libertalia, aprovechando la ausencia de los piratas al mando de Tew. Nada quedaba ya de la antaño próspera república, Caraccioli había muerto en el combate y la ciudad había sido derruida.

—Tan fuertes eran los indígenas? -preguntó Frederick-, ¿no habíais asegurado que mantenían buenas relaciones con los piratas de Misson?

—Nada se sabe a ciencia cierta, pero, al parecer, los indígenas fueron sublevados por enemigos de Misson, tal vez portugueses, quizás otros piratas, envidiosos de su poder.

—¿Qué fue de Misson?

—Decidió regresar a Francia y llevar una vida tranquila. Tew decidió la mismo, pero pensó en establecerse en su patria, Nueva Inglaterra. Sin embargo, la nave de Misson naufragó y de nada sirvieron los esfuerzos de Tew para intentar salvarlo.

—El destino fue en exceso cruel con Misson -musitó Frederick-. Así que, de aquella gesta heroica, ¿solo sobrevivió Tew?

—También él murió violentamente. Tras varios años de vida plácida en Newport, regresó a su antiguo oficio y murió en el abordaje de un navío del Gran Mogol. Pero ahora -dijo el barón–, os ruego que os alejéis, pues se acerca mi tío el abad.

—Sería imprudente intentar huir; ya me ha visto. Pero, no temáis, mi disfraz le ocultará mi verdadera personalidad, pues apenas me conoce.

Tom Tew cuenta sus andanzas junto a Misson

 

Continuará


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Sobre El Duelo

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Piratas y disfraces

||| El Duelo

[Leer capítulo: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve]

10. Piratas y disfraces

—Entrad -dijo Frederick desde dentro de la habitación.

—Mentiría si dijera que vuestro disfraz me parece original -dijo el barón tras examinar la indumentaria de Frederick-, pero he de admitir que resultáis un pirata en extremo elegante.

—Utilicé como modelo a Bartolomé Roberts -explicó Frederick-, que vestía como ya ahora: chaqueta y calzón de damasco, una pluma roja en el sombrero, una cadena de oro que caía sobre su pecho, y dos pistolas sujetas a dos cabestrillos de seda parecidos a los que aquí veis -dijo, señalando dos cabestrillos de seda turquesa que colgaban de sus hombros-; sólo he suprimido una gran cruz de diamantes que él había añadido a la cadena. En cuanto a la falta de originalidad -prosiguió Frederick-, es buscada. Pretendo pasar inadvertido y ¿qué mejor modo que vestir de la misma manera que lo harán gran parte de los invitados?. Considero, de todos modos, inadecuado que vos me acuséis de repetitivo, pues vestirse de árabe tampoco denota mucho ingenio.

—Habéis elegido -dijo el barón sin prestar atención a la observación de Frederick- un opuesto: Roberts era un hombre muy religioso, que quiso educar a sus hombres, sin conseguirlo, en la moral cristiana. ¿Por qué no escogisteis a Misson?

—No lo conozco -confesó Frederick.

—Era, como vos mismo, un idealista -explicó el barón-, se estableció con sus seguidores en una isla y fundó la república de Libertalia, donde aplicó muchas de las ideas que vos propugnáis con tanto ardor. Convocó elecciones y creó un Parlamento donde no había diferencias entre negros y blancos. Aquel desdichado pirata, que no pasará a la historia, consiguió lo que en Francia es sólo una utopía que dudo llegue a realizarse.

—¿Por qué le llamáis desdichado? -preguntó Frederick, que aún se admiraba de todo cuanto acababa de escuchar.

—Él y su sueño murieron a manos de una tribu de aborígenes, según nos relata Johnson.

—!Triste final para un hombre extraordinario! -exclamó Frederick.

—Os doy la razón -dijo el barón-. De ahora en adelante, no olvidéis de qué modo acaban los sueños de los hombres.

Continuará


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Sobre El Duelo

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Contragambito de dama

||| El Duelo

[Leer capítulo: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho]

9. Contragambito de dama

—Tomad alguna si lo deseáis -dijo el barón, mirando las glicinas azules que Eugenia acariciaba casi con temor. La muchacha se volvió, sorprendida, y miró al barón.

—Me gusta verlas así -dijo-, me dolería arrancarlas. Tal vez me lleve alguna cuando me vaya, pero no lo haría si viviese aquí.

—¿Os gustaría? -preguntó el barón, arrepintiéndose al instante de su audacia.

—Sí -respondió la joven-, pero éste no es el lugar en el que debo vivir.

—¿Volveréis al internado?

—No es necesario que finjáis -dijo Eugenia, pero enseguida añadió:- Perdonad mi brusquedad, pero vos sabéis qué es lo que se espera de mí, y a qué motivo obedece la fiesta que supuestamente dais en mi honor.

—Es cierto -admitió el barón-, pensé que lo ignorabais.

—Mi tía Vivienne tuvo el buen sentido de no ocultarme sus intenciones -explicó Eugenia, y añadió:- No porque respetara mi opinión, sino porque temía que, de no saberlo, mi comportamiento no fuese el adecuado para con el hombre que ella eligió para mí.

—¿Debo entender que no os agrada el futuro que han planeado para vos? -preguntó el barón, comprendiendo que de nada servían las medias palabras con aquella muchacha.

—Lo aceptaré -dijo ella-, no quiero ser una carga para mi tía.

—No lo sois -dijo el barón-; os aseguro que os aprecia de veras y, aunque quizás se equivoque, todo lo hace por vuestro bien.

—Sé que no mentís -reconoció Eugenia-, y es por ello que no quiero contradecirla, pues eso le haría sufrir. Mí tía considera que nunca seré feliz si no uno mi vida a la de un hombre que me proteja.

—No debéis ser tan cruel con vos misma -recomendó el barón-; a fin de cuentas, es vuestra vida la que importa, no la de vuestra tía. No os precipitéis en vuestra decisión.

—Mi decisión ya está tomada -dijo Eugenia.

—¿Aceptáis de antemano a un hombre al que no conocéis? -preguntó el barón.

—Sí -dijo la joven-, ¿Qué otra cosa puedo hacer?

—Luchar -respondió el barón-, impedir que otros decidan vuestro futuro.

—!Imposible! -exclamó Eugenia.

—No lo permitiré -musitó el barón, pero Eugenia no pudo oír sus palabras.

Continuará


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Sobre El Duelo

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Gambito de dama

||| El Duelo

[Leer capítulo: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete]

8. Gambito de dama

—He observado que no parece preocuparos la inminencia de la fiesta que celebrará en vuestro honor -dijo el barón a la joven Eugenia, pues éste era el nombre de la sobrina de Vivienne-. Puse a dos mujeres a vuestro servicio para que os ayudaran en la elección de un disfraz que os agrade, pero me han informado de que a sus preguntas respondéis con el silencio y que en vuestra actitud no se advierte que os preocupe o divierta la perspectiva de la fiesta.

—Os ruego perdonéis mi actitud -dijo Eugenia-. No se debe al desinterés, y debo deciros que estoy muy agradecida por vuestras atenciones, tanto que olvido mis deberes y me regocijo en los más pequeños placeres. Vuestro hermoso jardín me ha proporcionado momentos sumamente agradables, distrayéndome de mis ocupaciones. Os prometo -prosiguió la muchacha- corregirme y distribuir más sabiamente mi tiempo.

—No os pido el arrepentimiento -aclaró el barón:-; tan sólo temía que os sintieseis a disgusto en mi casa.

—!De ningún modo! -exclamó Eugenia-; la paz y la tranquilidad de este magnífico lugar complacen a mi alma. Es todo tan distinto a cuanto hasta ahora había visto -musitó la joven-. Advierto con deleite que no os dejáis influir por modas y costumbres, sino que os guiáis tan sólo por lo que vuestro instinto os dicta. ¡Nos dejamos arrastrar tan a menudo por costumbres vanas!, creemos obrar según nos dicta nuestra alma, pero hasta nuestros más íntimos sentimientos obedecen a hábitos de nuestra época. Defendemos con ardor nuestras convicciones, ignorando que éstas vienen determinadas desde el exterior, y aceptamos como ciertas muchas verdades que no nos tomamos la molestia de comprobar.

—Me sorprenden vuestras palabras -dijo el barón-, ¿quién os ha instruido?

—Leí a Descartes en el internado -respondió Eugenia-, sus razonamientos me hicieron dudar de todo cuanto había aceptado por desidia, pereza a abandono. Desde entonces busco la verdad, sin dejarme llevar por modas pasajeras.

—Os habéis propuesto una difícil tarea -dijo el barón, y prosiguió:- Si yo por algún azar me embarcase en una empresa de parecida importancia, ésta no sería la búsqueda de la verdad, sino la búsqueda de todo aquello que refuta, en cada caso particular, cualquier verdad y, en la generalidad, la Verdad de Descartes.

—Vuestro camino quizá se uniría al mío -dijo Eugenia.

El barón se sintió turbado al oír aquellas palabras y advirtió en ese momento que la muchacha que tenía delante no le resultaba indiferente. Sin darse cuenta se había acostumbrado a su compañía, su sueño se había tornado inquieto y sus pensamientos confusos. Dos días antes había sentido el impulso de leer poesía, algo que no hacía desde su juventud. Pero ahora el motivo de su secreto desasosiego se mostraba sin disfraz ante sus ojos y dudaba si las palabras de Eugenia podían significar algo más que una respuesta a sus argumentos. Sonrió a la muchacha y solicitó su permiso para retirarse.

Continuará


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