Extraños compañeros de culto: Mao y Deng

En Pekín, y probablemente en toda China, se mantienen restos del culto a Mao Ze Dong. El más espectacular es el retrato que corona la entrada a la Ciudad Prohibida, la antigua ciudad privada de los emperadores, en la que también residía Mao.

La entrada a la Ciudad Prohibida, residencia de los emperadores

El retrato de Mao Ze Dong en la entrada de la que fue su residencia: se puede observar al señor que está en el balcón para calcular el tamaño.

En las calles también se venden decenas de posters de los dirigentes comunistas, fundamentalmente de Mao, de Chou En Lai, de Liu Shao Qi y de Den Xiao Ping. Del actual presidente apenas hay nada, y tampoco del anterior, lo que es un buen síntoma, quizá, de que las cosas empiezan a cambiar.

Tal vez para muchos lectores, el culto a esos cuatro dirigentes (Mao, Chou, Liu y Den) les resultará del todo natural, puesto que rigieron China en la época heróica, gloriosa, o como se quiera llamar del comunismo. Sin embargo, el hecho mismo de que se los mencione juntos es bastante sorprendente, porque se trata de líderes que llegaron a enfrentarse abiertamente. Al menos, así sucedió con Mao Zedong frente a Liu Shao Qi y Deng Xiao Ping.

La rivalidad entre Mao y Liu fue quizá la más llamativa. Hacia 1959, Mao Ze Dong había sido apartado de la dirección del país debido los fracasos de sus políticas agrarias e industriales. Los colegas de Mao le obligaron a reconocer que su idea de abandonar la agricultura para convertir en acero todo el hierro de China no había conseguido el delirante propósito de superar a Gran Bretaña en tres años, sino que había provocado la que se considera la mayor hambruna de la historia de la humanidad: los propios comunistas chinos acabaron por reconocer catorce millones de muertos de hambre, pero otras fuentes (incluso desde dentro del Partido y de modo semi oficial) elevan la cifra a 30 o 40 millones. Además, ese acero fabricado a marchas forzadas y de manera chapucera era de tan mala calidad que había que tirarlo a la basura. Mao reconoció el error ante sus compañeros, pero lo hizo en privado, a puerta cerrada, para no debilitar la supuesta infalibilidad del partido ante el pueblo chino, ya se sabe que el Partido, como los Papas, es infalible: nunca se equivoca y siempre establece doctrina con sus actuaciones, auqnue sean contradictorias. Si Mao hubiese hecho esa autocrítica en público, es muy probable que el culto a su persona no fuera hoy lo que es.

Hacia 1959, en consecuencia, Mao Ze Dong permanecía alejado de los cargos dirigentes, pero seguía controlando el partido comunista. El nuevo presidente de China era Liu Shao Qi, quien intentaba corregir los desastres cometidos durante los últimos años. En algunas imágenes de reportajes de la época se le ve visitando a los campesinos en mangas de camisa, sin el típico traje azul y parece bastante más sincero y natural que las coreografiadas visitas de Mao. Liu parece un hombre realmente interesado en escuchar a los demás. Son imágenes casi conmovedoras, pero quizá son también apariencias engañosas. No lo sé.

Liu Shao Qi y Teng Dao Ning en el Museo de cera de Pekín. Teng Dao Ning es mi nombre chino, por supuesto.

El intento de Liu Shao Qi de cambiar el rumbo de la revolución no prosperó, porque Mao Ze Dong, desde su refugio de la Ciudad Prohibida, lanzó contra él en 1966 la Revolución Cultural, que le permitió regresar al poder. Liu Shao Qi y su mujer fueron encarcelados y Liu murió tiempo después en la cárcel, al parecer de un modo espantoso. La noticia de su muerte no se hizo pública hasta diez años después.

Liu Shao Qi había sido compañero de Mao desde la Larga Marcha y esa es la razón por la que aparecen juntos en muchas fotografías, pero su imagen fue prohibida cuando Mao recuperó el poder. En la actualidad, muertos los dos, se han vuelto a unir

. Quizá mucha gente en China no sabe siquiera qué fue lo que sucedió entre ellos, tal vez algunos incluso ignoren que Liu llegó a ser presidente del país..

En cuanto a Deng Xiao Ping, el sucesor de Mao, era amigo de Liu Shao Qi, por lo que también fue apartado del Partido, pero no encarcelado, que yo sepa. De hecho, Deng Xiao Ping, fue apartado de los cargos importantes al menos tres veces durante el tiempo maoísta, y condenado al ostracismo, a pesar de que, al parecer, tenía el apoyo de Zhou En Lai, quien era, junto con Mao, el dirigente más conocido del comunismo chino.

Tras la muerte de Mao Ze Dong se produjo en China una lucha interna en el Partido contra la viuda de Mao y otros tres dirigentes, conocidos como “la banda de los cuatro”. Finalmente, se impuso Deng Xiao Ping, quien acumuló todo el poder y fue llamado el Pequeño Timonel: porque no se podía comparar al dios Mao y porque era muy bajito (Mao era muy alto).

Deng Xiao Ping, el Pequeño Timonel

Deng Xiao Ping, procedió entonces ca desmontar el maoísmo. Lo hizo como siempre se hace todo en China y en la mayoría de los partidos comunistas del mundo, a puerta cerrada. Entre otras cosas, liberó a la viuda de Liu Shao Qi y rehabilitó la figura de Liu. Aceptó también la coexistencia en China de dos sistemas económicos,  el estatal totalitario (que ellos llaman comunista) y el capitalista, pero sólo en algunos lugares como Hong Kong, Macao o varias zonas o islas económicas que son hoy el motor de la economía china. Sin embargo, sus reformas no alcanzaron lo que muchos esperaban en el terreno político y Deng  se mostró tan firme (aunque no tan cruel ni de lejos) como sus antecesores, al reprimir cualquier disidencia, especialmente en los sucesos de la Plaza de Tianamen. Ahora, como ya he contado, también Deng se ha unido a Mao y Liu en los souvenirs al uso y son los dirigentes más representados, junto a Zhou En Lai.

Del culto a Mao Ze Dong volveré a hablar en este weblog con más detalle (ver La Maomanía), así como de todo lo relacionado con la Revolución china y la dictadura comunista. Aunque resulte asombroso, todavía hay muchísima gente que no tiene ni la más remota idea de lo que fue aquello, e incluso hay quienes piensan que “estuvo bastante bien”. Así que en su momento daré más referencias para quien le interese el tema.


MAOÍSMO Y COMUNISMO CHINO

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[Publicado el 27 de septiembre de 2005]

 

Yang Zhu, el sabio escondido que llenó el mundo de palabras

YangZhuEl confuciano Mencio aseguraba que las palabras de Yang Chu y Mo Ti llenaban el mundo. Hoy en día, sin embargo, solo se conserva un libro de Mo Ti, La doctrina del Amor Universal, y ninguno de Yang Chu. ¿Quién es este hombre antes tan conocido y ahora tan olvidado?

Se llamaba Yang Zhu (pronunciado Yang Chu), o Yang Zi (Maestro Yang), o Yang Sheng, o incluso Yang Zi Ju. Es probable que fuera uno de los primeros taoístas. Parece indiscutible que vivió antes de la época de Mencio o que fue su contemporáneo, ya que, como hemos visto, es mencionado por él. Los expertos lo consideran posterior a Mo Di, aunque no he descubierto las razones que fundamentan esa opinión. La conclusión es que Yang Chu debió dedicarse a llenar el mundo de palabras entre el año -479, que es cuando nació Mo Di, y el año -331, época de la madurez de Mencio. Iñaki Preciado ofrece un margen de fechas más estrecho: entre -395 y -335. Todas las fechas pertenecen a la época de los Reinos Combatientes, cuando varios estados se disputaban un territorio que con el tiempo sería conocido como China. Tiempo de guerra constante, de inseguridad y de violencia, lo que quizá explique algunas de las ideas de Yang Zhu.

Yang Zhu era natural del estado de Wei, pero vivió en Lu y en  Song. También se dice que llegó a encontrarse con el rey Hui de Liang, con quien discutió sobre los principios del Imperio. Durante un viaje al sur conoció a Lao Dan, el hombre al que se atribuye el Lao zi. En otro libro quizá taoísta, el Zhuang Zi, se dice de manera explícita que era discípulo de Lao Dan. No he encontrado ninguna mención a obras escritas por él, pero algunas de sus ideas se exponen en el Lie zi, un libro taoísta tardío que se atribuye a un tal Lie Yu-kou.

 

¿Quién era Yang Zhu?

En el Lie zi hay un capítulo llamado “Yang Zhu” en el que exponen sus ideas como las de un hedonista extremo. Sin embargo, Fung Yu Lang dice que se duda mucho de la autenticidad del Lie zi. El libro, como es obvio, existe, pero parece que no es el mismo texto del que haba la tradición taoísta, sino que se trata de una falsificación posterior.
Según Fung Yu Lang, las ideas expresadas en ese capítulo del Lie zi no “son congruentes” con las que aparecen en otras fuentes tempranas, en las que Yang Chu “nunca es presentado como hedonista”. Sé que existe un libro de Forke llamado El jardín de los placeres de Yang Chu, donde, supongo, se presenta a un personaje llamado Yang Zhu, pero no sé si inspirado en ése que aparece en el Lie Zi.
El Yan Zhu que aparece en el Lie Zi, sea quien sea, resulta un filósofo muy interesante. No sería la primera vez que un filósofo de papel, un pensador inventado, supera a aquel de quien toma el nombre.

En primer lugar, hay que decir que Yang Chu era un ying shi o ‘sabio escondido’, para quienes “fama, poder, riquezas, son palabras vacías”. Eso quizá explique que no se conserve nada seguro y concreto de él.

En el Lie zi se dice “Yang Sheng (Yang Zhu) evaluó el ego”. Parece que eso debe entenderse como una reivindicación del egoísmo, pues tenía un principio que decía: “Cada quien para sí mismo”. También se asegura que “aunque hubiera aprovechado a todo el mundo si se hubiese arrancado un sólo cabello, él no lo habría hecho”. La idea se repite en otro libro, el Hanfei zi, con algunas precisiones que muestran a Yang Zhu quizá más prudente que egoísta: “Hay un hombre cuya política es no entrar en una ciudad cuando está en peligro, ni permanecer en el ejército. Aún para el mayor provecho de todo el mundo, no se arrancaría un sólo pelo de la cabeza… es el que desprecia las cosas y aprecia la vida”. Un tercer libro, el Huainan zi repite este instinto de supervivencia: “Conservar la vida y mantener lo que es auténtico en ella; no permitir que las cosas se enreden con la propia persona: eso es lo que estableció Yang Zhu”.

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[Escrito en 1997]

NOTA EN 2014: “EL jardín de los placeres de Yang Chu” es, al parecer, la traducción de Forke de los pasajes del Lie zi en los que se habla de Yang Zhu. Se puede leer aquí, en inglés “The garden of pleasures of Yang Chu”

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La anaconda china

 

La represión de la libertad de expresión ha conocido diversas etapas en la china comunista, todas ellas terribles. Una de ellas tuvo lugar en 1956, y se llamó el Movimiento de las Cien Flores. Durante esa época Mao Zedong alentó la crítica bajo el lema: “Que se abran cien flores y compitan cien escuelas”. Muchos intelectuales se pronunciaron abiertamente contra el Partido Comunista y contra el propio Mao. Una vez conocidos los opositores, Mao pudo eliminarlos sin piedad, o enviar a más de 700.000 a centros de reeducación.

Perry Link señala que Cao Guanlong contaba en una de sus historias, publicada en 1980, que en los años de Mao, y especialmente durante la Revolución Cultural, una persona podía ser perseguida o detenida por hablar con su vecino acerca de su gato. La palabra gato (mao) se pronuncia casi igual que la del Líder Supremo (Mao), aunque variaba ligeramente en el tono. Si un policía confundía un tono con el otro, podía tomarse como un insulto y complicarle seriamente la vida. Seguramente se trata sólo de una parodia, pero no parece un reflejo ni mucho menos distorsionado de las paranoias de Mao Zedong.

Tras la muerte de Mao y la represión de la revolución de Tiananmen por su sucesor Deng Xiao Ping, la censura ha adoptado un disfraz menos sanguinario, aunque todavía es está ahí, a veces casi oculta. Perry Link publicó en 2002 un interesante artículo acerca de la manera en la que el Partido Comunista Chino reprime a los disidentes e impide las voces discordantes con el régimen.

Link propone una imagen que ha para definir al poder represor chino, la de una anaconda enroscada en una lámpara. ¿Por qué esa imagen?

anaconda

En primer lugar, Link compara el comunismo chino con el soviético y señala ciertas diferencias. Los soviéticos publicaban listas de palabras que estaba prohibido emplear en los periódicos, y se destinaba a una amplia burocracia para que supervisara tales órdenes. Los dirigentes chinos, sin embargo, prefirieron una censura menos precisa y, por ello, más difícil de esquivar. Nunca estaba ni está del todo claro qué es lo que se puede decir y qué es lo que se debe evitar.

La vaguedad de las acusaciones contra los disidentes hace que estos nunca estén seguros del terreno que pisan. Link señala varias ventajas de la indeterminación.

  • Una acusación vaga asusta a más gente.

Si yo soy un estudiante chino que resido en el extranjero y veo que la estudiante Gao Zhan fue arrestada al regresar a China, pero no sé exactamente de que ha sido acusada, entonces el motivo puede ser cualquier cosa imaginable. De este modo, uno comienza a autocensurarse. La vaguedad, dice Link, sirve para intimidar a un gran número de personas a la vez.

  • La indeterminación hace que una misma ley o situación pueda ser interpretada de diferentes maneras por el Partido.

La propia Constitución china da pie a interpretaciones diametralmente opuestas: se afirma en ella que los ciudadanos tienen libertad de expresión, de reunión y de prensa, pero enseguida se dice que el control por parte del Partido Comunista es inviolable, así como que el llamado pensamiento marxista-leninista-maozedongista, la dictadura del proletariado y el sistema socialista son indiscutibles.

“¿Quién puede decir que significa exactamente “contaminación espiritual”, “liberalismo burgués” o el resto de conceptos que el Partido utiliza para definir el mal comportamiento social? Por poner un ejemplo: ¿llevar el pelo largo es una contaminación espiritual?, ¿cómo de largo?, ¿por qué en los años ochenta algunas personas con el pelo largo fueron castigadas y otras no?”

Por eso, dice Link, la censura del gobierno chino no se parece a un tigre devorador de hombres o a un dragón que escupe fuego, sino a una anaconda agazapada en una lámpara:

“Normalmente la gran serpiente no se mueve. No tiene por qué. No tiene ninguna necesidad de establecer claramente sus prohibiciones. Su constante y silencioso mensaje es: “Tú mismo decides” (…) La noción estalinista de “ingeniería del alma” no puede compararse ni de lejos con la sutileza conseguida por los comunistas chinos en el terreno de la ingeniería psicológica (…) De este modo, vemos hasta qué punto la anaconda en la lampara puede proteger su poder.”

Incluso los extranjeros que visitan China no tienen claro qué es lo que pueden contar… si es que quieren recibir un nuevo visado en el futuro. Cualquier sinólogo extranjero sabe que no puede alejarse mucho de estas reglas no escritas si quiere seguir gozando de la posibilidad de viajar a China y consultar sus archivos. El propio Link admite que se ve obligado a autocensurarse, porque no sabe si la anaconda ya le ha visto y está esperando su próximo movimiento.

Recientemente hemos tenido ocasión de comprobar de nuevo los imprevisibles movimientos de la anaconda china con tres disidentes chinos: el premio nobel de la Paz Liu Xiaoboo, que permanece en prisión, el artista Ai Weiwei, que fue encerrado acusado de delitos fiscales y pornografía, pero luego liberado, aunque mantenido bajo arresto domiciliario, y más recientemente el activista ciego  Chen, que se refugió en la embajada de Estados Unidos, al que el gobierno chino anima ahora a pedir un permiso para estudiar en el extranjero. La pregunta es: ¿se lo concederá?, ¿le dejará regresar si se va?, ¿le meterá en prisión cuando todos nos hayamos olvidado de él?

Por eso no es extraño, supongo, que historiadores como Gernet o Short mantengan una ambigüedad en ocasiones vergonzosa en sus libros, y que incluso lleguen a considerar un mal necesario el período maoísta, algo que más o menos coincide con la visión que quiere trasmitir el régimen actual: por una parte son herederos de uno de los peores enemigos de Mao (su sucesor Deng Xiao Ping) y han renegado de todas las ideas de Mao, excepto la de que el Partido Comunista se mantenga en el poder; pero, por otro lado, saben que lo único que actualmente justifica su poder dictatorial es el culto póstumo a Mao, y por eso, cuando en 1980 dejaron de mostrarse en la Plaza de Tiananmen los gigantescos retratos de Marx, Engels, Lenin y Stalin, se mantuvo, sin embargo, el retrato de Mao.

El último intento de sustituir el culto a Mao y recuperar el culto tradicional a Confucio, tuvo lugar cuando se instaló en 2011 una estatua del pensador frente al gigantesco retrato de Mao en la Plaza de Tiananmen, pero el intento fracasó y la estatua fue retirada, sin que se explicaran las razones, aunque sin duda se debió a las presiones de la vieja guardia del Partido.

Confucio en su breve estancia en Tiananmen


[Primera versión en 2006 en Anacrónico]

Si quieres leer (en inglés) el artículo de Link: The anaconda in the chandelier


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MAOÍSMO Y COMUNISMO CHINO

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Mao, Stalin y Hitler y otras comparaciones

Alguien me dirá al ver el título de esta entrada: “No se puede comparar a Mao (o a Stalin) con Hitler”.

Esa es una estratagema a la que me fatiga responder. Casi siempre sirve tan sólo para justificar a Mao y a Stalin, como lo hizo en una ocasión Eduardo Haro Tecglen al escribir una opinión más vergonzosa que falsa: no se pueden comparar los millones de muertos de Hitler y los de Stalin, decía Haro Tecglen, debido a “la diferencia de finalidades y por la condición de las víctimas”.

La falsedad del sofisma anterior no es que sus objetivos fueran o no diferentes o que lo fueran sus víctimas, sino el hecho indudable de que el “no se puede comparar” quiere decir que lo que hicieron Mao y Stalin no fue en sí mismo espantoso.

mao

Mao en el museo de cera de Pekín. A mí me parece que los artistas del museo han mostrado a Mao mucho menos atractivo que a su rival Liu Shao Qi, aunque quizá me equivoco. También se puede hacer política con las figuras de cera.

Es cierto que hay comparaciones más atinadas y otras que pueden resultar ofensivas para las víctimas, como comparar la brutal e incluso fascista política de Israel con lo que fue el holocausto, la dictadura de Castro con la de Stalin, o la de Pinochet con la de Mao. En tales casos, la desproporción hace que la comparación sea casi un insulto, e incluso puede ser contraproducente para quienes quieren señalar los verdaderos crímenes de Pinochet, Castro o Israel.

Ahora bien, en el caso de Mao, Hitler y Stalin, las similitudes y la magnitud desmesurada del asesinato permiten y alientan la inevitable comparación. No con la intención de disminuir o agravar el crimen de unos u otros, sino como ejemplos de asesinato de masas a escala gigantesca y de dictaduras y sistemas de exterminio organizado pocas veces igualados a lo largo de la historia.

Ahora bien, es cierto que en este caso la comparación presenta una especial dificultad, porque no sabemos qué es lo que hicieron exactamente Mao y Stalin, pero sí sabemos con bastante precisión lo que hizo Hitler. Como suele decirse, la historia la escriben los vencedores y en China y Rusia siguen gobernando los mismos que cometieron esos crímenes, o sus herederos.

Por tanto, para no caer en el error de justificar a cualquiera de estos tres dirigentes sanguinarios, podemos establecer comparaciones más sencillas: Mao y Stalin comparados con Franco, con Pinochet o con Mussolini. Evidentemente, de esas comparaciones salen beneficiados en lo cuantitativo Franco, Pinochet y Mussolini, quienes ni de lejos pudieron matar y torturar a tanta gente como Stalin y Mao. Pero eso no hace mejores a esos tres dictadores, ni menos repugnantes sus crímenes.

En consecuencia, se pueden hacer todo tipo de comparaciones, a veces para clasificar los crímenes contra la humanidad en una escala puramente cuantitativa, otras veces para mostrar los métodos de unos u otros, la condición de las víctimas o los objetivos de unos y otros, pero lo que resulta mezquino, demagógico y cómplice con el crimen es la comparación exculpatoria y el suponer que alguien no es un criminal porque hay otro que le ha superado en número de víctimas o que no lo es por que sus víctimas eran diferentes, es decir “porque esas victimas se lo merecían”, que es, en definitiva, lo que estaba diciendo Haro Tecglen.


[Publicado en 2005]


MAOÍSMO Y COMUNISMO CHINO

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En el Santoral Revolucionario se exploran los aspectos más religiosos del comunismo revolucionario: los profetas, los fundadores, las promesas de redención y la iconografía de la que para muchos ha sido la religión del siglo XX.

El mandato del cielo

En la antigua China se consideraba que los emperadores obtenían su legitimidad del Cielo, de manera bastante semejante a como en la Europa cristiana la obtenían de aquel Dios que estaba “en los cielos”. Como dice Ana Aranda en “La modularidad china”:

“La permanencia de una dinastía está refrendada por el ‘Mandato del cielo’ (Tianming). El cielo (Tian) permite a los emperadores gobernar, sólo si administran de forma acertada el poder. Si el gobierno entra en decadencia, los emperadores pierden el mandato del cielo”.

De todos modos, la idea china del “Mandato del Cielo” era un poco más compleja que la simple afirmación de que el Cielo decidía qué dinastía o emperador debía reinar. Para seguir gozando del mandato del cielo un emperador debía cumplir ciertos requisitos. No se trataba de algo tan caprichoso como la voluntad de un Dios inescrutable o de la predestinación.

 Uno de los aspectos más importantes del mandato del cielo tenía era la justicia y el bienestar del pueblo. Kung Zi (Confucio) y su discípulo Meng Zi (Mencio) justificaron en sus escritos la rebelión contra aquellos monarcas que se separasen del mandato del cielo. Meng Zi justificó incluso el tiranicidio:

“Si los diferentes príncipes reinantes, por la tiranía que ejercen sobre el pueblo, ponen en peligro los altares de los espíritus de la Tierra y de los frutos de la tierra, entonces el Hijo del Cielo los despoja de su dignidad y los reemplaza por príncipes sabios.” (Meng Zi)

La cosa no es tan extraña si pensamos que en el pensamiento cristiano medieval también se admitía esa posibilidad, la del tiranicidio de un rey injusto. Así lo hace, por ejemplo, Juan de Salisbury en su Policraticus:

“De todo lo cual resultará fácil ver que siempre fue permitido adular y embaucar a los tiranos, y que siempre fue honesto quitarles la vida, si no se les podía poner coto de otro modo”

En la historiografía china era habitual describir al último emperador de una dinastía como desastroso, para así justificar el cambio de dinastía a causa de la pérdida del mandato del cielo. Por el contrario, el primer emperador de una nueva dinastía siempre era estupendo. Todas las dinastías empiezan bien porque tienen el mandato del cielo, y todas acaban mal, porque lo han perdido, esa es la tautología más célebre de la historiografía china.

Wu Zetian

La única emperatriz china, Wu Zetian, fue la primera y última de su dinastía, la Zhou, por lo que se la podía considerar enviada por el cielo y también, rechazada por el cielo. Los historiadores chinos tradicionalmente se han decantado por la segunda posibilidad y la han presentado con los más oscuros colores, aunque actualmente esta opinión es muy discutida.

¿Y cómo se sabía si un emperador había perdido el mandato del cielo?

Generalmente gracias a los desastres naturales, que eran las señales que enviaba el cielo.

Cuando sucedían los desastres naturales, eso podía significar que había que cambiar de dinastía o de soberanos.

El más terrible terremoto del siglo XX tuvo lugar en China en 1976, pocos meses antes de la muerte de Mao Zedong, por lo que muchos consideraron que anunció el gran cambio que se produjo en China a la muerte del Gran Timonel, que culminó con la elección como líder supremo del Pequeño Timonel, Deng Xiaoping, al que los historiadores consideran el verdadero artífice de la modernización china y de su previsible conversión en primera potencia mundial, tras los desastres de la época maoísta. No negaré que que yo comparto esa opinión.

Deng Xiaoping

Deng Xiao Ping era uno de los enemigos de Mao Zedong, pero fue también uno de los pocos que logró sobrevivir a sus purgas, porque todos en el Partido Comunista, incluido Mao, sabían que era el único capaz de arreglar los sucesivos desastres económicos causados por los caprichos y políticas insensatas de Mao.

Los desastres naturales en Myanmar (antigua Birmania), un país gobernado por una Junta Militar que sólo tiene el apoyo decidido de China, y los más recientes en la propia China, poco después de la represión en Tibet, han hecho a muchos pensar que los actuales dirigentes han perdido el Mandato del Cielo y que se avecinan cambios importantes.

La verdad es que no hay nada más fácil que prever que se produzcan cambios en China, por la sencilla razón de que se están produciendo constantemente. Ahora mismo, cuando escribo este artículo en 2005, por causa de los Juegos Olímpicos.

Sea como sea, no parece nada razonable la manera en la que el Cielo avisa al pueblo chino y a los emperadores de la necesidad de un cambio. Si el Cielo desautoriza a los dirigentes que no gobiernan bien a su pueblo, ¿por qué lo hace maltratando aún más al pueblo mediante desastres como un terremoto?

Lo razonable sería que castigase tan sólo al dirigente, como hizo durante la dinastía Ming, el 9 de mayo de 1421, cuando un gran incendio destruyó la Ciudad Prohibida:

“Esa noche…cayó un relámpago en lo alto del palacio que había sido construido recientemente por el emperador. El fuego que se inició en el edificio lo envolvió de tal manera que parecía como si dentro se hubieran encendido cien mil antorchas cargadas de aceite y mecha.”

El propio trono imperial quedó reducido a cenizas y el emperador Zhu Di se fue al templo a rezar y lamentarse:

“El Dios del Cielo está enfadado conmigo, y, por tanto, ha quemado mi palacio, aunque yo no he cometido ninguna mala acción… Quizá se ha cometido alguna trasgresión de la ley ancestral, o alguna perversión de los asuntos de gobierno… Quizá los castigos y los encarcelamientos han sido excesiva o injustamente aplicados a los inocentes… En mi confusión no puedo encontrar la razón.”

Zheng He

El almirante Zheng He, que navegó en gigantescos barcos a tierras lejanas (se discute si descubrió América en 1421). Cuando regresó a China, cargado de tesoros y novedades, descubrió que la política de apertura y descubrimiento había acabado y que China iniciaba un período autárquico y aislacionista, de espaldas al mar. De este modo, China, que entonces estaba tal vez a punto de convertirse en la primera potencia mundial, comenzó su larga decadencia.

El emperador fue a partir de entonces de mal en peor, hasta que murió en mitad de una desastrosa expedición militar. Su hijo, nada más acceder al trono, proclamó un decreto mediante el cual señalaba la causa del enfado del Cielo: las expediciones navales alrededor del mundo del almirante Zhen He.

Sin embargo, bajo los truenos celestes, a mí me parece escuchar el rumor de las pisadas de los mandarines, que se oponían a una China abierta al exterior y cosmopolita. Por eso, yo creo que hay que entender la metáfora que los historiadores emplearon para describir el incendio de la Ciudad Prohibida, no como una metáfora, sino como una descripción literal de lo que realmente sucedió:

“De tal manera que parecía como si dentro se hubieran encendido cien mil antorchas cargadas de aceite y mecha.”

¿Encendieron los mandarines esas cien mil antorchas?

*******

[Publi­cado el 27 de sep­tiem­bre de 2005 en Mundo Flotante]


Un ejemplo reciente de cómo en la Iglesia católica también se recurre al Cielo para justificarse, pero cómo, sin embargo, después se hacen oídos sordos a sus avisos, lo tuvimos recientemente con la visita de Benedicto XVI a Madrid: ¿Por qué Benedicto no escucha a Dios?

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La política del Amor Universal

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Modi, comnocido como Mozi (maestro Mo)

Una expresión como “Amor Universal” nos hace pensar inevitablemente en monjes vestidos con túnicas color mostaza o azafrán que avanzan sonrientes entre el tráfico de la gran ciudad haciendo tintinear sus campanillas, mientras predican una religión oriental de amor, paz y compasión. La única coincidencia entre esta imagen y la expresión “política del Amor Universal” es que se trata de una filosofía oriental. De eso que, debido a una particularidad geográfica europea, llamamos Oriente.

La política del amor universal es la manera en la que se ha traducido la expresión china 兼愛 (jiān ài), con la que se define el pensamiento de Mozi, un filósofo que vivió en una época que estaba muy lejos del amor universal, al final de las Primaveras y Otoños, poco antes de que se iniciara la llamada era de los Reinos Combatientes. En los tiempos de Mozi, tras la descomposición del poder de los Zhou, lo que con el tiempo sería China estaba constituido por diferentes estados que vivían en una guerra permanente.

Como dice Angus Graham, “Amor Universal” no es una buena traducción. Sería preferible algo como “preocupación por toda persona” o “preocupación hacia todos”, aunque también se ha propuesto “amor mutuo”, “amor que lo abarca todo”, “amor correlativo” y “amor recíproco”.

Mo Di, el marestro Mo (Mozi) es un personaje muy interesante, un pacifista que se dedicó a la guerra de defensa, protegiendo a los estados pequeños que eran atacados por otros mayores, mediante todo tipo de ingenios que permitieran resistir a las fortalezas asediadas. Aquí no quiero hablar de sus andanzas, sino tan solo  de esa expresión, simplista pero efectiva, de “amor universal” (o “preocupación hacia toda persona”). Es una idea que se entiende mejor si la comparamos con la filosofía rival de Mozi y los moístas, el confucianismo.

Confucio-11Para Confucio, el modelo a seguir en las relaciones sociales es el de la familia, donde existe una jerarquía en la que el lugar más importante lo ocupa el padre. Después del padre están los hermanos mayores, los hermanos menores, las hermanas mayores y las hermanas menores. La madre, hasta que no es madre, pertenece a otra familia, y solo entonces, al tener un hijo, de preferencia varón, adquiere un cierto estatus que le permitirá ser considerada miembro de pleno derecho de la familia en tanto que futura suegra. Si es madre solo de hijas, no será suegra de su familia, sino de una familia ajena, lo que reduce su importancia. Las relaciones de afecto y respeto de la familia, que el Estado debe imitar, están reguladas por esta jerarquía, que permite distinguir entre diferentes amores y diferente respeto, siendo lo más importante la piedad filial 孝 (xiao), después el amor de los padres por los propios hijos 慈 (ci), y a continuación el ti (弟), el amor entre hermanos.

En contra de esta idea confuciana de las gradaciones del amor y el respeto, Mozi sostenía que se debía respetar a todos por igual, fuesen o no familiares. Incluso aseguraba que nadie debía tener privilegios especiales por nacer o vivir en una ciudad determinada, en un reino o una nación, puesto que todos los seres humanos soniguales y deben ser merecedores de los mismos derechos, sin que ninguno de ellos pueda tener privilegios debido al lugar en el que había nacido.

MoziMontaigne3, en consecuencia, fue uno de los pocos pensadores, entre los que se podría mencionar a Epicuro, a Aristipo, a Pablo de Tarso o, ya mucho más tarde, a Montaigne, Bertrand Russell o Albert Einstein, que lograron sobreponerse al sentimiento de pertenencia familiar, grupal, social o nacional y a todos los egoísmos nacidos de la creencia de que se debe favorecer de alguna manera al propio grupo o que deben existir diferencias por pertenecer a una comunidad, nación o estado. Fue, en definitiva, uno de los pocos cosmopolitas de la antigüedad, de aquellos que, como el cínico griego Diógenes, se definieron como “ciudadanos del mundo” o que, como el estoico cordobés y romano Séneca, dijeron:  “No he nacido para un solo rincón, mi patria es el mundo”. Mozi, de manera muy semejante a ellos, dijo: “Todo el universo es mi familia y dentro de los cuatro mares todos somos hermanos”.

Por fortuna, en el siglo 21 estas ideas ya no resultan tan extrañas y hemos tenido la suerte de vivir la construcción de una Europa unida, con todos sus defectos y problemas, y del progresivo desarrollo de organizaciones globales que intentan acabar con los particularismos y caminar hacia una legislación universal que haga realidad las ideas de Mozi y de aquellos pensadores. Pero tampoco faltan, incluso en  una Europa que debería estar muy escarmentada,  llamadas al viejo nacionalismo exclusivista, que creíamos ya parte de un tiempo primitivo y superado, en el que las diferencias nacionales todavía podían ser utilizadas por los demagogos como arma de enfrentamiento y movilización social.


 

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CHINA

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Hágase la ley y muera yo

Hace unos días volví a leer el Critón, ese diálogo triste y delicioso en el que Sócrates discute con su amigo Critón, cuando este le ofrece una manera de escapar de la prisión y salvar su vida. A pesar de que sabe que va a morir, condenado injustamente por los tribunales de Atenas, Sócrates se niega a escapar, porque cree que ante todo hay que cumplir la ley.

Critón cierra los ojos de Sócrates

Critón cierra los ojos de Sócrates

Es cierto que Sócrates dice que hay que obedecer a las leyes por encima de todo, aunque no opina que deba hacerse así porque las dicte el más fuerte (como dice Trasímaco en La República); ni siquiera porque siempre sean justas, sino más bien porque lo justo es obedecer las leyes, sean o no justas.

El señor de Shang

El señor de Shang

Es una concepción de la ley que me recuerda a los planteamientos del Señor de Shang (-390 a -338), que fue canciller del estado de Qin antes de que China se unificara; y también a las ideas del  posterior canciller de Qin, Li Si, y las de su condiscípulo Han Fei, que también fue sentenciado a muerte. Todos ellos defendían un absolutismo de la ley y de la llamada Razón de Estado, que condujo al señor de Shang a una muerte similar a la de Sócrates.

El señor de Shang aceptó huir cuando fue condenado, al contrario de lo que hizo Sócrates, quizá porque su condena no había sido dictada legalmente. Sin embargo, cuando quiso refugiarse en una posada de incógnito, el hospedero le dijo que la ley impedía acoger a personas que no se identificaran: era la ley que había establecido el propio señor de Shang. Poco tiempo después, el señor de Shang fue capturado, condenado a muerte y descuartizado. Su ley, aquella ley que él tanto amaba y que siempre aplicó con rigor, incluso a los poderosos, significó su propia muerte. Se dice que, a pesar del terrible desenlace y de ser condenado a ser descuartizado por cuatro caballos, que le arrancaron brazos y piernas, el Señor de Shang se sintió satisfecho porque, al fin y al cabo, su objetivo se había cumplido y por fin la Ley imperaba.

Este absolutismo de la ley lleva al exceso, a aquello de “Hágase la ley y muera el mundo” (Fiat iustitia, et pereat mundus), que es todavía peor en la infame formulación de Kant: “Reine la justicia, incluso si todos los sinvergüenzas deben perecer por ello”. Como es obvio, el filósofo alemán no consideraba que él mismo (como sí parece que hicieron el señor de Shang y Sócrates) estuviera incluido en la categoría de los ajusticiables, que quedaba reservada a los sinvergüenzas, sea eso lo que sea. Aunque quizá solo debemos tomar de forma metafórica ese “perecer”, y en tal caso, la formulación de Kant es perefectamente asumible.

En cualquier caso, hay que recordar que tras ese absurdo de una Ley por encima de todo y sorda a cualquier reclamo, el señor de Shang, Sócrates e incluso el propio Maquiavelo, también se oponían a algo casi siempre peor: el capricho ciego de los soberanos absolutos, de los tiranos y de los “fuertes” de Trasímaco.


Acerca de Trasímaco y la ley de los fuertes, escribí en 1987: Sócrates y la ley.

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Entradas de filosofía en Toda la filosofía

Platón y Sócrates

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La Maomanía

En la Guía de viaje a China de la editorial Lonely Planet han añadido una entrada muy atinada acerca de la maomanía, en la que se preguntan por qué pervive todavía este culto a Mao.

Puesto que en China no se ha dado nunca un reconocimiento público de los crímenes cometidos por los dirigentes comunistas, al estilo de lo que se produjo en la Unión Soviética cuando Jruschov denunció los crímenes de Stalin, es hasta cierto punto lógico que perviva el culto a Mao.

Sin embargo el hecho de ver los posters de Mao y del realismo socialista, o su famoso Libro Rojo, en los puestos baratos de las calles parece indicar que muchos antiguos fervientes partidarios del Gran Timonel ya no sienten el ardor de antaño y han comenzado a revender sus recuerdos. Pero esto es difícil saberlo, porque ni yo hablo suficiente chino como para saber qué piensan los chinos ni, aunque lo supiera, sería fácil conocer su opinión. Ahora las ideas de Mao ya no se siguen, excepto en lo que se refiere a mantener la dictadura del Partido Comunista, y es posible que los actuales dirigentes permitan ciertas criticas, pero sin ir demasiado lejos, puesto que en el fondo ellos, casi todos ellos, estaban allí con Mao cuando todo eso pasaba y les sería difícil esconder su propia responsabilidad. Una situación ciertamente delicada que les obliga a mantener el culto a un dirigente al que muchos de sus antiguos compañeros detestan. Pero es que ese culto es casi lo único que da unidad a un comunismo chino sin identidad.

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Fotos de Mao en Pekín

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Más fotos de Mao, incluso en platos. En el cuadro aparece junto a Zhou En Lai y Liu Shao Qi (al que hizo morir en la cárcel)

Los posters de Mao y sus doctrinas, con guardias rojos blandiendo el Libro Rojo en plazas llenas de banderas rojas, de campesinos decididos que aplastan a las hienas capitalistas y revisionistas, o simplemente de escenas más o menos bucólicas, son en ocasiones muy hermosos, pero es muy difícil abstraerse de lo que significan y olvidar quien fue Mao. También puede haber cosas bonitas nazis, pero también me resultaría muy difícil comprarlas para lucirlas en mi salón o regalárselas a los amigos, por ejemplo una cariñosa foto de Hitler con sus perros o dando un beso a Eva Braum.

El culto occidental a Mao muestra claramente la inconsciencia de la izquierda revolucionaria que ha sido capaz de considerar como una especie de ídolo y tipo simpático a alguien que asesinó, según los cálculos más modestos, a 13 millones de personas. Muestra también la indiferencia de muchas personas hacia esos muertos, que no parecen preocupar a casi nadie.

Alguien dirá: “No hay que exagerar, sólo son imágenes”.

Es posible, pero ¿entonces porque tenemos prohibidas las imágenes nazis y el culto a Hitler y no las de Stalin y Mao? Disfrutemos entonces con todas ellas.

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Mao en oro, que es lo que produce su imagen para los tenderos

Por otra parte, considerar a Mao un icono pop al estilo de Andy Warhol creo que contribuye a que esos crímenes no sean realmente reconocidos, como sí lo son, y con muy buen criterio, los crímenes nazis. Se dice que tras el nazismo se dijo: “Nunca más algo así”, pero poco después se produjo en China “algo así”, algo que todavía mucha gente ni siquiera reconoce, porque ni siquiera lo conoce, lo que dice muy poco acerca de la afición de las personas por enterarse de la verdad.

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La cara de Mao sobrevive en los billetes actuales

Incluso gente que conoce y reconoce esos crímenes, como Tom Wolfe, que es más bien de derechas, tiene en su casa un busto de Mao. ¿Es imaginable que alguien del PSOE o Izquierda Unida o incluso de un partido de derechas  tuviera un busto de Hítler? En Madrid existe un restaurante en el que se mezclan imágenes de Mao con el hip hop, pero a cualquiera le parecería una barbaridad ver un restaurante en el que se mezclase a Hitler con la capoeira. Sin embargo, todos aceptamos el culto a Mao como si nada y el mundo sigue girando.

mao

Bolsos maoístas en Pekín, ahora también de moda en Occidente (hace poco vi a una amiga con uno de ellos y no tuve siquiera valor para decirle nada, porque supuse que si se lo había comprado era porque le parecía que llevaba un bolso con un tipo simpático, lo que muestra la desinformación que existe acerca de China y otros países comunistas (o una complicidad ideológica que sería mucho más triste)

 


MAOÍSMO Y COMUNISMO CHINO

(1949- 2???)

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Todas las entradas relacionadas con China: aquí

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[Escrito en 2005]

¿Un país, dos sistemas?

Cuando se viaja a China, es fácil sorprenderse al ver la mezcla de capitalismo y comunismo. En la revista del avión, los anuncios de coches y hoteles de un lujo casi inconcebible se mezclan con artículos acerca de Mao Ze Dong y las ideas comunistas. En toda China parece haberse aplicado aquella frase que el Pequeño Timonel (Den Xiao Ping) inventó para Hong Kong: “Un país dos sistemas”. O su variante popularizada en España por Felipe González: “Gato blanco, gato negro, lo importante es que cace ratones.”

Sin embargo, el asombro ante este contraste tiene su origen en diversos equívocos.

El primero consiste en pensar que en algún momento de la historia de China ha existido una sociedad comunista: es más probable que esa sociedad comunista haya existido en los legendarios tiempos mitológicos que en el siglo XX. Para calibrar lo absurdo de esa pretensión bastará con recordar que no hay ninguna prueba concluyente de que haya existido algún tipo de comunismo primitivo, a pesar de ser tantos quienes hablan de ella: Platón, Rousseau, Marx, los taoístas, algunos modernos antropólogos… Si la existencia del comunismo primitivo es improbable, la del comunismo chino del siglo XX es simplemente un absurdo, al menos si entendemos “comunismo” como comunidad de bienes, gobierno del pueblo o cosas semejantes.

Lo que existió en la segunda parte del siglo XX en China y que todavía se mantiene, aunque ahora muy suavizado, es un estado totalitario que administraba la sociedad como lo hicieron los emperadores, es decir, a su antojo. La diferencia es que los dirigentes comunistas chinos han sido más sanguinarios que cualquier emperador de los últimos 500 años.

Esa es la primera parte del equívoco: la absurda idea de que en China existió en el siglo XX una sociedad comunista, entendiendo por comunismo su definición teórica original. Si por comunismo entendemos la aplicación práctica de las ideas comunistas por estados totalitarios creados en el siglo XX, a imagen y semejanza de la Rusia Soviética de Lenin, entonces sí, en China ha existido y sigue existiendo comunismo.

La segunda razón de que nos sorprenda el contraste capitalismo/comunismo se debe a la imagen que tenemos del comunismo según Mao Ze Dong. En esa imagen vemos a todo el mundo vestido de la misma manera, con trajes azules (incluidos los propios dirigentes comunistas) o el hecho de que hasta hace no mucho no existiera en China ningún tipo de lujo, excepto tras los muros de las casas de los dirigentes comunistas: ni coches, ni mesas suntuosas, ni nada de nada. Como es obvio, se trata de nuevo de una imagen de la propaganda, pues Mao vivía a todo lujo en el antiguo palacio de los emperadores: la Ciudad Prohibida.

Así que en nuestro torpe imaginario, y debido a lo maleables que somos a la propaganda, nos hemos imaginado que China era una sociedad comunista en la que todos eran como hormigas iguales vestidas con trajes azules.

Eso probablemente sucedía hace 30 años (lo de los trajes azules), pero desde la muerte de Mao las cosas han cambiado mucho, excepto que la dictadura continúa, ahora suavizada en represión, tortura sistemática y la ejecución de más de tres mil personas cada año. Nada comparable, claro está, a los heroicos tiempos del Gran Timonel Mao Zedong, en los que los muertos se contaban por decenas o centenares de miles cada año, o incluso por millones en períodos como la Revolución Cultural o el Gran Salto Adelante.


Acerca de las ejecuciones en China hay mucha información, pero puedes consultar este informe de Amnistía Internacional, donde se explica que, según el cálculo de un importante legislador chino, quizá haya 10.000 ejecuciones al año, una cifra que convierte en ridículas todas las del resto del mundo.


[Publicado el 13 de septiembre de 2005 en Mundo Flotante]


CHINA

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POLÍTICA

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Fidelidad e infidelidad en la China caballeresca

En su biografía del gran historiador chino Sima Qian (-135/-45), Burton Watson explica cómo la transición en  de una época con un poder central poderoso, la de los Zhou (“Chou”), a otro períodos de estados enfrentados y desunidos, produjo cambios sociales de gran importancia, en lo que siglos después sería China, semejantes a otros que se vivieron en Europa, Japón y en otras culturas en diferentes épocas. Un ejemplo que señala Watson es el de la Grecia heroica, los siglos que preceden a la llamada Grecia antigua y clásica, es decir el periodo que está entre el tiempo de los héroes de Homero y el de los filósofos presocráticos.

Uno de los aspectos más llamativos de la época china que se inicia con el derrumbe del orden establecido por los Zhou, pero que también se da en el Japón de la era Meiji que acabó con el poder de los samurais, es que con la nueva movilidad social y la caída de la aristocracia tradicional, se empezaron a cuestionar valores considerados “caballerescos” como el honor, la honra, la lealtad o la fidelidad, algo que nos recuerda poderosamente a la arete o virtud máxima de los aristos (los mejores) o  aristócratas aqueos.

Burton Watson

Es una lástima que no recordase un interesante pasaje  de Watson en mis últimas revisiones de Elogio de la infidelidad, pues podría haber añadido algunas consideraciones interesantes relacionadas con los capítulos dedicados al concepto de fidelidad en el Japón de los samuráis y en la España de los caballeros obsesionados por la honra.

Dice Watson en relación con los caballeros de la época Zhou (-1050/-256), período que, como he dicho, es anterior a la creación de China como tal:

“Las cualidades que distinguen a los hombres de esta clase en muchos aspectos se asemejan a los ideales de los códigos de caballería de la Europa feudal y Japón: la fidelidad a su señor, la honestidad en la palabra, el sentido del honor, y una preocupación por los problemas y angustias de los demás. En los primeros días gloriosos de la antigua cultura china Zhou el caballero puede haberse conformado con estos objetivos de una moral alta, aunque aquí, como siempre debemos tener cuidado con la tendencia a idealizar el pasado distante.”

Aquellos eran los valores de la aristocracia Zhou, aunque, como con mucho acierto señala Watson, tenemos que andarnos con cuidado cuando idealizamos esa época y nos creemos las historias que se cuentan de ella. En primer lugar porque una característica común de estas  épocas caballerescas es que casi todos los testimonios proceden de quienes recuerdan con nostalgia esos tiempos que no han conocido, y que son a menudo  puramente imaginarios, o bien son la versión de los que eran los voceros de los poderosos, cuya misión fundamental era darle brillo a sus estatuas. En los pocos casos en los que se ha podido acceder a testiimonios de personas alejadas de esos grandes señores y por tanto no interesadas en su glorificación, la imagen resultante deja en muy mal lugar a los caballeros andantes, desde los de la Europa cristiana a los samurais japoneses.

Entre esos testimonios disconformes con el resplandor caballeresco se pueden mencionar muchos poemas chinos conservados en el Libro de las canciones confuciano y, por supuesto, varias obras maestras de la picaresca española. Bajo la brillante armadura de un caballero andante casi siempre lo único que hay es polvo, sudor y aire corrompido:

 “Las referencias a la caballería mística suelen limitarse en su versión más inocente a una serie de lamentos por los buenos tiempos en los que los caballeros andantes recorrían el mundo, “desfaciendo entuertos”, ayudando a los débiles, a las damas o a los reyes en apuros. Puede llevar a un tipo de locura semejante a la de Don Quijote tras leer tantas novelas de caballerías: una pérdida del sentido de la realidad no demasiado peligrosa. Pero la caballería mística, ya se refiera a los templarios, a la Orden Teutónica o a otras organizaciones militares medievales, o a los legendarios caballeros de la Tabla Redonda, demasiado a menudo esconde una tentación no sólo elitista, sino reaccionario, cuando no es un síntoma directo o indirecto de sintonía con el fascismo o el nazismo”.
                    (La verdadera historia de las sociedades secretas)

He hablado de la caballería mística  y de lo que llamo “nostalgia del brillo” en La verdadera historia de las sociedades secretas  y también en: Nostalgia, ¿de qué?

Vuelvo a Burton Watson y China.

Con la pérdida progresiva del poder imperial de los Zhou, la sociedad cambió y empezaron a cuestionarse los valores tradicionales:

“En el duro mundo de los últimos tiempos Zhou, valores como la lealtad ciega, la devoción a la causa perdida cuando se sabe que se va a perder, estos ideales que la caballería japonesa y europea acariciaron con tanto cariño son para los chinos de este período, las marcas de la estupidez”.

Aquí se da una diferencia interesante entre China y otras culturas, como la japonesa o la España medieval, quizá porque en China no se ha tenido la costrumbre de glorificar lo militar. Así, Watson señala:

“En los nuevos “caballeros” chinos aparece un individualismo y un cinismo que está ausente, o al menos encubierto, en su equivalente europeo o japonés. El caballero chino no está obligado por ningún juramento de fidelidad o la presión de la sociedad feudal a servir a un señor de la muerte. El primer deber del caballero es conservar la vida y alcanzar la fama, teniendo en cuenta sus propios intereses y aprovechando sus propias oportunidades”.

Watson se deteine en un curioso ejemplo:

“Li Ssu, un representante de la clase particular conocido como “estrategas itinerantes” (yu-shui), destaca en sus discursos que el hombre que confía en salir adelante debe estar siempre alerta a los cambios de los tiempos para que se vuelvan en su propio provecho. Esto significaba abandonar lealtades que no parecían convenientes, dejando el lado que estaba perdiendo y uniéndose al ganador. Si un erudito o un caballero descubría que su talento no estaba siendo reconocidos y utilizado, que no lograba salir adelante como él había esperado, era para él el momento de buscar un nuevo empleador. La fidelidad, la honestidad, el sacrificio no se debían a cualquier señor, sino sólo al señor que podía tener éxito, el señor que apreciaba bien a sus hombres”.

Es decir: no se debía aplicar la fidelidad ciega e irracional. Sin embargo, se supone que también en China los grandes señores intentaron, como en España o en Japón, seguir gozando de esa servidumbre ciega, apelando a la noción de fidelidad. A ese concepto, como intentpo mostrar en Elogio de la infidelidad, inventado para mantener presos, gracias a abstracciones y grandes palabras huecas, a quienes no podemos mantener a nuestro lado gracias a la razón o el amor. Pero parece que en China el truco no funcionó tan bien. En contraste con la admiración hacia los militares que tanto se ha dado en España o Japón, en China existe un refrán que dice: “Con los malos clavos se hacen soldados”. Dice Watson del período que siguió al dominio de los Zhou:

“Este período de la historia china abunda en historias de hombres que murieron por sus señores y sus amigos. Pero no dieron sus vidas por causa de cualquier rígido código de obligación feudal, sino por razones mucho más personales de amistad y gratitud a un semejante. Este ideal de la amistad es de particular importancia en la literatura china y el pensamiento. La alegría de la amistad, de encontrar un hombre que puede reconocer y apreciar las buenas cualidades propias, y la profunda deuda de gratitud que se debe a un amigo, son temas constantes de las historias de esta época”.

Es el cambio entre una noción de fidelidad fabricada para tener esclavos y siervos a una relación, si no por completo justa, sí al menos más sincera y bastante menos servil.

Elogio de la infidelidad
Editorial Ningún mañana, 2019
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Un ensayo que defiende la libertad y la razón y que niega que la fidelidad sea una virtud.
Entretenido, divertido y convincente, a pesar de refutar muchas ideas preconcebidas.
“Chispeante y demoledor” (Pilar González, arqueóloga e historiadora)

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