La izquierda que no quiso ver

En los tiempos del bloque soviético, cuando una decena de países estaban bajo el férreo control de Rusia y en ellos existían regímenes totalitarios que prohibían todo aquello por lo que la izquierda siempre había luchado, en aquellos tiempos, las víctimas de esas dictaduras se encontraban con una terrible paradoja cuando llegaban al llamado mundo libre.

La paradoja era que nadie les quería escuchar, o dicho con más exactitud: la izquierda no quería saber nada de ellos.

Oda a Stalin, de Alberto Hidalgo

Oda a Stalin, de Alberto Hidalgo

Llegaban a Occidente para contar lo que habían vivido allí y descubrían que la izquierda occidental apoyaba esos regímenes, que los intelectuales más combativos elogiaban a Stalin, a Ceaucescu y a Mao. El ejemplo sin duda más escandaloso fue el de Jean Paul Sartre, quien no sólo aceptó participar en el Congreso de Intelectuales organizado por Stalin, sino que, tiempo después, cuando le asaltaron las primeras dudas acerca de aquel régimen criminal, decidió convertirse en maoísta. Y lo hizo precisamente en la época más deleznable del maoísmo, la de la Joven Guardia Roja y la Revolución Cultural, el movimiento organizado por el viejo Mao para recuperar el poder, apoyándose, como suelen hacer los fascismos, en la fuerza de choque de los jóvenes. La Revolución Cultural y los jóvenes guardias rojos sembraron el terror en China, matando, acusando y persiguiendo a todos los supuestos cómplices de la degeneración capitalista, hasta que las propias autoridades tuvieron que frenarlos porque se les iba de las manos el control del país.

Sartre vende el periódico maoísta La causa del pueblo

Milan Kundera, uno de aquellos ciudadanos del bloque soviético que encontraba en Occidente la incomprensión y el desinterés de los intelectuales de izquierda, cuenta en un emocionante texto la relación entre un intelectual checo y un célebre poeta francés:

“Kundera cuenta la historia de Paul Éluard, el poeta francés, primero integrante del movimiento surrealista y luego, tras la guerra, ardiente defensor y rapsoda del totalitarismo. Y dice Kundera de Éluard: “Cantó a la fraternidad, la paz, la justicia, el mañana mejor, la camaradería, en contra del aislamiento, a favor de la alegría y en contra del pesimismo (…). Cuando, en 1950, los dirigentes del paraíso sentenciaron a un amigo suyo, el surrealista Závis Kaladra, a morir en la horca, Éluard se puso al servicio de los ideales suprapersonales, declarando en público su conformidad con la ejecución de su camarada. El verdugo matando, el poeta cantando”.
(Tomado de un viejo artículo de Rosa Montero)

"Stalin, a tu salud!!, por Picasso

“Stalin, ¡a tu salud!!, por Picasso

Pasaban los años y la izquierda, a pesar de contar con suficiente información acerca de lo que estaba pasando en los países del mundo comunista, no decía nada o, peor todavía, se burlaban de Soltzenisthyn, de un hombre que, fueran cuales fueran sus ideas personales y sus creencias religiosas, salió de la Unión Soviética tras pasar años encerrado en un gulag y que contaba lo que allí sucedía en un libro impresionante, que también era despreciado por su poca calidad literaria (cosa también muy discutible): Archipiélago Gulag. Burlas que eran una bajeza semejante a la de alguien que se burlara de un gitano o un judío superviviente de los campos de exterminio nazis diciendo que en su juventud había pertenecido a una extraña secta milenarista.

La explicación de este error y esa complicidad criminal de la izquierda era su afán de oponerse a Estados Unidos a cualquier precio, aunque eso significara defender a los autores de crímenes mayores que los cometidos nunca por Estados Unidos, a gentes sólo comparables en la historia de la infamia con Hitler, como Stalin, Mao o Pol Pot. Como dice Odo Marquard, durante años con la resistencia contra la no tiranía se pretendió suplir la no resistencia a la tiranía. El ruido y la furia contra regímenes imperfectos pero democráticos era seguido de un silencio estruendoso respecto a  los totalitarismos.

Han tenido que pasar muchos años y tuvo que caer el muro de Berlín para que la izquierda radical despertara de su sueño utópico, sueño que había sido una pesadilla mortal para millones de personas. Poco a poco, incluso los más recalcitrantes acabaron por admitir los crímenes que se habían cometido y justificado en nombre de la izquierda, o al menos dejaron de defenderlos públicamente.

Ahora muchos de ellos, muchos con los que yo discutí hace veinte años o más, aseguran que nunca apoyaron aquel horror.

*******

(2 de febrero de 2006 )

[Este artículo originalmente continuaba en ¿Dónde está la izquierda?]

Pericles

POLÍTICA

Error: puede que no exista la vista de 87405d63l6

*********

 

Nazismo en Hungría

Hungría ha tenido la desgracia, como le sucedió a algunos otros países del este de Europa , de conocer el totalitarismo fascista y el comunista. Si la memoria no me falla, todo comenzó en los años 20 con el Terror Rojo, que después fue sustituido por el Terror Blanco, mucho más cruel y sanguinario. El Terror Blanco derivó hacia el fascismo de Horthy, que acabó uniéndose a la Alemania nazi. Hungría, por lo tanto, luchó en la Segunda Guerra Mundial junto a Hitler.

El lago Balaton

Las doctrinas totalitarias se basan en el relativismo cultural, como ya dijo explícitamente Mussolini en su día. Consideran que no puede existir un verdadero diálogo entre culturas diferentes y que, por ello, la única manera de decidir qué cultura es mejor es el uso de la fuerza. Los totalitarismos también aplican la doctrina extrema del darwinismo social, que inventó el sobrino de Darwin, Francis Galton: la supervivencia del más fuerte. El relativismo y el darwinismo social son nombres modernos para seguir aplicando el comportamiento salvaje e instintivo, aunque a veces la izquierda haya recurrido al relativismo convirtiéndolo incluso, erróneamente, en sinónimo de respeto y diálogo entre culturas diferentes.

Debido a estos fundamentos teóricos, los totalitarismos, ya se basen en ideas comunistas, fascistas o simplemente en la identificación con un líder (como Franco), no pueden cooperar y colaborar, excepto de manera transitoria. Si Mussolini predica que la raza superior es la latina y concretamente la italiana, Hitler asegura que lo es la germana, mientras que el húngaro Horthy cree que esa raza superior es la magiar. Difícilmente puede fraguarse una alianza duradera: tarde o temprano, cada uno querrá aplicar sus ideas hasta el final y chocará con sus antiguos aliados. Mussolini, el pionero de los totalitarismos “de derechas”, soñó durante un tiempo que la raza, la etnia, la cultura o la civilización latina iba a recuperar la gloria de la antigua Roma. Pero los fracasos de sus andanzas en Europa y África y el impresionante poder germano le obligaron a ceder el primer lugar a Hitler.

Si las potencias del Eje hubieran ganado la guerra, no habría pasado mucho tiempo hasta que estallaran los conflictos entre germanos y latinos, aunque, probablemente, las primeras víctimas habrían sido los eslavos. Tras ellos, quizás le llegaría el turno a los magiares, cultura única y aislada, y más teniendo en cuenta que Hitler había nacido en el antiguo imperio austrohúngaro, al que detestaba por su convivencia de culturas diversas.

Todo esto explica el que durante la guerra existieran tensiones entre los nazis alemanes y los fascistas húngaros. El régimen de Horthy persiguió a todas las minorías, incluida la alemana. Tras la Segunda Guerra Mundial, el régimen comunista impuesto por los rusos intentó no dar importancia a este dato, porque de ese modo podían acusar a la minoría alemana de la responsabilidad del pasado nazi de Hungría y así descargar la culpa de los propios magiares. Esa explicación contenía tan sólo un pequeño gramo de verdad, pero sirvió a los húngaros de la época comunista para mantener su conciencia tranquila.

Algo parecido sucedía en la República Democrática Alemana que, en un alarde de ficción histórica, siempre hizo como que el nazismo no tuviera nada que ver con ellos, sino sólo con los alemanes de la República Federal. Cuando estuve en Berlín Occidental en 1988 me asombró la memoria y el sentimiento de culpa de los alemanes, que incluso tenían un museo dedicado al holocausto en el antiguo Reichstag. Pero en el lado comunista apenas se hablaba del pasado nazi y se insistía en echar la culpa a los vecinos del otro lado de la ciudad y del otro país germano.

Lo mismo sucedía, según parece, en Hungría y quizás todavía sucede, porque en la Citadela hay un museo dedicado a la época nazi de Hungría en el que se condena aquella época, pero creo que no de la contundente manera que sería necesario. Es decir, no reconociendo la responsabilidad de gran parte de los húngaros en lo que sucedió.

 

[Publicado el 3 de noviembre de 2003]

CUADERNO AUSTROHÚNGARO

Error: puede que no exista la vista de bc33341clq

La ciudad de las estatuas

budapest-estatua-hombre-serpiente2

No recuerdo ninguna ciudad en la que haya visto tantas estatuas como en Budapest.

Magris cuenta en El Danubio que cuando el Terror blanco fascista reemplazó al Terror rojo comunista en los años 20 y 30, los revolucionarios no destrozaron las estatuas de sus antecesores, sino que las guardaron en algún sótano. Cuando los comunistas volvieron al poder, tras la Segunda Guerra Mundial, las sacaron del sótano y las volvieron a colocar en las calles.

Algo parecido sucede ahora, pues los húngaros han guardado casi todas las estatuas de la época comunista y han creado con ellas un Parque de las Estatuas o Museo del Totalitarismo, en el que se puede ver a Lenin, Marx, Engels, alegorías de la hermandad húngaro-soviética y a diversos líderes comunistas húngaros. Tal vez algún día las recuperen y vuelvan a ponerlas en la ciudad. Nunca se sabe.

budapes-estatuahombre-cabeza

Del único del que no se conserva nada es de Stalin, tal vez porque todas sus estatuas fueron destruidas en la fracasada revolución de 1956 contra los rusos, como cuenta Magris. Tan sólo se conserva un fragmento de una colosal estatua de Stalin en un museo que visitamos.

budapes-stalin-resto

Un pequeño fragmento de la colosal estatua de Stalin que fue derribada durante la revolución de 1956.

En el Parque de las Estatuas, a 13 kilómetros de Budapest, se venden camisetas en las que se ve a Lenin, Stalin y Mao como si fueran los Tres Tenores (Domingo, Carreras y Pavarotti), pero en la leyenda se lee: “The three Terrors”. En otra pone “World Terror Tour, 1917-1989” y, como si se tratara de un grupo de rock de gira, se enumeran las fechas de las revoluciones, invasiones y anexiones comunistas: Rusia, Ucrania, Bielorrusia, Finlandia, Hungría, China, Afganistán. Terminan con un interrogante acerca de la próxima fecha. Tal vez se podría añadir Chechenia, puesto que en Rusia no ha habido todavía un verdadero cambio de régimen y hasta ahora no ha gobernado ningún dirigente que no hubiera sido comunista (Putin pertenecía al KGB). O tal vez China todavía nos reserva alguna terrible sorpresa. Espero que no.

the three terrors

The Three Terrors, foto de Askfrederick

1

Músculo y poder revolucionario en el Parque de las Estatuas

Se podría  concluir, al ver estas bromas acerca del terror comunista, que el célebre sentido del humor húngaro se aplica a todo, pero también se puede recordar lo que dice Martin Amis en Koba el temible: que incluso ahora que todos o casi todos saben lo que sucedió en la Unión Soviética de Stalin y en la China de Mao Ze Dong, todavía existe una diferencia en la manera de encararlo respecto a los nazis:

“He aquí una paradoja reveladora: siempre se ha podido bromear a costa de la Unión Soviética, pero nunca sobre la Alemania nazi. No es sólo una cuestión de respeto. En el caso alemán, la risa se va automáticamente. Con el permiso de Adorno, no fue la poesía lo que se volvió imposible después de Auschwitz. Lo que se volvió imposible fue la risa. En cambio, en el caso soviético, la risa se niega a irse. La inmersión en los hechos de la barbarie bolchevique puede aumentar la resistencia a admitirlo, pero dicha inmersión no borrará nunca la risa de la barbarie.”

Es cierto. A casi nadie se le ocurre bromear sobre los nazis ni tener recuerdos nazis, cruces gamadas o gorras y abrigos de oficiales de las SS, como si se tratara de algo curioso y simpático, y eso, sin embargo, sí sucede con los recuerdos del antiguo bloque comunista, sin que sus propietarios sientan un rechazo instintivo hacia esos objetos y esos símbolos. En Madrid había un restaurante japonés en el barrio de Chueca con retratos de Mao e imágenes y carteles del Partido Comunista Chino. Nadie se ofende ni protesta, que yo sepa. Resulta difícil imaginar que eso se pudiera hacer con parafernalia nazi o simplemente fascista italiana. Es sin duda un alivio que así sea, pero es triste que sí encontremos todavía a los representantes de la muerte de millones de personas como si fueran personajes simpáticos, por ejemplo en una frutería china de Madrid llena de posters de Mao Zedong de la época de la Revolución Cultural.

********

Cuadernosdeviaje-grande

Todos los Cuadernos de Viaje

*******

CUADERNO DE AUSTROHUNGRÍA (KAKANIA)

Error: puede que no exista la vista de bc33341clq

Koba el temible

1

Koba el temible, de Martin Amis es un ensayo, no una novela. Hay quien dice que no es exactamente un ensayo, porque mezcla información acerca de la Unión Soviética de Stalin con referencias autobiográficas. Pero eso es precisamente lo que es un ensayo, al menos desde que Montaigne escribió sus célebres Ensayos, en los que habla de sí mismo tanto o más que de cualquier otra cosa.

El libro de Stephen Jay Gould La estructura de la evolución, que se considera más un tratado que un ensayo, es también un ensayo en el sentido descrito más arriba, pues a menudo Jay Gould cuenta anécdotas de su vida y explica las razones, a menudo personales y subjetivas, que le llevaron a adoptar una u otra teoría.

“Como comentario final, si en esta sección he viciado las normas del discurso científico (al menos en nuestro mundo contemporáneo, aunque no en la época de Darwin) por la libertad que me he tomado de explicar motivos, errores y correcciones personales, al menos he mostrado cómo todos avanzamos a tientas hacia arriba desde la estupidez inicial, y cómo nunca seremos capaces de escalar sin la ayuda y la colaboración de innumerables colegas, todos comprometidos en la empresa socialmente intensa llamada ciencia moderna.”

Los científicos que son conscientes de la subjetividad que nos mueve en cualquier investigación son, no sólo más honestos, sino también más fiables que quienes fingen haber llegado a sus teorías sólo por razones objetivas.

Ahora bien, una cosa es llegar a una teoría por razones personales y otra muy distinta adoptar una teoría sólo por razones personales. Una vez adoptada la teoría, conviene contrastarla y examinar si debemos mantenerla, ya no sólo por las razones subjetivas que nos han conducido a ella.

Al gran científico y astrónomo Kepler se le reprochaba que buscara la explicación del movimiento de los planetas recurriendo a figuras mágicas o caprichosas, por ejemplo, los cinco sólidos platónicos. Es cierto que Kepler iniciaba la investigación a partir de hipótesis más o menos extravagantes, pero una vez desarrollada la teoría, la comparaba con lo observado. De este modo fue rechazando figuras geométricas hasta que dio con la elipse, verdadera herejía en un mundo celeste, que debía regirse por figuras perfectas. Es tentador, por otra parte, encontrar en esta herejía, que junto al heliocentrismo acabaría haciendo caer el cielo de la Iglesia, la venganza de Kepler por intento de asesinato de su madre en las hogueras de la Inquisición.

Martin Amis

Martin Amis

En cuanto al libro de Amis, se le pueden encontrar todos los errores de forma o contenido que se quiera, pero en general me parece excelente. El tema es Koba el temible, es decir Stalin y la Unión Soviética construída por Lenin y el comunismo.

El subtítulo del libro es “La risa de los veinte millones”. Veinte millones es el número de personas que se supone mataron Lenin y Stalin. Al parecer, se trata de una cifra optimista. Resulta difícil comprobar la cifra exacta, puesto que la información no resultaba accesible hasta hace bien poco y los archivos de la antigua Unión Soviética se van abriendo a los investigadores con cuentagotas. No no se debe olvidar que en Rusia siguen hoy mandando casi los mismos, puesto que el presidente Putin pertenecía ni más ni menos que al KGB, el servicio secreto. Seguramente parte de los archivos fueron destruidos por los sucesores de Jruschev, que fue quien denunció por primera vez, desde el poder de la Unión Soviética, los crímenes de Stalin, a pesar de haber sido él mismo colaborador en algunos de esos crímenes. Resulta difícil creer que cada nuevo gobernante comunista: Jruschev, Breznev, Chernenko, Andropov, Gorbachov, Yeltsin, Putin, no se haya ocupado de destruir lo que pudiera comprometerle. Por otro lado, de muchas de las peores cosas que se hicieron, es seguro que no quedó constancia ni testimonio. Aunque resulte asombroso, en algunos casos se sabe que en algún momento se ejecutó a muchas personas en un lugar concreto y en un momento preciso, pero no se sabe a quiénes ni por qué. Sin embargo, con lo queda y se sabe a ciencia cierta, es más que suficiente para sospechar que fueron más de veinte millones de muertos lo que se causó el comunismo ruso.

stalinninos

Una de las representaciones más repetidas de Stalin era como el “Padrecito” y amigo de los niños. Así se acostumbraron a verlo y considerarlo en la Unión Soviética, pero también en otros países con acceso a mejor información

Amis cuenta que su padre fue estalinista durante quince años (de 1941 a 1956), pero que después cambió de bando y se hizo anticomunista. De este modo introduce Martin Amis un asunto realmente complejo y terrible: ¿cómo pudieron durante décadas los intelectuales de izquierda apoyar a la Unión Soviética?

Hay pocas respuestas a esto, o al menos pocas respuestas buenas y convincentes. Se puede explicar ese comportamiento, sí, pero me temo que resulta muy difícil o imposible justificarlo.

Por fortuna, las cosas están cambiando: hace veinte años cualquiera que dijera que el régimen de la Unión Soviética se había construido sobre millones de muertos era tachado poco menos que de fascista. Precisamente, así calificaban a Kingsley Amis cuando se hizo anticomunista. Era un orgullo ser antifascista pero vergonzoso ser anticomunista, en un mundo en el que los estados comunistas igualaron o superaron el terror de los fascistas.

stalin-cabeza

La caída de Stalin durante la revolución húngara de 1956, enseguida reprimida violentamente por los tanques rusos. El acontecimiento hizo que algunos cambiaran su opinión acerca de Stalin.

El libro de Martin Amis ha sido muy polémico en Gran Bretaña, porque cita a compañeros suyos y colegas novelistas y periodistas, que se han sentido ofendidos por ser aludidos como cómplices, al menos con su silencio, de los crímenes de Stalin. Sin embargo, en lo que se refiere a la esencia de lo que en Koba el temible cuenta, los veinte millones de muertos,  nadie, que yo sepa,ha dicho en ningún momento que sea mentira, lo que es una muy buena señal de que, en efecto, los tiempos están cambiando. De todos modos, es cierto que sigue habiendo mucha ignorancia y que es raro encontrar, al menos entre la izquierda, una repulsión sincera y espontánea, sino que casi siempre lo que se ve es algo así como una rendición resignada ante algo que ya nadie puede negar.

Ahora ya son pocos, casi ninguno, quienes se atreven a poner en duda el horror, y aunque es frecuente encontrar errores de apreciación al juzgar el régimen soviético, sus autores suelen rectificar si alguien protesta y le señala los datos. Esta es para mí uan pequeña satisfacción en un asunto que  me ha causado muchas frustraciones y mucha tristeza desde la adolescencia, cuando comencé a darme cuenta de las dimensiones del horror y la indiferencia de muchos amigos y conocidos ante aquello.

 

[Publicado en 2004]

************

Error: puede que no exista la vista de 87405d63l6