Un jardín, un hombre, una mujer y una serpiente

Los arqueólogos o los historiadores tal vez logren algún día descubrir el origen de esa extraña religión que se conservó en varias decenas de relatos que los hebreos llaman Tanaj y los cristianos Antiguo Testamento.

Página de la Tanaj hebrea

Tal vez la respuesta se encuentre ya bajo tierra, pero no en una excavación todavía por hacer, sino en los sótanos de algún museo, en alguna de las miles de cajas que contienen textos sumerios, asirios o hititas que todavía esperan ser traducidos.

Mientras llega ese momento, aunque es posible que no llegue nunca, a no ser que Google se decida a escanear todas las piedras escritas, sólo podemos especular acerca de cuál era la religión de Noé, cuál la de Abraham, cuál la de José, cuál la de Moisés, cuál la de David y Salomón y cuál la de Jesús de Nazaret, porque ni siquiera sabemos si todos ellos adoraban al mismo dios o a los mismos dioses. Algunos, como Noé o Abraham, parecen seguir una religión mesopotámica; José quizá sufriera la influencia del faraón hereje Ajnatón y el culto al dios único Atón, mientras que Moisés, cuyo nombre expresa una semejanza innegable con el de faraones como Tutmoses, parece,  sin embargo, haber sufrido, camino de Palestina, una revelación, que tal vez le mostró al dios del profeta Zaratustra.

Si pensamos en el relato del Jardín del Edén, que se incluye en el Génesis, parecen evidentes las influencias  sumerias y asirio-babilónicas. Como ejercicio más o menos improvisado, intentaré descomponer el mito en sus elementos fundamentales.

Hay que recordar, sin embargo, que el relato de la creación se cuenta dos veces, con ciertas variaciones, lo que se llama Génesis I y Génesis II, o relato sacerdotal (S) y relato yavista (J). En la primera versión se habla de un dios al que se llama Elohim, que es una denominación plural: “los dioses”, sin duda un resto del politeísmo original del que sin duda procede el relato. En el relato yavista los autores se refieren al dios protagonista como Jehová o Yahvé.

 

Un jardín al oeste

En el mito del Jardín del Edén encontramos a un hombre llamado Adán, al que un dios llamado Yahvé o Jehová (o Elohim), ha creado a su imagen y semejanza:

“Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.
Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado. (Gén.2:7-8)”

Adán vive en el jardín junto a los animales, como uno más, aunque Yahvé le ha dado el poder sobre ellos:

 “Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre. Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo; mas para Adán no se halló ayuda idónea para él (Gén.2:19-20)”.

Decide entonces Yahvé crear una compañera para el hombre, a la que crea a partir de una costilla de Adán:

“Entonces Jehová Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar.
Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre. (Gén.2:21-22)”.

Adán y Eva viven juntos en ese jardín, que se ha considerado un Edén o Paraíso, sin sentir vergüenza por su desnudez:

 “Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban.(Gén.2:25)”

En el Jardín hay dos árboles que el narrador considera necesario mencionar. Uno es el árbol de la vida y el otro el del conocimiento, que permite distinguir entre el bien y el mal. Yahvé les prohíbe que prueben la fruta del árbol del bien y del mal, porque, si lo hacen, dice, “morirán”.

Sin embargo, en el jardín hay una serpiente, que entonces no tenía la apariencia del animal que hoy conocemos, porque ese será el castigo que le impondrá Yahvé después. La futura serpiente dice a Eva que Yahvé les ha mentido:

“Entonces la serpiente dijo a la mujer: “No moriréis,  sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal”. (Gén.3:4-5)”.

Adán y Eva prueban la fruta del árbol del conocimiento, que se ha considerado de modo tradicional que era un manzano, pero que algunos eruditos consideran que era un membrillo. Parece que fue Eva quien primero mordió la manzana o membrillo, para después ofrecérselo, para tentar (de ahí que la mujer sea “la gran tentadora”) a Adán.

La iconografía tradicional representa el momento posterior como el de la ira de Yahvé, quien, furioso, expulsa a Eva y Adán del Jardín del Edén.

¿Por qué expulsa Yahvé a Adán y Eva del jardín del Edén?

No se debe a que hayan probado la fruta del árbol del bien y del mal, porque la serpiente tenía razón y probar ese manjar no ha provocado la muerte de Adán y Eva, como decía Yavhé que sucedería; tampoco es porque, como han dicho algunos, Adán y Eva fueran inmortales antes de probar la manzana. La verdadera razón de su expulsión es que ahora que Adán y Eva han accedido al conocimiento, se han igualado a Yahvé y a los dioses, como se puede comprobar en uno de esos momentos en los que Yahvé se refiere a sí mismo como a un dios más entre otros:

“Y dijo Jehová Dios: “He aquí que el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre”. (Gén. 3:22)”

Es decir, ahora que los seres humanos son como los dioses, lo siguiente que harán será comer del árbol de la vida, con lo que se igualarán completamente a los dioses: se supone que serán inmortales. Así que Yahvé expulsa a Adán y Eva del jardín y pone en la puerta una espada flamígera para impedir que puedan volver a entrar y alcanzar la inmortalidad.

Por otra parte, debido a que han probado la fruta prohibida, Adán y Eva pierden la inocencia:

“Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales. Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto. (Gén.3:7-8)”

Adán y Eva vagarán a partir de entonces por el mundo, que está habitado, como enseguida descubriremos al ver el pacto de Yahvé con Caín, al que promete que nadie le matará, lo que prueba también que el Jardín de Edén es un lugar concreto y que Adán y Eva no son el origen de la humanidad, o al menos que no lo eran en el mito original: Caín, en su destierro, incluso encontrará ciudades.

Este es el mito tal como es contado por uno o varios narradores. Los expertos creen que el yavista, el autor del texto más preciso,  escribió su relato durante la cautividad de los judíos en Babilonia. Eso explica sin duda  que la comparación de este mito con algunos mitos babilónicos sea tan inmediata y reveladora. La mayor semejanza es tal vez la que existe entre el jardín de Adán y Eva y el mito de Enkidu.

 

El salvaje Enkidu

La historia de Enkidu se cuenta en La epopeya de Gilgamesh, un relato cuyas primeras versiones se remontan a más de dos milenios antes de nuestra era.

Enkidu es un hombre salvaje que ha sido creado también por los dioses, en este caso por la diosa Aruru, creadora tiempo atrás de la humanidad, para enfrentarse al rey Gilgamesh de Uruk:

“¡Que convoquen a Aruru, la Gran Señora! Fue ella quien creó a la humanidad. Que sea ella entonces la que cree a un rival para Gilgamesh, alguien de fuerza enorme, que compitan los dos entre sí y de este modo vuelva la calma a Uruk.”

La diosa Aruru crea a Enkidu del mismo modo que Yahvé creó a Adán según el narrador yavista :

“Aruru escuchó las palabras y se dispuso a cumplir las órdenes de Anu. Aruru se lavó las manos, cogió un poco de barro y lo lanzo a un erial. Allí, con el barro hizo al valiente Enkidu, la criatura del silencio.”

Enkidu vive en algo parecido a un bosque o selva con el resto de los animales:

“Greñas encrespadas eran su cabello y el pelo le crecía por todo el cuerpo. Llevaba largas melenas como una mujer y sus mechones eran recios como la cebada. Enkidu no conoce a los hombres, no sabe que existen personas, no tiene ninguna patria. Viste con trapos como el mismo Sakkan [dios de las bestias] y junto a las gacelas come las hierbas del campo, junto a las bestias se apretuja en el talud de la balsa  y junto a los bichos se deleita en las aguas.”

Enkidu entre los animales

Aunque aquí se dice que Enkidu se viste con trapos, en otros momentos parece quedar claro que va desnudo como cualquier otro de los animales que le rodean y con los que convive, del mismo modo que lo hace Adán, hasta que llega allí una mujer, Samhat. Se trata de una prostituta que ha sido enviada a Enkidu por el rey Gilgamesh, aunque la idea ya se le ocurrió antes al padre de un cazador que descubrió al salvaje Enkidu:

Ve a encontrarte con Gilgamesh y descríbele el vigor de esa bestia. Él te entregará a la cortesana Samhat. Te la llevarás contigo de caza y le explicarás cuán robusto es esa bestia humana. Cuando su manada llegue a la aguada, ella se quitará sus vestidos y mostrará sus encantos. Y cuando él la vea así, se abalanzará sobre ella. Entonces su manada, que se había criado con él, le será hostil .”

La mujer seduce al hombre salvaje y le revela el conocimiento, y en concreto el lenguaje hablado.

“Samhat apartó sus velos y descubrió su sexo para que Enkidu tomase su voluptuosidad, sin temor a agotarlo. Cuando ella dejó caer su vestido, él se acostó sobre ella y ella hizo con aquel salvaje su trabajo de mujer mientras él la acariciaba. Seis días y  siete noches Enkidu excitado hizo el amor con Samhat.”

Tras estos días sin tregua de sexo, Enkidu accede a un conocimiento superior:

“Enkidu estaba débil y era incapaz de correr como antes. Pero había madurado. ¡Se había vuelto inteligente! Regresó para sentarse a los pies de la cortesana. Con los ojos clavados en su rostro comprendía todo lo que ella le decía.”

Samhat, además, antes de llevar a Enkidu a la ciudad, alejándole del bosque en el que vive, decide vestirlo, dándole la mitad de sus ropas:

“Ella le vistió a él con parte de sus vestidos y ella se vistió con la otra parte.”

 

Semejanzas cercanas y lejanas

Enkidu y Samhat

Encontramos en los dos mitos muchos elementos comunes, algunos de ellos muy llamativos: un hombre y una mujer en un jardín o bosque, el conocimiento que llega al hombre a través de la mujer, la presencia en el jardín primero del hombre junto a los animales: en el Génesis, antes de que llegue Eva se dice “El hombre (Adán) dio nombre a los animales”. Después de la mujer, que le es entregada a Adán/Enkidu por la acción de alguien exterior (Yahvé/Gilgamesh o, el padre del cazador), también hay una fuerte relación entre la mujer y el camino al conocimiento…

Además, Adán llama a Eva en el Génesis “la madre de todos los vivivientes”, que es precisamente el título que se daba a Aruru o Ishtar, la diosa de la que era sacerdotisa Samhat, la amante de Enlidu.

Lo que no encontramos en el mito de Enkidu es la manzana ni la serpiente, al menos a primera vista.

Para encontrar a la serpiente tenemos que esperar hasta casi el final de la Epopeya de Gilgamesh: es entonces cuando aparece una serpiente que le roba a los hombres, en este caso a Gilgamesh, el amigo de Enkidu el secreto de la vida eterna, o al menos el de la juventud recobrada. Gilgamesh fracasa, a pesar de que logra encontrar la planta de la juventud, por culpa de una serpiente que le roba la planta.

Hay otros elementos del mito bíblico que también se encuentran descolocados en otros lugares del mito sumerio. Enkidu duerme siete dias con sus noches y también lo hará Gilgamesh antes de encontrarse con la serpiente, como cuando a Adán le extrae Yahvé la costilla. No me puedo detener ahora en este asunto, que es más significativo de lo que parece a simple vista, pero lo haré en próximas Babilónicas.

Por otra parte, a pesar de que el mito bíblico se suele presentar como el del origen del mundo, ya he dicho antes que existen otras personas fuera de Edén, como vemos cuando Caín, tras matar a Abel, parte al destierro. Del mismo modo, Enkidu, rechazado ahora por los animales del bosque, se encamina con Samhat hacia Uruk, la ciudad del rey Gilgamesh.

 

Las diferencias

Hemos visto las semejanzas, algunas de las cuales parecen probar la dependencia entre el escritor yavista y sus fuentes mesopotámicas. Hay todavía mucho que investigar para reconstruir el mito original, el urmyth, que se esconde tras el jardín del edén, pues, como hemos visto, algunos elementos se han desplazado de lugar, como la serpiente.

También habrá que recurrir a otro relato mesopotámico de gran importancia, el Atraharsis o El Gran Sabio, que cuenta la historia del hombre que sobrevivió al diluvio: Utanapishti. Sin embargo, también existen algunas diferencias. Una de las más llamativas es que no hay ni manzana ni membrillo en el mito de Enkidu. Pero la más interesante es que la interpretación bíblica del mito nos asegura que existió un paraíso original del que la humanidad fue expulsada por sus pecados, por lo que es uno de los ejemplos más notables de lo que se ha llamado “mito del paraíso primitivo” o del “buen salvaje” por Rousseau. Sin embargo, en el relato de Enkidu, aunque podemos considerar a Enkidu el primer “buen salvaje” que vive en el estado natural junto a los animales, también ofrece un insólito ejemplo de lo contrario y parece más bien un mito antiprimitivista, que propugna la civilización como humanizadora de la bestia humana, algo que se ha comparado con Ovidio, como veremos en otra Babilónica. A pesar de todo, en el relato bíblico se pueden detectar trazos de una intención que en su origen podía ser semejante a la del mito sumerio, como el hecho de que comer la fruta del árbol del conocimiento permite a los humanos distinguir entre el bien y el mal, algo que no pueden hacer las bestias salvajes.

En otro momento hablaré también de la presencia en ese Edén sumerio y asirio babilónico, pero también en el hebreo, de Lilith, la primera mujer.

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La epopeya de Gilgamesh/ Babilónicas

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¿Quién es el cazador furtivo?

Enkidu con un ave

En la primera tablilla de la Epopeya de Gilgamesh se cuenta la historia de cómo fue creado el hombre-bestia Enkidu por la diosa Aruru. El salvaje Enkidu vivía con las bestias del campo como un animal más hasta que fue descubierto por un cazador furtivo: Al cazador se le hiela la sangre al ver a esa criatura y va contarle lo que ha visto a  su padre:

“Padre mío, hay una especie de hombre que ha acudido al talud de la balsa. Es el más fuerte de toda la comarca ¡qué tremenda fuerza tiene! ¡Como una roca del Cielo es de poderosa su fuerza! Todo el día anda merodeando por las colinas. Come sin cesar hierba con las bestias y deja sus huellas en el talud de la balsa. Cuando lo veo tengo miedo y no me atrevo a acercarme a él. Ese hombre salvaje ha arrancado las trampas que yo mismo había cavado, ha arrancado los lazos que yo mismo había tendido, me ha obligado a soltar las bestias que yo había atrapado, los animales cazados en el monte. Desde que está él ya no puedo cazar en el monte.”

El padre del cazador le tranquiliza y le dice que vaya a la ciudad de Uruk y que le cuente la historia del hombre salvaje al rey Gilgamesh. Incluso le da detalles de lo que sucederá tras esa entrevista:

“En Uruk vive Gilgamesh. Nadie es más poderoso que él. Su musculatura es tan poderosa como la de una roca caída del cielo. Ve a encontrarte con él y descríbele el vigor de esa bestia. Él te entregará a la cortesana Shamhat. Te la llevarás contigo de caza y le explicarás cuán robusto es esa bestia humana. Cuando su manada llegue a la aguada, ella se quitará sus vestidos y mostrará sus encantos. Y cuando él la vea así, se abalanzará sobre ella. Entonces su manada, que se había criado con él, le será hostil.”

¿Por qué sabe el padre del cazador lo que va a suceder?

Podemos imaginar que se trata de un simple recurso literario. En los textos mesopotámicos es frecuente que un mismo acontecimiento se cuente varias veces, repitiendo en ocasiones palabra por palabra todo lo que ya conocemos. Y así sucede también en esta historia, porque el cazador va a ver a Gilgamesh y le cuenta la aparición del hombre salvaje, Gilgamesh le dice entonces que se lleve a su cortesana Shamhat (cuyo nombre se traduce en algunas versiones españolas como Lalegre, ya que significa algo muy parecido a nuestro “mujer de vida alegre). Después la prostituta encuentra al hombre salvaje y lo domestica o civiliza mediante el sexo. Pero no es ese el asunto que me interesa ahora.

A pesar de ese recurso a la repetición, en las palabras del padre del cazador a su hijo parece haber algo más. El padre del cazador parece saber más de lo que sabría un hombre. Su conocimiento es semejante al de un dios. Los dioses, en efecto, sí que anuncian acciones que todavía no han ocurrido.

la pregunta, en consecuencia es: ¿se esconde un dios en este episodio del cazador y su padre? Es sabido que los mitos en su evolución a veces convierten a los seres humanos en dioses (como el propio Gilgamesh, que llegará a ser dios algún día, o el Heracles de la  mitología griega) y que a veces parece suceder lo contrario, como en el caso quizá de Jesucristo, dios convertido en hombre, o de los avatares de Krishna y Vishnu. Sin embargo, en este caso, sospecho que no se trata exactamente de una evolución divina-humana, sino más bien de un relato olvidado. Es decir, creo que el pequeño episodio  de Enkidu y el cazador esconde algo más. Mi hipótesis es que se trataba de una historia con más desarrollo, pero que aquí quedó condensada. Que el cazador y su padre, o  al menos uno de ellos, era un dios o algo parecido. Luego explicaré que quiero decir con “algo parecido”.

De ser así, ¿de qué dios se trataría? Mi hipótesis inicial, y por ahora la única, es que se trata de Dumuzi, el dios pastor, luego llamado Tammuz, luego llamado Adonis. Quizá finalmente llamado Orfeo. El dios que amaba a las bestias y hablaba con ellas. Su última encarnación, en esta ocasión muy humana, fue Francisco de Asís.

Dumuzi

 

La primera inconsistencia de una teoría como esta es que el personaje descrito, el cazador, representa todo lo contrario: no convive con las bestias, sino que las persigue, las caza y se supone que las mata. En realidad, quien ama a las bestias y es amado por ellas es Enkidu, no el cazador. ¿No deberíamos entonces decir que es Enkidu quien esconde al dios Dumuzi, al dios Tammuz, a Adonis y a Orfeo? La respuesta es que sí, debemos decirlo: Enkidu es también Dumuzi.

No intentaré aclarar, al menos por el momento esta contradicción. Dumuzi es el salvaje Enkidu y es también el cazador (o su padre, pues sobre este aspecto no tengo una opinión firme). Simplemente diré que mi sospecha es que en el mito todo acabó mezclándose y que los diferentes personajes también acabaron confundidos.

Me gusta hacer hipótesis arriesgadas como las anteriores. Pero lo que más me gusta es investigar después y ver si pueden ser sustentadas o confirmadas de alguna manera. Es el método de Kepler, tal como lo aprendí en Cassirier. Lanzar hipótesis y dejarse llevar por las intuiciones, pero después someter esas afirmaciones ariesgadas a prueba.

He iniciado la investigación acerca de este asunto hace unos minutos y he encontrado alguna señal interesante. Una de ellas es que parece existir un mito en el que Enkidu y Dumuzi luchan por el amor de la diosa Inanna. Es un mito que tal vez yo ya conociera y que tal vez incluso he leído en Cuando los dioses hacían de hombres, un libro que recoge gran parte de los mitos sumerios. Lamentablemente, el libro no tiene índice analítico, un error imperdonable e inexplicable en un libro que se pretende académico y de una editorial tan prestigiosa como Akal, porque un ensayo es un instrumento de placer, pero también de trabajo. Así que no puedo consultar las apariciones de los personajes. La gran suerte para los investigadores actuales es que existe Google Books, que permite buscar en cualquier libro y compensar el descuido de las editoriales que no incluyen índices analíticos en sus ensayos.

Antes de iniciar esta investigación, adelantaré que mi intuición me lleva a considerar que el padre del cazador es el dios escondido y que probablemente es Dumuzi, aunque podría ser también el dios del ganado Sakkan, que es mencionado en esa primera tablilla como un personaje diferente, pero hay que tener en cuenta que en la mitología a menudo el hecho de que se mencione a un personaje es de importancia fundamental para rastrear el mito original y sus distintas fases, por lo que el hecho de que se mencione a Fulano como un personaje diferente puede significar precisamente que Fulano no es un personaje diferente, sino un resto del antiguo mito. Los que estén familiarizados con la mitología entenderán perfectamente lo que digo.

Creo que el padre del cazador es un dios, tal vez la estatua de un dios a la que el cazador consulta. Esa es la razón por la que conoce lo que va a suceder y cuál es la solución al dilema. Y ese dios es muy probablemente un rey muerto, como fue el propio Dumuzi, o semi muerto, si fuese cierta la interesante teoría que proponía Jaynes al hablar de la mente bicameral en la mitología y la historia de la humanidad.

Quedá aquí, por el momento, la investigación, que sospecho avanzará por caminos fascinantes y que incluirá al menos un descenso a los infiernos  junto a Orfeo y otros dioses.


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Cuando los dioses hacían de hombres

 

Este es uno de esos libros deliciosos que me gusta tener en papel. Uno de los libros por los que merece la pena gastarse el dinero. Casi todo libro lo merece, creo, pero algunos libros son tan caros que ya sólo compro de segunda mano o de bolsillo (afortunadamente, el mercado de bolsillo en España está mejorando mucho).

Es un libro dedicado a la mitología mesopotámica, a cargo del legendario Samuel Noah Kramer (autor de La historia empieza en Sumer), y del que es hoy quizá el mayor experto en Mesopotamia, Jean Bottéro. Como se dice en la contratapa, en este volumen se recoge el corpus más completo de textos mitológicos mesopotámicos.

No se incluye el Poema de Gilgamesh, no sé si porque es demasiado extenso o porque no se considera puramente mitológico. Y la verdad es que es innecesario, porque la mejor edición que conozco, también a cargo de Bottéro, se editó en esta misma editorial (Akal) hace no mucho.

Pero hay ni más ni menos que 51 textos, entre ellos el Enuma Elish o Poema de la Creación y el también fascinante Poema de Erra. Espero que este nuevo estímulo me haga subir más entradas relacionadas con Mesopotamia, como ya dije cuando leí la colección de mitos sumerios editada por Federico Lara Peinado.

Hace dos años, por cierto, unos arqueólogos alemanes aseguraron haber encontrado la ciudad de Uruk, donde reinaba Gilgamesh, e incluso su tumba. No he sabido más del asunto, porque supongo que a causa de la guerra (Uruk estaba en Irak) todo quedó paralizado. O a lo mejor fue una falsa noticia.

 

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[Publicado el 20 de febrero de 2005 en Monadolog]


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El primer libro contiene todos los libros

El primer libro no se escribió sobre papel, pergamino, bambú ni seda, sino sobre piedras y barro cocido. Se llama la Epopeya de Gilgamesh.

La epopeya de Gilgamesh en una tablilla de barro (pasaje que narra el diluvio)

Me estoy refiriendo al género de la ficción, porque el I Ching, escrito por una civilización que todavía no podía llamarse china, quizá sea anterior. Tampoco podemos asegurar que no se escribiera antes alguna crónica, novela, poema o drama ahora  perdido, que quizá convertiría en menos asombrosos los recursos literarios que descubrimos en el relato de Gilgamesh.

Aunque hoy en día consideramos la Epopeya de Gilgamesh un relato de ficción, quienes lo escribieron lo consideraban la crónica historia de un hecho verdadero. En El Mahabharata y otros libros del tiempo dije que el tiempo escribe y reescribe los libros, pero a veces también cambia su género literario, como en este caso.

En la epopeya, que es como uan novela aunque está escrita en versos, se cuenta la historia de Gilgamesh, rey de la ciudad sumeria de Uruk, su rivalidad y amistad con el hombre bestia Enkidu y su búsqueda de la inmortalidad. Se cree que el rey Gilgamesh vivió hacia el año 2650 antes de nuestra era.

Trescientos años después, cuando ya reinaba el acadio (semita) Sargón en la ciudad de Akad, comenzaron a escribirse las primeras historias acerca de Gilgamesh.

En tiempos del rey Hammurabi de Babilonia, hacia el -1700, se escribió la llamada “versión antigua” de la epopeya de Gilgamesh, que se difundió por todas las tierras vecinas, en especial durante la dominación de Babilonia por los casitas.

Hacia el año -1000, bajo el imperio asirio, un exorcista llamado Sinleke’unnennî realizó la versión más conocida hoy en día, llamada “ninivita” porque fue encontrada en las ruinas de Nínive, en la biblioteca del rey Asurbanipal. Podemos considerar que Sinleke es el primer autor conocido de la historia.

El hombre bestia Utanapishti lucha con un león

El último fragmento conservado de la epopeya es del año -250, aunque todavía en el año 200 de nuestra era el autor latino Claudio Eliano se refiere a un antiguo héroe al que llama Gilgamos.

La mención más reciente, nos dice Jean Bottéro, es la del monje nestoriano Teodoro bar Qoni, quien, en el año 600, “le llama Gilgmos y lo convierte en el último de una serie de diez reyes antiguos que fueron contemporáneos de Abraham”.

Joaquín San Martín asegura que su nombre aparece en conjuros musulmanes del siglo XV. Finalmente, existe otra curiosísima influencia de Gilgamesh de la que hablaré en otro momento.

 

Un libro precursor de muchos libros

La Epopeya de Gilgamesh fue no sólo la primera obra literaria de la humanidad, sino también el primer bestseller, pues se hicieron traduciones de la historia desde el sumerio original a lenguas semitas como el acadio, el asirio, el babilonio e incluso el arameo, la lengua que hablaba Jesucristo. Pero también fue traducido a lenguas indoeuropeas como el hitita y a otras que no son semitas ni indoeuropeas, como el hurrita.

La epopeya de Gilgamesh, por tanto, influyó en todas las culturas vecinas a Mesopotamia durante al menos dos milenios, pese a que después cayese en el olvido casi absoluto a lo largo de casi otros dos mil años, hasta que, en el siglo XIX, las expediciones arqueológicas rescataron las civilizaciones mesopotámicas y descifraron la escritura cuneiforme. Por eso resulta tan asombroso que en este primer libro estén contenidos todos los libros.

Gilgamesh

En efecto, siempre que vuelvo a leer La epopeya de Gilgamesh encuentro nuevos orígenes: el primer viaje, el primer diluvio, la primera amistad, la primera relación de amor homosexual, la primera dicotomía entre naturaleza y civilización, el mito del buen salvaje, la primera interpretación de los sueños, las primeras ceremonias iniciáticas, la primera explicación etiológica, la primera tentativa de escapar a la muerte, y tantas otras cosas que están ahí por primera vez, por la razón ya mencionada: se trata de la primera obra literaria, y en cierto sentido, aunque esté escrita en verso, es también, como dije antes, la primera novela.

El mito del diluvio de Noé, por ejemplo, es el plagio más antiguo conocido. En La epopeya de Gilgamesh, Noé se llama Utanapishti, un hombre al que los dioses dicen que construya un gran barco porque va a caer un terrible diluvio sobre la tierra:

“Embarqué a mi familia
Y a toda la gente de mi casa,
Y animales salvajes, grandes y pequeños”

Al cabo de días y días de lluvia, la tierra quedó cubierta por las aguas. Utanapishti lanzó al aire golondrinas y palomas, que siempre regresaban al barco, porque no tenían donde posarse. Finalmente, lanzó un cuervo:

“El cuervo se fue
Pero al ver que las aguas se habían retirado,
Picoteó, grazno, chapoteó
Y ya no regresó.”

Hay otras asombrosas coincidencias entre los textos del Antiguo Testamento y el relato de Gilgamesh (y otros textos mesopotámicos), que ayudan a reconstruir el complejo origen de esa religión que Abraham aprendió en Ur de los caldeos y que Moisés llevó a Palestina, tras la estancia en Egipto, pero creo que los investigadores no han advertido la deuda contraída por los autores judíos con uno de los pasajes finales de la Epopeya de Gilgamesh:

“Gilgamesh, entonces se sentó
y lloró.
Y las lágrimas resbalaban por sus mejillas.”

El lector sin duda habrá advertido ese extraordinario matiz que introduce Sinleke’unnunni cuando dice que Gilgamesh “se sentó y lloró”. Lo habitual en estos casos, y eso es lo que hacen muchos narradores triviales, es decir tan sólo: “Lloró y las lágrimas resbalaban por sus mejillas”, pero Sinleke nos dice que Gilgamesh primero se sienta, y sólo entonces comienza a llorar. Es uno de esos detalles que nos permiten ver a través de la ficción la vida real, lo que James Wood llama, en Los mecanismos de la ficción, la hecceidad:

 “Por hecceidad entiendo cualquier detalle que atrae la abstracción hacia sí misma, y parece matar esa abstracción con una ráfaga de palpabilidad, cualquier detalle que centra nuestra atención gracias a su concreción”.

Uno de esos detalles concretos, dice Wood, se encuentra en Enrique IV de Shakespeare, cuando Falstaff cuenta cómo fue asaltado y describe el color del traje de sus atacantes: “Tres canallas vestidos de paño verde de Kendal me acometieron por la espalda”. Otro es aquel de Flaubert en Madame Bovary, cuando Emma Bovary acaricia los zapatos de satén “cuyas suelas habían amarilleado con la cera de la tarima del baile”.  Otro cuando Homero nos cuenta que en la dura carrera por las armas de Aquiles el gran héroe Áyax resbala en “estiércol de vaca”. En esos pasajes vemos esos detalles concretos, el paño verde de Kendal, las suelas manchadas de cera amarilla de la pista de baile, el estiércol de vaca, que quizá son innecesarios, pero que transmiten una sensación de realidad.

Por otra parte, quizá a algunos lectores el párrafo de Sinleke cuando Gilgamesh se sienta y llora la pérdida de la planta de la juventud les habrá recordado el hermoso título de una de las novelas de Elizabeth Smart: En Grand Central Station me senté y lloré, o la versión de Paulo Coelho: A orillas del río Piedra me senté y lloré.

Smart y Coelho tal vez no supieran que sus títulos procedían de Gilgamesh y creyeran que el origen es el Salmo 137:

“Junto a los ríos de Babilonia,
allí nos sentábamos, y aun llorábamos,
acordándonos de Sion.”

Es, por cierto, una curiosa paradoja que el autor del vengativo texto bíblico, en el que se dice “Dichoso el que tomare y estrellare tus niños contra la peña” refiriéndose a Babilonia, iniciara su salmo con un brillante recurso literario copiado de esos enemigos a los que detesta.

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[Publicado por primera vez en Divertinajes, La biblioteca ideal]

Esta entrada pertenece tanto a La biblioteca imposible como a La epopeya de Gilgamesh y el Salmo 137 

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La paradoja de Gilgamesh

Jean Bottéro, uno de los mayores expertos en la mitología mesopotámica y autor de la más elogiada edición de La epopeya de Gilgamesh, termina su libro con una interesante nota:

  Podría haber, en esta obra, ya desde su primer boceto con la Versión antigua, una paradoja que nadie, creo, ha destacado hasta la fecha: frente a este Gilgamesh que busca, con tanto esfuerzo, una vida sin fin y que regresa a su casa, a fin de cuentas, con las orejas gachas, aniquilada toda esperanza y resignado a seguir, con entusiasmo aparente, su destino de mortal, nos encontramos con que su nombre aparece siempre acompañado del signo cuneiforme de la «estrella» que, según las reglas de esta escritura, lo coloca entre los seres divinos. Dicho de otro modo, esto revela, al menos, que editores, correctores, copistas y lectores sabían perfectamente bien, durante todo el largo caminar de Gilgamesh, de su deseo frustrado, de su agotamiento y de su derrota, que después de su fallecimiento, tal y como lo explica la leyenda sumeria de su muerte, había sido «divinizado», y que había obtenido, por tanto, de hecho, esta inmortalidad por cuya obtención tanto se había afanado aquí abajo.

Así que, desde el principio de la historia los lectores u oyentes ya conocían el desenlace, porque sabían que Gilgamesh era un Dios, del mismo modo que los espectadores del teatro griego sabían que pasaría al final de la obra, porque casi todas las obras se basaban en mitos conocidos.

Bottéro, sin embargo, resuelve así la aparente paradoja de un relato casi de intriga pero cuya solución ya se conoce:

  La paradoja sólo es aparente, porque si bien autores y usuarios de la Epopeya lo sabían, también sabían que Gilgamesh, durante su vida, era imposible que previera o siquiera esperara lograr este inusitado regalo, en relación con el cual los dioses se habían mostrado siempre tan avaros, porque los definía separándolos radicalmente de los seres humanos. No sólo las diversas versiones de la epopeya, sino también antes de ellas, las leyendas sumerias lo consideran un hombre como los demás, aunque lo describan como superior a todos… La Epopeya habría perdido todo su sentido, toda su fuerza de convicción si Gilgamesh no hubiera sido, a todos los niveles, no sólo hombre sino, por decirlo así, más hombre que ninguno.

Es lo mismo que sucede, y sucedió desde el principio, con la historia de Jesucristo: todo el mundo sabe que al final resucitará, porque todos los cristianos saben que Jesucristo es Dios. También los niños conocen el desenlace cuando piden a sus padres que les cuenten otra vez la misma historia.

Pero, aunque el receptor de la historia lo conozca y quien la cuenta también lo sepa, como lo sabe un cristiano que explica a otro cristiano la historia de su Dios hecho hombre, hay una lógica interna de los personajes, una lógica del relato que exige que el propio Jesucristo no conozca el desenlace, o que al menos llegue a dudar si es o no hijo de Dios, como cuando exclama: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”


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La siembra de Gilgamesh

En El diabolus ex machina me referí al que tal vez sea el primer ejemplo conocido de diabolus ex machina: el que se emplea en el desenlace de la Epopeya de Gilgamesh, cuando una serpiente roba a Gilgamesh la planta de la juventud . Tal vez fui un poco injusto, porque una lectura atenta de la obra en sus diferentes versiones en acadio, asirio y otras lenguas semitas, o en hitita, hurrita y otras lenguas indoeuropeas, nos revela que diversos autores intentaron evitar el diabolus ex machina de la epopeya mesopotámica.

Como tal vez hayas adivinado, lector, la manera de evitar un diabolus ex machina es la misma que se emplea para evitar un deus ex machina: escribir hacia atrás (la paradoja número 21 de mi libro Las paradojas del guionista). Es decir, “sembrar”, situar a lo largo del relato ciertos detalles, escenas y situaciones que preparen al espectador para aceptar lo que va a suceder. En el caso de la Epopeya de Gilgamesh, ese desenlace en el que Gilgamesh pierde la flor de la juventud al bañarse en un pozo no es tan casual como parece, pues la afición de Gilgamesh por hacer pozos es una constante a lo largo del relato. Así, en la Tablilla de Sippar, datada hacia el -1700 y que al parecer era un ejercicio escolar, se cuenta cómo Gilgamesh emprende su viaje en busca de la inmortalidad, a pesar de que el dios solar Samash le dice que no podrá lograrlo (esto ya es sembrar el desenlace) y se  menciona su afición a cavar pozos:

Cavó pozos Gilgamesh
que antes no había;
bebía las aguas,
seguía los vientos.

Samash se inquietó; se inclina hacia él
y le dice a Gilgamesh:
“Gilgamesh, ¿a dónde vas dando vueltas?
¡La vida que buscas no la encontrarás!”

Shamash y el disco solar

También en la aventura que emprenden Gilgamesh y Enkidu para enfrentarse al monstruoso Hunwawa en el bosque de los cedros, una y otra vez Gilgamesh cava pozos de agua fría, se supone que para tener agua para el viaje:

De cara a Samash
cavaron un pozo
echaron agua fría en los odres

(tablilla IV:5)

Por eso, después de prepararnos varias veces a lo largo de la epopeya a esta afición o necesidad de Gilgamesh a encontrar o a cavar pozos, cuando llega el fatal desenlace en el que una serpiente se lleva la flor de la juventud, el propio Gilgamesh expresa claramente que su error ha sido bañarse en un pozo:

“¡Cuando abrí el pozo
dejé tirados mis pertrechos!

La fatalidad se ceba entonces con Gilgamesh, dándole un golpe tras otro:

“¿Qué puedo reconocer que me sirva de señal?”

Se refiere aquí el héroe a que la marea ha subido “veinte leguas dobles” y ya no es posible saber dónde dejó la flor y dónde la serpiente la robó.

Es muy probable que la necesidad, costumbre o manía de excavar pozos, tenga algún sentido mitológico, quizá relacionado con el dios solar Samash, o quizá porque la culebra que habita en las pozas de agua fría represente a una deidad enemiga. Marcos Méndez recordaba en un comentario reciente que también en el Jardín del Edén de Adán y Eva una serpiente es la causante de que los seres humanos pierdan la inmortalidad. Sé también que un estudioso que se apellida Civil ha estudiado el asunto de los pozos de agua a fondo, pero no he podido consultar su investigación.

 

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[Esta entrada pertenece tanto a Las paradojas del guionista, dentro de la serie de entradas dedicadas al deus ex machina como a La epopeya de Gilgamesh]

El deus ex machina y el diabolus ex machina

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