Opiniones de Bodoni

Stendhal cuenta en Racine y Shakespeare esta graciosa anécdota protagonizada por Giambittista Bodoni, el creador de los célebres tipos de letra que llevan su nombre:

“Un impresor de París hizo una tragedia sagrada titulada Josué. Imprimióla con todo el lujo posible y la envió al célebre Bodoni, su colega, a Parma. Pasado algún tiempo, el impresor autor hizo un viaje a Italia y fue a ver a su amigo Bodoni:

—¿Qué pensáis de mi tragedia Josué?

—¡Ah, cuántas bellezas!

—¿Creéis, pues, que esa obra me dará alguna gloria?

—¡Ah, querido amigo, os inmortaliza!

—¿Y que os parecen los caracteres?

—Sublimes y perfectamente sostenidos, sobre todo las mayúsculas.”

Impronta

Escribí hace un tiempo (en 2004):

Marcos, el autor de la página Marcóticos lleva mucho tiempo blogianamente inactivo. Desde aquí le animo a que suba cada día un  parrafito de cualquier cosa, para mantener la fidelidad de sus lectores, que ya desesperamos de volver a leerle. Basta con poner algo así como:

“Hoy me he enterado de que si se impregna a una oveja recién nacida con la impronta de una abeja, la oveja se considerará hija de la abeja y la seguirá a todas partes, intentando incluso fabricar miel mascando flores”.

Es suficientemente interesante para que los lectores regresemos al día siguiente a su blog.

Ahora (2012) animo de nuevo a Marcos a retomar la actividad perdida, ahora en alguna de sus actuales páginas, como Tanhäuser CabaretEl cuaderno de Orión.

Una modesta proposición para la crisis europea

El próximo fin de semana se celebrarán elecciones en Grecia y Francia, que se esperan con ansiedad. Hace poco estábamos todos pendientes de las presidenciales francesas y de las anteriores elecciones griegas. En España estuvimos pendientes de si ganaba Rajoy o Rubalcaba. Mes tras mes estamos a la espera de los resultados electorales, como si uno u otro resultado pudieran significar la solución de la crisis, o al menos el inicio del fin del desastre económico.

En mi opinión, más que suponer una solución a la crisis, las continuas elecciones lo que hacen es agravar la crisis. Los líderes europeos no toman medidas que puedan frenar la crisis porque saben que esas medidas serían impopulares, ya se trate de aumentos de la inflación, intervención y nacionalización de los bancos, rebajas de sueldos, creación de eurobonos, planes de estímulo al crecimiento, etcétera. Nadie quiere perder unas elecciones inminentes.

Es obvio que hace falta tomar medidas consensuadas pero firmes para que Europa empiece a salir de la crisis, pero ningún líder europeo actuará si tiene unas elecciones a la vista, excepto los que ya están desahuciados, claro, como los griegos y quizá los españoles. François Hollande prefiere no meter la pata antes del domingo, con alguna declaración que pueda hacerle perder la cómoda mayoría que se espera obtenga en las urnas, mientras que Merkel no quiere ser recordada como la persona que volvió a llevar la inflación a Alemania desde aquella que supuso el ascenso nazi, y menos ahora que se acercan elecciones y se siente amenazada por una más que posible victoria de sus rivales socialdemócratas. Si Merkel tuviera cuatro años por delante, probablemente se atrevería a poner en marcha medidas impopulares pero que pudieran ayudar a países como España, Grecia, Italia, Irlanda y Portugal a recuperar un poco el tono de sus maltrechas economías. Pero, ¿cómo explicar a los alemanes que después de los esfuerzos que han hecho desde la unificación con la antigua República Democrática alemana su dinero tiene que devaluarse por culpa de países que han seguido políticas económicas desastrosas? La verdad, sin embargo, es que seguramente es inevitable tomar esas medidas, es inevitable también que se dispare al menos un poco la inflación en Alemania para que al final la crisis no acabe golpeando, tarde o temprano, a la propia Alemania, cuya economía, al fin y al cabo, depende de una Europa fuerte. Al final es posible que se tomen esas medidas impopulares, pero, claro, el que gobierna prefiere no hacerlo ahora y sobrevivir a las próximas elecciones. Así que cuando se llevan a cabo medidas de corrección o estímulo es cuando ya no parece haber otra alternativa que el abismo, tarde y mal. Pero, ¿alguien puede creer seriamente que Angela Merkel va a poner en peligro los ahorros de los alemanes e incluso los beneficios que obtiene su economía gracias a la caída de las economías de los países del sur a un año de las elecciones? Aunque piense que debería hacerlo,  que probablemente lo piensa, sólo lo hará cuando estemos a punto de la catástrofe (lo que quizá suceda pronto o ya está sucediendo, no lo sé).

En consecuencia, creo que el carrusel continuo de elecciones en los países europeos hace imposible que se puedan tomar las medidas necesarias (que ignoro en qué deben consistir exactamente, al contrario que la inmensa mayoría de mis conciudadanos), así que mi modesta proposición consiste en que se empiece a trazar un programa de unificación electoral para toda Europa, de tal manera que se celebren elecciones en todos los países de la Unión Europea al menos durante un mismo año y no tengamos que estar continuamente esperando a ver qué sucede en las siguientes elecciones de España, Grecia, Francia, Reino Unido o Italia para tomar medidas, que después tampoco se toman porque enseguida aparecen otras elecciones a la vista. Cuando este domingo se resuelvan las elecciones de Grecia y Francia, tal vez Hollande adopte una postura más activa, pero el problema es que las próximas elecciones alemanas están cerca, por lo que Merkel tenderá a lo contrario, a no tomar decisiones que comprometan su futuro político. Con tantas elecciones en tantos países, legislativas, presidenciales, europeas, autonómicas, nunca hay tiempo para planificar nada, porque siempre hay varios mandatarios que no quieren jugarse las inminentes elecciones.

Una buena noticia sería que esta crisis sirviera al menos para ir unificando criterios en Europa y avanzar hacia una unión política en la que todos los europeos votemos en una circunscripción única y podamos elegir un Parlamento Europeo que realmente gobierne Europa. Pero mientras ese momento llega, no sería mala idea que se unificara el calendario electoral y se pudieran tomar medidas sin la amenaza constante de unas elecciones a la vuelta de la esquina.

Felicitación a Bruno en 2004

Esta es la felicitación que hice a mi hijo Bruno en su cumpleaños en 2004, que publiqué como primera página de un blog que hice para él.


Publicado el 29 de enero de 2004

Fuerza y debilidad de Chesterton

En los ensayos incluidos en Herejes, Chesterton va de una imagen a otra, de una paradoja a la siguiente como el sabio Nagasena de Las preguntas de Milinda va de una comparación a otra, o como Ramón Gómez de la Serna va de una idea ingeniosa a la siguiente. Pero, al contrario que Ramón, Chesterton no se pierde entre tantas luces y no se emborracha entre tantas copas de vino delicioso. Y esto lo logra en gran parte porque siempre sabe a dónde se dirige. Del mismo modo que el sabio Nagasena siempre camina, comparación tras comparación, hacia una de las escuelas del budismo hinayana, Chesterton tampoco pierde nunca de vista la cruz que corona la cúpula de San Pedro de Roma. Esta es la gran fuerza de Chesterton y también su punto débil.

Sus argumentos nos asombran porque, a través de su forma paradójica e ingeniosa, resultan casi siempre exactos y convincentes. Entendemos que refute a Kipling como seguramente nadie lo ha hecho, al mostrarnos que su militarismo no se corresponde con la fuerza, sino con la debilidad. Entendemos también que al hablar de George Bernard Shaw nos muestre el carácter conservador de su progresismo. Pero lo que nos resulta más difícil entender es cómo alguien capaz de detectar los descosidos en las costuras ajenas sea al mismo tiempo tan incapaz de darse cuenta de que sus ropas están tan deshilachadas que han caído hace rato al suelo, aunque sigan brillando con la púrpura y el oro de los Papas de Roma.

Si Chesterton no hubiese entregado su ingenio y su inteligencia a la causa del catolicismo con la fe de un converso, casi todos sus escritos serían de lectura obligada para cualquier persona sensata, pero su afán  de justificar cualquier cosa que recomendase la Roma Católica tiene el efecto secundario de debilitar sus mejores argumentos, porque siempre sospechamos que en los regalos que nos ofrece se esconde una serpiente. Detrás de cada uno de sus argumentos está agazapado otro que nos dice, ufano: “Ergo, el dogma católico queda demostrado”. Y eso sucede hable de lo que hable, de las farolas de gas o de los gatos en la calle. Es un hombre cegado por una idea, quizá porque esa idea brilla demasiado.

Si al menos de vez en cuando nos dijese: “Pienso esto de Bernard Shaw y esto otro de Kipling, esto de los ateos y esto de los tranvías, pero, además, pienso esto otro de Dios, del Papa y del catolicismo”; si nos hablara así de vez en cuando en sus ensayos, entonces podríamos acoger unos y otros argumentos con cierta confianza, no como una especie de trampa para ratones. Porque, como ya he dicho, lo que Chesterton nos dice demasiado a menudo es: “Pienso esto y lo otro de Shaw, de Kipling, de los ateos y de los tranvías, luego queda demostrada la verdad del catolicismo ortodoxo.”

En Herejes, Chesterton defiende con agudeza a Shaw de la acusación de que era capaz de defender cualquier cosa, pero no advierte que él es reo de esa culpa, porque Chesterton es capaz de defender cualquier cosa precisamente porque sólo defiende una cosa: el dogma católico. Así que, sea lo que sea lo que sostenga el dogma católico, Chesterton lo defenderá, ya se trate de las Cruzadas, de la Inquisición o de las campañas de exterminio de Santo Domingo de Guzmán. Si al Papa de Roma le hubiera dado por considerar a Zaratustra el fundador del cristianismo, sin duda encontraría también en Chesterton al más firme defensor del nuevo dogma.

 

*************

EL RESTO ES LITERATURA

[Todas las entradas literarias aquí]

Carta a Bruno

Bruno

Este poema, que sintetiza de manera hermosa, y por tanto perfecta, la filosofía de Epicuro, lo escribió mi padre, Iván, para mi hijo, Bruno cuando nació.

 

Carta a Bruno

Para ser leída por el hijo del remitente
al nieto, analfabeto aún.

Quien diga que la hora de hacer filosofía

no le ha llegado aún o que se le ha pasado

es como quien dijera que están ya muy maduros

o demasiado verdes los higos del estío.

Convendrá iniciar ejercicios

que hagan fuerte y flexible a la vez

la musculatura mental

que fabrica felicidad.

Empieza por pensar que no existe la muerte;

ella nunca estará mientras tú estés,

cuando ella estés ya te habrás ido tú.

Si no aspiras a vida inmortal

hallarás cada día el placer de vivir.

No es preferible el rojo

de veinte mil cerezas

a la fragancia leve

del queso blanco tierno

ni es mejor el mayor

festín primaveral

que la primera cereza de abril.

Lo cual no significa que menos sea más.

Si el precio es alto, poco es demasiado.

Se obtiene fácilmente lo que es más natural,

lo vano con frecuencia sale bastante caro.

Si aprendes a gozar del ágape frugal,

un banquete lujoso también te hará feliz.

Alcanzar el placer es el fin de un mortal.

No fiestas y festines cada día y doncellas

y donceles, corderos, peces, vinos y dulces,

sino el cálculo sobrio, prudente y afinado.

No es posible el placer sin prudencia serena

ni sería prudente vivir sin el placer.

Te reñirán los dioses, te dirá ese creyente:

No te han traído al mundo para buscar placer.

No existe ningún dios, te dirá aquel ateo:

Todo está permitido, no hay por qué calcular.

No es para complacer a los dioses lejanos,

Bruno, que te aconsejo prudencia y mesura,

Sino para que aprendas así

A exprimir con deleite moroso

Los más intensos zumos de tu propio placer.

Será por otra parte conveniente

Pensar que existen dioses, pero no

Tal como los concibe el pueblo llano.

Para el hombre común resulta extraño

Todo aquello que no se le parece,

y los dioses son harto diferentes,

puesto que nunca mueren ni han nacido.

Pasan su vida eterna disfrutando

de la inmensa fortuna de ser dioses.

¿Cómo van a perder un tiempo tan precioso

mirando si un mortal obra como es debido?

En estos pensamientos y otros de igual calado

debes ejercitarte, Bruno, todos los días,

y nunca, ni despierto ni cuando te abandones

al dulce sueño de los justos,

serás turbado:

vivirás como viven los dioses

mortales entre gente mortal.

                                                                  Iván Tubau

****

[Publicado el 15 de junio de 2004. El poema fue escrito hacia 1992]


POESÍA

Error: puede que no exista la vista de d1d2ca9mdr

Rabelais, precursor de la Ilustración

Gargantúa y Pantagruel es una inagotable enciclopedia de los placeres. De todos los placeres, los de la comida, el sexo, la diversión y la juerga, pero también de los del intelecto y el aprendizaje.

No creo que hayan existido muchas personas más inteligentes que Rabelais a lo largo de la historia, aunque para muchos es sólo un escritor vulgar, procaz y mal hablado y su libro una colección de groserías nunca igualada. Al contrario que sus críticos e incluso que muchos de quienes lo elogian, creo que es cierto lo que Rabelais dice en el prólogo, que su libro es un tesoro escondido, como lo era Sócrates, quien tras su apariencia vulgar escondía al mayor sabio de Atenas:

“Sócrates, príncipe, sin discusión de los filósofos, entre otras cosas, dice que él se parecía a las «silenas». Las silenas eran en la antigüedad unas cajitas como las que al presente vemos en los establecimientos de los farmacéuticos, decoradas por fuera con figuras frívolas y alegres, tales como arpías, sátiros, ocas embridadas, liebres con cuernos, perros enjaezados, machos cabríos alados, cerdos coronados de rosas y otras pinturas de este género, contrahechas a placer para excitar la risa; de esta manera fue Sileno el maestro del buen Baco. Pero dentro de dichas cajas se guardaban las drogas más finas, tales como bálsamo, ámbar, almizcle, incienso, pedrerías finas y otras cosas preciosas. Así —decía—era Sócrates, porque viéndole y estimándole sólo por su exterior apariencia, no hubieseis dado por él una piel de cebolla; escuálido de cuerpo y ridículo de presencia, la nariz puntiaguda, la mirada de otro, la cara de loco, sencillo en sus costumbres, rústico en sus vestiduras, pobre de fortuna, desdichado con las mujeres, inepto para todos los oficios de la república, siempre riendo, siempre bebiendo en compañía de cualquiera, siempre burlándose y disimulando su divino saber. Pero al abrir esta caja, hubieseis encontrado dentro una celeste e inapreciable droga: entendimiento más que humano, virtudes maravillosas, valor invencible, sobriedad sin ejemplo, equilibrio, seguridad perfecta, desprecio increíble hacia todo aquello por lo que los humanos tan valerosamente vigilan, corren, trabajan, navegan y batallan.”

Del mismo modo, dice Rabelais, el lector no debe dejarse engañar por la vulgarísima apariencia de su Gargantúa:

“He aquí por qué es preciso abrir el libro y valorar cuidadosamente lo que contiene. Entonces comprenderéis que la droga guardada en su interior es muy diferente de lo que prometía la caja, es decir, que las materias tratadas no son locuras como anunciaba el título.”

El lector inteligente encontrará en los libros de Rabelais delicias sin límite, relacionadas con todo tipo de asuntos, desde la filosofía a la economía, la política, la religión, la imprenta, la difusión de la cultura y mil cosas más, y también, por supuesto los placeres de su lenguaje, más que desvergonzado soez, de la amistad y el vino, de la fiesta y la diversión sin límites, de todo aquello que, como mostró Bajtín en La cultura popular en la Edad Media, el magnífico libro que dedicó a Rabelais, se relaciona con el carnaval, la falta de límites y la inversión de los valores. Todo ello está en Rabelais y lo bueno es que además está mezclado, porque, como en Shakespeare, lo sublime y lo vulgar conviven y eso hace que lo sublime deje de ser ridículamente sublime y lo vulgar ásperamente vulgar. A mí, que no soy nada aficionado al género escatológico , me gustan muchísimo las groserías de Rabelais y sus disparatadas disquisiciones teológicas. Aquí, teniendo en cuenta que el propio Rabelais era monje franciscano, parece especialmente acertada la dualidad de sentido de la palabra escatología:

  • La parte de la fisiología que se refiere al estudio de los excrementos (del griego skatós, ‘excremento’)
  • Las creencias religiosas referentes a la vida después de la muerte y acerca del final del hombre y del universo (del griego ésjatos, ‘último’).

La última vez que leí, o más bien escuché, Gargantúa, me llamaron la atención varios pasajes de los capítulos dedicados a la educación de Gargantúa por el maestro Ponocrates. Son páginas llenas de ideas acerca de la educación que deberían leer los educadores y los aprendices y que se adelantan en muchos siglos a teorías que hoy aceptamos pero que todavía no se aplican más que raramente. Un ejemplo es cómo aprender aritmética no mediante una sucesión de formulas sino empleando los naipes:

“Luego traían las cartas, no para jugar, sino para aprender mil gentilezas y nuevas invenciones, que tenían todas por base la aritmética. Por este procedimiento le nació la afición a aquella ciencia numeral y todos los días, después de comer y de cenar, pasaba un rato agradable con los dados y la baraja, llegando a adquirir tal dominio de la teoría y de la práctica, que Tunstal, el inglés que de esto tan ampliamente había escrito, confesó que se sentía un niño de pecho comparado con él en estas cosas.”

Resulta difícil imaginar días de más placer que los que pasan el joven Gargantúa y su maestro tal como nos los describe Rabelais. Pero el pasaje que me llamó la atención es uno en el que se anticipa a Diderot, D’Alembert y los Ilustrados que crearon la Enciclopedia.

Dibujo de Rabelais o de Desprez (1537)

 

Otro increible dibujo de Rabelais o de Desprez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Como es sabido, una de las cosas que hicieron los Ilustrados fue bajar a los talleres, visitar a los ceramistas, a los molineros y a todos los que fabricaban cosas, y allí aprender cómo funcionaban las diversas máquinas y cuáles eran los métodos que empleaban. Esto, que puede parecernos ahora de sentido común, no lo era ni siquiera en 1700, donde persistía un fuerte desprecio hacia las labores manuales, hacia todo lo material y terrenal, y en las universidades, a pesar de la positiva influencia de Descartes en muchos aspectos, todavía se hablaba durante horas de abstracciones diversas relacionadas con Dios, las almas o los espíritus o se discutía acerca de fórmulas nacidas de la mente sin apoyo en lo empírico o en la observación. La propia filosofía cartesiana se había convertido en una construcción teórica no muy diferente del aristotelismo escolástico que Descartes había intentado echar abajo. Paolo Rossi habla de todo esto en un libro extraordinario, Los filósofos y las máquinas, en el que se puede observar cómo durante siglos los filósofos despreciaban las máquinas, las artes mecánicas y cualquier cosa que tuviera que ver con el esfuerzo manual o la observación de cómo funciona realmente la realidad.

Pues bien, en 1534, Rabelais cuenta que Gargantúa hacia todo tipo de ejercicios y prácticas en todas las artes, incluyendo la visita a los talleres, fundiciones y fabricantes de todo tipo de cosas:

“Otras veces iban a ver cómo fundían los metales o cómo se forjaba la artillería, o a ver trabajar a los lapidarios, a los orfebres, a los pulimentadores de pedrería, a los alquimistas, a los monederos, a los tejedores de seda y terciopelo, a los vidrieros, a los impresores, a los organistas, a los tintoreros y a otras clases de artesanos; obsequiaban a todos con vino y aprendían y consideraban las industrias, los oficios y las invenciones. (…) En lugar de herborizar visitaban las tiendas de los drogueros, herboristas y boticarios y examinaban cuidadosamente los frutos, las raíces, las hojas, las gomas, las semillas y las esencias volátiles, y a la vez aprendían cómo las mixtificaban. Iban a ver a los tamborileros, los escamoteadores y los juglares, y estudiaban sus gestos, sus ardides, sus destrezas y su facilidad de palabra”.

Otro monstruo de Rabelais o de Desprez

 

Además de en estos capítulos, en los que destaca la parte práctica pero no falta el estudio y la teoría, Gargantúa aprenderá mucho, como se ve en el Cuarto Libro y en el Quinto Libro gracias a los viajes, lo que Montaigne, otro hombre de inteligencia y buen sentido desmesurados, llamaría la pedagogía del roce.