Códices mexicanos, dibujos botánicos, dos fotos y un extraño mensaje

El Archivero

Marie Kondo, después de convencer a todo el mundo para que se deshicieran de todo lo que habían acumulado en sus casas, se dedica a vender objetos inútiles para llenar de nuevo esas casas tristemente vacías.

 

Como tengo la buena costumbre de no seguir los consejos de Marie Kondo, la japonesa que recomienda que tiremos cualquier cosa que no nos haga inmensamente felices, tengo la suerte de conservar en mi casa cajas y cajas llenas de recuerdos más o menos inútiles, pero que me dan entretenimiento sin fin en estos días de confinamiento, y también, ¿por qué no decirlo?, pequeños placeres. Mis trastos acumulados me permiten pasar las horas sintiendo que hago algo más o menos útil, más o menos necesario: ordenarlos.

En cajas llenas de polvo descubro todo tipo de curiosidades, que tienen la particularidad de no venir solas, sino acompañadas cada una de su recuerdo correspondiente. Son disparadores de la memoria, porque, al contrario que Kondo, me siento más cerca del Conan Doyle de El embudo de cuero, que nos decía que los objetos conservan de algún modo el tiempo en el que fueron protagonistas de nuestra vida, o al menos actores de reparto. Esta magia no funciona sin más, claro, sino que se activa en la conexión entre el objeto exterior y las neuronas de nuestro cerebro. 

En fin, que voy a compartir aquí algunos de esos recuerdos, aunque tengo la sospecha de que no le interesaran, como es razonable, a nadie excepto a mí, y quizá a algún amigo o a algún familiar cercano. De todos modos, siempre he sido consciente de que gran parte de lo que escribo en la red lo escribo  para mí. Para que el asunto tenga un poco más de interés, agruparé los descubrimientos de manera más o menos azarosa y contaré algo de ellos. Lo haré recuperando una antigua sala de mis antiguos salones digitales en la que vivía y trabajaba un curioso demonio.

Hace muchos años, en efecto, hice una página digital que se llamó Baalberit, el archivero. Estaba presidida por un demonio libresco con apariencia de serpiente, que se llama Baalberith. Se trata de un gran Duque de los Infiernos, que antes de la rebelión de los ángeles tenía el grado de querubín en el Cielo y que, además de asistir al demonio en los contratos con los desdichados que deciden invocarlo y pactar con él, como Fausto, además, digo, ejerce el puesto de archivero en los infiernos. Como es obvio el archivero de los infiernos se convirtió en el de mis propios escritos, fotos, dibujos, etcétera.

Baalberit. O eso creía yo, porque al parecer la ilustración representa a un individuo del pueblo de las serpientes lovecraftiano.

No he encontrado las páginas iniciales, en las que Baalberit se presentaba, pero si su reaparición tras un tiempo de ausencia, quizá en 2004:

«Aquí, navegantes de las luminosas pantallas binarias, podréis encontrar sin duda diversos textos de este ser provisional y transitorio que me aloja y que yo voy encontrando en diferentes soportes silícicos, vegetales transfigurados o incluso sonoros. Algunos son de no hace mucho y otros de hace ya unos cuantos años, pero para mí el tiempo no significa nada. Todos ellos son del siglo XX, que es el único siglo que por ahora me ha cedido el cambiante autor de estos textos».

Allí también decía:

«Poco a poco voy convirtiendo todas mis páginas a un formato cómodo y navegable. Ahora le ha tocado el turno a Baalberith El Archivero. Además de arreglar la página, le he cedido todo el siglo XX. Para empezar, un ensayo que escribí en 1992 acerca del karma».

Ya habrá tiempo para recuperar ese ensayo. Ahora mostraré, hoy 12 de abril del coronavirus, algunos de los hallazgos que me esperaban en cajas llenas de polvo.

Códices mexicanos, dibujos botánicos, dos fotos y un extraño mensaje

En la fotografía se pueden ver cuatro libros o textos relacionados con el mundo mesomericano, fundamentalmente nahuatl y maya:

  1. Calendarios mesoamericanos, por José Luis de Rojas y Gutiérrez de Gandarilla.
  2. Conquista y poblamiento. Capítulo IV de un libro de un tal Céspedes (no hay más información). 
  3. La conquista de México-Tenochtitlan, sin mención de autor. (Este texto no se ve en la foto).
  4. An outline dictionary of Maya Gliphs, de William Edmond Gates. Libro extraordinario y asombroso por su erudición e ilustraciones. Escrito en 1931.

Imagen del Diccionario de William Edmond Gates

A estos cuatro libros se une un trabajo universitario no menos extraordinario:

5. Formas de pensamiento Nahualt (sic, por nahualtl), de Marcos Méndez Filesi. Fechado en 1994.

Este último texto resuelve el misterio de qué hacen estos libros fotocopiados en mi casa. Sin duda me los dio o prestó mi amigo Marcos.Tal vez después de que yo regresara de México en 1996, muy interesado por la cultura maya (había estado allí en fin de año del 95: Cuaderno del Mayab). Recuerdo que llegué a aprender algo del calendario maya y que durante algún tiempo lleve una agenda anual en la que iba señalando los días con los glifos mayas (supongo que acabaré encontrándola también si el confinamiento se prolonga).

En cuanto a los otros objetos que se ven en la imagen general, hay dos dibujos de plantas de mi terraza, que hice, supongo, para tener una especie de catálogo botánico. O bien para entrenarme en la pintura con acuarela o gouache.

En los textos cuento el origen de la planta (me la regalo Victoria, mi madre) y algunos detalles, casi todos inútiles.

 

En este caso, escribí: “Prácticamente muerta al regresar de Irlanda”

El otro dibujo ni siquiera está coloreado. Tampoco sé si hice más dibujos y si acabaré encontrándolos en otra caja.

Y una de esas casualidades casuales (frente a las causales de los que creen en el Destino con mayúsculas) que tanto me gustan. Al buscar información acerca de Baalberit, Google me dio un curioso resultado, que se contiene en un libro de larguísimo título: A dictionary of the Holy Bible: containing an historical account of the persons; a geographical account of the places; a literal, critical, and systematical description of other objects … an explication of the appellative terms … the whole … serving in a great measure, as a concordance to the Bible. Extracted chiefly from Calmet, and others. Collated with other works of the kind, with numerous additions from various authors, and a considerable quantity of original matter. En este Diccionario de la Sagrada Biblia, publicado por James Wood en 1813, la búsqueda de Baalberit, que, como es obvio se relaciona con el dios cananeo, fenicio, caldeo (Baal-Berith, que podría ser “Beirut”), me encontré mi propio nombre:

Naturalmente, este TubaU es una curiosa errata, y en el diccionario se refieren a TubalCaín, el sobrino de Noé, que llegó a España tras el Diluvio (otra curiosidad con la que he jugado a menudo al fabricarme orígenes míticos)

 

En el libro bien transcrito lo que se lee es, en efecto, Tubal, al que se le atribuye haber enseñado a la humanidad a tocar con harpas y órganos.

Bien podría llamar a estos deambulares casuales a partir de un estímulo cualquiera Paseos entre mis papelotes, a la manera de aquel Viaje alrededor de mi cuarto de Xavier de Maistre o los Rambles through my library de mi admirado Raymond Smullyan, que no he podido leer, pero que siempre he querido imitar.


Finalmente, en esta pequeña selección de los cientos de papeles que he revisado hoy, había dos fotografías.

Una en el carné de la Facultad de Filosofía en el año 95; la otra sin duda anterior, como cualquier lector sagaz deducirá enseguida.

Ah, casi lo olvidaba, el extraño mensaje al que aludo en el título de esta entrada, es una frase escrita a máquina en una hoja. Simplemente pone, todo escrito en mayúsculas y centrado: “YO NO QUIERO QUE NOS DEJES”.

La frase es inquietante y misteriosa. ¿Será un mensaje que alguien dejó para mí y que yo no vi en ese momento? ¿Algún amor secreto perdido para siempre? ¿Un hijo que me pide que no me vaya? ¿O tal vez será tan solo el título de un nuevo cuento que quería escribir, o un fragmento fuera de contexto de otro, al estilo de un célebre cuento de Chesterton en el que hay un personaje suicida? No lo sé.

Espíritu de pez, de Pu Song Li: el amor y las convenciones

Al leer varios pasajes de un cuento de Pu Song Li, escribí en el margen del libro: “Esklepsis, Seres de papel, Smullyan: el gusto de ver a alguien como tú”.

Me refería a una sección que tenía en mi revista Esklepsis dedicada a seres de papel, es decir, a personajes que habitan en libros. También al gran lógico Raymond Smullyan y a un texto suyo en el que comenta un poema de Tachibana Akemi, en el que Akemi dice que es un palcer encontrar en los libros a personas que piensan como tú. Así que yo me alegraba de encontrar a alguien como Smullyan, que pensaba como yo que es un placer encontrar a alguien que piensa como tú, y que además se alegraba de encontrar a alguien como Akemi, que también pensaba en el placer de encontrar a alguien como tú en los libros. Y ahora, al leer el cuento de Pu Song Li “Espíritu de pez”, me sentía yo como el joven al que describe:

“En la aldea de Hebei vivía el joven Mu Changong, un devorador de libros. Poseía una habilidad especial para elegir los que más convenían a sus gustos y a sus necesidades, es decir, los que iban a entretenerle o le formarían.
Solía leer en un lugar junto al muelle, pues al levantar la cabeza repasando mentalmente un pasaje que le había llamado la atención, le encantaba poder contemplar ese escenario.

Sin embargo, el padre del muchacho quería que se ocupase de los negocios, así que Mu Changong tuvo que dirigir uno de sus almacenes, “cosa que el joven pudo hacer fácilmente, al ser muy despierto y tener una mente práctica o imaginativa, de acuerdo a la situación que se dispusiera a afrontar”.

Me gustó mucho esto de una mente capaz al mismo tiempo (o en distintos tiempos) de ser práctica o imaginativa, porque no creo que sean características incompatibles.

Cuando cumplió dieciséis años, su padre le llevó a Wuchang (Hubei) para celebrarlo. Allí el joven se dio cuenta de “lo importante que es poder contemplar en la realidad lo que se ha leído, porque se capta mejor lo que pretendió contar el autor, al mismo tiempo que se buscan lugares, momentos y emociones que de otra manera hubieran pasado desapercibidos”.

El caso es que el joven estaba recitando unos poemas a la ciudad junto al río cuando oyó unas risas y vio a una hermosa muchacha y su rostro “quedó en su mente como se retiene el deslumbramiento provocado por el sol cuando se mira hacia él mucho tiempo”.

Tiempo después, el joven recibe la visita de una mujer que le dice que viene en nombre de su hija Bai Qiulian, que también se había enamorado de él. Sin embargo, el padre del joven no consiente en esa boda y el joven no sabe cómo oponerse a su padre. La joven va enfermando y, tras diversas peripecias y superar la oposición del padre, los dos jóvenes se casan, pero un día se descubre  de manera terrible el secreto de Qiulian: es una mujer pez.

En el cuento queda claro que el amor está por encima de las convenciones y se ve que a pesar de que estamos acostumbrados a hablar del férreo tradicionalismo chino (los deberes familiares y todo lo que ello implica), también allí, como en el resto del mundo, a menudo esas convenciones eran vistas como una injusticia. Queda claro el público lector se solidarizaba con esos amantes que se oponían a las normas. Me recuerda en este sentido, a La mere coupable y La ecole des meres, de Marivaux. De hecho, también hay varias obras de teatro chinas que muestran que una cosa eran las leyes y las convenciones y otra lo que la gente pensaba en su fuero íntimo, cuando veía a dos amantes. Allá, como aquí, solían pensar que el amor estaba por encima de esas reglas y obligaciones. Otra cosa, por supuesto, es que, una vez que salían del teatro, después de soltar las riendas de sus emociones, se comportaran de la manera en la que las convenciones lo exigían.

Leyendo un pasaje pensé en un argumento similar al de este cuento, pero en el que el padre se enamoraría de la muchacha, y finalmente ella de él.

Algunos pasajes que me han gustado o me han llamado la atención:

¡Claro, como en los libros que lees! -estalló el hombre de negocios-. Juegas con sueños y los haces reales, pero la vida es muy distinta”. 

 

“La grácil muchacha, cuyos vestidos eran como el estuche que medio esconde las joyas más valiosas de un cuerpo sublime…”

 

– Pero el otro día te reíste de mis poemas, dulce Qiulian.
– ¡Oh, no… Nunca como una burla! -protestó ella, igual que una admiradora que no ha sido entendida-. Recordé mis primeros juegos con las amigas, yendo en una barca. Nos hacíamos cosquillas, sin agresividad, mientras hablábamos de los chicos que nos gustaban… Aquello era el despertar del amor, o mejor diré comenzar a abrir las puertas para asomarse al amor… Tú me trajiste estas evocaciones, y no pude contener mi risa de felicidad. debes comprenderlo.

 

“Porque eran unos amantes especiales, de los que creen en los sueños y saben cómo funciona la comunicación sin palabras: emoción junto a emoción, risas que alimentan otras risas, lágrimas que llaman a otras lágrimas, al saber que la felicidad les pertenecía en exclusiva”.

 

“Más radiante resultó la luna de miel, cuando los dos pudieron convertirse en uno, gracias a un encuentro pausado, al principio, y agitado después. Sin prisas, al pertenecerles todo el tiempo del mundo”.


[Escrito en 1998. El texto en otro color es de 2018]

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Midcult, mass cult y high cult

He escrito a lo largo de los años varios capítulos de Cosas que he aprendido de… un ejercicio que consiste en reconocer las deudas intelectuales (y en ello incluyo las sentimentales). Lo aprendí cuando leí en la adolescencia a Marco Aurelio, en esos hermosos pasajes en los que agradece a sus maestros lo aprendido. Mi padre siempre repetía aquello de que las citas eran una manera de pagar deudas, así que agradecer lo aprendido es no solo mencionar al autor y transmitir en otro lugar su ingenio  agudeza o belleza, como sucede en las citas, sino que a ello se añade el reconocimiento de una influencia benéfica sobre uno mismo. Walt Whitman también dio las gracias en aquel poema En mi vejez doy las gracias, y Borges lo imitó en el Poema de los Dones. Yo mismo escribí Acción de gracias.

He dedicado Cosas que he aprendido…. a escuelas y a personas, al budismo y al estoicismo, a Demócrito y a mi padre, a mi madre y a Jesucristo. Algunos de los agradecimientos que he escrito todavía no están en Diletante, pero los iré subiendo.

Podría escribir una lista apresurada de futuras Cosas que he aprendido de… con los siguientes autores o personajes o temas:

Descartes, Kropotkin, J.S.Mill, Stefan Zweig, Bai Juyi, Kierkegaard, el cine, Corto Maltés, X-MEN, Borges, Bertrand Russell, los cirenaicos, los cristianos, Krishnamurti, Epicuro, Diderot, Proust, Shakespeare, Aristóteles, Platón, The Rocky Horror Picture Show, Sade, Casanova, Popper, Agustín de Hipona, Safo/Pierre Louys, David Bowie, Stevenson, los mitos griegos, Feyerabend, Einstein, Kepler, Li’l Abner, el pop, los estoicos, los cínicos, el zen, Montaigne…

Como se ve en esta lista, hay de todo, y se mezcla lo que se llama Alta Cultura y Cultura de Masas: Aristóteles y la Patrulla X (X-Men).

Hace un tiempo esto de mezclar alta cultura, media cultura y cultura de masas estaba de moda: era una manera de escandalizar a los poderes culturales establecidos. Tiempo después estuvo mal visto de nuevo y fue considerado un vulgar intento de epatar a la burguesía.

Un buen ataque a la pretensión de mezclar culturas y poner el cómic a la altura de Shakespeare, se encuentra en uno de mis libros favoritos, Los porqués de un escriba filósofo, de Martin Gardner. Pero quizá lo más seguido en las últimas décadas ha sido no ya el desprecio a la cultura de masas sino todo lo contrario: el desprecio a la alta cultura.

A estas alturas, sin embargo, ya no se sabe si mezclar altas, medias y bajas culturas es bueno o malo, moderno o antiguo, burgués o antiburgués, así que espero que los que me lean, crean en mi sinceridad: no he puesto aquí a Montaigne, Platón o Aristóteles junto a los X-Men o David Bowie para epatar, sino, porque creo que he aprendido cosas importantes de ellos, o que al menos me han ayudado a convertir en más sólidas algunas tendencias o ideas que ya tenía o que ya intuía.

Y si alguien no me cree, mala suerte. Hay que contar con que muchas personas pueden llegar a ser increíblemente retorcidas cuando analizan asuntos que son muy sencillos y siempre  preguntan: “¿por qué haces esto?”, “¿por qué haces lo otro?”.

Y tengo que admitir que esa curiosidad a veces es un comportamiento razonable, porque a menudo la gente también hace las cosas de manera  muy retorcida y enrevesada. Pero me parece que, al menos en este asunto de las diferentes culturas, no se me puede aplicar el reproche de intentar ser enrevesado, aunque estoy dispuesto a discutirlo.


[Escrito en 2003. Revisado en 2019]

Memorabilia

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En el barrio de Argüelles

Daniel Tubau

La foto fue tomada en la habitación de mi madre. Al fondo se pueden ver algunos ejemplares de su colección de pai-pais y sombreros. La fotógrafa fue mi hermana Natalia, que me usaba como modelo para practicar con su cámara.

El lugar, nuestra antigua casa en el barrio de Argüelles, en Benito Gutiérrez 16, un lugar que me gustaba mucho. Cerca estaba el Parque del Oeste, donde pasé tardes y noches deliciosas. Es curioso que no recuerdo a ningún amigo en el barrio, aparte de mi mejor amigo, claro, Marcos, que vivía en el mismo edificio.

En esos años me gustaba vestir con trajes o chaquetas como la que llevo en la foto, ropa antigua que compraba en el Rastro, en una tienda que estaba llena hasta arriba de ropa, con decenas de camisas, pantalones, camisetas y faldas en burros de metal, y también trajes de todos los estilos. El lugar más divertido era una habitación en la que literalmente te tenías que sumergir en la montaña de ropa, amontonada sin más sobre el suelo. No consigo recordar el nombre de la tienda, aunque seguro que lo recordaré en cualquier momento. Descubrí el lugar, que creo que estaba en la calle Mira el río alta o Mira el río baja, gracias a mi amigo Jesús Arauzo. Él la conoció gracias a Bernardo Bonezzi, el líder de los Zombies, que también compraban ropa allí. Recuerdo que había en la tienda un gran póster de los Zombies (aunque tal vez  fuera de Radio Futura).

Zombies

 

La realidad imita a la ficción

La sensación dominante de la noche que pasé en las Mansiones Chungking de Hong Kong fue la de estar viviendo en el interior de uno de mis cuentos. De alguno de los cuentos que escribí hace muchos años, durante un calurosísimo verano que pasé en Madrid, cuando vivía en la calle Covarrubias, cerca de la Glorieta de Bilbao.

Entonces vivía con Cathy, pero como su trabajo la obligaba a volar a países de Europa o América, a menudo me quedaba varios días solo en la casa. Durante cuatro o cinco de esos días de verano, solo en aquel quinto piso, desnudo a causa del calor sofocante,  con el cuerpo delgado húmedo por el sudor, escribí cinco o seis cuentos: Horas lentas en la ciudad del miedo, REM, Estación Término, Habitantes de un sueño, El instante inevitable, La muerte de Judas y Cruzaremos de nuevo el Rhin.

Una foto tomada aquellos años en la calle Covarrubias, cuando ensayaba para interpretar a Frank Sinatra cantando My Way (cantaba en playback, claro)

Escribí aquellos cuentos casi sin pensar, a partir de una palabra, una frase, una imagen o una idea, de principio a fin sin interrupción, como en un momento de fiebre, bajo aquel calor sofocante de Madrid en julio. Alguna noche escribí dos o tres cuentos.

Todos eran muy breves, en todos el protagonista estaba solo, un detalle que descubrí tiempo después, cuando los edité en un libro casero que llamé Estación Término y otros cuentos solitarios. Se trata, por supuesto, de un rasgo autobiográfico, pues entonces y siempre me he sentido solo, como todo el mundo, supongo, porque como decía alguien que no recuerdo: “en realidad, siempre estamos solos”. Pero es evidente que en aquellos años me sentía especialmente solo, aunque creo que eso no me causaba tristeza o pena, sino más bien todo lo contrario.

Otra característica común a los cuentos, espontánea y no buscada, pero después descubierta al releerlos, es que en casi todos ellos había algo oriental. El comienzo de uno de los cuentos, tal vez Habitantes de un sueño o quizá REM era: “El hombre de este cuento vivía en una ciudad poblada por orientales”. En aquellos cuentos imaginaba calles llenas de gente, sudorosas como yo lo estaba en aquel verano de Madrid, habitaciones con grandes ventiladores en habitaciones sofocantes, puestos de comida que llenaban la calle de humo y de olores especiados. Es decir, lo mismo que encontré anoche en Hong Kong y en aquella habitación de las Mansiones Chungking en la que pasé una noche medio dormido y medio despierto, bañado por el aire intenso de un gran ventilador que sonaba de manera estruendosa. Fue una sensación extraña, inquietante y subyugante, sentirme durante mi breve estancia en Hong Kong como uno de los personajes de esos cuentos que yo mismo escribí hace tanto tiempo.

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(Escrito en Hong Kong, 7 de junio de 2011)

Entradas sobre China en CHINA

Recuerdos en Memorabilia

CUADERNO DE PEKÍN

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CUADERNO DE YUNNAN

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MEMORABILIA

Hace unos años empecé a escribir unos pequeños textos llamados Memorabilia, en los que ponía un recuerdo preciso y concreto. Es decir, sólo escribía lo que recordaba de manera vívida, como un destello o resplandor, sin añadir detalles, sin situar ese recuerdo ni explicar las circunstancias, porque todo eso es probablemente añadido.

Aquí puedes ver todas las secciones de contenido autobiográfico alojadas en mi sitio web. También puedes leer una breve biografía en Daniel Tubau.

Memorabilia

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“Yo mismo soy la materia de mi web”

 

 

LEER 18.000 LIBROS

CARTAS CON IVÁN

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retratodeunmatrimonioLeo mucho de mitologías comparadas[1], Eliade, Graves, James Frazer[2], y también biografías, otro género que hasta ahora apenas había tocado. En este momento estoy con Madame de Stael y ayer acabé la vida de Natalie Barney (Retrato de una seductora). La historia de Natalie Barney es fascinante, pero creo que el escritor no le saca todo el partido que debiera y pierde mucho en comparación con Retrato de un matrimonio[3], sin duda uno de los libros que más me ha inquietado y complacido.

Según tú cálculo, y de seguir así, a los 60 habré leído 18.000 libros, pero, ¡ah!, nunca es bastante y un solo libro no leído puede ser más importante que 18.000. La verdad es que no persigo batir récords de lectura, sino tan sólo leer libros que seduzcan mi mente. Tampoco me interesa leer por estar informado o hablar con propiedad de algún tema: sólo busco el placer, y cuando leo un libro que no me produce placer siento un profundo remordimiento. Los autores que más leo últimamente: Conrad, Stevenson, Goethe –siempre Goethe-, Luciano, London y Dostoievsky (me ha encantado El doble).

 [Fragmento de una carta a mi padre, Iván Tubau,  del 25 de septiembre de 1985]

 

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[1] [sic, por “mitología comparada”]

[2] [sic, por Frazer]

[3] Es la vida de Vita Sackville-West


OTRAS ENTRADAS DE MEMORABILIA

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CUADERNOS EGÓLATRAS

cuadernosegolatras

En mi revista Esklepsis (1994-1999) tenía una sección que se llamaba Cuadernos ególatras, en la que incluía todo tipo de contenidos, desde fotografías o textos autobiográficos a respuestas al Cuestionario Proust, dibujos o cualquier otra cosa de carácter personal. Es decir, todo lo que tenía que ver conmigo y no se podía clasificar fácilmente en cualquier otro lugar o tema.

Es lo mismo que pretendo con estos Cuadernos Ególatras electrónicos, en los que también tienen cabida textos míos o ajenos relacionados precisamente con la egolatría, el egoísmo, el egotismo o el egocentrismo (hablo de las diferencias entre estos conceptos en: Memorias del egotismo)

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Mi mesa y mis dioses

FOTOGRAFÍA

La mesa en la que escribo está situada frente a una ventana. Muchas veces  dudo si no sería mejor que estuviese frente a una pared, porque me da la impresión de que podría concentrarme mejor en un rincón apartado.

En lo alto, cegado por la claridad de la ventana, un dios hindú, digamos Durga, de seis brazos, cada uno con un objeto diferente, que cabalga sobre un tigre que muestra unos órganos sexuales muy desarrollados. Supongo que es un símbolo evidente de fecundidad.

Durga y su tigre El tigre fecundador

Colgado de la contraventana hay una especie de amuleto que me regaló un visitante chino de la región de Yunnan. Es un colgante hecho con dos cuernos de cabrito, nueces, maderas y pequeñas campanas. Al lado hay un amuleto de la buena suerte chino más convencional.

En la ventana hay algunas postales o fotos, de Einstein montando en biclicleta, de una escultura griega y una foto polaroid de dos ojos que miran con cierto aire siniestro a cámara. Se trata de mis propios ojos.

Pero lo más importante es lo que yo llamo “árbol de Atenea”,  una planta que es casi un bonsai, porque la voy arreglando casi cada día, haciendo que crezca en vertical, como si fuera un árbol, en vez de dejar que sus tallos se doblen como suele suceder en esta especie, cuyo nombre ahora o recuerdo.  ¿Por qué árbol de Atenea?

Es el árbol de Atenea porque sobre la tierra hay una lechuza que representa a la diosa Atenea. La pequeña escultura de metal es de origen griego y creo que me la regaló mi hermana Natalia tras una estancia en Atenas.

Atenea es la diosa de la sabiduría, así que confío en que me inspire cuando escribo. Para mantenerla contenta, cuando riego la planta derramo agua sobre la cabeza de la lechuza dorada. Sin embargo, cerca de Atenea también hay una cáscara de huevo semienterrada. Por dos razones: porque me dijeron que la cáscara de huevo es un excelente nutiente para la tierra (aunque tiene que estar machacada) y porque representa el huevo primigenio de los órficos, del que nació el cosmos.

Junto a todas estas divinidades escribo todos los días. Cualquiera relacionaría esta especie de altar a los dioses de Grecia, China y la India con un temperamento supersticioso, del que, sin embargo, carezco por completo, aunque creo que uno de los sentidos más interesantes del ritual o del simbolismo, quizá el único interesante, consiste en ayudar a la mente a ponerse en un cierto estado de ánimo, sugestionarnos, hacernos pensar en ciertas cosas, en ocasiones contagiarnos de cierta sensibilidad que nace de contemplar o pensar en cosas bellas, como puede hacerlo la música, un olor o incluso un sabor. Cuando visitamos la tumba de un amigo, no es que pensemos, al menos yo no lo hago, que allí esté todavía nuestro amigo, quizá ni siquiera están ya los huesos, porque a menudo se cambian de lugar sin que los familiares lo sepan, pero nosotros nos ponemos en el estado de ánimo de estar junto a la tumba de un amigo y eso nos hace pensar en él y en cierto modo traerlo al mundo de los vivos, aunque sólo sea mediante las sinapsis neuronales que generan nuestros propio recuerdos. Douglas Hofstadter ha escrito, en su libro Yo soy un extraño bucle, páginas interesantísimas, razonadas, razonables y sugerentes acerca de cómo los demás viven en nosotros .

Atenea y el huevo órfico

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OTRAS ENTRADAS DE MEMORABILIA

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