El barco de Teseo

La historia del barco de Teseo comienza en la época legendaria de Atenas, cuando el rey Egeo, preocupado porque no tenía heredero, decidió viajar a Delfos para consultar el oráculo del dios Apolo.

Antes de continuar, hay que advertir al lector que los oráculos de la antigua Grecia eran célebres por sus respuestas ambiguas y confusas. Cuando el rey Creso de Lidia visitó el oráculo de Delfos para saber si debía invadir el reino de los persas, la respuesta fue: «Si cruzas el río Hallis, destruirás un gran reino». Creso cruzó con su ejército el río Hallis y la profecía del oráculo se cumplió: fue su propio reino el que fue destruido por los persas. Por si esto fuera poco, ya antes de decidirse a atacar a los persas, Creso había consultado al oráculo acerca de la conveniencia de iniciar algún conflicto con otras potencias. El oráculo le respondió:

«Escucha, cuando un mulo sea rey de los medos, entonces, lidio de afeminado andar, allende el pedregoso Hermo huye; no te quedes ni te avergüences de ser cobarde8».

Creso, que quizá debería haber desconfiado al escuchar aquella alusión a su afeminamiento, pensó que era imposible que un mulo llegase a ser rey de los medos, pero no se dio cuenta de que el oráculo se refería a Ciro, rey de los persas y vencedor de los medos, que era hijo de una mujer rica de origen medo y de un padre humilde de origen persa. La ambigüedad de los oráculos se sostiene casi siempre en la noción de identidad: «Ciro» y «mulo» designan al mismo ente, a pesar de las apariencias. En Nada es lo que es examino en detalle el truco de la pitonisa de Delfos, en relación con el lógico Gottlob Frege.

Volvamos al rey de Atenas. Cuando Egeo consultó al oráculo de Delfos para averiguar cómo podía tener un heredero, la respuesta no resultó tan ambigua como las que había recibido Creso, sino que fue casi incomprensible:

«No debes abrir la boca de tu repleto odre de vino hasta que llegues al punto más alto de Atenas si no quieres morir de pena un día».

Egeo consulta el oráculo

 

Bastante confundido, Egeo regresó a Atenas, pero en el camino se detuvo en Corinto, donde conoció a la bruja Medea, que le prometió que tendría un hijo gracias a su magia. Continuó su viaje y llegó a Trecén, donde contó al rey Piteo la respuesta del oráculo. Piteo comprendió lo que significaba, pero, sin decir nada a su huésped, le sirvió un odre de vino tras otro. Tras vaciar Egeo todos los odres de vino, llenando el suyo a rebosar, Piteo ordenó a su hija Etra que se acostara con el recién llegado. Al día siguiente, Egeo se despertó en el lecho con Etra, tal vez con una tremenda resaca, pero también pensando que de aquello podía resultar un heredero. Escondió bajo una roca su espada y sus sandalias y le dijo a la joven que si nueve meses después tenía un hijo le criase y educase hasta los dieciséis años. Entonces debía llevarle junto a la roca, para que cogiese la espada y las sandalias y se encaminase hacia Atenas.

Dieciséis años después, Teseo, el hijo que Etra había concebido aquella noche, levantó la roca, cogió la espada y las sandalias y se dirigió hacia Atenas. En vez de viajar por mar, eligió a propósito la ruta más larga, atravesando el istmo de Corinto, pues deseaba imitar las hazañas de su admirado Heracles (el Hércules de los romanos). Tras acabar con un buen número de monstruos y bandidos, Teseo llegó a Atenas y fue reconocido por su padre gracias a la espada y las sandalias. Egeo le proclamó su heredero y expulsó de la ciudad a su última esposa, que no era otra que Medea, y al hijo que había tenido con ella, Medo.

Etra enseña a su hijo Teseo dónde están las sandalias y la espada de Egeo Laurent de La Hire (Theseus and Aetra, 1635-1640)

Egeo, como se ve, había logrado tener no uno, sino dos hijos. Ahora bien, el oráculo le había dicho que si vaciaba su repleto odre de vino antes de llegar al punto más alto de Atenas acabaría muriendo de pena. Esa advertencia, ¿era todavía una amenaza futura? No resultaba fácil saberlo, porque había dudas acerca de a qué odre de vino se refería el oráculo. ¿A los odres de vino que Piteo ofreció a Egeo?, ¿al estómago del propio Egeo?, ¿a su órgano sexual? ¿Y cómo interpretar aquello de «el punto más alto de Atenas»? Hay que suponer que Egeo se hizo estas y otras preguntas poco después de reconocer a su nuevo hijo y heredero, pero tal vez no tuvo tiempo, porque el anciano rey tenía que ocuparse antes de un problema mucho más urgente.

Cuando Teseo llegó a Atenas, la ciudad se hallaba en grandes dificultades porque cada año debía pagar un cruel tributo a los cretenses, que por aquel entonces eran la potencia dominante en el mar Egeo. El tributo consistía en siete muchachas y siete muchachos, que los atenienses debían enviar cada nueve años a Knossos, la capital de Creta. Los jóvenes eran encerrados en el Laberinto construido por Dédalo y quedaban a merced del terrible monstruo que lo habitaba, un ser con cuerpo de hombre y cabeza de toro, el Minotauro. Era la tercera vez que Atenas enviaba este tributo humano a Creta. Teseo decidió que sería la última y se ofreció como víctima para el Minotauro.

El Minotauro cretense a punto de comerse a una víctima ateniense en una cerámica del artista húngaro Imre Schrammel

Teseo desembarcó en Creta, mató al Minotauro y escapó del Laberinto, gracias a la ayuda de Ariadna, hija de Minos. Cuando regresó a Atenas, su felicidad era tanta que olvidó un acuerdo al que había llegado con su padre antes de iniciar el viaje: si lograba vencer al monstruo, regresaría con velas blancas, pero si la nave llevaba velas negras eso significaría que Teseo había muerto. Cuando Egeo, que se pasaba los días en la Acrópolis (el punto más alto de Atenas) esperando el regreso de su hijo, divisó en el horizonte las velas negras, pensó que Teseo había muerto y se arrojó al mar, que desde entonces recibió el nombre del rey suicida: Mar Egeo. Así se cumplió el oráculo.

El lector sagaz tal vez habrá supuesto que la relación del barco de Teseo con el problema de la identidad se debe a lo del cambio de velas: ¿es el mismo barco con velas negras y con velas blancas? Si el lector ha pensado eso, se ha equivocado, porque el asunto no tiene nada que ver con las velas. La verdadera relación entre la identidad y el «barco de Teseo» se debe a que el barco en el que Teseo regresó a Atenas se dedicó desde entonces a viajes de ida y vuelta a la isla de Delos:

«La nave de treinta remos en la que con los mancebos navegó Teseo, y volvió a salvo, la conservaron los Atenienses hasta la edad de Demetrio Falereo, quitando la madera gastada y poniendo y entretejiendo madera nueva; de manera que esto dio materia a los filósofos para el argumento que llaman aumentativo, y que sirve para los dos extremos, tomando por ejemplo esta nave, y probando unos que era la misma, y otros que no lo era».

En época histórica el barco todavía se hallaba en Atenas, pero todo el mundo estaba de acuerdo en que no conservaba ni un sólo fragmento de aquel navío en el que Teseo regresó de Creta. Fue reparado y recompuesto tantas veces que, como explica Robert Graves, «los filósofos lo citan como un ejemplo cuando discuten el problema de la identidad continua».
El problema de la identidad continua es, por supuesto, el mismo que el de la identidad cambiante: qué es lo que hace que una cosa siga siendo la misma cosa a pesar de los cambios. Para muchos atenienses, aquel barco ya no era el de Teseo, porque no conservaba ni un solo pedazo del original. Para otros, sí que lo era, porque su forma era la misma.

 


 

El análisis del problema de la identidad cambiante continúa en mi libro Nada es lo que es, el problema de la identidad (editorial Devenir)

También se puede leer otro fragmento del libro en Teseo y la identidad


 

El río Hallis o Halys marcaba la frontera entre los reinos de Persia y Lidia.

La primera imagen en la que se ve a Teseo y los cautivos dirigiéndose al barco con velas negras es de M. H. Squire y E. Mars para The Heroes or Greek Fairy Tales for my children, de Charles Kingsley.

 

¿Por qué Benedicto no escucha a Dios?

 

En China, que ha sido uno de los pueblos menos religiosos y más alejados de la superstición durante casi toda su historia, a pesar de la influencia del budismo llegado de la India, creían en algo que llamaban Tianming o Mandato del Cielo. Los emperadores y las dinastías caían o se iniciaban si gozaban del mandato del Cielo. Aunque los chinos, pueblo racional y razonable, acabaron convirtiendo ese concepto semi religioso en una especie de formalismo casi laico, de vez en cuando creían que el Cielo manifestaba su disgusto de manera visible para acabar con una dinastía o cambiar el rumbo de sus acciones. Se dice que la dinastía Ming, que empezó abriéndose al mundo exterior e incluso explorándolo y extendiedno la influencia china gracias a las expediciones navales de Zhen He, sin embargo se cerró al exterior cuando el 9 de mayo de 1421 un gran incendio destruyó la Ciudad Prohibida:

Esa noche…cayó un relámpago en lo alto del palacio que había sido construido recientemente por el emperador. El fuego que se inició en el edificio lo envolvió de tal manera que parecía como si dentro se hubieran encendido cien mil antorchas cargadas de aceite y mecha.

El propio trono imperial quedó reducido a cenizas y el emperador Zhu Di se fue al templo a rezar y lamentarse:

El Dios del Cielo está enfadado conmigo, y, por tanto, ha quemado mi palacio, aunque yo no he cometido ninguna mala acción… Quizá se ha cometido alguna trasgresión de la ley ancestral, o alguna perversión de los asuntos de gobierno… Quizá los castigos y los encarcelamientos han sido excesiva o injustamente aplicados a los inocentes… En mi confusión no puedo encontrar la razón.

El comportamiento de este emperador puede parecer irracional, y en cierto modo lo es, pero también es completamente razonable. Cuando uno cree en una entidad divina, llamada Cielo, Tianming, Dios o como se quiera, entonces tiene que creer que hay algún tipo de comunicación con él, y que esa divinidad se manifestará de alguna manera, especialmente en los momentos consagrados a él.

Es evidente para cualquiera que voy a comparar esto con lo que le pasó ayer al Papa Benedicto.

Pleitesía y adoración a un hombre: ¿algún cristiano que haya leído los Evangelios puede creer por un segundo que Jesucristo aceptase esto?

Cuando uno mantiene un rito trasnochado como el de la Iglesia de Roma, que es un verdadero insulto a la inteligencia y una muestra de superstición primitiva, y cree que es el vicario de Dios en la Tierra, tiene que aceptar las consecuencias de su planteamiento. No se puede pedir primero, como hizo Rouco Varela, que no llueva y después, al comprobar la sordera de Dios cuando caen las primeras gotas de lluvia, decir que Dios nos recibe con esta benéfica lluvia (que no cayó durante horas para suavizar los 45º que castigaron a los peregrinos durante horas). Si además, tras días de sequía y de sol implacable, empieza a llover en cuanto Benedicto sale al escenario como una estrella de rock, y si además un vendaval le obliga a interrmpir su discurso y ni siquiera puede ternminarlo. No se pueden presenciar todas estas señalesy hacerse el sordo. Si Dios habla de vez en cuando, siempre que les conviene a los creyentes de este mito incoherente y contradictorio del cristianismo, ahora no se pude mirar hacia otro lado: Dios ha castigado con un sol implacable a sus peregrinos, ha impedido el discurso del Papa, incluso ha estropeado las santas hostias consagradas en su nombre:

“Lombardi precisó que el agua dañó directamente muchas hostias y que algunas capillas fueron precintadas por la policía por seguridad, ante el temor de que puedan derrumbarse y causar daños, por lo que no se pueden sacar las formas, que han quedado asimismo inservibles.”

¿Pero es que hacen falta más señales? Ni un guionista de Hollywood habría podido mostrar de manera más clara lo evidente: a Dios no le gusta el Papa, o la Iglesia, o la demostración de fuerza y dogmatismo, pero es evidente que está en contra y que lo ha mostrado de manera clara. Si queremos jugar al juego de la fe irracional, juguemos hasta el final y aceptemos las consecuencias. La Iglesia constantemente recurre a milagros e intervenciones de Dios para apoyar sus dogmas. Ahora también debe aceptar el mandato del Cielo y saber que algo o mucho debe cambiar.

La alternativa racional y razonable, para la que me temo que los creyentes no están preparados porque son sordos a cualquier cosa que ponga en cuestión su fe, imbuidos del comportamiento de secta o facción, es la conclusión del ateo griego Diágoras de Melos cuando unos ladrones le robaron el cordero que iba a sacrificar a Zeus: “Si Zeus no es capaz de cuidar del propio cordero consagrado a él, me parece que poco va poder cuidar de mí”. Una historia semejante se cuenta en la India. O, por decirlo de otra manera, la alternativa inevitable es que Dios, al menos ese dios, no existe.


Sobre el mandato del cielo en China puedes leer este excelente artículo de Ana Aranda: El mandato del Cielo en China

Hefesto y el nacimiento de Atenea, reinterpretación de un mito

Uno de los mitos más célebres es el del nacimiento de Atenea:

Zeus decide tragarse a su amada Metis (“La Sabiduría”) porque le anuncian que tras la primera hija que nazca, la diosa volverá a quedarse embarazada de un hijo que destronará a Zeus. Al cabo de un tiempo, Zeus sufre unos terribles dolores de cabeza. El herrero divino, Hefesto, le abre el cráneo y de allí sale completamente armada Atenea.

Este es el mito, que ha recibido muchas interpretaciones.

Para Robert Graves, aquí se muestra cómo el culto a los Olímpicos y a Zeus sustituyó el antiguo culto a la Diosa (la Gran diosa o Diosa Madre), en este caso Metis, que quedó incorporada  al nuevo panteón patriarcal en la forma de Atenea. Al salir de la cabeza de Zeus quedaba clara su subordinación a los nuevos dioses masculinos.

Sea cierto o no lo que dice Graves, creo que hay un aspecto que tal vez no haya recibido suficiente atención, la intervención del herrero Hefestos en el mito. En principio, parece que es un simple ayudante al parto. Sin embargo, es posible otra interpretación, sin duda arriesgada a primera vista.

Una pintura en una vasija griega nos pone sobre la pista de esta reinterpretación:

Birth of Athena from the head of Zeus, with Hephaestus | Greek vase, Athenian black figure kylix

Representación del nacimiento de Atenea en un vaso ático de figuras negras de ca. -560

Si no conociéramos el mito, ¿Cómo interpretaríamos la historia contada en este dibujo?

Probablemente pensaríamos que Zeus ha sido atacado por Hefesto, como parece mostrar la manera en que blande el rayo, que es sin duda amenazante.En cuanto a Atenea, no sólo surge armada de la cabeza de Zeus, sino que parece que su propósito es defender al padre de los dioses del ataque de Hefesto. Su gesto es agresivo, lo que no extraño puesto que Hefesto acaba de abrirle a Zeus la cabeza de un tajo, pero además parece claramente dirigido contra el herrero. Si observamos los pies y el gesto de Hefesto, el dios se está alejando del trono de Zeus, asustado sin duda.

Es sabido que algunas variantes de mitos de la Antigüedad nacen de una interpretación errónea de alguna pintura cuyo significado original se ha perdido, y el mismo error podemos cometer nosotros, de manera más culposa, puesto que nosotros sí conocemos la versión considerada ortodoxa del mito, en la que Hefesto no ataca a Zeus, sino que lo ayuda a librarse del dolor de cabeza. Los ritos a veces sirven para explicar los mitos y a veces sucede lo contrario, los mitos se crean para explicar un rito cuyo origen se ha olvidado, o un dibujo en una vasija.

Teniendo presente todo lo anterior, y a modo sólo de hipótesis, posible pero quizá no probable, podemos rastrear en el mito algún indicio que apoye nuestra interpretación.

 

Extraños nacimientos

En primer lugar, el nacimiento de Atenea se desarrolla en un contexto mítico que no puede sino llamarnos la atención. Asistimos a una sucesión de nacimientos extraños y a una acumulación de extravagancias o deformidades.

  1. El nacimiento de Atenea de la cabeza de Zeus (que se ha tragado a Metis)
  2. El nacimiento de Erictonio del semen de Hefesto derramado sobre el muslo de Atenea cuando intenta violarla. Semen que Atenea se limpia con un pedazo de lana, que arroja a la tierra, haciendo que ésta sea fecundada y que nazca Erictonio (ser mitad hombre mitad serpiente), al que Atenea adopta como hijo suyo.
  3. El propio nacimiento de Hefesto, hijo de Zeus y Hera, que nace enclenque, por lo que es arrojado por su madre y recogido por Tetis y Eurinome, que lo cuidan en el fondo del mar.

Las tres situaciones nos muestran extraños embarazos y extraños partos, hijos deformes y la sensación de que en todo ello hay una alusión a abortos, o hijos rechazados o no deseados. Es importante recordar que este tipo de nacimientos (de la tierra, de un padre sin madre, de una madre sin padre, de un falso padre) a menudo están relacionados con la disputa de diferentes clanes por el derecho sobre un territorio. Precisamente al no poder demostrar el derecho consuetudinario o histórico, se recurre a una explicación de ese tipo, por ejemplo, la manera en la que Teseo se convierte en ateniense: es un hijo que Egeo concibió durante un viaje a Trecén.

De hecho, Hera detesta a su hijo deforme y por eso lo lanza sin misericordia contra la tierra, lo que agrava su deficiencia. Sin embargo, hay que tener en cuenta que, según una de la versiones del mito, Hefesto no es hijo de Zeus y Hera, sino tan sólo de Hera (¡de nuevo asistimos a una partenogénesis!). Sin embargo Zeus dudaba de la fidelidad de Hera y de que Hefesto fuera un hijo partenogénito:

“Prodigio que él no quiso creer hasta que la aprisionó en una silla mecánica con brazos que se cerraban alrededor del que se sentaba en ella, y así le obligó a jurar por el río Estigia que no mentía. Otros dicen que Hefesto era hijo suyo con Talos, el sobrino de Dédalo.”

Se detecta, aquí pues, un primer conflicto entre Zeus y Hefesto, que nos hace sospechar si no fue él (y no Hera) quien arrojó  a su hijo no reconocido desde el Olimpo. La sospecha  aumenta si tenemos en cuenta que una vez que Hera decide admitir a su hijo entre los dioses olímpicos, Hefesto, ya reconciliado con ella, le reprocha a Zeus haber colgado del cielo a Hera por las muñecas. Zeus, irritado, de nuevo arroja a Hefesto del Olimpo, con lo que el pobre herrero se rompe las dos piernas, obligado desde entonces a andar con muletas de oro. Con el tiempo, Hefesto será readmitido por Zeus en el Olimpo.

¿No parece percibirse en todas estas leyendas el recuerdo de una disputa territorial o por el poder entre Zeus y Hefesto/Hera (y los pueblos que podrían esconderse bajo su nombre), tal vez por el control del Ática?

Robert Graves señala una disputa de estas características entre Hefesto y Atenea:

“Hefesto y Atenea compartían templos en Atenas; el nombre de él podría ser una forma gastada de hemero-phaistos, «el que brilla de día» (es decir el sol), mientras que Atenea era la diosa-luna, «la que brilla de noche», la patrona de todas las artes mecánicas (…) Cuando la diosa es destronada, el herrero se eleva a deidad.”

Lo que parecería confirmar que el mito muestra el persistente intento de Hefesto de alcanzar un lugar de culto equivalente al de los grandes dioses protectores de Atenas, finalmente logrado, pero tras ser expulsado por dos veces.

Desde este punto de vista, se podría interpretar la pintura de la vasija como un ataque de Hefesto a Zeus, que es repelido por la diosa Atenea (finalmente aliada con Zeus y subordinada a él). El ataque verbal de Hefesto en defensa de Hera habría sido más bien un ataque físico.

Por otra parte, la rivalidad entre Atenea y Hera, que se puede observar por ejemplo en La Ilíada, y la constatación de que Zeus forja una alianza mucho más estrecha con su hija Atenea que con su esposa Hera, se ha de tener siempre presente. Este episodio podría ser uno más que expresara esa rivalidad y esas alianzas entre clanes seguidores de distintos dioses. No deja de ser curioso que Hera tenga un hijo que no es de Zeus y que Zeus tenga una hija que no es de Hera, y que esos dos hijos estén relacionados en dos mitos importantes: el nacimiento de Atenea provocado por el hachazo de Hefaistos, y el posterior intento de violación de Atenea por Hefaistos, del que nace Erictonio.

Finalmente, no sólo la genealogía de los primeros reyes y clanes dominantes de Atenas es extremadamente confusa, sino que también lo es la de los dioses implicados. Lo cierto es que las variantes principales del mito del nacimiento de Hefesto impiden pensar en que este Dios haya podido participar en el nacimiento de Atenea.

En efecto, lo que cuenta Hesíodo es que Hera, irritada por el nacimiento de Atenea en la cabeza de Zeus, decidió tener ella un hijo del mismo modo. Ese hijo sería Hefesto. Con lo cual, Hefesto ni siquiera habría nacido cuando Atenea nació y deberíamos creer a quienes dicen que fue Prometeo el que ayudó a Zeus a parir a Atenea.

“Por fin, se desposó Zeus con la última de sus esposas, con la espléndida Hera, que parió a Hebe, a Ares y Hestia tras unirse al rey de los Dioses y de los hombres. Y él mismo hizo salir de su cabeza a Tritogenia [Atenea] la de los ojos claros, ardientes, que excita al tumulto y conduce a los ejércitos, invencible y venerable, a quien placen los clamores, las guerras y las contiendas. Pero Hera, sin unirse a nadie, usando sus propias fuerzas y luchando contra su esposo parió al ilustre Hefesto, hábil en el arte de la fragua entre todos los Uránicos.”

(Hesíodo, Teogonía 921ff)

El Pseudo-Apolodoro también muestra claramente la alianza de Hera y Hefesto contra Zeus (¿y Atenea?):

“Hera tuvo a Hefesto sin beneficio o participación sexual, aunque Homero dice que Zeus fue su padre. Zeus lo lanzo desde el cielo por ayudar a Hera cuando ella estaba encadenada. Hefesto cayó sobre Lemnos, rompiéndose las dos piernas”.


He tratado con bastante detalle el extraño nacimiento de Atenea (y el de su hijo Erictonio) en dos entradas:

La maternidad extravagante de Atenea y Satana

Atenea y Satana: el dios “embarazado”:


(Publicado por primera vez el 12 de febrero de 2008)

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En los mitos de origen armenios se encuentra un ejemplo de prostitución masculina, aunque no exactamente sagrada, que también muestra el ingenio de una reina que era, precisamente, asiria, la reina Semíramis, uno o de los más interesantes personajes de la historia y la mitología, de la que se decía que había construido o reconstruido Babilonia, o al menos sus murallas, o al menos sus Jardines Colgantes, uan de las siete maravillas de la antigüedad.

El coprotagonista de la historia es Ará  Gel‘etsik (Ará “el Hermoso”).

Movsés Jorenatsí relata lo siguiente: Ará,  como indica su apodo, era muy hermoso, además de un gran rey que heredó los dominios de su padre Aram. Resultó, sin embargo, que la célebre reina Semíramis se enamoró de él.

Semíramis, la reina guerrera, cazando un león

Semíramis, llamada Sharimam por los armenios, “impura y lúbrica”, espero a la muerte de su esposo, el rey Nino (aunque otras versiones dicen que huyó a Creta) para pedir a Ará que se uniera a ella y se convirtiera en el nuevo rey de Asiria. Cuenta Sebeós:

“Y Shamiram, esposa de Nino, monarca de los asirios, cuando oyó acerca de la belleza de Ará quiso tenerlo como amigo, para que cumpliera su voluntad con prostitución, porque la fama de su belleza la había inflamado de terrible lujuria. Pues ningún varón de bello rostro como él se encontraba en aquellos días; le envió mensajeros con presentes y lo invitó a su lado, en Nínive. Y Ará no aceptó sus regalos ni se comprometió a ir a Nínive, junto a Shamiram”.

Ante la negativa de Ará, la reina reunió un ejército y marchó contra el país de los armenios, pero:

“Por lo que podía deducirse de su rostro, se apresuraba no tanto para matarlo o derrotarlo, sino para conquistarlo o tenerlo en sus manos, a fin de saciar su deseo”.

Lamentablemente para su lujuria, aunque ordenó a sus soldados que evitasen matar a Ará, el rey armenio murió en el combate:

“Después de la victoria, la dama envió saqueadores de cadáveres al lugar de la batalla para que buscaran a su amado entre los cuerpos. Hallaron a Ará entre los valientes muertos. Ordenó que lo colocaran en la terraza de su palacio”.

Después proclamó:

“He ordenado a mis dioses que laman sus heridas y él resucitará”.

El cuerpo de Ara es entregado a Semíramis

Sin embargo, el cadáver comenzó a corromperse. Entonces Shariman hizo que uno de sus amantes se vistiese como Ará y difundió la siguiente noticia:

“Lamiendo y reviviendo a Ará, los dioses cumplieron nuestro deseo, por lo que de ahora en adelante ellos son más dignos de ser adorados y glorificados por nosotros, por habernos complacido y cumplido nuestra voluntad”.

Al parecer, los armenios creyeron estas noticias y pensando que su rey había resucitado y permanecía junto a la reina, depusieron las armas.

Semíramis contempla el cadáver de su amado

Se percibe tras este mito un trasfondo histórico interesante de las relaciones entre Armenia y Asiria, que quizá valdría la pena investigar, porque aunque durante mucho tiempo se pensó que la reina Semíramis era una invención de los historiadores griegos, hoy en día historiadores y arqueólogos tienden  a dar cada vez más importancia a este fascinante  personaje, que quizá influyó bastante en la historia del mundo e incluso en algunas costumbres tanto en Oriente como en Occidente, como la castración de los eunucos.

El origen de los indoeuropeos

Los celtas, los germanos, los latinos, los eslavos, los griegos, los hititas, los kurdos, los armenios, los persas o los indios de los Vedas, son pueblos indoeuropeos. Entre los diversos pueblos indoeuropeos existen algunas semejanzas que asombraron a los estudiosos cuando en el siglo XIX se descubrió que el antiguo sanscrito, en el que están escritos los Vedas y los Upanisads de la India, estaba emparentado con el latín, con el griego, con las lenguas eslavas y con las germanas.

Eso no significa que entre todos esos pueblos exista un parentesco racial, porque lo único seguro es que estos pueblos hablan lenguas que tienen un origen común. Se les ha llamado “indoeuropeos” porque uno de sus extremos está en India y el otro en Europa, aunque se trata de un neologismo un poco extraño que mezcla una nación con un continente. Otras denominaciones son indogermanos o indoislandeses, que une la India con la nación más alejada de ella, Islandia. También se ha empleado indoceltas o indoirlandeses. Otras propuestas son quizá más razonables, pero tienen el inconveniente de cierta desagradable reverberación política: arios o indoarios. Arios son todos los pueblos iranios (Iran significa “país de los arios”), como los kurdos, los persas, los medos, los armenios e incluso muchos pueblos escitas, como los osetas y los alanos, pero actualmente la palabra ario se asocia inevitablemente, al menos en Europa, con las teorías racistas del nazismo.

La denominación “indoeuropeo” tiene el inconveniente de olvidar a los arios, que son uno de los tres grupos principales de estos pueblos, pero indoario parece dejar de lado a todos los pueblos que se agrupan bajo la denominación euro (eslavos, germanos, latinos, griegos, celtas…). Una posibilidad sería euroarios, que incluye a todos los pueblos europeos y a los persas e indios, puesto que los autores de los Vedas indios eran también arios.

Distribución actual de las principales lenguas de origen indoeuropeo.
A lo que aquí se ve hay que añadir toda América, Australia y Nueva Zelanda,
por lo que, sin ninguna duda, las lenguas indoeuropeas son las más habladas del mundo

 

En cuanto al origen de los indoeuropeos y la explicación de por qué su lengua procede de una lengua anterior, las teorías se multiplican.

Se supone que los diversos pueblos indoeuropeos fueron en su origen una población nómada que se dispersó de manera asombrosa por el mundo, llegando desde las islas británicas hasta los confines de la India. Una posibilidad  más asombrosa sería que su origen fuera un gran imperio ahora olvidado, similar al romano, de cuya crisis y decadencia surgieron decenas de pueblos que hasta entonces habían vivido unificados bajo una lengua común.

Podemos imaginar que la gran batalla de Kurukshetra que se cuenta en la epopeya india del Mahabarata y que enfrentó a los Kauravas y los Pandavas pudiera ser el origen de algunas migraciones indoeuropeas. Algunos fechan esta terrible batalla, en la que se dice que participaron millones de hombres, hacia el -800, lo que establecería quizá una interesante relación con los movimientos de los pueblos del mar en el mediterráneo y el cercano oriente (si es que a la cronología tradicional se le pueden restar doscientos o trescientos año, como sugieren algunos autores y situar la guerra de Troya no hacia el -1200, sino hacia el -900). No hay que olvidar que los textos homéricos se sitúan hacia el -800.

Sin embargo, otros sitúan la célebre batalla hacia el -1400 o hacia el -2000 (¡incluso en el -3000 o el -5000!) Todas estas fechas son interesantes para el aficionado a la historia, la mitología y las religiones por diversos motivos y todas ellas dan pie a interesantes hipótesis, pero lo más problable es que también todas ellas sean incorrectas, porque todas estas cronologías pertenecen, más que a la historia a la literatura fantástica, y es difícil confirmarlas o refutarlas, a no ser que se produzcan increíbles descubrimientos.

Existen muchas semejanzas asombrosas en las mitologías indoeuropeas. Algunas de las que llaman más la atención son que en Grecia haya un dios cósmico llamado Urano (el cielo) y en la India un dios de similares características llamado Varuna. Que el Zeus griego se corresponda con el Deus Pater (dios padre) o el Iu-Piter/Júpiter latino, pero también con el indio Dyaus Pitar. Que los dioses de la guerra indios se llamen Maruts y que el Ares griego o Marte (Mars) romano sea acompañado por dos gemelos, Fobos y Deimos, que recuerdan a esa pareja belicosa india. Mediante esta y otras coincidencias, se podría llegar a reconstruir, y se ha intentado varias veces, una primitiva mitología indoeuropea.

Posiblemente el que más ha avanzado por ese camino haya sido Georges Dumezil, que elaboró la teoría de las tres funciones comunes a los diversos pueblos indoeuropeos, mostrando semejanzas asombrosas, por ejemplo, entre Roma y la India. Una de las más curiosas es que los sacerdotes romanos llamados  flamines, mantenedores de la llama sagrada, podrían tener relación con la casta de los brahmines o brahmanes  de la India. A ello hay que añadir que el dios de Zaratustra o Zoroastro y otros persas era una llama. Es muy probable, por cierto, que ese dios del fuego (Agni en la India) fuera adoptado por un pueblo semita: el de los judíos, cuando Moisés lo encontró en el monte en forma de zarza ardiente.

Flámines romanos en el Ara Pacis (Altar de la paz)

Un brahman indio

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