Los cementerios también mueren

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Al ver las tumbas de la parte vieja del cementerio Colón de La Habana, pensé que también los cementerios mueren, como mueren las personas enterradas en ellos y como mueren los edificios, que aquí en Cuba convierten algunos barrios en cementerios de cascotes.

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Qué mejor destino para un cementerio que morir, ir deshaciéndose poco a poco, ver cómo sus pedazos de mármol y sus viejos hierros son llevados a otros cementerios, los de los hierros oxidados y los mármoles desmenuzados. Y quién sabe si tal vez regresarán a la vida esos hierros de mausoleo decimonónico, convertidos ahora en verjas de una casa en el barrio del Vedado.

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(9 de marzo de 2013)

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Todos los cuadernos de viaje (China, Venecia, Mayab, Tahuantinsuyu, Austrohungría…) en: Cuadernos de viaje.

Cuaderno de Cuba

Cuba-edificio

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Visitas al cementerio

Estoy a las puertas del cementerio Colón de La Habana. Pasan hombres y mujeres con flores. Una anciana y una joven salen. La anciana camina cabizbaja con dificultad, ayudada por la muchacha, que se limpia las lágrimas. La anciana es blanca, la muchacha mulata.

Si contemplase esta escena en España, sin duda pensaría que se trata de una anciana viuda y de la muchacha emigrante que cuida de ella. Aquí, en Cuba, es casi seguro que la explicación es otra: vienen de visitar la tumba del esposo de la anciana y padre o abuelo de la muchacha.

La Habana Cementerio Colón

Al fondo se ve el gran portalón del Cementerio Colón (La Habana) Ninguna de las personas que aparecen en la foto tiene relación con lo que cuento aquí.

 

(9 de marzo de 2013)

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Todos los cuadernos de viaje (China, Venecia, Mayab, Tahuantinsuyu, Austrohungría…) en: Cuadernos de viaje.

CUADERNO DE CUBA

Cuba-edificio

NO SMOKING (decía Varona)

Inicié este diario secreto (Seingalt, en 2004) con una entrada dedicada al tabaco. Ahora he encontrado un texto del filósofo cubano Varona que coincide con mi planteamiento, o yo con el suyo, pues él lo escribió en 1896. En mi … Sigue leyendo

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Enrique José Varona es un filósofo cubano al que no creo que nadie conozca, excepto en las escuelas de filosofía de Cuba. Yo lo encontré por pura casualidad en una de mis búsquedas azarosas en la base de datos de … Sigue leyendo

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Enrique José Varona, un filósofo cubano que vivió entre 1849 y 1933, decía:   “El hombre no se moraliza con mandatos; suavícese el medio natural y social en que se desenvuelve y se suavizarán sus costumbres, y su inteligencia será … Sigue leyendo

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PÁGINAS MORTALES

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Yo no busqué la tumba de Evita, pero sí me impresionó la tumba de una muchacha que se llamaba Liliana y que murió a los 26 años, en 1970.

Junto al mausoleo y a la tumba (a la que no pude descender) se puede ver una escultura que representa a la muchacha, que parece uno de los personajes lánguidos de Poe: delgada, triste y hermosa.

Tras los cristales se distingue un cuadro, que en mis fotografías apenas se aprecia. Cuando estuve allí por primera vez hice un boceto del cuadro, pero no pude tomar ninguna fotografía. No estaban entonces de moda los teléfonos móviles con cámara fotográfica incorporada.

No sé cómo murió Liliana, pero sin duda sucedió de un modo absurdo, como se adivina por el mensaje del padre, grabado en una placa.

A MIA FIGLIA
Solo mi chiedo il perché
Tu sei partita e distrutto hai lasciato il mio cuore
Que te solamente voleva. Perché?
Perché? Solo il destino sa il perché e mi domando perché?
Perché non si puó stare senza te, perché?
Tanto bella eri che la natura invidiosa ti distruto, perché?
Perché, solo mi domando si dio c’é, con se porta via ció che suo non é.
Perche ci distrugge e lascia all’infinito il dolore!
Perché? Credo al destino e non a te, perché?
Perché solo so che sempre sogno con te, perché c’é di che?
Per tutto lámore che sente il mio cuore per te.
Perché? Perché?
Il tuo papá

 

Ahora, años después, en 2006, cuando estaba sentado junto a la tumba de Liliana escuché a una mujer que contaba su historia a los visitantes: Liliana murió cuando se encontraba en un refugió en la montaña y cayó una gran nevada. El techo se desplomó sobre ella.


[Publicado en Esklepsis 4, 1998]

Ver también: Craven y Liliana y Los vivos y los muertos

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La inmortalidad y los libros

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Durante la presentación de Recuerdos de la era analógica, Juanjo de la Iglesia y yo nos referimos a un cuento que se incluye en el libro, “El último siglo mortal”. Eso nos llevó a recordar una conversación que Juanjo y yo mantuvimos hace muchos años y que está en el origen tanto del cuento como del libro. En ese sentido, se podría considerar que Juanjo es coautor del libro o al menos incitador en la distancia.

Puedes ver y escuchar ese fragmento de la presentación en este vídeo o leer la transcripción. También he añadido un texto nuevo acerca de la inmortalidad, que puedes leer tras la transcripción.

TRANSCRIPCIÓN DEL VÍDEO

(Daniel busca algo en el libro sin lograr encontrarlo)

JUANJO: Bueno, esto es lo malo de que te escriba el libro otro… que luego no encuentras nada. Tenemos aquí a Ana Rosa Quintana [celebre en esas fechas por haber contratado a un escritor fantasma]. Bueno, todo esto viene a cuento de que Daniel y yo que siempre estamos discutiendo como el perro y el gato, bueno, como el perro y el gato no…

DANIEL: …como el gato y el perro…

JUANJO: .Eso, como el gato y el perro…. Pero hay una cosa en la que siempre estamos de acuerdo. Vamos, una intuición, porque tampoco es una seguridad. Y es que por los pelos (no es una broma) nos vamos a perder el que la gente no se va a morir. Daniel y yo estamos seguros…

DANIEL: …de que la inmortalidad nos la vamos a perder. Bueno, Juanjo seguro, pero yo pienso vivir 139 años, que es lo que me planteé… ¡y todavía puedo llegar! Así vivo tres siglos: siglo XX, siglo XXI y siglo XXII…

JUANJO: Claro, entonces ahí venía… En una de las narraciones está citada una conversación que tuvimos Daniel y yo una vez, que hablábamos de que si la gente no se muere, de qué se van a ocupar las religiones entonces, que van, entre comillas, a vender…

DANIEL: ….que van a prometer

JUANJO: Teniendo en cuenta que Daniel es una especie de, no sé en qué porcentaje homeopático de agnóstico con ateo con escritor en revistas católicas… Todo esto se agita… ¡es verdad! No he dicho nada que no sea verdad. Y yo que soy un teísta descreído y con una pizca también de agnosticismo…

DANIEL: Tú eres un fideísta…

JUANJO: …sí, un fideísta, poco más o menos… sin embargo, siempre llegamos a esa conclusión. Y yo estaba pensando, que no es que sea el objeto del libro, pero, como resulta que es el motivo por el que aparezco en este libro…¡y me parece que es un  motivo importantísimo!

DANIEL: ¡Importantísimo! No existiría este libro sin ti.

JUANJO: Eso me dijo él, no me lo creí, pero… es verdad (que me lo dijo). Entonces yo he pensado muchas veces que a lo que nos referíamos los dos no era la inmortalidad, sino a la longevidad, a una vida muy larga, muy larga. Porque a lo mejor hay personas que viven 20.000 años y después se suicidan. Entonces, la desaparición del mundo físico seguramente siga existiendo. Bueno, pues esta es una de las cosas sobre las que se puede reflexionar leyendo este libro, pero hay muchas más.

 

La inmortalidad

La lucidez de un siglo

La lucidez de un siglo, publicado por Páginas de Espuma

Como expliqué en Antólogos, prólogos y errores, el relato al que se refiere Juanjo es “El último siglo mortal”, que se publicó en el año 2000 en La lucidez de un siglo, precisamente con el título “Recuerdos de la era analógica”. Al final de ese cuento se hace una mención a la conversación que mantuve con Juanjo,  hace muchos años, en la que hablamos acerca de la inmortalidad:

“Se conserva un texto, supuestamente escrito en 1999, pero que se encuentra en soporte digital, en el que tres personas discuten en un café el siguiente problema: «¿Para qué serviría la religión si los hombres fueran inmortales?» Uno de ellos dice: «Bueno, si los hombres no pudieran morir, entonces la religión, en vez de la inmortalidad, prometería la mortalidad».”

Las religiones, en efecto, suelen prometer alguna forma de inmortalidad, aunque algunas, como el budismo, ya prometen la mortalidad: eso es algo que desconcierta a los antólogos del siglo 25, como se puede ver en el comentario que hacen a “El último siglo mortal”:

“En el siglo 20 hubo guerras, revoluciones y grandes cambios en el mundo del arte, los comienzos del cine, la televisión, la realidad virtual, los primeros ordenadores y la energía nuclear. Pero cada vez son más los historiadores que opinan que el siglo 20 es importante por otra razón: fue el último siglo en el que los hombres fueron mortales.

Ahora eso nos parece algo inconcebible, y la opinión dominante es que Sócrates, Aristóteles, Newton, Napoleón, Hitler, Lenin y todos los personajes históricos anteriores al siglo 21 nunca existieron, sino que son criaturas imaginarias que fueron inventadas para hacer más interesante nuestro pasado…”

Más adelante se dice, a propósito de la promesa de inmortalidad de las religiones:

“Los cristianos, una secta minoritaria pero influyente, adoran a un Dios que descendió del cielo para salvar a los hombres. Este Dios, llamado Jeshua, es venerado bajo la forma de un hombre clavado en una cruz. Sus seguidores afirman que esa imagen es precisamente la prueba de que los seres humanos pueden morir, al menos los del género masculino. Su Dios murió para mostrarles que ellos también podían conseguirlo.

La idea resulta chocante en extremo. Morir significa dejar de ser, extinguirse, no estar, no ocupar un lugar ni espacial ni temporalmente. Es un término muy difícil de definir y mucho más de imaginar…”

Por otra parte, en otro momento de la presentación, Juanjo y yo volvimos a hablar de la inmortalidad, así que volveré a hablar de ello en otra entrada.

 

Ateo, agnóstico… ¿católico?

Juanjo dice que soy ateo, agnóstico y escritor en revistas católicas. Su opinión sin duda se basa en muchas conversaciones que hemos mantenido acerca de este tema, como aquella ya mencionada en la que hablamos acerca de la inmortalidad y las religiones; conversaciones en las que me he definido como ateo o como agnóstico.

¿Ateo o agnóstico?

Este es un asunto que preocupa a mucha gente: buscar la distinción exacta entre ateísmo y agnosticismo. Para algunos creyentes, ser agnóstico no es malo, pero ser ateo sí que lo es. Los agnósticos parecen neutrales, puesto que no afirman ni niegan que exista Dios o los dioses, mientras que los ateos son peligrosos radicales a los que les puede la soberbia, pues niegan que exista Dios. Para esos creyentes, eso es una muestra de dogmatismo por parte de los ateos. Lo curioso es que la proposición inversa, es decir, afirmar que Dios existe, no les parece tan radical y dogmático.

Quizá habría que acuñar un nuevo término para los creyentes que no afirman que existe Dios, sino que, como los agnósticos, dicen que les parece que existe pero no están seguros. Voy a intentar explicar por qué yo soy al mismo tiempo ateo y agnóstico.

Soy ateo si de lo que estamos discutiendo es de las diversas religiones que presumen de conocer la voluntad o los mensajes revelados por Dios o los dioses: creo que mienten todas. Creo que mienten todos los libros revelados y todos sus profetas. No conozco ninguno que me merezca confianza y estoy seguro, hasta donde uno puede estar seguro de algo, de que todos eran o bien alucinados o bien farsantes. En ocasiones farsantes bienintencionados, que se inventaron un amigo invisible para ayudar a los demás y contar con su colaboración; en otras ocasiones, farsantes muy malintencionados, como podemos ver si leemos un poco de historia acerca de los fundadores y propagadores de las diversas religiones.

Pero soy agnóstico si se discute, de manera general y sin relación con ninguna religión concreta, acerca de la existencia o no de Dios o los dioses. Aunque considero muy improbable la existencia de algún ente divino, no  puedo negarlo de forma categórica, como no puedo negar de forma categórica ninguna otra cosa, como que yo soy un caballo en vez de un hombre o que la luna esconde en su interior un gran queso parmesano.

Alguien dirá que soy dogmático en mi ateísmo y que también podría ser agnóstico en lo que se refiere a los dioses y religiones concretas, porque no hay nada que se pueda demostrar de forma indiscutible. Cierto, pero no creo que nadie de los que me reprochen eso pueda demostrar que no existan los dragones voladores que echan fuego por la boca, o Frankenstein o el oso Yogui. A pesar de que no pueden demostrar la no existencia de esas criaturas, eso no impide que afirmen con una gran seguridad (que no les reprocho) que esos seres no existen (excepto en los libros o los dibujos animados). Lo mismo pienso yo de esas otras creaciones de ficción que son los dioses. Así que se podría decir que respecto a las religiones existentes soy “poliateísta“.

En cuanto a lo de que escribo en revistas católicas, Juanjo se refiere a El Ciervo, una revista de católicos progresistas en la que he publicado algún texto, como aquel en el que contaba cómo veía mi muerte:

Cómo veo mi muerte

En la adolescencia decidí que iba a vivir 139 años. No se trataba de una cifra casual: quería conocer tres siglos, el XX, el XXI y el XXII. Si voy  a vivir 139 años, todavía me queda mucho tiempo antes de que la muerte empiece a preocuparme. Descartes también quería vivir mucho tiempo, aunque se conformaba con cien años. Pero la reina Cristina de Suecia le convenció para que le diera clases de filosofía, y Descartes murió de frío en aquel lejano reino a los cincuenta años. Sin embargo, antes del viaje a Suecia, Descartes le confesó a un amigo que ya había encontrado el remedio contra el temor a la muerte: “Ahora me da igual morirme”.

Lo mismo me sucede a mí: ya no me preocupa la muerte. Sigo deseando  alcanzar los 139 años, e incluso la vida eterna, pero ya no me inquieta morir en cualquier momento. Lo que me preocupa no es la muerte, sino disfrutar de la vida: no discutir, no deprimirme por nimiedades, amar y respetar a los demás, descubrir cosas nuevas, recibir también un poco de amor y, en definitiva, ser feliz, cosa que consigo muy fácilmente. Algo me hace sospechar que vivir así me hará más fácil morir. Por otra parte, deseo morir lentamente, porque soy una persona muy curiosa y me gustaría experimentar también esa situación, y no que me sobrevenga sin enterarme.

En mi página Mortal, dedicada, precisamente, a la mortalidad, puedes encontrar más información.

 


Este es un fragmento de la charla en la que Juanjo de la Iglesia presentó Recuerdos de la era analógica en El Caldito. La primera versión de esta entrada fue publicada el 22 de mayo de 2010. La revisé en 2011 y en 2014.


A continuación, puedes ver entradas dedicadas a Recuerdos de la era analógica encontradas en la Arqueo Red (que nosotros llamamos Internet)

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Cómo veo mi muerte

En la revista El Ciervo, me pidieron que escribiera un breve comentario acerca de cómo veo mi muerte. Se publicó en abril de 2007. Mi padre también escribió cómo veía él su muerte, pero no he podido encontrar su artículo.

“En la adolescencia decidí que iba a vivir 139 años. No se trataba de una cifra casual: quería conocer tres siglos, el XX, el XXI y el XXII. Si voy  a vivir 139 años, todavía me queda mucho tiempo antes de que la muerte empiece a preocuparme. Descartes también quería vivir mucho tiempo, aunque se conformaba con cien años. Pero la reina Cristina de Suecia le convenció para que le diera clases de filosofía, y Descartes murió de frío en aquel lejano reino a los cincuenta años. Sin embargo, antes del viaje a Suecia, Descartes le confesó a un amigo que ya había encontrado el remedio contra el temor a la muerte: “Ahora me da igual morirme”.

Lo mismo me sucede a mí: ya no me preocupa la muerte. Sigo deseando  alcanzar los 139 años, e incluso la vida eterna, pero ya no me inquieta morir en cualquier momento. Lo que me preocupa no es la muerte, sino disfrutar de la vida: no discutir, no deprimirme por nimiedades, amar y respetar a los demás, descubrir cosas nuevas, recibir también un poco de amor y, en definitiva, ser feliz, cosa que consigo muy fácilmente. Algo me hace sospechar que vivir así me hará más fácil morir. Por otra parte, deseo morir lentamente, porque soy una persona muy curiosa y me gustaría experimentar también esa situación, y no que me sobrevenga sin enterarme”.

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PÁGINAS MORTALES

Los cementerios también mueren

Al ver las tumbas de la parte vieja del cementerio Colón de La Habana, pensé que también los cementerios mueren, como mueren las personas enterradas en ellos y como mueren los edificios, que aquí en Cuba convierten algunos barrios en cementerios … Sigue leyendo

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Visitas al cementerio

Estoy a las puertas del cementerio Colón de La Habana. Pasan hombres y mujeres con flores. Una anciana y una joven salen. La anciana camina cabizbaja con dificultad, ayudada por la muchacha, que se limpia las lágrimas. La anciana es … Sigue leyendo

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Liliana en La Recoleta

En el cementerio bonaerense de La Recoleta los visitantes buscan la tumba de Evita Perón, que no se encuentra fácilmente. Pero hay otras tumbas muy hermosas en este cementerio que se extiende en calles bien ordenadas, como una ciudad de … Sigue leyendo

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La inmortalidad y los libros

Durante la presentación de Recuerdos de la era analógica, Juanjo de la Iglesia y yo nos referimos a un cuento que se incluye en el libro, “El último siglo mortal”. Eso nos llevó a recordar una conversación que Juanjo y … Sigue leyendo

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Cómo veo mi muerte

En la revista El Ciervo, me pidieron que escribiera un breve comentario acerca de cómo veo mi muerte. Se publicó en abril de 2007. Mi padre también escribió cómo veía él su muerte, pero no he podido encontrar su artículo. … Sigue leyendo

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Craven y Liliana

Una visita de Craven en 2006 a la tumba de Liliana, en el cementerio de La Recoleta de Buenos Aires. Comic Cuadernos de viaje (Argentina)

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Mortal

 Bienvenido, lector, que todavía habitas en el mundo de los vivos. Todo lo que contiene esta web es, como nosotros, mortal. ************** Desciende por esta página como por una tumba para conocer todas las entradas mortales alojadas en esta necrópolis … Sigue leyendo

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LA GALERÍA MORTAL

La muerte de Demócrito de Abdera

"Se cuenta que Demócrito de Abdera, debido a su vejez, había decidido quitarse la vida y para lograrlo disminuía día a día la cantidad

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La muerte de Séneca

"Séneca, porque siendo ya muy viejo y teniendo el cuerpo muy enflaquecido con la larga abstinencia despedía muy lentamente la sangre, se

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La muerte de Francisco de Quevedo

Ya muy enfermo, Quevedo preguntó al médico que le dijera cuánto tiempo le quedaba por vivir; el médico le dijo que tres días, a lo qu

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La muerte de Denis Diderot

Poco antes de la muerte de Diderot, se le llevó a un lecho más cómodo. Dijo: "Os molestáis por un mueble que no durará ni cuatro días"

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La danza de la muerte

La primera danza de los muertos o danza macabra o macabea que se conoce tal vez sea el Respit de la Mort escrito por Jean Le Fèvre en 1

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LA DISCOTECA MORTAL

Vecchio frak, de Domenico Modugno

Domenico Modugno es, quizá junto a Mina, el mayor artista de la canción italiana, que ya es mucho decir porque la lista de competidores es

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El señor de las sombras

Hace un tiempo escribí en respuesta a la opinión de mi amiga Nuria acerca de una entrada dedicada a dos grandes compositores mexicanos:

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Canción para mi muerte, de Sui Generis

Empezamos en esta Discoteca Mortal con una canción de Sui generis, el grupo formado por Nito Mestre y Charly García. En su primer disco,

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Albergo a ore y Les amants d’un jour

Bienvenidos de nuevo a la discoteca mortal. En primer lugar, vamos a escuchar una versión poco conocida, pero que me gusta mucho, de esa ca

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Une petite cantate, de Barbara

El primer disco que grabó Barbara se llamaba "Barbara a L'ecluse". L'Ecluse era el pequeño club donde cantaba desde 1958. En 1961 empez

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Súplica para ser enterrado en la playa de Sète, de Georges Brassens

Tras escribir una canción llamada Testamento, George Brassens, tal vez porque creía que le quedaba poco tiempo de vida debido al deter

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