El nacionalismo cambiante

Cuando los nuestros alcanzan un cierto número, surge el nacionalismo, que puede ser de una ciudad, como lo era en Atenas o Esparta, de una nación o comunidad sin estado, como Cataluña o Flandes; de un reino o una república, como España o Francia; de un Imperio, como China, la Francia napoleónica o la Unión Soviética, Gran Bretaña o Estados Unidos. Cuando descubramos vida extraterrestre, inventaremos en el mismo instante el nacionalismo terrícola y probablemente nos unamos en un superobjetivo: combatir a los alienígenas.

Pero quizá, más que de nacionalismo, sea mejor hablar de reacciones de identificación, la sensación de pertenencia a una comunidad, la creencia en una identidad diferente a la de otros grupos, porque los seres humanos pueden fanatizarse, discriminar y matar con increíble efectividad y crueldad no sólo por su nación, sino también por su religión, su raza, su lengua o su cultura. El siglo XX demostró que también pueden hacerlo por su ideología:

«El siglo XX nos habrá enseñado que ninguna doctrina es por sí misma necesariamente liberadora: todas pueden caer en desviaciones, todas pueden pervertirse, todas tienen las manos manchadas de sangre: el comunismo, el liberalismo, el nacionalismo, todas las grandes religiones y hasta el laicismo. Nadie tiene el monopolio del fanatismo y, a la inversa, nadie tiene tampoco el monopolio de lo humano1».

Sin embargo, las identidades nacionales, religiosas e ideológicas son cambiantes. Como dice Maalouf, hace dos décadas un habitante de Bosnia habría presumido con orgullo de ser yugoslavo, comunista y probablemente ateo; desde hace unos cuantos años prefiere declararse bosnio y musulmán. Sin duda, muchos de ellos habrían sido capaces de matar, entonces o ahora, llevados por ese cambiante sentimiento de pertenencia.


NACIONALISMO E IDENTIDAD

 

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Lo peor de lo malo (el procés catalán)

Que se celebre o no un referéndum en Cataluña es una cuestión que no me interesa demasiado, excepto porque la propuesta del gobierno catalán para celebrar ese referéndum es a todas luces absurda e injusta. Ni la manera de convocarlo ni la participación en esa farsa puede autorizar a nadie a decir que se ha escuchado la voluntad de los catalanes. Pero, excepto por esta cuestión derivada, el asunto del referéndum no me inquieta en exceso. Puedo entender que haya personas que están a favor de celebrar una consulta, un verdadero referéndum, legal y en el que participen en igualdad de condiciones todos los catalanes y con todas las garantías democráticas. No entraré aquí en el asunto de si deben votar solo los catalanes o todos los españoles. Sé que lo justo y racional sería que votasen todos los españoles, pero también sé que no es eso lo que suele suceder en este tipo de procesos.

Tampoco me preocupa demasiado el hecho de que Cataluña pueda ser o no independiente. Me resulta bastante indiferente que en Europa existan cincuenta o cincuenta y un países. El asunto solo me inquieta porque lo mejor del proyecto de la Unión Europea es sin duda la tendencia a disolver las naciones, por lo que crear una nueva parece ir hacia atrás más que hacia adelante. Pero todos sabemos que se han creado muchas naciones en los últimos años, en especial tras la caída de la Unión Soviética y de la antigua Yugoslavia. Sabemos que algunas como Eslovaquia se crearon de manera ilegal pero que ahora tanto Chequia como Eslovaquia han eliminado la breve frontera que las separó y que ambas comparten el espacio común europeo. Pero este asunto tampoco es el que más me preocupa, excepto por ciertas consecuencias que parecen inevitables, al menos en los primeros años de ruptura, como la discriminación que puede sufrir una parte importante de catalanes, además de perder sus derechos como españoles y como europeos, que ya es mucho perder. No estoy muy seguro de si las instituciones europeas podrán defender los derechos de esa parte de catalanes que ni siquiera son minoría (me refiero a los castellanohablantes) con más eficacia de lo que se ha hecho hasta ahora por parte de las instituciones españolas o catalanas (es decir, con casi nula eficacia). Tengo mis dudas.

Aparte de estas cuestiones, sin duda graves e inquietantes, está el hecho de que  creo que Cataluña perdería mucho más, en especial en el terreno cultural y de la vida social, sin el resto de España de lo que perdería España al quedarse sin Cataluña. A eso habría que añadir que lo más probable es que Cataluña  se convertiría en una de las naciones más antipáticas y ariscas de Europa, algo que en este momento ya casi parece haber conseguido, al añadir a su desprecio a los andaluces, castellanos y extremeños y su aversión a los madrileños, el reciente odio indiscriminado a los turistas. A ello se añade,  la crispación entre las dos mitades enfrentadas de catalanes alrededor de una idea tan tonta. Pero, insisto, todos estos efectos colaterales son muy desagradables, pero no son lo que realmente me inquieta.

  Existe algo bastante más peligroso en todo esto, como ya he insinuado antes, aunque tampoco es lo que más me inquieta: el quebrantamiento de la legalidad en un país democrático. Eso sí que es grave, porque la construcción de la Europa unida, solidaria y pacífica ha resultado extremadamente difícil y se ha basado en la asunción de ciertos principios básicos: el respeto de los derechos humanos, la tolerancia hacia las minorías y los divergentes y la aplicación de las reglas propias de una democracia y un estado de derecho. Es obvio que el presidente de la Generalitat Carles Puigdemont y sus socios han quebrantado de manera brutal todos estos principios y han emparejado a Cataluña con países como Polonia y Hungría, pero han ido incluso más lejos y han creado un precedente muy peligroso, que los líderes catalanes deberían tener en cuenta, sobreponiéndose a su narcisismo. Legitimar la arbitrariedad y la desobediencia a las leyes constitucionales en una Unión Europea de 28 naciones llenas de populistas, nacionalistas, fascistas y antisistema de diversos pelajes, es jugar con un asunto demasiado peligroso.

Otro aspecto que me preocupa bastante, pero que sigue sin ser el más inquietante de todos los implicados en el procés, es el observar que el proyecto independentista no solo es ilegal y no solo pone en peligro las normas democráticas aceptadas en Europa, sino que está conducido por un grupo de políticos que están claramente implicados en una corrupción que va más allá de la financiación a un partido, como puede ser el caso del Partido Popular. Se trata más bien de una red que quizá no sería  exagerado calificar de mafiosa en el pleno sentido, que ha controlado y controla todos los aspectos de la vida social catalana y que ejerce una presión y control sobre los ciudadanos disidentes que no es propia de un país democrático. Esto es realmente grave, es cierto, y es obvio que detrás de este movimiento nacional tan efervescente está el deseo de escapar a la justicia, no por las ilegalidades del proceso, sino por la corrupción de décadas, todo ello apoyado por un partido que se denomina antisistema y que parece encantado de ayudar a esta gente a huir de la justicia. Pero tengo que admitir que tampoco es mi máxima preocupación, no es lo que más me entristece de todo este absurdo proceso, procés o prusés, como lo denomina Ramón de España en sus divertidas crónicas desde el manicomio catalán.

Lo que más me inquieta y me entristece es el hecho mismo de que exista este fenómeno. La constatación de que una parte importante de la sociedad catalana se sienta atraída por una idea tan rancia y reaccionaria como el nacionalismo. Me entristece ver que ciudadanos de un lugar privilegiado de Europa, por su desarrollo social y cultural, desfilen entusiasmados detrás de banderas nacionales, que griten, canten, se emocionen, lloren, que pierdan tantas buenas energías en pro de una idea tan estúpida como el nacionalismo. Hace mucho tiempo, yo veía a los catalanes como gentes que estaban más allá de estas simplezas, como el lugar más cosmopolita de España, el que estaba por delante del resto de los territorios españoles. Gentes que disfrutarían con “La mala reputación” de Georges Brassens, con aquello de “El día 14 de julio, me quedo durmiendo en la cama”. Pero los últimos años, las últimas décadas, han ido disolviendo aquella imagen de Cataluña y me han ofrecido la certeza de que hay pocos lugares, no ya en España sino en Europa, en los que haya más patrioterismo barato, nacionalismo entusiasta y emociones desbordadas por trapos de colores que en Cataluña. Eso es lo que más me preocupa, porque las otras cuestiones quizá tienen remedio, pero esta no es tan fácil de solucionar y, suceda lo que suceda, es muy probable que una parte importante de la población catalana siga atascada en el nacionalismo bastantes años más y que, además, contagie, como ya está haciendo, a otras comunidades hasta ahora casi inmunes a ese virus. Imaginar que Cataluña seguirá enfangada en los próximos años, gane quien gane, en una emoción tan indigna como el nacionalismo es lo que de verdad me desalienta.


Todas las viñetas de El Roto, publicadas en El País: El Roto.


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La identidad nacional

«Lark, Alondra, Pastecca, Vania, etc.: me gusta ser tantos con tal de no ser yo.»

Iván Tubau

Ahora que el estado nación se empezaba a disolver en Europa en algo mucho más grande que acoge a todos estos países; ahora que empezaba a surgir un sentimiento de identidad más amplio, asociado a ser europeo, y no español o francés o italiano, descubrimos de nuevo una multiplicación de la identidad, y vuelven a surgir nacionalismos y tradicionalismos más pequeños. Se convierte en una obsesión el construir naciones dentro de las naciones, identidades que se multiplican como en una pesadilla de espejos. Nos vemos de nuevo en un mundo de identidades multiplicadas en el que el dilema no consiste en preguntarse si uno es español o europeo, sino si es español o catalán. Y dentro de Cataluña empieza a surgir también la percepción de sí se es o no se es barcelonés o provincial, es decir de la capital cosmopolita o de las provincias del norte, reaccionarias  y nacionalistas.


NACIONALISMO E IDENTIDAD

 

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El legado de Europa

Hace poco (escribo esto en 2004) se ha publicado un libro de Stefan Zweig llamado El legado de Europa. Se trata de una colección de artículos que escribió en los últimos años de su vida, algunos poco  tiempo antes de suicidarse. Uno de los textos más emocionantes es el que dedica a su viejo amigo Montaigne, a quien ya dedicó una deliciosa biografía.

Zweig recuerda en estos textos últimos la Europa en la que creció, la del Imperio Austrohúngaro. Y lo curioso es que, aunque a primera vista pueda parecer sorprendente, la recuerda con nostalgia.

Porque lo cierto es que el imperio del viejo emperador Francisco José era un paraíso comparado con lo que vino después: el comunismo, el fascismo, el franquismo y el nazismo (por orden de aparición). Pero entonces, cuando Stefan Zweig era joven, se consideraba que aquél mundo austrohúngaro era un vestigio del pasado, una decadencia blanda del esplendor perdido, que debía ser sustituida por las nuevas ideas. Y en efecto, aquel mundo decadente fue sustituido por algo nuevo. Por el infierno.

Eso es lo que sostenía también un coetáneo de Zweig, Joseph Roth, en los artículos escritos desde el exilio, un exilio casi coincidente en el tiempo y las circunstancias con el de Zweig. Los artículos  a los que me refiero se reúnen en español en otro libro de la editorial Acantilado, La filial del infierno en la Tierra. 

Roth también era  austrohúngaro, monárquico declarado (Zweig era más bien socialista y republicano), no porque creyera en el derecho divino de los reyes, sino porque pensaba que la figura de un rey era lo más conveniente para mantener unida una sociedad tan diversa como la austrohúngara. Esa sucursal del infierno en la tierra a la que se refiere el libro era el régimen nazi, que acabó, aunque a distancia, con las vidas de Roth y de Zweig. Roth murió en París, borracho y destrozado, mientras que Zweig se suicidó en Brasilia junto a su esposa, cuando Europa entera era ya una sucursal del infierno y no parecía quedar ninguna esperanza de regresar a aquella dulce decadencia del Imperio Austrohúngaro.

Roth detectó el mal mucho antes que otros y en todas sus formas, a pesar de que, en su momento, se ganó muchas críticas debido a que ponía en el mismo platillo de la balanza a nazis y a comunistas:

“En igual medida en que estoy contra Hitler, estoy contra Stalin. hay poca diferencia entre el comunismo y el nacionalsocialismo; en el fondo son tan parecidos que se les confunde. Lenin es, por así decirlo, el abuelo; Mussolini el padre y Hitler el hijo de un único y mismo sistema. Este sistema es en el fondo impío”.

Todavía hoy en día muchas personas creen que el fascismo surgió por generación espontánea, sin saber que es hijo directo del comunismo de Lenin. El propio Mussolini dudó si hacerse comunista, tras su paso por el socialismo, mientras que Hitler también admiraba los métodos comunistas, aunque odiase de manera visceral a los comunistas. Stalin, sin embargo, parece que admiraba a Hitler y que nunca entendió porque su aliado rompió el pacto que les permitió repartirse Europa.

Los tres sistemas (comunismo, fascismo y nazismo) defendían el uso de la violencia con fines políticos y la eliminación física del adversario; los tres se hicieron con el poder absoluto dirigidos por una minoría y mediante un golpe o autogolpe de Estado. Aplicaban ideas semejantes a las del Che Guevara, al que tantos todavía admiran, quien dirigió los fusilamientos de la Cabaña y que decía: “Las reglas del juego son una tontería: lo que importa es la voluntad y la fuerza”. Casi las mismas palabras que repetía una y otra vez Mussolini en sus discursos y que también repetiría Mao Zedong: “El poder nace de la punta del fusil”.

Traigo aquí estos temas porque El legado de Europa, de Zweig, y La filial del Infierno en la tierra, de Roth, fueron una señal de alerta que nadie escuchó en su momento y porque creo que nadie parece darse cuenta de que la Europa actual, la llamada Europa de los 25 y algunos países más (por ejemplo Japón), es lo mejor que le ha sucedido a Europa y al mundo a lo largo de toda la historia, aunque casi nadie parece sentirse contento de ello. Un mundo donde no hay pena de muerte, donde hombres y mujeres son iguales o van camino de serlo (y ya lo son desde el punto de vista legal), donde se respetan cada vez más los derechos de los animales, donde cada uno puede hablar en la lengua que uno quiera hablar, donde existe la seguridad social para todos los ciudadanos, donde los homosexuales no tienen que esconderse y donde pronto tendrán los mismos derechos que los heterosexuales. Un lugar en el que no hay guerra desde hace 50 años, que era algo que era impensable incluso en la época del decadente imperio austrohúngaro (no olvidemos que la reciente guerra de Yugoslavia tuvo lugar en lo que había sido una dictadura comunista).

Por mi parte, no consigo entender por qué la gente está desencantada. La mayoría de las personas habla como si esto fuera el infierno, como si solo tuviésemos delante una Europa corrupta y podrida, sin advertir lo que se ha conseguido en las últimas décadas y que, espero, no volvamos a perder, siguiendo a quienes quieren abrir, de nuevo, una verdadera sucursal del infierno en la tierra.


EPÍLOGO EN 2016
Ahora que la sucursal  parece un poco más cercana, doce años después de que escribiera este artículo, se da la paradoja de que muchos de aquellos que ya entonces estaban desencantados, hablan de esa época, la anterior a la crisis económica y política de la Unión Europea, como de un gran momento perdido, olvidando que entonces sólo mostraron desprecio. Y siguen socavando el cada vez más tambaleante proyecto europeo, intentando derribarlo de una vez por todas, unidos a las fuerzas más reaccionarias, a los fascistas y a los diversos movimientos nacionalistas, en una repetición casi perfecta de lo que sucedió en aquella Europa de entreguerras que conocieron Zweig y Roth.

NUEVO EPÍLOGO EN 2016

Apenas hace dos días que Gran Bretaña ha decidido abandonar la Unión Europea. Todo se parece cada vez más a lo que contaba Zweig hace un siglo. Los populismos y los nacionalismos han regresado y quizá vuelvan a echar abajo de nuevo uno de los mejores proyectos europeos y mundiales, con todos sus defectos, defectos que son inevitables cuando 28 o 27 países tienen que ponerse de acuerdo y mantener contentos a sus ciudadanos egoístas y a sus demagogos; un proyecto que nos ha dado quizá las mejores cosas que se han conocido en la historia del mundo y que quizá dentro de un tiempo acabemos recordando con nostalgia. Pero ahora la consigna es destruir por destruir.

DE NUEVO EN 2019

Como era previsible, y como sucedió en la Europa de los totalitarismos, tras los populistas de izquierdas, que han socavado toda confianza en las instituciones y en la legalidad, ahora llegan los populistas y fascistas de derechas. Algunos empiezan a darse cuenta de que la política de bandos enfrentados y la descalificación salvaje del adversario solo favorece el crecimiento de los más radicales. Esperemos que no sea tarde.


Publicado por primera vez el 7 de julio de 2004, en Diario secreto


CUADERNO DE AUSTROHUNGRÍA

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Nostalgias catalanas

Aunque parezca difícil creerlo hoy en día, lo que más echo de menos de la Barcelona y de la Cataluña de mi niñez y adolescencia es que era el lugar menos nacionalista de España.

De niño en casa de mi abuela Felisa, en Santa Coloma de Gramanet, cerca de Barcelona, con un gato tuerto

No recuerdo haber sido nunca nacionalista, ni siquiera en los años de ignorancia juvenil en los que somos capaces de adoptar cualquier ideología que prometa luchar contra lo establecido, contra el sistema, contra “los de arriba” o contra algo. Pero el nacionalismo, eso lo entendí muy precozmente, es sin duda la peor de las ideologías, si dejamos de lado las directamente criminales como el nazismo, el estalinismo, el maoísmo, el fascismo o el franquismo, muchas de ellas también, por cierto, de esencia nacionalista.

Ahora bien, aunque muchas ideologías han causado tremendos males a la sociedad, han arruinado países o han exterminado a poblaciones enteras, si nos situamos en un plano simplemente teórico, algunas de esas ideologías aseguran luchar por un mundo mejor, más justo, más equilibrado, más próspero o más libre. El nacionalismo, sin embargo, es ya desde el plano teórico, detestable, porque se basa en la simple idea de que quienes han nacido en un lugar son mejores que quienes no han nacido en él o que quienes se expresan en una lengua son mejores que quienes se expresan en otra lengua. El nacionalismo es la mezquindad del sentimiento grupal primitivo elevado a la categoría de pensamiento político. Es pura emoción y deseo de pertenencia en el peor sentido de la expresión, en el más insolidario y excluyente, y por eso es casi imposible razonar con un nacionalista, puesto que su única obsesión en la vida es que se reconozca su diferencia grupal, es decir, su superioridad, puesto que nadie se ha echado nunca a la calle para reivindicar que es diferente… e inferior.

Con mi hermana Natalia en Castelldefels

Con mi padre en una playa catalana

Pues bien, como nunca he sido nacionalista, en mi infancia y adolescencia me sentía muy a gusto en Cataluña, en aquella Barcelona en la que el nacionalismo parecía no existir. Por aquellos años no sucedía lo mismo en otros lugares de España, porque todavía quedaban  nacionalistas españoles nostálgicos de Franco, que proclamaban las supuestas grandezas del alma hispana, grandezas que, por supuesto, a mí me dejaban por completo indiferente o que me provocaban un rechazo absoluto. Pero cuando llegaba a Cataluña me encontraba entre personas que eran muy poco o nada simpatizantes del nacionalismo español y que, al mismo tiempo, tampoco estaban obsesionadas con el nacionalismo catalán, que entonces era todavía minoritario y que, en todo caso, se asociaba a un sentimiento de libertad, de poder usar la lengua catalana sin ningún temor. Barcelona, pero también Cadaqués, Calella y otros lugares en los que entonces solía pasar días, meses o incluso años, eran algo así como el paraíso ideal del no nacionalista. Un lugar moderno, cosmopolita, en el que se podía presumir de ser lo mismo que los griegos de la antigüedad a los que yo admiraba, como Epicuro y Demócrito: ciudadano del mundo.

En la adolescencia, creo que en una casa de Barcelona por la calle Aragón.

En Cataluña no solo se sentía entonces esa modernidad y ese cosmopolitismo, sino que también se podía disfrutar de un mundo mestizo y mezclado, en el que el gran Gato Pérez, desembarcado desde Argentina, cantaba rumba catalana en castellano o en catalán, en donde la Orquesta Platería mezclaba ritmos latinos y cantaba Pedro Navaja o Ligia Elena, pero también L’home dibuixat. Donde Joan Manuel Serrat cantaba en catalán o castellano según el disco que tocara, o donde Jaume Sisa nos daba la bienvenida con su Qualsevol nit por sortir el sol en una Barcelona que era la capital cultural del idioma español en el mundo, desde donde se creó y difundió el llamado boom latinoamericano, y donde todos nos expresábamos con toda naturalidad en catalán o castellano sin mirar mal a nadie.

Mi padre, Iván, mi bisabuela, Bellmunta, mi madre (Victoria) y mi hermana (Natalia), creo que en Barcelona, pero no podría asegurarlo

Después, los años fueron pasando y los nacionalistas empezaron a colocarse y a colocar a los suyos en todos los estamentos, en las escuelas, en las universidades, en los medios de comunicación públicos, de una manera metódica y planificada, como denunció Josep Tarradellas, president de la Generalitat (el gobierno autónomo catalán) en una entrevista con mi padre, ya en 1982. Tarradellas, que se declaraba socialista, se dio cuenta, quizá antes que nadie, de que allí se estaba estableciendo lo que llamó “una dictadura blanca”, el control de todos los resortes de la comunidad, en especial todo lo relacionado con la enseñanza, el funcionariado y los medios de comunicación públicos.

A partir de los sucesivos gobiernos nacionalistas, año tras año, aquel lugar cosmopolita se fue cerrando cada vez más, ejerciendo una presión, que en ocasiones ha sido insoportable, sobre todos los que no compartieran el ideario nacionalista. Mucho de eso no se notaba en las calles si tan solo se pretendía pasar allí unos días, pero sí se hacía evidente para quienes quisieran establecerse allí y no seguir las consignas e imposiciones nacionalistas. El resultado de todo aquello es que ya desde hace muchos años la sensación de entrar en la modernidad, en el cosmopolitismo y en una ciudad acogedora donde nadie se siente propietario de las calles ya no lo siento en Barcelona, sino en Madrid. “Las calles son nuestras” gritan ahora los ultranacionalistas catalanes de la CUP y ERC, emulando al ministro franquista Fraga, que decía: “La calle es mía”.

En Barcelona, cerca del Parc de la Ciutadella

Cataluña se ha ido convirtiendo en las últimas décadas en algo muy parecido a un cortijo privado controlado por los partidos nacionalistas, con un elaborado sistema de corrupción montado desde los organismos de la Generalitat, que exigían un pago en obediencia patriótica catalanista para no ser borrado del mapa institucional, para poder recibir ayudas o apoyo institucional, para no ser declarado “enemigo del pueblo” o mal ciudadano (“mal catalán”). Incluso se exigió, a la manera de una organización mafiosa, el pago de un impuesto nacionalista, el famoso 3 por ciento, que ahora se está intentando juzgar, pero que ya denunció el alcalde socialista de Barcelona Pascual Maragall en los años 90. Maragall fue obligado a callarse casi de inmediato, se supone que por la amenaza de alterar la paz social si seguía moviendo el asunto, pero también por la complicidad de los partidos de ámbito nacional español, que necesitaban contar puntualmente con los votos de los nacionalistas catalanes y vascos, por lo que aceptaban que cada cual gobernara en su cortijo nacionalista sin interferencias.

Entrevista a Josep Tarradellas por Iván Tubau en Diario 16, en 1982. Tarradellas, primer presidente de la Generalitat tras la muerte de Franco, declaró cuando la derecha nacionalista de Jordi Pujol comenzaba su largo gobierno (1980-2003) en Cataluña: “”La política sectaria que hoy se hace, discriminatoria como es evidente, ha hecho que se separen la comunidad catalana y la no catalana”.

El periódico franquista El Alcázar se hace eco en 1968 de la noticia de que Joan Manuel Serrat no iría a Eurovisión por exigir cantar en catalán el “La, la, la”. Ahora los nacionalistas catalanes se atreven a calificar a Serrat de franquista por no estar con ellos.

La consecuencia de todas estas acciones e inacciones fue que se instalara entre gran parte de la ciudadanía la aceptación de la absoluta impunidad para los nacionalismos, con la complicidad de cierta izquierda que llegó a adoptar el disparate intelectual de defender que el pensamiento más reaccionario que existe, es decir, el pensamiento nacionalista, tenía algo que ver con la libertad o con la igualdad, cuando lo que defiende cualquier nacionalista es precisamente lo contrario. De una manera no sé si decir asombrosa o grotesca, a menudo he visto habitar en un mismo cuerpo y en una misma mente a un socialista, o incluso a un comunista, con un nacionalista. Una conjunción sin duda más inexplicable que la del Dios uno y trino. Como ya he dicho, la ideología nacionalista, al contrario que otros pensamientos políticos más elaborados, no tiene más sustancia que la obsesión por la identidad comunitaria y la insistencia en la diferencia con “los otros”, aunque se disfrace de todo tipo de excusas, como la lucha contra la opresión (inexistente, pues Cataluña tiene más autonomía que casi ninguna otra comunidad no estatal en todo el mundo), contra la corrupción del estado español (idéntica o menor que la de la comunidad autónoma catalana, como ya he explicado), o la insistencia monocorde en que los de fuera no son capaces de entender el sentimiento nacionalista, como si hubiera que hacer un master en Harvard para entender un mecanismo emocional tan simple y una ideología tan mezquina y peligrosa, que, por cierto, ha sido ya estudiada, descifrada y perfectamente comprendida no solo en Harvard, sino en cualquier universidad del mundo y en literalmente miles de libros, a causa de los desastres que provocó en el siglo XX.

Con mi hijo Bruno y su prima Lea en Calella

En los últimos años, y en especial en los últimos meses, los nacionalistas catalanes han tensado la situación hasta el extremo, enfrentando a unos catalanes con otros y proclamando la independencia de Cataluña de manera unilateral, saltándose incluso sus propias leyes. Su única intención, al convocar un referéndum ilegal en el que ni ellos mismos creían, consistía en provocar al estado, hacer que reaccionara de manera violenta para situarse en un escenario de represión que encendiera aún más los ánimos independentistas y atrajera la atención internacional. Lo consiguieron en parte, por la torpeza de las fuerzas de seguridad, que emplearon en ocasiones una agresividad injustificada, convenientemente exagerada gracias a eso que se ha llamado posverdad, las falsas noticias propagadas a través de las redes sociales. Esas acciones violentas fueron exageradas hasta la caricatura, resucitando el fantasma del franquismo, olvidándose de que la policía local de la propia Generalitat reprimió en su momento con la máxima dureza las manifestaciones de indignados del 15 M y nadie consideró que eso fuera franquista, a pesar de que en ningún otro lugar de España se había actuado con tanta violencia. Pero al nacionalismo catalán le conviene resucitar los fantasmas de un pasado y retratar  a España como un estado policial y antidemocrático, algo que carece por completo de sentido.

Con mi hermana Natalia cerca del puerto de Barcelona

Por un momento pareció, tras la declaración unilateral de independencia, que estábamos al borde del abismo, pero, de manera sin duda paradójica e inesperada, los excesos de los nacionalistas catalanes parecen haber despertado a muchos ciudadanos que todos estos años han permanecido en silencio, con miedo a hacerse notar, a ser señalados por el poderoso aparato de presión social nacionalista. Parece que ahora hay menos miedo, pero es difícil que la situación cambie de manera radical, porque el discurso simplificador  del nacionalismo, que consiste fundamentalmente en echar la culpa de  todos los males al enemigo exterior, en el más puro estilo franquista del enemigo judeo-masónico-comunista, sigue funcionando en el siglo XXI, como funcionó en el espantosamente nacionalista siglo XX. Sin embargo, la situación quizá podría mejorar si los partidos nacionalistas catalanes no lograsen la mayoría en las próximas elecciones.

Cuando le comenté a mi amiga Teresa Filesi, italiana de nacimiento, colombiana de infancia y española de adopción, que iba a escribir estas nostalgias catalanas, me dijo que eso era exactamente lo que ella sentía, esa misma nostalgia de los años en que, cuando llegó a España hace ya décadas, viajaba a Barcelona y tenía una sensación de libertad y cosmopolitismo que ahora parece definitivamente perdida y sumergida en un localismo asfixiante y un nacionalismo egoísta. Teresa me autorizaba y me animaba a decirlo aquí. Y aquí queda dicho.


Rumba dels 60, de Gato Pérez, por esa Barcelona y Cataluña cosmopolita

RUMBA DELS 60

Un matí de primavera del que aviat farà trenta anys,
arribava a la ciutat per la porta que té el mar,
en un barco transatlàntic des d’un continent austral,
un xicot viatger que duia una gran curiositat.
Els amics en la distància havia hagut ell de deixar,
tot un món intens de festa que solia freqüentar.
La seva ciutat coneixia pam a pam,
i aprenia del carrer les qüestions fonamentals.
Un ambient cosmopolita i una gran activitat
va sorprendre gratament aquell noi en arribar.
Tants anys captiva no havien pogut canviar
l’enèrgica ciutat que començava a despertar.
Emigrants i forasters inundaven els carrers
amb un còctel demencial de turistes amb obrers.
Obert i càlid el cor dels seus habitants,
es nodria des de sempre de tradicions ben diferents.
Poc a poc va descobrir els seus racons més amagats
en extenses “caminates” a les hores escolars.
Un itinerari ric de xerrades i de bars,
des del Tibidabo al mar, i del Besòs al Llobregat.Hi ha gitanos i jueus, i valencians i portuguesos,
andalusos i algerins, i mallorquins i aragonesos.
I les Rambles que estan plenes de fecunda humanitat,
oasi de tolerància impossible d’amagar.
Una mañana de primavera de hace ya 30 años
llegaba a la ciudad por la puerta que tiene el mar,
en un barco trasatlántico desde un continente austral,
un chiquillo viajero que traía una gran curiosidad.
Había tenido que dejar a sus amigos en la distancia
y todo un mundo intenso de fiesta que solía frecuentar
Conocía su ciudad palmo a palmo
y aprendía en las calles las cuestiones fundamentales.
Un ambiente cosmopolita y una gran actividad
sorprendió gratamente a aquel chaval al llegar.
Tantos años cautiva no habían podido cambiar
a la enérgica ciudad que comenzaba a despertar.
Emigrantes y forasteros inundaban las calles
con un coctel demencial de turistas con obreros
Abierto y cálido el corazón de sus habitantes
se nutría desde siempre de tradiciones muy diferentesPoco a poco descubrió los rincones más escondidos
en extensas caminatas a las horas escolares
un itinerario rico de charlas y de bares
desde el Tibidabo al mar y del Bessòs al Llobregat.Hay gitanos y judíos, valencianos y portugueses,
andaluces y argelinos, mallorquines y aragoneses.
Y las Ramblas que están llenas de fecunda humanidad,
oasis de tolerancia imposible de ocultar.


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Tampoco me preocupa demasiado el hecho de que Cataluña pueda ser o no independiente. Me resulta bastante indiferente que en Europa existan cincuenta o cincuenta y un países. El asunto solo me inquieta porque lo mejor del proyecto de la Unión Europea es sin duda la tendencia a disolver las naciones, por lo que crear una nueva parece ir hacia atrás más que hacia adelante. Pero todos sabemos que se han creado muchas naciones en los últimos años, en especial tras la caída de la Unión Soviética y de la antigua Yugoslavia. Sabemos que algunas como Eslovaquia se crearon de manera ilegal pero que ahora tanto Chequia como Eslovaquia han eliminado la breve frontera que las separó y que ambas comparten el espacio común europeo. Pero este asunto tampoco es el que más me preocupa, excepto por ciertas consecuencias que parecen inevitables, al menos en los primeros años de ruptura, como la discriminación que puede sufrir una parte importante de catalanes, además de perder sus derechos como españoles y como europeos, que ya es mucho perder. No estoy muy seguro de si las instituciones europeas podrán defender los derechos de esa parte de catalanes que ni siquiera son minoría (me refiero a los castellanohablantes) con más eficacia de lo que se ha hecho hasta ahora por parte de las instituciones españolas o catalanas (es decir, con casi nula eficacia). Tengo mis dudas.

Aparte de estas cuestiones, sin duda graves e inquietantes, está el hecho de que  creo que Cataluña perdería mucho más, en especial en el terreno cultural y de la vida social, sin el resto de España de lo que perdería España al quedarse sin Cataluña. A eso habría que añadir que lo más probable es que Cataluña  se convertiría en una de las naciones más antipáticas y ariscas de Europa, algo que en este momento ya casi parece haber conseguido, al añadir a su desprecio a los andaluces, castellanos y extremeños y su aversión a los madrileños, el reciente odio indiscriminado a los turistas. A ello se añade,  la crispación entre las dos mitades enfrentadas de catalanes alrededor de una idea tan tonta. Pero, insisto, todos estos efectos colaterales son muy desagradables, pero no son lo que realmente me inquieta.

  Existe algo bastante más peligroso en todo esto, como ya he insinuado antes, aunque tampoco es lo que más me inquieta: el quebrantamiento de la legalidad en un país democrático. Eso sí que es grave, porque la construcción de la Europa unida, solidaria y pacífica ha resultado extremadamente difícil y se ha basado en la asunción de ciertos principios básicos: el respeto de los derechos humanos, la tolerancia hacia las minorías y los divergentes y la aplicación de las reglas propias de una democracia y un estado de derecho. Es obvio que el presidente de la Generalitat Carles Puigdemont y sus socios han quebrantado de manera brutal todos estos principios y han emparejado a Cataluña con países como Polonia y Hungría, pero han ido incluso más lejos y han creado un precedente muy peligroso, que los líderes catalanes deberían tener en cuenta, sobreponiéndose a su narcisismo. Legitimar la arbitrariedad y la desobediencia a las leyes constitucionales en una Unión Europea de 28 naciones llenas de populistas, nacionalistas, fascistas y antisistema de diversos pelajes, es jugar con un asunto demasiado peligroso.

Otro aspecto que me preocupa bastante, pero que sigue sin ser el más inquietante de todos los implicados en el procés, es el observar que el proyecto independentista no solo es ilegal y no solo pone en peligro las normas democráticas aceptadas en Europa, sino que está conducido por un grupo de políticos que están claramente implicados en una corrupción que va más allá de la financiación a un partido, como puede ser el caso del Partido Popular. Se trata más bien de una red que quizá no sería  exagerado calificar de mafiosa en el pleno sentido, que ha controlado y controla todos los aspectos de la vida social catalana y que ejerce una presión y control sobre los ciudadanos disidentes que no es propia de un país democrático. Esto es realmente grave, es cierto, y es obvio que detrás de este movimiento nacional tan efervescente está el deseo de escapar a la justicia, no por las ilegalidades del proceso, sino por la corrupción de décadas, todo ello apoyado por un partido que se denomina antisistema y que parece encantado de ayudar a esta gente a huir de la justicia. Pero tengo que admitir que tampoco es mi máxima preocupación, no es lo que más me entristece de todo este absurdo proceso, procés o prusés, como lo denomina Ramón de España en sus divertidas crónicas desde el manicomio catalán.

Lo que más me inquieta y me entristece es el hecho mismo de que exista este fenómeno. La constatación de que una parte importante de la sociedad catalana se sienta atraída por una idea tan rancia y reaccionaria como el nacionalismo. Me entristece ver que ciudadanos de un lugar privilegiado de Europa, por su desarrollo social y cultural, desfilen entusiasmados detrás de banderas nacionales, que griten, canten, se emocionen, lloren, que pierdan tantas buenas energías en pro de una idea tan estúpida como el nacionalismo. Hace mucho tiempo, yo veía a los catalanes como gentes que estaban más allá de estas simplezas, como el lugar más cosmopolita de España, el que estaba por delante del resto de los territorios españoles. Gentes que disfrutarían con “La mala reputación” de Georges Brassens, con aquello de “El día 14 de julio, me quedo durmiendo en la cama”. Pero los últimos años, las últimas décadas, han ido disolviendo aquella imagen de Cataluña y me han ofrecido la certeza de que hay pocos lugares, no ya en España sino en Europa, en los que haya más patrioterismo barato, nacionalismo entusiasta y emociones desbordadas por trapos de colores que en Cataluña. Eso es lo que más me preocupa, porque las otras cuestiones quizá tienen remedio, pero esta no es tan fácil de solucionar y, suceda lo que suceda, es muy probable que una parte importante de la población catalana siga atascada en el nacionalismo bastantes años más y que, además, contagie, como ya está haciendo, a otras comunidades hasta ahora casi inmunes a ese virus. Imaginar que Cataluña seguirá enfangada en los próximos años, gane quien gane, en una emoción tan indigna como el nacionalismo es lo que de verdad me desalienta.


Todas las viñetas de El Roto, publicadas en El País: El Roto.


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Bichos


Francis Bacon señaló, con una lucidez asombrosa, en su Novum Organum que estamos a merced de cuatro tipos de prejuicios o “ídolos”: los de la tribu (idola tribu), los del foro (idola fori), los de la caverna (idola specus) y los del teatro (idola theatri). Estos prejuicios condicionan nuestra manera de pensar y nos impiden examinar con objetividad incluso cosas o problemas que se nos ofrecen claramente a la vista o a la reflexión. Los idola de Bacon, en definitiva, son lo que los psicólogos actuales denominan “sesgos”: condicionantes psicológicos que sesgan nuestra opinión.

En la distinción que solemos hacer acerca de qué es lo que distingue a los animales de los bichos influyen los ídolos del foro, que tienen relación, según Bacon, con el lenguaje y con cómo definimos las cosas, puesto que al decir “animales” pensamos en algo muy diferente de lo que expresa “bichos”, a pesar de que ambas expresiones parecen referirse  a un tipo de seres que comparten casi todas las características fundamentales. Pero también influye los ídolos del teatro, que dependen mucho de las ideas a las que nos sentimos cercanos y en especial de las ideologías.

Veamos qué tiene que ver el lenguaje con nuestro amor a los animales y por los otros seres humanos frente a nuestro desagrado hacia los bichos. En primer lugar, parece que no sentimos lo mismo hacia un perrito o un gatito (nótese el diminutivo cariñoso) que por una cucaracha. Una cosa son los “animales” y otra muy distinta los “bichos”. Por los animales sentimos cariño, mientras que por los bichos sólo experimentamos repulsión y asco. Si esto fuera una conferencia y no un artículo, alguien podría interrumpirme y decir:

“Sí, claro, es que el lenguaje expresa una distinción real: no es lo mismo un gato que una cucaracha”.

De acuerdo, puede ser cierto, aunque sabemos que los jainistas piensan que lo que llamamos bichos también son animalitos: los jainistas se ponen una gasa delante de la boca para no tragar accidentalmente insectos y también caminan con una escoba, barriendo el suelo con suavidad delante suyo para no pisar hormigas, escarabajos o… ¡cucarachas!

Permítanme otro inciso antes de continuar: a nadie le gusta pisar cucarachas. ¿Por qué? Porque suenan. A pesar del desprecio que solemos sentir hacia ellas, eso de escuchar cómo su estructura se deshace bajo nuestro zapato no nos acaba de gustar. Interesante. Volveré a hablar de ello cuando, en otro artículo, me refiera a “los chirridos de la maquinaria”, de los que hablaba René Descartes, y antes que él el español Gómez Pereira.

Pues bien, la diferencia más clara entre animales y bichos es que a los  animales hay que tratarlos más o menos bien, incluso muy bien si se trata de aquellos a los que llamamos “mascotas”, mientras que a los bichos se los puede aplastar. Por eso, cuando queremos matar, liquidar, destruir a un enemigo, lo primero que hacemos es convertirlo en un bicho. ¿Cree el lector que exagero?

Pues no, no exagero. Ese ha sido el método gracias al cual hemos podido liquidar a nuestros enemigos sin remordimientos al menos durante los últimos cinco mil años: al fin y al cabo, descubrimos en textos sumerios, egipcios, chinos de la época zhou, se trataba de bichos, no de seres humanos.

Esto es lo que se llama la “deshumanización del enemigo”, que se práctica todavía en todos los ejércitos del mundo. Los enemigos son bichos, o si se prefiere bultos indeterminados. Es una táctica que han empleado los colonialistas, los imperialistas, los nacionalistas y los nazis, los fascistas, los comunistas y cualquier otro grupo o ideología que ha tenido que enfrentarse al fastidioso problema de eliminar a todos esos seres humanos que no comparten sus ideas. Es difícil matar seres humanos fríamente, pero no lo es matar a bichos repugnantes, a cucarachas, a gusanos, a insectos, a “bestias, hienas o víboras”, como escribió recientemente un presidente de la Generalitat de Cataluña. En ocasiones, la deshumanización del enemigo, del amigo, de los antiguos aliados o de los rivales en la lucha por el poder no recurre a los bichos, sino a entes inferiores, como las malas hierbas. Así lo hizo Mao Zedong cuando, tras la campaña de las Cien Flores, que parecía una amorosa invitación a los disidentes para que manifestaran su opinión y se abrieran “cien flores y compitieran cien escuelas”, decidió liquidarlos como se liquida a algo que ni siquiera es un bicho, y entonces proclamó: “Hay que arrancar las malas hierbas”. Y las malas hierbas fueron arrancadas sin piedad, porque, ¿quién se va a preocupar por unas malas hierbas?


[Una primera versión de esta entrada se publicó el 15 de febrero de 2012 en “La línea de sombra” (Divertinajes). Revisado en 2016 y 2018]


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En cierto modo, se trata de aplicar de una manera lúdica lo que parece ser una exigencia de las actuales tesis doctorales: que toda opinión o argumento haya sido sostenido por cualquier autor, excepto por el que firma la tesis.

Norman O.Brown, El cuerpo del amor

Pero en este juego las reglas son estrictas: hay que saltar de una cita a otra, sin más transición que la que permite unirlas en un discurso coherente. Y la coherencia de este juego se demuestra por el mismo hecho de que el juego mismo ni siquiera es original: ya lo practicó Norman E.Brown en El cuerpo del amor, y, en cierto modo, Marshall McLuhan en El medio es el masaje, donde todo lo que no es cita de autores pasados es cita para autores futuros.

Repito cuáles son las reglas: un collar de citas unido por un delgado hilo argumentativo, cuya única misión es dar coherencia a la sucesión de textos. La citas han de ocupar por lo menos el setenta y cinco por ciento del total. He decidido comenzar con el tema del nacionalismo, consultando, en diversos libros de citas, palabras como PATRIA, PATRIOTISMO, NACIÓN Y NACIONALISMO.

El juego comienza ya .

LA CASA DE CITAS

EL NACIONALISMO

Le jour du quatorze juillet

je reste dans mon lit douillet (1)

( Georges Brassens)

Son pocos quienes opinan que en todo momento un patriota es un loco (2). Aunque algunos piensan que allí donde se está bien, esa es la patria(3), y otros responden cosmopolita cuando se les pregunta de dónde son(4), puesto que toda tierra es accesible para el hombre sabio, dado que la patria del alma buena es todo el universo (5), la mayoría opina que el que no ama a su patria, no puede amar nada (6).

Sin embargo, muchos están de acuerdo en que bueno es saber algo de las costumbres de otros pueblos para juzgar las del propio con mejor acierto (7). Y no creer que todo lo que sea contrario a nuestros modos es ridículo y opuesto a la razón, como suelen hacer los que nada han visto. Pues no es sino algo mezquino y una estupidez acabada aceptar la obligación de vivir en un rincón de tierra marcada con rojo o azul sobre el mapa y detestar por ello todos los rincones que aparecen de color verde o negro (8).

Sin embargo, es perfectamente posible pensar que el nacionalismo es una estupidez y considerar, al mismo tiempo, que la represión de las ansias nacionalistas no sólo es una estupidez mayor, sino también una muestra más de nacionalismo. En efecto, si bien es cierto que el patriotismo es una de las perversiones más estúpidas de la humanidad (10), más lo es la violencia (9).

Lo malo es que ambas perversiones suelen ir juntas, puesto que cualquier medio es lícito para salvar a la patria (11). Y aunque algunos opinan que hay que confiar en hallar que mi patria tiene razón, pero la tenga o esté equivocada, yo la defenderé (12), al fin y al cabo, con la patria se está con razón y sin razón, en todas las ocasiones y en todos los momentos de la vida (13).

Por último, los más originales combinan el nacionalismo con el cosmopolitismo: “Basta con que ponga un pie en suelo extranjero para sentirme conmovido por su destino y para -en cierto modo restringido, se entiende- preferirlo a todos los demás. No hay bandera que, cuando el viento la hincha, la hace estallar, la levanta y la extiende majestuosamente, no me haga estremecer hasta la médula. No existe nación que yo deteste; hay muchas a las que quiero; por todas siento simpatía. Si quiero a mi madre, comprenderé mejor que usted ame a la suya, y proyectaré sobre ella parte de mi amor por la mía, al igual que usted proyectará sobre la mía un poco de su afecto por la suya” (14).

_____

Origen de las citas

1. “El día 14 de julio, me quedo en mi blanda cama”. (El 14 de julio es la fiesta nacional de Francia).

2. Alexander Pope

3. Pacobio”,”Ubi bene, ibi patria”]

4. Diógenes el cínico]

5. Demócrito. También decía Marco Aurelio: “Mi patria y mi ciudad, en cuanto Antonino, es Roma; pero en cuanto hombre es el mundo”.

6. Lord Byron.

7. Descartes.

8. Flaubert.

9. Daniel Tubau, en un artículo publicado en El Independiente.

10. Iván Tubau.

11. Quintiliano.

12. Criltenden.

13. Cánovas.

14. Vladimir Volkoff.

*********

[Publicado en 1994]

La identidad y el mito de los orígenes

En A discourse of Ireland (1599) se dice:

“Es cosa observada en Irlanda y que se ha hecho proverbial, que los colonos ingleses se vuelven irlandeses en la segunda generación pero nunca ingleses”.

Y lo atribuye a que “el mal sobrepuja y corrompe al bien”(128).

Es interesante en relación con el mito de los orígenes y con la tan frecuente deriva que hace que  los conquistadores (o sus descendientes) acaban queriendo ser (o descender) de los conquistados. Se dan muchos ejemplos en Canarias, Cataluña, Euskadi o en América latina.


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Nacionalismo

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Ilustración de Mikhail Zlatkovsky

 

El nacionalismo es una de las maneras más vulgares de intentar diferenciarse de muchos intentando parecerse a algunos.


 

 

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