Lili Boulanger

La ilustre enferma

Quiso un azar malévolo y bromista que, cuando fui a descansar a casa de mi madre, me llevase un libro de Keats y otro de Aloysius Bertrand. Los dos murieron jóvenes y enfermos. Ese mismo azar ha actuado de nuevo ahora de manera menos explicable al dejar que mi vista se detuviese en un disco de Lili Boulanger.

Me interesó primero el título  “Du fond de l’abîme” (Desde el fondo del abismo) y que se tratara de una compositora. Leí después los títulos de los temas: 

Du Fond De L'Abime (Desde el fondo del abismo)
Psaume 24  (Salmo 24)
Psaume 129 (Salmo 129)
Vielle Priere Boudhique (Oración budista antigua)
Pie Jesu (Piadoso Jesús)
Pieces Pour Violon Et Piano (Piezas para violín y piano)
Nocturne (Nocturno)
Cortege (Cortejo)
D'un Matin De Printemps (De una mañana de primavera)

Todo esto me hizo pensar en una música semejante a Poulenc. Decidí comprar el disco, que también era muy barato, 795 pesetas. También había visto la fecha, pero conscientemente al menos, solo me había dado cuenta de que la compositora había vivido entre final del siglo XIX y principios del XX. La sorpresa vino a leer el cuaderno interior.

Junto a una hermosa foto de Lili Boulanger, el texto explicaba que Boulanger había vivido tan solo un año más que Guillaume Leuke (1870 a 1894) con el que también comparte su precocidad musical. Boulanger vivió desde 1893 a 1918: veinticinco años. No se daban mucho detalles, pero parece claro que murió a causa de una enfermedad:

“Elle ressent bientôt les atteintes du mal qui doit l’emporter et, des 1916 a conscience que son temps est désormais compté”.

(“Pronto siente los ataques del mal que se la llevará y, desde 1916, es consciente de que su tiempo se está acabando”.

El director de la grabación, Igor Markevitch, dice que de la obra de Lily Boulanger le sorprende su soledad. Solitaria, dice Jen Roy, lo fue .

“Les dernières années surtout, ù elle connut la double clôture de la maladie et du travail accompli dans l’urgence”

(“Los últimos años en especial, cuando experimentó la doble prisión de la enfermedad y del trabajo realizado con urgencia”.)

El día de la muerte de Lili Boulanger: 15 de marzo 1918.

(1996)


2020: El Salmo 129 es probablemente la pieza que más escuché del disco durante aquellas tardes en la calle Sambara.


[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2020 durante el coronavirus]

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El origen de mis males: los bronquios

«La traquea se divide al entrar en el tórax en dos bronquios, derecho e izquierdo, que conducen el aire hacia y dentro hacia afuera de los pulmones. Luego, las bronquios se dividen y subdividen como las ramas de un árbol, haciéndose cada vez mas finos. Las últimas ramificaciones, de un milímetro aproximadamente de diámetro, se llaman bronquiolos y terminan en los conductos alveolares. los alveolares son dilataciones de las paredes de estos sacos.

La traquea las bronquios mayores se mantienen constantemente abiertos, como el tubo de un aspirador, mediante los anillos cartilaginosos que los rodean. Los bronquios menores y los bronquiolos son musculares y su calibre es variable.

La inspiración se efectúa mediante la contracción de los músculos intercostales, pares de músculos que unen entre sí cada par de costillas».

Sección de dos costillas adyacentes que muestra la situación de los musculos intercostales y el paquete vasculonervioso.

«Al contraerse, los músculos separan las costillas y aumentan así la capacidad del tórax. Además, el diafragma, que cuando está relajado forma una cúpula de convexidad superior, al contraerse ensancha el tórax, aplanado su cúpula».

(1996)

2020: Estas notas sin interés para nadie más que para mí, reflejan mi deseo de entender la enfermedad que estaba experimentando en aquellos meses (y cuyas consecuencias se prolongaron varios años). Las copio aquí, como diría Villiers de L’Isle Adam, tan solo por “espíritu de fidelidad”… a la libreta en la que escribí estas Ocurrencias de un enfermo. Se trata de citas de algún libro, que no he localizado.


[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2020 durante el coronavirus]

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Cuando estamos sanos…

Cuando estamos enfermos y en nuestra mente penetra la imagen de una enfermedad terrible, adoptamos tremendas resoluciones, como una promesa a cambio de curarnos de la enfermedad y de nuestras preocupaciones presentes.

Nos aseguramos a nosotros mismos que, si nuestros peores temores no se confirman, entenderemos lo importante que es vivir y vivir sano; lo absurdo de perder tiempo y ganas preocupándonos en nuestra vida cotidiana de asuntos que no merecen siquiera que nos detengamos en ellos. Pesamos en amigos a los que no hemos prestado la atención debida y en cosas que debimos hacer y no hicimos.

Después nos curamos, o nuestros temores más negros se disipan, y olvidamos todas nuestras buenas intenciones. Espero que esta vez no sea así, aunque, afortunadamente, mi enfermedad quizá no sea lo bastante grave como para provocar una mutación semejante.

De una curiosa manera, se podría invertir aquel dicho latino:

Quam valemus, bona consilia habemus (Cuando estamos sanos, buenos consejos damos)

y convertirlo en

Quan non valemus, bona consilia habemus (Cuando enfermamos, buenos consejos [nos] damos)

o algo parecido.

El dicho clásico se dirige a quienes dan consejos a los enfermos, mientras que mi variante es una reflexión del enfermo acerca de sí mismo.

Si el dicho clásico se puede ejemplificar en una sonrisa irónica del enfermo a quienes no padecen su enfermedad y le dan consejos, el dicho modificado debemos recibirlo nosotros mismo con gesto serenos, constatando su verdad: es cierto que estando enfermos nos damos buenos consejos, pero no sobre la enfermedad, sino sobre la vida. Consejos que, ¡ay!, olvidamos en cuanto recuperamos la salud.

(1996)

El día 13 de junio de 1996 anoté en la libreta algo que me sucedió cuando caminaba por la calle:

«¡Pobrecito mío!» -exclama una vieja mendiga al verme pasar.

Por un momento pensé que era una premonición de mi cercana muerte, como en un cuento de misterio y terror, pero supongo que mi aspecto de enfermo era bastante llamativo.


[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2020 durante el coronavirus]

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Epicuro

El ilustre enfermo

Epicuro es uno de los ilustres enfermos más famosos de todos los tiempos.

Nació en el año 341 antes de nuestra era en Samos. Estudio con Nausífanes, seguidor de Demócrito, y acabo estableciéndose en Atenas.

Allí, cuando ya Alejandro había dejado su vida en el Palacio de Nabucodonosor, crea su propia escuela, a semejanza del Liceo de Aristóteles y la Academia de Platón. La suya se llamó el Jardín.

Escribió muchísimas obras, en cuyos títulos se adivina que le interesaron todos los asuntos, aunque está muy difundido el tópico que asegura que despreciaba todos los conocimientos que no fueran el de la búsqueda de la felicidad. A él y a su escuela se les acusó de buscar ciegamente del placer y de intentar satisfacer los más bajos instintos del ser humano.

Sus doctrinas inspiraron el poema quizá más extraordinario de todas las épocas: De rerum natura  (De la naturaleza). Lucrecio se suicidó.

La filosofía epicúrea y la estoica fueron durante muchos años las dos escuelas principales en Roma, y el ruido sus combates todavía debe estar viajando entre las estrellas. Séneca, el estoico más célebre admiraba, sin embargo, a Epicuro y no se dejaba llevar por algunas simplezas de la escuela estoica acerca de este pensador.

En cuanto Epicuro, las informaciones sobre su carácter son contradictorias. Se dice que la envidia era en el una pasión no reprimida, qué insultó de palabra y por escrito a todos los filósofos; que su fatuidad le llevaba a celebrar como un día especial el de su cumpleaños, fatuidad que cómete casi toda la humanidad (yo no lo hago, consciente de que el mundo nada ganó con mi aparición).

Otros dicen que era amable, bondadoso y moderado en sus placeres, y que siempre se preocupó del bienestar de sus discípulos y amigos.

Como los sabios taoistas decía que el filósofo no debe meterse en asuntos políticos y que debe ser autosuficiente o autárquico, lo que no está reñido ni con un cierto amor al prójimo ni tampoco con el elogio de la amistad como fuente de la más perfecta felicidad, cómo lo recuerda Carlos García Gual.

En el Jardín de Epicuro podían entrar mujeres, incluso prostitutas, y esclavos, y todos eran tratados de la misma manera.

Epicuro, que predicaba una filosofía del placer y la felicidad, estuvo enfermo gran parte de su vida. A veces no podía abandonar su lecho de enfermo. Carlos García Gual lo compara, en este sentido, con Nietzsche y con William James.

Decía Nietzsche de Epicuro:

“Una felicidad tal solo la ha podido encontrar un experimentado sufridor, es la felicidad de un ojo ante el que se ha vuelto sereno el mar de la existencia y que no puede saciarse de contemplar la superficie de la piel marina, nunca antes se presentó una moderación tal de la sensualidad”.

Se puede comprender fácilmente que Epicuro considerarse como estado placentero el estado de salud, es decir el estado el que no sentimos dolor.

Y esta es una carta que escribió cuando ya la enfermedad estaba llevando a su cuerpo al final de la vida:

Cuando estoy pasando y  a la vez acabando los felices días de mi vida, te escribo las siguientes líneas. Me continúan las afecciones de vejiga e intestinales, que no dan tregua al exceso de gravedad que les es propia. Pero se enfrenta a todo eso la alegría espiritual, fundada en el recuerdo de las conversaciones filosóficas que sostuvimos nosotros. Por otro lado, tú, de acuerdo con tu dedicación a mi persona y a la filosofía, cuida de los hijos de Metrodoro.

(1996)

 


[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2011 y de nuevo en 2020 durante el coronavirus]

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Dolor desplazado y fantasmas

Una comparación interesante entre el cuerpo humano y las casas habitadas por fantasmas: cuando sentimos un dolor en el hombro, eso puede deberse a un problema que tenemos en el hígado. El lugar del que procede el dolor y el lugar en el que sentimos el dolor no se corresponden necesariamente.

Lo mismo sucede con los edificios: a veces oímos a nuestro vecino rascar la pared, o dar golpes, y lo oímos con gran nitidez, pudiendo localizar con gran precisión la procedencia del sonido. Y entonces, como me sucedió  a mí ayer, nos acordamos de que no tenemos vecino.

Los ruidos en un edificio son como el dolor en un cuerpo humano: no hay una necesaria correspondencia entre el lugar en el que se escuchan y el lugar donde se originan.

(1996)

Comentario en 2011

Me alegra haber encontrado esta antigua anotación, porque, muchos años después de escribirla, encontré la fascinante comparación que hace Walter Murch entre el dolor desplazado y las películas:

“A veces parece que una escena no funciona y se elimina de la película, pero el error no está en la escena, sino en otras escenas anteriores que hacen que esa escena no funcione”.

Son tres comparaciones interesantes: dolor desplazado, casas fantasmales y películas, de un fenómeno semejante, que tal vez se podría llamar causas desplazadas.
Intentaré encontrar más ejemplos.


[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2011 y de nuevo en 2020 durante el coronavirus]

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Antología de Spoon River

Recuerdo haber visto este libro, en la sugerente edición de la editorial Barral, durante años en la biblioteca de mi madre. Es un objeto, una imagen, que ha logrado ocupar ese lugar especial de la memoria que alcanzan pocas imágenes de las que se aparecen ante nuestros sentidos a lo largo de la vida. Leí el libro en la adolescencia, pero durante años lo he conservado en mi recuerdo como ese objeto hermoso, y sin duda macabro, de la edición de Barral. De los poemas apenas recordaba nada, tan solo que eran algo así como los epitafios y los testimonios de los hombres y mujeres enterrados en el cementerio de Spoon River.

Hoy (en 1996) he vuelto a leerlo, tantos años después, y he descubierto muchas cosas. He descubierto que es un libro extraordinario y he descubierto su sombra o su influencia en algunos fragmentos de mi vida.

Hace años, por ejemplo, comencé a escribir un libro de canciones/poemas llamado La ciudad de los hombres perdidos*. Era un lugar en el que se reunían hombres y mujeres ya muertos, ya cada uno contaba su historia en un poema.

Siempre pensé que el asunto se me ocurrió a imitación de las canciones de Bertolt Bretch y Kurt Weill. Ahora descubro también el reflejo de los muertos de Spoon River.

Edgar Lee Masters nació en Garnett, Kansas, en 1869. En la introducción de Alberto Girri se cuenta que escribió su obra maestra, la Antología de Spoon Riveer, y después se sumergió de nuevo en la mediocridad, hasta su muerte en 1950. El libro pudo ser la consecuencia de un “estado de trance similar al que W.B.Yeats describe en sus autobiografías”.

La edición de Barral

No sé si es cierto.

Lee Masters tomó como fuente de inspiración la Antología griega, compilada hacia el siglo I antes de nuestra era. Los poemas están escritos en el estilo “que recomendaba Yeats a su paso por Chicago: un estilo “like speech, as simple as the simplest prose, like a cry of heart” (“Como el hablar, tan simple como la prosa más simple, como un lanto del corazón”). Verso libre que huye de la prisión métrica de los versos y la rima en la que yo ahora, gozoso, comparto cautiverio con Marcos**.

A continuación, uno de los poemas, de uno de los muertos del cementerio de Spoon River:

 

Hare Drummer

¿Van todavía los muchachos y las chicas a lo de Siever
a beber sidra,
después de la escuela, a fines de septiembre? 

 

¿O  a recoger avellanas entre las malezas en la hacienda
de Aaron Hatfield cuando empiezan las heladas?

 

Porque muchas veces riendo con las chicas y los muchachos
yo jugaba en el camino y en las colinas
cuando el sol descendía y el aire era fresco,
deteniéndome para aporrear los nogales que se erguían
sin hojas contra el ocaso en llamas.

 

Ahora, el olor del humo del otoño, y las bellotas que caen,
y los ecos de los valles, me traen sueños de vida.
Revolotean sobre mí.

 

Me preguntan: ¿Dónde están tus camaradas que reían?

¿Cuántos están contigo,
cuántos en los viejos huertos del camino hacia lo de Siever,
en los bosques que dominan las quietas aguas?


(1996)


* En próximos días rescataré para Diletante el libro de canciones La Ciudad de los Hombres Perdidos.

** La métrica prisión a la que me refiero es un duelo poético y ajedrecístico que mantuve con mi amigo Marcos Méndez Filesi. Puedes leerlo aquí: El doble duelo

2020: Años después se publicó la traducción en español una traducción completa de la Antología de Spoon River, en la editorial Cátedra. Corrí a leerla y descubrí a muchos más muertos de aquel pueblo y las conexiones entre unos y otros, pues el cementerio de Spoon River es una red de conexiones, como un relato hipertextual con enlaces que te descubren detalles de lo que fue la vida de quienes habitaron en Spoon River. Sin embargo, me quedé con al sensación, tal vez engañosa, tal vez errónea, de que era preferible la antología de la Antología que habían hecho en la editorial de Carlos Barral. Que era más hermoso el libro abreviado que íntegro.

La Antología griega que leyó Lee Masters es sin duda la Antología Palatina, un libro hermoso más allá de toda medida, que no sé si reseñé en esas Ocurrencias de un enfermo (que voy releyendo poco a poco).


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El origen de mis males

La página original en la libreta Ocurrencias de un enfermo

Lección 1

“El aire, que entra por la nariz o por la boca, llega a una bifurcación de caminos en la garganta, pasada la epiglotis. El esófago, conducto por el que transcurren los alimentos, desciende directamente hacia el estómago. El conducto aéreo pasa por detrás de la epiglotis, que cierra el paso  a los alimentos y a la saliva en esa dirección, y luego atraviesa la laringe para llegar a la tráquea.

Si consideramos el aparato respiratorio como un árbol invertido, la tráquea constituye el tronco”.

Roger James

[1996]


2020

Estas son notas o lecciones que me daba a mí mismo durante mi enfermedad, para intentar entender qué era lo que me sucedía. Como lo único seguro era que mi enfermedad era pulmonar, la primera lección es una descripción de los pulmones.

Aplicaba también en esto, en aquellos difíciles momentos, mi lema de vida en sus diversas variantes: “Aprende, aprende”, “Vivir es aprender” (Konrad Lorenz), Sapere aude (“Atrévete a saber”, Horacio).

 


 

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Joseph Roth (1894-1939)

El ilustre enfermo

Lo primero que leí de Joseph Roth fue una película: La leyenda del santo bebedor. Como me gustó mucho, me compré el libro, que también me gustó. Así que seguí leyendo libros suyos: Hotel Savoy, Job, La marcha de Radetzky, y el que más me gustó de todos: Confesión de un asesino.

Hay quien dice que Joseph Roth se suicidó en 1939, cuando los nazis entraron en París, donde él vivía entonces, pero la versión correcta parece ser la siguiente:

“La salud de Roth, por entones ya en constante estado de embriaguez, era muy precaria, y en el otoño de 1938 sufrió un infarto, del que nunca llegó a  recuperarse.

Las semanas anteriores a su muerte escribió muy poco… En la primavera de 1939 tuvo que  ser internado en el Hospital Necker, aquejado de una enfermedad pulmonar que el 27 de mayo le llevaría a la muerte.”

Roth fue enterrado en cementerio Thiais de París. En su lápida se puede leer:

Joseph Roth

Poeta austriaco

Muerto en parís en el exilio

Tenía 45 años más o menos.

Curiosamente, Aloysius Bertrand y Joseph Roth estuvieron internados en el Hospital Necker, los dos aquejados de un mal pulmonar. Bueno, no estoy seguro de qué enfermedad tenía Aloysius (me parece que ni los médicos lo sabían).

Vamos a comparar:

Aloysius BertrandJohn KeatsJoseph Roth
francésinglésaustriaco
1807 nace1795 nace1894 nace
1841 muere1821 muere1939 muere
29 de abril23 de febrero27 de mayo
¿?tuberculosispulmonar

Son pocos datos para sacar algo interesante.

Joseph Roth, para terminar con él, da punto final a una de sus novelas (no diré cuál) con estas palabras:

“Así exhaló el ultimo suspiro y murió. Denos Dios a todos nosotros, bebedores, tan liviana y hermosa muerte”.

[1996]


2020

Cuando escribí la muertegrafía de Joseph Roth, añadí el epitafio de Bertrand, que ahora he situado en la página de El ilustre enfermo dedicada a Aloysius Bertrand.


 

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Un asunto inquietante y enfermizo

El asunto inquietante y enfermizo al que me refería (en El reloj interno) es el siguiente: del mismo modo que indicamos a nuestra mente que se despierte a determinada hora, podemos pedirle que nos recuerde, cuando veamos a un amigo, que nos tienen que devolver un libro. Y así sucede: nos olvidamos durante horas o días del libro y lo recordamos precisamente cuando vemos al amigo.

También podemos preparar a nuestra mente (y para esto hay buenas técnicas) para que se vaya preparando para el examen del día siguiente. Etcétera.

El problema es que nuestra mente puede llegar a ser demasiado obediente. Es sabido que tenemos una imagen interna de nosotros mismos que a veces nos retiene y a veces nos impulsa: muchas veces no somos capaces de hacer ciertas cosas porque una censura interior nos prohíbe imaginarnos haciéndolas. Etcétera.

¡Y qué diablos! Lleno páginas y páginas sin llegar al asunto. Claro, porque quiero hacer plausible y razonable (o al menos sugeridor de uan leve duda) un asunto que no pasa de ser un capricho conceptual, que muy bien podría valer para el argumento de un cuento. ¡Pero hay tantas cosas que me gustaría aclarar para no dejar expuesto sin defensa este pequeño capricho mío!

En fin. Un joven, casi un adolescente, lee mucha literatura francesa: Nerval, Champavert, Maupassant. También le gustan Poe y los fantásticos alemanes. El paso del tiempo, el suicidio, la enfermedad crónica, la melancolía. Alguien le dice que tiene el aspecto de un poeta romántico: pálido y ojeroso, de mirada turbia y sonrisa escéptica.

“Deja un hermoso cadáver”, “los poetas y los héroes mueren jóvenes”, esos son los lugares comunes que acostumbra a visitar. No se concibe a sí mismo viejo. Imagina que morirá todavía joven. A los 29 años, a los 30 o a los 33. La idea va quedando día a día grabada en su cerebro.

Pasan los años. El poeta va olvidando aquellas ideas. Ahora se imagina centenario. Piensa incluso que vivirá 139 años…

Ahora bien: ese antiguo poeta romántico soy yo. Tengo 33 años.


2020: Tal vez no queda claro el argumento del cuento o de la pesadilla: el poeta romántico programa su propia muerte temprana, quizá sin quererlo, del mismo modo que programamos nuestro reloj interno o recordamos lo que debemos decirle a un amigo. Y la sentencia, sin él quererlo, amenazaba cumplirse. Pero no se cumplió, de lo que puedo dar fe.


[1996]

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El reloj interno

Una de las cosas que más me ha impresionado siempre es la siguiente: nos acostamos por la noche. Tenemos que despertarnos a las 7 de la mañana. Como no tenemos despertador, nos decimos a nosotros mismos que debemos despertarnos a las 7 de la mañana, sin ayuda exterior. Nos dormimos. Al despertarnos, miramos el reloj: son las 7 de la mañana.

Hace mucho tiempo, yo era incapaz de producir este milagro, pero conocía a gente que si poseía la magia. Bastaba que deseasen despertarse a una hora cualquiera para despertarse precisamente a esa hora. Yo los admiraba.

Años después descubrí que yo también podía hacerlo. Creo que lo primero que advertí (pero esto es una tentativa de reconstrucción memorística) fue que me despertaba unos instantes antes de que sonase el teléfono o el despertador.

Siempre intento buscar una explicación para todas las cosas, aunque (también mediante la razón) he sabido que hay cosas a las que no hay por qué buscar una explicación. Mejor dicho: no hay cosas, sino momentos en los que no hay que buscar explicaciones y entregarse sin más, como decía Keats.

Si me despertaba justo antes de que sonase el despertador o el teléfono, la explicación podía ser sencilla: mi cerebro percibía las ondas electromagnéticas que precedían a la alarma. Es una explicación estupenda.

Para ponerla a prueba, y ponerme también a prueba a mí, solo podía hacer una cosa: no usar ni el teléfono ni el despertador. Si la alarma ya no iba a sonar, no llegaría a mí su anuncio electromagnético (o incluso mecánico, en un reloj de cuerda).

Hice la prueba varias veces. Tal vez se produjeron algunos fracasos. De hecho esto no fue una investigación sistemática, sino que iba desarrollándose de manera ocasional a lo largo de los años. Pero también hubo éxitos: conseguía despertarme a la hora que había encargado a mi mente al acostarme. Era asombroso.

Había, sin embargo, otras muchas posibles explicaciones.
La primera: Mi cerebro percibía el movimiento de rotación terrestre, la posición del sol o cualquier otra circunstancia cosmológica que pudiera indicarle la hora.

Tampoco está mal esta explicación. No la puedo descartar en todos sus puntos, pero si puedo descartar algunas posibilidades.

La luz: probé a dormir con luz, sin luz, con las persianas bajadas, en una habitación interior, con un antifaz en los ojos.

La orientación: dormí orientado hacia cada uno de los cuatro puntos cardinales.

El ruido: dormí en lugares silenciosos y en lugares ruidosos.

La atmósfera: en lugares aireados y en lugares aislados.

Etcétera.

Y el milagro seguía produciéndose.

En cuanto a las fuerzas cosmologicas, he dormido sobre el ecuador, en el trópico y bajo el ecuador: en Yucatán, en la Isla Mauricio, en Hamburgo, en California y en Nueva York…

En cualquier caso, se plantean varios problemas complejos [que dificultan esa capacidad de despertarse a la hora prevista]: nuestro cerebro no maneja unos datos estables, sino que estos son cambiantes: el sol que se va desplazando sobre la eclíptica, la rotación terrestre en torno al Sol y a su propio eje. Demasiado complicado. A ello hay que sumar la influencia de la luna.

Pero el aspecto más misterioso es cómo podemos transmitir a nuestro cerebro la orden temporal. Es decir: podemos indicarle que queremos despertarnos a las 8 de la mañana, pero también podemos ordenarle que nos despertemos al cabo de tres, dos o una hora: esto pasa cuando salimos de juerga y tenemos que trabajar al día siguiente, tan solo una hora después. Y en todos los casos funciona.

Podemos, por otra parte, saber la hora que es o ignorarla. Podemos bromear con nuestro despertador cerebral, decirle que dentro de una hora, o dos… o no, mejor una… y lo sorprendente es que acaba despertándonos de la manera correcta. Podemos indicarle que nos despierte un instante a las 7, y de nuevo a las 8…

Se podría pensar sobre este asunto durante páginas y horas, pero resulta que no es de esto de lo que quería hablar. Esto es solo una introducción necesaria para un tema más inquietante y enfermizo, cómo ha de ser lo está libreta [Ocurrencias de un enfermo]. Lo cuento a vuelta de página.

La lectura es atemporal: puede tener lugar en cualquier momento. La escritura no lo es: sucede en un momento concreto y no se repite.

Este tampoco es el asunto del que quiero hablar.

Con esto solo quiero decir que voy a interrumpir la escritura para ir a buscar unas cervezas para mi amigo Luis y unos zumos para mí. Porque son las 7:30 de la tarde. Si este cuaderno a de tener un lector (y al menos uno creo que tendrá) ese lector puede continuar leyendo si ninguna urgencia semejante se lo impide.

Si yo no hubiese dicho nada, probablemente habría sido imposible saber que ha habido (o que va a haber) una interrupción. ¡Quién sabe cuántas  interrupciones ha habido en todas las novelas que se han escrito! La espada que amenaza el corazón de Arturo pudo tardar dos semanas en ser detenida por Excalibur. Seguiré.


2020: no sé si se entiende lo de la lectura atemporal y la escritura que no lo es. Quizá no sea esa la manera de escribirlo. Me refiero a que alguien puede escribir que Mordred acerca su lanza al corazón de Arturo, y entonces el autor puede interrumpir la escritura y dejar allí a los dos personajes, detenidos en la nada de la batalla final, hasta que unos días después regresa a su mesa de trabajo y escribe. “…y la lanza atravesó el cuerpo de Arturo de parte a parte”. Los lectores no sabrán que pasaron días entre que Mordred acercó su lanza y que la lanza mató a Arturo y les parecerá un instante continuo y breve. Lo mismo me sucedió a mí al escribir este texto, que tuve que dejar a medias por la llegada de mi amigo Luis. Tiempo después lo continué.

Por otra parte, años después se descubrió cómo funciona este reloj interno que tanto me asombraba (y que me asombra), pero no es este lugar para explicarlo.


[Escrito en 1996. Publicado en la red en 2011. Revisado en 2020]

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