Sudamérica está cambiando

[Este artículo lo escribí en Uruguay el jueves 2 de febrero de 2006. No he corregido ni añadido ni quitado nada y solo he aclarado algunas cosas entre corchetes. Las fotos las he añadido ahora, así que tal vez alguna sea posterior a la fecha del artículo. En líneas generales pienso ahora (2017) que era una buena descripción del momento y que casi todo lo que preveía ha sucedido, para bien y para mal]

Que Sudamérica esté cambiando no es noticia. El problema fundamental de Sudamérica es que siempre está cambiando: cambia todo para que nada cambie. La buena noticia es que ahora podría estar cambiando hacia la estabilidad y al mismo tiempo hacia políticas progresistas y no dependientes de Estados Unidos.

Aquí me voy a referir sólo a Sudamérica, y no a todos los países que la integran, y voy a hacerlo manejando la poca información obtenida en las últimas semanas en Argentina y Uruguay (y la que ya traía conmigo, claro está), por lo que este es un repaso altamente discutible. Sin embargo, intento mantenerme en los límites que marca una mínima objetividad en el manejo de los datos. Otra cosa son mis opiniones personales, en las que el componente subjetivo, inevitablemente, será mucho mayor. No pretendo decir que así son las cosas, sino que yo, en este momento, las veo así. Más información o mejores argumentos me harán sin duda variar algunas consideraciones. Afortunadamente, como decía un escritor checo que leí hace poco, cualquiera que lea esto tiene la posibilidad de contrastar lo que digo y encontrar más información (puesto que al menos tiene acceso a Internet). La propia opinión no se fabrica, o no debería hacerse así, leyendo a los que piensan como nosotros o los que repiten lo que ya sabemos, sino buscando el contraste y la diferencia.

En este momento gobiernan distintas variantes de la izquierda en Brasil (Luiz Ignacio Lula Da Silva), Uruguay (Tabaré Vázquez), Argentina (Nestor Kirchner), Chile (Michele Bachelet), Bolivia (Evo Morales) y Venezuela (Hugo Chavez). Otros añaden a Ecuador.

Hay tantas diferencias entre ellos, que apenas hay semejanzas.

Néstor Kirchner, Argentina

En Uruguay y Chile se trata de una izquierda de corte socialista y en general menos personalista o populista. En Argentina, Kirchner es peronista, pero un peronista converso, reciente, no muy convencido, afortunadamente, de las esencias de ese peronismo que nunca acaba de irse de Argentina, pero que ahora está diluido. Parece bastante pragmático en el buen sentido y su gobierno más responsable de lo que ha sido en los últimos años cualquier gobierno argentino. Se le ve haciendo verdaderos esfuerzos por solucionar muchos problemas. (Un día después de escrito lo anterior, he escuchado una entrevista en la que un periodista llamado Rodrígo García explicaba que Kirchner se caracterizaba por un gobierno cesarista de un sólo hombre, lo que consideraba un caso único, pues, decía, hasta Perón tenía consejeros, como el infame López Rega. Sonaba todo bastante razonable y eso me hace estar más vigilante respecto a Kirchner, de quien tampoco me gusta como lleva el problema de las papeleras con Uruguay. También decía García que Kirchner es un adicto al trabajo, lo que parece cierto, porque se le ve continuamente aquí o allá en reuniones todo el rato).

Tabaré Vázquez, Uruguay

Tabaré Vázquez, de Uruguay, me parece, por lo poco que he podido conocer en estos días, un gran presidente. Está activando los procesos por los desaparecidos durante la dictadura, lleva las tensas relaciones actuales con Argentina con moderación, va a implantar un seguro sanitario y el impuesto sobre la renta personal, que no existe.

Evo Morales, Bolivia

En Bolivia, el triunfo de Evo Morales ha sido una gran noticia porque significa el reconocimiento explícito de la población india, que incluso hoy en día sufre tremendas discriminaciones en casi toda latinoamérica, incluso en los países, como Bolivia, en los que es mayoría. Su línea política no está todavía muy clara, porque acaba de asumir y hasta ahora lo único que ha habido ha sido gestos más o menos llamativos, como elogiar encendidamente el régimen chino ¡y al iraní!. Además, por supuesto, de la dictadura cubana.

Hugo Chávez, Venezuela

En Venezuela gobierna Chávez, quien tiene la pretensión, y lo está consiguiendo a medias, de convertirse en jefe espiritual de la región y heredero de las esencias revolucionarias de Fidel Castro. Es el típico demagogo que aparece una y otra vez en la tele hablando de lo divino y de lo humano, poniendo siempre la mano en el hombro a los otros presidentes en cualquier reunión, como diciendo: “Yo soy el que lleva la voz cantante”, y hablando continuamente de la lucha contra el imperio, mientras, en paralelo, va haciéndose con todos los resortes del poder de Venezuela y acallando toda posible oposición. A su favor tiene la torpeza de algunos opositores y de Estados Unidos, que intentaron un golpe de Estado que le sirvió de excusa para afianzarse más en el poder y que dejó en mal lugar a quienes defienden la democracia y acusan de golpista al propio Chávez. El último error de la oposición venezola es, en mi opinión, renunciar a presentarse a las elecciones, lo que no hará sino legitimar a Chávez, que ya gobierna un parlamento exclusivamente chavista. Una maniobra semejante de la oposición progresista iraní facilitó el triunfo del actual y temible presidente [Amadineyab], reforzado, como no, por EEUU y sus amenazas sin sentido.

Precisamente Chávez es, en mi opinión, uno de los mayores impedimentos para que latinoamérica realmente cambie. Tiene en sus manos el poder que le dan fuentes de petroleo inmensas y las subidas constantes del precio del barril, que distribuye generosamente a cambio de influencia política (y seguramente no sólo a cambio de eso), que parece extenderse por el momento de manera preferente hacia Bolivia. Al parecer, ha convencido a Evo Morales para que refuerce su ejército (adivinen quién le suministrará los nuevos pertrechos) y ha propuesto la construcción de un gasoducto que vaya desde Venezuela a Argentina, en opinión de algunos, como el ex presidente Raúl Alfonsín (“Deberíamos dejar de delirar con el disparate de tender un gasoducto desde Venezuela”), para quedarse con una parte importante del beneficio del otro gaseoducto que, según parece, sería verdaderamente razonable: el que partiría de Bolivia hacia Argentina o cualquiera de sus vecinos. Uno de los signos preocupantes que llegan de Venezuela es que está intentando comprar aviones a quien se los quiera vender (Brasil y España), con la excusa de usarlos “contra el narcotráfico” aunque por ahora no puede comprarlos por el veto de Estados Unidos. A su vez, ha firmado ya con Evo Morales contratos para vender armas a Bolivia. Sus relaciones con Colombia son muy tensas.

Luiz Inácio Lula Da Silva

En Brasil, Lula llegó al poder en alas de muchas esperanzas que no se han visto cumplidas porque, en primer lugar las cosas no se arreglan tan rápido, y en segundo lugar debido a los continuos escándalos de corrupción que dejan en mal lugar a quien proponía, antes que nada, honradez y acabar con la pobreza sin llevarse el dinero. También ha dado Lula ciertas muestras de autoritarismo, como una pretendida ley de prensa que prohíba en el futuro airear más casos de corrupción. Pero, a pesar de estar en horas bajas, y a pesar de que yo creo que está directamente implicado en esa corrupción que él ha descargado en sus ministros y colaboradores, parece que ganará las próximas elecciones. Y yo creo que, a pesar de todo, es bueno que las gane (aunque he de confesar que no estoy suficientemente informado como para saber si existe una opción mejor). En cualquier caso, Brasil es una de las grandes potencias emergentes en este comienzo del siglo XXI (las otras son India, Rusia y, por supuesto, China) y el verdadero motor de la región, mal que le pese a Chávez.

Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay pertenecen al Mercosur, una organización en la que, como es lógico, llevan la voz cantante los dos grandes: Argentina y Brasil. Precisamente en este momento hay muchas quejas por parte de los dos pequeños, Uruguay y Paraguay, porque no perciben que su pertenencia al Mercosur les sirva de nada. Uruguay incluso está tanteando la posibilidad de firmar un tratado de libre comercio (ALCA) con Estados Unidos, siguiendo el ejemplo de Chile, que ha firmado tres tratados de libre comercio con Estados Unidos, la Unión Europea y China. Y no le va nada mal. Incluso amplios sectores de la izquierda uruguaya se plantean seriamente la posibilidad de ese tratado con EEUU, por la sencilla razón de que es hacia allí hacia donde se dirige el mayor volumen de exportaciones. En realidad, creo, lo más razonable sería que todos los países firmasen tratados de libre comercio unos con otros y que Europa y Estados Unidos, por ejemplo, levantasen los aranceles con que gravan las exportaciones de los países menos desarrollados: por ejemplo, los tratados de libre de comercio de EEUU incluyen la protección de 300 productos (precisamente los que podría vender Uruguay, así que no acaba de verle la utilidad segura a un ALCA con EEUU). Pero yo no sé suficiente economía para tener del todo claro estas cosas.

Pero también parece que los dos grandes del Mercosur, y especialmente Brasil, han decidido tomar en serio su responsabilidad y aluden de manera explícita al papel que jugó durante años Alemania en la Unión Europea. Pero, claro, la diferencia es que Brasil tiene que ayudar a Paraguay y Uruguay, pero tiene millones de pobres en sus propias fronteras.

Frente al Mercosur y el ALCA (con Estados Unidos), Chávez propone, desde la llamada República bolivariana de Venezuela, el ALBA, unión de los países bolivarianos, aunque por el momento Venezuela se ha semi integrado en el Mercosur.

En casi toda Sudamérica, cualquier referencia a la revolución es una garantía para recibir el voto de mucha gente, sobre todo de los más pobres, y quien más quien menos, todos los dirigentes hacen de vez en cuando concesiones a esta galería, incluído Kirchner. Quienes apenas caen en esta retórica son Bachelet (Chile) y Tabaré Vázquez (Uruguay), con especial mérito por parte de la primera, pues su padre fue un militar asesinado por la dictadura de Pinochet y tanto ella como su madre fueron detenidas y posiblemente torturadas (su madre seguro, ella nunca habla de lo que le sucedió).

Quedan otros países, como Colombia, gobernada por la derecha y sumida en la locura de las guerrillas y los paramilitares; Ecuador, con un gobierno, al parecer (no tengo información) cercano a la izquierda, Paraguay, Guyana, Surinam y Guayana Francesa (no creo que nadie incluya a las Malvinas/Falkland en la lista de espera de ningún Mercosur). Y, por supuesto el otro gran país de la región: Perú.

En la actualidad gobierna en Perú Alejandro Toledo, que también es indio, por cierto, y que se supone que es de centro (más a la izquierda cuando compitió con la candidata de la derecha, más a la derecha desde que gobierna). Toledo también ha resultado decepcionante, a pesar de que, según creo, hay indicadores de mejoras económicas en Perú.

El problema es que Perú es el quizá el país políticamente más inestable de la zona, hasta el punto que se dice que nunca puede ganar el favorito a las elecciones, sino un recién llegado en el último momento. Esperemos que en las próximas elecciones gane un recién llegado pasable, porque los candidatos con más posibilidades actuales dan miedo, como Ollanta Humala, primero o segundo en las encuestas tras la derechista Lourdes Flores, y subiendo. Ollanta se llama así por un célebre héroe inca (del que hablé por cierto, en mi Cuaderno del Tahuantinsuyu: Ollantaitambo). Humala es un militar que intentó un golpe de Estado contra Fujimori, golpe que al parecer era sólo una cortina de humo para que escapara el torturador Montesinos. También participó casi sin ninguna duda en masacres de indios durante la época del salvaje terrorismo de Sendero Luminoso y el no menos salvaje antiterrorismo del Estado. Prometió que sólo entraría en Chile encima de un tanque y era hasta hace poco declaradamente fascista, aunque ahora se ha subido al carro de Hugo Chávez, quien le ha apoyado públicamente, poniéndole también su mano en el hombro en presencia de Evo Morales y provocando un conflicto diplomático con Toledo, calentado a fuerza de bravatas de macho por parte, sobre todo, de Chávez, quien ya se ha peleado públicamente con los presidentes de Colombia, México y Perú.

Otro de los candidatos peruanos es Alan García, que fue presidente de Perú hace muchos años y que regresó en las anteriores elecciones después de los escándalos de todo tipo que enturbiaron su gobierno. Alan García fue en su momento otra de esas “grandes esperanzas” de la izquierda (también lo fue entonces para mí) que se convirtieron en decepción. En realidad, dada la situación actual en Perú, es casi imposible colmar las esperanzas que se depositan en uno u otro candidato y la decepción es segura, así que habría que empezar a pensar en esperar un poco menos: tan sólo ir dando pasos de manera estable en la dirección adecuada, porque la estabilidad por la estabilidad tampoco vale para nada (por ejemplo si es una dictadura como la de Fujimori). Si olvidásemos su anterior gobierno (él declaró que había aprendido mucho de sus errores y no quería volver a repetirlos), Alan García podría ser un candidato pasable, si no fuera porque tiene en los primeros lugares de su candidatura a un conocido torturador (acaba de dimitir Rafael Belaúnde del partido de Toledo, precisamente por esta razón). La otra candidata con más posibilidades es Lourdes Flores, de derechas. Hay otros partidos a la izquierda de los que no sé mucho, pero alguno de ellos suena muy bien, según me lo cuenta mi amiga Karina, como el Partido Socialista, con una candidata declaradamente lesbiana, Susel Paredes, famosa por ayudar a las mujeres maltratadas ya los trabajadores e indígenas discriminados y explotados. La pena es que no parecen tener muchas posibilidades, pero tal vez podrían ser esa sorpresa de última hora habitual. Ojalá.

Algunos de los gobernantes de los países de Latinoamérica sulen ser llamados, por los propios latinoamericamos, “populistas”. Como se sabe, la definición de populista es bastante complicada, pero podemos quizá decir, para entendernos, que un populista es aquel político que suele estar, o al menos eso proclama, al margen del sistema (también Bush en su primera elección tenía rasgos populistas clarísimos); alguien que personaliza en sí mismo toda la acción política, que se considera por encima de las leyes y del Estado de derecho, reformándolo a su antojo cuando llega al poder, que vertebra toda la sociedad en torno a su proyecto político y que usa todos los mecanismos de la demagogia, el dinero, y la compra directa o indirecta de apoyos e influencia.

Un ejemplo perfecto es Berlusconi en Italia; otro, no tan extremo, el segundo mandato de Aznar en España; otros, Menem en Argentina, Fujimori en Perú y Chávez en Venezuela. La única diferencia es que, afortunadamente, la estructura de la Comunidad Europea y la existencia de grupos poderosos de comunicación de oposición y de un estado de derecho fuerte no permite a Aznar o Berlusconi hacerse con un control absoluto, aunque Berlusconi ha estado cerca de tenerlo. Chávez lo tiene ya o está a punto de conseguirlo.

Excepto en el caso Venezuela (y tal vez Colombia y otros países cuya situación no conozco apenas, o el Perú que salga de las próximas elecciones), el populismo puro y duro no se puede aplicar a Kirchner, ni a Lula ni a Bachelet, ni a Tabaré Vázquez, ni siquiera, en mi opinión, a Evo Morales, aunque habrá que esperar un poco para ver su actuación política. Sí es cierto que todos ellos tienen rasgos a veces preocupantes: en Argentina, por ejemplo, una polémica reforma legislativa que prepara Kirchner, o el extraño procesamiento político al Intendente (alcalde, aunque no tengo clara la equiparación) de Buenos Aires, Ibarra, con motivo de la tragedia de la discoteca Cromagnon, un proceso promovido desde la derecha y la izquierda radical (Ibarra es de centro izquierda) ante el silencio de los kirchneristas; o el manejo de la crisis con Uruguay a propósito de la instalación de unas papeleras en la frontera. Otros rasgos propios del populismo son la presencia constante de los líderes en todas partes: comparecencias semanales en la tele: Lula los lunes en Café con el presidente, Chávez en Aló Presidente y continuamente en programas en los que recibe llamadas de personas con problemas que él soluciona al instante (es un decir), saltándose todos los trámites burocráticos y llamando personalmente a quien corresponda: un periodista de Clarín cuenta que en tres días, Chávez hablo 14 horas en vivo por la televisión, seis de ellas seguidas ante la Asamblea Nacional.

Las clases más desfavorecidas, los pobres, eso que los demagógos llaman “pueblo”, como parece lógico apoyan a los líderes populistas o las soluciones autoritarias: aunque parezca increíble, el apoyo a Humala crece entre los más pobres, aquellos a los que quizá asesinó en su momento; mientras que en Chile, el partido más afín a la dictadura (UDI) obtiene grandes apoyos en los barrios pobres, y en Argentina la nostalgia peronista pervive especialmente entre los más pobres. Lamentablemente, en contra de lo que piensa mi amigo Max, la salvación raramente está en la tropa, en los pobres, que son siempre los más fáciles de manipular.

Pero en el asunto del populismo, una de las sorpresas llegó hace unos días desde Estados Unidos. El delegado para asuntos de Latinoamérica, Shannon, declaró que en “el populismo no tiene por qué ser necesariamente malo” y especificó que en el caso de Evo Morales significaba la llegada beneficiosa al poder de poblaciones hasta ahora discriminadas. Con razón un periodista argentino se indignó: ahora que nosotros tenemos claro que el populismo sí es malo, viene Estados Unidos a decirnos lo contrario de lo que siempre ha dicho. Pero ya digo que, en este momento, yo no comparto la primera parte de la afirmación de Shannon, pero sí la segunda: el populismo es malo, siempre lo es, pero la llegada al poder de los discriminados durante siglos es buena.

Habría que aclarar, y lo haré en una futura entrada con más detalle, que Evo Morales no es el primer indígena que llega a la presidencia en Latinoamérica, que ha tenido antecedentes incluso en Bolivia y en México: Porfirio Díaz era indio, aunque dictó leyes que discriminaban a sus compatriotas. También es indio Alejandro Toledo, presidente de Perú. Pero Evo Morales tiene la intención declarada de acabar con la vergonzosa discriminación y desigualdad mantenida durante siglos en Bolivia.

También habrá ocasión de aclarar por qué digo “indios” en vez de “indígenas”, un término que me parece equívoco y erróneo. Tampoco “indio” es perfecto, por supuesto, pero a falta de otro mejor (o al menos a mí no se me ocurre) me refiero con él a la población más o menos descendiente de las poblaciones que habitaban América hace 500 años, y que está menos mezclada con las que llegaron a partir de la Conquista española. Y si lo uso no es con carácter discriminatorio, sino sencillamente porque es cierto que durante siglos por tener rasgos “indios” las personas eran despreciadas y discriminadas, cuando no exterminadas, ya fuera por los españoles o por los gobernantes surgidos tras la Independencia. En este sentido usa también la palabra, sin ningún matiz despectivo y refiriéndose a Morales, Lula: “No deja de ser extraordinario que un país con un 62% de población indígena nunca fuera gobernado por un indio”. Aquí [Uruguay] se usa con bastante naturalidad el término “indio”, sin valor despectivo, a veces incluso elogioso (aunque también puede sonar despectivo, claro, depende de la entonación o le contexto).

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En El Santoral Revolucionario se exploran los aspectos más religiosos del comunismo revolucionario: los profetas, los fundadores, las promesas de redención y la iconografía de la que para muchos ha sido la religión del siglo XX.

Tras las elecciones

Domingo por la noche en la Puerta del Sol de Madrid

El resultado de las recientes elecciones y el movimiento iniciado el 15 de mayo en la Puerta del Sol de Madrid y de otras ciudades españolas me lleva a hacer varias reflexiones, rompiendo con mi costumbre de evitar los asuntos políticos en esta página.

El movimiento del 15 M nos ha llenado a muchas personas de esperanza en un futuro político más razonable e interesante, pero la victoria absoluta y demoledora del Partido Popular nos hace temer por el futuro inmediato.

Las elecciones, especialmente en Valencia, han dejado claro que centrar la protesta contra los políticos no es del todo acertado, pues no se trata de unos cuantos políticos corruptos, sino que existe una mayoría social, o al menos electoral, que apoya a los suyos hagan lo que hagan. Eso hace las cosas más difíciles y hace temer que nos deslicemos hacia el berlusconismo italiano; es decir hacia un país en el que cada grupo apoya a los suyos, obtiene sus propios beneficios y ataca con fiereza a los demás, acusándolos de las mismas cosas que perdona a los de su bando.

Otro aspecto muy importante es la desmovilización de la izquierda y la tremenda movilización de la derecha. Desde hace ya bastantes años, la derecha ha aprendido las técnicas para llevar adelante sus ideas, tanto en Estados Unidos como en Europa, de manera metódica y organizada hasta el mínimo detalle, controlando todos los resortes que la sociedad democrática ofrece.

La izquierda, o una gran parte de ella, sin embargo, todavía está contaminada por una especie de desprecio hacia el proceso y los métodos democráticos que hace que no se implique en la trasformación de la sociedad mediante los mecanismos democráticos. Parece que por no poder tenerlo todo prefiere no tener nada y, de este modo, permite que sea la derecha la que configure la sociedad a su antojo.

Creo que esto es un gran error y que en este aspecto la izquierda debería aprender de la derecha, precisamente para evitar que la sociedad se derechice cada vez más. Intentaré explicar a qué me refiero.

Es evidente que muchas personas de derechas desearía que se tomaran medidas más radicales que las que toma el Partido Popular, pero cuando llegan las elecciones saben que la verdadera cuestión que se dirime no es si el PP va a tomar medidas ultraderechistas, derechistas, moderadamente derechistas o centristas, sino entre si votar a un partido de derechas o no hacerlo. Y sabe que si no vota por su partido lo que hará será favorecer a un partido de izquierdas que, evidentemente aplicará medidas mucho menos cercanas a su pensamiento derechista. Así que votan. Votan siempre, con una fidelidad asombrosa, constante, indestructible, siempre el 40 por cierto más o menos.

El voto de izquierda, sin embargo, cuando está descontento con su partido, ya sea el Psoe o Izquierda Unida, se plantea las elecciones como un castigo a ese partido o a esos políticos, o como un apartamiento de la vida política hasta que haya alguien que les entusiasme y arrebate de pasión, cosas que, como es obvio, raramente puede suceder. De este modo, la izquierda (que, según parece, es mayoritaria en España) pierde elecciones que debería ganar.

Yo creo que el pensamiento crítico, como el de la Puerta del Sol, y el cálculo razonable electoral son compatibles y que se puede avanzar en los dos sentidos, pero que permitir que gobierne el Partido Popular no ayudará ni a construir un país más progresista ni a incorporar las reivindicaciones más avanzadas y críticas, que yo comparto. En un momento de crisis, no sólo en España, sino en toda Europa, creo que hace falta reforzar la opción progresista y que mirar hacia otro lado en las elecciones y permitir que la derecha gobierne de manera tan arrolladora es un gravísimo error.

Como se dice en los métodos de aprendizaje: es un error no hacer nada por no poder hacerlo todo.

La crisis política, la corrupción, los beneficios de la banca y tantas otras cosas que deberían cambiar no se lograrán modificar mediante la inhibición ante las elecciones, sino todo lo contrario, mediante una mayor implicación. No todo en democracia consiste en votar, pero cuando no se vota por opciones progresistas (aunque no nos acaben de convencer), esa ausencia de voto no hace que se consigan más cosas, sino menos, cada vez menos. El abstencionismo de la izquierda está dejando Europa en manos de la derecha y permitiendo que se tomen medidas cada vez más reaccionarias. Si se quiere que los partidos de izquierda sean más sensibles y puedan llevar a cabo verdaderas reformas, primero hay que reforzarlos y no debilitarlos, porque eso hace que, precisamente, se plieguen con más facilidad a las exigencias de los poderes más reaccionarios. Sólo un apoyo popular masivo, traducido en votos, puede darles la posibilidad de enfrentarse a esos pensamiento económico y político inmovilista.

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ADVERTENCIA

Una de las razones por las que no escribo de política en la red es que el debate en internet suele deslizarse hacia el insulto, el desprecio o la opinión exaltada. Así que ya aviso desde aquí que borraré cualquier comentario que vaya en esa dirección. Creo que quien quiera gritar, insultar o farfullar sus odios puede encontrar suficientes páginas (o programas de televisión) donde hacerlo, pero yo considero una de mis obligaciones, al mantener un sitio público en la red, no fomentar ni alentar ese tipo de comportamiento y mostrar que se puede y se debe razonar y escuchar a los demás, incluso cuando estemos en completo desacuerdo con ellos. La indignación es un sentimiento a veces necesario, pero sin reflexión y sensatez se convierte en inútil y a menudo injusta. No es lo mismo una conversación privada en un café, que a veces puede llevar a una exaltación aceptable, que el mundo virtual y público de Internet

(Publicado el 24 de mayo de 2011 )

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POLÍTICA

Pericles

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Acerca de Podemos

Escribo acerca del partido político Podemos con mucha reticencia por varias razones. En primer lugar porque no me resulta muy estimulante ocuparme de un partido político; en segundo lugar, porque todo lo que rodea a Podemos se ha convertido en una cuestión emocional y emotiva. En tales situaciones, la argumentación razonada y razonable ya no tiene nada o casi nada que hacer.

Por una parte están los detractores furibundos del partido político en cuestión, que recurren a cualquier argumento, buscando en cualquier lugar imaginable si el secretario general, dirigente o líder del partido (pues no está muy clara la denominación que debemos dar a Pablo Iglesias) hace esto o aquello en su vida privada o si en una ocasión dejó o no propina en un restaurante. Centrar la crítica política en detalles de la vida personal de los candidatos y en asuntos sin ninguna relevancia no sólo está fuera de lugar y a mí me resulta insoportable, sino que es una de las cosas que, paradójicamente, acaba por generar simpatía hacia quien es acusado de tales ridículos desaguisados.

Otros detractores lanzan acusaciones sin  ningún tipo de evidencia que las respalde, o se lanzan al terreno del insulto, el improperio, la exageración o la deformación de hechos reales hasta niveles que rozan lo grotesco. El efecto de este tipo de intervenciones, casi siempre en programas de televisión, es que los datos concretos y los hechos verdaderos quedan sumergidos en una maraña de absurdos y griterío que hacen que ya no se puedan emplear de manera sensata, porque a todo el mundo le recuerdan a este o a aquel contertulio que dijo algo parecido en uno de esos programas de la tele. Como es obvio, una de las mejores maneras de desactivar un argumento molesto es que tus rivales lo deformen hasta convertirlo en inútil. El partido Podemos ha sabido buscar buenos enemigos que neutralicen con sus exageraciones todo lo que se pueda decir de manera justificada en contra de su visión de la política, de sus ideas o de sus influencias.

Sucede, además, que el éxito de este partido ha sido en gran parte un fenómeno puramente televisivo, un fenómeno mediático de manual. Y lo sigue siendo. La televisión, a pesar de la llegada de internet y de la fragmentación de las audiencias, sigue batiendo cada año el récord de televidentes en España y está claro que parece haber recuperado influencia en un país extremadamente politizado y polarizado desde el inicio de la crisis. Confieso que yo apenas sabía nada de Podemos hasta después de las elecciones europeas, porque no veo la televisión nunca o casi nunca. Cuando, tras las elecciones, hice un exhaustivo repaso en internet de todos los programas de televisión en los que aparecían los dirigentes del partido, entendí que hubiera tenido ese éxito tan llamativo, porque se contaban por decenas las intervenciones de sus dirigentes en programas propios o como invitados en los de la competencia, incluso como contertulios habituales en programas del espectro político en teoría más opuesto. Pocas veces un político, en este caso me refiero a Pablo Iglesias, ha tenido una oportunidad semejante para poner en marcha un fenómeno mediático, a lo que se añaden los contenidos en internet, terreno en el que los dirigentes de Podemos y sus partidarios se mueven con soltura. El tercer apoyo para la difusión de sus ideas procede de los llamados Círculos, que han recogido en parte la herencia de movimientos ciudadanos como el 11 M y del descontento social que buscaba desde hace tiempo en quién depositar su confianza electoral. Al ver todos esos programas de televisión, también entendí el porqué del estilo de debate entre partidarios y detractores del partido, ese enfrentamiento en el que se discute mucho y se razona poco, que es el que predomina en la televisión española desde hace ya más de una década.

Así que quienes quieren o queremos hablar y debatir de otra manera, lo tenemos difícil: pues el estilo bronco y faltón, sordo y despreciativo, ya está instalado y, además, cualquier cosa que uno diga a favor o en contra de ese partido o sus dirigentes recordará inevitablemente a lo que dijo cualquier contertulio encendido, cualquier demagogo  virulento en un debate de la televisión.

En cuanto a los partidarios de esta reciente formación política, el factor emocional les domina de manera incluso más extrema que a sus detractores. Se trata la mayoría de las veces de un verdadero maremagnum pasional que hace muy difícil el intercambio de ideas, en el que se mezclan sentimientos, emociones y pasiones diversas, como el entusiasmo, la esperanza en un futuro magnífico, los deseos de venganza y de castigo hacia los otros partidos políticos, la rabia ante una situación de crisis, corrupción e injusticia o el deseo de recuperar las emociones políticas vividas durante la juventud y que se creían ya perdidas en un mundo de cinismo y mediocridad. Todo lo demás, las cuestiones concretas o las propuestas políticas de esta nueva formación que ha entrado en el mapa electoral, importa mucho menos, a veces nada. He hablado con varias personas que no votarán a Podemos pero que quieren que obtenga un buen resultado “para que se fastidien los otros partidos”, o para “darles donde más les duele”, o simplemente para divertirse al ver lo que sucede después, o “para vivir una situación de caos incontrolable”. Es un tipo de argumentario que me recuerda el de quienes en otras ocasiones votaron o simpatizaron con ese otro fenómeno televisivo y populista que fue Jesús Gil y Gil, o con  Herri Batasuna, que se presentó a unas elecciones europeas en 1987 con el lema “donde más les duele”, y obtuvo un excelente resultado en toda España, además de ser la fuerza más votada en Euskadi.

Dejemos, de lado este segmento de simpatizantes o votantes de Podemos y regresemos a los que no votan sólo contra los otros partidos, sino también a favor de Podemos. Muchos de ellos (he de decir que por mi experiencia personal, casi todos), son verdaderos entusiastas. Sucede, sin embargo, que el entusiasmo y la esperanza acaban alimentándose de sí mismos. Quiero decir que, una vez desencadenados, ya ni siquiera importan las razones que los pusieron en marcha o los argumentos que hicieron que uno se inclinara hacia esta o aquella opción política. Pasiones extremas, como el odio y el amor pueden hacernos perder la memoria y hacernos ciegos o indiferentes a cualquier cosa, incluso a nuestra propia coherencia.

Si en algunos oponentes desde posiciones de izquierda contra Podemos he observado que a veces reprochan al partido de Iglesias cosas que ellos mismos compartían no hace mucho tiempo (por ejemplo, un apoyo más o menos entusiasta al chavismo o el responsabilizar de todo lo que nos pasa a los alemanes o a “la Merkel”), lo mismo sucede, pero a la inversa, entre los partidarios de Podemos, quienes son capaces de decir que les parece estupendo que haya un líder único, a pesar de que hasta hace poco pensaban que no debía haber ningún líder o que debería haber una dirección colegiada; o bien aceptan con desenvoltura que Podemos debe definirse como un partido de centro, más allá de la dicotomía izquierda/derecha, a pesar de que la semana pasada esa misma persona consideraba que cualquier político que dijera eso era siempre de derechas. El propio Iglesias calificaba hace no mucho tiempo de fascismo cool a quienes decían que había que superar la dicotomía izquierda/derecha. Entre los seguidores de Iglesias (pues más que partidarios de Círculos y asambleas o del partido Podemos, lo son de su líder) el cambio de opinión es tan súbito que no quiero que parezca que exagero si digo que me recordó lo que sucede en el 1984 de George Orwell, que acabo de releer estos días, y aquello de la continua reinvención del pasado: cada día las opiniones del Big Brother son diferentes en función de los intereses estratégicos del momento. Esta volatilidad del discurso de Iglesias y de los otros dirigentes, hace que la discusión de ideas y hechos se haga difícil, casi imposible: lo que dijeron Iglesias o Monedero hace un año, hace unos meses, la semana pasada o incluso ayer, carece por completo de valor: lo único que importa es lo que dicen hoy. Es perfectamente posible pasar de una defensa explícita y repetida del leninismo a ocupar el espacio de centro en la política española. Debo advertir que me ahorraré por ahora poner referencias a todo lo que aquí menciono relacionado con las opiniones de Iglesias y otros miembros de su partido, pero quizá las añadiré más adelante, porque me gusta ser riguroso y veraz y no distorsionar los hechos. No lo hago ahora, porque escribo todo esto con pocas ganas, con el deseo de no dedicar más tiempo a un asunto enojoso, quitármelo de encima y pensar en cosas realmente interesantes. Pero la verdad es que me siento en cierto modo obligado a hacerlo, porque quizá lo que comenzó casi como una broma está tomando un carácter bastante serio. En cualquier caso, esas referencias y citas son innecesarias tanto para los detractores furibundos, que están dispuestos a aceptar cualquier acusación sin necesidad de prueba alguna, como para los partidarios entusiastas, que rechazarán cualquier acusación por más pruebas y datos que se ofrezcan.

En una ocasión anterior pensé en detenerme a examinar las propuestas de Podemos como partido político y de Iglesias como ideólogo, pero puesto que, como ya he dicho, ambas cosas son cambiantes e impredecibles (pagar la deuda/auditar la deuda; salir del euro/crear un euro del sur de Europa; reformar el euro/¿mantenerse en el euro; tomar como modelo Venezuela/evitar hablar de Venezuela/ignorar a Venezuela en una gira por los países bolivarianos), por causa de estas opiniones tan cambiantes, seguramente a estas alturas sería un ejercicio inútil, además de fatigoso. Así que me centraré en lo que más me preocupa o inquieta.

La verdad es que no me preocupan mucho los dirigentes de Podemos en sí, aunque no comparto ni las ideas ni la ideología de sus dos principales líderes mediáticos [Monedero e Iglesias en ese momento]. No siento ese miedo que los entusiastas del partido dicen que sienten quienes les atacan (“porque vais a perder vuestros privilegios”, “porque os asusta el cambio”), o al menos no siento inquietud hacia el partido Podemos o su cúpula dirigente en tanto que individuos concretos. Lo que realmente me asusta son sus seguidores.

Me preocupa la manera en la que muchos de los partidarios de Iglesias y su formación, lo defienden, me llama la atención la carencia de cualquier sentido crítico y análisis riguroso, que sin embargo aplican a los otros partidos sin misericordia; me inquieta ese entusiasmo ciego y sordo, siempre peligroso en política, que empieza con risas y elogios desmedidos y acaba con resaca y reproches a los otrora líderes adorados o, lo que es peor, con persecución y presión insoportable sobre los que no piensan igual. Cuando las expectativas son desmesuradas e irreales, la frustración posterior puede convertirse en un verdadero peligro. Existe también una idea, o más bien un sentimiento de que los otros ya lo han intentado y han fracasado, así que debemos dar una oportunidad de equivocarse a estos nuevos. Es difícil decir no a eso. El problema es que no hay ninguna garantía de que alguien ajeno a la política esté más preparado para enfrentarse a una situación tan compleja como esta. Por otro lado, mi memoria política me recuerda que casi siempre que alguien salido de la nada alcanza importantes cuotas de poder los resultados son desastrosos. No solo no se mejora lo que hay, sino que se empeora.

Me preocupa también la creencia casi religiosa en la posibilidad de implantar un cambio social y económico inmediato, de crear una situación nueva y ejemplar a partir de la refutación absoluta de todo lo existente, confiando casi a ciegas en unos casi desconocidos para llevar a cabo esa tarea descomunal, a los que no parece necesario exigir ningún tipo de garantía. Me inquieta también, por supuesto, la continua demarcación entre buenos y malos, puros e impuros, corruptos e idealistas, cómplices y denunciantes. Son ideas propagadas desde la dirección de Podemos, obviamente, pero a menudo me da más miedo ese ciudadano anónimo que separa a los buenos de los malos y que es capaz de señalar a sus vecinos como indeseables, que los propios dirigentes, que a menudo aplican esas dicotomías de manera casi retórica y puramente estratégica, porque lo cierto es que después se relacionan con sus “enemigos”, con “la casta” de manera incluso amigable. Volveré a hablar de esto un poco más adelante.

Me inquieta la soberbia y la seguridad marketiniana del discurso de sus dirigentes, que parecen saberlo todo y no dudar de  nada, me preocupa que ahora que tenemos a un presidente que nunca hace nada y que da conferencias en diferido o a través de una pantalla de plasma, el próximo pueda ser uno que nunca responde a lo que le preguntan, sino que siempre recuerda algo que el entrevistador dijo, o algo que hizo el periódico del periodista, o algo que hizo cualquier persona relacionada más o menos lejanamente con su interlocutor. Me imagino en mis peores sueños una sucesión de entrevistas con el presidente Iglesias en las que podremos conocer la vida y milagros de todos sus interlocutores pero nunca nada concreto acerca de lo que haya hecho él. No creo que esa sea una buena política de comunicación, pero es evidente que los dirigentes de Podemos la aplican a conciencia cada vez que se les hace una pregunta mínimamente incómoda. La posibilidad insinuada por Iglesias: crear un programa propio en televisión desde el que dirigirse a los ciudadanos a diario, así como aplicar leyes para garantizar la objetividad de la prensa me preocupa todavía más.

Pero todo esto no sería nada o casi nada preocupante sino fuera porque es un ejemplo más de algo que sí resulta verdaderamente inquietante: el auge en Europa del nacionalismo, el populismo y los liderazgos mediáticos. Es una combinación que de manera inevitable hace pensar en los peores momentos de Europa y que empieza a verse en demasiados países. Tal vez nos encontremos ya cerca del punto crítico, que suele producirse cuando los partidos tradicionales acaban apuntándose al carro del populismo y del maniqueísmo, del enfrentamiento puro y duro entre unos y otros ciudadanos, al constatar la imposibilidad de vencer en el terreno tradicional y el riesgo de quedarse fuera del escenario político. Quizá lo preocupante no sea Podemos, sino lo que podría venir después, lo que tal vez vendrá a derecha e izquierda imitando su modelo. Pero, más allá de futurologías y predicciones, que casi siempre son erróneas, y espero que también lo lleguen a ser las mías, hay aspectos del discurso de Podemos con los que puedo coincidir, pero lo que no me gusta e impide que sienta simpatía por ese partido y por sus dirigentes es que su estrategia básica ha consistido en la metódica deshumanización del enemigo, ya sea llamándolo, precisamente, el “enemigo” como hace a menudo Iglesias, ya sea recurriendo a la “casta” que inventó el populista italiano Beppe Grillo.  Sus partidarios, cuando utilizan argumentos ad hominem lo aceptan todo, porque los otros, “los de la casta”, se lo merecen. Son incluso capaces de reconocer la bajeza dialéctica que están empleando, pero no les importa porque se ha instalado entre ellos la idea de que contra la casta y el enemigo todo vale.En las últimas semanas, en la nueva estrategia centrista del partido, se observa que se suavizan esos términos, pero es evidente que se trata de una mera estrategia y es muy difícil, al menos para mí, olvidar que todo lo que usa Iglesias y su equipo es siempre un artilugio electoralista, en este caso para atraer a las clases medias moderadas, y alcanzar su objetivo, que el propio Iglesias repite de manera insistente una y otra vez: alcanzar el poder. A este objetivo se sacrifica todo lo demás y por este objetivo todo está permitido.

Por último, me da pena que todos aquellos que tienen pocas ganas, muy razonables por cierto (yo mismo no las tengo) de votar a los partidos tradicionales, tengan como alternativa a un partido como Podemos, en el que las dudas son todavía mayores, desde la opaca financiación por donaciones hasta la falta de control real de su cúpula dirigente, la indefinición y el cambio constante de sus propuestas y las dudas acerca de sus equipos de trabajo. Me gustaría que la alternativa a partidos con los que muchos estamos decepcionados fuera algo que no estuviera tan lleno de sombras y que no se hubiera basado en la deshumanización del rival, el método que emplean los ejércitos y las sectas para cosificar al enemigo, y en la manipulación fácil de emociones como el entusiasmo, porque eso demuestra que la mayoría de las personas de este país no ha aprendido lo fácil que es ser engañados por promesas o discursos simplistas. El éxito de Pablo Iglesias muestra lo fácil que es crear reacciones instintivas que hacen que dejemos de razonar de manera coherente cuando vemos el mundo como el enfrentamiento entre dos opuestos irreconciliables. Es una gran tentación la de dejarse llevar por el entusiasmo, la ilusión o el deseo de venganza, pero es una receta casi segura al desastre si se entregan todas esas expectativas a un partido que está muy lejos de resultar confiable, tanto desde el punto de vista ideológico, como desde el organizativo, o simplemente si examinamos su capacidad de gestionar un país en crisis y hacer frente a todos los problemas económicos, sociales, de ordenamiento del estado. La solución no puede consistir, por muy imprescindible que sea tomar medidas convincentes en este sentido, en perseguir e impedir la corrupción, sino en proponer un gobierno capaz de afrontar las dificultades a las que se enfrenta un país en una Europa que ha perdido, con razón o sin ella, la confianza de sus ciudadanos. Resulta muy poco tranquilizador que los dirigentes de Podemos lancen propuestas de las que acaban desdiciéndose y que, como llegó a decir Monedero, apenas se preocupen por lo que van a hacer si obtienen cuotas importantes de poder, porque ahora lo importante realmente es “alcanzar el poder como sea”. También me desagradan mucho las continuas apelaciones al patriotismo por parte de Iglesias. Quizá no haga falta recordar la frase de Johnson: “El patriotismo es el último refugio de las canallas”, y quizá habría que añadir: y el primer recurso de los demagogos.

Cuando a Primo Levi, superviviente de Auschwitz, le preguntaron cuál era su reacción instintiva cuando escuchaba a negacionistas del holocausto, respondió que él nunca tenía reacciones instintivas en política, y que, si las tenía, las reprimía. Este sería un buen momento, ahora que en toda Europa los populismos, los nacionalismos, los patrioterismos y los liderazgos arrebatadores se imponen, para seguir el consejo de Levi y apelar a la razón y a lo razonable y no a la emoción incontrolada y acrítica.


[Escrito el 26 de octubre de 2014]


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Amos Oz: Israel y Palestina

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El dictador Francisco Franco siempre decía que los enemigos de su régimen pertenecían a una conspiración judeomasónica. Ahora ya nadie se acuerda de los masones, pero la mayoría de los españoles sigue pensando lo mismo que pensaba Franco acerca de los judíos.

En el conflicto entre los israelíes y los palestinos se ve claramente la falta de análisis político que todavía arrastramos en España tras cuarenta años de dictadura, la incapacidad de intentar entender y solucionar los problemas, la afición a las proclamas simplistas y el odio a los judíos. Como dijo un político italiano hace unos cuantos años, en la política española “manca fineza” (falta finura, mano izquierda).

En una entrevista reciente al escritor israelí Amoz Oz se puede observar esa falta de finura con abundantes gotas de antijudaísmo. Ya desde los titulares y entradillas de la entrevista se ven detalles e insinuaciones que nunca se verían si el entrevistado no fuera israelí, como el mismo título. “La bronca del escritor israelí”.

En un momento dado la entrevistadora pregunta con toda candidez:

“__En el libro se ve la persecución del pueblo judío a través de su familia, desde sus bisabuelos en Rusia. Precisamente uno de estos bisabuelos dice desesperado: “Dios nos odia”. ¿Se ha preguntado a qué era debido ese odio hacia los judíos en tantos lugares y durante tanto tiempo?”

Y responde Amos Oz:

“__La pregunta de por qué se odia a los judíos no se le puede hacer a un judío. Es como preguntar a una mujer por qué hay tantos hombres misóginos… Las odian porque tienen un problema ellos.”

Lo característico de las ideas racistas es que sus partidarios ni siquiera suelen considerar que sean racistas. Es famoso aquello de “Yo no soy racista, pero…”

Está claro que la entrevistadora nunca pensó que su comentario fuese un comentario racista, del mismo modo que un machista piensa que si los hombres pegan a las mujeres “por algo será”. Algo habrán hecho es lo que aquí parece querer darse a entender (¿sin darse cuenta siquiera?).

No es extraño que Amos Oz se sienta fatal cada vez que viene a España. Oz es pacifista, cree que los palestinos deben tener un Estado, tiene amigos palestinos con los que busca la paz y la aplicación del Tratado de Ginebra entre palestinos e israelíes, está en contra del muro que ha levantado Israel en el territorio palestino, está en contra de la guerra de Irak. En fin, coincide en practicamente todo con lo que pensamos las personas que nos consideramos de izquierdas, pero… es israelí.

Dice Oz:

“Hay muchas personas que se han convertido en exclamaciones andantes, en Israel y Palestina, pero también en Madrid. Es muy fácil ser un eslogan. Yo no pretendo lanzar una reprimenda a los malos, como una institutriz victoriana. Nuestros intelectuales y los intelectuales occidentales tienen tradiciones distintas. Ellos son de izquierdas, yo también; son pacifistas, yo también; se opusieron a la guerra de Irak, yo también. Sin embargo, vivimos en planetas diferentes, porque para ellos lo más importante es decidir quiénes son los buenos y quiénes son los malos; firman un manifiesto, expresan su condena, su indignación, su protesta, y luego se van a la cama sabiendo que están en el bando de los ángeles. Para mí lo importante no es saber quiénes son los ángeles. No vivo en un mundo de ángeles y demonios, vivo en un mundo mucho más complejo. En política, me siento como si llevara una bata de médico y tuviera ante mí a unos heridos graves por un accidente de coche, todos ellos llenos de sangre. No pregunto quién ha tenido la culpa, pregunto qué puedo hacer ahora. Para mí es más fácil dialogar con palestinos pragmáticos que con dogmáticos pro palestinos en Madrid. Afortunadamente tengo que negociar la paz con los palestinos, no con los amigos españoles de los palestinos. Cuando hablo con colegas palestinos, no los fanáticos, hablamos como dos médicos junto al lecho de un paciente. A veces no estamos de acuerdo en el tratamiento, pero…”

Por otro lado, en la entrevista, Oz da buenos ejemplos de la diferencia de tratamiento que recibe uno y otro bando en España. Como muy bien explicaba Javier Marías hace unos días, cuando mueren israelíes en un atentado el pensamiento que surge espontáneamente es “ellos se lo han buscado, la culpa es de ellos, por tratar así a los palestinos”. Los terroristas palestinos nunca son responsables de la muerte, no son responsables de cargar bombas en una mochila, ni de obligar de muy diversas maneras a los suicidas, hombres, mujeres y pronto seguramente niños a inmolarse, matando a cuantos más mejor.

En España nadie parece sentir tampoco ningún tipo de pena espontánea hacia los niños, ancianos o simplemente ciudadanos israelíes que mueren. Lo único que importa aquí es quedarse con la conciencia tranquila, saber que estamos en el lado correcto. A mí también me gusta tener la conciencia tranquila, pero no puedo tener la conciencia tranquila y al mismo tiempo justificar el asesinato de judíos en Israel o, como ahcen muchos españoles, incluso el holocausto nazi.

Saramago viaja a Israel, dice que Israel está practicando un genocidio y se queda tan tranquilo. No sólo eso, la mayoría le aplaude y le jalea por su firmeza y su valor. Y él añade: “el pueblo judío ya no merece compasión por los sufrimientos que pasó”. Sí, has leído bien (pero a lo mejor no te parece grave, claro).

El músico griego Mikis Theodorakis, autor de Zorba el griego, dice por su parte: “Este pequeño pueblo, el judío, es la cuna de la maldad”. Y todavía hay quien se atreve a decir que no existe el antijudaísmo en Europa. Como señala el propio Oz:

“Cuando el primer ministro de Irán declara que hay que destruir Israel y expulsar o matar a los judíos, no hay ninguna manifestación en las calles de Madrid.”

Quizá no has leído bien la frase: “hay que destruir Israel y expulsar o matar a los judíos”.

¿Qué dirías si la frase fuera: “¿Hay que destruir palestina y expulsar o matar a los palestinos?” Estoy seguro de que te parecería intolerable, como me lo parecería a mí. La única diferencia es que a mí me parece intolerable también la del primer ministro iraní, que no parece preocupar a nadie. No es extraño que según un estudio reciente España haya resultado ser el país más antisemita (en el sentido de antijudío) de Europa.

En otro momento de la entrevista Oz da esta respuesta:

“__Usted debe desesperarse al ver cómo pasa el tiempo y se llena de muertos…

OZ: Lo que acaba de decir, para mi, es un lujo. Nunca malgasto el tiempo en decir que es terrible. Me levanto por la mañana y me pregunto qué puedo hacer. Cojo el teléfono, llamo a un amigo palestino, veo si podemos dar una respuesta conjunta al atentado del día anterior. Si podemos aparecer los dos en televisión esa noche, le sugiero alguna alternativa. Ésa es la mentalidad de hospital. Los intelectuales europeos firman manifiestos, llaman cosas terribles a Bush; yo también, pero eso no basta. Se le puede llamar de todo. ¿Y qué? Supongamos que a Bush le afecta y que esta noche todos los estadounidenses, los británicos y los italianos se van de Irak. ¿Y entonces qué? Se producirá un genocidio espantoso. He aquí una tarea para los intelectuales europeos, para los intelectuales españoles: muy bien, que se vayan de Irak, ¿pero qué sugiere usted después?… Por eso es una tarea para los intelectuales. En vez de gritar “¡Bush al infierno!”, “¡Sharon, asesino!”,
“¡Putin, dictador!”, ¿no pueden hacer los intelectuales un poco de trabajo intelectual?.

 


[Publicado en 2004]

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Sobre la indignación, en Amman (Jordania)

Pasillo del avión de Royal Jordanian

Aeropuerto de Anman, 6 de junio de 2011 (4 de la madrugada)

El vuelo en la línea aérea Royal Jordanian ha sido muy agradable.

Ahora, en el aeropuerto de Amman, algunos pasajeros hemos pasado a la zona de transferencia, un lugar muy cuidado pero mortecino. Somos pocos y casi todo está cerrado, excepto las tiendas libres de impuestos, que venden los productos típicos de una tienda libre de impuestos, entre ellos los productos típicos de cada país, que en España es el jamón serrano y paellas para hacer al instante. Aquí, en Amman, son unos pastelitos de apariencia deliciosa.

Pero como es muy tarde y somos pocos pasajeros, casi todos los bares están cerrados, excepto un puesto en el que se puede pedir café, y otro en el que, de nuevo, se ofrecen productos típicos. Tengo que esperar dos o tres horas hasta la conexión con mi vuelo a Hong Kong.

Aprovecho estas horas en vela para escribir algunas notas acerca del oficio de crítico literario y para apuntar algunas reflexiones acerca del movimiento iniciado el 15 de marzo en Madrid, que quizá está evolucionando de una manera que no me acaba de gustar. Hasta ahora he mantenido a raya mi juicio crítico movido y conmovido por el entusiasmo de mis amigos, pero ahora, ya lejos de la situación, empiezo a dudar, o mejor habría que decir, a estar más seguro de ciertas cosas.

Transcribo aquí el comienzo de ese texto, tal como lo escribí en la madrugada del día 6 de junio en el aeropuerto de Amman:

“He seguido con mucho interés los acontecimientos que han tenido lugar en la Puerta del Sol de Madrid. He pasado por allí casi todos los días y he observado cómo se iban desarrollando las cosas.

Me ha gustado mucho, he disfrutado y me he alegrado por lo que ha supuesto.

Pero no me gusta del todo la manera en la que está terminando.

El domingo, cuando se celebraron las elecciones, en una reunión con amigos, dije que seguramente lo mejor era que el movimiento se disolviera, aprovechando el buen sabor de boca. Mi amigo Uri opinó que debía continuar y, tras dudar un momento, le di la razón.

Pero creo que me equivoqué, porque me dejé llevar por el entusiasmo.

El entusiasmo es un sentimiento muy estimulante, pero también muy peligroso. Siempre recuerdo las palabras de Primo Levi, quien había sido prisionero en un campo de exterminio nazi,  cuando le preguntaron si a veces no se dejaba llevar por la indignación al ver cosas relacionadas con el holocausto nazi. Levi respondió: “No, y si me sucede, intento controlarlo.”

Una cosa es indignarse y otra muy distinta guiarse por la indignación. El entusiasmo y las emociones más o menos instintivas pueden activarnos, como nos activó el movimiento del 15 M en sus inicios, e incluso son necesarias para razonar, como muestra el neurólogo Damasio, pero sólo con las emociones no se puede razonar. Hace falta también pensar. Hessel, el autor de Indignaos parece arrepentirse de haber aceptado el título que le propusieron los editores. Si viviese en España, tendría más razones para querer cambiarlo, porque, como comenté a mi amigo Marcos hace unos días, el estado natural de los españoles es la queja y la indignación, así que pedirles que se indignen todavía más es como echar gasolina en un incendio. hay que pedirles que piensen, que reflexionen un poco más.”


POLÍTICA

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CUADERNOS DE VIAJE

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Anecdotario de una campaña electoral

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Ilustración de Daumier

Ya se ha terminado la campaña electoral. Una campaña que ha durado muchos meses, no varias semanas. Desde hace demasiado tiempo hemos vivido en una campaña electoral permanente y agotadora. Quizá por ello y también a la vista de los resultados previstos por casi todas las encuestas, los principales políticos han cambiado el tono en esta recta final y empleado mejores maneras en al discusión. Antes de continuar, quizá deba aclarar, para los lectores susceptibles, que personalmente no considero malas maneras calificar como “no decente” a un presidente del gobierno que ha apoyado y dado aliento directo (“¡aguanta!”) a un implicado en asuntos de corrupción como Bárcenas. Sin que lo anterior se interprete como una defensa de unos u otros, ni de la decencia o indecencia de Rajoy, me parece algo propio del debate político, muy diferente a disparar a diestro y siniestro sin matiz, como era norma hasta hace poco. Eso sí, entiendo que otros no lo vean así. En fin, sea como sea, ha sido un alivio este cambio de tendencia general en la crispación de los dirigentes, aunque tengamos buenas razones para desconfiar de la sinceridad de quienes hasta hace muy poco tiempo habían hecho del insulto, el desprecio y la agresividad sus características definitorias. Pero bienvenido sea, y que dure. Ojalá sea un cambio verdadero.

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En general, he quedado satisfecho con la campaña electoral. Ha sido un espectáculo más interesante que los de los últimos dos decenios. Tal vez, de las que yo recuerdo, y las recuerdo todas, solo comparable a la primera, la de 1977, al menos para mí: todavía recuerdo el primer mitín del PSP de Tierno Galván en la Plaza de toros de las Ventas y el segundo, de la CNT, en San Sebastián de los Reyes. La política electoral es, por supuesto, un espectáculo y lo menos que se le puede pedir es que sea entretenido. Quizá no podría ser de otra manera, porque creer que en la brevedad de un debate a dos, tres o cuatro, o en un mitin ante masas enfervorizadas se puede ir más allá de lo básico es un sinsentido y quienes han intentado hacerlo de otra manera han fracasado siempre o casi siempre. El panorama se presenta interesante, aunque inquietante también, pero en este tipo de situaciones se tiende a la exageración, y después las cosas vuelven a su curso y seguimos quejándonos como si el mundo se fuera a acabar mañana. Y no, no se acaba.

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Creo que los seis o siete principales candidatos han estado bien en cuanto que candidatos, cada uno en su terreno y con sus limitaciones, que en algunos casos son bastante notables, pero no vamos a pedir que de la noche a la mañana sean capaces de hacer lo que hasta entonces le s resultaba imposible. Ha sido bastante divertido observar las estrategias y las fintas de unos y otros. Los favoritos han fallado en la estrategia y los que partían los últimos parecen haberse recuperado, en especial Pablo Iglesias, que ha logrado que todos aceptasen sus reglas del juego hasta casi el último momento de la carrera. En fin, todo ello desde el punto de vista del anecdotario electoral, al margen de opiniones políticas. Esta quizá haya sido la campaña más determinante (a la espera de los resultados) en lo que se refiere a la decisión de los electores y seguramente ha provocado más cambios en la intención de voto que todas las anteriores, lo que quizá no sea del todo positivo, porque votar llevados por intuiciones de campaña electoral y por simpatías o antipatías o por el mejor o peor desempeño como orador de un político, o como discutidor en un debate, posiblemente no es garantía de nada: el mejor gobernante puede ser el peor orador, y a la inversa. Por eso creo que, para votar, es mejor intentar abstraerse de las impresiones de campaña, de los sesgos ideológicos y de las reacciones intuitivas de gusto o disgusto y situarse no en lo que pasará el día 21, sino en lo que pasará dentro de seis u ocho meses, cuando los entusiasmos y calores de la campaña se hayan disipado y hayamos regresado a la vida cotidiana.  Por otra parte, llevamos meses de encuestas diarias que dan por seguros unos resultados que quizá no se produzcan, porque quizá haya mañana una sorpresa inesperada. Quién sabe.

Precisamente debido a la mejora de los candidatos, lo que más me ha decepcionado no han sido ellos o los partidos, sino más bien los electores, los futuros electores. Mientras que los candidatos han hecho en general un buen discurso electoral, con las limitaciones obvias de este tipo de espectáculos, y han hablado de la necesidad de dialogar tras las elecciones (o al menos han insinuado que no habrá otro remedio), la gente, el pueblo, los ciudadanos, los electores en definitiva, han continuado la inercia de los meses anteriores y la mayoría ha despreciado todo cuanto iba contra sus ideas. Los electores, en definitiva, siguen, seguimos, convirtiendo la política en una sucesión de anécdotas (como yo quizá en este anecdotario de campaña), buscando esos pequeños detalles, gestos y declaraciones, más o menos llamativos, meteduras de pata, deslices, en fin, rehuyendo el análisis sereno y centrándolo todo en discusiones interminables y demagógicas acerca de minucias, discusiones en las que  no hay salida posible para el razonamiento, la confrontación serena de ideas y el respeto a quienes no piensan como tú. A veces parece que votar a uno u otro partido es, más que un error de cálculo, un pecado. También, ya que hablamos de religión, podría añadir que se detecta un cierto pensamiento mágico entre los partidarios de uno u otro partido, que parecen pensar que la vida solo puede continuar si son los suyos los que ganan, los que se alían como ellos quieren o los que pierden con dignidad. Muy pocas personas aceptan de manera decidida la verdadera virtud de la democracia: que quienes pensamos de manera diferente, dirigentes y electores, podamos convivir de manera civilizada, aceptando que a veces ganan unos y a veces ganan los otros, no porque los electores sean descerebrados o los dirigentes manipuladores (que también puede suceder y sucede, claro), sino porque no existe otra manera razonable de convivir en este mundo imperfecto en el que habitamos. Y líbrenos Dios, el destino o quien corresponda de los mundos perfectos. Debido a esa crispación, yo mismo me he mantenido apartado de la discusión política, porque está claro que el debate está dominado por quienes lo único que quieren es vender la propaganda de su partido y atacar la del resto, con una verdadera alergia a la discusión sensata. Ahora que ya ha acabado la cosa, publico estas reflexiones no ideologizadas para respetar, además, aquella tradición, quizá no tan absurda como se dice últimamente, de la jornada de reflexión.

En cualquier caso, no creo que con ciertas descalificaciones absolutas que se oyen y se leen en las redes sociales se pueda construir una buena sociedad. Creo que unos y otros deberíamos evitar convertirnos en un país con una fractura social nacida de la mala leche y el odio, porque ya hemos tenido bastantes ejemplos, algunos de ellos muy recientes, de lo malo que es eso y de lo que cuesta arreglarlo después. Si ahora los políticos parece que se han echado atrás un poco en ese terreno, es hora de que también los ciudadanos trabajemos un poco la convivencia con quienes no piensan como nosotros, porque nos esperan tiempos difíciles en lo que se refiere a los pactos y es necesaria mucha paciencia. Afortunadamente, hay un número tremendo de indecisos que revela que no todo el mundo tiene las cosas tan claras. Entre ellos me cuento yo, que, a pocas horas de que se abran las urnas, no tengo todavía decidido qué votaré.


CUADERNO DE POLÍTICA

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¿Programas o personas?

Rafael Aguilar publicó en su gran blog Filosofía barata una entrada en la que reflexionaba si al votar debemos guiarnos por la persona (el candidato) o por el programa. La reproduzco a continuación:

Sentido de la democracia

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5 noviembre 2014

El otro día con un amigo, me argumentaba que el no votaría a un partido o a un programa político, sino a las personas. Comentaba que los programas en política son realmente irrealizables y que un partido, que realmente, no esté en el gobierno, nunca conocerá la realidad económica del país y que, de esta forma, es imposible llevar cualquier programa a la práctica.

Al votar a la persona, por lo menos, estarías votando a alguien que tu consideres honrado, alguien que realmente, fuera capaz de llevar a cabo su función.

Bien, la verdad es que no estoy de acuerdo con estas afirmaciones por lo siguiente:

1º Yo no voto a la persona, sino al programa, las personas por una u otra razón pueden cambiar de opinión. Los programas, en cambio, son los que permanecen escritos, son las razones por las que yo voto a un partido político y son sobre esas propuestas, sobre las que voy a pedir cuentas.

Si alguien en su programa, promete el pleno empleo, deberías tener el equipo humano y los mecanismos necesarios para poder llevarlo a cabo y sino lo cumples evidentemente no te volveré a votar.

2 Ante esta primera argumentación, mi amigo la rebatió diciéndome que, realmente, nadie sabía como estaba la situación real de un país hasta que no llegaba al gobierno, y que por tanto era imposible cumplir sus promesas.

Bien estamos en una sociedad, en la que es raro que alguien se dedique a la política sin haber hecho, de ello, su carrera profesional (con lo que también estoy en desacuerdo), realmente son pocos los políticos que vienen de otros sectores que no sean la propia política.

Por lo tanto, cunado yo tengo un trabajo, no puede ser que desconozca los datos más importantes y relevantes de dicho trabajo. Por ejemplo, no puede ser que alguien se presente a presidente del gobierno o quizás de una comunidad autónoma sin saber que es lo que se va a encontrar al llegar.

Es su trabajo, a eso te dedicas, y no puede ser que prepares un programa o un proyecto sin tener los datos de los cuales tienes que partir para llevarlo a cabo.

Es como si yo, presento un presupuesto a un cliente sin saber que trabajo tengo que hacer.

3 Por último, como ya he anticipado antes, creo que la política tiene que ser algo vocacional, que ha de ser un servicio que ofreces a tus vecinos, ciudadanos, etc… Por supuesto que todos los políticos, además, deberían de ser honrados, independientemente del programa o del partido, la honradez debería ser la primera cualidad de cualquier persona que se dedique a política. Si partimos de la base de que me prometes cualquier cosa en el programa, para llevarte mi voto, pero luego no se va a cumplir… ¡poco honrado me parece ya, este principio!

Como conclusión, quiero aclarar que con estas líneas no me interesa crear ningún tipo de polémica, sino simplemente aclarar mi postura por si a alguien le puede servir de algo, a la hora de decidir a quien votar (o no).

[Enlace a Filosofía barata, de Rafael Aguilar]

Tengo cierta sensación de que tal vez yo era ese amigo al que se refiere Rafa, pero no estoy del todo seguro. En cualquier caso, sé que en alguna ocasión he dicho, casi siempre con afán de polemizar y escapar de los lugares comunes, quizá durante una cena o en una charla con amigos con vino de por medio, algo como eso. Así que empecé a contestar a lo que dice Rafa, por alusiones reales o imaginadas, pero me extendí tanto, que me pareció abusar el poner un comentario interminable, así que lo publico aquí:

Muy interesante la entrada. No sé si conozco al amigo que mencionas, yo diría que sí, pero mi opinión, al menos mi opinión en este momento (tengo otras, como Groucho), es que la verdad se encuentra entre los dos extremos. Ni votar exclusivamente a las personas, ni votar exclusivamente a los programas. Intentaré explicarlo.

Un partido político debe tener un programa de gobierno, eso es obvio. Ese programa orienta la acción política de sus miembros y hace que los que pertenecen a ese partido político mantengan más o menos las mismas opiniones. Sin embargo, al margen del programa concreto, que suele elaborarse ya con vistas a unas elecciones, lo que determina el espectro político de un partido son principios mucho más generales.

Esos principios pueden ser: premiar a los más capaces y emprendedores, compensar las desigualdades sociales, garantizar una sanidad pública a todos los ciudadanos, expulsar a los emigrantes, reducir los impuestos, aumentarlos, desarrollar energías alternativas, desarrollar la nuclear, liberalizar el aborto, prohibirlo, legalizar el matrimonio homosexual, oponerse a él, buscar la igualdad, buscar el desarrollo económico, etcétera. Esos principios nos permiten distinguir entre partidos de izquierda y de derechas o progresistas y conservadores, e incluso introducir más matices: socialistas, conservadores, socialdemócratas, liberales, a la izquierda de los socialistas, comunistas, fascistas, etc. Esos principios, por otra parte, también se reflejan de alguna manera en los programas concretos cuando llegan las elecciones.

Ahora bien, pensar en el programa como un contrato con los electores no creo que sea muy sensato, porque es imposible llevarlo a la práctica. Como dice tu amigo, y como digo yo mismo, a pesar de lo que sostienes tú y apoya Tocapelotas, los aspectos reales de la situación política y económica en un momento concreto sólo los conoce el partido y en concreto los dirigentes que gobiernan en un país. Y yo diría más: ni siquiera ellos conocen toda la situación y menos las variables que van surgiendo día a día. Porque esas condiciones van cambiando de hora en hora y de mes en mes: alianzas, intereses cruzados, exigencias de los socios, previsiones reales de la deuda, estado real de la economía, fluctuaciones del mercado, alianzas que se necesitan para aprobar leyes o incluso para gobernar… 

Tampoco estoy de acuerdo con ese conocimiento de la situación que por fuerza debe tener un político. Tú pones el ejemplo de tu trabajo. Pondré yo el del mío. Yo he sido guionista y director de programas y como tal puedo prometer, antes de poner en marcha un proyecto, que voy a intentar hacerlo bien y que además tenga audiencia, pero te aseguro que el resultado es imprevisible: a veces ha funcionado un programa que parecía condenado al fracaso y en otras ha fracasado el programa que lo tenía todo para triunfar. Orson Welles decía que antes de ir al plató hacía mil y un planes de grabación y que al llegar allí hacía algo completamente diferente, porque no es lo mismo imaginar que ver, anticipar un problema que enfrentarse a él. Hacer que funcione un país es infinitamente más complicado que hacer que funcione un programa de televisión. Las variables superan con mucho a las de la previsión meteorológica, insisto. 

Eso no quiere decir que no haya maneras de mejorar una situación y que algunas funcionen, ni que no haya que hacer propuestas y buscar nuevas vías, todo lo contrario. Ahí está el ejemplo de los países nórdicos y Alemania (e incluso Gran Bretaña o Japón, a pesar de las crisis), pero casi todas esas maneras se basan en un trabajo continuado a lo largo de años y décadas, y en un tipo de sociedad determinada, no en una solución mágica que funcionará ya en los próximos cuatro años, que es el horizonte que suelen prometer todos los partidos. El trabajo previo, como el de Welles antes de ir al plató, muchas veces también ayuda a improvisar y a tomar otras decisiones, que no se pudieron prever, pero no es una garantía de éxito.

Pero, incluso aunque se pudieran conocer todos esos condicionantes, me parece que plantear la hipótesis de que un partido prometa el pleno empleo y se le castigue porque no cumple esa promesa, es absurdo. Nadie debería votar o confiar en un partido que promete el pleno empleo, sencillamente porque es imposible saber cómo se consigue el pleno empleo. Si alguien lo supiera, no tendríamos partidos que se turnan en el poder, sino un partido que ganaría elección tras elección. ¿Qué partido no querría conseguir el pleno empleo?

La economía se considera en filosofía de la ciencia como una ciencia blanda, muy lejos de ciencias como la matemática, la física o incluso la estadística (que es muy precisa, otra cosa es cómo se interprete). La economía, para algunos está junto a ciencias tan poco fiables (en tanto que ciencias) como la antropología o la metafísica, mientras que para otros, entre ellos Karl Popper e incluso economistas de prestigio, está bordeando el terreno de la astrología.

Todos los partidos que están en la oposición dicen por sistema que van a solucionar todos los problemas, pero otra cosa es que lo consigan cuando llegan al poder. ¿Les faltaba información?, ¿mintieron a propósito? ¿Mintió Hollande en las últimas elecciones francesas, mintió Renzi en las italianas, mintió Rajoy en las españolas? Ninguno ha cumplido sus estupendas promesas. 

Francois Hollande

Tal vez sí mintieron hasta cierto punto, pero probablemente no a conciencia. Es posible que pensaran: “Voy a decir que todo se puede arreglar sin contrapartidas dolorosas y después ya veremos cómo lo hacemos”. Porque tal vez esa es la única manera de ganar las elecciones y ese político y ese partido consideran, como es natural, que ellos lo harán mejor que sus rivales. Además, un político puede confiar en que tiene ciertas recetas que quizá reactiven la economía y después descubrir que eso no sucede, o bien porque las cosas han cambiado o bien porque las cosas son demasiado complejas, o bien porque, sencillamente, la idea era muy mala. Insisto en que las cosas económicas son extremadamente complejas. En este sentido, creo que es muy recomendable el libro del premio Nobel de economía Daniel Kahneman Pensar rápido, pensar despacio. Lo curioso es que Kahneman es psicólogo y no economista, pero ganó el Nobel porque mostró lo poco fiables que somos cuando tomamos decisiones en situaciones de incertidumbre. Y en economía todas las situaciones son de incertidumbre.

groucho_marx1_2En cuanto a la política ni siquiera es una ciencia, sino como mucho un arte. Una buena definición quizá sea la de Groucho de la imagen o aquella de que “la política es el arte de lo posible”. O esta de Aristóteles

“Las cosas nobles y justas que son objeto de la política presentan tales diferencias y desviaciones, que parecen existir sólo por convención y no por naturaleza. Por ello, hemos de contentarnos con mostrar la verdad de un modo tosco y esquemático… porque es propio del hombre instruido buscar la exactitud en cada materia en la medida en que lo admite la naturaleza del asunto”

Dados todos los condicionantes anteriores, cualquier elector que ante un programa y unas promesas, no ya irrealizables sino “imprometibles”, vota a un partido que las sostiene, está cometiendo un pecado no ya de ingenuidad, sino de irresponsabilidad.

Y es por eso, precisamente, por lo que las personas son importantes y es por eso que las personas determinan en realidad nuestro voto, al menos el voto de quienes están dispuestos a cambiar de opinión (hay quienes votan al mismo partido pase lo que pase): ciertos candidatos, de una manera inevitablemente subjetiva, nos transmiten más confianza que otras. En ocasiones, el simple atractivo físico o intelectual es ya suficiente, como parece ser el caso reciente de Pedro Sánchez y de Pablo Iglesias. A veces, junto a ese atractivo, se une una sensación, que es la realmente importante, por muy subjetiva que sea, de que ese hombre o esa mujer, cuando las cosas quizá se tuerzan y no sean tan fáciles como estaba previsto serán capaces de reaccionar y enderezar o cambiar el rumbo. O tal vez nos transmiten la sensación de honestidad, de preparación, de trabajo duro, o al menos la de sensatez. Quizá lo que nos asustan son los cambios, y esa es una razón que mueve el voto conservador, excepto en situaciones de crisis, donde una cara nueva puede ofrecer ciertos atractivos emocionales e intelectuales, incluso a votantes que se sitúan en el otro extremo del espectro político. Por poner un ejemplo, yo habría votado casi con entusiasmo a Josep Borrell para presidente del gobierno, pero en ningún caso habría votado a Joaquín Almunia, que fue colocado de manera fraudulenta en lugar de Borrell por el aparato del Partido Socialista.

Sea como sea, una persona al frente de un partido determinado no es sólo una persona, y supongo que a eso quería apuntar tu amigo. Es una persona que en principio se identifica con el programa y sobre todo con esos principios generales de ese partido. Pero los programas cambian, a veces en la misma carrera electoral y a pesar de eso, quienes depositan su confianza en una persona, quizá impulsivamente, claro, quizá intuitivamente y sin la suficiente reflexión, siguen confiando en esa persona, porque les trasmite confianza o seguridad. Un ejemplo reciente lo tenemos en las propuestas de Podemos, que han ido cambiando con el paso de los meses y, sin embargo, sus seguidores por regla general no han dejado de confiar en Pablo Iglesias. Sin embargo, en el lado del PSOE y el PP está claro que la exigencia de los votantes no es tanto acerca del programa, ni siquiera tal vez acerca de una persona en concreto, sino la exigencia de medidas creíbles para perseguir y castigar la corrupción. Hoy en día, al votante del PP lo que más le retrae de votarlo no es que le guste o no el programa o el candidato, sino la indignación por la corrupción, y por eso busca o caras nuevas que le parezcan fiables o medidas anticorrupción convincentes.

Con esto quiero decir que las razones por las que votamos a uno u otro partido son una mezcla de muchos factores, a veces casi inconscientes: en un caso nos importa mucho la persona (por ejemplo, si se trata de elecciones para un alcalde, donde la personalidad puede llegar a ser fundamental), en otros casos nos seduce un programa con nuevas propuestas que nos gustan, en otros casos lo que inclina la balanza son las promesas de hacer una política nueva o de atajar la corrupción. En ciertos casos, nos impide o nos impulsa votar a un partido una propuesta concreta: en un momento dado consideré que no podía votar al PSOE por su implicación con el terrorismo de estado (el GAL), y tampoco podría votar a ningún partido que minimice, justifique o apoye el terrorismo de ETA. Borrel nunca justificó el GAL (a pesar de que le forzaron a hacerse una foto cerca de los acusados) pero Almunia sí. Razón suficiente para mí para votar a uno u otro, a pesar de pertenecer al mismo partido y tener más o menos el mismo programa.

En cualquier caso, la persona, el candidato, no sale de la nada por regla general, sino que pertenece a un partido, o al menos a una corriente política, a un movimiento ciudadano y, en consecuencia, comparte más o menos los principios e ideas de ese partido, así como el programa. No creo que tu amigo quisiera decir que daba igual quien fuera la persona, o tal vez sí  lo quería decir, pero, aunque coincido en parte las ideas de tu amigo, yo personalmente desconfió mucho de las personas surgidas de la nada, necesito referencias, información, saber qué opina, qué ha hecho, quiénes son sus amigos, sus socios, su partido, qué propuestas ha lanzado, etcétera.

Para mí, por otra parte, una piedra de toque importante para juzgar a los políticos y para decidir mi voto son precisamente los programas y las propuestas electorales, pero por vía negativa: si veo que proponen ciertas cosas que son imposibles de prometer, como el pleno empleo que dices, empiezo a desconfiar y me da la impresión de que estoy ante un demagogo. Prefiero a un político que me presente las dificultades y soluciones a las que hay que enfrentarse, quizá no perfectas y definitivas pero sí creíbles, al menos en cuanto a intención. Me gustaba una cosa que dijo Adolfo Suárez en su ocaso político, cuando pasó de 160 a 2 diputados (él y Rodríguez Sahagún): un político no tiene que hacer lo que quiere la gente ni cambiar su programa en función de la opinión estadística; es obvio que debe escuchar a la sociedad y detectar las preocupaciones, pero un político no tiene que decir lo que la gente quiere escuchar, sino que debe proponer ideas en las que cree y que considera que serán buenas para la sociedad, y son los votantes los que deben decidir si les gustan esas ideas y juzgarlo por ellas y por cómo las ha llevado a cabo. A veces, añado yo (pero creo que en la línea de lo que dijo Suárez), no puede llevar a cabo su programa, por lo que los electores deberán juzgar si ha hecho bien al no llevarlo a cabo, y si ha reaccionado bien ante situaciones imprevistas. Por terminar con Suárez, a quien nunca voté (o quizá sí en esos dos diputados casi finales, no lo recuerdo), nunca tuvo un programa claro, pero siempre supo reaccionar con bastante agudeza y entereza a situaciones verdaderamente imprevisibles e inesperadas, incluido un golpe de estado.

 Otra cosa es que existen ciertas propuestas concretas que sí son perfectamente realizables: legalización del matrimonio homosexual, salida del euro, no pagar la deuda, sí pagar la deuda, pagar la deuda pero auditarla y buscar responsabilidades, privatizar empresas públicas, nacionalizar empresas privadas… Bien, esas son propuestas claras, aunque los efectos de unas u otras pueden ser muy diversos y en ciertos casos imprevisibles. Pero prometer el pleno empleo sin más, creo que eso sí sería engañar al votante. Es una estafa, no por cumplirlo o no, sino por prometerlo.

En cuanto a lo de que la política sea vocacional, supongo que es una característica que en ciertos casos se puede dar, más allá del hecho de que resulta difícil definir qué es lo “vocacional” y cómo cada cual cree que se puede mejorar la vida de los vecinos, de los ciudadanos y de la sociedad. Y claro, Los políticos deberían ser honrados, pero eso no está en el genoma de nadie, así que creo que lo más importante es establecer mecanismos que permitan detectar la trampa y el engaño. Leyes que persigan la corrupción, instituciones y poderes que sirvan de contrapeso y denuncia (jueces, prensa, tribunales independientes); pero no entiendo muy bien tú planteamiento; es decir: ¿crees que cualquier político que no sea honrado al ver que “la política es sólo para honrados” diría: “Ah, bueno, yo pensaba que también era para mangantes y ladrones, y como yo soy un mangante y un ladrón, pues me voy a dedicar a otra cosa?”.

Es evidente que todos somos posibles víctimas de la corrupción y de la tentación, de hacer favores a los amigos, de creer que nos merecemos nosotros o los nuestros una recompensa por nuestros esfuerzos. Pensar que sólo con quererlo o declararlo uno no sea corruptible es ir más allá de la ingenuidad. Mi opinión personal es que el mundo de los ordenadores, el Big Data y los datos masivos, la transparencia bancaria, el cierre de los paraísos fiscales y otras medidas son lo que puede poner límites a la corrupción, no el pedir el carné de “incorruptible” a nadie, cosa imposible. Por otra parte, creo que otra cosa que me causa desconfianza es que alguien presuma de que puede acabar para siempre con la corrupción y de que su partido y sus candidatos no son corruptibles, que son de alguna manera “puros”: recordemos que el PP ganó varias elecciones diciendo reiteradamente que el PSOE era el “partido de la corrupción” y que ellos eran muy honrados.

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CUADERNO DE POLÍTICA

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Por qué no participo en los actos de la JMJ (obvio) y tampoco en la protesta contra los actos de la JMJ (no tan obvio)

Como he tenido alguna discusión con amigos y familiares acerca del tema de la visita del Papa y las jornadas de la  juventud mundial, que tienen lugar en estos días (agosto de 2011) en Madrid, he decidido explicar brevemente lo que pienso, ya que en las discusiones es difícil precisar las cosas y enseguida uno acaba discutiendo de todo y de nada (además, tampoco soy un prodigio de elocuencia verbal).

No participo en las jornadas papales por razones obvias. No soy cristiano, pero si fuera cristiano desde luego no sería católico. Creo que la Iglesia católica es una de las peores instituciones que han existido y que la actual está construida sobre las ruinas de una Iglesia criminal.  Aunque tengo amigos y conocidos católicos, me resulta absolutamente incomprensible que una persona sensata, moderada y justa pueda pertenecer a esta iglesia. No diré nada más para que no parezca que cargo las tintas para hacerme perdonar lo que diré a continuación y porque no me gusta jugar a radical de salón.

No participo en las protestas contra las JMJ porque, aunque hay buenas razones para criticar la visita papal y sus consecuencias, creo que quizá sólo una de esas razones es realmente válida: que un estado laico no debe destinar dinero a sostener los gastos privados de una religión. Acerca de este argumento ha habido también bastante discusión y confieso no estar suficientemente informado acerca de si se gasta, si no se gasta, si se recupera o no, si es el Estado, la Comunidad de Madrid o el Ayuntamiento quien gasta, etcétera.

Hay otras razones, por supuesto, como que no se puede bloquear una ciudad durante siete días para un acto privado, que no me parecen demasiado importantes, sobre todo si hablamos de agosto, que es un mes en el que ya la ciudad está paralizada de por sí. Si, además, se trata de cortar el tráfico, esa será una medida que yo siempre recibiré con aplausos, porque creo que la ciudad es para los ciudadanos y no para los coches (aunque dentro de ellos vayan otros ciudadanos).

En cualquier caso, me parece que se podrían dar otras muchas razones, pero me da la impresión de que quienes protestan contra las JMJ lo que quieren es una razón, cualquier razón, para poder hacerlo, por lo que enredarse a discutir este o aquel argumento es una pérdida de tiempo, algo que ya he tenido ocasión de comprobar varias veces. Uno, en este caso yo, dice lo que le opina de la cuestión tras examinarla con cuidado e intentando ser objetivo, y el otro responde lo que quiere creer, con examen o sin él, sin responder a razones, sino tan solo expresando puras emociones.

Especialmente débil, casi diría que bochornosa, me parece la explicación de quienes están contra las jornadas católicas de que se va a bloquear la ciudad, ya que, no durante varios días sino durante varios meses, quienes hemos participado en el 15 M, hemos tenido ocupada la plaza más importante de Madrid y hemos (en este caso yo no lo he hecho, pero sí lo he visto) participado en continuas algaradas por las calles del centro, entorpecido el funcionamiento de instituciones como el Parlamento, etcétera. Me parece una simpleza manipuladora, que debería hacernos enrojecer, esgrimir tales razones. No puede haber uan ley para nosotros y otra para “los otros”.

Pero, más allá de la debilidad de todos estos argumentos, estoy en contra de que las protestas contra la JMJ sean en forma de manifestaciones convocadas para que coincidan con las jornadas, porque me parece un acto de beligerancia. Un acto de enfrentamiento que además nos deja en muy mal lugar a los madrileños, porque los que van a participar en las jornadas católicas no organizaron manifestaciones contra el 15 M, a pesar de que Rajoy casi llegó a proponerlo. Y si lo hubieran hecho, es fácil imaginar la indignación que se habría producido en las filas del 15 M.

No soy tan ingenuo como para creer que con el amor se puedan solucionar los problemas sociales, pero desde luego estoy muy lejos de sostener el cinismo extremo que parece creer que sólo mediante el enfrentamiento podemos mejorar y organizar la sociedad. Creo que la afición al enfrentamiento está aumentando de manera peligrosa entre aquellas personas que no opinan de la misma manera, y que conviene moderar esa crispación, o al menos no participar en ella. Me parece que las relaciones internacionales y las sociales dentro de una misma nación quizá no se puedan basar en el amor, pero sí en el respeto y, desde luego, no en el odio. Carezco de esa especie de resorte instintivo automático que se activa en muchas personas nada más ver a alguien vestido con los colores vaticanos y cuando veo a jóvenes católicos por la calle, o incluso a monjas y curas, puedo pensar que se equivocan (y lo pienso con bastante intensidad), pero no siento un desprecio ni un rechazo irracional. hacia ellos.

Anuncio de la Revolución del Amor Católico junto a mi casa

Por otra parte, resulta irónico que estos católicos que aquí se reúnen y que parecen demostrar una capacidad de convocatoria quizá superior a la de los que participamos en el 15 M, también sean admiradores de esa palabra vacía llamada “Revolución” y que llamen a lo suyo Love Revolution. Digo que resulta irónico porque la Iglesia católica es, como ya he dicho, una institución casi especializada en el odio (con excepciones notables como Juan XXIII y Juan Pablo I) y porque la revolución del amor es un concepto de los años 60, de aquellos locos y maravillosos años, cuando personas muy alejadas de la Iglesia, de hecho contrarias a ella, creyeron que el amor era más importante que el odio.

Probablemente recurrir al amor como a una fórmula mágica no es muy distinto de recurrir a la palabra “Revolución”, pero la verdad es que yo ya estoy cansado de gritar y prefiero conversar, escuchar, entender y explicar a quien quiera oír.

La cama de la paz en la revolución del amor

Supongo que evangelizar a estos jóvenes católicos en las virtudes del laicismo puede ser más interesante y útil que manifestarse contra ellos y que el hecho de que se paseen por las calles de una ciudad en la que los homosexuales se besan con toda libertad puede ayudar a hacer cambiar de opinión a muchos de ellos y abandonar ideas insanas y reprimidas, quizá a descubrir que pueden ser más libres de lo que creían, e incluso a manifestar y hacer realidad sus propios deseos y pensamientos. Despreciarlos, insultarlos, hacerles sentir que son mal recibidos no creo que les haga cambiar de opinión. Propongo, más bien, una minicelebración del día del orgullo gay fuera de fecha.

Entradas de Ensayos de teología

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¿Reflexiones impopulares?

Madrid - Santa Isabel (4)

Cuando hacia finales de marzo inicié un viaje a China, escribí durante el largo vuelo un balance del 15 M, que en mi opinión estaba entonces entrando en una fase de crisis, previsible y razonable, por otra parte. He publicado algunos fragmentos, pero buscaré esas notas y quizá las publique íntegras más adelante, pero ahora quiero señalar, ya con más tiempo para observar la evolución del movimiento, algunas cosas que no me gustan. En otro momento, espero, hablaré de las cosas que sí me gustan, que son muchas, aunque ya lo he hecho en varias ocasiones.

No me gusta toda la retórica antisistema y la puesta en cuestión de la democracia. Desde el principio me pareció poco afortunado el uso de la expresión “democracia real”. Esa era la manera en la que la antigua dictadura de la Unión Soviética definía su sistema: la democracia occidental era “democracia formal” y la suya era la “democracia real”. Es un argumento que todavía se usa en Cuba, por ejemplo, para sostener esa especie de sistema hereditario republicano en el que dos  hermanos se pasan el poder el uno al otro.

No me gusta el uso constante de la palabra “revolución”. La revolución no puede ser una especie de teoría política. Es un fenómeno que se produce de vez en cuando y que cambia las estructuras del poder, o al menos a quienes lo detentan. Algunas veces ese fenómeno conduce a grandes resultados, como en el caso de la revolución de los claveles de Portugal o las de Egipto y Túnez. Otras veces, muchas veces, demasiadas veces, es la puerta de entrada al desastre y el crimen (Unión Soviética, China, Corea del Norte, Camboya…) Como cualquier persona sensata y que desea la justicia me habría alegrado con la Revolución francesa en su momento, como se alegraron Goethe, Hegel, Schelling, etcétera. Como cualquier persona sensata me habría espantado ante el Terror posterior, como se espantaron ellos, cada uno desde su propia posición ideológica. La Revolución inglesa trajo a Cromwell, la francesa el Terror, la rusa y la China el Terror de masas multiplicado. La revolución está justificada en muchos casos, pero casi siempre, en especial si es violenta, no sólo sirve para derribar el poder establecido, sino para establecer el siguiente poder con la fuerza de las armas, algo que ya denunció con mucha lucidez Woody Allen en el epílogo de Bananas, cuando el viejo revolucionario se convierte en el nuevo dictador.

Es evidente que en países como Egipto o Túnez hace falta algo parecido a una revolución, pero en otros como España lo que hace falta es sobre todo evolución. Llamar revolución a cualquier protesta es, además de un simplismo, una de las mayores aplicaciones del pensamiento mágico, una especie de mantra que se repite como si contuviera la solución de todos los problemas. La revolución casi nunca es deseable (excepto en las dictaduras criminales), sobre todo si provoca una inestabilidad permanente: es cierto que suministra diversión a unos cuantos, los que se lo pueden permitir, pero perjudica a muchas más personas, especialmente las más desfavorecidas.

Los sectores que menos me gustan del movimiento del 15 M son los que hablan constantemente de revolución, los que presumen de atacar el control del estado y los que emplean el anonimato para actuar de manera impune, usando, por ejemplo, su poder informático, para tumbar las páginas que no les gustan y ocultándose detrás de máscaras de Guy Fawkes, el hombre que quiso volar el Parlamento inglés con todo el mundo dentro. A pesar de que en cierta medida sigo considerándome anarquista, tengo claro desde hace muchos años que actualmente el más extendido es un tipo de anarquismo, emparentado con el ultraliberalismo americano, que es el reflejo invertido, pero no lo contrario, del fascismo de personajes como Unabomber o el asesino noruego. Una forma de elitismo antisistema que se basa más en el rencor, el odio y la envidia que en la lucha por la justicia o la libertad. Sería injusto considerar que el 15 M se reduce a esos sectores, pero sería iluso también no darse cuenta de que están ahí, con una presencia destacada, aunque supongo que muchos de los que llevan las máscaras inspiradas en Fawkes y el comic V de Vendetta de Alan Moore ni siquiera saben lo que significa. No me gusta el uso de máscaras y del anonimato con fines políticos, ni el uniforme robótico de caras hieráticas sonrientes, ni los modos de actuar ni las intenciones. Pero no quiero detenerme en este asunto porque sería injusto distorsionar el movimiento centrándolo en el sector más extremista, que es, como decía uno de los lemas del 15 M, más que parte de la solución, son parte del problema.

No me gusta la tendencia de muchos de los participantes en el 15 M, los indignados, o como queramos llamar a este fenómeno, a autodenominarse “pueblo”. El “pueblo” es una entelequia que sirve para justificar cualquier cosa y se podrían decir muchas cosas acerca de ese asunto, pero para no desviarme del tema, diré simplemente que nadie tiene derecho a  autonombrarse como “el pueblo”. El pueblo no habla casi nunca y si lo hace es brevemente. Podemos decir, si somos flexibles, que una parte del pueblo, quizá una parte importante pero no mayoritaria, habló, hablamos, el 15 de mayo. Pero ya no sigue hablando. Ahora hablan personas y grupos, que tienen todo el derecho a hablar, pero no a calificarse como la voz del pueblo.

Me inquieta cada vez más la insistencia en lemas como “No nos representan”. Si eso quiere decir que un grupo concreto formado por Fulano y Mengano y otras diez, cien, mil o diez mil personas no se sienten representados por los políticos actuales, estupendo. Yo tampoco me siento representado ni creo que pueda sentirme plenamente representado por ningún político o partido. Sólo puedo sentirme más o menos cercano o lejano a uno u otro y puedo pensar que es preferible que gobierne uno u otro, pero, a pesar de mi falta de identificación con ellos, esos políticos han sido elegidos en unas elecciones democráticas y, por poco que me gusten, sí que representan a la población española, y están en su derecho a hacerlo, al menos hasta que no se invente un sistema menos malo que la democracia parlamentaria. También estoy de acuerdo cuando ese lema se aplica, como se ha visto en muchas manifestaciones a los “políticos corruptos”, porque es obvio que no deberían poder representarnos. El problema es que me temo que la frase “no nos representan” se emplea muy a menudo con otro sentido, el absoluto: “[Los políticos] no nos representan a nosotros [que somos el pueblo]”. Lo siento, pero eso no puedo aceptarlo. Con todos los errores y defectos de la democracia española, que son bastantes, los políticos no sólo nos representan, sino que, lamentablemente, nos representan demasiado bien: sólo así se explica que los madrileños elijan una y otra vez con mayorías absolutas  a Esperanza Aguirre, o que los valencianos eligieran también mayoritariamente al “corrupto” Camps. He puesto entre comillas lo de corrupto no porque yo crea o no crea que Camps es corrupto, aunque conviene recordar a muchas personas que uno de los elementos del estado de derecho es la presunción de inocencia. Camps va  ser juzgado (no está mal para un sistema podrido) e incluso se ha visto obligado a dimitir. Es una prueba de que los mecanismos legales y la libertad de prensa funcionan bastante mejor de lo que se dice una y otra vez. Pero, al margen de que sea culpable o no Camps, me parece que la desmesurada atención a sus trajes hace que el debate político quede prácticamente reducido a cero. ¿Los trajes de Camps es lo peor que podemos decir de Camps? Hay que tener cuidado con estas obsesiones porque esa es la mejor arma de la derecha populista, como bien sabe desde hace décadas Berlusconi: que todos se centren en tus rarezas, escándalos y extravagancias y la política quede a un lado. Es un método que funciona. Funciona muy bien.

Capitalismo (las orejas de Mickey Mouse, el anuncio de L’Oreal al fondo), nazismo (Himmler), Europa=dinero (el signo del euro) y los políticos de la democracia (“No nos representan”). Ingenioso, pero ¿es todo lo mismo? ¿O es un perfecto ejemplo de esa manipulación por la imagen que tanto se denuncia?

Tampoco me gustan esas consignas tan repetidas de “No se trata de cambiar el gobierno, sino el sistema” ¿Qué quiere decir eso exactamente? ¿Se refieren al sistema capitalista, a la democracia? Es obvio que hay que cambiar tantas cosas que, si se lograran cambiar todas, casi podríamos hablar de un cambio de sistema, pero me temo también que no hay atajos y que la manera más segura de lograr cambiar el sistema es a través de los mecanismos (quizá en muchos casos reformados y reformables) del propio sistema: hacer nuevas leyes, desarrollar nuevas propuestas, porque siempre habrá nuevos problemas que afrontar cuando se resuelvan los que hay ahora. Muchos se han resuelto en los últimos años: un avance impresionante en la legislación internacional, la persecución de dictadores y militares criminales más allá de sus fronteras, la progresiva igualdad de derechos de las mujeres, la construcción de una Europa unida en vez de países permanentemente en guerra, la construcción de un estado de bienestar como nunca ha existido en toda la historia de la humanidad, los derechos de la población homosexual, la abolición de la pena de muerte en cada vez más países del mundo, la sanidad universal aprobada ayer mismo en España, el comienzo del fin de los paraísos fiscales a raíz de la crisis…

A lo mejor deberíamos parecernos a los noruegos que dicen que sí se sienten representados por sus políticos, porque a lo mejor la culpa no es sólo de los políticos sino de todos nosotros, que hemos estado de vacaciones mientras no había crisis y que ahora que nos ha caído la crisis encima nos ha venido también de repente un angustioso sentido de la responsabilidad, aunque volcado fundamentalmente en decir qué es lo que hacen mal los demás (que lo hacen, no lo dudo). A lo mejor los políticos están solos porque les hemos dejado solos. Cada uno es libre de implicarse más o menos en política (yo en particular confieso que nunca me ha tentado el asunto), pero quien quiera hacerlo tiene instrumentos suficientes para ello. Lo que pasa es que hay que usarlos. En Noruega muchos empiezan a los catorce años, por eso entre los muertos causados por el criminal antisistema fascista en la reunión de juventudes socialistas había muchos adolescentes.

Tampoco me gusta la soberbia de muchos participantes del movimiento, su chulería, la manera en la que se expresan como si tuvieran la solución a todos los problemas y los políticos fuesen tan increíblemente estúpidos que prefieren precipitarse en la nada antes que adoptar soluciones que están ahí , a la vista de todos. Sabemos, por ejemplo, que la ley electoral española es injusta, pero tampoco está tan clara la solución: ¿el modelo alemán, el francés, el inglés el americano? Casi todos, por cierto, son más injustos: si no me equivoco, en el americano el perdedor en un estado no tiene representación aunque saque el 40% de los votos. Es decir el partido perdedor de Texas se queda sin representantes durante cuatro años. Hay que cambiar muchas cosas, sí, pero pensar que la solución es sencilla o que ya la tenemos aquí delante es un ejemplo de lo que los ingleses llaman wishful thinking, pensamiento ilusorio, que consiste en dejarnos guiar en nuestros actos por lo más nos complace, en vez de en el análisis de situaciones reales, confundiendo los deseos con la realidad, avanzar a  golpes de emociones. Las emociones son importantes, muy importantes, pero también lo es el análisis realista, el trabajo diario sensato una vez que hemos salido del parque de atracciones emocional.

Debido a lo anterior, tampoco me gusta el recurso a argumentos simplistas con los que se obtiene el aplauso fácil, el decir lo que los que escuchan quieren escuchar, la actitud de aquellos que, como decía alguien, “siempre tienen razón, pase lo que pase”. Están los que siempre tienen razón y los que se ponen a hacer las cosas y descubren que no son tan fáciles como imaginaban. Creo, además, que lo popular no es ninguna garantía y que un buen político no debe decir lo que el pueblo, sea eso lo que sea, quiere que diga, sino lo que él cree. Recuerdo unas declaraciones en este sentido de Adolfo Suárez, cuando le decían que un político debía hacer lo que el pueblo quería que hiciera. Dijo algo así como que un político debe tener oído para escuchar las demandas sociales, pero no debe hacer lo que el pueblo le dice que haga, sino lo que él cree, de manera acertada o equivocada, que debe hacer. Un político debe decir: “Esto es lo que yo quiero hacer, si te parece bien dame tu voto y si ves que no lo hago, retíramelo”. Quizá esa integridad final le precipitó desde sus 162 diputados a sólo dos (él y Rodríguez Sahagún). Si se atendiesen los deseos del “pueblo” (de la mayoría de la población) en muchos países, entre ellos posiblemente España, habría pena de muerte, no habría derechos homosexuales y tantas otras cosas a las que inevitablemente nos llevaría seguir la voz popular.

Es cierto que a veces los políticos están por delante de eso que podemos llamar mayoría social, mientras que en otros casos están por detrás, como en las maravillosas y pacíficas revoluciones de pueblos supuestamente “no preparados para la democracia” como Túnez y Egipto. Pero no hay una fórmula mágica. En mi opinión, los políticos, los que a mí me gustan, los que creen en políticas progresistas, en compensar las desigualdades sociales, tienen que estar por delante de la sociedad y ser en cierto modo “impopulares”, como lo era Bertrand Rusell cuando publicó sus Ensayos impopulares, que con el tiempo se convirtieron en lo que todo el mundo pensaba, pero no porque Rusell se adaptara a la gente, sino porque la gente cambió de manera de pensar, en parte gracias a Russell.

Otro asunto es el entusiasmo. El entusiasmo es un mal consejero. Yo siento verdadero entusiasmo de manera natural por algunas cosas, más que nada por estar vivo. Me gusta la vida, disfruto del mundo, siento un gran placer casi simplemente al despertarme y cuando camino por la calle, observando cualquier pequeño detalle. Disfruto muchísimo, incluso de los malos momentos, porque creo lo que decía William Blake: “El hombre ha sido hecho de alegría y dolor y cuando entendemos esta verdad marchamos más seguros por un mundo mejor.” Quiero decir con esto que no necesito estimulantes artificiales del entusiasmo (me parece que muchas personas sí los necesitan y los buscan casi con desesperación). Pero aunque el entusiasmo me llena de fuerza, no me dejo llevar por el entusiasmo, porque también creo lo que decía Aristóteles: que una vida sin reflexión no merece ser vivida. He vivido el entusiasmo del 15 M desde el primer día y he disfrutado muchas noches en Sol, pero no puedo distorsionar la realidad que ahora observo para seguir viviendo en un entusiasmo acrítico.  Insisto en que el entusiasmo es una emoción estupenda pero no es una forma de pensar estupenda. El entusiasta tiende a creer que hay mucha más gente que piensa como él de la que en realidad hay, y que basta con desear mucho las cosas para que sucedan. Garton Ash decía que él era optimista de la voluntad pero pesimista del intelecto. No está mal, pero incluso podríamos decir “optimista de la voluntad, realista del intelecto”. Creo que lo que ha pasado es maravilloso y que ha dado lugar a muchas cosas buenas, pero que el abuso de una manera de actuar entusiasta, acrítica y soberbia, la movilización permanente que ya se hace cansina, la búsqueda de titulares constante, la ocupación sin criterio ninguno de lugares emblemáticos como Sol o los aledaños del Parlamento para así salir en las noticias y la multiplicación de consignas están estancando el asunto más que favorecerlo. De hecho me inquieta bastante que haya tantos lemas y consignas. El discurso de lemas, de aforismos, de frases estupendas e impactantes, es un  rasgo de ingenio, pero no la mejor estrategia para profundizar y resolver los problemas. Por otra parte, como le dije  a mi amigo Marcos en los primeros momentos que anunciaban la crisis del movimiento (en la resaca de las elecciones) el estado natural de los españoles es la indignación. El español es un indignado por definición, que siempre se está quejando (ya lo hacía antes de la crisis), así que pedirle que se indigne más es como echar gasolina al incendio. Hessel contaba en una entrevista que él no quería llamar a su libro Indignaos y que fue más bien una decisión comercial por parte de sus editores. Ahora ha escrito una continuación que se llama Comprometeos, porque sabe que el entusiasmo de la indignación sirve para ponerse en marcha pero no para avanzar con paso seguro hacia cambios que valgan la pena. Quizá su tercer libro debería llamarse Reflexionad. Lo escribiría yo mismo, si no fuera porque no me gusta decirle a la gente lo que tiene que hacer, ni los verbos imperativos.


POLÍTICA

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Zapatero

Además de regalarme un ejemplar de su Semen (a mí que soy otro ejemplar también de su semen), Iván me ha dado una fotocopia de las apostillas de abril que ha puesto en una biografía de Felipe González que ha escrito y que pronto se publicará. Lo reproduzco aquí por motivos que resultarán obvios tras leerlo:

APOSTILLA EN ABRIL

La concatenación azarosa de circunstancias se produjo. Quienes valoramos la ética hemos logrado formar parte de una mayoría. Cuando escribo esta apostilla el PSOE ha vencido en las elecciones legislativas generales y el PP se dispone a dejar de gobernar España. Dejó dicho Karl Popper que la democracia es un sistema político preferible a todos los demás, no porque permita elegir al mejor, sino porque hace posible echar al peor mediante el voto. Sin sangre.
A veces no es del todo cierto. Felipe González pagó, perdiendo el poder, la sangre vertida por los GAL. Aznar -en la persona de su sucesor in pectore, Mariano Rajoy- ha pagado el mismo precio. No por la sangre de Atocha y otros ámbitos de Madrid, que es obra del terrorismo islámico, sino por la de Bagdad y otros ámbitos de Irak, de la cual es cómplice activo. También ha pagado por sus muchas mentiras y engaños, llegados al paroxismo en las horas que siguieron al atentado, cuando por motivos electorales el gobierno intentó atribuirlo a ETA.
Las víctimas de Madrid eran personas inocentes. Las de Bagdad también. Incluso los asesinos de niños se convierten en víctimas inocentes cuando en Estados Unidos o en China los ejecutan. O los etarras cuando los mataban los GAL.
Alguna vez -y entonces entran ganas de creer en un dios para darle las gracias- los electores, en los países en que ello es posible, hacen pagar sus crímenes a los gobernantes. Sin una gota de sangre. Con un rectángulo de papel.
En cuanto a José Luis Rodríguez Zapatero, nuestro ya muy próximo presidente, déjenme desearle lo mejor y transmitirle algo que me dijo mi hijo Daniel cuando todo esto que nos ha ocurrido a todos era apenas previsible: “Creo que ZP va a ganar y que será mejor presidente que candidato. Incluso el mejor presidente que habrá tenido España.” Me encantaría comprobar que Daniel acertaba.
Ya es primavera en este hemisferio.
Madrid, abril, 2004


Nota en 2019: fue desde luego una buena predicción la mía, pues Zapatero ganó las elecciones (mi predicción fue hecha antes de los atentados de Atocha, así que dejo a otros el discutir incansablemente acerca de si ganó debido a la reacción tras los atentados o no). En cuanto a la otra parte, ni Iván ni yo acabamos pensando que Zapatero llegara a convertirse en el mejor presidente de España.


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