Sé radical: modérate

Hubo un tiempo en el que ser friki era sinónimo de ser raro, fuera de lo común, excéntrico. Un tiempo muy lejano.

Hoy en día, los únicos frikis en el sentido arcaico son los ciudadanos que no coleccionan figuritas, que no se han tatuado alguna parte del cuerpo, que no se pasan las horas hablando de sagas como Star Trek, Starwars, Juego de Tronos, o simplemente de series de televisión consumidas compulsivamente. Es decir, nadie.

Un friki ya no es aquel vecino raro que leía Monsters del cine encerrado en su habitación, sino la pieza de caza más codiciada por cualquier marketinero que se precie. Y la más fácil de atrapar: basta con echar una red de arrastre en cualquier lugar del océano digital y tirar de ella. Los frikis como tales desaparecieron cuando empezaron a organizar quedadas y reunirse por centenares para disolver su rareza en una masa indiferenciada. Lo friki, en definitiva, se ha convertido en un producto superventas.

Lo mismo que ha pasado con los frikis en el mundo de la cultura, ha sucedido en el terreno de la política con los radicales. Hoy en día los radicales se han convertido en la especie dominante y los moderados son ya animalillos en vías de extinción que no se atreven a salir de sus guaridas.

Hasta hace no mucho existían dos clases de radicales, que se situaban en eso que se ha llamado «los dos extremos del arco político»: la extrema derecha y la extrema izquierda, que, como es sabido, siempre se han alimentado la una a la otra. Se quieren tanto, se necesitan de tal manera, que cuando una empieza a abrir la boca la otra comienza a rugir.  Aunque cualquier persona sensata podría tener la tentación de pensar que si una persona se acerca a un precipicio la mejor manera de salvarla es advertirle del peligro y sujetarla para que no se caiga, llevándola a un lugar seguro, el pensador extremista, al ver que alguien se acerca a un abismo lo que hace es correr al otro extremo en busca de un precipicio comparable por el que tirarse, y a toda la sociedad tras él. Ese ha sido siempre el comportamiento radical y extremista: curar el exceso con más exceso y el fuego con más fuego.

¡Pero, qué tiempos felices aquellos en los que solo los radicales eran radicales! Ellos disfrutaban con su ardor y su presunción de ser los únicos que se preocupaban por salvar el mundo, incendiándolo, y los demás vivíamos tranquilos: tan solo bastaba con desviarnos un poco de la zona de precipicios, hacernos los sordos cuando nos gritaban al oído. Pero ahora ya no hay lugar en el que refugiarse ni cera con la que taparnos los oídos, porque los anti radicales también se han vuelto radicales.

Los anti radicales, en efecto, han adoptado el mismo estilo de los radicales de toda la vida. No porque acepten sus ideas, ni porque, como los radicales, digan aquello de «hágase la ley (mi  ley) y perezca el mundo», sino porque han adoptado su tono. Son tan gritones y vehementes en su anti radicalismo que a cierta distancia resulta imposible distinguirlos. Hoy  en  día un radical comme il faut y un anti radical hablan igual. Si pensábamos que existía una cierta relación entre la radicalidad de lo que se dice y la radicalidad de la forma en que se dice, estábamos equivocados. Ahora la descalificación constante y grosera, la acumulación de adjetivos calificativos, el negar al otro la posibilidad de equivocarse o de cambiar de opinión, de pensar de manera diferente o de contradecirnos, la presunción de superioridad moral constante y la santa indignación, han saltado desde los extremos hacia la zona que antes se consideraba moderada. Siento anunciarte, en definitiva, que ser radical ya ha perdido el glamour de lo raro, de lo extremo: ya solo hay extremos. Así que, si quieres sentirte diferente, si quieres ser original, si quieres distinguirte de una mayoría que ya no es silenciosa sino ruidosa, no lo dudes: sé moderado. Y si quieres apagar el incendio en el que ardemos todos cada día, también.


 

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Una interpretación del taoísmo

Dice Giuseppe Tucci en su interesante  Apología del taoísmo:

“Nadie dejará de reconocer las innegables ventajas que una concepción semejante [dominar la naturaleza]  ha traído. A ella se deben las conquistas de la ciencia, el mejoramiento de las condiciones de la vida. Pero por todo esto que hemos ganado, ¿cuánto no hemos perdido? Y los progresos técnicos o científicos ¿representan verdaderos progresos cuando no van acompañados de una refinada sensibilidad ética, un mejoramiento de costumbres, un reavivamiento del sentido religioso?”

Este es un planteamiento que quizá podemos aceptar sin demasiadas dificultades: el progreso científico puede tener consecuencias negativas si no es empleado de una manera sensata y ética. No se entiende, sin embargo, qué tendría de bueno ese “reavivamiento religioso” que Tucci parece echar de menos. Sigamos leyendo:

“En el fondo, hay más que temer de la viquiana [por Giambattista Vico] barbarie de la reflexión que del plácido ascetismo del monje budista o taoísta. La cruel última guerra mundial demuestra cuán distintos son los caminos de la inteligencia y del corazón y cómo la ciencia, puesta al servicio de las malas causas, merece que se la desprecie antes que se la celebre. Es bien cierto que hoy se va de Roma a Pekín en un tiempo por lo menos diez veces menor que en el pasado; pero ¿han mejorado por esto las almas? Por mi parte, lo dudo mucho”.

Aquí ya la cosa empieza a moverse en terrenos que nos resultan familiares, más que nada por la distorsion a través de dicotomías imposibles: ¿es que alguien va a decir que hay que alabar a la ciencia “puesta al servicio de las malas causas”? Supongo que no lo dirá nadie, como nadie dirá que haya debamos alabar al primitivismo “puesto al servicio de las malas causas” o al taoísmo “puesto al servicio de las malas causas”. Nadie en su sano juicio o que no sea un inmoral elogiará ninguna cosa “puesta al servicio de las malas causas”. Pero con esa proposición absurda ya ha teñido de negatividad la ciencia.

También empiezan las asimilaciones caprichosas, como pensar que la Primera Guerra Mundial es un ejemplo de los “caminos de la inteligencia”, es decir de ese mundo de la razón que detesta, cuando muchos pensamos que esa guerra fue un reflejo del poder de los instintos, de los impulsos, del sentimiento intuitivo e irracional que impulsa a los nacionalismos, es decir, de lo que Tucci llama, con esa metáfora de casquería a la que tantos son devotos, “los caminos del corazón”. Continuémos: 

“Este correr, este afanarse, este anhelar, no tiene, en el fondo, otro objeto que hacer la cartera más pingüe y la vida más cómoda y bajo el hálito de ese craso materialismo que parece amenazar con ahogar los impulsos de toda noble y desinteresada idealidad, de la que el grupo de los poderosos está siempre dispuesto a reírse, pierde valor todo cuanto no tenga una utilidad práctica e inmediata”.

Como ya he dicho, el de Tucci es un discurso típico y mil veces repetido en el que se mezclan mentiras, verdades y medias verdades. Pero podemos preguntarnos: ¿en qué han empeorado las almas?, ¿respecto a qué? ¿Respecto a la barbarie de los siglos pasados, cuando las mujeres no eran siquiera seres humanos o ciudadanos de pleno derecho, ni tampoco lo eran los negros, ni tampoco los esclavos, ni siquiera los trabajadores? ¿Se puede refinar mucho el alma cuando el cuerpo es maltratado?

Sería fácil seguir, pero no lo haré, para no dejar que mi pensamiento también se desboque en frases grandielocuentes.

Convendría decir quizá y podríamos aceptarlo: “A nuestras almas todavía les queda un largo camino por recorrer” o algo parecido. Pero decir que hemos perdido algo, decírnoslo a nosotros, que como Tucci, espero, sabemos cuál ha sido la historia del mundo en los últimos siglos, la historia del mundo antes de esa contaminación de la inteligencia y la ciencia, resulta casi impúdico.

Más adelante dice:

“Las mismas leyes, que se han hecho tan casuísticas y minuciosas, atestiguan, en sustancia, que ha aumentado en nosotros la voluntad y la capacidad de pecar, las estadísticas de la delincuencia prosiguen en un crescendo aterrorizador su ascensión, y no hay casi otro campo en donde los hombres den muestra de su codicia y de su refinada astucia como en el arte de engañar al prójimo”.

Ahora bien, si alguien señala a Tucci algún acto bondadoso (seguramente alguien debió hacerlo), él tiene una respuesta rápida: “todo es hipocresia”. Veámoslo:

“Nuestra sociedad, con todos sus filantropismos y sus humanitarismos, etc., es, en el fondo, profundamente egoísta, y las vestiduras que asume son de pura hipocresía. Cuando tanto preocupan los problemas morales es que la moral falta; cuando preocupa la forma, falta la sustancia. Con la rectitud se gobierna un estado – dice Lao-tze (cap. 57) -; con las estratagemas se combate; con refrenar toda actividad se obtiene el dominio sobre el mundo entero”.

Y aquí el pensamiento de Tucci, que quiere ser taoísta, se desboca definitivamente. Es perfectamente razonable entender la desconfianza de Lao zi o de Zhuangzi acerca de la leyes, porque vieron para lo que esas leyes servían en su época, pero creo que se alegrarían de que ahora haya leyes que, por ejemplo, prohíben la pena de muerte. Pero dicho esto hoy, es no ver y, además mentir: “Las estadísticas de la delincuencia prosiguen en un crescendo aterrorizador su ascensión”, dice Tucci, y repitan tantos. Pero, si hablamos de Europa, de Estados Unidos, incluso de China,  nunca en toda la historia ha habido menos delincuencia y crímenes que ahora. Basta informarse para descubrirlo. Otra cosa (quizá) es si hablamos de América Latina, por ejemplo, de gran parte de Asia, de gran parte de África, pero Tucci está criticando esa supuesta degradación producida en los lugares en los que imperan las leyes y, se supone, el estado de derecho.

A mí siempre me ha parecido simplista esa interpretación del taoísmo, especialmente de Zhuangzi (si es que Zhuangzi era taoísta), porque creo que Zhuangzi nunca se habría dejado atrapar por sus propias opiniones cuando las circunstancias le mostrasen una realidad diferente.

Al revisar este artículo en 2018 y escribir lo que aparece en color verde, decidí investigar un poco acerca de Giuseppe Tucci y descubrí, y debo decir que eso no me sorprende en absoluto, que se acusa a Tucci de adherirse al Manifiesto de la Raza de los fascistas italianos. Al parecer, se trata de una cuestión debatida, pero su adhesión al fascismo esta fuera de toda duda, si tenemos en cuenta que fue nombrado representante del gobierno italiano con rango de ministro en una misión cultural en Japón entre 1936 y 1937, donde ofreció discursos radiofónicos en apoyo al Duce.

Si digo que no me sorprende descubrir esto, que confirma mis recelos ante los cantos encendidos a la naturaleza y contra la corrupta civilización moderna, es porque este tipo de discursos son frecuentes entre los fascistas y nazis, ya sean italianos, españoles, alemanes, ingleses o rumanos. Y también entre los izquierdistas más radicales, a qué negarlo (los extremos se tocan, ya se sabe).

Por otra parte, su Apología del taoísmo la escribió en 1924, por lo que no tiene sentido lo que dije acerca de las estadísticas actuales. Los crímenes e hipocresía a los que se refiere, sin embargo, no son sin duda los del fascismo, el nazismo o cualquier otra doctrina totalitaria, sino los de las sociedades democráticas de la época, que esos movimientos hacia los que unió o alabó Tucci se habían propuesto “regenerar y limpiar”. Fracasaron, afortunadamente.


[Publicado en 2004. Revisado en 2018]

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Un hermoso símbolo: la serpiente

Una amiga de mi madre me regaló, en una acalorada discusión a los postres de una cena, un hermoso símbolo, en el que me siento representado.

Hablábamos de esto y lo otro, de Irak, de Euzkadi, de Irlanda, de Israel, de Palestina, y ella me dijo:

__Pero es que tú oscilas, te ondulas de un lado a otro.

Me di cuenta de que tenía razón: yo me ondulaba de un lado a otro. Y sin embargo, tenía también la sensación de moverme siempre en la misma dirección.

__ Sí -respondí-, me ondulo. Pero si te fijas bien, verás que este movimiento sinuoso y ondulante tiene siempre algo en común: “No matarás”. Siempre estoy contra los que matan, contra los asesinos, sean de un lado o de otro, contra la justificación del crimen. Así que es un movimiento ondulante pero muy firme y nada ambiguo: donde esté la muerte, no estoy yo.

La imagen que me vino a al cabeza es fácil de adivinar: la serpiente.

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Dice el sobre: “Horóscopo chino: SERPIENTE. Inteligentes, tenaces, posesivos y exigentes”. Características con las que no me identifico mucho, con algunas nada (posesivos, exigentes), aunque me gusta pensar, como a cualquiera que soy inteligente.

Una serpiente que va esquivando a los que asesinan y a los que entienden y justifican el asesinato, la tortura, la pena de muerte o la violencia.

Quiso después la casualidad, que al día siguiente, en la Biblioteca Nacional, me dieran un sobre de azúcar y que en el sobre viese esta imagen:Por último, recordé que cuando se reformó el cielo astrológico, incorporando uno o dos nuevas constelaciones y símbolos, la serpiente y la ballena, a mí me correspondiese precisamente Ophiochus, la serpiente.

Y con esta hermosa imagen de la serpiente, que hago mía, me doy una excusa para escribir un nuevo texto de la sección ¡Discusión! que parecía hibernada, y que a partir de ahora se llamará: “La lengua de la serpiente”.

[Escrito el 6 de diciembre de 2003]

 

 


LA LENGUA DE LA SERPIENTE
(CONTRA LA INTOLERANCIA Y LA JUSTIFICACIÓN DE LA INJUSTICIA)

Un hermoso símbolo: la serpiente

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John Milton y los spartoi

He aquí una acertada comparación de John Milton entre los libros y el mito de Cadmo, quien arrojó dientes de dragón que se convirtieron en los spartoi, los primeros pobladores de Tebas:

“Los libros sé yo que son tan vivaces y vigorosamente medradores como aquellos dientes fabulosos del dragón; y desparramados acá y acullá pueden hacer brotar gentes armadas (25)”.

La comparación debió de ser recibida por los enemigos de Milton y de la libertad de prensa de una manera tan literal que les asustaría más, reforzando sus deseos de censurar y prohibir libros. Y lo cierto es que los libros estuvieron en el origen de hombres armados como los que hicieron la revolución de Cromwell y los que la imitaron en Francia siglos después.

Precisamente, la Areopagítica de Milton es una defensa de la libertad de imprenta y, por extensión de la libertad de prensa, que tantos cambios produjo en las estructuras heredadas de la Edad Media.

 

[Ver también: Prensa, televisión y revolución]

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[Publicado el 7 de diciembre de 2007]

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John Milton y la libertad de imprenta

“Matar un buen libro es casi matar a un hombre”.

Areopagítica es el alegato de Milton en favor de la libertad de imprenta. El libro está dirigido a los miembros del Parlamento, a los que pide que retiren la Orden de que los libros hayan de recibir licencia, y con ello examen previo, antes de poder ser editados. Ataca Milton en particular el intento de censura:

“Otra clausula, la relativa a la necesaria licencia para los libros, que se nos antojaba con sus hermanas cuaresmal y matrimonial fenecida al extinguirse los prelados…”

Esto demuestra que hay que tener cuidado cuando se habla de los puritanos, puesto que Milton, que era puritano, era también partidario de la libertad de prensa, del divorcio y de la república, como aquí expresa él mismo:

“El Parlamento de Inglaterra, asistido por gran número de gentes que a él se manifestaron y a él se adhirieron, fidelísimos en la defensa de la religión y de sus libertades civiles, juzgando por larga experiencia ser la realeza gobierno innecesario, agobiador y peligroso, la abolió justa y magnánimamente, convirtiendo la regia sumisión en república libre, con maravilla y terror de nuestros vecinos émulos”.

 

********************

Más sobre Areopagítica

Comparo la defensa de la utilidad del error por Milton con Stuart Mill en: Defensa del error por Milton y Selden, donde también hablo de John Selden y de otras defensas de la utilidad del error.

John Milton y los spartoi

Prensa, televisión y revolución

Del último párrafo citado, hablo en El imaginario revolucionario

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 [Publicado el 7 de diciembre de 2007]

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La sociedad abierta de Bertrand Russell

 

He querido combinar en el título de este artículo el concepto de sociedad abierta popularizado por Karl Popper, con la figura de otro filósofo, Bertrand Russell. De este modo aparecen juntos por uan vez uno de los filósofos más importantes del llamado pensamiento conservador o de derechas (Popper), y por el otro lado el filósofo quizá más importante del siglo xx en el terreno progresista o de izquierdas (Russell).

No discutiré aquí lo acertado o erróneo de estas etiquetas, porque mi intención es otra. Quiero mostrar que la distinción entre izquierda y derecha, sea o no válida, es, al menos en un sentido fundamental, mucho menos importante que otro par de opuestos: el que enfrenta a la sociedad abierta con la sociedad cerrada.

Henri Bergson: las sociedades abiertas tienen Gobiernos que son tolerantes y responden a los deseos e inquietudes de la ciudadanía con sistemas políticos transparentes y flexibles. Ni el Gobierno ni la sociedad son autoritarios y el conocimiento común o social pertenece a todos. La libertad y los derechos humanos son el fundamento de la sociedad abierta (Wikipedia).

Karl Popper popularizó y dio nueva vida al concepto  de sociedad abierta propuesto por Henri Bergson, al publicar en 1945 La sociedad abierta y sus enemigos. El concepto puede ser a primera vista difícil de precisar, pero la lectura del libro lo aclara poco a poco, cuando Popper analiza a tres de los pensadores que él considera enemigos de la sociedad abierta: Platón, Hegel y Marx. El libro muestra, y creo que demuestra, la pulsión totalitaria de la República platónica, del Estado de Hegel y de la sociedad Comunista o revolucionaria de Marx.

La sociedad abierta y sus enemigos es una lectura estimulante para cualquier lector, de derechas o de izquierdas, y es una pena que el maniqueísmo que fomenta la popular distinción entre dos bandos irreconciliables (izquierda/derecha) haya hecho que muchas personas no presten atención al libro, debido a que su autor declaró en alguna ocasión su preferencia por los conservadores.Pocos libros se podrán encontrar más elocuentes que el de Popper en la defensa de una sociedad abierta, de la democracia, del estado de derecho, del respeto a los derechos humanos, de la libertad de prensa y de la libertad en general.

Algo semejante le sucede a los lectores de derechas al encontrarse frente a un libro de Bertrand Russell: lo dejan a un lado porque se trata de un autor considerado de izquierdas, defensor (ya en el siglo XIX) del feminismo, el divorcio, el amor libre, la ayuda del estado a los sectores discriminados en la sociedad, y cercano, y en ocasiones votante e incluso candidato, del socialismo o el laborismo británico.

La influencia de Russell fue enorme en el siglo XX y no cabe duda de que sus libros y su actividad política contribuyeron a que la sociedad fuese más justa y más libre. Esta influencia fue especialmente importante entre el sector izquierdista, ya que ofreció una alternativa al marxismo dominante y al apoyo explícito a los crímenes del estalinismo y el maoísmo que mostraron pensadores de izquierdas como Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y muchos otros. El contrapeso que pensadores como Bertrand Russell supusieron para que la izquierda no quedara por completo sumida en el dogmático marxismo-leninismo-maoísmo, fue fundamental. Desde esa izquierda se prestaba poca o ninguna atención a quienes denunciaban los crímenes pero eran conservadores, como el propio Popper, Raymond Aron, Jean François Revel, Isaiah Berlin, Joseph Schumpeter y tantos otros pensadores extraordinarios que eran ninguneados y acusados de fascistas o peligrosos derechistas, cuando no eran ni una ni otra cosa. Como mucho, eran de derechas, sin más, pero para cierta izquierda estaba, y aún parece estar prohibido, ser de derechas. Uno se pregunta en qué consiste entonces la democracia: ¿en elegir entre diversas variantes de la izquierda?

Karl Popper, por Fernando Vicente

Por su parte, Karl Popper, desde el otro lado, además de sus excelentes contribuciones a la filosofía de la historia y a la filosofía de la ciencia, hizo también una contribución semejante a la de Russell en el terreno político. Convenció a muchos conservadores de que no todo es válido en la confrontación ideológica, señaló la falibilidad de nuestras ideas y el deber que tenemos de someterlas a prueba y aceptar los resultados, insistió en la inmensa importancia de la tolerancia intelectual, en el respeto a las reglas del juego de la democracia y del estado de derecho. Es una gran contribución porque también había, y sigue habiendo, personas de derechas que consideran que ser de izquierdas es pecado.

Karl Popper dijo en varias ocasiones que Bertrand Russell era probablemente el filósofo del que más había aprendido, con la excepción de Hayek y quizá Tarsky.

Bertrand Russell y Karl Popper, cada uno desde un lugar diferente del espectro político, coincidían en que, aunque nos cueste ponernos de acuerdo en cómo organizar la sociedad o en el papel que debe jugar el estado en el terreno económico y otras cuestiones fundamentales, al menos sí podemos ponernos de acuerdo en que debemos aceptar el desacuerdo, en que el mejor sistema que se ha inventado para mantener ese desacuerdo en límites tolerables es la imperfecta democracia, y en que una de las mayores virtudes de ese sistema democrático consiste en permitir el libre juego de la disensión y hacer posible el reemplazo de quienes ocupan el poder sin necesidad de violencia y muerte. Debemos aceptar que gobiernen los que no piensan como nosotros, del mismo modo que ellos deben aceptar que gobiernen los que sí piensan como nosotros, no solo por respeto a las reglas democráticas, sino porque debemos tener la humildad de pensar que también podemos equivocarnos: ¿y si son ellos los que tienen razón? Cualquiera que examine las ideas que ha sostenido la izquierda y la derecha en los últimos cien años, descubrirá que la derecha de ahora acepta ideas que a sus abuelos de derechas les habrían parecido puro pensamiento revolucionario, mientras que la izquierda por su parte acepta ideas que a sus abuelos izquierdistas les habrían parecido puro pensamiento reaccionario. La pureza ideológica casi nunca tiene que ver con un examen racional de la situación, sino más bien con pensar “lo que toca pensar”, sin más reflexión. Por eso, Popper también añadía como característica de la sociedad abierta la racionalidad y la búsqueda de una verdad no sometida a los intereses de la ideología.

Bertrand Russell consideró que La sociedad abierta y sus enemigos era una crítica acertada y devastadora de Platón, Hegel y Marx.

Cualquiera de ellos, Russell o Popper, habría podido combatir con ardor las ideas del otro, y en alguna ocasión lo hicieron, como cuento al final de este artículo en “Dialogar a golpes de atizador”, pero también habría aceptado la victoria de sus ideas en unas elecciones libres, algo que cierta izquierda no aceptó durante décadas, del mismo modo que tampoco lo hizo cierta derecha. Los dos, en definitiva, defendían una sociedad libre y abierta, lo que no es una garantía para una sociedad justa, por supuesto, pero es sin duda el mejor sistema para enfrentar las diferentes ideas acerca de esa sociedad justa. Lo que es seguro es que una sociedad cerrada que prohíbe la libertad de prensa y de opinión, que coacciona a los otros poderes del estado, como los jueces o la prensa, o que promueve la división social creando bandos irreconciliables, es siempre sinónimo de una sociedad injusta y muchas veces el camino directo a la tiranía.

Me parece que en momentos como este, en el que nuevos partidos y movimientos cuestionan, desde la derecha y desde la izquierda, los elementos que caracterizan una sociedad abierta, y que recuperan un discurso intolerante y propio de tiempos infames que parecían olvidados, que señalan amenazadoramente a quienes piensan de manera diferente, o que insinúan que su llegada al poder les permitirá cambiar las reglas básicas de la convivencia democrática, es más necesario que nunca garantizar que esos elementos serán respetados, sean cuales sean los resultados de la confrontación de ideas políticas. Es un buen momento, en definitiva, para recordar a pensadores como Russell o Popper, que no coincidían en muchas cosas pero sí en las reglas imprescindibles del combate político e intelectual, esas reglas que evitan que la emoción sustituya a la razón y que la confrontación política se transforme en abuso y represión y conduzca de nuevo a la sociedad cerrada.

DIALOGAR A GOLPES DE ATIZADOR

Sucedió el viernes 25 de octubre de 1946 en el Club de las Ciencias Morales de Cambridge durante una charla de Karl Popper titulada “¿Existen realmente problemas filosóficos?”. A la reunión asistieron el filósofo Ludwig Wittgenstein, entonces en su momento de mayor celebridad, Bertrand Russell y el propio Popper, como es obvio. Aunque existen diferentes versiones del acontecimiento y se han escrito ensayos y novelas enteros acerca de aquella noche filosófica, parece que mientras Popper defendía la idea de que sí existen problemas filosóficos, Wittgenstein jugaba con el  atizador de la chimenea, que al parecer estaba al rojo vivo, como el propio filósofo, que lo agitaba “como la batuta de un director de orquesta para subrayar enfáticamente sus afirmaciones”. En un momento dado, Wittgenstein desafió a Popper a que propusiera un verdadero ejemplo de principio moral, al mismo tiempo que agitaba el atizador frente al rostro de su rival. Popper respondió: “No amenazar con un atizador a los profesores visitantes”. Según algunas versiones, Wittgenstein se encolerizó, arrojó el atizador al suelo y se marchó. Según otra versión, antes de que eso sucediera, fue Bertrand Russell quien se interpuso y exclamó: “¡Wittgenstein, suelte de una vez ese atizador!”. En cualquier caso, Wittgenstein se marchó dando un portazo. En días posteriores, Popper escribió a Russell agradeciéndole que interviniera en su defensa, y Russell respondió: “Me quedé muy sorprendido por la falta de buenos modales que parecía impregnar la discusión en un lugar como Cambridge. En Wittgenstein eso era previsible, pero lamenté que algunos de los asistentes siguieran su ejemplo”. La causa, sin duda, era el estilo wittgenstiano, más cercano a las maneras de un gurú que a las de un pensador dispuesto a cambiar de idea si le ofrecen buenas razones.


Un ensayo dedicado íntegramente a la discusión Popper-Wittgenstein: Wittgenstein’s Poker: The history of a Ten-Minute Argument Between Two Great Philosophers, de David J.Edmonds y John A.Eidinow


POLÍTICA

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El mandato del cielo

En la antigua China se consideraba que los emperadores obtenían su legitimidad del Cielo, de manera bastante semejante a como en la Europa cristiana la obtenían de aquel Dios que estaba “en los cielos”. Como dice Ana Aranda en “La modularidad china”:

“La permanencia de una dinastía está refrendada por el ‘Mandato del cielo’ (Tianming). El cielo (Tian) permite a los emperadores gobernar, sólo si administran de forma acertada el poder. Si el gobierno entra en decadencia, los emperadores pierden el mandato del cielo”.

De todos modos, la idea china del “Mandato del Cielo” era un poco más compleja que la simple afirmación de que el Cielo decidía qué dinastía o emperador debía reinar. Para seguir gozando del mandato del cielo un emperador debía cumplir ciertos requisitos. No se trataba de algo tan caprichoso como la voluntad de un Dios inescrutable o de la predestinación.

 Uno de los aspectos más importantes del mandato del cielo tenía era la justicia y el bienestar del pueblo. Kung Zi (Confucio) y su discípulo Meng Zi (Mencio) justificaron en sus escritos la rebelión contra aquellos monarcas que se separasen del mandato del cielo. Meng Zi justificó incluso el tiranicidio:

“Si los diferentes príncipes reinantes, por la tiranía que ejercen sobre el pueblo, ponen en peligro los altares de los espíritus de la Tierra y de los frutos de la tierra, entonces el Hijo del Cielo los despoja de su dignidad y los reemplaza por príncipes sabios.” (Meng Zi)

La cosa no es tan extraña si pensamos que en el pensamiento cristiano medieval también se admitía esa posibilidad, la del tiranicidio de un rey injusto. Así lo hace, por ejemplo, Juan de Salisbury en su Policraticus:

“De todo lo cual resultará fácil ver que siempre fue permitido adular y embaucar a los tiranos, y que siempre fue honesto quitarles la vida, si no se les podía poner coto de otro modo”

En la historiografía china era habitual describir al último emperador de una dinastía como desastroso, para así justificar el cambio de dinastía a causa de la pérdida del mandato del cielo. Por el contrario, el primer emperador de una nueva dinastía siempre era estupendo. Todas las dinastías empiezan bien porque tienen el mandato del cielo, y todas acaban mal, porque lo han perdido, esa es la tautología más célebre de la historiografía china.

Wu Zetian

La única emperatriz china, Wu Zetian, fue la primera y última de su dinastía, la Zhou, por lo que se la podía considerar enviada por el cielo y también, rechazada por el cielo. Los historiadores chinos tradicionalmente se han decantado por la segunda posibilidad y la han presentado con los más oscuros colores, aunque actualmente esta opinión es muy discutida.

¿Y cómo se sabía si un emperador había perdido el mandato del cielo?

Generalmente gracias a los desastres naturales, que eran las señales que enviaba el cielo.

Cuando sucedían los desastres naturales, eso podía significar que había que cambiar de dinastía o de soberanos.

El más terrible terremoto del siglo XX tuvo lugar en China en 1976, pocos meses antes de la muerte de Mao Zedong, por lo que muchos consideraron que anunció el gran cambio que se produjo en China a la muerte del Gran Timonel, que culminó con la elección como líder supremo del Pequeño Timonel, Deng Xiaoping, al que los historiadores consideran el verdadero artífice de la modernización china y de su previsible conversión en primera potencia mundial, tras los desastres de la época maoísta. No negaré que que yo comparto esa opinión.

Deng Xiaoping

Deng Xiao Ping era uno de los enemigos de Mao Zedong, pero fue también uno de los pocos que logró sobrevivir a sus purgas, porque todos en el Partido Comunista, incluido Mao, sabían que era el único capaz de arreglar los sucesivos desastres económicos causados por los caprichos y políticas insensatas de Mao.

Los desastres naturales en Myanmar (antigua Birmania), un país gobernado por una Junta Militar que sólo tiene el apoyo decidido de China, y los más recientes en la propia China, poco después de la represión en Tibet, han hecho a muchos pensar que los actuales dirigentes han perdido el Mandato del Cielo y que se avecinan cambios importantes.

La verdad es que no hay nada más fácil que prever que se produzcan cambios en China, por la sencilla razón de que se están produciendo constantemente. Ahora mismo, cuando escribo este artículo en 2005, por causa de los Juegos Olímpicos.

Sea como sea, no parece nada razonable la manera en la que el Cielo avisa al pueblo chino y a los emperadores de la necesidad de un cambio. Si el Cielo desautoriza a los dirigentes que no gobiernan bien a su pueblo, ¿por qué lo hace maltratando aún más al pueblo mediante desastres como un terremoto?

Lo razonable sería que castigase tan sólo al dirigente, como hizo durante la dinastía Ming, el 9 de mayo de 1421, cuando un gran incendio destruyó la Ciudad Prohibida:

“Esa noche…cayó un relámpago en lo alto del palacio que había sido construido recientemente por el emperador. El fuego que se inició en el edificio lo envolvió de tal manera que parecía como si dentro se hubieran encendido cien mil antorchas cargadas de aceite y mecha.”

El propio trono imperial quedó reducido a cenizas y el emperador Zhu Di se fue al templo a rezar y lamentarse:

“El Dios del Cielo está enfadado conmigo, y, por tanto, ha quemado mi palacio, aunque yo no he cometido ninguna mala acción… Quizá se ha cometido alguna trasgresión de la ley ancestral, o alguna perversión de los asuntos de gobierno… Quizá los castigos y los encarcelamientos han sido excesiva o injustamente aplicados a los inocentes… En mi confusión no puedo encontrar la razón.”

Zheng He

El almirante Zheng He, que navegó en gigantescos barcos a tierras lejanas (se discute si descubrió América en 1421). Cuando regresó a China, cargado de tesoros y novedades, descubrió que la política de apertura y descubrimiento había acabado y que China iniciaba un período autárquico y aislacionista, de espaldas al mar. De este modo, China, que entonces estaba tal vez a punto de convertirse en la primera potencia mundial, comenzó su larga decadencia.

El emperador fue a partir de entonces de mal en peor, hasta que murió en mitad de una desastrosa expedición militar. Su hijo, nada más acceder al trono, proclamó un decreto mediante el cual señalaba la causa del enfado del Cielo: las expediciones navales alrededor del mundo del almirante Zhen He.

Sin embargo, bajo los truenos celestes, a mí me parece escuchar el rumor de las pisadas de los mandarines, que se oponían a una China abierta al exterior y cosmopolita. Por eso, yo creo que hay que entender la metáfora que los historiadores emplearon para describir el incendio de la Ciudad Prohibida, no como una metáfora, sino como una descripción literal de lo que realmente sucedió:

“De tal manera que parecía como si dentro se hubieran encendido cien mil antorchas cargadas de aceite y mecha.”

¿Encendieron los mandarines esas cien mil antorchas?

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[Publi­cado el 27 de sep­tiem­bre de 2005 en Mundo Flotante]


Un ejemplo reciente de cómo en la Iglesia católica también se recurre al Cielo para justificarse, pero cómo, sin embargo, después se hacen oídos sordos a sus avisos, lo tuvimos recientemente con la visita de Benedicto XVI a Madrid: ¿Por qué Benedicto no escucha a Dios?

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La comprensión no implica justificación moral

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El historiador Taylor cuenta a Ved Metha en La mosca en el frasco:

“Cuando juzgo -tal vez esta es una forma errónea de proceder para un historiador- cuando juzgo los sucesos del pasado, trato de hacerlo tomando en cuenta la moralidad existente entonces, no la mía”.

Esta es una opinión con la que es tan fácil estar de acuerdo como en desacuerdo.

Es evidente que hay que intentar conocer la moralidad de “entonces” y las razones que impulsaron a cada persona en cada época a actuar de una u otra manera. Pero de ahí se pasa muy fácilmente a la justificación, cosa con la que no estoy de acuerdo.

Es decir, no creo que la explicación de un acto del pasado sea equivalente a justificación. Un acto no pierde o gana moralidad porque sea cometido más allá o más acá de determinadas fronteras temporales o espaciales.

Es cierto, sin embargo, que si en una determinada sociedad es común considerar como normal la esclavitud, resulta muy difícil que un ciudadano de tal comunidad sea capaz de percibir que la esclavitud es deleznable, pues le parecerá algo sencillamente natural. Eso no implica que la esclavitud se convierta en algo estupendo contemplado por el historiador que mira desde los parámetros de esa cultura. Podemos juzgar con menos dureza a un esclavista griego del siglo -VIII que a uno del siglo -V, pero no podemos considerar que el del siglo -VIII era un persona moralmente estupenda, cosa que sí opinaría al menos yo, si se tratase de un antiesclavista del siglo -VIII. Dicho de otra manera, quizá en algunos casos podemos calificar de morales o justos ciertos actos dentro de un contexto histórico, aunque no sea tan fácil a veces calificar de inmorales o injustos otros en ese mismo concepto histórico. Digamos, por ejemplo, que alguien, como Platón en el siglo -IV o Li Zhi hacia el año 1600 dijeran que se debe educar tanto a los hombres como a las mujeres. Esas dos opiniones tienen un gran valor ético, moral y social, un valoir incluso doble por haber sido expresadas en un conntexto en el que estaba extendida la idea de que las mujeres no debían acceder a la educación.

En cualqueir caso, el hecho de que conozcamos por qué la gente actuó de esta o de aquella manera, y que intentemos explicarlo, es muy  distinto del hecho de que al hacerlo justifiquemos desde un punto de vista moral sus actos. Por otra parte, a menudo sucede que se considera como definitorio de una época lo que los poderosos de esa época o lugar preferían y es frecuente que se presente las culturas como todos coherentes, como conjuntos sin partes, ni disidencias. Pero eso está muy lejos de la realidad. No me extenderé más aquí sobre este tema.


NOTA en diciembre de 1994
La ecuación explicación=justificación, lleva a una curiosa paradoja. Este razonamiento se aplica cuando se estudia una cultura ajena, espacial o temporalmente. Pero, de ser cierta tal teoría, tampoco podemos juzgar con equidad a nuestros contemporáneos, puesto que en cuanto hayan pasado cien años, la descripción o explicación de sus actos servirá para justificarlos.
Ahora bien, además de esto: ¿servirá también la explicación de mis actos combatiendo esos actos que se han explicado/justificado para, a su vez, justificar los míos? Dos paradojas por el precio de una.
Si se prosigue este análisis, y ya me imagino las razones que esgrimirán los justificacionistas, se llega a dejar esa teoría vacía de contenido, pero no me ocuparé aquí de ello. Por otra parte, cuando se habla de la moralidad de una época, se habla de los testimonios conservados de esa época acerca de la moralidad, que, salvo raras excepciones y por razones bastante evidentes, suelen coincidir con las ideas de los poderosos.

NOTA en 2016
Con mucha razón, Carr ha sido criticado, incluso por los historiadores rusos después de 1989, por presentar en su historia de la Unión Soviética los hechos desde el punto de vista de Lenin y Stalin. Y lo hizo precisamente recurriendo al argumento de que había que describir y explicar las cosas en su contexto.


[Escrito antes de 1994. Publicado el 4 de junio de 1994. Revisado también en 2019]


POLÍTICA

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Escepticismo y credulidad

burrosHay personas que aplican toda la fuerza de un espíritu crítico y escéptico contra quienes sostienen ideas políticas diferentes  a las suyas, pero, al mismo tiempo, creen en verdaderas simplezas que no resisten el más mínimo examen crítico y escéptico.


[Publicado en 2007]

POLÍTICA

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PENSAMIENTO Y CREATIVIDAD

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