Ateísmo y optimismo

En Lo uno y lo plural dije que son pocos los ateos optimistas, aunque habría que recordar a todos los marxistas ateos y sin embargo optimistas en su anhelo de trasformar radicalmente la sociedad. Se podría decir, por supuesto, con algo de malignidad tal vez, que los ateos marxistas son creyentes en el dios de la Revolución.
Por otra parte, todo eso se refiere a la esencia moral del universo, no a cuestiones de ética personal o actividad práctica: se puede ser pesimista en lo que respecta al cosmos tomado en su conjunto, pero optimista al considerar la propia existencia.


Acerca del comunismo como religión: El santoral revolucionario

Ver también: Investigación acerca del optimismo y el pesimismo

[Publicado en 1998]

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La política del Amor Universal

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Modi, comnocido como Mozi (maestro Mo)

Una expresión como “Amor Universal” nos hace pensar inevitablemente en monjes vestidos con túnicas color mostaza o azafrán que avanzan sonrientes entre el tráfico de la gran ciudad haciendo tintinear sus campanillas, mientras predican una religión oriental de amor, paz y compasión. La única coincidencia entre esta imagen y la expresión “política del Amor Universal” es que se trata de una filosofía oriental. De eso que, debido a una particularidad geográfica europea, llamamos Oriente.

La política del amor universal es la manera en la que se ha traducido la expresión china 兼愛 (jiān ài), con la que se define el pensamiento de Mozi, un filósofo que vivió en una época que estaba muy lejos del amor universal, al final de las Primaveras y Otoños, poco antes de que se iniciara la llamada era de los Reinos Combatientes. En los tiempos de Mozi, tras la descomposición del poder de los Zhou, lo que con el tiempo sería China estaba constituido por diferentes estados que vivían en una guerra permanente.

Como dice Angus Graham, “Amor Universal” no es una buena traducción. Sería preferible algo como “preocupación por toda persona” o “preocupación hacia todos”, aunque también se ha propuesto “amor mutuo”, “amor que lo abarca todo”, “amor correlativo” y “amor recíproco”.

Mo Di, el marestro Mo (Mozi) es un personaje muy interesante, un pacifista que se dedicó a la guerra de defensa, protegiendo a los estados pequeños que eran atacados por otros mayores, mediante todo tipo de ingenios que permitieran resistir a las fortalezas asediadas. Aquí no quiero hablar de sus andanzas, sino tan solo  de esa expresión, simplista pero efectiva, de “amor universal” (o “preocupación hacia toda persona”). Es una idea que se entiende mejor si la comparamos con la filosofía rival de Mozi y los moístas, el confucianismo.

Confucio-11Para Confucio, el modelo a seguir en las relaciones sociales es el de la familia, donde existe una jerarquía en la que el lugar más importante lo ocupa el padre. Después del padre están los hermanos mayores, los hermanos menores, las hermanas mayores y las hermanas menores. La madre, hasta que no es madre, pertenece a otra familia, y solo entonces, al tener un hijo, de preferencia varón, adquiere un cierto estatus que le permitirá ser considerada miembro de pleno derecho de la familia en tanto que futura suegra. Si es madre solo de hijas, no será suegra de su familia, sino de una familia ajena, lo que reduce su importancia. Las relaciones de afecto y respeto de la familia, que el Estado debe imitar, están reguladas por esta jerarquía, que permite distinguir entre diferentes amores y diferente respeto, siendo lo más importante la piedad filial 孝 (xiao), después el amor de los padres por los propios hijos 慈 (ci), y a continuación el ti (弟), el amor entre hermanos.

En contra de esta idea confuciana de las gradaciones del amor y el respeto, Mozi sostenía que se debía respetar a todos por igual, fuesen o no familiares. Incluso aseguraba que nadie debía tener privilegios especiales por nacer o vivir en una ciudad determinada, en un reino o una nación, puesto que todos los seres humanos soniguales y deben ser merecedores de los mismos derechos, sin que ninguno de ellos pueda tener privilegios debido al lugar en el que había nacido.

MoziMontaigne3, en consecuencia, fue uno de los pocos pensadores, entre los que se podría mencionar a Epicuro, a Aristipo, a Pablo de Tarso o, ya mucho más tarde, a Montaigne, Bertrand Russell o Albert Einstein, que lograron sobreponerse al sentimiento de pertenencia familiar, grupal, social o nacional y a todos los egoísmos nacidos de la creencia de que se debe favorecer de alguna manera al propio grupo o que deben existir diferencias por pertenecer a una comunidad, nación o estado. Fue, en definitiva, uno de los pocos cosmopolitas de la antigüedad, de aquellos que, como el cínico griego Diógenes, se definieron como “ciudadanos del mundo” o que, como el estoico cordobés y romano Séneca, dijeron:  “No he nacido para un solo rincón, mi patria es el mundo”. Mozi, de manera muy semejante a ellos, dijo: “Todo el universo es mi familia y dentro de los cuatro mares todos somos hermanos”.

Por fortuna, en el siglo 21 estas ideas ya no resultan tan extrañas y hemos tenido la suerte de vivir la construcción de una Europa unida, con todos sus defectos y problemas, y del progresivo desarrollo de organizaciones globales que intentan acabar con los particularismos y caminar hacia una legislación universal que haga realidad las ideas de Mozi y de aquellos pensadores. Pero tampoco faltan, incluso en  una Europa que debería estar muy escarmentada,  llamadas al viejo nacionalismo exclusivista, que creíamos ya parte de un tiempo primitivo y superado, en el que las diferencias nacionales todavía podían ser utilizadas por los demagogos como arma de enfrentamiento y movilización social.


 

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CHINA

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Maneras de predecir el futuro

Adivinar el futuro ha sido una ambición de los seres humanos desde los tiempos más remotos. Se ha intentado conocer el futuro leyendo las entrañas de animales, mirando las estrellas, sacrificando toros o caballos, echando las cartas, examinando los posos del café o interpretando los sueños, como hizo Daniel cuando el rey Nabucodonosor soñó con una extraña estatua:

Tú, oh rey, mirabas, y he aquí una gran estatua. Esta estatua, que era muy grande y cuyo brillo era extraordinario, estaba de pie delante de ti; y su aspecto era temible.
La cabeza de esta estatua era de oro fino; su pecho y sus brazos eran de plata; su vientre y sus muslos eran de bronce; sus piernas eran de hierro; y sus pies en parte eran de hierro y en parte de barro cocido.
Mientras mirabas, se desprendió una piedra, sin intervención de manos. Ella golpeó la estatua en sus pies de hierro y de barro cocido, y los desmenuzó.
Entonces se desmenuzaron también el hierro, el barro cocido, el bronce, la plata y el oro; y se volvieron como el tamo de las eras en verano. El viento se los llevó, y nunca más fue hallado su lugar. Y la piedra que golpeó la estatua se convirtió en una gran montaña que llenó toda la tierra.
 Daniel interpretó esa estatua formada por diversos materiales como la sucesión de cuatro grandes reinos, que los seguidores de los textos bíblicos han intentado situar en la historia conocida con mayor o menor éxito.

Como es sabido, o como debería serlo, el método de los profetas consiste fundamentalmente en contar el pasado como si fuera el futuro, es decir: inventarse a un profeta que habría vivido en tiempos de Nabucodonosor y atribuirle un texto escrito trescientos o cuatrocientos años después, un texto escrito por ellos, claro, por los propios profetas.

Interpretación moderna de la estatua

La anterior es una manera curiosa de predecir el pasado, que tiene ciertas semejanzas con la que tenían que aplicar los historiadores rusos durante la época de Stalin, pues constantemente se veían obligados a reescribir el pasado, siempre en función de las purgas ordenadas por el dictador. Eso les obligaba a borrar de las fotografías a quienes ya no eran bien vistos. Ante la dificultad de predecir lo que el día de mañana sería correcto, un historiador soviético de la época dijo: “Hoy en día lo difícil no es predecir el futuro, sino el pasado”.

Un camarada caído en desgracia desaparece del pasado


PENSAMIENTO Y CREATIVIDAD

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POLÍTICA

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Patria

La historia del mundo está llena de grandes hombres –y ocasionalmente alguna gran mujer— cuya grandeza ha consistido en haber asesinado a miles de sus congéneres. Como bien dijo Fontenelle, acerca del cristianísimo emperador Constantino: “No pudiendo aumentar el número de los cristianos, decidió disminuir el de los seres humanos”.

Un amigo italiano me hizo ver un día que los franceses presumen de su gran héroe Napoleón Bonaparte, que al fin y al cabo lo que hizo fue sumergir Europa entera, desde Cádiz a los Urales, en una guerra continua y  sangrienta en la que murieron cientos de miles de personas, probablemente dos millones y medio, tan sólo para satisfacer las ansias de conquista de un megalómano.

Algo semejante podríamos decir de Alejandro Magno, Julio César y todos los grandes conquistadores y padres fundadores de todas las naciones del mundo, con alguna excepción, como Gandhi, que no sólo recurrió a métodos pacíficos para conseguir la independencia de India, sino que además aceptó la segregación de Pakistán con tal de evitar una guerra civil.

Quien afirme que todas las banderas son trapos manchados de sangre no está diciendo algo demasiado alejado de la verdad, porque la historia de las naciones es en gran parte la del crimen organizado. Pero no organizado a pequeña escala, como el de la Mafia, sino con recursos inagotables y decenas de excusas para justificar la muerte, el asesinato y la matanza, que son aceptadas sin dudarlo por millones de patriotas. Ya comenté en otro lugar  lo que decían Chaplin y Zhuangzi de aquellos que son llamados criminales por haber cometido un asesinato, frente a los que se convierten en héroes nacionales por haber cometido decenas de miles.

Es muy posible que algunas de las afirmaciones anteriores le parezcan algo exageradas a algunos lectores y que aquí o allá consideren que un héroe conquistador o revolucionario, un padre de la patria, no puede ser calificado tan alegremente como un criminal.

Me temo que se equivocarán en todos o casi todos los casos y que, además, es demostrable su error, siempre y cuando estén dispuestos a ver por una vez su punto ciego, esa ceguera fisiológica, ideológica, moral y política que nos impide ver algo que tenemos delante porque choca con nuestras emociones más intensas, porque pone en cuestión nuestras ideas más queridas. Y una de nuestras más queridas emociones es la que se refiere a nuestra identidad como miembros de una nación. Una identidad tan fuertemente asentada en la mayoría de las personas, tanto en naciones con estado como sin él, que permite convertir un pequeño punto ciego en un océano de ceguera.


[Publicado el 15 de marzo de 2012]


 

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La importancia de lo superfluo

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He dedicado al tema de lo superfluo un libro sin duda innecesario llamado Lo único que importa es lo superfluo. En él explico que el avance de la civilización consiste en gran medida  en prestar una atención cada vez mayor hacia lo superfluo, hacia lo innecesario.

En lo necesario casi todo el mundo se pone de acuerdo con facilidad. Es necesario comer, dormir (al menos un poco), tener una casa (al menos un techo) y algunas otras necesidades básicas. Pero muchas otras cosas parecen, si no innecesarias, sí al menos no tan urgentes, en ocasiones incluso superfluas.

Cualquier persona que haya vivido unos pocos años (digamos, unos treinta) ha tenido ocasión de escuchar muy a menudo que esto o aquello es secundario, porque ahora hay tareas y desafíos más urgentes. Y tal vez sea cierto, quizá hay en ciertos momentos asuntos más urgentes que otros, pero es muy probable que quienes no se conforman e insisten en que esas otras cosas superfluas también son importantes sean los verdaderos responsables de que la sociedad sea más justa, equilibrada y sensata. Para muchos estadounidenses, la seguridad social es superflua, o al menos no tan importante como nos lo parece a la mayoría de los europeos. Insistir en ese asunto, fue para Barack Obama una apuesta peligrosa, que puso en peligro su victoria en las elecciones y que le hizo perder la mayoría en las dos cámaras.

Engels

En el siglo XX, e incluso ahora, en muchos países que se definían como revolucionarios, la libertad sexual y la equiparación de derechos de los homosexuales eran asuntos secundarios, que “ya se resolverían en su momento”, cuando se hubieran solucionado los problemas “realmente acuciantes” para la nueva sociedad socialista. No es mi intención, por supuesto, afirmar que ideólogos como Marx, Engels, Lenin o Fidel Castro pensaran eso, es decir, que la liberación homosexual ya se resolvería en el futuro estado socialista. Como es obvio, ellos pensaban (y piensan) que no había nada que resolver, porque se trataba, sencillamente, de una aberración. Engels, por ejemplo, consideraba la homosexualidad «moralmente deteriorada», «abominable», «despreciable» y «degradante» y Marx animaba a su amigo a buscar “un par de chistes (de maricones)” y hacerlos llegar a los periódicos, para desprestigiar al dirigente sindicalista Jean Baptista von Schweitzer, una técnica que todavía se emplea hoy en día de tanto en tanto, incluso en España, país pionero en el reconocimiento de la igualdad entre heterosexuales y homosexuales.

Johann Baptista von Schweitzer

Johann Baptista von Schweitzer

Ahora bien, muchas personas de ideología declaradamente izquierdista o progresista han excusado durante décadas las razones de los dirigentes de esos países del “socialismo real” y han “entendido” que los homosexuales carecieran de derechos justificando lo injustificable, por ejemplo, mencionando aquello de “lo superfluo”. Porque una de las mejores maneras de justificar lo injustificable consiste en decir que no es un asunto importante y posponer el problema y su solución para un futuro lejano. Así se ha considerado durante décadas en la Cuba revolucionaria, y así se ha seguido considerando, aunque en menor medida, en Estados Unidos, por ejemplo en asuntos como el matrimonio homosexual, que los políticos ponían en lo más bajo de su lista de tareas pendientes, al menos hasta que recientemente (2012) tanto el presidente como el vicepresidente, Obama y Biden, se han pronunciado inequívocamente a favor del matrimonio homosexual.

Joe Biden

Por otra parte, casi todo el planeta considera hoy en día un asunto, si no superfluo si al menos de segunda importancia, el que la mitad de la humanidad carezca de los mismos derechos que la otra mitad en un gran número de países. Me refiero, por supuesto, a las mujeres en los países musulmanes.

 


Durante años, he escuchado todo tipo de excusas, basadas en el relativismo cultural y el supuesto respeto a las culturas ajenas para justificar esa discriminación intolerable, así como la afirmación, implícita o explícita, de que, aunque es un problema, tampoco es un problema “tan importante”. Resulta llamativo que no se recurra a esos argumentos cuando de lo que se trata es de condenar la trata de blancas y el tráfico de mujeres, como si el esclavismo ilegal fuese menos admisible que el legal.

Lo más curioso del asunto es que para muchas personas el hecho de que la mitad de la población esté discriminada por el hecho de ser mujer no parece ser una de las dos o tres cuestiones más importantes de la humanidad. Eso muestra de manera muy clara lo peligroso que puede ser el considerar que hay cosas importantes y cosas secundarias, o al menos usar las importantes como arma arrojadiza contra los derechos de hombres y mujeres. También explica que uno de los hechos históricos fundamentales del siglo XX, la emancipación de las mujeres, no obtenga todavía más que un lugar de relleno en los libros de historia.

Que la actual discriminación a cientos de millones de mujeres en el mundo no sea noticia todos los días, que no se planteen cada semana preguntas en la ONU, que no se exija el fin de este abuso a cualquier estado que quiera ingresar en un organismo internacional, que las mujeres que sufren esta discriminación no tengan el estatuto de refugiadas políticas de manera automática; que se dediquen sumas enormes a combatir cosas que se presentan como vitales a la opinión pública y que en realidad no es que sean superfluas sino que son absurdas, como la estúpida lucha contra el tráfico de drogas, provocada por la no menos estúpida prohibición de su consumo, en vez de emplear ese dinero para acabar con la discriminación de las mujeres y de los homosexuales, entre otras cosas “superfluas”. Todo eso, creo, es una muestra de que a menudo lo más importante es preocuparse de lo superfluo y que hay que evitar que “lo urgente le quite el tiempo a lo importante”, es decir, a lo superfluo.


[Una primera versión de esta entrada se publicó el 14 de junio de 2012 en “La línea de sombra” (Divertinajes).
Revisado en 2016]

 

POLÍTICA

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Hágase la ley y muera yo

Hace unos días volví a leer el Critón, ese diálogo triste y delicioso en el que Sócrates discute con su amigo Critón, cuando este le ofrece una manera de escapar de la prisión y salvar su vida. A pesar de que sabe que va a morir, condenado injustamente por los tribunales de Atenas, Sócrates se niega a escapar, porque cree que ante todo hay que cumplir la ley.

Critón cierra los ojos de Sócrates

Critón cierra los ojos de Sócrates

Es cierto que Sócrates dice que hay que obedecer a las leyes por encima de todo, aunque no opina que deba hacerse así porque las dicte el más fuerte (como dice Trasímaco en La República); ni siquiera porque siempre sean justas, sino más bien porque lo justo es obedecer las leyes, sean o no justas.

El señor de Shang

El señor de Shang

Es una concepción de la ley que me recuerda a los planteamientos del Señor de Shang (-390 a -338), que fue canciller del estado de Qin antes de que China se unificara; y también a las ideas del  posterior canciller de Qin, Li Si, y las de su condiscípulo Han Fei, que también fue sentenciado a muerte. Todos ellos defendían un absolutismo de la ley y de la llamada Razón de Estado, que condujo al señor de Shang a una muerte similar a la de Sócrates.

El señor de Shang aceptó huir cuando fue condenado, al contrario de lo que hizo Sócrates, quizá porque su condena no había sido dictada legalmente. Sin embargo, cuando quiso refugiarse en una posada de incógnito, el hospedero le dijo que la ley impedía acoger a personas que no se identificaran: era la ley que había establecido el propio señor de Shang. Poco tiempo después, el señor de Shang fue capturado, condenado a muerte y descuartizado. Su ley, aquella ley que él tanto amaba y que siempre aplicó con rigor, incluso a los poderosos, significó su propia muerte. Se dice que, a pesar del terrible desenlace y de ser condenado a ser descuartizado por cuatro caballos, que le arrancaron brazos y piernas, el Señor de Shang se sintió satisfecho porque, al fin y al cabo, su objetivo se había cumplido y por fin la Ley imperaba.

Este absolutismo de la ley lleva al exceso, a aquello de “Hágase la ley y muera el mundo” (Fiat iustitia, et pereat mundus), que es todavía peor en la infame formulación de Kant: “Reine la justicia, incluso si todos los sinvergüenzas deben perecer por ello”. Como es obvio, el filósofo alemán no consideraba que él mismo (como sí parece que hicieron el señor de Shang y Sócrates) estuviera incluido en la categoría de los ajusticiables, que quedaba reservada a los sinvergüenzas, sea eso lo que sea. Aunque quizá solo debemos tomar de forma metafórica ese “perecer”, y en tal caso, la formulación de Kant es perefectamente asumible.

En cualquier caso, hay que recordar que tras ese absurdo de una Ley por encima de todo y sorda a cualquier reclamo, el señor de Shang, Sócrates e incluso el propio Maquiavelo, también se oponían a algo casi siempre peor: el capricho ciego de los soberanos absolutos, de los tiranos y de los “fuertes” de Trasímaco.


Acerca de Trasímaco y la ley de los fuertes, escribí en 1987: Sócrates y la ley.

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Entradas de filosofía en Toda la filosofía

Platón y Sócrates

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La ética de la estética

Dice Wayne C.Booth en Las compañías que elegimos:

“Hace veinticinco años, en la Universidad de Chicago, un escándalo menor sacudió a los integrantes del cuerpo docente de humanidades cuando discutían qué textos le asignarían a la camada de estudiantes que estaba a punto de ingresar. Huckleberry Finn llevaba muchos años en la lista y la presunción general era que allí seguiría una vez más. Pero de pronto, el único miembro negro del personal, Paul Moses, profesor adjunto de arte, cometió lo que en ese contexto parecía un agravio: un acto manifiesto, serio e intransigente de crítica ética. Su historia, que fue comentada en los pasillos y entre cafés en sala de profesores, era más o menos así:

“Me cuesta decir esto, pero de todos modos tengo que decirlo. Sencillamente, no puedo enseñar de nuevo Huckleberry Finn. La forma en que Mark Twain describe a Jim me resulta tan ofensiva que me enojo en clase, y no logro hacer entender a todos esos chicos blancos progresistas por qué estoy enojado. Más aún, no me parece correcto someter a los estudiantes, sean blancos o negros, a las muchas visiones distorsionadas de la raza sobre las que se basa ese libro. No, lo que objeto no es la palabra “nigger”, es toda una gama de prejuicios sobre la esclavitud y sus consecuencias, y sobre la forma en que los blancos deberían tratar a los esclavos liberados, y los esclavos liberados deberían comportarse o irían a comportarse con los blancos, buenos y malos. Ese libro es lisa y llanamente mala educación, y el hecho de que esté escrito de manera tan inteligente hace que me resulte aún más penoso”.

Todos sus colegas se ofendieron: obviamente, Moses estaba violando las normas académicas de objetividad. Para muchos de nosotros, era la primera experiencia con alguien del mundo académico que consideraba tan peligrosa una obra literaria como para no ponerla en el programa. Todos suponíamos que sólo “los de afuera” -esos enemigos de la cultura, los censores- hablaban sobre arte de esa forma. Recuerdo haber deplorado la mala formación que había vuelto al pobre Paul Moses incapaz de reconocer a un gran clásico cuando se hallaba ante él. ¿No se había percatado siquiera de que Jim es, de todos los personajes, el que está más cerca del centro moral? Obviamente, Moses no podía ni leer ni pensar apropiadamente las cuestiones que podían ser relevantes para juzgar el valor de una novela.

Tal vez la mejor manera de describir Las compañías que elegimos sea como un esfuerzo por descubrir por qué esa respuesta todavía muy generalizada al tipo de protesta de Paul Moses no sirve. Si bien me opondría, naturalmente, a cualquiera que tratase de proscribir el libro de mi aula, sostendré aquí que la lectura que Paul Moses hacía de Huckleberry Finn, una apreciación ética manifiesta, es una forma legítima de crítica literaria.”

booth las compaCreo que el de Booth es un planteamiento interesante y que hay muchas posibilidades de que sea cierto. También le honra el haber sido capaz de cambiar de opinión a pesar de enfrentarse al peso emocional de tratar con una obra tan extraordinaria como la de Mark Twain y, sin embargo, advertir que los argumentos de Moses eran dignos de tenerse en cuenta y que, además, pueden formar parte de un juicio literario, como muestra, de manera brillante el propio Booth en Las compañías que elegimos.

Los excesos de los moralistas religiosos a lo largo de la historia, y de los comunistas y los fascistas en el siglo XX, queriendo legislar a partir de la ética y la ideología  el gusto literario o estético y anatemizando todo lo que pudiera considerarse arte hereje, degradado o capitalista, han conseguido que cualquier apreciación ética parezca una intromisión intolerable en el terreno artístico, pero esa es una manera muy distorsionada de desterrar del campo de la observación y la crítica uno de sus aspectos más importantes.

Es obvio que se puede examinar y disfrutar de una obra de arte al margen de sus valores éticos, por muy negativos que los consideremos, pero también lo es que tampoco tenemos por qué prescindir de un elemento tan importante y que afecta sin duda a la apreciación de cualquier obra. ¿Se puede hablar del teatro de Ibsen sin tener en cuenta la ética? Posiblemente no. Lo mismo se podría decir de Luciano, de Platón, de Montaigne y casi de cualquier autor, ya se trate de literatura, poesía o, por supuesto, ensayo.

kimkiduk

 Un ejemplo reciente: hablé hace poco con mi padre, que en general suele oponerse a introducir valoraciones éticas en el juicio estético, de la película de Kim Ki Duk Primavera, verano… Lo que le alejaba de la película es la ética, una ética que justifica la violencia y la crueldad. Y tenía razón en valorar ese aspecto, porque es un factor muy importante para el espectador, que no puede dejarse de lado. En esa conversación, yo defendía la idea contraria a Booth, creo que también con algo de razón: que no siempre tengo que estar de acuerdo con la opinión de un director para apreciar una película suya. Se puede disfrutar también de una narración a pesar de ser uno perfectamente consciente de que no se comparte su significado, su mensaje, su intención o su ideología. Pero no siempre se puede obviar esa discrepancia, y a veces es determinante en una lectura, como decían Booth y mi padre.

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EL RESTO ES LITERATURA

Entre la ética y la estética

No hay ética sin estética, dice la tentadora sentencia que popularizó Kierkegaard. Tentadora porque resulta difícil no aceptar su atractivo inmediato y lanzarnos, sin dudarlo, a ofrecer mil y una confirmaciones. Enseguida, por ejemplo, nos damos cuenta de que no sólo rechazamos la ideología fascista o nazi, sino que también nos desagradan sus estatuas de jóvenes musculados e impávidos y sus edificios de líneas rectas y duras o sus obeliscos que se levantan hacia el cielo cual falos de machos imperiales, o esos niños uniformados, felices y decididos, que levantan la mano haciendo el saludo fascista o el nazi. Resulta sin duda tranquilizador que sintamos este espontáneo e instintivo rechazo hacia las imágenes de una ideología tan detestable, porque eso nos revela una coherencia que parece en sí misma demostrativa.


Arquitectura fascista

Esta satisfacción, al observar la correspondencia perfecta entre nuestra ética y nuestra estética, se empieza a resquebrajar  cuando descubrimos que, a pesar de nuestro rechazo al fascismo o al nazismo (en España, al franquismo y el falangismo), también constatamos, si somos honestos, que en algunos momentos de nuestra vida no hemos sentido un desagrado y un asco tan instintivo hacia estéticas similares, como las de las masas enfervorizadas chinas que agitaban el Libro Rojo de Mao, o aquellos campesinos y obreros que miraban el futuro, allá a lo lejos en el horizonte, en la época de Stalin. Ante la constatación de que nuestro desagrado estético no siempre se activa de la misma manera, suelen darse dos posibles reacciones.

La primera solución consiste en establecer un gran punto ciego que nos impida darnos cuenta de lo que estamos viendo. Esta fue la solución adoptada de manera casi unánime durante décadas por personas fuertemente ideologizadas, que eran capaces de burlarse de la imaginería fascista con verdadera mala leche y cinco minutos después obviar el asunto de la imaginería comunista.

Proyecto del mausoleo de Lenin

La otra solución consiste en admitir que hay un estrecho parentesco entre ambas estéticas, lo que nos puede llevar a sospechar si esas semejanzas entre las dos vertientes ideológicas que han dominado el siglo XX no son sólo estéticas. Se trata de una sospecha que, en mi opinión, se ha visto refrendada por el examen de los hechos y que parece confirmar la frase comentada antes, “Nulla ethica sine esthetica”: existe casi una fatal e ineluctable correspondencia entre la dictadura, la represión, el asesinato, el abuso o la violencia y las imágenes de héroes robustos y seguros de sí mismos, jóvenes enfervorizados que avanzan combativos, masas que aclaman a un líder que saluda desde un palco, uniformes militares y enseñas identificativas que se muestran con orgullo y desafío a los tibios, aquellos que sólo miran desde lejos estas demostraciones de fuerza popular y militar o paramilitar.

Ahora bien, me gustaría insistir en que mi intención no es confirmar la atractiva correspondencia entre la ética y la estética, sino que pretendo mostrar que, a pesar de su efectividad y su poder explicativo, esa correspondencia no siempre nos ha resultado (ni nos resulta) inmediatamente evidente.

Con Liu Shaoqi en Pekín

Hoy en día es muy fácil para cualquier persona sensata darse cuenta de que tras las masas enfervorizadas con el Libro Rojo de Mao se escondía una historia de crímenes y matanzas que destrozó China durante una década y que causó la muerte de millones de personas y el sufrimiento de casi toda la población, incluidos los altos mandos del Partido Comunista Chino, que también sufrieron la persecución y la represión. Por poner un ejemplo, Liu Shaoqi, el que fuera presidente de China después del transitorio abandono del poder por Mao Zedong, murió en una prisión enfermo de diabetes y neumonía, hambriento y literalmente revolcándose entre en sus propias heces. El único que no sufrió durante aquella época terrible fue Mao Zedong, organizador implacable de una orgía de destrucción en la que su fuerza de choque fueron esas masas de jóvenes, a veces sólo niños, que agitaban entusiasmados el Libro Rojo.

Pero, como ya he dicho, en los últimos años la información acerca de lo que sucedió en China, no sólo durante la Revolución Cultural, sino también durante el Gran Salto Adelante, ha hecho que muchas personas empezaran a darse cuenta de qué era exactamente aquello que habían defendido y hacia lo que habían sentido una agradable simpatía durante décadas. En realidad, gran parte de esa información estaba disponible desde hace mucho tiempo, aunque los detalles nuevos que van llegando libro tras libro superan las expectativas del horror. Sin embargo, hasta hace no demasiado tiempo, casi todos se negaban a recibir esa información y no sentían asco ni nada parecido, sino que incluso se dejaban llevar por el entusiasmo. En Francia, donde todavía hay maoístas orgullosos (muchos de ellos millonarios), el Libro Rojo entusiasmó no sólo a los jóvenes, sino a adultos bien informados, como Jean Luc Godard, que deslizó su cine de nouvelle vague hacia pura propaganda maoísta; o como Jean Paul Sartre, que no sólo defendió con ardor el maoísmo, sino que además lo apoyó públicamente al dejarse fotografiar repartiendo ejemplares del periódico maoísta La causa del pueblo. Mientras eso sucedía en París, en China, el caos provocado por Mao hacía que en las ciudades y pueblos los habitantes se asesinaran unos a otros, que las casas fueran asaltadas, que casi las tres cuartas partes del patrimonio cultural histórico chino fueran destruidas, que decenas de miles de mujeres fueran violadas y que las cuatro clases negras fueran perseguidas con una crueldad difícil de soportar incluso cuando leemos su descripción aséptica en un relato distanciado.

Podríamos estar tentados de pensar que la causa del entusiasmo maoísta de Sartre era que carecía de información, pero resulta difícil creer que el intelectual más importante de Occidente no tuviera suficiente información. Más bien parece que no quería escuchar nada que cuestionara su nuevo entusiasmo. Un entusiasmo en todo semejante al que había sentido unas décadas antes con el estalinismo, que Sartre intentó justificar en una entrevista años después escudándose en la ignorancia:

«John Gerassi: En aquella misma época atravesó usted casi toda Rusia. ¿Cómo pudo no darse cuenta de que había un régimen abominable?

Sartre: Estaba demasiado cegado por mi interpretación de la política internacional. Como tenía el convencimiento de que Rusia no empezaría la tercera guerra mundial, a diferencia de Estados Unidos, cerré los ojos a la realidad. Recuerdo que la primera vez que viajé a Rusia, en el 54 o el 55, mi anfitrión, que era el presidente de la federación de escritores, ya no recuerdo su nombre, me dijo: «Señor Sartre, es usted libre de ir a donde quiera, excepto a los campos de concentración, porque no existen».

stalin-posterProbablemente, a Sartre siempre le gustó la imaginería militarista, los líderes incontestados y las masas llenas de entusiasmo. Sabemos, por supuesto, que Sartre mentía cuando dice en la entrevista aquello de que estaba ciego a lo que sucedía en su viaje a Rusia, porque nadie ignora (ni ignoraba entonces, aunque muchos no lo reconocieran) que la razón fundamental de la ruptura entre Sartre y Albert Camus fue que Camus consideraba que había que denunciar los crímenes estalinistas, mientras que Sartre decía que era preferible guardar silencio, o incluso apoyar al dictador, para así no dar armas ideológicas a los capitalistas. Sólo cuando Kruschev denunció de manera explícita a Stalin como criminal, Sartre cambió públicamente de opinión. Es decir, le obligó a cambiar de opinión no el saber lo que estaba sucediendo allí, sino el que lo dijeran los que ahora mandaban allí. Muchos siguieron el ejemplo de Sartre, maître à penser occidental durante lustros. Muchos de ellos, incluso una vez muerto Sartre, fueron incapaces de ver lo que cualquier persona honesta podía ver en la Unión Soviética o en China.

Antes de continuar, me gustaría advertir al lector que las reflexiones de este artículo y de esta serie llamada El secreto de la invención no pretenden ser de tipo político, ni siquiera acerca del lado oscuro de la naturaleza humana (de eso me ocupé en La línea de sombra), sino acerca de cómo funciona nuestra mente, de cómo pensamos de manera defectuosa y torpe y de cómo podríamos pensar mejor. En consecuencia, aquí quiero incidir en ese mecanismo mental en el que la estética se cruza, se mezcla y se relaciona con la ética. En este sentido, Sartre puede ser un buen ejemplo de cómo la estética, la estética de lo revolucionario en este caso, precede a la ética.

En la magnífica película Las invasiones bárbaras, de Denys Arcand, sus protagonistas se lamentan de las cosas que llegaron a defender en su juventud revolucionaria y de su ceguera voluntaria. Hace unas semanas, un buen amigo me dijo que al leer Cisnes salvajes, de June Chang, se sintió avergonzado por haber defendido durante tanto tiempo algo tan abominable (el maoísmo y la Revolución Cultural). Yo tuve la suerte de no ser cegado por aquella estética, creo que en gran medida debido a la impresión que me produjo en la adolescencia la lectura de un libro del autor de la frase que encabeza este artículo (Kierkegaard). Es en Temor y temblor donde Kierkegaard dice:

“La estética requiere lo recóndito y lo premia, la ética, por su parte, exige la manifestación y castiga el ocultamiento”.

Esa lectura y otras, como los libros de Bertrand Russell, me ayudaron en su momento a no creer a Sartre y a otros ciegos voluntarios, a no ocultar la verdad, aunque chocara con mis preferencias o apetencias estéticas, y a anteponer la ética a cualquier estética, coincidiera o no con ella.

 

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En El asco como categoría moral me he referido a la extraña coherencia que a veces se da entre nuestro pensamiento ético y estético: lo que nos parece moralmente reprobable también nos desagrada desde el punto de vista sentimental, emocional, estético e incluso gustativo.

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ARTE

POLÍTICA

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EL RESTO ES LITERATURA


sí, pero no / no, pero sí

intelectuales

En Primus Inter Pares, diccionario para intelectuales selectos,  dediqué una entrada a una de las partículas fundamentales del idioma español, y probablemente de cualquier idioma: “pero”, es decir, la conjunción adversativa más empleada.

pero
(del lat. per hoc).

Partícula fundamental y conjunción adeversativa cuyo uso usted debe dominar a la perfección. Compare estas frases:

“Es una gran novela, pero tiene fallos imperdonables”

“Tiene fallos imperdonables, pero es una gran novela”

  Habrá observado que, tras leer la primera frase, uno se queda con la sensación de que no vale la pena leer la novela, mientras que al leer la segunda frase sucede todo lo contrario.

  Es decir, lo que usted sitúa a la derecha del “pero”es lo que le interesa que sus lectores u oyentes recuerden, mientras que lo que coloca a la izquierda (o lo que dice antes) del “pero” es lo que quiere que olviden.

  Con este sencillo truco, usted puede minimizar o maximizar los fallos y virtudes de cualquier cosa. Sirve indistintamente tanto para la crítica de sus enemigos como para el elogio de sus amigos o de usted mismo. Y nadie podrá reprocharle ser injusto o parcial.

Si ha preferido decir que es una gran novela pero que tiene fallos imperdonables, ante cualquier reproche de injusticia, podrá usted replicar con gesto inocente: “¿Es que acaso no dije nada más empezar que era una gran novela?”.


He traído aquí esta entrada de mi diccionario porque me ha gustado mucho una reciente viñeta de El Roto en la que muestra que en asuntos como el asesinato ni siquiera sirve el truco que recomiendo en mi diccionario, o que al menos no sirve siempre, o que, al menos, en este momento ya no sirve.

Viñeta de El Roto en El País, 4 de enero de 2014

Viñeta de El Roto en El País, 4 de enero de 2014.

¿Qué mejor manera esta de El Rotode mostrar la sinrazón que respetar la manera de ordenar la frase de los propios asesinos, con el “pero” en el lugar que teóricamente serviría para intentar minimizar el crimen? Es una estupenda muestra de que hay algo peor que el crimen injustificado: el crimen justificado. Para ser más precisos: la justificación del crimen.


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POLÍTICA

Pericles

Error: puede que no exista la vista de 87405d63l6

Defensa del error por Milton y Selden

Esto que Milton atribuye a Selden recuerda mucho a algunos de los mejores pasajes escritos siglos después por Stuart Mill en Sobre la libertad:

“Selden demuestra… que todos los pareceres, es más, todos los errores, conocidos, leídos y cotejados, son de capital servicio y valimiento para la ganancia de la verdad más cierta”. (Areopagítica)

John Selden,  considerado por Milton el más sabio de la época, es un personaje muy interesante, gran  experto en leyes y en religión comparada, hizo esa defensa del error en un libro dedicado a la ley natural y el derecho de gentes entre los hebreos: De jure naturali et gentium juxta disciplinam Ebraeorum, en 1640.

También el propio Milton recurre a los Padres de la Iglesia para defender el error, a veces de manera irónica:

“¿Quién no hallará que Ireneo, Epifanio, Jerónimo y otros descubren más herejías de las que aciertan a refutar cumplidamente, eso sin contar que más de una vez resulta la herejía opinión más verdadera?” .

“Ni cabe olvidar que el agudo y despejado Arminio fue pervertido mediante el solo examen de un discurso innominado, escrito en Delft, que al principio examinó a fondo para refutarlo.”

Se podría también recordar la más reciente y muy elocuente defensa del error por parte de Karl Popper.

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 [Publicado el 7 de diciembre de 2007]

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