Pescando en internet

Solemos pensar en internet como una ventana o muchas ventanas. El sistema operativo Windows se nutre de esa metáfora abierta a un mundo casi infinito.
También comparamos internet con una autopista de la información, que recorremos a toda velocidad, en busca de nuevos alicientes estímulos.

Sin embargo, una metáfora más cercana y precisa es la de una caja de ganchos: nuestro ordenador, nuestra pantalla, ya sea de un teléfono móvil, de una tablet o de un ordenador de sobremesa, es un caja desde la que podemos lanzar ganchos y cuerdas que nos traen algunas de esas cosas que giran incensantemente, minuto a minuto, alrededor de la Tierra. Agarramos una cuerda y tiramos hacia nosotros, trayendo a nuestra caja-pantalla lo que el anzuelo o gancho ha atrapado en la red.

Phishing, cuando otros usuarios pescan en nuestros lagos particulares

Para precisar la metáfora, podemos comparar la red mundial de ordenadores conectados, como solía denominarse en sus inicios, como un río o un sistema de lagos, estanques y pantanos conectados en el que lanzamos el anzuelo de nuestra búsqueda para capturar a algunos de los peces o paquetes de información que navegan de uno a otro lado, o que permanecen en un tanque de agua o servidor. La única diferencia es que cuando capturamos un pez de bits no impedimos que siga nadando en la red mundial e incluso podemos crear una réplica para que también nade en nuestra pecera o disco duro.

En cualquier caso, al margen de los matices que se le puede poner a la metáfora, internet no parece ser una autopista por la que nos desplacemos para encontrar algo y tampoco una ventana, a no ser que ampliemos mucho el sentido y las características de una ventana.

 


[Escrito en 2016. Revisado en 2018]

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CÓMO SE INVENTÓ EL FUTURO

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Rudimentos de Prognóstica Aplicada


En Maneras de predecir el futuro… o el pasado hablé de los trucos para predecir el futuro, que en realidad suele tratarse de una predicción desde el presente, pero atribuida a profetas imaginarios, como sucede en la lectura del sueño de Nabucodonosor, que se atribuye al Daniel bíblico. También me referí a las dificultades de los historiadores soviéticos para predecir el pasado en función de los gustos cambiantes de Stalin.

Según se deduce de la lectura  de Recuerdos de la era analógica, en los siglos venideros la predicción del futuro se convertirá en una disciplina científica llamada prognóstica aplicada:

Como es de sobra conocido, la predicción del futuro era uno de los géneros favoritos de los escritores del pasado, antes de que la prognóstica aplicada convirtiera tales tareas en trámites mecáni­cos carentes de incertidumbre y emoción. Hoy en día, la verdadera dificultad no consiste en predecir el futuro, sino el pasado.

 

Se supone que el texto anterior será escrito en el año 2412, lo que significa que todavía queda tiempo para desarrollar esa nueva ciencia, de la que podemos obtener algunos atisbos en el “Manifiesto contra los mundos virtuales”:

El pensamiento utópico, esa manera de imaginar un futuro luminoso, fue durante siglos un estímulo constante para el asesinato, la discrimi­nación y la locura visionaria. Pasaría mucho tiempo antes de que sus potencialidades prácticas pudieran ser reguladas de manera científi­ca a favor y no en contra de la humanidad, gracias al desarrollo de los universos posibles o virtuales y de la prognóstica aplicada.

Parece, en consecuencia, que la prognóstica aplicada será una disciplina que empleará los métodos de otras ciencias predictivas (como la meteorología o predicción del tiempo atmosférico), a asuntos sociales y políticos, para diseñar, no utopías imposibles, sino mundos posibles en los que experimentar nuevas hipótesis político-sociales.

Podemos suponer, en fin, que esa prognóstica aplicada será el desarrollo lógico de las cada vez más frecuentes simulaciones por ordenador, que permiten observar con precisión aspectos de la realidad que en el mundo digital resultan más comprensibles que en el analógico. Gracias a los simuladores se han inventado aviones antes siquiera de ensamblar dos piezas, se ha diseñado con éxito una operación a vida o muerte sin tocar el cuerpo del paciente y se ha conseguido predecir la evolución de una tormenta tropical y evitar en gran parte el desastre. En el futuro, quizá antes del siglo 25, se podrá diseñar una estructura económica que evite las crisis periódicas del capitalismo o que se anticipe a los problemas políticos y sociales más acuciantes, poniendo la venda antes que la herida y el parche antes de que se produzca el pinchazo.

A lo mejor esas simulaciones acabarán por resultar tan efectivas que hasta nosotros preferiremos vivir en ellas en vez de en el mundo real, tan sometido a lo imprevisible y catastrófico, como parece adivinarse en algunos textos de Recuerdos de la era analógica, en especial en “Manifiesto contra los mundos virtuales”.


RECUERDOS DE LA ERA ANALÓGICA
Una antología del futuro

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A continuación, puedes ver entradas dedicadas a Recuerdos de la era analógica encontradas en la Arqueo Red (que nosotros llamamos Internet)

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losgrandesinventosdetubau

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Hamlet en la holocubierta y Janet Murray

Marshall McLuhan predijo en el siglo XX muchos de los cambios que estamos presenciando, cuando se refirió a la trasformación que estaba teniendo lugar entre una civilización basada en los libros, la galaxia Gutemberg, y otra electrónica, la galaxia Marconi, que haría que el mundo se convirtiera en una «aldea global», en la que lo audiovisual sustituiría a lo textual. McLuhan murió en 1980, por lo que apenas pudo conocer Internet y los ordenadores personales, que han desbordado sus más locas predicciones de profeta de la nueva era.

En 1997,Janet Murray se ocupó de ese nuevo mundo y de sus posibilidades narrativas en Hamlet en la holocubierta. Aunque han pasado bastantes años desde la primera edición, Murray, como Nicholas Negroponte en El mundo digital, anunció muchas de las cosas que están sucediendo en nuestro presente y algunas que todavía están por llegar. No es casualidad que los dos trabajaran en el laboratorio creativo Medialab del MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts), un lugar en el que se hacen las cosas diez o quince años antes que en el resto del mundo. En el título del libro de Murray se dan cita el pasado y el futuro. Hamlet es, por supuesto, el personaje de Shakespeare, pero ¿qué es la holocubierta?

Antes de continuar leyendo, lo mejor es que el lector vea por sí mismo la holocubierta…

holocubierta from daniel tubau on Vimeo.

La holocubierta es un lugar de la nave Voyager de la serie de televisión Star Trek, un cubo negro, vacío, en el que un ordenador proyecta simulaciones muy elaboradas. Cuando un tripulante entra en la holocubierta puede participar en historias que se transforman segundo a segundo, en respuesta a sus acciones, y puede experimentar una vida virtual que es casi tan real como la vida cotidiana, porque incluso puede tocar a las personas o los objetos de ese mundo imaginario. La comandante de la Voyager, Kathryn Janeway, visita a menudo la holocubierta en busca de mundos fantásticos, por ejemplo para convertirse en Lucy Davenport, la institutriz de los dos hijos del viudo Lord Burleigh, en un mundo que recuerda el de las novelas de Jane Austen y las hermanas Brontë. Como es previsible, la institutriz se enamora de Lord Burleigh.

La holocubierta a punto de activarse

Hay que recordar que, como en casi todas las series de televisión, lo que importa en Star Trek no son los extraños seres y razas extravagantes de alienígenas. Eso sólo es el macguffin, la excusa, porque la verdadera intención de los guionistas es situar a sus personajes ante dilemas morales, se trata de una ficción de relaciones sociales y trasfondo psicológico. Muchas personas son incapaces de entender que el género de la ciencia ficción, incluso el de naves espaciales y luchas con espadas láser, lo
único que hace es plantear los mismos problemas de siempre pero en escenarios distintos. No saber leer el subtexto, e incluso el texto, y quedarse sólo en los adornos cienciaficcioneros es quizá tan grave como rechazar a Shakespeare porque sus historias transcurren en una Inglaterra llena de reyes con armadura y reinas con collarín, o a Sófocles porque Edipo va siempre medio desnudo y con sandalias. Da igual que el medio de trasporte se llame La Reina de África o Voyager, si quienes viajan en él se ven sometidos a conflictos y emociones similares. Un ejemplo del planteamiento psicológico de Star Trek es cuando la comandante, en su papel de Lucy Davenport, besa a Lord Burleigh y se pregunta si eso la convierte en una mujer infiel:
¿ha traicionado a su marido al besar a un ente virtual? Lo que quizá a más de uno le recuerde que el papa Juan Pablo II alertó en su momento de los pecados virtuales cuando dijo que pensar en ser infiel ya era en cierto modo ser infiel.

El lector ya se habrá dado cuenta de que cuando los personajes de Star Trek visitan la holocubierta no eligen increíbles futuros tecnológicos, sino que prefieren viajar al pasado. Resulta curioso, en efecto, que la comandante Janeway, que vive en un futuro lleno de naves espaciales y alienígenas, busque en sus fantasías los extraños mundos de la novela realista del siglo xix. Las fronteras entre realidad y fantasía, o entre costumbrismo o ciencia ficción, se están haciendo cada vez más difusas, como veremos en próximos capítulos.

Pero todavía no he explicado por qué en el libro de Murray  conviven Hamlet y la holocubierta. La respuesta es una pregunta que se hace Murray: «¿Cuándo tendremos en el mundo de la llamada hipernarrativa un equivalente al Hamlet de Shakespeare?». Es decir, ¿cuándo encontraremos en el mundo digital, interactivo, hipertextual, obras de calidad comparable a las de Shakespeare?

Continúa en El guión del siglo 21

 

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El futuro de la narrativa en el mundo digital

“Si en Las paradojas del guionista Daniel Tubau nos ponía en guardia contra las teorías dogmáticas, en El guión del siglo 21 nos anuncia que el guión previsible de Hollywood y de la televisión convencional está en crisis. Los guionistas ya no quieren seguir esquemas simples o fórmulas mágicas. Frente al miedo instintivo hacia las nuevas narrativas, cada día surgen alternativas interesantes, gracias a este asombroso futuro que nos ofrecen las nuevas tecnologías, desde la narrativa hipertextual y la realidad aumentada a los videojuegos o Internet; desde las series de canales como HBO al crossmedia o el transmedia. Otras propuestas e ideas se encuentran en el pasado, en la historia audiovisual. Tubau demuestra que la profesión de guionista se está trasformando y que no se limita a la televisión o el cine, sino que puede y debe invadir todos los medios, o incluso la realidad misma.”

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La realidad

La realidad… es ficción

ENTRADAS DE EL GUIÓN DEL SIGLO 21

En  esta página dedicada a El guión del siglo 21 amplío los contenidos del libro, corrijo errores, trato nuevas cuestiones y muestro ejemplos en vídeo que, como es obvio, no podían estar presentes en un libro analógico. Los temas son casi inabarcables y para que el visitante de esta página pueda orientarse es muy recomendable que lea el libro (Casa del Libro). También en ebook en cualquier lugar del mundo.


La televisión La televisión… ya no es televisión

 

 

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[Todas las ilustraciones son de Samuel Velasco]

El movil de McLuhan

marshallMarshall McLuhan pensaba que cada nuevo medio, la televisión, el cine, la radio, la imprenta, cambia nuestra manera de relacionarnos con el mundo, pero que también transforma los antiguos medios. Además, supone una extensión o un nuevo uso de alguno de nuestros sentidos;  de ahí la célebre frase “El medio es el mensaje”.

Para McLuhan la palabra “medio” no se refería exactamente a medios como los que he enumerado antes (cine, televisión, imprenta), sino más bien a todo el contexto creado por esas nuevas extensiones de nuestros sentidos,  tampoco se refiere la palabra tan solo a los medios de comunicación o a los sentidos como tales, sino a todo nuestro cuerpo, incluyendo en ello nuestra mente y sensibilidad. Para McLuhan, en efecto, la ropa es una extensión de la piel y la rueda una extensión del pie, como también lo es una canoa, a pesar de que remamos con los brazos y las manos, pues tanto la rueda como la canoa nos permiten multiplicar el poder de desplazamiento del pie.

A menudo me pregunto qué habría pensado McLuhan de los nuevos medios y del nuevo medio creado por internet y los ordenadores. Él apenas vivió para ver los comienzos de la era digital, por lo que su poderoso ingenio metafórico y analógico no pudo aplicarse en toda su plenitud a este nuevo mundo tan lleno de novedades al que ya casi toda la humanidad nos hemos acostumbrado, por no decir entregado, permitiendo que transforme de manera radical nuestra vida cotidiana.

teléfonoPensemos en el teléfono, que sí conoció McLuhan, y en su evolución,  el móvil o celular. A primera vista, si consideramos ambos aparatos solo en teniendo en cuenta sus cualidades telefónicas, es decir si olvidamos que un smartphone o teléfono inteligente también puede contener documentos, canciones, brújulas, linternas, cuentakilómetros, GPS y otras mil utilidades; si nos limitamos a comparar el teléfono tradicional y el móvil o celular atendiendo tan solo a lo que tienen en común, descubrimos, junto a la semejanza,  una diferencia notable que transforma no solo al aparato en sí sino a nosotros mismos y a nuestra relación con el mundo. Esa diferencia consiste en que el teléfono tradicional no era transportable, mientras que el móvil, como su nombre indica (al menos en países como España), sí lo es: es un aparato móvil, que se puede llevar de un lugar a otro. Esta característica supone un cambio notabilísimo que hace que los dos aparatos sean absolutamente diferentes y que den origen a un medio, entendido en el sentido amplio macluhiano completamente diferente.

mcluhan-El teléfono tradicional, aparte de la función de comunicarnos con otras personas, tenía otras funciones o consecuencias de importancia vital: era un gancho, un lazo que nos atrapaba y nos unía a un lugar: nuestra casa y nuestra oficina. Era una herramienta propia de una civilización sedentaria, que nos emparentaba con nuestros antepasados agrícolas y ganaderos: creaba un lugar fijo en nuestras vidas, un lugar al que regresar y al que acudir, un lugar del que no podíamos alejarnos demasiado tiempo sin temor a perdernos algo vital o importante, un lugar que también nos ofrecía de manera mágica la posibilidad de contactar con personas que se hallaban en lugares muy distantes. También condicionaba nuestro comportamiento, al permitirnos establecer citas a distancia, pero al obligarnos también a ajustar esas citas en los períodos en los que sabíamos que nosotros o la otra persona contábamos con la posibilidad de pasar por nuestros dos centros fundamentales de comunicación: nuestro hogar o nuestra oficina. El teléfono tradicional, en consecuencia, acentuaba nuestro sedentarismo: tarde o temprano  (más bien temprano) debíamos regresar al lugar en el que ese artilugio nos permitiría contactar con aquellas personas que nos interesaban o con las que nos veíamos obligados a mantener contacto a distancia.

Es cierto que podíamos usar una cabina de teléfonos pública, pero, de hacerlo, al menos la otra persona debía estar en uno de los lugares que definían su vida sedentaria, su casa o su oficina. Cuando la comunicación con otra persona se convertía en imprescindible o necesaria, por ejemplo tras una ruptura amorosa, en los días, semanas o meses en los que todavía no sabíamos si esa ruptura era definitiva, nos veíamos obligados a permanecer encerrados en casa con la esperanza, casi siempre vana, de que el maldito aparato sonase de una vez y nos transmitiese el sonido de la voz amada.

Con el teléfono móvil o celular, todo lo anterior queda cancelado y volvemos a los hábitos de una tribu trashumante y cazadora, olvidando las costumbres sedentarias. Ahora podemos llevar el aparato de comunicación encima, estemos donde estemos, con lo que el regreso al hogar o a la oficina ya no es obligado, ya no nos inquietamos si llevamos demasiado tiempo fuera de esos lugares en los que antes se encontraba el mágico aparato de comunicación. Podemos lanzarnos a la caza de presas con las que comunicar caminando por las calles, por los montes e incluso por los mares (siempre que haya cobertura).

 

Marshall McLuhan atropellado por su hijo Eric

Marshall McLuhan atropellado por su hijo Eric

Las ventajas de este cambio son evidentes, pero las desventajas quizá son mayores, al menos para quienes son víctimas del aparato y se convierten, como también diría McLuhan, en servomecanismos de su móvil, en  esclavos orgánicos de un aparato mecánico, aplicando a la inversa aquel consejo de Jesucristo acerca del sábado: “No se hizo el móvil para el hombre, sino el hombre para el móvil”.

Con la adopción del móvil es cierto que ya no estamos atados a un lugar o  dos, pero no porque nos hayamos liberado, sino porque estamos mucho más atados que antes. Si el teléfono tradicional era la jaula o prisión a la que teníamos que regresar cada cierto tiempo, como si fuéramos presos en libertad condicional que tienen que fichar regularmente, con el móvil nos hemos regalado a nosotros mismos una cadena portátil que llevamos siempre con nosotros. Si con el teléfono fijo disponíamos de un tiempo de libertad pleno entre la oficina y el hogar, de unas horas en las que podíamos disfrutar de nuestra soledad e intimidad sin temor a ser localizados o detectados, con el móvil esto se hace casi imposible: estamos localizados en todo momento. Existen excusas, por supuesto: “Se me acabó la batería”, “No había cobertura”, “Me robaron el móvil…”, pero no se pueden mantener por mucho tiempo sin empezar a despertar sospechas.

Ahora bien, el cambio del teléfono fijo al móvil tiene muchas más consecuencias. Es cierto que ahora, ante una ruptura amorosa, no estamos obligados a dejar pasar las horas encerrados en casa con nuestra angustia, pues podemos salir a la calle, pasear, distraernos, ir al cine… Cierto, pero, a cambio, en todo momento estaremos pensando que puede sonar el móvil, con lo que no tendremos un verdadero momento de libertad, descanso o intimidad. En la ya lejana época del teléfono fijo, si lográbamos salir de casa, sabíamos que, al menos durante esas horas, no podía sonar el teléfono (o al menos no podríamos oírlo).

Otra consecuencia del cambio de fijo a trasportable es que el móvil permite que también nos tengan localizados en el trabajo, que en todo momento estemos al alcance de nuestros jefes o colaboradores, incluso en horas fuera del horario laboral. El móvil, como cadena portátil que nosotros mismos enganchamos a nuestra muñeca o que llevamos en el bolsillo, nos convierte en prisioneros en una jaula sin muros, pero de la que es casi imposible escapar, pues sus eslabones invisibles nos pueden mantener atados de una punta a otra de un país, de un continente e incluso del planeta entero.

Por otra parte, aunque ya he dicho que ese aspecto no lo voy a analizar aquí, no sólo estamos encadenados por el teléfono como tal, sino por el correo electrónico o cualquier aplicación del smartphone que nos mantenga atados a las redes sociales. El móvil, que por un lado supone un paso en el camino hacia la liberación laboral, al facilitar el trabajo a distancia y fuera de las oficinas, por otro lado lleva a lo contrario, al permitirnos llevar nuestra jaula a cuestas. Obsérvese, por cierto, que también los ordenadores fueron en su momento un gancho que nos mantenía unidos a nuestros hogares y oficinas, pero que su evolución ha ido en la misma dirección que la del móvil, la portabilidad, a través de portátiles, ultraligeros y tablets.  La liberación de las oficinas, un paso sin duda beneficioso para la humanidad, o al menos para las personas, puede tener la consecuencia de que todo nuestro tiempo se convierta en tiempo de oficina, puesto que llevamos a cuestas el aparato que nos permite seguir trabajando. Cuando empecé a trabajar con un ordenador portátil en una cafetería, hace ya unos cuantos años, me gustaba la sensación de estar allí pensando y escribiendo mientras los que me rodeaban desayunaban o charlaban, pero cada vez más las cafeterías se empiezan a parecer a oficinas, en las que todas las mesas están ocupadas por personas que escriben en un ordenador. Incluso algunas de ellas resuelven asuntos de oficina desde su móvil, sin levantarse de la mesa y haciéndonos escuchar a todos las típicas conversaciones que creíamos desterradas de nuestras vidas cuando huimos de las oficinas.

Tómese todo lo anterior más con humor que con ardor, pues no es mi intención denunciar sino describir, y regresemos a la diferencia entre el antiguo teléfono, como gancho que nos ataba a un lugar o dos (el hogar y la oficina), ejerciendo un cierto control sobre nuestra vida y nuestra libertad, y el móvil, que nos permite movernos con libertad pero que en realidad nos mantiene encadenados casi durante toda nuestra vigilia.

Mi intención ha sido tan solo mostrar el cambio trascendental que un nuevo medio (o una evolución de un antiguo medio) ha provocado o puede provocar en nuestra vida. No es el único cambio, pues hay otros, aunque sin duda menos radicales que el regresar desde el sedentarismo a la caza y la recolección o la aceptación voluntaria de llevar nuestra propia cadena. Otro cambio notable es que mientras que el teléfono fijo permitía que las conversaciones a distancia fueran privadas (en casa) o semiprivadas (en la oficina), el móvil ha hecho que ahora se hagan públicas (en cafeterías, trenes, autobuses, caminando por la calle). No menos trascendental es el hecho de que el móvil casi ha acabado con la posibilidad de establecer plazos de desconexión real con el mundo exterior, que nos impida entregarnos al olvido y el anonimato, a la libertad de no ser interrumpidos, a la posibilidad de que nuestra mente mire hacia el futuro inmediato, a corto o a medio plazo, con la tranquilidad de que no será interrumpida por el sonido de nuestra cadena portátil, por el ladrido inesperado de ese perro guardián que llevamos en el bolsillo, recordándonos que estamos atrapados, estemos donde estemos.

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Escrito en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, en Cuba, donde algún eslabón de la cadena del móvil y de internet se quiebra, regesando a los viejos tiempos de la desconexión, con todo lo malo… y lo bueno.


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Conocemos porque conocemos

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El cerebro de cualquier persona adulta contiene más cosas de las que puede manejar.

La cantidad de información que el cerebro de cualquier ser humano acumula en veinte o treinta años de vida es tan inmensa que ni él mismo podría preparar un catálogo mínimo de lo que tiene. Hace veinte años escribí un cuento, que comenzaba así:

EL HOMBRE QUE RECUERDA

Un joven imaginado por nosotros vive veinte años en el mundo y, trascurrido este tiempo, se encierra en una habitación de paredes blancas. En este aposento no entra la luz del sol ni se adivina la oscuridad nocturna. Hay tan sólo, si es posible imaginarlo, una claridad no definida, neutra, que no produce sombra alguna. El hombre no saldrá jamás del lugar donde queremos verle, se somete a nuestros deseos y renuncia a seguir viviendo. Su tarea, la única, será recordar sus años de libertad, sus momentos de libre albedrío. Para ello le concedemos sesenta, cien años si los requiere.

La intención de este cuento era mostrar que ese hombre no tendría tiempo suficiente para recordar aquellos 20 años de vida, ni siquiera si se le concedieran cien o más años. Hay que tener en cuenta que su misión es recordar absolutamente todo.

No podría recordar veinte años ni siquiera en cien años, debido a diversas razones que ahora ni yo mismo recuerdo (no terminé el cuento), pero entre ellas porque el mundo del pensamiento no es el mundo de las cosas, sino el de las relaciones entre las cosas y porque, hablando de manera estricta, no conocemos las cosas reales, existan o no, sino sólo la relación que establecemos entre nuestra mente y algo exterior a ella. Es decir, de nuevo relaciones, como bien decía Leibniz, relaciones entre las cosas, entre nuestra percepción y las cosas, y entre nuestra percepciones.

Como es obvio, la idea que tenemos acerca de nuestra propia mente es también una relación entre datos de observación recibidos por ella y gracias a ella. No conozco a nadie que lo haya dicho mejor que Demócrito en su juicio entre la razón y los sentidos, del que sólo posemos unos fragmentos, como este de Galeno en De medicina empírica:

Después de haber dicho “por convención el color, por convención lo dulce, por convención lo salado, pero en realidad sólo existen átomos y vacío”, Demócrito hace que los sentidos, dirigiéndose a la razón, hablen de este modo: “¡Oh, mísera razón que tomas de nosotros tus certezas! ¿Tratas de destruirnos? Nuestra caída, sin duda, será tu propia destrucción”.

Ahora bien, de todas las cosas que un cerebro contiene, las que más influyen en su manera de pensar son las primeras que aprendió.

Nuestro aprendizaje se mueve de lo conocido a lo desconocido. Los nuevos conocimientos se asientan sobre los antiguos, por lo que quizá es imposible que podamos conocer algo realmente nuevo, algo que no tenga relación con algo que ya sabemos. Como dije antes, el conocimiento de las cosas es conocimiento de relaciones, relaciones en gran parte o totalmente de lo nuevo con lo antiguo. Incluso aquellas cosas que consideramos verdaderamente nuevas se relacionan con lo antiguo, puesto queson distintas de aquellas que ya conocemos. 

Decía Jenófanes: lo conocido es la base de lo desconocido.

La consecuencia de esto es que nuestros primeros conocimientos son la base sobre la que se apoyan los posteriores, que están muy condicionados por ellos.

Del mismo modo que cuando aprendemos mal una palabra, después nos cuesta aprenderla bien, también nos resulta muy difícil librarnos de nuestros prejuicios, incluso aunque seamos conscientes de ellos y los despreciemos. Por un movimiento intuitivo del todo natural, nuestro cerebro se pone a trabajar con los parámetros a los que está habituado.

Esto, que es un hecho observable de la conciencia individual, se puede fácilmente trasponer a la conciencia social o colectiva. Para decirlo sin que parezca que se trate de una especie de cerebro social: las sociedades establecidas intentan resolver los problemas recurriendo a métodos que han funcionado antes. Cuando el método nuevo no parece funcionar, les da por romperlo todo.

Lo mismo hacemos las personas: ante una dificultad que no podemos resolver por los cauces habituales caemos en la depresión, la ira, la desesperación o el nihilismo. O la ironía.

Por otra parte, uno de los mayores problemas de lo seres humanos es su deseo de tener claras las cosas.

Nuestro deseo de tener claras las cosas puede deberse a diversas causas, que aquí se van a enumerar, o tal vez a ninguna de ellas. Tampoco resulta de vital importancia descubrir su origen, sino que es mucho mejor simplemente darse cuenta de que tal cosa sucede y cómo sucede: Newton no sabía cuál era la causa de la gravedad, pero sí sabía que esta fuerza existía y supo explicar cómo actuaba.

Pues bien, el origen de ese ansia por tener las cosas claras puede deberse a una estrategia de supervivencia biológica de la especie, o puede deberse a que nuestros padres y en general los adultos nos educaron durante la infancia con dicotomías simples: “Esto es bueno, esto es malo, haz esto, no hagas esto”.

Posteriormente, seguimos aplicando este método y nuestra mente coloca en categorías más o menos estancas las cosas que va aprendiendo. Preferimos tener un enemigo claro al que podemos insultar que la incertidumbre de llegar a entendernos con él, porque eso podría hacer que se tambalearan nuestras seguridades y nuestro ordenado mundo mental.

De esta manera establecemos barreras infranqueables que nos separan de ciertas personas, como si se tratara de seres de otro planeta o de otra especie con la que la comunicación es imposible. Pero no somos tan distintos de ellos.

 

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El cerebro auxiliar

La escritura supone un cambio en nuestra manera de relacionarnos con la realidad, porque permite que nos observemos a nosotros mismos.

Las páginas web, los weblogs y en general todo el procesamiento de información gracias a los computadores nos permite contemplarnos mejor que antes.

También nos permite acceder de manera rápida a nuestras propias ideas, que también podemos guardar y ordenar casi mejor que en nuestro propio cerebro.

En efecto, cuando guardamos nuestras ideas en nuestro cerebro biológico, esas ideas no se quedan allí tal como las dejamos, sino que evolucionan y se desarrollan. No es que tengan vida propia. Lo que sucede es que nuestro cerebro trabaja por su cuenta en un plano no consciente o no inmediatamente consciente. Prefiero no utilizar aquí ningún térrmino concreto, como subconsciente, preconsciente o inconsciente. Términos que están asociados a teorías con las que no estoy seguro que coincidan mis ideas.

Lo importante es que nuestro cerebro trabaja en un plano que no es siempre inmediatamente perceptible para nuestra conciencia habitual. Esto se puede comprobar de diversas maneras.

Cogemos un libro de fotografías de un tema que nos guste, por ejemplo, de artistas de cine.

Miramos una a una las fotografías y apuntamos el nombre de cada artista. Probablemente habrá algunos de los que no nos acordaremos.

Cambiamos de tema y nos olvidémonos del álbum.

Al cabo de unas horas o de unos días, tomamos de nuevo el álbum. Descubriremos que, sin siquera pensar en ello, en cuanto vemos las fotos, nos vienen a la memoria nombres que en la ocasión anterior no habíamos recordado. También seremos capaces, en muchos casos, de adivinar cuál será la siguiente fotografía, aunque en su momento no le hayamos dado a nuestro cerebro la orden consciente de percibir y memorizar ese orden.

Se pueden hacer muchas experiencias similares a esta, que prueban que el cerebro trabaja por su cuenta: no conseguimos recordar el nombre de un actor o el de un amigo. Nos damos por vencidos. De pronto, segundos, minutos o incluso horas más tarde, ese nombre se nos presenta de manera inesperada a nuestro yo consciente.

Se habla de la Red mundial o Internet como una especie de conciencia colectiva. No es el tema que me interesa en este momento. Yo sólo quiero hablar del almacenamiento de información en computadores o páginas de la Red como si se tratara de un cerebro supletorio.

Internet

Cuando uno escribe en una página web y no se limita a dejar ahí las entradas y olvidarse de ellas, sino que regresa, las relee y establece nuevos nexos entre cosas nuevas y antiguas, está actuando de manera semejante a como lo hacen nuestras neuronas todos los días.

En realidad lo está haciendo de manera doble, porque todo trabajo de acumulación de datos y de establecimiento de nexos en el ordenador está efectuándose en paralelo en el interior de nuestro propio cerebro. Es una especie de trabajo duplicado.

Ahora bien. No somos plenamente conscientes de los nexos que se establecen entre nuestras neuronas cuando digerimos información. No podemos, por el momento, observar esos nexos y catalogarlos. No podemos decir que tal o cual conocimiento pasa de esta a aquella neurona a través de un axón concreto.

Pero sí podemos trazar un mapa y reconstruir los nexos que hemos establecido en nuestra página web (e incluso con páginas web externas).

La metáfora de la telaraña o red mundial no es del todo adecuada, puesto que en una telaraña, aunque haya muchos hilos, estos suelen estar en una estructura ordenada y no se establecen conexiones siguiendo patrones caóticos. Excepto cuando las arañas son sometidas a alucinógenos y empiezan a tejer de manera verdaderamente caótica.

spiderCaffeinatedSpider

Telarañas de arañas sometidas a diferentes estimulantes

La metáfora adecuada para internet sería tal vez la de las neuronas, si es que fuese cierto que cualquier neurona del cerebro puede conectarse con cualquier otra, lo que no es seguro: en la red mundial es posible establecer en principio una conexión entre dos puntos cualesquiera mediante un enlace directo, se encuentren donde se encuentren.

Esto superaría quizá a las neuronas, aunque las neuronas, por el momento, superan a cualquier sistema creado por el ser humano en capacidad de almacenamiento y procesado.

Sucede, sin embargo, que la fusión entre neuronas e información computacional está cada vez más cerca. La duda es cómo se producirá esta fusión y qué condicionará a qué: las neuronas a los bits o los bits a las neuronas. La posibilidad de una policía del cerebro a través de la conexión por microchips biológicos parece cercana, y quizá sea difícil escapar a ella.

Lo que sí parece seguro es que en el futuro desaparecerán los teclados, las pantallas y cualquier otro artilugio de hardware como ahora lo conocemos.

Sí, quizá sigan existiendo, pero resultarán innecesarios: tendremos toda esa información directamente acoplada al cráneo, o ni siquiera eso: podremos acceder a ella de manera eléctrica, aunque esté alojada externamente. Algo parecido a la telepatía. Quiero decir con ello que nos bastará pensar en que queremos consultar un dato para acceder a ese dato. Podremos navegar por internet sin teclear y sin mirar a una pantalla física: lo veremos todo dentro de nuestra cabeza. No creo que falte mucho para eso.

A quien le parezca algo difícil de creer debería reflexionar en qué es lo que hacemos cuando pulsamos las teclas de un teclado. En milésimas de segundo pensamos: “Voy a apretar la tecla a y luego la r y luego la t y luego la e“.

Y efectivamente, no sólo lo pensamos, sino que además mandamos esa instrucción a nuestro cuerpo, que aprieta cuatro teclas. El lector puede detenerse un momento a pensar en lo complejísimo que resulta algo aparentemente tan sencillo como escribir arte en el teclado de un ordenador.

Parece infinitamente más sencillo pensar en la palabra arte sin más y verla aparecer en la pantalla. De hecho, ya existe la comunicación concepto mental/ordenador sin teclado ni ratón , sólo con el pensamiento. Naturalmente, hace falta un chip o un electrodo conectado al cerebro, pero a partir de ahí, la persona puede manejar el ordenador sólo pensando. Pensando, sin mover las manos ni la boca, puede hacer que el ordenador abra un nuevo documento o lo cierre, o escriba “SÍ” o escriba “NO”. Esto es sólo el principio.

El final de ese camino será que podremos contemplar todo lo que tenemos en el cerebro como quien lo contempla en la pantalla de un ordenador. Y también se producirá, al menos en una primera fase, una especie de fusión entre nuestros datos externos, los de nuestro ordenador o nuestra página web y los de nuestro cerebro o cerebros ajenos.

Esto, sin duda, tendrá mucha importancia en el tratamiento de lo que hoy se consideran enfermedades mentales o psicológicas. Me atrevo a predecir que algunas de las ideas de Freud serán recuperadas, pero por un camino bastante inesperado para los propios psicoanalistas. Ahora el psiconanálisis, con razón, está en horas muy bajas, casi agonizando, pero algunas de las intuiciones de Freud podrán ser aplicadas de nuevo, aunque no de la manera cuasi mística y acientífica en que fueron aplicadas en el siglo XX, manera a la que él mismo contribuyó o no supo resistirse (a pesar de su amor por la ciencia rigurosa), y se recuperará parte de su validez original, tan desperdiciada por aprendices de brujo de los divanes, que quizá no disponían de las herramientas necesarias para no caer en la magia vulgar.

Naturalmente, esta fusión entre cerebros y ordenadores será la llave de la inmortalidad, pero ciertos fenómenos químicos hacen todavía dudar de si tal inmortalidad será realmente personal y de si podremos seguir hablando de identidad individual.

****************

[Escrito el 31 de enero de 2006]

Este artículo es en cierto modo la conclusión de Conocemos porque conocemos

NOTAS

2006: Acerca del asunto del control cerebral de ordenadores he publicado un cuento llamado Vidas vicarias, que puedes leer en Escrito en el agua (julio y agosto de 2006).

2014: Ahora el cuento es uno de los que se incluyen en Recuerdos de la era analógica, que puedes conseguir en digital o en papel en la edición de Evohé 2009.

Recientemente, investigadores han logrado exactamente lo que predije en Vidas vicarias: “Tú apuntas, yo disparo”.

Más sobre Vidas vicarias:

Vidas vicarias y Avatar

¿Qué es recuerdos de la era analógica?

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Todas las entradas de ciencia en Cuaderno de ciencia.

A continuación, puedes ver entradas dedicadas a Recuerdos de la era analógica encontradas en la Arqueo Red (que nosotros llamamos Internet)

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Los salones digitales

Hace unos días comparé los blogs y las páginas web con los antiguos salones (¿Son los blogs como los antiguos salones filosóficos?). Creo que es una comparación interesante, que permite acercarse mejor el mundo web, al contemplarlo desde un punto de vista diferente a la metáfora habitual con un libro. 

Casi todo nuestro conocimiento es metafórico y la verdadera utilidad de las metáforas y las comparaciones es que nos permiten conocer algo nuevo al anclarlo a algo ya conocido. Por eso en el delicioso libro indio Las preguntas de Milinda, en el que discuten el sabio budista Nagasena y el rey greco-indio Milinda (Menandro), cada vez que el griego tiene una dificultad para entender algo le ruega al arhat budista: “Hazme una comparación”. Y entonces Nagasena le ofrece una comparación tras otra, como aquella en la que muestra cómo es posible la transmigración de las almas si pensamos en un fuego que pasa de una vela a otra vela antes de que la primera se extinga.

Pero también hay que tener presente que las comparaciones son sólo comparaciones, no semejanzas absolutas: nada es igual a otra cosa, porque, si fuera igual, sería la misma cosa.

Comparar las páginas web con los salones, los libros, las charlas de café o las tertulias, nos permite percibir cosas que, de otro modo, nos podrían pasar desapercibidas, pero también puede ser una trampa dialéctica, porque puede ocultar las diferencias que existen entre cosas que catalogamos como semejantes.

Salon Lemaire

Salon Lemaire

 

Así que hablaré ahora de las semejanzas entre dos cosas distintas y de las diferencias entre dos cosas semejantes, que es, precisamente, una de las definiciones que más me gusta (y que tal vez sea mía) de la inteligencia: “Encontrar lo diferente en lo semejante y lo semejante en lo diferente”.

libroWebs y libros 

Las páginas web son como los libros porque en ellas hay letras, frases, párrafos, capítulos y páginas (páginas web).

Las páginas web se diferencian de los libros y se parecen a los antiguos rollos egipcios, griegos y romanos, porque tanto en webs como en rollos tiene sentido decir: “Como dije más arriba” o “Como diré más abajo”, mientras que en los libros eso no siempre es verdad.

papiro

[La imagen del rollo y el texto pertenece a “Cómo debe ser una página web”, donde hablo de temas parecidos a los de está entrada]

Páginas web y salones

Las páginas web se parecen a los salones por lo que dije hace unos días (¿Son los blogs como los antiguos salones filosóficos?).

Ahora bien, como también dije hace unos días a Pilar en respuesta a un comentario, en los salones digitales uno entra sin llamar. No hay timbres ni porteros en la puerta que te miren de arriba abajo y decidan si eres digno o no de entrar.

Es cierto que a veces las puertas están cerradas a cal y canto, porque no hay ningún modo de enviar un comentario. En ese caso, esas webs o blogs no se parecen a un salón, sino a un monólogo que uno puede escuchar si le apetece, pero sin poder convertirlo en diálogo. Es como si uno hablase a solas en el salón de su casa pero pusiera unos altavoces en la fachada para que en la calle todos pudieran escuchar lo que se le va ocurriendo.

Dicho así, y dada la mala fama que tiene la palabra monólogo, la cosa suena bastante mal, pero al fin y al cabo, la historia de la literatura es la de un continuo monólogo en el que los monologuistas usan altavoces de papel, a veces encuadernados en tela.

El verdadero problema del monólogo es cuando se emplea en un lugar inadecuado, es decir siempre que uno no está sólo, circunstancias en las que lo mejor, sin duda, es el diálogo.

Existen, sin embargo, otras variantes de monólogo que son públicas, como los mítines o las conferencias. Incluso hay un tipo de monólogo que casi parece diálogo: el de los líderes de las manifestaciones (que yo tengo la mala suerte de escuchar varios días cada semana porque en Madrid siempre suben por calle Atocha) que van diciendo a los demás manifestantes lo que tienen que gritar. Y los demás lo gritan, al menos muchos de ellos, y supongo que sienten de algún modo que están dialogando, aunque ese diálogo no se diferencia mucho de lo que decía aquella canción de François Hardy: “Yo soy tu ruido de fondo y tu mi pared.”

Ahora bien, en las páginas web en las que no hay la posibilidad de enviar comentarios, a veces queda un resquicio para la comunicación si la autora o el autor ha dejado su dirección de correo electrónico.

Mi salón digital

Una de las características de los antiguos salones es que allí había ciertas costumbres: un día determinado se recibía a estos o a aquellos, había una hora en la que se servía el chocolate y se hablaba de cosas más ligeras y los visitantes lo sabían y contenían su trascendencia.

Aunque yo soy enemigo jurado de los hábitos, admito que mi página web puede ser un caos indescifrable. Es como si mi salón estuviera casi a oscuras y los visitantes tuvieran que orientarse dándose golpes con las sillas, perdiéndose en un laberinto de salas, sin saber como regresar a la principal o cómo llegar a una de la que han oído hablar. Por ello voy ordenando poco a poco esta mansión llena de salones, salas y saloncitos.

Termino con esta primera visita guiada a mi salón digital, que sospecho se está haciendo tan pesada al visitante como recorrer todas las salas de un museo deteniéndose en cada cuadro.

Pero todavía hay mucho que decir sobre los salones digitales…

Continuará…

****************

[Publicado en Il Saggiatore, 20 de diciembre de 2005.  He cambiado en todo el artículo la expresión weblog (hoy en desuso) por blog. ]

NOTA EN 2013: desde que escribí la entrada, hace ocho años, me cambié de barrio digital, alojando ahora mi salón, que cada vez tiene más habitaciones, en WordPress. Con el cambio de aires, creo haber mejorado también la distribución de las habitaciones y espero que el recorrido por ellas sea un poco más placentero e intuitivo que en mis antiguos salones digitales.

 

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La muerte del autor

autormedievalUna constante de la nueva cultura alternativa es la insistencia en la muerte del autor. Tengo la intención de escribir un texto más extenso acerca del asunto, que titularé: “Un retorno a la Edad Media: la muerte del autor”, porque en la Edad Media tampoco gustaban los autores: los únicos autores que firmaban sus obras eran Dios y el Rey, y las obras de arte se hacían a mayor gloria de Dios. De hecho, la llegada del cristianismo supuso que el concepto de creación sólo pudiera ser aplicado con pleno derecho a Dios.

La verdad es que toda la polémica en torno a los artistas y creadores me resulta aburrida. No me interesa dictaminar si ha de considerarse a éste o a aquél como artista o como genio.

Personalmente, no creo en la teoría del genio, pero también observo que quienes proclaman que todos somos artistas no dejan de aparecer en los periódicos y en los catálogos de las exposiciones en tanto que ‘artistas’, lo que también les permite obtener todo tipo de beneficios, algo que no esta al alcance, obviamente, de esos artistas anónimos.

Por lo general, quienes se desviven  porque todo el mundo se exprese y participe en la obra común, después no dejan espacio a nadie. Debord decía que los situacionistas, no estaban allí para hablar, sino para que hablaran los demás, para que participaran todos, pero después se dedicaba a expulsar uno a uno a todos los que no estaban de acuerdo con él, hasta que se quedó solo en la Internacional Situacionista. Supongo que cuando ya no quedó nadie más al fin hubo quorum y se acabaron las polémicas. Algo parecido le sucedió a Antonin Artaud con los surrealistas. En esta misma línea, Mao Zedong ídolo del archienemigo de Debord (Jean Paul Sartre), dijo:

“Nos hemos equivocado: que se abran todas las flores, queremos escuchar a todos los que no están de acuerdo, a todos los que no opinan como el Gran Timonel, a los que tienen otra opinión acerca de la revolución”.

Se abrieron las flores, opinaron a todos… y a todos los que no pensaban como él los liquidó.

Lars Von Triers también funda escuelas y capillas dogmáticas y habla de la muerte del director (sinónimo para él de autor), que, sin embargo, demuestra estar más vivo que nunca, al menos en su caso, donde es imposible no darse cuenta de que él, el director, está detrás de todo lo que vemos en la pantalla, en todo momento.

La muerte del autor también tiene que ver con la muerte de los derechos de autor, el copyright y cosas semejantes. No está del todo claro, sin embargo, que la desaparición de los derechos de autor vaya a beneficiar a los usuarios y a los creadores, sino que su utilidad mayor parece estar relacionada con las grandes empresas. Si los autores de música o de ficción televisiva, por ejemplo, no cobran derechos, ello no revierte en el usuario, sino en las empresas, que ganan millones sin pagar a nadie: en vez de repartir parte del dinero con los autores, se lo quedan todo. Yo puedo hacer una página web, a la que subo miles (y no digo “miles” metafóricamente) de contenidos gratuitos porque tengo otros trabajos que me dejan tiempo suficiente, pero si quisiera dedicarme tan sólo a escribir en la red, me temo que tendría que obtener algún beneficio económico por ello. ¿De qué otra manera podría hacerlo?

Ya sé que aquí presento el asunto de manera muy esquemática, pero me da la impresión de que a veces la muerte del autor es una propuesta que sólo está al alcance de quienes tienen garantizadas sus fuentes de subsistencia por otro lado. Si alguien trabaja en una empresa que hace DVDs interactivos y sólo obtiene un 1% de los beneficios, como les sucede a muchos autores, más bien parece que habría que hablar de resucitar al autor, no de matarlo.

Una cosa es no creer en el mito del artista, del autor o del genio, y otra cosa pensar que alguien que fabrica sillas debe cobrar por su trabajo pero que alguien que escribe libros ha de hacerlo “por amor al arte”, y dejar que las empresas (las editoriales, las distribuidoras, las librerías) se lleven todos los beneficios, o que los usuarios disfruten gratis de algo que quizá le ha llevado meses de esfuerzo llevar a cabo.

Creyendo ser anti-elitistas, muchos de los que hablan de la muerte del autor acaban siendo más elitistas: sólo serán autores los que tengan la subsistencia garantizada por herencia, chollo, chanchullo o lotería. Estoy a favor de la difusión máxima de la cultura, lo que a menudo implica el uso de la piratería, pero hay que considerar también la diferencia entre reducir la cuenta de beneficios de Microsoft en unos cuantos millones (al piratear sus productos) y proponer que los autores del futuro dejen de cobrar por su trabajo. No es lo mismo.

No sé, sinceramente, cuál es la solución, tal vez algo parecido al Xanadú de Ted Nelson. Sospecho que lo iremos descubriendo poco a poco.

 

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Este texto es un fragmento de un texto llamado “11 tópicos de la nueva cultura”, que escribí en abril de 2004 y que tenía una intención polémica. Eso hace que los argumentos a veces resulten simplistas. Al revisarlo, he intentado suavizar esas aristas del ardor polémico, pero no sé si lo he logrado del todo, pues ello me obligaría a cambiarlo tanto que sería más una reescritura que una revisión.


 

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Internet y la televisión

A menudo se ha comparado la televisión con Internet, lo que es bastante razonable. Se trata de dos medios de comunicación de masas, los dos dirigidos y accesibles a todo tipo de audiencias. El carácter de estas comparaciones ha sido casi siempre negativo.  La televisión se ganó en su momento el apelativo de “caja tonta” y se dijo y se dice de ella lo mismo que ahora se dice de Internet, que ambos medios están llenos de basura.

A primera vista parece bastante fácil distinguir la basura, pero nuestras certezas intuitivas no son fáciles de definir tras un examen atento. Podríamos hablar de ese gran basurero egipcio de Oxyrrinco al que la cultura mundial debe tantísimo, porque en él se han encontrado restos de libros grecolatinos que se creían perdidos para siempre. Podríamos también recordar que los basureros, aunque no contengan libros, son uno de los bienes más preciados en las excavaciones arqueológicas, porque contiene abundantísima información acerca de cómo vivían pueblos de los que apenas conocemos nada. Y, por supuesto, podríamos ver tambalearse nuestra seguridad, al descubrir que muchas de las hoy consideradas obras maestras fueron tenidas por pura basura en su época.

Los Elementos de Euclides encontrados en Oxyrrinco

Pero no es mi intención examinar a fondo el concepto “basura”, así que concederé a los críticos de Internet que, hablando de una manera ligera y nada científica, Internet está lleno de basura. También es muy probable que, siguiendo en el mismo tono ligero, podamos afirmar que en Internet hay incluso más basura mediática que en la televisión, que ya es decir (estoy pensando en la televisión española). Esto significaría que vamos a peor, porque de la televisión, de la caja tonta llena de basura, hemos llegado directamente al cubo de la basura.

Sin embargo, existe una importante diferencia que olvidan quienes consideran que Internet es un paso más en la caída hacia la vulgaridad, lo banal, la desinformación, etcétera, etcétera. La diferencia es que en Internet está todo. O casi todo. La gran diferencia es que Internet ha llevado a cabo aquello en lo que la televisión fracasó. En Internet puedes encontrar cientos de miles de páginas dedicadas a la basura, por ejemplo en temas como la astrología, la homeopatía y todo tipo de farsas antiguas o modernas; páginas que difunden información para paladares poco exigentes, para temperamentos crédulos y acríticos. Eso es cierto. Pero también puedes encontrar, como sucedió hace unas semanas, un debate de la Universidad de Oxford entre el famoso biólogo ateo Richard Dawkins y el arzobispo de Canterbury. Un diálogo que fue una especie de reedición de aquel en el que se enfrentaron Thomas Henry Huxley, conocido como “el bulldog de Darwin” y el obispo Wilbeforce.

El obispo Wilbeforce y Thomas Henry Huxley

En aquel debate, el obispo ingresó con todos los honores en la historia de la estupidez al preguntar a Huxley si descendía de un mono por parte de padre o por parte de madre. La broma, apta para una taberna, sin duda, no lo era para una convención científica, y Huxley supo aprovecharlo al responder:

“Prefiero antes ser descendiente de un simio que de un hombre como el obispo, que hace un uso tan mezquino de sus maravillosas dotes de orador para intentar silenciar, mediante un ejercicio de autoridad, un debate libre sobre lo que es o no es un hecho verdadero.”

La anterior es la versión de uno de los asistentes al debate en el Oxford de 1860 entre el obispo y el naturalista. Existen otras porque, como es obvio, la discusión no se conserva. Sin embargo, en el nuevo debate entre un obispo, mejor dicho, ni más ni menos que el Arzobispo de Oxford, Rowan Williams, y el naturalista o biólogo Richard Dawkins, sí ha sido conservado y, además, emitido en directo para todo el mundo por Internet.  El debate demostró que las cosas han cambiado desde los tiempos de Darwin y que las iglesias cristianas han evolucionado también desde entonces, aunque  de vez en cuando desde ese reducto del absurdo que se llama Vaticano, nos haga dudar de ello. El arzobispo se mostró tolerante, simpático y, lo que es más importante, muy bien informado acerca de la ciencia. Fue un debate amable pero en el que se trataron muchos asuntos interesantes de manera ingeniosa y ocurrente, con humor  y a veces con ardor y que quizá haya dejado alguna frase para la posteridad, que esta vez sí se conservará y que, además, no fue contemplada sólo por los privilegiados que pagaron la entrada, sino por miles de personas, me gustaría creer que por millones, en todo el mundo. Gracias a Internet.

Richard Dawkins y el arzobispo de Canterbury RowanWilliams

Gracias a Internet pudimos asistir, también en directo, a la conferencia en la que científicos italianos explicaron los resultados que habían obtenido tras cuidadosas mediciones, que parecían indicar que los neutrinos viajaban más rápido que la luz. Esto, que de ser cierto habría cambiado por completo la ciencia actual, fue también trasmitido por directo gracias a Internet. En este caso, como en el otro, que yo sepa, la televisión, como suele hacer y como ha hecho durante gran parte de su historia, miraba hacia otro lado.

Son dos ejemplos apresurados pero impresionantes del papel que juega Internet en el mundo actual, de lo mucho que contiene además de esa basura mediática. Se podrían dar muchísimos más, desde las obras completas de William Shakespeare a cientos de miles de libros digitalizados, entre ellos verdaderas obras únicas, que hasta hace poco sólo podían consultar investigadores muy concretos tras conseguir permisos muy estrictos en sótanos protegidos de la humedad. Lo más increíble, y que cambia por completo la investigación filológica y literaria, es que un investigador puede consultar una palabra en millones de libros a la vez y obtener los resultados al instante.

Se trata de dos aspectos complementarios de Internet: el de la accesibilidad o democratización del conocimiento, una etapa que va mucho más allá de lo que se logró con la imprenta de Internet, y el carácter enciclopédico de la red mundial, que muchos olvidan, pero que es tan fundamental como la hipertextualidad y la interactividad.

Podría enumerar aquí una lista interminable de maravillas albergadas en Internet, que demuestran que quienes, a veces desde el terreno de la alta o media cultura, despotrican continuamente de Internet se comportan como niños que tiran al suelo las piezas de un tablero de ajedrez, porque son incapaces de emplearlas como es debido.

La diferencia entre la televisión e Internet es que Internet ofrece aquello que la televisión debió ofrecer, pero que no ofreció, en parte porque el público mayoritario no estaba interesado en ello. El debate acerca de si la televisión emite basura porque el público quiere basura o si el público quiere basura porque eso es lo que ofrece la televisión no tiene sentido en Internet. Hay basura, porque muchos quieren basura, pero también hay muchas otras cosas. Aunque Internet se dirige a un público masivo, al contrario que la televisión, también puede dirigirse a públicos minoritarios. En realidad, ofrece contenidos para cualquier tipo de público, para cualquier tipo de interés o afición. Si la televisión apenas mostró la diversidad del mundo, Internet sí lo hace. La gran virtud de Internet es que es a la vez un medio de masas y un medio especializado (e incluso superespecializado). Ahora bien, hay que saber usarlo.

Internet no es una televisión multiplicada. No se sienta uno pasivamente ante el ordenador, como en la sala de cine o en el salón ante la tele con el mando a distancia, y espera a ver lo que le echen, como un animal al que arrojan la comida en la granja, sino que el usuario debe convertirse actuar y participar, debe ser capaz de buscar en el mundo digital como lo es en el mundo cotidiano, por ejemplo en una biblioteca. Como he dicho en alguna ocasión, el internauta, al menos el internauta inteligente, no es un sujeto pasivo en un laboratorio conductista, que espera a recibir sus estímulos diarios, sino que es, como nos dicen las teorías cognitivistas, un buscador activo de información.

 

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