Maquiavelismo y narrativa

Habla Michael Carrithers del pensamiento maquiavélico como útil para la especie.

Y lo es, sin duda, pero no sé si también se podría decir que el pensamiento maquiavélico es, además, una sofisticación cultural que se palica a una previa sofisticación evolutiva (o quizá también cultural) que es el pensamiento narrativo.

“Quien engaña siempre encontrará a personas que desean ser engañadas” (El perfecto credo del narrador, en especial de la mayoría de los guionistas de películas y series)

El maquiavelismo narrativo se podría aplicar a cómo un guionista o un escritor se aprovecha de los códigos y prejuicios de la audiencia para romperlos en su propio beneficio: puesto que los demás van  a aplicar el mecanismo planteamiento-desarrollo-desenlace, yo les supero, les engaño, les pongo una trampa, al romper ese mecanismo. Por ejemplo, si recurro a un deus ex machina (como un disparo inesperado, por ejemplo) o de manera más sofisticada, rompiendo las leyes del discurso.

Un maquiavélico utilizaría un arma de fuego en un duelo aunque se hubiese pactado no usarlas. Por su parte, un guionista que desee sorprender a toda costa al espectador, puede usar un deus ex machina en una película.


[Publicado el 13 de enero de 2008, revisado en 2016]

DEUS EX MACHINA y DIABOLUS EX MACHINA

¿Qué es el deus ex machina?

||DEUS EX MACHINA (Y DIABOLUS)


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El asco como categoría moral

Aviso en 2020: Recupero aquí este artículo de 2012 al contemplar de nuevo cómo en el debate político cada vez más personas  se aficionan a usar el asco como categoría moral o política. Personas a las que les dan asco sus enemigos, que sienten asco ante este o aquel político o ante este o aquel manifestante.

Pues bien, el asco no es una categoría política ni moral y es más bien una expresión muy inquietante del momento en el que empezamos a pensar en los demás no como si fueran personas con ideas diferentes sino como si se tratara de bichos repugnantes. No solo es un pensamiento simplista, sino que está detrás de la justificación de los peores crímenes, desde la tortura al exterminio. Cualquiera puede sentir una reacción instintiva de asco hacia alguien, pero, si así sucede, lo mejor es que se la guarde y que no la difunda, que no presuma de ella, creyendo que esa emoción o sentimiento le hace moral o políticamente superior, porque en realidad le convierte en lo contrario. Es un sentimiento mezquino y peligroso, a veces inevitable (supongo) pero no es, desde luego, algo de lo que presumir o que difundir.

 

EL ASCO COMO CATEGORÍA MORAL

Blackburn-ruling pasions

El filósofo británico Simon Blackburn analiza en Ruling Pasions de qué manera una cuestión de gusto, como lo es el asco, se convierte fácilmente en una categoría moral e ideológica.

Así, por ejemplo, un enólogo puede sentir un cierto desprecio hacia quienes no son capaces de apreciar la diferencia entre un vino delicioso y un vino vulgar. Pero ese enólogo puede ir más allá de ese cierto desprecio y llegar a considerar que no se trata sólo de una cuestión de gusto, sino también de una deficiencia personal, como si esa persona que no sabe apreciar el buen vino estuviera incompleta que sufriera una cierta deficiencia que va más allá del conocimiento acerca de lo que es un buen vino.

Luis García Severiano, enólogo

Tribulat Bonhomet y El asesino de cisnes

Del mismo modo, cuando en las calles de París se enfrentaban a puñetazos los wagnerianos y los antiwagnerianos, como muestra Villiers de l’Isle Adam en El asesino de cisnes, no se trataba sólo de dirimir cuestiones puramente musicales, sino también ideológicas y morales. Odiar o amar a Wagner significaba muchas más cosas más allá de lo meramente musical, algo que podría estar más o menos justificado hoy en día, por la actitud de los herederos de Wagner y por el uso que se hizo de su música durante el nazismo, pero que en el París del siglo XIX no tenía ningún sentido.

En la música, en la pintura, en la gastronomía, en el cine y en muchos otros terrenos es frecuente añadir a las cuestiones de gusto otras connotaciones que conectan de manera arbitraria el sentimiento de asco con la opinión política, como ya expliqué al examinar el caso de los votantes de Bush y Kerry (La razón de la emoción).

El tema es complejo e interesante, pero pondré solo un ejemplo sencillo.

 

El asco de los privilegiados

Las clases privilegiadas de la sociedad han sentido casi siempre algo casi muy semejante al asco cuando se relacionaban con los pobres, o simplemente con los trabajadores. Los aristócratas sentían asco al relacionarse con burgueses; los gentiles al tratar con los judíos, los payos al relacionarse con los gitanos. No se trata tan sólo de opiniones acerca de personas diferentes, sino de un rechazo instintivo que se acerca al disgusto que podemos sentir hacia una comida que nos da asco o hacia un lugar sucio y pringoso.

Pondré un ejemplo llamativo, inmortalizado por Edgar Morin y Jean Rouch en 1961, en su película Crónica de un verano, película que creó o al menos popularizó el género del cinema verité: no en vano su segundo título era: “Una experiencia de cinema verité”, es decir, de “cine verdad”. En el cinema verité se persigue mostrar la realidad de una manera diferente a como lo hacen otras diversas corrientes realistas: no se intenta mostrar la realidad tal cual es, como lo haría, por ejemplo una cámara oculta, sino que  en todo momento se muestra de manera evidente la presencia de la cámara. Los protagonistas saben que están siendo grabados, por lo que sus reacciones nunca serán  por completo espontáneas. Sin embargo, esas reacciones son también una realidad: la de personas que saben que están siendo grabadas. El lector ya habrá caído en la cuenta de que la actualización del cinema verité son programas televisivos como Gran Hermano o Supervivientes.

Edgar Morin y Jean Rouch

Edgar Morin y Jean Rouch

En este fragmento de Crónica de un verano asistimos a una conversación más espontánea (menos consciente de la presencia de la cámara) que otras de la película. Las personas que participan se disponen a hablar acerca de la situación política en África, pero antes de comenzar, a los postres de una comida, mantienen una charla distendida y olvidan por un momento que allí está la cámara. La protagonista de este fragmento es una mujer francesa, que no es aristócrata, sino burguesa, que no es conservadora, sino muy progresista, y que no es racista… o al menos eso asegura ella.

El vídeo está en francés, con subtítulos en inglés.

Es evidente que esta mujer que no siente atracción sexual y que tampoco se casaría con un negro no se consideraba a sí misma racista, y es probable que tampoco admitiera que se calificara como “asco” lo que sentía al pensar en tener relaciones sexuales con un negro. Sin embargo, vista hoy en día la escena, se me ocurren pocas maneras de describir su actitud que no incluyan palabras como “racismo” o “asco”.

La anterior es una primera aproximación a un asunto que me interesa: la manera en la que interiorizamos nuestro rechazo hacia aquello con lo que no estamos familiarizados o que nos disgusta desde el punto de vista ideológico, político o social, rechazo que expresamos en forma de reacciones viscerales como el asco o el miedo. Y por otra parte, la facilidad para asociar esas reacciones viscerales con opiniones que creemos objetivas y desprejuiciadas.(2012)
 


[Publicado por primera vez en Divertinajes el 17 de octubre de 2012]

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Veo que los personajes de Milan Kundera se comportan como pacientes arquetípicos del psicoanálisis, Entonces, ¿no significa eso que tenía razón Freud? En contra de mis propios prejuicios, me doy cuenta de que Freud tenía más razón de lo que puede parecer, pero, hay un “pero”…

Se comportan así y atribuyen sus problemas a sus traumas, a sus madres, etc., pero ello no implica que sea así de verdad (que sus problemas procedan de esos traumas), ni tampoco que sea correcto (ser víctima de los propios traumas), y que no sea lamentable que una persona no sea capaz de sobreponerse a ello.

El cerebro busca orden y se complace con cualquier cosa que le parezaca justificadora (que sirva como explicación de algo).

Por otro, lado, cuán cierto lo que dice Kundera: los amores, como los grandes imperios, se basan en un ideal y mueren cuando ese ideal muere.


[Escrito antes del 30 de agosto de 1998. Lo que está escrito en otro color es de 2016]

Comentario en 2016

Se trata de una nota de lectura, tras leer algo de Kundera. En la parte escrita en negrita (estaba así en el original) está quizá una clave y un matiz importante a lo de que Freud tenía razón. Como es obvio, Freud tenía razón en muchas cosas y probablemente no la tenía en muchas más, o por decirlo de otra manera, su afán por explicarlo todo hizo que muchas de sus mejores observaciones acerca de la psicología perdieran gran parte de su valor y precisión, al estar supeditadas a un sistema dogmático.

Pero no me refería a eso con lo del ansia de explicación, sino más bien (si lo recuerdo bien), a que con la llegada del psicoanálisis, muchas personas vieron ahí un filón para explicar cualquier cosa imaginable, y en especial sus propios problemas, inseguridades  y rasgos de carácter.

Es obvio que cualquier cosa que nos suceda puede influir sobre nosotros y dejar una huella más o menos profunda y más o menos negativa. Sería absurdo negarlo, porque ¿de qué otra manera podría formarse nuestra personalidad? Dentro de estas influencias, las mayores suelen ser las que proceden de nuestros padres, porque son los seres que comienzan a definir (para nosotros) lo que es el mundo, después nos pueden influir novios, novias, jefes, amigos. Todo ellos van dando forma a nuestra personalidad, no cabe duda.

Antes de Freud todo esto también se sabía, por supuesto, y se puede encontrar en casi cualquier escritor: célebres son los casos de los personajes de Shakespeare, que el propio Freud empleó como ejemplo, en especial Hamlet, que quizá se puede considerar uno de los padres del psicoanálisis, mucho más que Edipo, puesto que Edipo no se atormenta tanto como Hamlet por el aspecto puramente psicológico, sino más bien por el hecho mismo de que ha matado a su padre y se acuesta con su madre. Freud llevó al extremo la idea y proporcionó una explicación poderosa, lo que hizo que muchos se refugiaran en ella, pudiendo por fin explicar los rasgos de su carácter, y a  menudo su falta de carácter para cambiar esos rasgos, mediante una justificación que sonaba convincente. De este modo, las explicaciones del psicoanálisis, al margen de su posible verdad o falsedad concreta, sustituyeron las explicaciones anteriores, como la religiosa: ya no se trataba de un problema de pecado original o de recibir o no la gracia divina, de arrepentimiento y redención, sino de traumas infantiles.


(ver también Kundera y la psicología de los personajes)

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La inteligencia contra los test de inteligencia

La inteligencia a menudo se ha comparado con capacidades medibles mediante pruebas y test de inteligencia y hoy en día casi todo el mundo acepta que si alguien tiene muchos puntos en su CI (IQ en inglés) eso significa que es inteligente. Sin embargo, la fiabilidad de los test de inteligencia ha sido puesta en duda a menudo, y de hecho han sido modificados una y otra vez para adaptarse a las nuevas nociones que tenemos de inteligencia. Al final resulta difícil evitar la tautología o definición circular que ya mencioné en otra ocasión: los test de inteligencia miden la inteligencia y la inteligencia es esa cosa que miden los test de inteligencia.

El carácter discriminatorio de los test de inteligencia fue señalado de manera poderosa por el biólogo Stephen Jay Gould en su libro La falsa medida del hombre. Aunque algunos aspectos del libro son hoy discutibles a causa de posteriores investigaciones, destino al que están sometidas todas las teorías y propuestas que se basan en la observación y la ciencia, la esencia de lo que dice Gould sigue siendo válida.

En los primeros test de inteligencia empleados por el gobierno de Estados Unidos, los resultados para comunidades asiáticas, latinas y negras eran claramente inferiores a los de la comunidad blanca o puramente anglosajona (los llamados WASP, White Anglosaxon Protestant, blancos anglosajones y protestantes). Con el paso de los años, estos resultados han ido cambiando y los porcentajes se han ido equilibrando, a pesar de que es absurdo hablar de una mutación o evolución en los grupos estudiados que se haya producido en apenas unas cuantas décadas.

Una prueba de ello fue el bestseller Battle Hymn of the Tiger Mother, publicado en 2011 por la editorial Bloomsbury, en el que una madre de origen chino, Amy Chua, contaba cómo había educado a sus hijas siguiendo criterios de exigencia que hoy en día en muchos países nos parecen inhumanos. Su libro dio origen a la expresión “Madre Tigre” (Mother Tiger o Tiger Mom), que se define en el diccionario MacMillan como: “Una madre verdaderamente estricta que hace trabajar a sus hijos de manera particularmente dura y que reduce de manera drástica su tiempo libre para que continuamente alcancen los más altos retos”.

Según parece, en los últimos test de inteligencia los mejores resultados los obtienen personas procedentes de Asia Oriental (China, Japón y Corea del Sur), algo que parece tener mucha más relación con la cantidad de horas que las madres y padres obligan a estudiar a sus hijos que con otra improbable mutación genética.


[Publicado el 3 de abril de 2013 en Divertinajes]

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Vestir con ropajes ajenos

Giordano-Bruno-mnemonic

Palabras e imágenes pueden penetrar en nosotros y actuar el fantasma, pero también el fantasma puede buscar la palabra o imagen en la que encarnarse. A veces no encuentra la adecuada y viste ropajes ajenos.

**********

[Publicado en 1999,2000,2004 y 2008]

NOTA EN 2013

Supongo que esto tiene que ver con las teorías de Giordano Bruno y El arte de la memoria, de Frances Yates. Intentaré entenderme ahora. lo que quería decir, si no me equivoco es que las palabras y las imágenes pueden activar la formación de una imagen mental o fantasma (nada que ver con fenómenos paranormales en este caso), que nos permite captar ese estímulo exterior de palabras e imágenes, pero que al mismo tiempo nos limita y encierra en esa superimagen o símbolo mental si se quiere. Ahora bien, también puede suceder que el fantasma sea lo primero que percibamos y que, al intentar darle sentido, busquemos rápidamente palabras o imágenes exteriores que justifiquen su aparición. Es decir, podemos imaginar -crear imágenes- a partir de lo externo y a partir de lo interno. En ambos casos, es fácil caer en errores, pero supongo que en el segundo caso son más difíciles de detectar esos errores, porque nuestra inteligencia cree operar a partir de una especie de certeza intuitiva, la del fantasma o imagen mental, que tal vez se ha producido por uan mera descarga química o puro azar.

El diablo y la maledicencia

Para sacar la contraria y mostrar cierta imparcialidad en estos momentos de felicidad tras unos días horribles, me permitiré citar a un Papa, a Juan Pablo I.

albinoLucianiAlbino Luciani (Juan Pablo I) era un hombre excelente que no tuvo tiempo para mostrar si habría sido un buen Papa, si estaría a la altura de los dos que le dieron nombre (Juan XXIII y Pablo VI), puesto que fue Papa solo durante 33 días.

Antes de ser Papa, Luciani escribió una deliciosas cartas dirigidas a todo tipo de destinatarios, como Mark Twain, Chesterton o el propio Jesucristo. Me gustan muchísimo y estoy de acuerdo en muchas cosas. En algunas no estoy de acuerdo, porque sería pedir un imposible que las ideas de un Papa coincidiese con todas mis ideas: si así sucediera, la Iglesia católica ya no existiría. En consecuencia, si no presto mucha atención a algunos detalles de los argumentos y paso de largo ciertas cuestiones, las cartas de Albino Luciani son una maravilla.

Boileau santerre_nicolas.boileau.despreaux

En la carta que Luciani dirige a Pavel Ivánovic Cicikov, el pérfido protagonista de Las almas muertas de Gogol, cita a una Hermana de la Caridad del siglo XVII, Magdalena de Lamoignon.

“Al leer las sátiras de Boileau, Magdalena de Lamoignon le dijo que las encontraba hirientes. Boileau le respondió que intentaría no serlo tanto pero que al menos se le diese la oportunidad de atacar en sus sátiras al Turco, “enemigo acérrimo de la Iglesia”. Ni siquiera eso le pareció bien a Magdalena.
__Me dejaréis al menos hacer una sátira contra el diablo -sonrió Boileau-, no negaréis que se la merece.
__El diablo ya está bastante castigado. Tratemos de no hablar mal de nadie, para no correr el riesgo de acabar como él.

Madeleineche-17-16520628arnauld-lamoignon


[Publicado en 2004]

Comentario en 2013

Curiosamente, poco después de que el brevísimo (33 días) Papa Luciani obtuviera el cargo confesó a su amigo Germano Pattaro que estaba viviendo «un mes de infierno», un vía crucis:

«Comienzo a entender ahora cosas que no había comprendido antes. Aquí cada uno habla mal del otro. Si pudieran, hablarían mal hasta de Jesucristo».

Supongo que entonces se acordaría de aquella conversación entre Boileau y Lamoignon.


Aunque tal vez sin llegar al extremo de Magdalena de Lamoignon, hablé de algo parecido hablé en  La maledicencia.


He hablado de la dependencia y el contagio al que se exponen los maledicentes en:

El contagio por los adversarios

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ENTRADAS DE FILOSOFÍA

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Parientes cercanos

Existen muchas maneras de definir qué es la inteligencia. Una de las más interesantes y precisas es:

La inteligencia consiste en ser capaz de modificar la conducta al tener en cuenta la información que se recibe del medio circundante.

Esta definición es bastante convincente, pero tiene el problema de que su campo de aplicación es muy amplio. Muchos animales pueden ser considerados inteligentes, como las abejas de las que hablé en Lo que sí está en los genes, capaces de señalar a sus compañeras dónde encontrar un buen campo de margaritas. Ahora bien, quizá no nos parecen tan inteligentes aquellas otras abejas de la especie higiénica que son capaces de abrir celdillas infectadas pero que no tiran la larva enferma, a pesar de tenerla allí delante, ya que carecen de la instrucción genética para realizar esa segunda tarea, a primera vista tan obvia. El comportamiento instintivo no nos parece inteligente y tampoco creo que lo sea el intuitivo, que es una especie de instinto, pero adquirido durante la vida del individuo, como dije en Inteligencia intuitiva.

Volvamos a la definición de inteligencia.

Minsky y un amigo

El comportamiento inteligente podría incluir no solo animales como las abejas, los cuervos, los perros y los gatos, y quién sabe si las esponjas (que tardaron hasta 1765 en ser reconocidas como animales), sino también a los ordenadores personales e incluso a los termostatos. Eso último es lo que opinó hace muchos años Marvin Minsky, uno de los pioneros de la Inteligencia Artificial. Minsky opinaba que un termostato que mantiene estable la temperatura de una habitación es inteligente, puesto que recibe información del medio circundante, por ejemplo que la temperatura es de 12 grados, y a continuación modifica su conducta, dando salida a aire caliente hasta que la temperatura se eleva a 18 grados. Cuando vuelve a recibir la información de que esa temperatura ha sido alcanzada, vuelve a modificar su conducta e interrumpe o disminuye la salida de aire caliente. La provocación de Minsky tenía la intención de señalarnos lo difícil que resulta definir la inteligencia, a pesar de lo que creen los partidarios de los test de inteligencia, quienes acaban en la inevitable conclusión de que la inteligencia es esa cosa que miden sus test.

Elementos de la inteligencia del termostato

Aristóteles ya nos ofreció una brillante distinción entre las tres clases de alma o naturaleza: la de las plantas, con alma vegetativa; la de los animales, con alma vegetativa y sensitiva, y la de los seres humanos, con alma vegetativa, sensitiva e intelectiva. Pero también podríamos considerar que las plantas, los animales, los seres humanos e incluso los termostatos pertenecemos a una extraña especie o género, la de los “procesadores de información”. Nos distinguimos unos de otros según sea nuestra mayor o menor capacidad de procesamiento. Probablemente, un termostato sea en esta clasificación un pariente cercano de una esponja, mientras que los más avanzados ordenadores comienzan a compartir con nosotros un cierto aire de familia.

 


 

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 “La sensación es desde el punto de vista informacional tan profusa y específica como una respuesta (?) pictórica”

Tiene que ver con algo que he pensado muy a menudo: que percibimos cosas que nos pasan inadvertidas, pero que “archivamos”.

Sherlock Holmes le dice a Watson que él (Holmes) mira, mientras que Watson sólo ve. Esto no sólo hay que entenderlo en el sentido  exterior de la percepción, sino también en el interior.

Si yo he visto y mirado una habitación, después, sin estar en la habitación, puedo recordar detalles particulares que no había advertido antes, del mismo modo que lo haría si hubiese tomado una fotografía de la habitación y la mirase. El grado de perfección de las fotografías mentales depende, creo, de cierto entrenamiento.

CUADERNO DE PSICOLOGÍA Y NEUROCIENCIA

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Resulta verdaderamente difícil distinguir entre ciencias, artes o disciplinas como: psicología, neurociencia, ética y moral y dianoética, filosofía, sociología, epistemología y gnoseología, ontología y metafísica, e incluso entre las anteriores y la religión, la física, la biología, la semiótica, las ciencias de la comunicación…

Es cierto que hay terrenos puros, digamos, de la filosofía o de la sociología, pero muchos asuntos están en un terreno difícil de delimitar. La cosa se complica cuando, como es mi caso, se tiene tendencia a divagar y desviarse del asunto tratado, cosa que hago casi por sistema. Así que agrupar las entradas relacionadas con la psicología, separándolas en ocasiones de las de filosofía, las de ética o incluso las de teología, resulta una tarea complejísima.

Aquí, pues, de una manera arbitraria y muy discutible agrupo las entradas dedicadas a asuntos psicológicos, ya se trate de psicoanálisis, psicología, psiquiatría, estudio de la mente, neurología, neurociencias cognitivas, etcétera. Pero conviene también consultar entradas del Cuaderno de Filosofía o del de ética, que quizá, en ocasiones tienen más relación con la psicología que con otra cosa (ver Cuaderno de filosofía).


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La obsesión por clasificar

Ya lo he dicho varias veces, y en especial en Nada es lo que es: la mayoría de las personas no saben relacionarse con desconocidos. No se sienten cómodos en la incógnita, y por eso intentan que esos desconocidos se conviertan cuanto antes en conocidos.

Que se conviertan en conocidos no solo en el sentido amistoso de la palabra, sino también en el sentido de manejables. La mejor manera, desde el punto de vista psicológico, de no enfrentarse a un desconocido consiste en encasillarlo cuanto antes, meterlo rápidamente en algún compartimento mental, en alguna clasificación sencilla. Saber de dónde es, qué edad tiene, qué piensa acerca de algunas cuestiones que consideramos básicas, descubrir cuál es su ideología o incluso cuál es su signo zodiacal. Gracias a estos datos triviales, el desconocido deja de serlo, o al menos eso parece a primera vista, porque, insisto, se trata de un mecanismo cuya finalidad es la tranquilidad psicológica, pero que tiene muy poco que ver con un sincero deseo de conocer.

Sucede que cuando obtenemos esos datos del desconocido, nos parece que ya lo conocemos, pero en realidad lo único que hemos conseguido es aplicarle los prejuicios e ideas hechas, los lugares comunes que hemos almacenado durante años relacionados con esos datos. Son prejuicios lo que ahora nos devuelve nuestra intuición, como si se tratara de grandes revelaciones que nos permiten un conocimiento instantáneo. Y de este modo logramos clasificar al desconocido, es cierto, pero a cambio de perderlo como individuo único. Y eso sucede no solo porque hemos sustituido un contacto imperfecto pero real por la suma de datos de un patrón prefabricado, sino también porque, al exigir tales informaciones y al darlas nosotros mismos, ya establecemos una relación viciada, un patrón de relaciones que se deslizará por los terrenos del tópico. Lo que suceda a continuación se va a adaptar, inevitablemente, a esa sencilla y simple información intercambiada.

Yo, sin embargo, prefiero disfrutar durante más tiempo del juego de conocer a alguien, prefiero evitar, en la medida de lo posible, las preguntas directas, tópicas, obligadas. Es mucho mejor adivinar, deducir, descubrir, equivocarse incluso. Me parece, por otra parte, que aceptar convivir con lo desconocido es una muestra de respeto y revela lo fascinante que es la individualidad de cada persona, y una preferencia por las personalidades únicas e irrepetibles, que no se ajustan a nuestros clichés o a los ajenos.


Se podría  recordar, acerca de las personalidades irrepetibles, aquello que hizo Beethoven cuando se enteró de que Napoleón Bonaparte se había coronado a sí mismo Emperador: tachó la dedicatoria de la Quinta Sinfonía y mostró su desprecio hacia aquel acto aparentemente sublime del corso, diciendo: “Es un hombre como los demás: pudiendo ser Napoleón, prefiere ser Emperador”.

Emperadores hay muchos, es una categoría vulgar,sin más. napoleón, al menos hasta ese momento, solo había uno.


[Escrito en la Escuela de San Antonio de los Baños (EICTV) de Cuba el 19 de febrero de 2017. Revisado en 2018 y 2020]

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