La peste en Atenas

|| Tucídides y la democracia /28

Ahora en 2020, en tiempos del coronavirus, retomo la publicación de esta investigación (eso es lo que significa historia) que hice para mi amigo Marcos Méndez Filesi, y la casualidad quiere que la narración continúe tras la muerte de Pericles a causa de la terrible peste que acabó con un tercio de la población de Atenas y que determinó el curso de la guerra, y que también probablemente significó, aunque no de manera inmediata, el final de la democracia en el mundo antiguo. No es mi intención establecer una analogía entre aquellos y estos tiempos, sino que tan solo señalo aquí esas similitudes, que espero no se completen. Recojo ahora, por su interés con el tiempo presente, lo que nos dice Tucídides acerca de esa epidemia.

La misteriosa epidemia comenzó en el segundo año de la guerra, durante el verano. Al parecer, ya había habido casos en la isla de Lemnos y en otros lugares, «aunque no se recordaba que se hubiera producido en ningún sitio una peste tan terrible y una tal pérdida de vidas humanas». Los médicos no sabían cómo hacer frente a la enfermedad, que era completamente desconocida, y ellos mismos fueron sus primeras víctimas, «por cuanto eran los que más se acercaban a los enfermos».

La peste de Atenas, de Michael Sweerts (c.1652-1654)

William Mac Arthur sugirió que esta enfermedad solo podía ser el tifus, por ser la enfermedad que con más justicia recibe el apelativo de morbus medicorum (matamédicos). Supongo que en la actualidad muchos habrán empezado a sospechar si no se trataría de una enfermedad parecida al sars o a su variante, el coronavirus. Pero ya veremos que los síntomas de la enfermedad no parecen coincidir.

Como sucede en cualquier momento y como sucede incluso ahora, muchos creyeron que había algún modo mágico o religioso de combatir la enfermedad. En vano:

«Elevaron, asimismo, súplicas en los templos, consultaron a los oráculos y recurrieron a otras prácticas semejantes; todo resultó inútil, y acabaron por renunciar a estos recursos vencidos por el mal».

En cuanto al foco original de la enfermedad, Tucídides dice que probablemente se originó en Etiopía y que de allí pasó a Egipto y Libia y los territorios persas. Después, de algún modo, probablemente por los barcos que atracaban en el puerto de El Pireo, llegó a Atenas. El origen en Etiopía ha hecho pensar a otros expertos que se trataba de viruela, enfermedad endémica en África. Y, por supuesto, no faltaron teorías conspirativas como las de ahora, como las que acusaron a los espartanos de haber envenenado los pozos.

Los síntomas

Tucídides, que fue infectado y sobrevivió  a la enfermedad, describe los síntomas, imitando el proceder de los médicos hipocráticos, a los que, como se ha señalado a menudo, no solo admira, sino que en cierto modo imita, al intentar escribir su historia de la guerra al estilo de los médicos, pues ellos eran en aquel momento quienes mejores métodos empleaban para observar la realidad, en este caso al enfermo. Mediante el reconocimiento y el testimonio del propio enfermo, el médico hacía la prognosis o pronóstico, conectando el pasado de la enfermedad (anamnesis) con su futuro (logismos) En la prognosis se incluye el diagnóstico. Es decir, se deducía el pasado y el futuro a partir de la observación de lo presente.

Hipócrates salvando a los atenienses de la plaga

Los síntomas de la peste o plaga eran los siguientes: se iniciaba con una intensa sensación de calor en la cabeza y un enrojecimiento e inflamación en los ojos, la faringe y la lengua quedaban enseguida inyectadas en sangre y la respiración se volvía irregular y despedía un aliento fétido. Después venían los estornudos y la ronquera y  la enfermedad bajaba al pecho, desencadenándose una tos violenta. Tras esto, atacaba al estómago y venían los vómitos, bilis y un malestar terrible, además de arcadas sin vómito. Lo curioso es que el cuerpo por fuera no estaba excesivamente caliente ni amarillento, sino rojizo, cárdeno, acompañado de ampollas y úlceras. Sin embargo, por dentro el cuerpo ardía y los enfermos no podían soportar el contacto de la tela más delicada, y con gusto se lanzaban al agua helada si no los retenían. Solían morir a los nueve o a los siete días. En fin, si sobrevivían, sus males todavía continuaban.

Algunos de estos síntomas, como la necesidad de lanzarse al agua fresca y beber, han hecho pensar en el sarampión, mientras que el hecho de que lo enfermos pese a todo no quedaran postrados y conservaran fuerzas ha hecho que se descartara la viruela.

Finalmente, muchos se salvaban pero perdían los extremos de las manos, de los pies, los genitales e incluso los ojos, consecuencias que se pueden dar con el tifus. Otros perdían por completo la memoria y caían en una amnesia total.

Un asunto que le llamó mucho la atención es que los animales que comían carne humana , «aves y cuadrúpedos», se alejaban de los enfermos y si los probaban perecían, en especial los perros. Eso sí, una vez curados, los enfermos no contraían de nuevo la enfermedad, o al menos existía un alto grado de inmunización, y solían presentarse como voluntarios para atender a los enfermos.

La descripción de los enfermos y muertos por las calles de Atenas ha inspirado muchos cuadros a lo largo de la historia:

«cuerpos de moribundos yacían unos sobre otros, y personas medio muertas se arrastraban por las calles y alrededor de todas las fuentes movidos por su deseo de agua. Los santuarios en los que se habían instalado estaban llenos de cadáveres, pues morían allí mismo; y es que ante la extrema violencia del mal, los hombres, sin saber lo que sería de ellos, se dieron al menosprecio tanto de lo divino como de lo humano».

Tucídides también menciona un verso que todos recordaban:

«Vendrá una guerra doria y con ella una peste».

Esta supuesta profecía, cuya procedencia los anotadores por desgracia no aclaran es comentada con ingenio y sensatez por Tucídides, quien dice que al parecer en el verso original no se decía «peste» sino «hambre»:

«En aquellas circunstancias venció, naturalmente, la opinión de que se había  dicho «peste»; la gente, en efecto, acomodaba su memoria al azote que padecía. Y sospecho que si después de ésta un día estalla otra guerra doria y sobreviene el hambre, recitarán el verso con toda probabilidad en este sentido».

Más adelante se hablará del más ilustre de los muertos a causa de esta terrible peste: Pericles.

continuará


[Escrito hacia 1991. Esta entrada no figuraba en el trabajo original y ha sido escrita entera en 2020]

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La época de Pericles, de Phillipp von Foltz

Acerca de la verosimilitud de los discursos que recoge Tucídides en La guerra del Peloponeso, ya hemos visto que existen tres hipótesis fundamentales: 

  • Que son reproducciones fieles de discursos que tuvieron lugar.
  • Que no tienen ninguna fiabilidad histórica y que fueron inventados por Tucídides (o fuertemente deformados) con la intención de trasmitirnos sus ideas acerca de la guerra o acerca de los personajes protagonistas.
  • Una posición intermedia entre las dos primeras: ni son completamente fieles ni son completamente falsos.

Ya aceptemos la primera, segunda o tercera opción, los discursos por sí solos no pueden revelarnos las simpatías o antipatías de Tucídides: si son fieles a lo que se dijo, él ejerció como cronista; si no son fieles, eso indica una intención manipuladora, pero no siempre resulta trasparente el propósito exacto.

Probablemente, donde sí podemos buscar la opinión personal de Tucídides es en los pequeños comentarios con los que salpica su obra, en los que define a este o a aquél personaje, manifestando entonces su opinión personal con bastante claridad. Parece de importancia especial, en este sentido, el capítulo X del Libro I, que consiste por entero en una defensa de Pericles.

Podemos también preguntarnos por qué Tucídides consideró necesario en este caso, que es único en toda la obra (la defensa de Nicias ocupa sólo unas líneas), defender la figura de Pericles, anticipando también acontecimientos muy lejanos y anunciando ni más ni menos que la derrota final de Atenas.

Una vez que tenemos en cuenta estos pasajes, en los que parecen revelarse las antipatías y las simpatías de Tucídides resultará posible examinar los discursos teniendo en cuenta lo que el historiador opina de quien habla. Naturalmente, todo ello con las debidas precauciones.

Continuará…


[Escrito hacia 1991. El texto en otro color ha sido añadido en 2018]

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“Es por ese camino, a través de las simpatías o antipatías que Tucídides haya podido reflejar en su obra que, desde hace algún tiempo, ha empezado a surgir una corriente interpretativa que rebaja en gran manera la tan cacareada imparcialidad del historiador Tucídides” .

La pregunta que nos podemos hacer es: ¿Cómo detectar estas simpatías y antipatías? Hablaré de eso más adelante (en “Lectura de Tucídides”), pero vale la pena insistir en que la verdadera opinión de Tucídides no podemos obtenerla a través de la lectura de los discursos que él mismo recoge de sus coetáneos. No podemos leer los discursos y considerar que cuando alguien razona mal eso revela que Tucídides quiere rebajarlo a nuestros ojos. Serí demasiado sencillo. Yo creo que podemos plantearnos tres posibles calificaciones de los discursos tucidídeos:

1. Son reproducciones exactas, en sus detalles esenciales, de lo que dijeron los diversos personajes. En tal caso, si alguien razona mal o razona bien no es culpa de Tucídides sino del que habla.

 

2. Los discursos son un instrumento mediante el que Tucídides nos trasmite sus ideas, para bien o para mal, a favor o en contra, acerca de quien habla.

Este segundo supuesto, que, como se ha visto, resulta más plausible que el primero, plantea varios problemas, aunque no carece de interés: hay que interpretar, desentrañar, descifrar, la cuarta parte de la obra tucidídea. Y hay que hacerlo, además, no partiendo de nuestro punto de vista, sino del punto de vista de Tucídides, que es precisamente lo que se está buscando. Si yo transcribo un discurso de Hitler, lo haré con la intención más o menos explícita de que mis lectores constaten por sí mismos lo irracional del discurso, pero si ese discurso se transcribe en un panfleto nazi, la intención será justamente la contraria. Del mismo modo, nos puede parecer que los discursos del espartano Brásidas son débiles porque son antidemocráticos, pero ello es fundamentalmente porque nosotros somos demócratas. Para un oligarca, sus argumentos podrían ser muy convincentes y los de Pericles, o los de Cleón, meros tópicos. Basta leer a Platón para ver qué fácil es que ideas que a nosotros nos parecen muy convincentes en realidad son expuestas para luego refutarlas.

Con todo esto no quiero defender un relativismo que impide la discusión racional, supeditando todo a la ideología personal. Sólo pretendo decir que hay que ser muy cauto al sostener que las razones de este o de aquel político griego le parecían tan buenas y convincentes a Tucídides como nos lo parecen a nosotros.

3. La tercera posibilidad es una solución intermedia entre (1) y (2): los discursos no son reproducciones literales, pero tampoco son meras invenciones de Tucídides. Algunos serán más fieles, por ejemplo los de Pericles, que serían recordados por muchos atenienses cuando Tucídides publicó su obra. Otros serán reconstrucciones a través de testimonios diversos y otros, tal vez, serán puramente inventados: Tucídides como él mismo confiesa, a veces no dice lo que tal personaje dijo, sino lo que debió decir (se non e vero, e ben trovato). El músico Berliotz, por cierto, opinaba de manera semejante a Tucídides. Decía en sus memorias que a lo mejor en alguna ocasión contaba las cosas no como habían sucedido, sino como deberían haber sucedido.

 

Continuará…


[Escrito hacia 1991. El texto en otro color ha sido añadido en 2018]

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|| Tucídides y la democracia /20

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|| Tucídides y la democracia /22

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|| Tucídides y la democracia /23

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|| Tucídides y la democracia /28

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La objetividad imposible

Tucídides y la democracia /25

|| Tucídides y la democracia /25

Mi conclusión, tras examinar los peligros a los que se expone un historiador, incluso cuando intenta ser por completo objetivo, es que creo que es cierto que se debe intentar ser objetivo, o imparcial, o ecuánime, al emprender una investigación histórica, pero que también conviene animar al lector a buscar y conocer otras interpretaciones divergentes, complementarias o contrarias. Naturalmente, esta es una recomendación que no tiene por qué hacer un historiador en cada una de sus obras, pero que sí debe tener siempre presente quien consulte o emplee materiales históricos: la visión de una época determinada puede resultar muy convincente tras la lectura de un libro de historia, pero no debe olvidarse que esa visión resulta convincente en gran parte a causa de los datos que ha seleccionado el autor. Como dice H.I.Marrou: “La historia es inseparable del historiador”.

Las dificultades, como es obvio, aumentan, cuando solo disponemos de un historiador para una época determinada, como en gran parte sucede con Tucídides:

“Aunque el historiador de la actualidad experimente cierta irritación, para ese período no hay otra historia posible más que la suya [1].

Para terminar con el tema de la objetividad, dice Karl Popper:

“Quisiera aprovechar una vez más para decir que, por mi parte, no pretendo ser imparcial en mis juicios históricos. Claro está que hago lo posible para verificar los hechos de mayor peso, pero soy consciente de que mis apreciaciones (como las de todo el mundo) deben depender enteramente de mi punto de vista. Y si bien reconozco lo anterior, creo firmemente en dicho punto de vista, es decir, en la corrección de dichas apreciaciones [2]

Continuará…

Comentario en 2019

En mi libro Las paradojas del guionista me referí a las interpretación de la batalla de Kadesh, muy diferentes según que lo contaran los egipcios y los hititas y dije:

“Lo que diferencia a la historia de la mera cronología es precisamente la interpretación de los hechos históricos. Por ello, lo más sensato no es exigir a un historiador que nos ofrezca una verdad incontrovertida, sino leer a otros historiadores. Si lo que queremos es aprender algo de historia, la única manera sensata es crearnos un criterio propio, eligiendo entre las diversas explicaciones la que más convincente nos parezca.”


[Escrito hacia 1991. Revisado en 2018 y en 2019]

TUCÍDIDES Y LA DEMOCRACIA

Aviso para navegantes

|| Tucídides y la democracia /1

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Heródoto y Tucídides

Tucídides y la democracia /2

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Continuará…


Datos, datos… y datos

|| Tucídides y la democracia /24

Me preguntaba en ¿Existen los datos? acerca de cómo puede ser objetivo un historiador.

La respuesta es, creo, que, esa objetividad no consiste en que el historiador no opine sobre lo que está contando, pero sí en que el historiador distinga con claridad sus opiniones de lo que pretende ser una exposición neutra de acciones, que no intente disfrazar sus ideas e intereses bajo supuestos relatos desideologizados. Es obvio que nunca podrá lograrlo por completo, pero si puede al menos intentar que eso suceda de un modo más o menos inconsciente o involuntario. También se le debe exigir que los datos que utilice sean rigurosos, ciertos y comprobables dentro de lo posible, los ordene como los ordene. Aquí podríamos distinguir entre varios tipos de ‘datos’, que plantean problemas diferentes:

__“Murieron 5373 argivos”

__“Los egipcios ganaron la batalla de Kadesh”.

__“La guerra era inevitable”.

Cada una de las afirmaciones anteriores plantea problemas diferentes en relación con la objetividad del historiador. El primer dato es el de un contable, el de alguien que ha contado los cadáveres o las tumbas: “Murieron 5373 argivos”. Es un dato que en algunas guerras puede ser completamente fiable, pues basta con mirar cuántos soldados partieron y cuántos regresaron.

Pero no hay que concluir por ello que los números son siempre comprobables: a día de hoy resulta difícil saber la cantidad real de muertos durante los regímenes comunistas de la Unión Soviética o China y las dudas afectan no a decenas o miles de personas, sino a millones. Recientemente se ha llegado a pensar que las cifras de la población china actual están infladas y que la India tiene más habitantes que China. La razón sería que, al aumentar las cifras de la población total, se disminuyó al mismo tiempo el de los muertos durante el Gran Salto Adelante y la Revolución cultural maoísta, cifras que por arte de magia pudieron reducirse en millones. Hasta hace pocos años, e incluso ahora en gran medida, la manera de saber cuántos millones de personas han muerto consistía en comparar las cifras de población antes y después de sucesos espantosos.

En cuanto al segundo dato: “Los egipcios ganaron la batalla de Kadesh”, esa afirmación está sometida a dudas de otro tipo. Según los egipcios, ellos ganaron. Según los hititas, la victoria fue suya, Pero, incluso aunque el ejército egipcio hubiera sido derrotado en la batalla, se sospecha que los hititas quedaron lo suficientemente debilitados como para no proseguir su avance contra Egipto o sus aliados, aunque también se podría decir que los egipcios, vencieran o perdieran, fueron los que quedaron detenidos en su expansión por Asia Menor y el mundo micénico, por ejemplo.

Como se ve, es un dato en el que la objetividad empieza a resultar difícil, no solo por el nombre del vencedor en la batalla, sino, si vamos un poco más allá, por las consecuencias de la batalla. La cosa ya resultaría muy espinosa si, a pesar de que concluyéramos que la victoria fue de los egipcios en la batalla como tal, nos permitiéramos afirmar: “La batalla de Kadesh fue un espaldarazo al poder egipcio”. Ya sabemos, por el rey griego Pirro, que se pueden ganar muchas batallas pero perder la guerra.

Finalmente, el tercer dato (“La guerra era inevitable”) es ya una cuestión sometida a tremendas incertidumbres y subjetividades. Así, por ejemplo, la manera en la que se presenta como inevitable la guerra del Peloponeso que nos trasmite Tucídides está sometida a fuerte discusión. 

En consecuencia, no todos los datos históricos son iguales ni es siempre fácil distinguir entre datos y opiniones.

Pues bien, a pesar de todas las precauciones anteriores, a pesar del esfuerzo del historiador por ser objetivo y desinteresado, creo que la subjetividad, en mayor o menor grado, siempre será inevitable.

 

Continuará…


[Escrito hacia 1991. El texto en otro color ha sido añadido en 2018 o 2019]

TUCÍDIDES Y LA DEMOCRACIA

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|| Tucídides y la democracia /27

Acerca de la verosimilitud de los discursos que recoge Tucídides en La guerra del Peloponeso, ya hemos visto que existen tres hipótesis fundamentales:  Que son reproducciones fieles de discursos que tuvieron lugar. Que no tienen ninguna fiabilidad histórica y que … Sigue leyendo

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La peste en Atenas

|| Tucídides y la democracia /28

Ahora en 2020, en tiempos del coronavirus, retomo la publicación de esta investigación (eso es lo que significa historia) que hice para mi amigo Marcos Méndez Filesi, y la casualidad quiere que la narración continúe tras la muerte de Pericles … Sigue leyendo

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¿Existen los datos?

|| Tucídides y la democracia /23

Se ha dicho  a menudo que en la historia no existen datos puros. Raymond Aron ha llegado a decir que “la teoría precede a la historia”. Ahora bien, si no existen datos, ¿qué son esas cosas con las que trabaja el historiador? ¿Se trata tan solo de criaturas nacidas de su imaginación?

¿Cómo es posible comparar teorías rivales en cualquier ciencia, entre ellas la historia, si no existen datos exteriores que puedan hacernos decidir cuál de ellas es la correcta? Algunos opinan que, efectivamente, las teorías científicas rivales son inconmensurables: no se puede elegir entre dos teorías basándose en motivos empíricos, ni siquiera racionales, nos dicen. La experiencia no puede decidir ndaa, debido a que la misma experiencia, la misma noción de dato se define de distinta manera por una y otra teoría. Thomas Khun, o al menos muchos de sus seguidores, asegura que la física de Aristóteles y la que nace con Galileo, Descartes o Newton son inconmensurables.

Las anteriores son algunas de las conclusiones a las que ha llegado la crítica antipositivista que, en mi opinión, a pesar de sus aciertos, ha llegado demasiado lejos, precipitándose en lo que yo llamo ‘apriorismo teórico’, es decir, llevar a su extremo la afirmación de que la teoría precede a los hechos. Pero no voy a discutir aquí este tema, ya que me parece  muy complejo, y porque también creo que antes de poder establecer un diálogo serio acerca de esos asuntos tú deberías, Marcos, leer unas cuantas cosas de filosofía de la ciencia. Sí que recuerdo que en alguna ocasión te he comentado que considero el apriorismo teórico como una concepción que es o bien trivialmente cierta, o bien falsa.

Se podría intentar una explicación apresurada de lo que acabo de decir. Es obvio que nuestro sistema perceptivo y nuestro procesador de información (nuestro cerebro) están adaptados para percibir un tipo de hechos, por lo que, por ejemplo, no podemos captar la luz ultavioleta, que sí perciben las abejas. ¿Quiere eso decir que las abejas perciben subjetivamente el mundo? En cierto sentido sí. ¿Quiere eso decir que lo que provoca esa percepción en las abejas no existe? En este caso, no sucede así. Hay algo que provoca esa percepción en las abejas y que a nosotros se nos escapa, pero ese algo existe y es convenientemente traducido por el sistema perceptual de las abejas. Como es obvio, lo que ve la abeja no es la cosa en sí que provoca esa visión, por supuesto, pero eso no hace inexistente ni la cosa en sí (que Kant y otros llamarían noúmeno) ni hace imposible que nosotros, a pesar de ser incapaces de percibir como las abejas, sí podamos saber más o menos, gracias a diferents herramientas qué está viendo la abeja e incluso provocarle ciertas sensaciones manipulando la luz ultravioleta. Lo cierto es que nosotros no vemos directamente esa luz ultravioleta, pero que sí podemos traducir a nuestra propia percepción y llamarla, por ejemplo, longitud de onda que se mueve entre 380 y 10 nanómetros.

Incluso, como se ha comprobado en laboratorio, podemos instruir a una abeja (en este caso mediante un robot-abeja que baila) para que se dirija  aun lugar determinado, y sería absurdo afirmar que nuestras subjetividades basadas sobre hechos y datos inexistentes coinciden de manera tan perfecta con subjetividades de la abeja también basadas en hechos inexistentes. Como diría William James: el hecho de que podamos predecir cómo cambiar el comportamiento de la abeja y llevarlo a cabo es una prueba de que, se llame como se llame, ahí fuera existe algo a lo que podemos acceder tanto la abeja como nosotros. Como este es un tema complejo, lo dejo aquí, aunque es muy posible que pronto veamos que todo esto tiene relación con el arte del historiador y con los llamados hechos históricos.

En cuanto a la objetividad, yo creo que, en efecto, y aunque puede parecer contradictorio con algunos argumentos que he dado en otros capítulos, sí hay que intentar alcanzarla. Pero también creo que casi siempre se trata de una cuestión de grados, es decir, de un asunto comparativo: se puede hablar, por ejemplo, de un libro determinado como más objetivo que otro.

Pero, ¿en qué consiste entonces la objetividad del historiador?

 

Continuará…


[Escrito hacia 1991. El texto en otro color ha sido añadido en 2017]

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El arte del historiador

|| Tucídides y la democracia /22

Si descartamos la idea positivista que considera la historia como una mera acumulación de ‘hechos’, podemos preguntarnos en qué consiste entonces la tarea del historiador, puesto que ya no basta con acumular hechos históricos

Mommsen dice que el historiador pertenece más a la categoría de los artistas que a la de los eruditos y Alsina comparte esta opinión, aunque con algunos matices, e incluso recurre a ella para justificar la ‘recreación’ de los discursos tucidídeos, “hoy casi unánimemente aceptada”, que mnostraría su arte como historiador.

¿Es, entonces, el historiador un artista?

Mi opinión, como ya te he comentado, Marcos, es que el historiador ha de ser un científico y un erudito en su investigación y un artista en la exposición de sus resultados. Iván, al que no le gusta en este caso la expresión ‘artista’, prefiere sustituirla, con un sentido casi equivalente, por ‘literato’. Podríamos decir entonces: la exposición histórica ha de ser literatura.

En último término, sin embargo, considero que esta es una discusión semántica y que un historiador podría cumplir diversas funciones, unas más o menos literarias, amenas o artísticas que las otras.

Así, recopilar las Constituciones de más de cien ciudades griegas es una tarea digna de un buen historiador (a pesar de que Aristóteles despreciaba, según creo, la historia) y utilísima, lo mismo que lo es desenterrar, ordenar y conservar los restos materiales de una cultura. Haciendo todas estas cosas, se participa en labores históricas de una manera u otra.

Una vez dicho lo anterior, se puede dar la circunstancia de que un gran arqueólogo sea también un gran historiador, en el sentido literario del término, o puede no darse tal circunstancia: ello no hará menos valioso su trabajo como arqueólogo.

De todos modos, ya sabes, querido Marcos, que después de haber escrito la Defensa de la historia contra la común opinión, pienso escribir un ataque a algunas ideas de la Nueva Arqueología, pero sin retractarme de lo que digo en la Defensa de la historia.


2017: no estoy seguro de si he llegado a escribir o no Defensa de la historia contra la común opinión, título que está sin duda inspirado en Defensa de Epicuro conra la común opinión de Francisco de Quevedo. Tampoco recuerdo exactamente ahora cuáles fueron o iban a ser las líneas maestras de mi defensa, aunque supongo que iría por algo relacionado con una defensa de la subjetividad como algo inevitable. En cuanto al ataque a la nueva arqueología, tampoco lo tengo del todo claro ahora, pero tal vez me refería a la atención excesiva a las minucias, que sin duda son interesantes, pero que alejan a los arqueólogos de conocimientos, búsquedas e indagaciones fascinantes.

Continuará…


[Escrito hacia 1991. El texto en otro color ha sido añadido en 2017]

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Tucídides, ¿un manipulador?

|| Tucídides y la democracia /21

Se supone que Tucídides conoció los hechos de la Guerra del Peloponeso de primera mano o a partir de testimonios de protagonistas del conflicto, pero también es evidente que después esfctuó una selección y ordenación de los hechos. Esto lleva a Alsina a preguntarse:

“¿Puede un historiador que practica el arte de imponer a los hechos su propia interpretación, que da al lector la impresión de que los hechos hablan por sí mismos porque, previamente, han sido hábilmente organizados, ser un historiador objetivo?”.

José Alsina Clota

Más adelante hablaré de la posibilidad de una historia con tales características, pero ahora tengo que señalar que, leyendo los primeros capítulos de Tucídides, me he sentido, en efecto, sutil, pero firmemente dirigido, conducido y guiado (de esto hablaré en Lectura de Tucídides). Entre otras cosas, he sentido que me empujaban a creer que la guerra entre Esparta y Atenas era inevitable. Puedes pensar, Marcos, que aquí soy yo el subjetivo, que éste es mi a priori teórico, mi prejuicio previo a la lectura de Tucídides. Puede ser, pero en mi defensa acudiré a otros que opinan lo mismo, no tras una rápida y poco profunda lectura como la mía (aunque precavida) sino tras un estudio más o menos a fondo de los mecanismos de que se sirve Tucídides.

Alsina ofrece algunos testimonios en este sentido, como el de Donald Kagan (traduzco del inglés):

“El propósito de Tucídides es poner ante nosotros la verdad tal como él la ve”.

O el de W.P. Wallace:

“El secreto de Tucídides, calificado por Wallace de subliminal persuasión, consiste en saber ofrecer a sus lectores, previamente digeridos ya, los hechos que ha seleccionado para su historia. Unos hechos que el historiador relaciona mediante hábiles repeticiones de palabras y motivos, de modo que resulta una tarea ciertamente no difícil seguir el curso de los acontecimientos, tomando esos ecos como guías, como carriles del pensamiento tucidídeo” .

O el de Virginia Hunter:

“Si objetivo significa no permitir que intervenga el propio punto de vista, entonces Tucídides es el menos objetivo de los historiadores”.

O el del propio Alsina, que dice que es un “rasgo típico de la obra de Tucídides imponer al lector sus propias concepciones, su propia interpretación de los hechos”.

Sin el libro de José Alsina Clota me habría resultado imposible hacer esta investigación para mi amigo Marcos, o me habría llevado un tiempo desmesurado.

Todos estos testimonios de grandes historiadores que ponen en duda la objetividad y neutralidad de Tucídides, parecen hacer imposible, al menos a primera vista, que lo podamos considerar un historiador fiable, pero hay que tener en cuenta que todo este planteamiento se hacía a partir de una crítica a la idea ingenua de que pueden existir hechos absolutos y puros, o que se puede recordar algún momento histórico sin seleccionar, elegir, ordenar y situar los hechos de alguna manera ante el lector. Pero de eso se hablará más adelante.

Continuará…


[Escrito hacia 1991 como un trabajo de investigación polémica para Marcos Méndez Filesi. El texto en otro color ha sido añadido en 2017]

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Los hechos y su seleccion

|| Tucídides y la democracia /20

Ostraka para Temístocles. Piezas para votar si el estadista y estratega debía ser exiliado de Atenas, es decir, enviado al ostracismo.

El problema de la objetividad de Tucídides nos obliga a examinar una concepción de la historia y de la tarea y el carácter de los historiadores que está muy extendida. Esta concepción, errónea en mi opinión, deriva de las ideas positivistas del Círculo de Viena, aunque su origen es anterior (se halla también, por ejemplo, en Comte). Alsina cita algunos testimonios que representan esta concepción y que se refieren, precisamente, referidos a Tucídides:

“Gomme, tras realizar un pormenorizado análisis de varios pasajes tucidídeos, termina con estas palabras: ‘Todo eso no lo explica Tucídides con muchas palabras, sin duda porque era familiar a sus lectores, pero principalmente porque aquí, como en otras partes, hace que la narración de los hechos se explique por sí misma” .

El profesor Kitto también opina:

“Tucídides tiene los ojos puestos en los hechos, en las personas, en lo que éstas hicieron… Si merece el nombre de historiador científico es porque él parte de los hechos que ha investigado personalmente con rigor y porque las ideas generales que pone ante nosotros proceden de los hechos”(!!). (Las admiraciones son mías)

En los últimos años, querido Marcos, una de mis bestias negras es el apriorismo teórico, pero ante opiniones como éstas es perfectamente comprensible que se insista una y otra vez en que no existen hechos ‘vírgenes’, ‘puros’.

[2017: El apriorismo teórico sostiene que sólo encontramos lo que buscamos y, por lo tanto, que nuestros prejuicios teóricos dirigen y condicionan la obtención de los datos. Eso lleva a pensar que los datos no existen, sino que son creados por nosotros. Es el extremo opuesto de lo que dice Kitto en la cita ante la que asombré. Para Kitto, los datos estaban ahí delante de Tucídides, que solo tenía que tomarse la molestia de recogerlos y trascribirlos en su libro. Como se puede deducir, yo estaba en contra de ambas interpretaciones, el empirismo ingenuo que cree en los datos puros y el apriorismo teórico que cree solo hay teorías y nunca datos.]

Como dice Alsina, se parte de un razonamiento falso, pues “la historia de Tucídides es ciertamente una obra de selección: el historiador ha tenido que escoger entre múltiples hechos, a los que concede importancia según su criterio propio y personal”.

Jacqueline de Romilly lo dijo con toda claridad, cuando escribió en 1965 (traduzco del francés):

“Un historiador no deja de elegir. Cuando define su dominio, su investigación, su método, elige. Es más, entre los datos, siempre incompletos, que ha reunido, entre los documentos, siempre limitados, que ha conocido y conservado, ha de elegir de nuevo. Desde el momento en que establece una secuencia, desde que escribe una frase que enlaza dos acontecimientos, introduce con ello una interpretación” .

Como bien señala De Romilly, la selección de los datos o los hechos observados es inevitablemente una elección subjetiva, que impone un criterio, aunque sea el de importancia: “esto es relevante, aquello no lo es”. Una siguiente manipulación inevitable es, como también dice, el ordenar los hechos en una determinada sucesión o cadena causal, que quizá no se corresponde del todo con el acontecer cronológico. Este es un tema al que doy mucha importancia en mis clases de guión, cuando hablo de la relación entre la historia (los hechos en bruto, podríamos decir para entendernos) y el relato (la manera en la que contamos esa o esas historias).

De Romilly termina definiendo la actividad de Tucídides con estas palabras:

“Todo está construido, buscado. Cada palabra, cada descripción, cada silencio, contribuye a revelar una significación que ha sido decidida por él, impuesta por él” .

 

Continuará…


[Escrito hacia 1991. El texto en otro color ha sido añadido en 2017]

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Los polémicos discursos de Tucídides

|| Tucídides y la democracia /19

No he encontrado ningún parentesco entre Moses Finley y John H. Finley Jr., a pesar de que muchos de sus libros tratan de los mismos o similares temas

J.H Finley Jr. (que tal vez es pariente de Moses Finley) opina que los discursos de Tucídides no son en modo alguno anacrónicos, en contra de la opinión de otros historiadores.

Esta polémica acerca de la veracidad de los discursos se basa fundamentalmente en cuestiones filológicas y de estilo, por lo que no voy a examinarla, ya que carezco de conocimientos mínimos en tales cuestiones. Sólo diré que supongo que Finley Jr. basa su defensa de los discursos en su comparación con los discursos de los sofistas, especialmente de Gorgias, que habían familiarizado a los oradores y a los oyentes con un tipo de discurso similar a muchos de los que recoge Tucídides, que van desde la argumentación llamada sofística (capaz de hallar razones convincentes para cualquier opinión) a la exposición cruda de las razones que mueven a los hombres y a los Estados (el poder, la fuerza, etc.). [1]

También se ha señalado el uso exagerado por parte de Tucídides de los dissoi logoi (que supongo que significa algo así como ‘lugares comunes’) al hacer hablar a personajes muy diversos:

“¿Es imaginable que mientras Nicias, en su discurso del libro IV, intenta disuadir a Atenas de la expedición a Siracusa, un siracusano, en Sicilia, use los mismos argumentos y casi con las mismas palabras?” [2].

En cualquier caso, el uso que hace Tucídides de los discursos ha sido una de las razones que ha cuestionado la supuesta objetividad del historiador:

“Grosskinsky dice que cuando habla Pericles, es de hecho Tucídides quien pone en sus labios gran parte de sus propias ideas. La famosa objetividad del historiador empieza a tambalearse” [3].

Los dissoi logoi no son “lugares comunes” como aventuré entonces, sino más bien”dobles razonamientos”,  ejercicios dialécticos o retóricos, en los que quien argumenta debe hacer el ejercicio de situarse en el lugar de su oponente. Aunque son de autor anónimo, también se le atribuyen a Protágoras de Abder o a su escuela.

Se ha insistido en muchos aspectos de los discursos que resultan bastante problemáticos: por ejemplo, el uso de interlocutores anónimos, los discursos de un grupo de personas, o las síntesis que en ocasiones hace Tucídides de varios discursos en uno solo.

Por otra parte, M.I.Finley, el más respetado de todos los historiadores griegos, también dice que es fácil demostrar que Tucídides tergiversó a sabiendas la célebre reunión de la asamblea ateniense  en la que se debatió acerca de Mitiline en el libro III. [4].

En cuanto a Momigliano, compara la similitud entre todos los discursos tucídideos con la riqueza de matices con la que Platón hace hablar a cada interlocutor, y concluye que Tucídides no evita el error de una historia psicologista, como algunos han dicho, sino que “se encuentra bajo este error”, y que cae en la deformación histórica al usar a los personajes, muchos de ellos anónimos, para hilar y dar coherencia a su historia.

Mi opinión personal es que es inevitable hasta cierto punto que todos los discursos se parezcan, dado que no son transcripciones directas, sino reconstrucciones a partir de testimonios diversos (como reconoce el propio Tucídides). Creo también que el grado de fiabilidad de los discursos varía según quien los pronuncie. Me parece, por ejemplo, que en los discursos de Pericles se deben de conservar cosas que sin duda dijo Pericles, e incluso rasgos de su estilo. Por contra, pienso que los discursos anónimos, la selección misma de los discursos, la reconstrucción de discursos no escuchados por el propio historiador y el deseo de hacer de los discursos algo coherente más allá de la fragmentación inevitable de los diversos testimonios, hace que los discursos se conviertan en una poderosísima arma ideológica en manos de Tucídides. Creo que habría sido una maravilla leer las transcripciones literales de discursos de la época, pero me parece que los discursos que nos transmite Tucídides nos obligan a ser muy prudentes y que a menudo, más que explicar los hechos, los enmascaran. Considero, finalmente, que los discursos tienen una importancia desmesurada en la obra de Tucídides y que dirigen al lector a dónde Tucídides le quiere llevar. De esto se hablará en el siguiente apartado, pero también en Lectura de Tucídides.

Continuará…


[Escrito hacia 1991. El texto en otro color ha sido añadido en 2017]

TUCÍDIDES Y LA DEMOCRACIA

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  1. [1]Sobre el uso de estos argumentos por los atenienses, ver la Conclusión.
  2. [2](Alsina, 45)
  3. [3](Alsina, 111)
  4. [4](ver “Tucídides el moralista”, en Aspectos de la Antigüedad, 74)